THE WALKER BROTHERS en los 70; Lines/No regrets/Night flies.

 
A estas alturas de la película huelga decir que los Walker Brothers ni se apellidaban Walker ni mucho menos eran hermanos. Si la historia comienza así, de esta manera un tanto desconcertante, sigan leyendo, que aún hay más. A mediados de los sesenta, tres muchachos, todo lo americanos posible (sus apellidos eran Maus, Leeds y Engels, o lo que es lo mismo, hijos de emigrantes alemanes, holandeses e irlandeses) formaron parte activa de la invasión de bandas británicas que conmocionaría los Estados Unidos. El viaje de ida, ilusionado y expectante, comenzaría un par de años antes por unos jóvenes, entonces músicos de sesión en Los Angeles, y había cristalizado retratándolos -y retratándose- como actores partícipes de la segunda hornada de la british inavasion. british invasión.
 
Con estos antecedentes un tanto disparatados (americanos que viajan a Gran Bretaña para formar parte de la invasión musical británica en los USA)  ya nos podemos imaginar por donde iban a ir las cosas en su vuelta a mitad de los setenta. Una vuelta de todo punto inesperada, en absoluto demandada, ni mucho menos, por aclamación popular y -era algo esperable- coronada por el previsible fracaso comercial.
 
Tiene la obra de los Walker Brothers en los setenta (“Lines”, “No regrets” y “Night flies”, trilogía irregular en su trascendencia musical pero sorprendente por ser descarnado retrato acerca de la duda y del pasado) un aire de voluble, engañosa levedad. Ese que sopla entre la maraña de emociones contradictorias que puede suscitar el volver a encontrarse a alguien a quién no pensaste en volver a ver jamás. Una relajada -y también un tanto cruel- crónica del desamparo. Fluye de ella desganada hondura a partir de un cierto artificio formal. ¿Qué cómo se explica ésto?. En mi opinión son discos polisémicos, de múltiples lecturas, dependiendo bastante del estado en que se encuentre el oyente. Endebles en su mayor parte pero con trazos y destellos de genio y avanzadilla de nuevas sendas. Ahí estriba su grandeza y en ello reside su debilidad. Pueden crecer o pasar desapercibidos, tornarse obsesión o meramente acompañar. Pueden, también, molestar casi tanto como atraernos. Algo, por otra parte, nada inusual en todo aquello que se ama.
 
Comenzó la trilogía como la inesperada reunión (“Lines”. GTO, 1976) de unos viejos amigos. Unos amigos que, acaso sin saberlo entonces, nunca lo fuesen del todo. Venían rebotados, unos del éxito y del fracaso, otros de ni siquiera eso, tan sólo la indiferencia. Ahora, más viejos y más sabios, veían de manera refulgente todo lo que no quisieron reconocer en su momento. Unos tipos que recordaban con agrado lo que fueron o creyeron ser, del mismo modo que en ese mismo momento del reencuentro, se sabían ya tres desconocidos, habitantes de mundos distintos.
 
Separados sus caminos hacía una década ya, el rumor, inaudible en un principio (debido, quizás, a los oropeles y el éxito), era ya un secreto a voces. Su deambular desde entonces había sido, éso sí, insultantemente propio, suyo. Allí no hubo ni trampa ni cartón. Repitiendo los mismos errores y habiendo perdido parte de la destreza de antaño. Con breves descansos en el paraíso y larga estancia en los infiernos. 
 
Inicialmente deciden tirar de versiones. De nuevo. Coger carrerilla partiendo de los lugares comunes en los que piensan que pueden sentirse más confortables. Hoy, desde la perspectiva que otorga el tiempo, resulta bastante evidente tanto lo irregular de lo logrado como lo cautivador de su encuentro, de la misma manera que los episodios protagonizados por Scott Walker brillan impolutos entre el convencionalismo general que parecen emanar. Frente a balbuceos inanes y algún que otro desacato (el solo de guitarra de “Many rivers to cross”) también hay algún seductor fogonazo; “Lines” -la revisión de una canción de Jerry Fuller que abre el disco- o “Dreaming is one” -que lo cerrará- son dignas categorizaciones de lo anómalo desde un prisma mainstream. “Inside of you”, por la que siento especial predilección, si que me parece algo de tal fuste, nervio y enjundia que podría encajar  perfectamente -y sin desmerecer en absoluto- en cualquiera de sus gloriosos discos posteriores, ya en solitario.  
 
 
“…I have been lonely, lost and forgotten. Cryin’ it sometime buried in the mountain. The beauty of that freedom came next to beauty of what i feel when i’m inside of you. I’ve been a young man run at a daybreak, here in are my fool steps, the sound of the wickness. Prisioner of my pains, jailed by dreams that never last, i can only be myself when i’m inside of you…” 
 
En cualquier caso el reposo del enfermo. Una nueva recaida en la adicción, los mismos síntomas desagradables, cada vez más corto el placentero éxtasis. Un sonido seco, adusto. Orquestaciones apagadas, casi anémicas guitarras con un suave laid back emergiendo. Diversas y fallidas veleidades -¡se atreven incluso con el reggae!-  para dar cuerpo a un lánguido ejercicio de recuperación del pasado tan vitalemente esclarecedor -y esclerótico-como dolientemente impúdico.
 
 
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“No regrets” (GTO, 1976) es el segundo episodio de la reunión. Mejora en bastante a “Lines” pero continua lastrado por los mismos defectos y servidumbres. Otra cosa es que estos sean un placebo insuperable para quién suscribe. En la portada se les ve sonrientes, relajados. Scott descamisado, sujeta una lata de cerveza. Su mano izquierda parece suplicarle al fotógrafo que deje la cámara de una vez, cubriendo parcialmente su rostro entre sonrisas y bromas cómplices. Gary Leeds enseñando piños, condecorado con un pedazo de colgante que debe pesar una arroba. John Maus, es el único que parece posar, muy en su papel de playboy rompecorazones, con una sonrisa seductora. Llegan a aparecer en la televisión española en “La hora de … Luis Aguilé”, en una actuación en playback dirigida por Valerio Lazarov y cuyo video les enlazo más arriba.
 
La maquinaría se muestra cada vez más engrasada. Grabado en Londres y con una banda competente detrás ( Alan Parker, Dougie Wright, B.J.Cole, Brian Odges) suenan más compactos, más fluidos. El repertorio está elegido con gusto; Tom Rush, Micky Newbury, Janis Ian, Kris Kristofferson…) y parecen cómodos, dejándose llevar. La combinación de las voces de Scott y John tiene el tempo y la cadencia apropiada aunque comienza a resultar evidente que no habrá un tercero. Que no lo habrá en igualdad de condiciones, al menos no así, de igual a igual. “Night flies”, ese tercer intento, tan solo dos años más tarde, ya es el disco de otra banda, de otra gente, la reinvención total, como si hubiese transcurrido no una década sino un siglo, hasta haber vuelto a reencontrarse. En realidad es un disco de Scott Walker. Y se nota, vaya que si se nota.
 
 
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“Night flies”, como insinuaba más arriba, va mil pasos más allá. Los cimientos de lo que será a partir de entonces y hasta hoy, el reino de Scott Walker. El preludio de su trilogía cósmica (“Climate of hunter”, “Tilt” y “The drift”). La clave de acceso a un nuevo estadio, decidido a quemar todos los puentes con el pasado que hubieron y que habrán. Conjurado en trascender su legado reconstruyéndolo de una manera conscientemente caótica hasta llegar a la perfección más hiriente, quedando atras cualquier convencionalismo, cualquier concesión. Destruir todo aquello que se ama para, precisamente así, poder seguir amándolo. Algo formalmente nuevo, de una gelidez aparente pero que no es nada más que fuego y desesperación. Sin hacer prisioneros, a degüello, cueste lo que cueste. Le cueste lo que le cueste. Víctimas de ello, entre otras cosas, serán la relación con el público que hubiese permanecido fiel hasta entonces, la del grupo con Scott y, sobre todo, la de éste con el mundo. Un mundo tan perplejo y atónito como él, incapaz de entender la magnitud de la revelación.
 
 Se acabaron las versiones, el periodo de rodaje finalmente se ha completado. Entre los tres componen todas sus canciones. Cuatro de ellas vienen firmadas por Scott. Ahí reside la sustancia, el punto de ruptura. Situémonos. Nos hallamos en 1978. El punk es la nueva religión. El futuro no existe, el pasado hiede. Ramificaciones y conexiones con la etapa berlinesa de Bowie, con el free jazz, con la no wave neoyorquina, con la música disco. Todo eso y también mucho más. A partir de ahí algo nuevo. Prácticamente TODO. Las puertas de la percepción. Melodramatismo sci-fi, prosaico y desagradable realismo, la sensación de acceder a otra galaxia. Un ejercicio tan molesto como adictivo, tan hipnótico como desolador. Algo que bordeando continuamente el desastre acabará siendo el triunfo absoluto.
La voz -ésa voz suya declamatoria, majestuosa- sigue ahí. Sonora e imponente en su gravedad, indisimulable su presencia, de arrebatadora, violenta, turbia personalidad. Como contrapunto a tal muestra de poderío, la menos dúctil pero sutilmente evocadora voz de John; menor, suave, indolora. Todo en “Night flies” es ruptura. La que existe y la que se intuye; Percusiones metálicas y esquelético disco funk en “The shut out”. La apoteosis de la desolación en “The electrician”, avanzado y amenazante mantra vudú. Guitarras disonantes,  sintetizadores kraut, trompetas punzantes, exuberantes orquestaciones situadas estratégicamente que remiten tanto al Guppo de Improvisazione nuova consonanza como al Miles Davis de “Bitches brew” o “In a silent way”. “Fat mama kick” o la asonancia del blues amplificada por capas y capas de teclados. Implorantes spoken words escupidos al son de una trompeta tratada, cuyo único fin parece ser el de alterar, provocar la reacción. Todo el disco es claramente la entrada en el universo de Scott. Moderno y arriesgado, impropio para una época mas dedicada a provocar desde la forma que desde el fondo. Una epopeya que brota libre, que nos seduce conforme nos adentramos en ella. Que muta con nosotros, transformándose y transformándonos. Ahora sí, de verdad, estamos en la nueva dimensión. Violenta en su belleza, irracionalmente desesperada, profundamente romántica… y lo que queda por llegar, queridos.

 

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