J.K.&CO. Fly/Christine/Magical fingers of minerva. (French London ep)

 

 

 
Piensa uno que el mundo de los discos es por lo general destartalado del mismo modo que es precisamente eso lo que lo hace único y sorprendente porqué ¿En qué otro ámbito pueden darse ejercicios únicos y traspapelados como lo es este Ep en edición francesa?, ¿En qué otra época se daba carta blanca a un crío adolescente para que recapitulase acerca de sus obsesiones y aspiraciones y además ofrecérselas al mundo? Más aún: ¿Cuando, excepto en aquella década, libre, inconsciente, a menudo ingenua, donde todo parecía nuevo, se jugaba a la ruleta rusa con el talento ofreciéndonos fenómenos como éste?

 

 Es habitual idealizar el pasado. Evitamos el rigor -y de paso el dolor- de recordarlo tal y como fue y tendemos a rememorarlo como queremos que hubiese sucedido. Del mismo modo, borramos de nuestros lóbulos temporales todo aquello que nos resulta funesto y desagradable. Lo hacemos de una manera por lo general profiláctica y, cuando no hay más remedio, terapéutica. Enterramos nuestra neurosis en lo más profundo y salvo tara mayor intentamos mantenerla allí recluida, sin permitirle, en la medida de nuestras posibilidades, siquiera asomar. Es éste un mecanismo de defensa, tan involuntario y como efectivo que solemos ejercitar bastante a menudo.

 

 

 Jay Kaye solo tenía quince años cuando decidió grabar Suddenly one summer” (White whale, 1968,  Reeditado por Beat Rocket/Sundazed en 2001). Supongo que había nacido y crecido en el sitio y momento adecuado. Un enclave y un tiempo donde la libertad y el espíritu artístico acostumbraban a ir de la mano, con propensión al desbarre pero también para la creación de episodios únicos. Una época en la que iluminados y clarividentes iban juntos de la mano. Un tiempo en el que los cantamañanas -bienintencionados o no- se confundían con los francotiradores certeros: en ocasiones mezclando un cierto explayamiento exhibicionista con la confesión artística, siendo tarea ardua, al estar en perpetuo estado narcótico, separar el grano de la paja. Todo eso no tenía porque ser sinónimo de nada -de hecho nunca lo ha sido- si no residía el verdadero talento donde debía, en uno mismo, más allá de las alharacas festivas y la celebración de lo cool.

 

 Jay era hijo de la guitarrista Mary Kaye, miembro del Mary Kaye Trio y celebrada como la primera dama del Rock & roll en su época, quien juraba ser miembro de la realeza nativa hawaiana. Su verdadero nombre era Malia Ka’aihue y llego a dar nombre a una guitarra, la Mary Kaye Stratocaster. Su tío, no creo que sea necesario nombrar de que instrumento era un virtuoso, era más conocido como Johnny Ukelele.

 

 
 Sería en un viaje a Vancouver desde su residencia en Las Vegas, acompañando a su madre, donde dio forma a este pequeño secreto musical. Mary tenía algunas actuaciones contratadas y Jay, quién la acompañaba, durante una visita al estudio le mostró al productor Robin Spurgin sus composiciones, llegando a interpretarle un par canciones. Spurgin no era un novato, ya había producido a The Collectors o a The Painted Ship y quedó asombrado -en un tiempo en que bien se podría decir que ese era el estado natural- ante su demostración de talento. Consigue convencer a la madre, quién ha de volver a Las Vegas, para que el muchacho se quede grabando en Vancouver. Con la ayuda de Robert Buckley (miembro del grupo canadiense Spring, jovencísimo y talentoso multi instrumentista) en la faceta de arreglista y músico, decide grabarle un disco completo. Poco después envían las cintas a California, donde el presidente de White Whale, Ted Feigin inmediatamente le firma un contrato. Ya fuera de las manos y de la capacidad de decisión de Jay, Spurgin lo bautiza como “De repente, un verano”, presumiblemente buscando la estela del éxito de la película de similar título.
 

  Jay se muestra muy ilusionado con el disco e incluso recluta a su primo John Kaye y al batería Rick Dean como trio para presentarlo en directo y por las emisoras de radio. Feign, no se sabé muy bien por qué, decide lanzar como single en los USA “Break of dawn” (que ni alcanza el minuto de duración) en lugar de la clarísima “Fly”, con “Little children”en la cara B.  El resultado es fácilmente imaginable. Todo ha terminado antes siquiera de empezar.

 

 
El disco, propulsado por el talento de unas melodías dulces y extrañamanete alambicadas (pero que sin embargo fluyen naturales, exactas) más la ingesta de LSD en generosas proporciones, resulta ser un frágil y sutil ejercicio de pop psicodélico con multitud de caminos abiertos aunque no siempre del todo recorridos. Jay, con ambición desmesurada, definía el Lp como “… una narración musical de la vida de un hombre desde el nacimiento a la muerte …” El disco comenzaba con “Break of dawn” y terminaba con “Dead” (aunque llevaba anexa, al final de ésta, una breve coda con el  formidable y evocador phasing de “Fly”). Una epopeya aparentemente naif e idealista, sólo imaginada, tan probablemente real como improbablemente vivida. Y así, surcando entre un mar de galimatías que esquivaba la tendencia a lo rijoso, Jay mezclaba, partiendo de un cancionero esencialmente pop, reencarnación, experiencias extrasensoriales y un tratamiento ligeramente psicodélico, a la manera del folk espectral,  que, sorprendentemente, encajaba como un guante. Sutiles efectos de estudio, entreverados de algún estratégico sitar y de arreglos de flauta en medio de efluvios de influencia oriental y gotas pre-progresivas que daban lugar a un ejercicio luminoso de perfecta psicodelia soft. Igual se atrevía a flirtear con los Left Banke de “Too” o con los Love más refulgentes que con el toque melancólico del “A midsummer daydream” de Mark Eric o el aire onírico, casi mitológico, de los trabajos de Curt Boettcher para Millenium o Sagittarius. Un disco que hoy, escuchado desde la distancia y perspectiva que otorga el tiempo, sorprende y maravilla. Y lo hace tanto por la concisa y elegante manera en que está ejecutado como por lo sorprendente y maduro del tema abordado por un imberbe adolescente. Por sus canciones redondas, su timing preciso, su fluir natural, su temple cadencioso ..

 

 

 Siendo estupenda la portada del Lp (un notable ejercicio de pop art: un collage con tenues referencias religiosas y al arte nativo, tan en boga en la época, lo pagano y lo espiritual de la mano) queda oscurecida frente al rotundo reflejo de la música que contiene la portada única para la edición del Ep francés. Sobrante sin duda de la sesión de fotos del álbum (de hecho, más que sobrante, juraría que es un foto utilizada en el collage de la portada del Lp, situada en la esquina superior izquierda), Jay aparece bajo una cascada, vestido con una túnica cuyo pecho está ribeteado de flores cosidas en la casulla, en medio de un paraje virgen, trasunto metafórico de santuario espiritual. Sus brazos parecen querer abrazarnos. Quizás protegernos e introducirnos en una nueva experiencia. Los tipos de letra, tanto el de la canción principal (“Fly”) como el del nombre del grupo, combinan el rojo carmesí con el naranja fuerte, mediante formas onduladas y sinuosas y con la ballena -el hermoso logotipo del sello, White Whale– sobre la “F”. En la cara B, otras dos de las joyas del Lp; “Christine”, lo más cercano a la perfección compuesto en la época y “The magical fingers of Minerva”, un homenaje a la diosa romana de la sabiduría, cosido por un sitar y de aire lisérgicamente religioso.

 

 

Hace unos años, de vacaciones en Mallorca, cerca de la catedral, me encontré a un tipo enjuto y cascado, entonando canciones que me resultaban extrañamente familiares. Me quedé escuchándole absorto y entre canción y canción nos entretenía a la escasa audiencia con un speech en el que bromeaba acerca de que aún podía volar. Reí, tomándolo por loco, y tras un rato escuchándolo, lo dejé allí. Cuando ya me había alejado unas decenas de metros le escuché tararear “… If you want to fly…” 

 

 Me giré, recordando de repente, pero ya no estaba, no había nadie. Pensé haberme equivocado de lugar pero no, Vi un sombra en el suelo y mire hacia arriba. El sol acabó cegándome mientras sonaba Nobody.

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