Eso no lo manda nadie

Un breve apunte casi telegráfico:

Una vez situados, el extraño viaje cuyo punto de partida podría ser Bach y su Toccata y Fuga en D menor y el de llegada Josh Davis (A.k.a. DJ Shadow, Endtroducing… Mo’Wax, 1996) y su escueto e hipnótico Organ Donor.

Por el camino, paradas en Tears de Giorgio Moroder (Son of my father, Lp, Hansa, 1972) o, en su defecto, en el single -la misma sensación angustiosa, canción de nervioso suspense y lírico discurrir- tras su alias como Children of The Mission.

Pero sobre todas las cosas -no puedo evitarlo- Eso no lo manda nadie de Vainica Doble (Contracorriente, Gong/Movieplay, 1976) y el sitar de Gualberto.

Y como despedida dejo paso a lo insólito. Vainica Doble de nuevo, mezcladas por John Talabot (el músico catalán Oriol Riverola) y sus siete minutos de locurón.

La realidad casi siempre es más extraña que la ficción.

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DANA GILLESPIE Foolish Seasons (London Records, 1968)

Con figura de maggiorata y piel de alabastro, semejante a una escultura renacentista de rotundas proporciones, a mediados de la década de los sesenta Dana Gillespie vaga por el naciente Swinging London empapándose de todo aquello que comienza a estar en el aire de una manera casi omnipresente. De una curiosidad indómita y muy receptiva con cualquier manifestación artística, su presencia llama poderosamente la atención. Entre Club y Club y de sesión en sesión, entabla amistad con David Bowie -quién le enseñará a tocar la guitarra-  y llega a tener cierta relación con Bob Dylan, apareciendo brevemente en Don’t Look Back de Richard A. PennebakerOsada y escrutadora no se conforma con ser simple espectadora sino que pretende ser algo más que mero testigo de lo que está sucediendo. Con tan solo quince años Giorgio Gomelsky (manager de The Yardbirds) le ofrece un contrato que rechaza. No ocurrirá lo mismo en la segunda ocasión cuando firma con la editorial Southern Music, en un principio empeñada en vender sus canciones antes que plantearse el ser intérprete.

  Advierte que para poder colocar sus canciones es conveniente poder interpretarlas ante los managers, A&Rs y editoriales. Alentada por la necesidad y animada por sus amigos en 1965 graba un par de sencillos para el sello Pye que le sirven como tarjeta de visita; Donna, DonnaIt’s Not Use Of saying y Thank You Boy / You’re A Heartbreak Man. En ambas caras b consigue meter dos de sus composiciones. Un tercer sencillo a principios de 1967, con una bonita versión de Pay You Back With Interest de los Hollies por un lado y otra canción suya Adam, Can You Beat That, completará la terna y será el desencadenante de lo que está por venir.

 Por esas fechas Donovan Leitch, amigo íntimo, le hace un regalo en forma de canción que atiende por You Just Gotta Know My Mind. Canción rotunda, descarada e infecciosa, de reminiscencias Surf y adictivo estribillo, cuenta con la colaboración a la guitarra de Jimmy Page. Aunque también pasará sin pena ni gloria Decca, su sello, continúa viéndole posibilidades y se empeña en que grabe un Lp. En el otoño de 1967 Dana Gillespie entra en los Decca Studios con Wayne Bickerton como productor ayudado en la dirección artística por Mike Vickers. Con un repertorio variado y consistente el disco oscila de la melancolía brumosa que emana de la espectral Foolish Seasons a la psicodelia pop alegre de London Social Degree y el Pop Barroco de Life is Short, ambas firmadas por Billy Nichols, entonces algo así como la gran esperanza blanca del pop británico.

Cuenta también con versiones: de Polnareff (No, No, No), Richard Farina (Hard Lovin’ Man) o la negrísima -y soberbia- Dead (un oscuro clásico de Southern Soul de Ede Robin que narra la preparación al suicidio) a un par de composiciones de Bickerton/Vickers (Tears In My Eyes y Can’t You See I’m Dreaming). De la misteriosa y gótica, prácticamente Hammeriana Souvenirs of Stefan a la etérea y bucólica Where Will You Be.

Extrañamente, un disco tan inglés, una especie de rara avis que combina con precisión las producciones de Andrew Loog Oldham en Inmediate con la evocación narcótica y disipada de Marianne Faithfull tan solo verla la luz en Estados Unidos. Quizás lastrado por una cierta falta de uniformidad estilística que hiciese más sencillo clasificarlo (se adentra sin miedo en palos tan diversos como el Folk, el Pop Barroco, el Soul Orquestal o la Psicodelia suave) es sin embargo esa variedad difícil la que a mis oídos lo hace hoy realmente atractivo. Por último -y no lo menos importante- la voz de Dana Gillespie: sinuosa, de tonos ahumados y rugosa resolución, acaba dotando al disco de una calidez inaprensible, repleta de la bruma del pasado y la añoranza de lo marchito. 

 * You Just Gotta Knew My Mind sería también editado en su versión francesa. Un hermosísimo e inencontrable sencillo con el título de Tu n’as pas vraiment changé.

FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras que los adoquines vuelan por el aire, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en evidente estado de descomposición y su trono ye-ye parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier conciencia política y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes y también después- aparecen una serie de discos anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde grabará diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Atmosférico, de producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

El Sonido de JOAN LLUÍS MORALEDA (Madmua, 2018)

 

 

En un nuevo esfuerzo por cartografiar el mapa de nuestro pasado sonoro, todavía hoy escasamente delimitado, Madmua Records tiene el placer de presentarles este hermoso ep formado por seis breves piezas de música de librería a cargo del maestro Joan Lluis Moraleda, otro más de los fascinantes y olvidados autores de nuestro subterráneo legado musical, aquel que nunca apareció en las portadas, siquiera en un mísero pie de foto.

 

 Nacido en Santa María de Palautordera en 1943, ingresa temprano en el Conservatorio de Barcelona. Con tan solo doce años ya tiene clara su dedicación absoluta a la música y pasado un tiempo obtendrá la lìcenciatura en la carrera de Oboe,  instrumento del que, en 1967, obtendrá plaza fija en la Orquesta Ciudad de Barcelona. Antes –y sobre todo después- de lograr este colchón de seguridad (algo similar a lo que sucedería con tantos maestros italianos y franceses) su devenir entre los bastidores de la música popular será tan prolífico como escasamente conocido. A mediados de los años sesenta entra, junto a Joan Alfonso, como arreglista sustituto en el sello Belter, pues es necesario aligerar la ingente carga de trabajo de sus arreglistas titulares, Adolfo Ventasy Joan Barcons. Una irrupción, a partir de entonces permanente, en un mundo que estará para siempre en deuda con él –y también con muchos otros- , debido a su constante desempeño en múltiples trabajos, ingratos muchas veces, mal pagados por lo general y, por supuesto, carentes de cualquier tipo de acreditación artística.

 

 

  Baqueteado y exausto pero ya bien entrenado, de Belter pasa a otros sellos catalanes: Arregla en Edigsa Eps para Rosmi o Gloria (este ultimo gracias a la recomendación de su mentor Antoni Ros Marbá, compositor del debut de Gloria) y de allí pasa a Vergara, donde incluso publica un Lp a su nombre (“Hits de España”Juan Luis Moraleda y su Combo Pop,1970), disco con un repertorio de adocenados éxitos del momento entre el que destaca una palpitante versión instrumental del Whole Lotta Love zeppeliniano.

 

En 1975 entra como director musical del Estudio de Daniel Carbonell, sito en Barcelona y especializado en la realización de Jingles publicitarios o música de libreria, territorio fértil en una época donde el desarrollismo consumista es de incipiente interés. Lo hará sustituyendo a otro de los personajes claves de la cara oculta de la música popular, Francesc Burrull, embarcado éste con urgencia en una larga gira como pianista de Joan Manuel Serrat. En los Estudios Carbonell desarrolla su labor como ideólogo y compositor musical, ejerciendo con maestria la síntesis sonora que relacione al producto con la modernidad hasta su fin ultimo, provocar la perentoria necesidad de consumo. Tal y como relata, trabajaban con rapidez, por lo general dotados de presupuestos generosos (sobre todo comparados con los que contaban en Belter, Edigsa o Vergara) y bien equipados técnicamente. Afortundamente existe un raro vestigio fonográfico de esta actividad, un Ep editado de manera promocional en el sello Ticano, prácticamente inencontrable, asunto que el disco que tienen ahora en sus manos intenta reparar en la medida de lo posible. Una cita en su bonita portada atribuida a Tony Schwartz -teórico publicitario y pionero sonoro- define de manera certera y sintética el objetivo a conseguir; … Lo importante no son los efectos de sonido sino los efectos de estos sobre la gente …

 

Una selección de los mejores de ellos son los que ahora les presentamos: Campañas para compañias de diverso pelaje; Refrescos, calzado, cámaras fotográficas, espirituosos o automoción (La campaña para Simca, una amable y escueta pieza de suave Musica disco, por ejemplo, obtendría el Premio especial de la Asociación de medios publicitarios de España).

 

 

 La música elaborada es directa, concisa, dotada de pegada y repleta de licks y señuelos con la coartada de la modernidad siempre presente; Aquarella, quizás la mejor de todas, oscila entre una marejada de cuerdas y vientos lujuriosos atravesada por un fuzz elocuente. Junto a ellos unos omnipresentes coros femeninos respaldan a una viril voz masculina que repite hasta la saciedad el nombre de la marca comercial publicitada. Ya al final, casi como rúbrica, un cambio brusco, rotundo, nos remite a la partitura de Schifrin para Misión Imposible. Werlisa está trufada por un glorioso wah wah que es puro Blaxploitation (Shaft on my mind) mientras que Kickers es una brevísima y delicada escala musical cosida por un Moog delicioso. Kas y Veterano podrían perfectamente haber sido incluidas, respectivamente, en la banda sonora del enésimo spaghetti western o ilustrar un capítulo de una serie de bandoleros cualquiera. En todas ellas los coros femeninos correrán a cargo de las Hermanas Ros, a quienes Moraleda conocía desde incluso antes de haber arreglado su proyecto en Hispavox bajo el nombre de Grup Estel.

 

   

 Vestigio de una época que ya no será (y que para una gran mayoría nunca existió, al menos no más allá de su subconsciente) este pequeño disco tiene la intención de mostrar una manera de trabajar y de proceder que al menos convendría recordar; artesanal, urgente, con un ojo puesto en la cuenta de resultados y otro en la modernidad, siempre desde la perspectiva propia de la modestia del orfebre. Conminada, sí, a un objetivo claro y evidente, pero sin por ello descuidar el placer del trabajo bien hecho. Consciente de sus limitaciones de supeditación integra al soporte comercial y ajena por tanto a las pretensiones artísticas propias de aquel que persigue la trascendencia. Algo que, paradójicamente, quizás por la suma de todo ello –y de algo tantas veces intangible como el gusto y el talento- en algún instante, breve, acabaría consiguiendo.

 

GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.