DEL SHANNON. "The further adventures of Charles Westover" (Liberty, 1968)

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Los efectos del Festival de Monterrey, en el llamado verano del amor del ya lejano 1967, constituyeron, además de su innegable impacto sociológico, una reestructuración y modificación de los códigos vigentes en un negocio ya en transición hacia terrenos menos confortables. La industria discográfica, hasta entonces sin ningún interés en disimular su naturaleza acomodaticia y rol dominante, siempre en pos de la mayor rentabilidad posible, decidió que había que fabricarse un coartada acorde a los tiempos y vestirla de la manera apropiada; Tomaron las cartas que les repartieron y decidieron jugarlas con mayor o menor fortuna, aceptando desde el principio que habían nuevas reglas en el juego y –los mas espabilados, los mejores tahúres-, aprendiendo raudo que a veces una doble pareja tumba a un ful o que un farol elegante y oportuno puede desmoronar a un color planteado con desafortunada estrategia. En definitiva, dar un paso atrás, para acto seguido avanzar dos. Nada que el poder no supiera desde tiempos ancestrales. Nada en que los poderosos no fuesen unos virtuosos.
Precisamente esa actitud pretendidamente igualitaria, esa camaradería ficticia -en el fondo mero sustitutivo de valores con el fin de mantener su posición de dominio-, permitió entrar en el negocio tanto a idealistas geniales como a ingenuos visionarios, a la par que los coyotes hambriento y los mafiosos camuflados tomaban posiciones. Una especie de borrón y cuenta nueva rigió durante un breve lapso de tiempo, posibilitando últimas oportunidades que disfrazaban a su vez como primeras. La figura del manager, del A&R, del productor e incluso del alto ejecutivo dejó en algunos casos de tener exclusivos tintes paternalistas para pasar a convertirse, aparentemente y de puertas para afuera, en una falsa relación de iguales, siendo a su vez socios y consejeros, cuando no oráculos. La mayoría de las veces no eran otra cosa que satélites que gravitaban sobre su obra y, sobre todo, su dinero. Parásitos en busca de fortuna en un terreno entonces fácil, propicio y fértil. Otras, las menos, gente con cierta sensibilidad y perspectiva, capaces de apreciar ese tipo de habilidad o genio, generalmente disperso y a menudo poco trabajado. Manipuladores de bombas de relojería dispuestas a ser activadas y de las que conocían tempo y funcionamiento aunque no tanto sus consecuencias.

Del Shannon había sido una de las pocas estrellas prefabricadas de los 60 con verdadero talento, capaz de componer e interpretar. Tras el éxito de  “Runaway”, los sucesivos esfuerzos por igualarlo, aunque cualitativamente sobresalientes, no lograron alcanzar la meta (“Little town flirt”, “Do you wanna dance”, “So long baby”, “This kind of teardrops”, etc). Formidable, aunque infravalorado guitarrista, disponía de una voz poco entrenada, pero con una capacidad increíble para llegar a los tonos altos. Su falsetto producía escalofríos. Personaje complicado, con un físico que era un lastre, como todo solitario con talento, su obra, incluso en esa primera etapa como ídolo juvenil, navegaba ya entre la angustia, la vulnerabilidad y la desesperación. Tampoco le hacía ascos a ninguna tentación externa que se le presentase, si ésta tenía las curvas necesarias o la graduación etílica suficiente.

 

Inevitablemente contagiado de ese something in the air, Del Shannon decide tomar riesgos. En 1967, después del verano, entra en los estudios Liberty de California. Conoce y propone a dos jóvenes músicos, Dugg Brown y Dan Bourgoise, tomar la riendas en la producción. Contrata a Don Peake como arreglista y pone toda la carne que aún le queda en el asador. En Septiembre del 67 registra “Thinkin’ it over”, el resultado de la primera toma de contacto, junto a una versión de “The letter” que, al parecer, tan solo salió como cara b de sencillo en Filipinas. Dos meses después, en noviembre, con Dr. John en los teclados y el batería de (A band called) Smith, Bob Evans,  se graban cuatro más. El asunto va tomando forma e incluso su imagen, moderna y extravagante, encaja perfectamente; Parece recién sacado del rodaje de el planeta de los simios, con unas patillas estratosféricas, su chaleco de cuero, botines y pitillos a cuadros, gafas monstruosas y medallón al cuello. La primera que registran, curiosamente, es la que cierra el Lp, “New Orleáns (Mardi gras) un asombroso trip, con arreglos de cuerda y viento, tremolo fuzz, timbales, un beat alucinante, cantos indios… Bourgoise recuerda; “Encontramos ese maravilloso bucle en una cinta que resulto ser Mardi gras y lo usamos uniéndolo al final de New Orleans.  Del cantaba, recitaba o tarareaba, según le diera. Ahhh!… que grande”. Junto a ésta , “Conquer”, “River cool” y “Colour flashing hair” cierran la terna. La última, una desencantada, casi paranoica oda a un  amor perdido, con su ensoñadora orquesta de cuerda, sitar eléctrico, múltiples experimentos de estudio y voz doliente, repite constantementela frase “I reach for her but she’s not there” tal que un mantra, confiriéndole un tono inerme y desvalido.

 

En diciembre vuelve pletórico a los estudios, decidido a terminar el resto hasta completar el álbum. Firma dos de las canciones en solitario: “Gemini” cuyo esqueleto, una contundente base rítmica y unos delicados arreglos de cuerda, dan pie a un discurso acerca de lo inalcanzable del amor  y la idealización del ser amado. “I think i love you” continua por esa senda y retrata un imaginario encuentro amoroso con una chica de la alta sociedad que le promete amor y fortuna a modo de tentación, una chica que nunca ha visto, acaso nunca encontrará, una pieza donde el sitar eléctrico ocupa el lugar de la guitarra, unos coros femeninos la mecen con un aire espectral y la psicodelia más accesible acaba por impregnarla por completo. “Been so long”, a medias con Brian Hyland es una efectiva combinación de voces tratadas, trucos de estudio y una guitarra, como a lo largo de todo el disco, resplandeciente. “Runnin’ on back”, también a medias, -esta vez con Sharon Sheeley, ex novia de Eddie Cochran-, es un fogoso, airado ejercicio de afirmación, robusto y directo, con una  evidente similitud con el “Ticket to ride” , muy especialmente en su estribillo y que uno adivina como clara influencia de los Big Star de Chilton y Bell.  Toneladas de paranoia y un extravagante clavecín, violines chirriantes, contrabajos y aromas de película de terror ilustran la historia de una niña perdida en su habitación en “Magical music box”, una frágil y bella fruslería, tenebrosa y desasosegada, hipotética banda sonora perfecta para las alucinaciones de Lewis Carroll.

 

 El esfuerzo, comercialmente, seria en vano. Pronto saldrá de Liberty, su enésima compañía. El disco, en términos cualitativos es, cuanto menos,sorprendente y poderoso. Un tratado con todos los gimmicks y gadgets de su tiempo aplicados a un cancionero supremo. Truco o trato, en ambos casos glorioso. “The further adventures of Charles Westover”, pues ese era su nombre de pila, es uno más esos discos fallidos, mágicos y atemporales, que pasaron sin pena ni gloria en su momento, si es que alguna vez llegaron a tenerlo. Surgido en un momento aún no del todo maleado y falto del cinismo que acabaría por invadirnos. Ajeno a la apoteosis de lo políticamente correcto que desde hace ya demasiado tiempo gobierna el mundo. Un disco producto de una época, habitante de un tiempo irrepetible, aventurero e ingenuo, también osado y temerario. La única diferencia, -y en absoluto nimia-, es que no lo ejecutaban impostores y estaba, -sigue estándolo-, repleto de grandes, soberbias canciones. 

 

 

 

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