ARTHUR. Dreams & Images (LHI,1967)

Fugaz como el deseo aunque duradero como las más profundas cicatrices del corazón, “Dreams and images” fue el primer disco de Arthur Lee Harper. Veinte minutos escasos de Folk de cámara de tan distante calidez como etérea proximidad grabados en 1967 para Lee Hazlewood International, sello del bigotón por antonomasia. Un disco en el que vienen de la mano, abrigados en los confines de cada una de sus canciones, el anhelo de aquello que no se puede aprehender, los sueños como inalcanzable meta y la percepción de la soledad como última -y tal vez única- certeza de la vida.  Canciones como “Valentine Grey”, “Pandora”, “Open up the door”, “Blue museum” o “A friend of mine” son haikus musicales, breves y profundos, acerca de las derrotas del alma. Huyendo de la liturgia hippie y más cercano a los retazos más íntimos de Love o Tim Buckley, “Dreams and images” se me antoja hoy como un tributo sincero a la par que ingenuo de lo inasible. Una celebración del momento con voz y guitarra, contorneada por arreglos de cuerda casi imperceptibles, vientos sutilmente esbozados y algún piano eléctrico. Pequeñas pinceladas, todas ellas ensambladas por una voz doliente, que parecen querer demostrar aquello de que es el arte y no uno el que acostumbra a llevar el mando. Y qué, como agua en la mano, inasible, resbalando y desapareciendo, es algo que nadie podrá jamás sujetar. A lo sumo -y con fortuna- impregnarse de ella, sintiéndola, aunque solo sea salpicado por la casualidad o el tesón. 
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DREAMLOVERS. The bird (CBS, 1963)

DANY MAURICE. Hoodlum’s parade. (Telecinedisc, 1971)

 Háganme el favor de observar detenidamente ese rostro ufano. Deténganse por un instante en contemplar la satisfacción por el trabajo bien hecho que parece inundarle. Cada vez que lo veo más me recuerda al jefe de la sección de discos de unos céntricos (y británicos) grandes almacenes valencianos, justo después de putear a alguien como desahogo por no poder bajarse al bingo del parking a echarse unos cartones. Pero claro, esa semejanza es un guiño casi privado que ustedes no tendrán jamás la ocasión de valorar. ¡Qué suerte!.   

   Si se fijan un poco mejor, convendrán conmigo  en que podría pasar perfectamente por un émulo del gran José Sazatornil -pónganse en pie, un respeto- tocado con ese aplique capilar natural al 100%, que no es otro que el así llamado efecto cortinilla y cuya patente debe de ostentar sin duda el sinpar Anasagasti. Consiste este ingenio en dejarse crecer el pelo tanto como se pueda en los laterales, que es dónde brota con cierta profusión aún siendo uno alopécico prematuro, hasta llegar a extenderlo a modo de alfombrilla, como trasunto de cabello vigoroso, por ese lugar donde ni está ni se le espera. Es éste invento si quieren un poco más casero y cantoso que el llamado remedio Bono, lo reconozco, aunque convendrán conmigo que bastante más económico. En cualquier caso presenciar los hermosos amaneceres en su compañía deben ser una tortura de enormes proporciones, a poco que hayas olvidado la existencia de tamaño ingenio y que del natural proceso nocturno -sexual o de cualquier otra índole- que tenga lugar en el catre se descoloque y tienda a mostrarse libre y ufano tal cuadro picassiano colgando de un lateral. Desosegante. Turbador. Dantesco. 

No vayan a pensar por mis palabras -o háganlo, qué demonios, Print The Legend siempre –  que uno ha tenido la fortuna de yacer con algún prohombre coronado con un engendro peludo de esos. Pese a tener las filias y depravaciones propias de todo hombre de bien, el único recuerdo que se agolpa en mi mente con la tal cortinilla como protagonista es la visión de un familiar por parte de padre una mañana, por lo demás hermosa, mientras salía del baño del apartamento de la playa con tal felpudo pendiendo a modo de pseudo barba cubriéndole una oreja y cayéndole por el hombro. Superado el shock en parte gracias al transcurso del tiempo, he de confesar que la magnitud del suceso fue tal que su impacto todavía mora en el reverso freudiano que todavía habita en alguno de mis recovecos del subconsciente.  

  Mejor seguir especulando. Porque si nos asegurasen que es un primo lejano (emigrado de púber a, es un decir, Toulouse o Lieja, por ejemplo) de Emilio Laguna lo aceptaríamos sin rechistar. Bien es cierto que se nos desmontaría una leyenda convertida en creencia, pero conviene que lo sepan, aunque patentamos la fregona, la cortinilla no es un invento español. Me he documentado concienzudamente y no, no es así. Ya está bien de colgarnos medallas.

  Cuando me lo encontré escondido en un cajón -literalmente- en las Pulgas, debe hacer ya cuatro o cinco años, todas esas metafísicas reflexiones vinieron a mi mente en tropel. Me bastó, en principio, con la contemplación de esa impactante portada. Me tiré de cabeza a por él aunque, siendo sinceros, ayudó lo suyo el que me pidiesen por él un par de monedas. Ahora bien, cuando tuve la ocasión de ponerlo en el tocadiscos, despegué. Hammond beat colosal, inyectado de alegría y frenesí, tocado por el pertinente catetismo ortopédico que se requiere en estos artefactos y con la duración precisa y concisa que requieren estos experimentos: dos minutos escasos.

  La historia oficial es otra. Y no, no pienso aburrirles con ella. A disfrutar.    

EDDIE BO. I love to rock & roll. (Ace, 1958)

LUIS GARCIA BERLANGA. Ha muerto el más grande.



Mis conocimientos cinematográficos son escasos y rudimentarios, como igualmente lo son los que tengo acerca de otras muchas materias. Se resumen éstos en una curiosidad casi malsana, en un apetito voraz por lo que me interesa y, como a los niños en busca de seguridad, en el regocijo y celebración que encuentro en lo que me ha gustado. Acostumbro a huir de lo maniqueo y buenista -o al menos de lo que así me lo parece- probablemente debido al hastío que me produce la impostura imperante y a mi natural confuso. Tampoco soy nada proclive, en mi grisura vital, a lo espectacular o rimbombante. Me suelo guiar, como hago con la vida, por una nada recomendable mezcla de ideas e instinto, brebaje etílico de consecuencias imprevisibles. Como la tirana con que lo mido falla más que una escopeta de feria, los desarreglos tienden a ser a veces vehementes y -a menudo- muy escasamente populares. A ser tenido por muchos -a lo peor con razón- como un ser descabalgado y simple. Ya estoy acostumbrándome, cuarenta años más y lo tendré solucionado, lo prometo. 


 Me interesan las personas “reales”, no aquellas que se empeñan en mentirse y mentirnos, quizás incluso sin saberlo, interpretando un papel de cara a la galería. Y con todo ello, de lo único que tengo una certeza relativa, es que necesito que me toque el corazón, me revuelva las neuronas, me haga sentirme parte de ella, “pensándola”. Que tenga tanto la caridad de no hacerme de menos como el talento, tan difícil, de hacerme de más. 

 Con Luis García Berlanga me ha ocurrido, me ocurre éso -y estoy seguro que será ya para siempre- cada vez que vuelvo a él. Me ha ayudado a vivir mostrándome su visión del mundo, su manera de vivirlo. Nunca se lo agradeceré lo bastante. Porque eso me parece lo esencial e imperecedero de su obra. La vida de cada uno y el mundo donde nos ha tocado vivirla. Un libro abierto sobre la mesa presto a contar y mostrar, evitando siempre aleccionar. Páginas y más páginas dedicadas a recordarnos que lo bueno y lo malo se mezcla sin remedio en cada uno de nosotros, que el egoísmo puede ser solidario, que la soledad debe ser “coral”.  A mirar con tristeza, y también con cariño, que el candor desarmante, el interés inherente al ser humano que parte de la necesidad o la ambición, puede ser a veces beso y en otras puñalada. A menudo ambas a la vez. Y que éso generalmente es, como la mayoría de las cosas, incontrolable.

 Ha muerto el talento. Habrán leído multitud de panegíricos. Incluso puede que se hayan detenido en éste. Muchos de ellos, ya lo sabrán, mera propaganda de cada uno de sus autores intentando colocarse a la altura de alguien a quien difícilmente podrían siquiera limpiarle los zapatos. Es el signo de los tiempos, eso también lo deben saber. En otros, pocos, también habrá habido devoción y respeto. Incluso uno o dos habrán entendido con largueza y humildad lo que ese hombre consiguió. Me da igual. Si claro, ha muerto el autor de “Plácido”, “El verdugo”, “Calabuig”, etcétera, etcétera. Obras sublimes, pilares de nuestro pasado, referencias jubilosas, tiernas y duras. Arte para siempre anclado en nuestra memoria. Habrán escuchado sus presuntas “victorias” ante la censura. Bagatelas y lugares comunes de los que posiblemente se estuvo media vida descojonando. Les recomiendo una fruslería llamada “Bienvenido mister cagada” de Jesús Franco, clarividente y desencantada, para que se hagan una idea. Tuvieron que pasar treinta años para que fuera así convenido, para que los reproches ante su falta de beligerancia y compromiso social quedaran difuminados. Para que obras tan PERFECTAS como “Los jueves milagro” se tengan por lo que son. Epístolas acerca de la condición humana, mucho más certeras y cáusticas que cualquier tratado socio-político. Bueno, al menos con “La vaquilla” solo han tenido que pasar veinte años para que se vea como lo que realmente es y no lo que se pretendía que fuese. Qué no se frunza el ceño ante su idea de que la guerra jodió la vida de todos. Y que si los vencedores fueron crueles, mucho y durante mucho tiempo, los perdedores no tuvieron ese mismo tiempo para poder demostrarlo. 

 Ahora bien, nadie les hablará -sino es para dejarlas en un lugar menor o a trasmano, -así de ruines podemos ser los españoles- de otras maravillas.  Imagino que tendrán que pasar otros cuarenta años. De “Vivan los novios” por ejemplo. Probablemente la crónica de la soledad, la frustración y el desvalimiento más negra y angustiosa que pueda uno recordar. Una película lejana de ese podio aclamado, a la que tal vez de aquí a unas décadas veamos pimpante y reconocida. Bien por ella. O de la segunda y tercera parte de ese tríptico llamado “La escopeta nacional”. Siendo ésa soberbia, sin duda, “Patrimonio nacional” y “Nacional III” acabarán con el tiempo siendo tenidas por lo que son; El mejor resumen de eso que se vino a llamar la transición española. O “Moros y cristianos” (“Fallera, fallida, de trazo grueso” dicen) fresco incólume y despiadado del apoteosis y cénit socialista, donde empresarios turroneros, políticos de familia, asesores de imagen, oligofrénicos obsesos y artistas de tentetieso campan a sus anchas. O “Todos a la carcel”, adelantada sátira acerca del “sálvese-quién-pueda” felipista justamente anterior al advenimiento pepero. 

 Y en todas ellas, siempre, huyendo de proclamas grandilocuentes, deteniéndose en el jodido día a día. Duro con el poderoso y compasivo con el débil. Haciendo cine, trascendiéndolo hasta mostrar la vida en su máximo esplendor y miseria. Y cree uno que de eso se trata, de ser Austro-húngaro siempre que se pueda.


Luis García Berlanga 

(Valencia 12-Junio-1921/ Madrid 13-Noviembre-2010)