ITALIA SIEMPRE. 45s


Uno más de los cantantes que florecieron en Italia como setas, entre finales de los 60 y principio de los 70. Rinaldo Ebasta quedará marcado para siempre por ser la mano derecha o consejero aúlico de Calisto Tanzi, capo de Parmalat y protagonista de una de las quiebras fraudulentas más sonadas de Italia. A la vista de los hechos, la música era lo suyo. “Farufaru” ya molaba mucho pero éste “Soffro soffro” -escondida en la cara b de “Un gioco inutile”– lo tiene todo. Furiosa parte vocal, un fuzz omnipresente, hammond juguetón y vientos rotundos. Llenapistas absoluto en cualquier fiesta que se precie. Palabra.



Aunque parezca recién salido de un casting  para una fotonovela (esa mirada lánguida) y sus pintas (pelo, ropas, patillas) sean avanzadilla y faro del look que posteriormente popularizase Tony Manero,  Alberto Anelli y su “Montaña rusa” es una clara muestra de mi particular teoría acerca de los ovnis y su vinculación a la música popular. Marcianada deliciosa.


Popular por el mega éxito “Bandera gialla”, Gianni Pettenati requirio la ayuda del grupo beat I Juniors para registrar esta estupenda versión en italiano del “Sunshine superman” de Donovan. En la otra cara “Puoi farmi piangere”, revisión del “I put a spell on you”. Dos por el precio de uno.



Estaba predestinado. Maurizio Masla fue el cantante de la banda The Stormy-six. Qué mejor manera de comenzar su carrera como solista que con esta versión del “Spooky”, junto al “Stormy” el otro éxito de los Classics IV de Dennis “cabezón” Yost
Demasiado sol, acérquenme unas gafas, prego…


Creo recordar -no estoy seguro- que “Chi…mi aiutera” la hicieron popular I Rebelli, grupo que formó parte de la escudería del sello de Celentano, Clan. Otro más de esos hallazgos a un euro por pura casualidad y un poquito de olfato. Blue eyed soul a la italiana de primer nivel.



Gritos desesperados, fuzz estridente, un ritmo más que beat, cavernícola. Garage de cajón. Como contrapunto un riff de toques eastern, casi árabes, dándole un aire exótico y una melodía consistente. Fácil de encontrar, conviene no confundir valor -imbatible- y  precio -asequible-. Pasen y escuchen.


El clásico de Joe South ha tenido innumerables versiones. Así a bote pronto, podría hablarles de la más conocida -concisa e infalible- de Deep Purple, la de Kris Ife en clave freakbeat, la castiza de Silvana Velasco, la pachuliesca de Johnny Hallyday o la monstruosa a cargo de la canadiense Jenny Rock. Y seguro que se me olvidan muchas más.
Al ser este un post dedicado a la gran Italia igualmente podría haber subido la de Guiliano Girardi. Finalmente me he decidido por esta de I Colours. “…Nananana, nanananaaa…”




El clásico de Sam & Dave, interpretado casi miméticamente en su forma -para que más- pero con una frialdad que en absoluto parece latina. Acompañada por la orquesta del gran GianPiero Reverbieri, (esa que igual servía para un roto -orquestaciones profesionales al gusto o a granel- que para un descosido -vivaces e ingeniosas salidas de tiesto-) y cuya cara A era una versión del “Happy together” de los Turtles (Aquí “Per vivere insieme”). Este 7″ de 1967 es, creo recordar, su único sencillo.

Antes de ser diputada por Forza Italia, capitana del ejército de velinas de Berlusconi y azote de la izquierda, en un mundo distinto, Ombretta Colli se enfundaba cuero negro y enseñaba pierna en la portada de esta versión en italiano del “Harley Davidson” que Serge Gainsbourg escribiese para Brigitte Bardot.


No, no voy a contarles nada del gran Domenico Modugno. Ya lo saben y en caso contrario deberían. Tan solo mencionar que tiene un capítulo por derecho en la enciclopedia Mundo Atónito, esa que algún día, en otra vida, tendré que escribir. Oculta -cómo no- en la cara b de “Come stai” (y titulada muy honestamente “Questa e la facciata b”) es una sorprendente jam session a medio camino entre el freakbeat y la broma humorística.

Cantante de I Camaleonti, Enrico Maiocchi fue toda una estrella en Italia. Pionero del underground y presto a experimentar con lo que se le presentase, en 1965 viaja a Inglaterra. Alli entabla amistad con Ritchie Blackmore (guitarrista de Deep purple) e incluso forma un grupo con éste (Maiocchi & the trip) que con lo mucho que prometía el nombre, desgraciadamente no dejaría nada editado para la posteridad. Alternó con Hendrix y los Stones en el lugar y el tiempo oportuno (Londres, mitad de los 60). Gracias a ellos contactó con Marianne Faithfull con la que participó en 1967 en San Remo con “C’e chi spera”. “Uno di piu” de Mogol y Battisti es su mayor éxito. Alojada en la cara b de ésta, una maravilla de popsike elegante y de calidad, entre Honeybus y los Rolling Stones más líricos, con una producción espectacular e imaginativa (esa batería sincopada) y el contrabajo haciendo el papel de la guitarra que le otorga distinción y prestancia.

Ya lo decía Enric González. Cuando Celentano abre la boca, Italia escucha. Cuando termina de hablar asienten o despotrican. Pero cuando vuelve a hablar, vuelve a escuchar.
Es absolutamente increíble lo de Celentano.  De como a partir de una obra popularísima y accesible, cada poco tiempo aparece súbita una maravilla escondida a la que no le habíamos prestado la atención precisa. Ahora mismo ando pillado con está virguería a medias con La Ragazza del clan (¡Jenny, Miguel, gracias!) titulada “Eh! Gia” que no desentonaría nada -¡qué digo desentonar!… sería perfectamente uno de sus  highlights- en cualquiera de esas fiestas de popcorn y early Rock and roll que tan de moda parecen estar.

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De los autores de “Lady Jane” y “15ª frustrata” este “Batti e pugni” es favoritísima personal. Infeccioso hammond beat en clave rock and roll.


Fausto Leali, antes de su etapa mas popular en los años 70 como cantante melódico (y no es nada peyorativo) se especializó en pasar al italiano éxitos anglosajones; “Sha la la la la”, “Hurt”, “Funny how love can be“. Con una peculiar voz casi adolescente y de tintes ligeros se adscribió al beat con especial fruición. Aquí les presento una maravilla. Versión del “Everybody loves a clown” de Gary Lewis & his playboys, la banda del hijo de Jerry Lewis. Delicada y elegante, beat pop evocador,la letra encaja como un guante en el espíritu despreocupado y optimista de la época.


La pecosa pelo de zanahoria era más ácida que dulce. Estrella absoluta en la Italia de los sesenta, innumerables cimas jalonan su carrera. “Zucchero” -una, otra más- no empalaga en absoluto, como su nombre parece querer indicar, muy al contrario. Resulta ser señuelo y adicción; “Tu amor no es dulce, pero me gusta igual” 


Sí, el “Trapped” de Los Bravos en italiano a cargo de I Condors. ¡Qué guitarras!. Ahí va eso.



Pino Donnagio, otro clásico. La versión en castellano del “Non ne ho colpa” es bastante superior, en mi opinión, a la original. Más vigorosa y directa, ya desde su comienzo, con ese riff de guitarra, los bongos -¡como atrapan!-, su solo de hammond y la letra (un psicodrama en torno a la tentación de la infidelidad, los celos y la mentira y el posterior temor a la perdida) ya nada podrá hacernos abandonarla. Prueben y me cuentan…

TONINO Y SUS RUMBEROS."Capricho" (Columbia, 1978)


Llevo un tiempo pilladísimo con esta canción. Si uno fuese un vendedor de ebay con ganas de enganchar a un guiri con billetes sueltos la describiría como “Wah wah gipsy soul funk” a ver si picaban y no mentiría en absoluto. Como  tan solo soy un morador de las comarcas simplemente diré que me parece una bomba. Trompeterios, un muro de palmas, pedal wah wah, despecho, chuleria, venganza… 

A dos euros y medio estaba la semana pasada en Todocolección, aunque me parece que algún afortunado ya le ha echado el guante.



"Lord of Marbella" Banda sonora original.



Es ésta música apropiada para escuchar en el yate, resguardado en calas recónditas y entre sílfides y dry martinis. De algo tiene que servir el riesgo. 
En su defecto tampoco funciona mal en la piscina municipal. Sudor con sabor a cloro, crema solar a granel, miradas seductoras de aviesas intenciones, el Mondo brutto como reparadora lectura y en el ipod, atronando, “Lord of Marbella”.
Digamos que los efectos de mucha -tal vez demasiada- imaginación.
Ya tengo pues el guión, el título y la banda sonora. Solo hace falta alguien que quiera dirigirla y, ah! si, se me olvidaba, el dinero…

EVIE SANDS. Any way that you want me. (A&M, 1970)

Estoy viéndolo venir así que lo reconoceré de entrada para que nadie se llame a engaño. Mucho me temo que voy a ponerme sentimental. Si aún siguen por aquí tan solo se me ocurre hacerles un par de sugerencias; asomen sus cabezas por las ventanillas para así poder sofocar las arcadas o bien prepárense para catárticas confesiones de baratillo.
 
Pese a que todavía luchemos -disculpen el plural mayestático, nada más que baldío modo de eludir lo inefable- por apagar los escasos rescoldos que nos sobreviven, por esconder la fotografía gris de aquellos tipos duros que una vez fuimos – más bien pretendimos ser- la realidad suele mostrarse tozuda, implacable. Cierto es que siempre quedará algún arrebato, algún vestigio, pero a poco que seamos sinceros con nosotros mismos – y nadie nos dijo que eso fuese fácil- tendremos que admitir que todo aquello fue, generalmente, cínica pose o defensivo embozo frente a la verdad que la vida y el tiempo se empeñarían en mostrarnos. Sí, aquello fue lo que fue y hoy nosotros somos lo que somos. Lo demás será impostura o falsarias fantasías o, en el mejor de los casos, cortafuegos emocionales para fantasiosos de espíritu.
 
Porque reconocer entonces la grandeza de discos como “Anyway that you want me” en según que ámbitos podía llegar a ser asunto peliagudo. Aunque también, ahora que lo pienso, el mismo ventajismo era abjurar de él entonces como lo es celebrarlo ahora. Piensen ustedes lo que quieran, sobre lo que fueron (fui) ayer o lo que son (soy) hoy. Solo diré que hoy de nuevo, tras volver a escucharlo, sigo disfrutándolo tanto o más.
 
Una muchacha menuda originaria de Los Angeles, cuya voz recordaba -menos imponente, más ligera- a Dusty Springfield, había grabado ya algunos singles para Blue Cat y Cameo y había captado la atención de Jerry Leiber y Mike Stoller. ¿Su nombre?, sí, disculpen, debí haber comenzado por ahí. Se llamaba Evie Sands. Por mediación de Al Gallico había entrado en contacto con Al Gorgoni y este se la presenta a su amigo y socio Chip Taylor (James Wesley Voight, hermano del actor, y, sobre todo, compositor y músico de fuste). El inicio, como casi todos los inicios en historias predestinadas al infortunio, es bastante, mmmm, digamos … complicado; misteriosas desapariciones de masters con sus grabaciones sin acertar a saber el motivo, súbitas ediciones de la canción principal de dichas cintas por otros artistas que revoloteaban alrededor de la misma editorial e incluso futuros éxitos –“Angel of the morning”, la cruda historia de un polvo de una noche, rechazada inicialmente por Connie Francis– abortados la misma semana en que están a punto de coronar la cima debido a la bancarrota de su sello, Cameo. Para terminar de redondear la jugada, birlados -aquello ya era la jungla- de inmediato por otros (Chips Moman se la pasa a Merrilee Rush y, voilà!, bombazo nacional) que hace que todavía hoy sea ignorado por la mayoría del público que de ELLA fue la versión original. 
 
Pero no todo iban a ser desgracias. “Any way that you want me”, la canción, había sido ya grabada por los Troggs, por The American Breed y por Walter Jackson. A Chip Taylor, su autor, se le ocurre añadirle un pequeño interludio en su puente, donde la canción tomaba cuerpo, alcanzando un vuelo evocador, ése que toca la fibra. Lo registra con sus habituales, los músicos de los Muscle Shoals Studios y la guitarra de Al Gorgoni. La llevan a A&M en Los Angeles y de repente, ¡Boom!, 500.000 copias vendidas. Rápidamente -así funcionaban las cosas en aquella época- entran en el estudio para registrar el correspondiente elepé con el que hacer caja de verdad.
 
¡Y qué Lp! No sabría muy bien por donde comenzar. Tal vez el final sea un buen resumen de todo él; La guitarra de Gorgoni dando paso a unos balbuceantes bongos, la sutileza del arreglo de cuerda de Lee Holdridge y Berney Kessel asomando con un tímido slide. El dobro de James Burton, el piano de Larry Knetchel y finalmente su voz, esa voz madura recordándonos desde la fragilidad historias de amor y de fracaso. Asumiendo con orgullo y delicadeza que eso es lo que hay, sin lamentos hueros. Disfrutando la felicidad -incluso el dolor– del instante. No se me ocurre ahora mismo nada que evoque con más fidelidad el momento de levantarse junto a la persona amada. Ni tampoco la duda eterna, esa que nos atenaza, ¿Acaso será la última vez?. “No eres un sueño, no eres un ángel, eres un hombre. No soy ninguna reina, solo una mujer, toma mi mano. Dejaremos sitio a las mentiras, digámoslas hasta que sea la hora de marcharnos” canta en su revisión de la canción firmada por Buffy Saint Marie “Until it’s time for you to go” . Digno epitafio que resume casi una vida en un disco; Aunque hoy ya sabemos que hay veces que las cosas nunca serán tal y como deseamos, siempre hay ficciones que merecen ser vividas. 
 
Porque, vayamos ahora al inicio, desde la panoplia de efectos en absoluto gratuitos que dan paso a “Crazy Annie” todo parece querer marcar el territorio. A cuchillo, sin concesiones. Cantante sutil y tierna, orgullosa y rotunda -incluso cuando se lo proponía todo ello en la misma canción- se me ocurren muy pocos discos con tantos registros y tal abanico de sentimientos; “I’ve been trying to make you love me, but everything i try just takes you further from me” canta en “Take me for a little while” y de inmediato lo entendemos todo. No existe defensa ni dignidad ni reflexión frente a lo ingobernable, solo lúcida asunción de la soledad en “It’s this i am” -su única composición en el disco- o el subidón de saberse amado, aunque sólo sea durante una noche, en “Any way that you want me”. La descripción del ansiado -y desigual-  canje sentimental que viene a ser una caricia por cien desprecios en “I’ll hold out my hand” con ese fuzz en la intro que, no me hagan mucho caso, me remite a algún rompepistas de moda. Probablemente hoy sería considerado -por los papanatas, por los popes de la correción, cierto- como un disco politicamente incorrecto; Verían grietas en su sinceridad desarmante, docilidad en su rendición incondicional al deseo, bajeza en las suplicas y masoquismo en la asunción de la soledad. 
 
Y sí, a mis años sigo igual de ingenuo. Cada vez que termina el prodigio, mientras se apagan las últimas notas de “One fine summer morning”, mientras la acústica, los violines y los bongos se sumergen en un laidback eterno, referencial, sigo creyendo que hay discos que si bien no te cambian la vida -porque eso es un mito- si que se quedan contigo para siempre. Éste, sin ir más lejos. Ahora lo sé.