DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. Les années disco. (10ª parte)

 

Tras el fracaso y los palos recibidos por su primera y única obra como cineasta (“Je t’aime”) y la escasa repercusión de “L’homme a tête de chou”, Gainsbourg se siente deprimido y fuera de tiempo y lugar. Artísticamente está a la vez orgulloso (por las alabanzas, entre otros, de Truffaut) y cruelmente decepcionado (por la ínfimas ventas del disco). Sus últimas obras, al igual que el debut de Jane, no han funcionado como esperaba. Incluso, debido a su tren de vida, tiene algunos problemas financieros. Recurren de nuevo a la publicidad, rodando anuncios para Woolite.
En su casa de la rue Verneuil las cosas marchan más o menos. Es tiempo de vida en familia. Para divertir a Kate y Charlotte, sus hijas, Serge inventa juegos e idea bromas. Para entretenerlas se disfraza de fantasma, de payaso. Sus exigencias son también estéticas, sobre todo con Kate; La mayor debe dar ejemplo. Llega a pensar en adoptarla y se toma muy en serio su rol de padre severo. Es estricto en el comportamiento en la mesa, en la manera de vestir… en realidad exige la perfección en todo, como en su casa museo, en la que nada irrita a la vista, a su vista. 

Kate Barry,

“…No hay duda que era mi padre. Me tomó a su cargo cuando solo tenía un año. Creo que los lazos de sangre son poca cosa, los que de verdad importan son los lazos del afecto, del cariño. Sé que me había impregnado de él, incluido mi comportamiento…”

Años más tarde, Serge intentará excusarse por haber sido tan estricto con ella. Después de todo, estaba tan enamorado de Jane que sentía celos. Kate era la prueba de que Jane había estado con otro. Para Kate fueron diez años excepcionales, no vivió nunca esa rutina cotidiana que deshace a las parejas. Siempre estaban a merced de la diversión y las sorpresas, rodeadas en un ambiente creativo. Hoy ambas tienen claro que su infancia fue privilegiada. Jane y Serge, sus padres, se amaban sobre todas las cosas, su amor era difícil pero a la vez inmenso..

Andrew Birkin,

“…Es imposible describir la felicidad, pero la vida con Serge era extraordinaria; Jane y él eran felices, pero no en el sentido burgués del término. Serge se comportaba como un niño. Unas navidades, en la isla de Wright, me dijo: “Invitemos a un mago para la nochebuena”. Telefoneé a ese pobre chico, de quién Serge había leído una reseña en el periódico local, creo que se llamaba Fred el conjurador. Pensaba que venía a una fiesta para niños. Se equivocaba. Solo estabamos Jane, Serge, Linda, mis padres y yo. El tipo desembaló todos sus cachivaches y nos hizo todos sus trucos. Nos tirábamos por el suelo, reíamos, gritábamos… Cuando terminó, además de su caché, Serge le lanzó unas monedas y aplaudió como un poseso…”
 
 
 
 “L’ami Caouette” es su primer éxito involuntario de verano. En la cara B está “Le cadavre exquis”. Será la primera colaboración como arreglista de Jean Pierre Sabar. Su trabajo en “Lolita go home” de Jane ha sido el test. Y lo ha superado. Ya había colaborado como pianista en “La histoire de Melody Nelson” y en el single “Sex shop”
 
 
Jean Pierre Sabar,

“…Cuando Gainsbourg, que ya había acabado con Vannier, me propone trabajar con él, llamé enseguida a Jean Claude para decírselo. Este me animó a hacerlo, y me dijo “No te preocupes por mi. De todos modos un día u otro te dejará como hizo conmigo. Lo hace con todos sus arreglistas”. Y es cierto, pero trabajamos juntos hasta 1980, casi siete años…”
 
 
 
 
 
 
En 1977 se estrena la película “Madame Claude” de Just Jaeckin (para quién Serge había desestimado hacer la BSO de su primer Emmanuelle, algo que lamentaría, pues sería un bombazo mundial, tres años atrás, haciéndola finalmente Francis Lai). Como adelanto se publica el single “Yesterday yes a day”, cantado en inglés por Jane Birkin y escrito a medias con Jean Pierre Sabar. Es una de sus joyas ocultas. Una delicada pieza sustentada entre  acústicas pristinas, apenas esbozadas lineas de sintetizador y unos majestuosos y evocadores arreglos de cuerda que explotan la nostalgia y la soledad, acrecentada por la malicia lasciva, mitad inocente mitad perversa, de la que tanto gusta. Elegante y elegiaca, pretendidamente fácil, existen aclamadas trayectorias sustentadas en bastante menos.

“…Todos los arreglistas de Gainsbourg han sido sus negros en cierta medida. Pero negros consentidos, porque era muy agradable trabajar con él, disfrutábamos mucho, pasábamos días enteros haciendo el bobo al piano. Y también porque con el asunto del dinero era muy legal. Desde el principio lo dejaba claro; “Nunca firmarás la música, solo los arreglos”. Pero era porque no quería compartir la notoriedad. En la sociedad de autores iba todo al cincuenta por ciento. Eso no lo hacían todos…”
 
 
 

Arrepentido por el dinero que perdió renunciando a “Emmanuelle”, acepta componer la banda sonora de “Goodbye Emmanuelle” tercera y última de la saga, al menos de las dirigidas por Jaeckin y protagonizadas por Sylvia Kristel. Ya inoculado el virus reggae, la canción es una delicia, bajo su apariencia banal emergen textos juguetones e ingeniosos equivocos, juegos de palabras de más calado de lo habitual: “Emmanuelle gusta de las caricias bucales y manuales, Emmanuelle ama a los intelectuales y a los obreros”. 

 
 

Se graba también una versión irresistible, más reggae aún y que solo saldrá a la luz con la publicación de la caja “Le cinema Gainsbourg. Musique de films.1959-1990”

 

A mitad de mayo de 1977 se reencuentra en Londres con Alan Hawkshaw y Philippe Lerichomme para grabar lo que sería su nuevo éxito del verano. Es “My lady héroïne”. Aunque se abre con una intro graciosa, la canción no es, siendo benévolos, de lo mejor de su cosecha: Bajo una estructura sencilla, parece hecha deprisa, como por compromiso. A nivel de textos tampoco está muy inspirada pese a algún fogonazo de ingenio.

 

1978 estará dedicado a componer el nuevo disco de Jane, “Ex fan de sixties”. A mitad de año publica un nuevo sencillo. “Sea, sex and sun” es su tercer y postrero éxito veraniego, una maravilla, el último de la triada que constituye su desganado affaire disco, plagado de todos sus trucos y trampas, siempre desde ese prisma suyo, impasible y distante, irónico y desengañado. Digamos que es un episodio más de la venganza por la falta de acogida de su obra magna “L’homme a tête de chou“. La canción llega al número cuatro, no acaba de explotar del todo, pero en septiembre Patrice Leconte la incluye dentro de la banda sonora de su película “Les bronzés”. Ambas, canción y film, pulverizan las taquillas.

 

 
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