SOUNDTRACKS a 45 rpm



Soundtracks a 45 revoluciones por minuto. Sin mucho orden ni concierto, como acostumbro. Rodajas de vinilo de siete pulgadas con canciones que me gustan mucho o muchísimo. Muchas de ellas son italianas, donde esta dicotomía se daba en generosa abundancia. También las hay francesas, lugar propenso para cualquier extravagancia y además vestirla con elegancia; Polar, Soft porno, Giallo, Ciencia ficción, Policiaco, Nouvelle Vague, Comedía, Terror…  cualquier género era propicio. Lo que les viniese en gana. Eran, generalmente, coproducciones de tentetieso, -algunas, es cierto, más aseadas- y sin ningún tipo de prejuicio. Todo lo libre que el error puede llegar a ser. Y hay de señalar, siendo justos, que eso es ser muy pero que muy libre.

Todas forman parte de la banda sonora de diversas películas, a menudo y con razón poco consideradas cinematográficamente, cuya grandeza estribaba sobre todo en su música. Música elaborada por titanes cuya imaginación llegaba a ser desbordante: Titanes como Ennio Morricone, Piero Umiliani, Martial Solal, Francois de Roubaix, Vladimir Cosma, Armado Trovajoli, Karl Heinz Schaeffer, Michel Legrand, Alessandro Alessandroni, Bruno Nicolai, Stelvio Cipriani y muchísimos más. Los estudios a su entera disposición, rodeados de anónimos y formidables instrumentistas y una paleta rica y curiosa, en busca de la alquimia del instante sin saber que a veces rozaban la eternidad. 

También, esporádicamente (o quizás no tanto) acontecían colaboraciones cuando menos curiosas; Los Zombies con Otto Preminger, Doris Troy con Berto Pisano, Goblin con Dario Argento… 

En esas – y en algunas y contadas otras ocasiones- se daba también una sorprendente conjunción astral. Una mágica coincidencia en la que ambas artes podían ser de primera magnitud. Aunque fuese las menos de las veces, para que mentirles. Pero eso casi que da igual, se puede perdonar sin ningún problema. ¡Con tamañas canciones!. Escuchen, si tienen a bien…

Anuncios

THE WALKER BROTHERS en los 70; Lines/No regrets/Night flies.

 
A estas alturas de la película huelga decir que los Walker Brothers ni se apellidaban Walker ni mucho menos eran hermanos. Si la historia comienza así, de esta manera un tanto desconcertante, sigan leyendo, que aún hay más. A mediados de los sesenta, tres muchachos, todo lo americanos posible (sus apellidos eran Maus, Leeds y Engels, o lo que es lo mismo, hijos de emigrantes alemanes, holandeses e irlandeses) formaron parte activa de la invasión de bandas británicas que conmocionaría los Estados Unidos. El viaje de ida, ilusionado y expectante, comenzaría un par de años antes por unos jóvenes, entonces músicos de sesión en Los Angeles, y había cristalizado retratándolos -y retratándose- como actores partícipes de la segunda hornada de la british inavasion. british invasión.
 
Con estos antecedentes un tanto disparatados (americanos que viajan a Gran Bretaña para formar parte de la invasión musical británica en los USA)  ya nos podemos imaginar por donde iban a ir las cosas en su vuelta a mitad de los setenta. Una vuelta de todo punto inesperada, en absoluto demandada, ni mucho menos, por aclamación popular y -era algo esperable- coronada por el previsible fracaso comercial.
 
Tiene la obra de los Walker Brothers en los setenta (“Lines”, “No regrets” y “Night flies”, trilogía irregular en su trascendencia musical pero sorprendente por ser descarnado retrato acerca de la duda y del pasado) un aire de voluble, engañosa levedad. Ese que sopla entre la maraña de emociones contradictorias que puede suscitar el volver a encontrarse a alguien a quién no pensaste en volver a ver jamás. Una relajada -y también un tanto cruel- crónica del desamparo. Fluye de ella desganada hondura a partir de un cierto artificio formal. ¿Qué cómo se explica ésto?. En mi opinión son discos polisémicos, de múltiples lecturas, dependiendo bastante del estado en que se encuentre el oyente. Endebles en su mayor parte pero con trazos y destellos de genio y avanzadilla de nuevas sendas. Ahí estriba su grandeza y en ello reside su debilidad. Pueden crecer o pasar desapercibidos, tornarse obsesión o meramente acompañar. Pueden, también, molestar casi tanto como atraernos. Algo, por otra parte, nada inusual en todo aquello que se ama.
 
Comenzó la trilogía como la inesperada reunión (“Lines”. GTO, 1976) de unos viejos amigos. Unos amigos que, acaso sin saberlo entonces, nunca lo fuesen del todo. Venían rebotados, unos del éxito y del fracaso, otros de ni siquiera eso, tan sólo la indiferencia. Ahora, más viejos y más sabios, veían de manera refulgente todo lo que no quisieron reconocer en su momento. Unos tipos que recordaban con agrado lo que fueron o creyeron ser, del mismo modo que en ese mismo momento del reencuentro, se sabían ya tres desconocidos, habitantes de mundos distintos.
 
Separados sus caminos hacía una década ya, el rumor, inaudible en un principio (debido, quizás, a los oropeles y el éxito), era ya un secreto a voces. Su deambular desde entonces había sido, éso sí, insultantemente propio, suyo. Allí no hubo ni trampa ni cartón. Repitiendo los mismos errores y habiendo perdido parte de la destreza de antaño. Con breves descansos en el paraíso y larga estancia en los infiernos. 
 
Inicialmente deciden tirar de versiones. De nuevo. Coger carrerilla partiendo de los lugares comunes en los que piensan que pueden sentirse más confortables. Hoy, desde la perspectiva que otorga el tiempo, resulta bastante evidente tanto lo irregular de lo logrado como lo cautivador de su encuentro, de la misma manera que los episodios protagonizados por Scott Walker brillan impolutos entre el convencionalismo general que parecen emanar. Frente a balbuceos inanes y algún que otro desacato (el solo de guitarra de “Many rivers to cross”) también hay algún seductor fogonazo; “Lines” -la revisión de una canción de Jerry Fuller que abre el disco- o “Dreaming is one” -que lo cerrará- son dignas categorizaciones de lo anómalo desde un prisma mainstream. “Inside of you”, por la que siento especial predilección, si que me parece algo de tal fuste, nervio y enjundia que podría encajar  perfectamente -y sin desmerecer en absoluto- en cualquiera de sus gloriosos discos posteriores, ya en solitario.  
 
 
“…I have been lonely, lost and forgotten. Cryin’ it sometime buried in the mountain. The beauty of that freedom came next to beauty of what i feel when i’m inside of you. I’ve been a young man run at a daybreak, here in are my fool steps, the sound of the wickness. Prisioner of my pains, jailed by dreams that never last, i can only be myself when i’m inside of you…” 
 
En cualquier caso el reposo del enfermo. Una nueva recaida en la adicción, los mismos síntomas desagradables, cada vez más corto el placentero éxtasis. Un sonido seco, adusto. Orquestaciones apagadas, casi anémicas guitarras con un suave laid back emergiendo. Diversas y fallidas veleidades -¡se atreven incluso con el reggae!-  para dar cuerpo a un lánguido ejercicio de recuperación del pasado tan vitalemente esclarecedor -y esclerótico-como dolientemente impúdico.
 
 
———————————————————————–
 
“No regrets” (GTO, 1976) es el segundo episodio de la reunión. Mejora en bastante a “Lines” pero continua lastrado por los mismos defectos y servidumbres. Otra cosa es que estos sean un placebo insuperable para quién suscribe. En la portada se les ve sonrientes, relajados. Scott descamisado, sujeta una lata de cerveza. Su mano izquierda parece suplicarle al fotógrafo que deje la cámara de una vez, cubriendo parcialmente su rostro entre sonrisas y bromas cómplices. Gary Leeds enseñando piños, condecorado con un pedazo de colgante que debe pesar una arroba. John Maus, es el único que parece posar, muy en su papel de playboy rompecorazones, con una sonrisa seductora. Llegan a aparecer en la televisión española en “La hora de … Luis Aguilé”, en una actuación en playback dirigida por Valerio Lazarov y cuyo video les enlazo más arriba.
 
La maquinaría se muestra cada vez más engrasada. Grabado en Londres y con una banda competente detrás ( Alan Parker, Dougie Wright, B.J.Cole, Brian Odges) suenan más compactos, más fluidos. El repertorio está elegido con gusto; Tom Rush, Micky Newbury, Janis Ian, Kris Kristofferson…) y parecen cómodos, dejándose llevar. La combinación de las voces de Scott y John tiene el tempo y la cadencia apropiada aunque comienza a resultar evidente que no habrá un tercero. Que no lo habrá en igualdad de condiciones, al menos no así, de igual a igual. “Night flies”, ese tercer intento, tan solo dos años más tarde, ya es el disco de otra banda, de otra gente, la reinvención total, como si hubiese transcurrido no una década sino un siglo, hasta haber vuelto a reencontrarse. En realidad es un disco de Scott Walker. Y se nota, vaya que si se nota.
 
 
————————————————————————- 
 
“Night flies”, como insinuaba más arriba, va mil pasos más allá. Los cimientos de lo que será a partir de entonces y hasta hoy, el reino de Scott Walker. El preludio de su trilogía cósmica (“Climate of hunter”, “Tilt” y “The drift”). La clave de acceso a un nuevo estadio, decidido a quemar todos los puentes con el pasado que hubieron y que habrán. Conjurado en trascender su legado reconstruyéndolo de una manera conscientemente caótica hasta llegar a la perfección más hiriente, quedando atras cualquier convencionalismo, cualquier concesión. Destruir todo aquello que se ama para, precisamente así, poder seguir amándolo. Algo formalmente nuevo, de una gelidez aparente pero que no es nada más que fuego y desesperación. Sin hacer prisioneros, a degüello, cueste lo que cueste. Le cueste lo que le cueste. Víctimas de ello, entre otras cosas, serán la relación con el público que hubiese permanecido fiel hasta entonces, la del grupo con Scott y, sobre todo, la de éste con el mundo. Un mundo tan perplejo y atónito como él, incapaz de entender la magnitud de la revelación.
 
 Se acabaron las versiones, el periodo de rodaje finalmente se ha completado. Entre los tres componen todas sus canciones. Cuatro de ellas vienen firmadas por Scott. Ahí reside la sustancia, el punto de ruptura. Situémonos. Nos hallamos en 1978. El punk es la nueva religión. El futuro no existe, el pasado hiede. Ramificaciones y conexiones con la etapa berlinesa de Bowie, con el free jazz, con la no wave neoyorquina, con la música disco. Todo eso y también mucho más. A partir de ahí algo nuevo. Prácticamente TODO. Las puertas de la percepción. Melodramatismo sci-fi, prosaico y desagradable realismo, la sensación de acceder a otra galaxia. Un ejercicio tan molesto como adictivo, tan hipnótico como desolador. Algo que bordeando continuamente el desastre acabará siendo el triunfo absoluto.
La voz -ésa voz suya declamatoria, majestuosa- sigue ahí. Sonora e imponente en su gravedad, indisimulable su presencia, de arrebatadora, violenta, turbia personalidad. Como contrapunto a tal muestra de poderío, la menos dúctil pero sutilmente evocadora voz de John; menor, suave, indolora. Todo en “Night flies” es ruptura. La que existe y la que se intuye; Percusiones metálicas y esquelético disco funk en “The shut out”. La apoteosis de la desolación en “The electrician”, avanzado y amenazante mantra vudú. Guitarras disonantes,  sintetizadores kraut, trompetas punzantes, exuberantes orquestaciones situadas estratégicamente que remiten tanto al Guppo de Improvisazione nuova consonanza como al Miles Davis de “Bitches brew” o “In a silent way”. “Fat mama kick” o la asonancia del blues amplificada por capas y capas de teclados. Implorantes spoken words escupidos al son de una trompeta tratada, cuyo único fin parece ser el de alterar, provocar la reacción. Todo el disco es claramente la entrada en el universo de Scott. Moderno y arriesgado, impropio para una época mas dedicada a provocar desde la forma que desde el fondo. Una epopeya que brota libre, que nos seduce conforme nos adentramos en ella. Que muta con nosotros, transformándose y transformándonos. Ahora sí, de verdad, estamos en la nueva dimensión. Violenta en su belleza, irracionalmente desesperada, profundamente romántica… y lo que queda por llegar, queridos.

 

LOS TONKS. Sin tu amor (Emi-Regal, 1967)

Los Tonks de Barcelona, posteriormente Imagen. Del EP  “Linda flor / Junto a ti / Sin tu amor / En un rosal” (Emi-Regal SEDL 19.564, 1967).
Compuesta por S. Wadey, A. Hayes y M. Grainger. Letra de A. Alpín.

SCOTT WALKER Sings songs from his T.V. series (Philips, 1969)

En 1968 Scott Walker ya era toda una estrella en Gran Bretaña. Había aterrizado allí desde su Ohio natal con los Walker Brothers (John Maus, Gary Leeds y él mismo, Noel Scott Engel) en 1965 y bastado un par de discos (“Take it easy  with the Walker Brothers” y“Portrait” en UK, “Introducing the Walker Brothers” y “The sun ain’t gonna shine anymore” en los USA (cosas de las distintas ediciones según el país) para entrar el Top 10 británico e irrumpir en el imaginario colectivo de unos jóvenes con ansia de ídolos y necesidad de un mundo propio. Aquello fue el comienzo de la construcción del mito en que más tarde se convirtió. Su mezcla -no tan novedosa- de orquestaciones sinfónicas, tragedias adolescentes y un cancionero que combinaba los éxitos del momento (“Love minus zero”, “Land of one 1.000 dances”, “People get ready”, “Dancing in the streets”), con personalísimas aproximaciones a temas más adultos desde el prisma de épicos melodramas adolescentes, ya lo había llevado a la práctica con especial tino Phil Spector a principios de la década. Lo que realmente atraía, hipnotizaba, era esa combinación inusual de vigor y arrebato Wagneriano que emanaba de su música junto con la sensación de imponente y delicada belleza que brotaba de su voz. Ese constante caminar en el alambre a modo de complicada prueba. En principio el transito ineludible entre la obligación y la devoción. A la larga, ya solo exclusiva consagración a aquello último. Una voz en primera instancia engolada, ligeramente afectada, pero que a los cinco segundos de escucharla se tornaba en sincera, en confesional. Una forma de cantar que parecía dirigirse a cada uno de los miembros de su audiencia por separado, sin importarle que ésta fuese cientos, miles. Uno sentía -todavía hoy me ocurre- que cantaban únicamente para él.
 
  Su carrera en solitario había -de manera sorprendente-  despegado con fuerza. Digo sorprendentemente porque esa mezcla de drama, chanson y soledad en formato balada no parecía augurar nada de todo aquello. En su carrera en solitario, todo lo anteriormente aventurado con los Walker Brothers se exacerbó hasta el paroxismo. El vigor musical devino en elegante manierismo. Lo delicado se tornó frágil. Dos discos soberbios, “Scott”(Philips,1967, nº 3) y“Scott 2” (Philips,1968, nº1), le habían encumbrado como poco menos que un Mesías. No solo era un ídolo capaz de humedecer a las jovencitas, sino que los chicos -y no estoy hablando de un mero referente homosexual, que también lo fue- aspiraban a ser como él, vestir como él, sentir como él, en definitiva ser él. La afectación literaria, la  vulnerabilidad emocional, la profundidad y la fragilidad serían, a partir de entonces, cualidades a considerar. Para bien y -¡ay!- también para mal. Tan simple como el uso o el abuso, en el caso de la música que de él surgía material de peligrosa manipulación. 
 
Junto a los dos primeros, “Scott 3” (Philips, marzo 1969, nº3) y “Scott 4” (Philips, diciembre 1969) conformarían algo así como los cuatro evangelios del místico romántico en que se había convertido. El Caravaggio del pop. El último de ellos, que ya no conseguiría entrar en listas, fue epilogo de su primera etapa tanto como preludio de la nueva época que estaba por venir.
 
“Siempre me ha gustado el que cantase melodías tan bonitas. Podría haber recitado el menú de cualquier restaurante y habría sonado igualmente atractivo. Y entonces surgían esas cuerdas atonales. Y ese tipo de desamparo. Era psicodélico, pero no usó ninguno de los trucos de la psicodelia. Ya sabes, mientras todo el mundo estaba tomando ácidos en los sesenta, se olvidaban de esas amas de casa que se atiborraban a valiums para poder sobrevivir en los suburbios. Scott Walker fue el Hendrix de esos barrios.”
Julian Cope
 
Imposible de ubicar, de imagen soberbia -atractivo como un Dios griego, elegantemente cool, con un halo de perenne, indefinible misterio- e intérprete desconcertante, todo en él te dejaba descolocado. Para acabar de confirmarlo, a finales de 1968, debido a su éxito, la BBC le encarga seís episodios de un programa de televisión con él de conductor, o mejor, de introductor. Una serie donde rinde tributo de modo íntimo a compositores y amigos, y en cuyo repertorio Philips cree vislumbrar un nuevo y más amplio mercado, sin dejar de relamerse ante lo que intuye como una nueva veta o filón. ¡No podían ni imaginarse lo equivocados que estaban!
 
 Aunque cuentan que todavía hoy reniega de él (de hecho es el único de sus discos no disponible en Cd y sus canciones no suelen aparecer en ninguna de las recopilaciones a su obra dedicadas), ésto puede, cuando menos, cuestionarse. De acuerdo, no hay hechos probados y aunque es cierto el silencio, cuando no olvido, que pesa sobre él, todo son conjeturas. ¿La mía?. Ahí va. Pienso que decidió adentrarse en un nuevo territorio, probar sus fuerzas y que una vez calibradas (con exitoso resultado) dejarlo a un lado. Ya había exprimido todo el jugo que podía extraerse. Había recorrido en un disco el camino para el que otros necesitan carreras enteras. Se encontró en un callejón sin salida en el que no le apetecía volver a estar, pero una vez allí creo un canón que todavía hoy permanece vigente. Porque parece evidente su aquiescencia, al menos inicial, con el proyecto. Pero en vez de limitarse a ser manejable, a mostrar connivencia con Philips y hacer, de cara al público, como que no sabía, permitiendo publicar al sello un disco con una selección de sus interpretaciones en ese especial televisivo, Scott Walker decide hacerlo, sí, pero a su manera. Esto es, entrar en el estudio y registrar comme il faut, con una gran orquesta dirigida por Peter Knight, doce de las canciones de dicho programa. Su visión del mainstream, la version definitiva. ¿Orgullo profesional?, ¿Un pulso con la industria?, ¿Consigo mismo?. Probablemente todas esas cosas. Y quizás algunas más. Nunca lo sabremos.
 
“…Conmigo tuvo la ocasión de ir tan lejos como quiso. Y lo hizo. A su manera. Y ello le llevó de cabeza a los problemas, pero a la larga fue para bien. Si estabas haciendo algo como lo que hacia Scott Walker en aquella época -y yo estaba allí, ayudándole en todo lo que me pedía- , estabas en medio de un derramamiento de sangre…”
Reg Guest
 
“…Intentabamos ser diferentes. Entre Scott y yo colocábamos una orquesta a la que llamábamos la banda de los Walker Brothers. Teníamos tres pianos, cuatro guitarras, infinidad de instrumentos latinoamericanos, percusiones, el sonido de lo que queríamos que fuesen los Walker Borthers. Y por supuesto funcionaba…”
Ivor Raymonde

 

 
 Todas las canciones son versiones, si así podemos calificarlas, pues son canciones que se convierten en otras una vez pasan por su garganta y su alma, definitivamente ya suyas. De Jerome Kern, de Charles Aznavour, de Kurt Weill, de Antonio Carlos Jobim, de Oscar Hammerstein II… Y aunque algunos las tengan por clásicas y académicas -que lo son, al menos de partida-, su interpretación, su implicación, la sublimación que hacía de ellas, vuelven a hacernos meditar acerca de lo presuntamente menor de ese proyecto. Me parece del todo improbable, casi imposible, llegar a tal grado de encantamiento y perfección sin estar mínimamente de implicado. Aunque uno sea, como es su caso, un genio tocado por la mano de Dios.
 
Sin trazos de rock ni vestigios pop, como un fantasmal solista en la oscuridad y la desolación de las ruinas, el disco parece querer ser una especie de inmersión a pulmón libre en el reglamentado mundo de los crooners y por ende del mainstream; Engelbert Humperdinck, Andy Williams, un maduro Sinatra. Nada más lejos de la realidad. Lo que Scott Walkerntre  nos entrega es una especie de decodificación de un género -un género a menudo sin sangre,  por lo general medio moribundo, aunque cuando sobrevive capaz de ser imbatible coda vital- para acto seguido trascenderlo, hacerlo otro. Disimular sus arrugas, enmascarar sus mil veces repuntadas costuras, y ofrecernos un ejercicio aparentemente formalista, entre lo litúrgico y lo místico, sangrante en su panorámica descripción de la condición humana, en contraposición con la hagiografía del instante que habitualmente se suele ilustrar en esos proyectos.

 

No tan lejos de la obsesión por la pureza que habita en su mencionado cuarteto mágico, el repertorio de “Sings song from his T.V. series”, -un viaje por el cancionero  universal-, deja diáfanas sus señas de identidad. “The look of love” es otra pieza imperecedera de Bacharach/David (de quienes ya habían hecho los Walker Brothers una fastuosa interpretación del “Make it easy on yourself”), una celebración de la soledad, pero no como algo conmiserativo sino como una exaltación casi gozosa de la visión de lo inalcanzable. Lo mismo ocurre con “Who will take my place” (“Qui prendra ma place”, Charles Aznavour / Herbert Kretzmer), una lúcida reflexión acerca del lamento del adiós, del recuerdo del ser amado, idealizado, dolorosamente feliz en los brazos de otro. Flagelación sentimental, la máxima muestra del amor -darse y no pedir- y también una apología de un cierto masoquismo emocional. Curiosamente ambas formarían parte del repertorio de la inmensa Dusty Springfield, a quién este disco no cesa de recordarme.

 
“Someone to light up my fire” (“Se todos fossem iguais a você”, A.C.Jobim / Vinicius de Moraes) continua, en este caso a partir de un clásico brasileño, la senda de un amor hemofílico. Un amor que corre jubiloso y vivo entre sus venas, para acto seguido escurrirse, desaparecer entre sus manos a la menor herida e inconveniente. La esperanza de encontrar al presunto ser amado, alguien desconocido, tal vez irreal, idealizado sin duda, pero con quién sueña vivir una felicidad que, sabiendo imposible, celebra y rememora. “Only the young” es una evocadora recapitulación acerca de la juventud perdida, la que solo permanece, caso de hacerlo, en el amor, antes rememoración que recuerdo, arcano inalcanzable,  sueño inaprensible. 


Aún hay más. Musical tetralogía cósmica de denso aparato y fluido devenir; Arreglos de cuerda carnosos, guitarra susurrante, un crescendo arrebatador (algo por lo que mataría Rufus Wainwright) en “The impossible dream”. Kurt Weill espacial, Sinatra on my mind en “Lost in the stars”. Sueños mecidos por el deseo en una tenue bossanova como “I have dreamed”. Luces de Broadway, putas y borrachos en el Soho, neones y lluvia, cómo no, de la mano de Jerome Kern en “The song is you”. 

Todos los registros del mainstream, todos los palos del entertainer pero vistos desde fuera, como en un travelling de un mundo que se abandona. La celebración de lo único a partir de lo común. Una demostración de poderío y de personalidad. También de cabezonería y de sensibilidad.  Algo así como llegar a un lugar, mostrar su talento y a continuación, guardado ya para siempre, proclamar: “Todo ésto soy capaz de hacer. Y ahora que lo he demostrado, que lo habéis escuchado, sabed que ya no me interesa. Que no lo volveré a hacer. Jamás”.

“…Creo que Scott Engel tomó una decisión -una muy valiente- hace ya mucho tiempo. Eligió, de manera deliberada y muy consciente, entre la fama, ser propiedad pública y la calidad de vida. Eso era algo mucho más importante para él. Si vuelve, será bajo sus términos o no lo hará…”

Keith Altham
 
 
Proximamente los Walker Brothers en los setenta. “Lines”, “No regrets” y “Night flies”
 

DIVAGACIONES. Interludios de Otoño.



Llueve intermitentemente. Llovizna más bien. El Otoño parece querer llegar por fin. Con más de un mes de retraso, como sucede habitualmente por aquí. Aunque les suene raro, en días como hoy apetece -hasta llega a agradecerse- el recibirlo. No madrugar, desayunar los cuatro juntos viendo balancearse la buganvilla. Discutir acto seguido por ver a quién le tocará recoger las flores humedas de la glicina cuando escampe. Esas flores que nosotros llamamos campanillos, por su parecido con pequeñas campanas, y que una vez en el suelo, mojadas con el agua, parecen no querer desprenderse de las baldosas del patio, como si fuesen una especie de dibujo en el barro cocido, estampado no sabemos por quién, un artista sin duda. 

Y como siempre algo de música. Para acompañar. Para recordar. Para imaginar.

ARI DELON “Le petit chevalier” / JOHNNY HARRIS “Footprints on the moon” / SCOTT WALKER “It’s raining today” / THE LEFT BANKE “There’s gonna be a storm” / JOE & BING “Daybreak”.

THE HARDTIMES “Blew mind” / CHAD & JEREMY “The gentle cold of dawn” / DUNCAN BROWNE “Cast no shadow” / DONOVAN “Sun” / THE BEE GEES “Holiday”

PRIMAL SCREAM “Space blues #1” / KALEIDOSCOPE “The murder of Lewis Tollani” / TREES “Fool” / SOM IMAGINARIO “Morse” / MARTA KUBISOVA “Ja tu tvari nemmenou” / CAN “She brings the rain”


———————————————-

P.d. Una estupenda toma en directo con elocuentes confesiones de “It’s raining today”, gentileza del amigo J (a.k.a. Dr.Heino F.).
 Habla de ella como una reflexión sobre sus años adolescentes, sus orígenes, las primeras lecturas, sus primeros referentes musicales…


Dicho sea de paso, me están entrando unas ganas locas de escribir algo sobre Noel Scott Engel. Hablar de sus cuatro primeros discos en solitario; “Scott”, “Scott 2”, “Scott 3”, “Scott 4”. (Cierto, no se complicó mucho las cosas para titularlos. Ahora bien, lo que habitaba en en sus surcos era -y es- algo mágico). Tampoco conviene olvidar ese interludio para desempalagar que es el soberbio “Scott Walker sings songs from his TV series”. Finalmente, dos de sus Lps tardíos con los Walker Brothers, hacia mitad de los 70; “No regrets” y “Lines”. Cosa seria.

Más pronto que tarde me tendré que poner a ello.


CINERAMA. Hollywood gets the micro. (Parte 1ª)

“From far beyond the galaxies i’ve journey to this place to study the behavoiur patterns of the human race… and i find them highly illogical”

¿No les ha ocurrido nunca que al leer o escuchar algo con lo que estaban bastante de acuerdo en un principio han acabado pensando –“Sí, pero no”- debido en gran parte a la manera en que estaba expuesto?.  ¿O que ideas, opiniones, formas de conducirse en la vida que en principio comparten, al ser así desarrolladas y expresadas les haya hecho decirse a si mismos –“Así no”-?.

Pues algo similar, aunque a la inversa, me ocurre a mi con los actores cantantes. Admitiré de entrada que son una más de mis parafilias musicales. Y aunque hoy un tanto dejada de lado, una de las que ejercí y sigo ejerciendo con delectación y esmero. E igualmente, si quiero ser honesto, tendré que reconocer en esta ocasión aquello de “No, pero sí”.

Hay algo en estos desmembrados y desoladores ejercicios que me inducen irremisiblemente hacia ellos. Un poco a la manera de la tripulación de Ulises con las sirenas mitológicas. Y como no es asunto de taponar sus oídos con cera, ni tampoco que me aten a un mástil, permítanme que les presente unos cuanto ejemplos. Tal vez no siempre de cantos melodiosos o seductores aunque si desgarradores (por el dolor digo). Posiblemente tampoco colmados de bellas promesas aunque plagados de buenas intenciones.

Vayamos al asunto. Reconozco de entrada que es un mundo al que se accede voluntario o no vale siquiera la pena husmear en él. También que una vez dentro algunos sentirán ligeras arcadas. Tal vez nauseas y mareos. Probablemente un malestar general. Estamos hablando, claro, de los más timoratos y aprensivos. Como a los que suelen tener el detalle de leerme aquí en mi bitácora ya les supongo familiarizados con mis taras, les tengo por seres de estomago fuerte, además de curiosos impenitentes. Y por tanto ya sabrán desde hace tiempo que las flores más bellas brotan del estiércol, si pueden adaptarse a éste y sobrevivir a las inclemencias del tiempo.


Así que de eso se trata; Estrellas, estrellitas y estrellones que, aoparte de tener la categoría de astros también concitan (casi) todo lo necesario para haberse estrellado en algún momento de su disoluta vida. Afortunados que, vayan ustedes a saber por qué,  se afanan en destruir su buen nombre (caso de tenerlo) o en prolongar su decrepitud. Personajes que suelen provocar ternura, debido principalmente a que en la inmensa mayoría de los casos no solo es que sean ajenos al ridículo que producen sino que se diría que creen estar dejando algo para la posteridad. Y aunque así lo hagan, no me parece eso algo precisamente de lo que sentirse orgulloso. Ejercicios de desvergüenza desmedida en el más cínico de los casos, o de falta de ella en aquellos donde campa la ingenuidad. En otros y contados casos mera diversión y afán de trascendencia en un arte que entonces se tenía – y tenían- por mayor.

Villanos románticos (el Raza de “Los profesionales”, un Jack Palance cualquiera) practicando musculosos episodios de swamp rock a-la Tony Joe White en un disco por lo general plagado de country afónico. Galanes en el armario, un tanto ya de capa caída (el Rock Hudson más ajado, el de “Los casos de Rockford”) intentando destrozar- y con bastante acierto- el cancionero de Rod McKuen y el “A man alone” de Sinatra, todo en el mismo intento, o de presentarnos, con cuarenta años de adelanto, el tema central de “Brokeback mountain”. Uno de los emblemas de la rotundidad y la presencia física en el cine clásico (Un salvaje Robert Mitchum en plena fase marijuana) destrozando el recién descubierto Calypso sin ningún tipo de pudor o decoro, poseído por sus adicciones y seducido por sus querencias.
JACK PALANCE Black Jack country chain



Impostores de Sunset Boulevard engullidos por el star system. Extranjeros en el país de los extraños, ansiosos de formar parte de los nuevos tiempos. Y aunque dispersos -cuando no diletantes-, eran capaces de olisquear que algo se estaba fraguando, ardiendo en deseos de formar parte del nuevo mundo, de dejar su fútil impronta, al advertir que se les escapaba de entre las manos.
 Podían ser tanto iluminados por el influjo de la liturgia hippie (Richard Harris) en una mezcla imposible -y que sin embargo funcionaba- con el cancionero de Jimmy Webb, como Adonis deslumbrados por “Blow-up” (David Hemmings) e imbuidos del espíritu Dylan, haciéndose acompañar por The Byrds.  También veteranos ya de vuelta como Rex Harrison acomodando su alcoholismo de Sir y dicción impecable pure british al libreto y cancionero de Bacharach/David





 Abundaban tanto las estrellas emergentes, todavía bajo los efectos del trip Kubrick y el terror gótico de Preminger y Bunny Lake (Keir Dullea), como los niños prodigio convertidos antes de tiempo en adultos (Goldie Hawn o Kurt Russell). Otros, melifluos wannabees semiadolescentes (Michael York con el exotismo hindú de Ustad Vilayat Khan) ebrios de aroma a incienso y olor a pachouli, divagaban mecidos por las ragas de tabla y sitar, banda sonora de la nueva mística imperante. Del mismo modo, pseudo lolitas francesas iniciando su hermosísima decrepitud se dedicaban al proselitismo de Baudelaire acompañadas del pertinente instrumento a-la-page (Yvette Mimieux y Ali Akbar Khan en “The flowers of evil”).


Como verán, todo de lo más normal.

Algunos capítulos intermitentes del mejor cine dejaban espacio a los experimentos, algunos de ellos en verdad intrigantes; Mia Farrow en “Rosemary’s baby” acunando a la bestia salida de su vientre tras fructificar el satánico pacto o Mary Badham y su “Wish me a rainbow” (para siempre la hija de Atticus Finch) en “This property is condemned”. Otros, extravagantes o aberrantes, a menudo ambas cosas a la vez, se ejecutaban sin reparo ni recato. Cybil Shepherd -cuando su liason con Peter Bogdanovich– dedicando un Lp entero al cancionero de Cole Porter con desiguales resultados; Unas veces malos y otras aún peores.


KEIR DULLEA Love is on the mountain
YVETTE MIMIEUX and ALI AKBHAR KHAN A passer by


GOLDIE HAWN The house song

http://www.divshare.com/flash/audio_embed?data=YTo2OntzOjU6ImFwaUlkIjtzOjE6IjQiO3M6NjoiZmlsZUlkIjtzOjg6IjE3OTM5MzYyIjtzOjQ6ImNvZGUiO3M6MTI6IjE3OTM5MzYyLTFhMSI7czo2OiJ1c2VySWQiO3M6NzoiMTEzODEzOCI7czoxMjoiZXh0ZXJuYWxDYWxsIjtpOjE7czo0OiJ0aW1lIjtpOjEzMzgzOTg4MTI7fQ==&autoplay=default


Y entre tanto sujeto demenciado ¿Quedaba alguno capaz de sujetarse?. Pues pocos, la verdad. Y me temo que el que así actuaba era casi más por falta de arrestos u oportunidad que por dominar la impostura o embridar el ridículo. ¿Que tipo de dieta llevarían aquellas gentes?. Sofia Loren, Peter Sellers, Sal Mineo, Jack Lemmon, Yul Brynner, Anthony Quinn, Sean Connery, Shirley McLaine, Lorne Greene, Clint Eastwood, Anthony Perkins, Yvone de Carlo, Basil Rathbone y un larguísimo etcétera, empeñados en construir el planeta Mundo atónito, sin importarles, ni pararse a considerar siquiera, el tamaño de su desfachatez. Convencidos de vivir un época donde la impostura todavía se contemplaba como ejemplo de libertad, con un afán por experimentar, de tan impúdico y temerario, generador de ternura. 

TELLY SAVALAS You’ve lost that lovin’ feeling
TELLY SAVALAS Without her 

Una debilidad personal. Ya hable de él y su obra magna aquí. Huelgan los comentarios.

PETER WYNGARDE Rape

El protagonista de “Department S” y “Jason King” en una oda a la violación por la que hoy sería sin duda procesado. Curiosamente, aunque a principios de los setenta humedeció las bragas de millones de muchachas (especialmente en Australia y UK) lo que en verdad le molaba era morder almohadas mientras le soplaban en la nuca. Nadie es perfecto.

WILLIAM SHATNER Insensatez
WILLIAM SHATNER Mr. Tambourine man

Algo indescriptible. Tal vez el paradigma del binomio atracción-repulsión, la apoteosis del vértigo. Asusta mirar pero no puedes evitarlo. Tanto lo de arriba como lo de abajo. Magia negra. O lo que diablos sea.


LEONARD NIMOY Highly illogical

En televisión o en la gran pantalla. Con Patrick McNee en “Los vengadores” o en solitario. Maullando o versioneando a Gainsbourg. Una dama complicada. Que se lo digan a Sean Connery en “Goldfinger”. Quién, por otra parte, perpetró un elegante homenaje de spoken words a los Beatles en el disco -o lo que fuese aquello- de George Martin.

SEAN CONNERY In my life

HONOR BLACKMAN and PATRICK McNEE Let’s keep it friendly

HONOR BLACKMAN Men will deceive me

Delicioso dabadabada con reminiscencias lascivas la primera canción. Ahhh, Sofía. Diosa.

SOFIA LOREN and PETER SELLERS Zoo be zoo be zoo



PETER SELLERS Gefrunk

O en un documental sobre la maravillosa Roma. Musicado por John Barry y recitado por la Diosa. El Coliseo es tremendo, toda Roma lo es, ahora bien, llevar de guia a la Loren ya tiene que ser como tocar el cielo con los dedos…

SOFIA LOREN Secrets of Rome

También al otro lado del atlántico, los franceses, tan suyos pero tan receptivos a la hora de mimetizar los highlights de la cultura americana, hicieron suya la propuesta. He aquí unos cuantos ejemplos.

JEANNE MOREAU Jamais je ne t’ai dit que je t’aimerai toujours

Una cínica oda al desamor. A reivindicar también sus duetos con Marguerite Duras.

ALAIN DELON Laetitia

Alain “El bello”. Con un poco de whistling melodies.

JEAN GABIN Maintenant je sais

El patrón del “Polar”. La sabiduría que dan los años. Bonita canción.


ANNA KARINA Roller girl

Un llenapistas a cargo de la ex mujer de Godard. Con Gainsbourg manejando los hilos.

BRIGITTE BARDOT Contact

Sitar psicodélico en un fantástico siete pulgadas con el “Harley davidson” Gainsbourgiano por la otra cara. Tremendo.

BRIGITTE BARDOT Hippies


Con Sacha Distel, en un especial para la televisión canadiense, haciendo apología de la nueva raza.


——————————————————

Unos cuantos “Clásicos” para desempalagar;

Jerry/Daphne haciendo sus pinitos como pianista y cantante, feliz en su vida con Osgood Fielding III.
 
JACK LEMMON A kiss that rocked the world

Mucho antes de encontrarse con un puñal en el pecho en medio de un oscuro callejón, de cuando el hechizo Jimmy Dean. Poor boy…
 
SAL MINEO Not tomorrow but tonight

 Papá Ben Cartwright. Ponderosa paradise.

LORNE GREENE An ol’ tin cup


El primer Joker, la cuadrilla de los Once, Veracruz, Donovan’s reef, Skidoo… 

CÉSAR ROMERO Brazil



Otra historia, tal vez menos lustrosa pero en absoluto menos abacadabrante, sería la perpetrada en nuestro país. Fernando Fernán Gómez, Manuel Galiana, Andres Pajares, Sancho Gracia, Paco Rabal, Tony Leblanc, Silvia Tortosa, Laurita Valenzuela, Los Hippyloyas (Gómez Bur / Tony Leblanc / Alfredo Landa / Conchita Velasco) y otros que tal vez merezcan una entrada propia. En cualquier caso para más adelante. Para cuando ya no pueda dominar la furia. 

De muestra un par de ejemplos. Palabras mayores.

LOS HIPPYLOYAS Love, love, love
LOS HIPPYLOYAS Los negros con las suecas
LOS HIPPYLOYAS Ama y odia


FERNANDO FERNÁN GÓMEZ Aún vivo para el amor


Bueno, ya basta por hoy. Espero sepan perdonármelo. No les merezco…

SESIÓN DE TARDE. "Il sorpasso" (Dino Risi, 1962)

 La otra noche volvimos a ver y a disfrutar enormemente la película “Il sorpasso” (“La escapada”) de Dino Risi. Uno, durante años dedicado en aprender cosas inútiles, la recordaba de otra manera. Algo sin duda debido a la visión rápida e inatenta que se suele dedicar a las cosas cuando se tiene poco más de veinte años. Entiéndanme, no estoy diciendo que haya conseguido eliminar ese barniz de superficialidad que para siempre irá conmigo. Más bien que la vida y sus avatares han conseguido dejar algunos poros abiertos en esa madera ya gastada por donde permitir entrar, en pocos pero lúcidos momentos, una verdad resplandeciente aunque fugaz.

 
  Para mi señora e hijo, según pude comprobar, resultó ser todo un descubrimiento. Habituado a que me den cien vueltas en casi todo (especialmente ella, lo de él es mera cuestión de tiempo) me sentí dichoso y halagado, algo así como el anfitrión que ofrece digna mesa y mantel, compañía sincera y conversación amena. Y claro, tras digerirla un tiempo, hablamos de ella en los días sucesivos. 
 
La trama es, más o menos,  la siguiente; Bruno (Vittorio Gassman), vividor, vitalista, sinvergüenza y embaucador, detiene su Lancia Aurelia Sport en pleno ferragosto romano, a las puertas de la casa de Roberto (Jean Louis Trintignant) joven estudiante, apocado, introvertido e ingenuo, que está preparando su examen de derecho romano para septiembre. La ciudad se halla desierta en pleno puente de agosto y Bruno necesita hacer una llamada telefónica. Desde ese mismo instante en que se autoinvita a subir al apartamento de Roberto le arrastrará a una aventura de dos días de duración, en la que los papeles de ambos, si no llegan del todo a intercambiarse, si irán tomando algo del otro, convirtiéndose en un viaje casi iniciático de sorprendente desenlace.
 
Crónica agridulce de tiempos de cambio. De cambios supersónicos para ser exactos, donde los extremos de éstos forman sociedad imposible. Por un lado celebración del crecimiento económico y por otro la forzada imposición,  más que el triunfo natural, de la modernidad y las lacras que ésta conlleva; ciudades desiertas y éxodo vacacional por decreto. El ocio instaurado como un ídolo al que adorar, obligación del placer antes que disfrute. El cambio en las relaciones personales, el automóvil como símbolo de estatus y visibilidad social. Fresco de una nueva sociedad que necesita olvidar y que no piensa detenerse ni un solo instante en lamentar, ni tan siquiera recordar, un pasado duro, hostil, cuando no funesto, donde la miseria y las penurias campaban a sus anchas. Sin adivinar, en cambio, que otras igual de duras iban a aparecer para quedarse.
Asistimos un viaje -tan literal como iniciático a la vida- desde Roma hasta Castiglioncello, en la costa Toscana. Los retales de una vida, la de Bruno, en apariencia refulgente, la cual, conforme avanza el metraje, se nos muestra vida a secas, mucho menos atractiva en sus recovecos que lo que a simple vista parece, jalonada de descaro y alegría de vivir, pero también tamizada por una realidad de la que pretende escapar y que siempre estará ahí. Que nos ayuda a ubicarnos, relativizando lo que creemos seducción y acaba por ser embaucamiento. 
 
También los recuerdos de Roberto sobre su infancia y adolescencia en la villa de sus tíos se revelan idealizados; El criado amanerado, su primo especulador, el affaire de su tía con el administrador. Y sobre todo, ese plano maravilloso de la tía soltera viendo desde la ventana como se marchan, volviendo a recogerse el cabello en un discreto moño, sirviendo ese acto rutinario y natural como la realidad. Sabiéndola sólo una y lo otro efímeros sueños. Todo ello evitando despellejar a los personajes pero sin revestirlos de falsedad y ornamento.  La supuesta amada (una nunca vista Valeria) con la que solo se ha cruzado un par de veces sin atreverse siquiera a dirigirle la palabra, por tanto desconocedora de sus anhelos y sentimientos, en principio mcguffin y finalmente motor y desencadenante.  
 
La realidad de Bruno, ese trasunto de adalid de la nueva era, del ciudadano moderno, se nos aparece paulatina e inevitablemente cargada con todas las obligaciones y dobleces que la vida conlleva. Lo que en un principio nos seduce en él -la falta de responsabilidad, el afrontar el hoy sin preocuparse del mañana- y nos parece un actitud formidable por aparentemente tomar la vida como viene sin mirar nunca atrás, comiéndosela a bocados, poco a poco se va ensuciando, apareciendo la terca realidad y mostrándonos sus dobleces; El servilismo ante el poderoso, el chantaje sentimental, el egoísmo como principio, la extraña relación con su hija (una jovencísima Catherine Spaak). 
 
 Lo que formalmente puede parecer un canto a la irreflexión, una apología al hedonismo, en realidad es una tragicomedia vital antes que social -si se quiere levemente puritana, pero con un aire libre y conmiserativo- no especialmente crítica con los personajes (más bien al contrario, los trata con cariño y no se detiene a juzgarlos, tan solo nos los muestra) y si en cambio con las actitudes y el devenir de los tiempos. Algunos le achacan también conservadurismo en lo que para mi es simplemente realismo. Decía A. -y creo que tiene razón- que el personaje de la mujer de Bruno es el único que muestra cierta madurez y asunción de la realidad. El único que hace tiempo que dejó de luchar contra los molinos de viento y que aceptó lo que había. Que llevó adelante lo que consideraba que había que hacer. Y que lejos de los estereotipos de la mujer de la época se muestra independiente, coherente, realista. 
 
Fue la primera película italiana que incluyó en su banda sonora las canciones pop italianas del momento (Eduardo Vianello, Peppino di Capri, Emilio Pericoli, Miranda Martino, Domenico Modugno). Impagable, por cierto, el sistema de sonido en el Lancia Aurelia sport descapotable de Gassman; un comediscos integrado en el salpicadero. Desconozco si fue algo hecho ex-profeso o ya venía de serie en tan espectacular modelo. En cualquier caso un hallazgo extraordinario.
 
He decidido incluir algunas de ellas, más otras que creo que encajarían perfectamente. Al fin y al cabo ésto es un refugio de soledades mecidas por viejos discos de vinilo.