LEE HAZLEWOOD "20th century Lee" (RCA/Victor.1975)

“…Ya no hago nada. Y lo hago tan bien que la gente tiene la impresión que hago algo. Trabajo dos, tres días al año, cuando algún amigo me llama desde Suecia o Alemania. Es suficiente. Desde 1956 me he ganado la vida con la música. He estado quince o veinte años metido en el estudio. He dejado pasar tantas mujeres bonitas y dejado de ver tantos amaneceres … Tengo amigos diez años más jóvenes que yo y que parece que tengan diez más. No hay nada peor que un estudio de grabación; se come tarde y mal, se fuma cigarro tras cigarro, la tensión suele ser insoportable… el horror. No es que el trabajo sea especialmente aburrido pero la atmósfera es asfixiante. He llegado a detestarlo. En mi opinión es peor que la heroína, y eso que no conozco de nada de la heroína. Lo dejé para preservar mi salud mental, pensaba que ya había hecho lo suficiente. Pero ahora me doy cuenta que no lo hice suficientemente bien”
 
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Con su voz de barítono de un solo tímpano, creador de un género propio que podríamos llamar “sarcástica psicodelia vaquera”, a principio de los 70, Lee Hazlewood era un cuarentón hastiado del negocio de la música. Dj, compositor, arreglista, productor, propietario de un sello y finalmente encargado de cimentar la carrera de la hija de un mito, llevaba veinte años inmerso en algo que ya hacia tiempo le resultaba asfixiante. De Duane Eddy a la familia Sinatra, de Gram Parsons y su International submarine band a Dino, Desi & Billy, de Ann Margret a Dean Martin, pasando por los grupos de LHI, su sello, surgidos como casi todo al socaire del fenómeno Beatles y la ola folk rock (The Kitchen cinq, Surprise package, Arthur, Suzi Jane Hokom, etc). Los éxitos y los fracasos, más allá de satisfacerle o enojarle, no conseguían nada más que desear buscar otra nueva dirección. 
 
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“¿Sabes como se llamaba el primer modelo de Ford? el Model T. Yo escribo melodías model T y textos Rolls Royce. El Model T era un coche muy simple, como lo son mis melodías, aunque tal vez las que no me salen a la primera sean un poco más complicadas. Mis textos parecen escritos de cualquier manera, rápidos. Eso es falso. Intento utilizar palabras sencillas y a menudo la gente, cuando las escucha, se dice que podrían hacerlas igual, lo que yo tomo como un cumplido. Pero no es tan fácil como eso. Escribir una canción que tenga una aire simple no es siempre tan fácil.”
 
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En 1973 Lee Hazlewood retoma la carrera en solitario que comenzó a principios de los sesenta y que había dejado a un lado para ocuparse del fenómeno Nancy Sinatra. Había publicado algunos Lps; “Trouble is a lonesome town” (1964), “The N.S.V.I.P’s”(1965) y “Friday’s child” (1966), que pasaron sin pena ni gloria. Ya estaba en primer plano su anti-imagen, ese look de, digámoslo benévolamente, tipo peculiar, su voz sepulcral, su dicción perfecta, ejercitando con maestría el abc del folklore country y comenzándolo a vetear de ese pop sui-generis, falsamente atormentado y cínicamente irónico que durante la década posterior perfeccionaría con inusitado esmero. 
 
“Poet, fool or bum” (Capitol, 1973) es su declaración de intenciones. Quiere ser uno más entre los grandes; Leonard Cohen, James Taylor, Tom Rush… Decorado de arreglos fastuosos, a veces incluso excesivos, aquí todo cobra forma. El disco está plagado de clavecines, órganos, pianos, cuartetos de cuerda... Tenebrismo diletante. El Fantasma de la Ópera transportado de Notre-dame de París a los pozos petrolíferos tejanos. La estética Rhinestone sustituye a los vestidos de época. Bigotón por tirabuzones.
 
“She came running through the highway, naked as the sun. Said she, are you going my way poet, fool or bum?. Red hair had she, saw right through me, but what could she see?, A poet?, no. A fool?, I hope not. A bum?, No, i’m only me.”
 
Los pocos que saben de él lo masacran. El New Musical Express lo destroza en su crítica. De los tres sustantivos del título  -de esa manera tan british, tan cínica, tan inane- elige Bum (despreciable). Elige muerte. La voluble sinceridad, el tono paseando entre lo confesional y el escepticismo parece condenarlo al olvido. Demasiada ironía para enmascarar su sensibilidad, demasiada educación para esconder los rincones oscuros. Demasiada verdad para disimular.
 
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Trabajar conmigo no es ni fácil ni difícil. Me visto como quieren que me vista. Me arreglo el pelo si me lo piden. Pero que no se les ocurra tocar mi música y mis producciones. Cada uno en su sitio. Mira las fotos de las portadas de mis discos con Nancy, me vestí tal como me pidieron. Las personas que llevan la imagen son competentes en su terreno y yo sé que soy bueno en el mío. ¿Mi look?. No me importa. Con Nancy jamás discutí por una canción. Le hago el favor de hacerlo a su gusto.”
 
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Decepcionado y desengañado marcha a Estocolmo por una temporada. Se presenta en los conciertos como “The Stockholm kid”. Aparece en programas de televisión y en alguna película (“A house safe for tigers”) de la que existe disco pero que desgraciadamente no he podido escuchar.
 
En 1976 se publica “20th century Lee”. Excepto una revisión del primer éxito que compuso, (“The fool”, para Stanford Clark), todo lo demás son versiones. Si creíamos que no podía hacer nada más para sorprendernos Lee Hazlewood saca otro conejo de su chistera. Ya había jugado a eso en “The cowboy and the lady”, con las versiones de “No regrets”  de Tom Rush y “Dark end of the street” de Chips Moman para James Carr. O en el Lp “Poet, fool or bum” con “Those were days of roses” de Tom Waits. Pero será en “20th century Lee” donde llevará y estirará el arte de la revisión hasta un nivel sorprendente por libre y desprejuiciado; “L’eté indien” encajaría perfectamente en cualquier soft porno de la época, trocando la nostalgia del original por el nihilismo casi hierático, lo meloso por lo distante. En “Whole lotta shakin’ goin’ on”, aparte de parecer bajo los efectos de una dieta de diazepán tiene los arrestos de sustituir, para terminar de arreglarlo, el solo de guitarra por el de una flauta de pan. Tanto en una como en otra, cerrando los ojos, podemos imaginar a Laura Gemser o Sylvia Kristel deambulando en paradisíacas islas, anunciándonos sicalípticos placeres. Junto a ellas, extravagantes aportaciones en otras lenguas; Le oímos intentar cantar en un sucedáneo del castellano en “An old lullaby” o sueco en “Brevet fran Lillian”
 
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“Una tarde, en el 63 o 64, no recuerdo, en Tejas, estaba en un bar propiedad de un amigo mío, viejo colega de Port Arthur. En una mesa había un tipo de 35-40 años que no hacía más que beber una cerveza tras otra. Yo sabía que acaba de casarse con una chica a la que casi doblaba en edad y le sugerí que controlase un tanto si esa noche quería cumplir. Se levantó y me respondió; “… En mi casa yo soy el patrón. Y si no me obedece en todo lo que yo diga sentirá mis botas encima de ella…”. Me quedé horrorizado pero lo anoté en un pedazo de papel. Escribí dos estrofas y solía cantárselas a mis amigos en las fiestas que daba en mi casa. Me recriminaban no escribir canciones de amor y les dije que era una canción de amor. Se rieron.”
 
 
 
La indeleble marca de la casa. Textos burlones, sarcásticos, mezcla de jarana, introspección y gran espectáculo. La combinación ideal de épica y aturdimiento. A un lado lo iconoclasta y al otro lo académico. Al centro siempre Lee Hazlewood como una especie de pantocrator, dominando, dirigiendo el cotarro, da igual que sea afásico o melodramático. Un repaso por el cancionero americano. De J.J. Cale (“Crazy mama”) a Jim Stafford, De Bob Dylan a Tom T. Hall (“That’s how i got to Memphis”). Entretenimiento y laid-back, arrebatos de genio, honesto y descarado.
 
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“Escribía las canciones como un trabajo, jamás las necesité para confesarme. Al contrario que otros colegas que componían -y tuvieron éxito- pero no producían, yo daba el paquete completo. Es por eso, imagino, que me llamaban frecuentemente. Escribía canciones a medida para aquel que me lo pidiese.”
 
“En los sesenta estábamos en la cima, pero antes de actuar, Nancy siempre deambulaba nerviosa por el camerino. Yo la abrazaba e intentaba calmarla. Le decía; -Han venido tres mil personas a vernos pagando cincuenta dólares cada una, ¿Crees que están ahí fuera por que nos odian?. No, están ahí porque nos aman, así que hagamos que nos odien un poco, aunque no lo harán, porque somos irresistibles”
 
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Todas las declaraciones de Lee Hazlewood, entrecomilladas, están extraídas de una entrevista hecha por Christian Fevret para la revista francesa Les Inrockuptibles, en su número 201, en julio de 2002.



 

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