Aventuras y desventuras de alguien que busca discos. (I)

ESS Stroboscopico 1
 
 
 
 
 
 
 

 

Hace ya mucho, demasiado tiempo, cuando contaba con nueve o diez años, yendo sólo al colegio sin la compañía habitual de mi hermano -y no recuerdo ahora a qué era eso debido- me sucedió algo extraordinario; Me topé con un billete de mil pesetas. Estamos hablando de mediados los años setenta. El festín fue de esos que no se olvidan jamás. Tebeos, visitas a los billares con dinero de verdad en los bolsillos, mi primera aproximación con los cigarrillos más allá de algún hurto ocasional -y de experiencia caótica- a la cajetilla de tabaco de mi madre y, cómo olvidarlo, el primer disco que adquirí. Recuerdo que fue en Electrodomésticos Toledo, una tienda de mi pueblo. Sí, entonces se vendían discos en esas tiendas. Sobra confesar que durante el resto del curso recorrí el mismo e idéntico trayecto durante cada uno de los días, con la esperanza de que la fortuna volviese a cruzarse en mi camino, incluso cuando los amigos tomaban otro. Nunca más lo hizo. No al menos de esa forma. Imagino que esa manera de comportarse es una de esas cosas que configuran mi carácter; Constante y hasta obsesivo con lo que realidad me importa. Distraído, incluso abobado, con lo que nos da un poco igual.

 

 

 

Hace bastante menos tiempo -en cualquier caso demasiado también- recibí una llamada de un proveedor extranjero hablándome de algo serio. Es conocido entre los que acumulamos discos el carácter mítico de esa frase para, por lo general, pasar a convertirse en algo más prosaico y terrenal. Era áquel, todavía es, un tipo que vive en otra dimensión y al que nunca hay que hacerle más caso del necesario. Pero tampoco es conveniente ignorarlo. Como ya conté, uno es como es. No era la primera vez, me había hecho llamadas de ese tipo anteriormente, y también me las haría después, con desigual fortuna. Aunque entonces, todavía no sé bien por qué, un pálpito me volteó el corazón. Acompañado de un gran amigo nos embarcamos en el avión, consolándonos acaso en la visita a una ciudad tan hermosa. Una visita que al menos merecería el viaje si toda aquella primera empresa no fuese más que vana ilusión.

 

 

 

Acababa de su tienda, sita en un barrio céntrico y de creciente valor inmobiliario. El precio de su alquiler era cada vez más caro, la edad del inquilino creciente y la oferta por el traspaso jugosa. Me contó que tenía una serie de discos -grosses piéces- dispuestos a ser vendidos. Extravagante y peculiar, quedamos en una brasserie de la Rue Rivoli un sábado a las diez de la mañana. Mi amigo, más veterano y también más sabio, se mostraba un tanto escéptico. Tenía muchas más batallas a sus espaldas y tal vez fuese más realista que uno. Cuando llegamos allí, nuestro hombre estaba sentado en una mesa, trasegando su segunda o tercera copa de beaujolais. Estaba achispado, su estado natural, paso previó a la felicidad -que a veces, muchas, se tornaba grosería- etílica en la que solía desenvolverse. A su lado había un carrito de esos que empleamos para ir al mercado repleto de bolsas con singles. Comenzamos a escarbar, siempre tras su indicación y con aparente tranquilidad, disimulando el nerviosismo. El panorama que resultó de esa primera inspección fue del todo desolador. Material de tercera o cuarta, de ese que encuentras a granel en las orillas del río o los puestos más descabalgados de las pulgas. En cuanto terminamos de verlo -porque el ritual, la disciplina y la esperanza exige mirarlo todo- pensamos que aquello había terminado nada más comenzar. Disponíamos a marchar cuando nos dijo que había más. No podía acarrear más que un carro y como vivía cerca había decidido traérnoslo por etapas. Prefería eso a que fuésemos nosotros a verlos a su casa. Problemas de contabilidad doméstica con su señora, el arte de la media verdad, intuí.

 

  

 

 A los quince minutos volvió con otra entrega. Era un poquito mejor -nada difícil por otra parte- pero continuaba siendo desalentadora. Rescatamos cuatro o cinco piececillas. Le invitamos a otra copa. Volvió a marcharse a por otra remesa. Cuando regresó y comenzó de nuevo con la liturgia, allí estaban, esperándonos. El Santo Grial, la biblioteca de Alejandría, el tesoro de Ali Babá relucía ante nuestros ojos. Unas trescientas o cuatrocientas piezas, de esas por las que uno estaría dispuesto a caminar de rodillas entre un sendero de brasas ardientes sin inmutarse. Quién poseído por la fiebre conocerá de sobra la sensación. Lo supimos con solo ver el primer puñado de singles. Al instante comenzó la representación de la comedia. Soplidos de pretendida desgana, comentarios acerca del estado, tome otra copa de Beaujolais, que qué caros que nos habían costado los billetes de avión. “Mozo, acérquenos si acaso la botella”. Cambios de conversación que distrajesen el verdadero interés, “Éste ya lo tengo” (mentira), salgamos a fumar un cigarrillo. “Oiga, esta portada tiene escrituras en el dorso”, chungo. “Roger; ¿Le apetece un Calvá?”… que si patatín, que si patatán. Aquello había que verlo para creerlo. Prácticamente, nos dijimos con la mirada, el ochenta por ciento de esa remesa se tenía que quedar en nuestro poder como fuese. Habían verdaderas piezas. Cotizadísimas y muy difíciles de conseguir por separado, imagínense en un conjunto. Dentro del negociado 60s beat, que es del que hoy trataré, cosas impepinables tales como Creation, What’s New, Barbarians, Other Half, The Montanas, Pink Floyd, The Liverpool Five, Artwoods, Small Faces, Beatstalkers, Motions, etcétera, etcétera. A su lado, una serie de discos de esos medianos en cuanto a precio pero excelsos en su valor. Discos que afortunadamente hoy ya descansan en nuestras casas; Eps de Kinks, Who, Jimi Hendrix, The Zombies, The Mojo men,  Bob Dylan, The Pretty Things, The V.I.P.’s, Them, Standells, The Beau Brummels, Jefferson airplane, Jay K, The Lovin Spoonful, Electric Prunes, Music Machine, Count Five, Yardbirds, Kim Fowley…  Dejaré para próximas narraciones lo referente al soul y sus derivados (Early soul, northern, rock and roll, Soul, etc), música francesa y soundtracks. Porque esa era otra. Casi todos ellos Eps franceses enfundados en sus maravillosas -y únicas- portadas. En un estado por lo general que oscilaba entre el VG+ y el EX, llegando alguno incluso prácticamente al Mint. Y lo que no eran Eps, y siempre con un estado de conservación similar, eran preciosos singles de edición francesa. Aunque ésto ya es literatura y en absoluto constatable, parecía la colección de algún sujeto con gusto considerable al que un tipo como él, tendero y vacía pisos, le había echado el guante en otro avatar más de la fortuna.

 

 

Una terminada la comedia, sofocados sólo en parte los nervios y con los discos escogidos en nuestro poder, procedía ajustar el precio. Aquello fue realmente divertido, tanto su planteamiento como su desarrollo, y claro, su desenlace. Ríanse ustedes del mejor elenco de la Comédie-Française. He de reconocer que llevaba conmigo a un socio ducho en el arte de la esgrima fenicia y uno, aunque más modesto, también contaba con horas de práctica y una cierta querencia por el comercio, algo consustancial a su profesión. Comenzó el tira y afloja con toda la ceremonia que eso conlleva. Media hora larga más tarde, una vez terminado el cambalache, se procedió al pago. El caballero ofertante llevaba ya una cocida importante, lo cual, y dicho sea en su honor, no era óbice para que no supiese muy bien por donde pisaba. En cualquier caso, lo verdaderamente gracioso fue el acto en sí. Obviamente se satisfizo en moneda de curso legal, o sea, billetes, allí en medio de la Brasserie. Era ya cerca de la una del mediodía y lo que había sido un refugio para la noisette enamorados o lugar de asueto para estudiantes, se había tornado en posada para el almuerzo de oficinistas. Al estar además en un céntrico lugar, muy próximo a la estación de Saint Paul, en las mesas, además de la clientela habitual, había una variada representación turística. Trasegamos allí los bienes ante la mirada atónita de éstos y el acendrado espíritu del trueque de ambas partes mostrándose espléndido -billete arriba, billete abajo- en busca de un último descuento. Los camareros debían sin duda conocer al sujeto, o bien eran dechado de discreción, pues se mostraron en todo momento de lo más inalterables. No ocurrió lo mismo con las mesas vecinas. Sospecha uno que, con razón, debieron pensar en estar asistiendo o bien a alguna transacción de sustancias estupefacientes o bien a los recovecos de un negocio de trata de blancas.También cabía la posibilidad de que sus sospechas fuesen más encaminadas a ser testigos del acto de contratación desesperado de un destartalado sicario. Vayan ustedes a saber.

 

 

No diré nada de la suma pagada. Comprenderán que no viene al caso, que ni tan siquiera sea elegante mencionarla. Tan sólo diré que hubiese pagado, sin dudarlo lo más mínimo, el doble de lo que pedía en caso de no quedarme otra, aunque también he de reconocer que negocié sin descanso que no sobrepasase la mitad.

 

De vuelta al apartamento, con los discos en mis manos, contemplándolos y pinchándolos, me inundó mi habitual vena melancólica. Y me acorde de algo que permanecía oculto en mi memoria. Así como en aquella ocasión, cuando contaba doce o trece años, repetí los mismos pasos, persiguiendo ingenuamente que el hallazgo sucediese de nuevo -sin advertir entonces que no era más que eso, hallazgo y fortuna, quizás azar- casi treinta años después sucedió de nuevo. Todavía hoy sigo expectante ante cualquier señal o atisbo que me regale la diosa fortuna, sea esta mera intuición, deseo o certeza. Sé que aquello que viví en mitad de una Brasserie parisina puede ocurrir mañana, dentro de un año o tal vez nunca. Pero seguiré esperando, seguiré buscando, seguiré escuchando. Por si las moscas.

Señorita, que estoy doblao…

  …Si yo fuera fuerte y tenaz cual torre feudal, me iría de ti, después de decir;
    -“Ya no te amo, no te quiero, no me importa tu querer”
      Pero torre feudal, aunque quiera, no puedo ser…
 

APHRODITE’S CHILD. "666" (Vertigo, 1972)

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  “El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis” 

El Apocalipsis de san Juan, 13:18.

 

Casi dos mil años más tarde de que el apóstol San Juan -o quizás alguno de sus discípulos, los así llamado “Juanistas”– escribiesen acerca de la venidera reencarnación del mal en ese profético aviso para navegantes, repleto de simbología y sujeto a múltiples lecturas que sería el último de los libros del Nuevo Testamento -aquel conocido como El libro del Apocalipsis-, cuatro jóvenes griegos (en realidad uno sólo, Evángelos Odiseas Papathanassiou, más conocido por Vangelis) se obsesionaron en recrear musicados los estadios de dicha apocalipisis en un trip indescriptible, de multiples formas desde su concepción, finalmente en un desasosegante disco doble.  Lo hicieron, fuese o no esa su intención, manteniéndose fieles al verdadero espíritu de la escrituras sagradas; provocando desasosiego, temor e inquietud (pero también psicótico deseo) en la representación del futuro advenimiento satánico. Dividieron su interpretación, al igual que sucedía en el libro, en cuatro partes, una por cara; Introducción y cartas de las iglesias, El cordero y los siete sellos y trompetas, El dragón y el combate y La Nueva Jerusalén. Crearon así una obra impensable, arriesgada y exuberante, con tantas aristas en lo musical, por alambicada e inhóspita, como poseída y esotérica en lo temático. Una obra que llamaron “666”. El número de la Bestia. Toda esa magna tarea, todo ese titánico proyecto, vendría decorado de la más extraña de las instrumentaciones, la más inquietante de las músicas, el más extravagante de los textos. Psicodelia, música progresiva, instrumentos propios del folklore griego, vientos desorbitados, un extraordinario abanico de sintetizadores analógicos, órganos de válvulas, Krautrock y musica sacra ortodoxa, pedal fuzz, la infancia perdida, sexo y misticismo, ácidos y estados alterados de la mente, jazz y música antigua, guitarras distorsionadas, voces de ultratumba, avanzados beats de batería, percusiones tribales, arpas, friscornios, clavecines, locura y religiosidad, paganismo y cordura. El tormento y el éxtasis. Evángelos Odiseas Vangelis Papathanassiou (órgano, piano, flauta, percusiones, coros), Artemios Venturis Demis Roussos (Bajo, coros, voz), Lucas Sideras (Batería, coros, voz) y Anargyros Silver Kolouris (Guitarras, percusión) serían pues los redivivos cuatro evangelistas de esas nuevas escrituras. Los dos primeros habían tenido ya cierto éxito con The Formynx, The Idols o We five. Más tarde conocen a los dos últimos, y tras sucesivos nombres que dejaban evidente quién estaba al timón (The Papathanassiou Set, Vangelis and his Orchestra), pasan a llamarse Aphrodite’s Child. Eran jóvenes, inquietos, con sólida formación musical y tremendamente curiosos. Unas cintas con sus primeras grabaciones llegan a Phillips y éstos, impresionados, los fichan de inmediato enviándolos a Inglaterra con el objetivo de grabar un disco. Estamos a finales de 1967, el año del golpe de estado y de la instauración de la dictadura militar en Grecia. Con toda esta carga a cuestas, más la ilusión de una futura carrera internacional, no tardan ni un segundo en aceptar y, como tantos otros jóvenes, exiliarse de su país.  

De inmediato surgen los primeros problemas. Kolouris tiene pendiente el servicio militar y le es imposible salir de Grecia. Los otros tres deciden emigrar pero no logran el permiso de trabajo necesario para poder establecerse en Inglaterra. Deciden quedarse en París, inicialmente mera escala en su destino final. También allí están ocurriendo acontecimientos históricos, aunque de otro calado. Es mayo del 68. Justo entonces, la Mercury francesa les ofrece un nuevo (y leonino) contrato que deciden aceptar. Su primer sencillo es “Rain and tears”, una adaptación del canon de Pachabel que es todo un bombazo. A resultas de ello, abandonan definitivamente la idea inicial de ir a Londres y echan raíces a orillas del Sena. Hacía finales de 1968 publican su primer Lp, “The end of the World”. El éxito y las ventas son tremendos. Es un disco titubeante, que navega en la estela de la psicodelia pop más ligera y amable. La de los Moody Blues del Days of future passed, el primer disco de Procol Harum o The thoughts of Emerlist Davjack de The Nice. En cambio, en la cabeza de Vangelis el S.F. Sorrow no deja de resonar hasta casi obsesionarle. Dejará huella. Ya verán. El sencillo inicial de lo que sería su segundo álbum (“It’s five o’clock”, diciembre 1969) es perfectamente definitorio del cimbreo estilístico y el contrapeso de las diversas influencias entre las que se mueven. Por una cara una revisión almibarada, complaciente, de una canción francesa del siglo XVIII (Plaisir d’amour / I want to live). En cambio en la otra en un pelotazo de salvaje freakbeat que atiende por Magic mirror. La semilla está comenzando a germinar. Tras esos dos discos, los Aphrodite’s Child se hallan ya en estado de descomposición latente. Cada uno hace la batalla por su lado. En realidad, el afán de investigación y la búsqueda de nuevos caminos por parte de Vangelis choca con el seguidismo de la fórmula que les ha procurado el éxito, más segura y también menos arriesgada, por la que aboga Roussos. Todavía saldrán, ya tocados, en una última gira durante gran parte de 1970, aunque Vangelis decide no participar, quedándose en París, donde grabará la BSO de Sex power. Lo sustituye Harris Chalkitis. A la vuelta, una obsesión largo tiempo alimentada, engendrada en horas y horas de perfeccionismo y alucinación, su obra magna, aquella donde confluye lo intuitivo y lo madurado, tomará cuerpo y forma; Será su tercer y último Lp. Es “666”, el número de la bestia.   

 

“666” se graba en los estudios Europasonor de París. El equipo, excepto por la supervisión de Giorgio Gomelsky, sería francés en su totalidad; Gerard Fallec como coordinador de producción, Roger Roche a los controles y Jean Claude Conan asistiéndole. Para el diseño acaso se tomase como modelo la idea del álbum blanco de los Beatles; un único color y unos números. “666” tenía que ser conciso e inquietante, la representación del infierno como némesis del paraíso ansiado.

En un principio pensaron titularlo Apocalipsis. Más tarde Revelaction. Finalmente se quedan con el número, con el símbolo de la Bestia. El número, de color blanco, baila en el centro, como tres ojos que todo lo ven. Arriba, en rojo, el nombre del grupo. Justo debajo, el enunciado del versículo, en inglés y en el mismo color. El logotipo de Vertigo, en blanco, en la parte inferior derecha, completará la terna. Para el resto del mundo una portada mucho más discreta, de color rojo con los tres dígitos sobre un recuadro negro.  Vangelis ha tenido el tiempo suficiente para dar forma, para definir su obsesión. La ha representado cientos de veces en su subconsciente, diríase que la ha vivido también en innumerables ocasiones. Durante casi todo 1970 ha estado elaborando, capa sobre capa, su obra magna. París es un hervidero de artistas e ideas. Es el momento en que el más absurdo de los proyectos puede tomar forma. Evidentemente se darán hallazgos y sorpresas, también fraudes y fracasos, algo en todo punto normal, aunque todos partan de lo anómalo. Conoce y alterna con multitud de gente, en todas las disciplinas; Compatriotas exiliados o radicados en París como Jean Georgakarakos (uno de los capos de BYG records), Irene Papas o Costas Ferris, cineasta egipcio de origen griego, quién se encargará de resumir el libro apocalíptico y adaptarlo como texto de las canciones del disco.  Se aproxima e interesa a todo tipo de sonidos. Succiona de aquí y de allá para enriquecer a lo que ya lleva a cuestas. Desde los Gong de Daevid Allen y la nueva hornada francesa underground (Magma, Gerard Manset, Jackie Chalard y sus Dynastie Crisis, Catharsis, Triangle, etc), pasando por los eremitas musicales que han hecho profesión de la experimentación y los sonidos a la carta, esa cohorte de músicos que oscilan de los músicos de sesión convertidos en creadores de la música de librería (Nilovic, Arel, Detour) a los exploradores más allá del limbo comercial que son los arreglistas y compositores -franceses nativos o de adopción- que cuentan con el estatus pertinente para ello (Jean Claude Vannier, Ariel Couche, Steff Sulke, Alain Goraguer, Karl Heinz Schaeffer, etc).

Ha escuchado a Jean Pierre Massiera y puede oler el aroma del Krautrock que comienza a inundarlo todo. Igualmente ha ejercido de estudioso de la noche psicodelica parisien y de lo que en ella acontece, con ojos y oídos bien abiertos, tomando nota mental de todo lo que ve. Ha visitado los clubs más modernos, aquellos donde la juventud más in escucha el llamado Free Jazz Parisien, introducido por el sello BYG (Frank Wright quartet, Art ensemble of Chicago, Noah Howard, Bobby Few, etc) y es asiduo de Happenings  privados en los que ese extraño híbrido que es el hippismo psych más demente o avanzado (de Dashiell Hedayat a Jean Pierre Kalfon, de los Ame Son a Crium Delirium) mezcla rock, jazz e improvisación, necesariamente combinada con las pertinentes experiencias extrasensoriales y viajes que les procura el omnipresente LSD.

  Obviamente es imposible reproducir todo ese reguero de experiencias. Tampoco es esa su intención, sino más bien hacerse con el angst necesario para su proyecto. Invocaciones demoniacas, estados alterados de la mente y presuntos rituales satánicos. Equívocos nunca desmentidos; La presunta influencia de Shalep, el Dios del mal, el ángel de la muerte. Alimentando la censura, las prohibiciones, la ignorancia. En realidad Shalep no es otra cosa más que una bebida turca elaborada a partir de un tubérculo de la orquídea, con fines terapéuticos para aquellos que sufren problemas intestinales y que los voceros de la corrección y guardianes del oscurantismo corren raudos a proclamar como apología del satanismo. Decide, sobre las cenizas de un grupo ya desintegrado, y con la personalidad y libertad que le otorga unos antecedentes de éxito y fama, llevar a cabo la obra magna,  de orquestar un libro sagrado, articulando una obsesión largo tiempo inoculada. Planear sin motor en el territorio de lo onírico sin importarle interpretaciones ni hipotéticas conexiones satánicas. Su objetivo no es otro que darle forma a un caos y a un tiempo que sabe perecedero y fugaz. Intuye, sabe que es el momento oportuno. Y también que las puertas de la percepción se cerrarán pronto.

  

  “666” es un disco, tan sólo en apariencia, caótico y excesivo. Un disco que parece pretender abarcar demasiado. Sumamente extraño y ambicioso. Sin embargo, pasado el tiempo, se nos aparece sorprendentemente ensamblado. Un doble Lp que fluye con una cadencia elegante y ajustada precisión. Rico en matices, vehemente, homérico, abre senderos tras cada escucha. Es también un trip prodigioso, una estrella fugaz irrepetible que asusta y que obliga a preguntarte cosas. Un disco que da miedo y también alegría. La obra definitiva de un artista en estado de gracia en la que confluyen todas las obsesiones inherentes al ser humano; Lo arcano y lo moderno, el sexo y la religión, la creación y la muerte, el miedo y el deseo, la inspiración y la locura, la educación recibida, la atracción por lo pagano. Todo lo que habita en nosotros  y que mana caudaloso e incontrolable. 

 

 Porque finalmente el cielo y el infierno son un mismo lugar. Somos nosotros los que le otorgamos uno u otro carácter.

 

 

   Salvador Dalí, ese genio irreverente y oportunista, visionario y vendealfombras, todo ello por lo general a la vez, escribiría el boceto de un guión para la presunta fiesta de presentación mundial de “666” en Barcelona. Aunque ya una caricatura de si mismo, todavía le quedaban rescoldos del fuego que su talento una vez fue. Hermosos fuegos de artificio. Rezaba así.

 

1. La ley marcial será proclamada en Barcelona el domingo. A nadie le será permitido salir a las calles para admirar el evento. Sin cámaras, sin televisión, sin imágenes. Tan solo una joven pareja de pastores tendrán el privilegio de ser testigos del acontecimiento. Más tarde podrán narrárselo a la gente por transmisión oral.

 

2. Gigantescos altavoces serán colocados en las calles, de donde todo el día emanarán los sonidos de la obra “666”, de Vangelis, Costas Ferris y Aphrodite’s Child. No habrán ninguna actuación en directo.

 

3. Soldados vestidos con uniformes nazis desfilarán marcialmente por las calles de Barcelona, arrestando a cualquiera que no cumpla dicha ley marcial.

 

4. Cientos de cisnes serán puestos en libertad en frente de la Sagrada Familia, con cartuchos de dinamita en su pecho, los cuales explotaran lentamente como efectos especiales. (Dichos cisnes vivos serán operados para introducir los cartuchos en su pecho).

 

5. Enormes aviones volarán durante todo el día sobre Barcelona provocando un ruido ensordecedor.

 

6. Al mediodía, esos aviones comenzarán el bombardeo de la catedral, lanzando sobre ella todas sus municiones.

 

7. Pero en vez de bombas, lanzarán elefantes, hipopótamos, ballenas y arzobispos con paraguas. (Costas Ferris; “¿Quiere decir falsos arzobispos, es decir, de plástico, o muñecos vestidos de arzobispos?”. “No joven. Cuando digo Arzobispos quiero decir arzobispos de los de verdad. Ya es hora de terminar con la iglesia”).

 

COLIN BLUNSTONE. La voz callada.

“… Este disco es la historia de un año de mi vida, la que va desde el julio de “She loves the way they love her” hasta el julio de “Say you don’t mind”, un tiempo de búsqueda y de comenzar de nuevo.
 Solía cantar con un grupo llamado The Zombies hasta que dejamos de grabar. Después de “Time of season” estuve parado, con mucho en lo que pensar. No he estado de gira desde entonces así que mis ideas han brotado a partir de cierto aislamiento. Este disco es la clave para volver a la carretera, y también a la gente, la verdadera propietaria de la música.
 Así que ya he vuelto a comenzar, en esta ocasión en solitario. Y como dice la primera frase en la novela, lo más difícil ya ha pasado…”
 

Las voces calladas nunca han tenido la ocasión de constar en las enciclopedias, más allá que como pequeños apéndices o escuetas entradas. Es su virtud y también su maldición. Los miembros de esa logia son poseedores de una voz queda e íntima, preocupada en relatar las pequeñas grandes cosas de manera susurrada y que, por regla general, jamás han tenido el más mínimo deseo de trascender, ni mucho menos en dar gritos o hacer aspavientos en el zoco de la fama. Probablemente porque no supieran hacerlo. Seguramente porque tampoco quisieron. En pocos y contados casos algunos han trascendido más allá del tiempo y de su época (Tim Buckley, Nick Drake), generalmente ayudados -y en absoluto es eso su culpa- por avatares personales desgraciados, muertes tempranas o impactantes y una feligresía, de tan militante, casi religosa. Pero, sobre todo, apoyados en ese pilar al parecer esencial denominado autoría. Una especie de pátina que soslaya carencias del mismo modo que su ausencia, en otros, oculta los logros. Incluso, en ocasiones, la grandeza.

 

Solemos quitarnos de encima a esas voces calladas de un plumazo, definiéndolas como interpretes, artesanos eficaces en el mejor de los casos. Es esta una palabra bastante peyorativa cuando así se utiliza, que acostumbra a denotar una condición menor, aunque agradable, y les otorga un tamiz, como mucho, secundario. Obviamente sin el reconocimiento de ninguna trascendencia, como si esa intención primera en no perdurar más allá de su obra fuese algo que les quitase vigencia y maestría.

 

 
No se acostumbran a valorar las voces tal y como se merecen. Pueden ser éstas un instrumento más, capaces de dotar a la canción de un rango majestuoso -a veces incluso inalcanzable si no se contase con ellas- o también de condenarla al más triste de los fracasos. Pueden a la vez abrir un abanico de matices, de sentimientos y de posibilidades. Asuntos que estando en el mismo germen de la canción, hubiesen pasado perfectamente disimulados, si esa voz no hubiese tenido a bien alimentarlos, mostrarlos, avivarlos. ¿Cuántas canciones idénticas -versiones de la misma pueden ser cielo o infierno, dependiendo, sin menoscabo de los músicos, de los arreglos e incluso el oyente, de ese instrumento que es la VOZ? 
 
 Las voces calladas es como vengo a llamarlas. Voces de personas que no solían escribir lo que cantaban pero que cantaban con suma excelencia lo que les escribían, y que dentro del Rock y sus derivados, siempre han sido vistos con sospecha, ninguneados, infravalorados. Algo que, en cambio, no ha ocurrido en otros ámbitos. Y no estoy hablando de voces especialmente dotadas en lo técnico sino de voces en verdad inolvidables, aquellas que ilustran, que muestran pero que, sobre todas las cosas, nos ayudan a comprender. 
 
 Colin Blunstone fue, todavía es, una de esas voces calladas. Afilada, tenue, escasa. Y sin embargo riquísima en matices, portentosa en el arte de saber expresar eso tan difícil que son los estados del alma humana. Consciente de sus limitaciones, rehuyendo del deleite exacerbado en sus propias virtudes, dotado para hacer bueno lo simplemente correcto. Una voz humilde y sincera, otras dos palabras malgastadas por su incorrecto uso. Un tipo que contó, primero con los Zombies y más tarde ya en sus fantásticos dos primeros Lps en solitario, con la ayuda inestimable de un par de talentosos escritores; Rod Argent y Chris White. El equipo resultó imbatible. Tan sólo con contar en su haber la capacidad de elevar a un estrato superior, casí celestial, el ya de por sí formidable “Odessey & Oracle” muchísimos otros hubiesen sido capaces de quién sabe qué.
 
 En 1968, tras la publicación de “Odessey & Oracle” y los problemas que conlleva su edición en los USA, Los Zombies y Blunstone necesitan un respiro. El disco contiene el éxito mundial “She’s not there” pero su historia y su génesis ha sido agotadora.  Publicado primero en Inglaterra -tras su fichaje por Emi– y grabado en parte en los estudios de Abbey road, la filial americana se niega a editarlo en los USA al sólo estar registrado en sonido Mono. La visita a Londres de Al Kooper hace que este se quede deslumbrado ante tal obra de arte e insista a la Emi sobre la necesidad su publicación en Norte América. La compañía accede finalmente, tras obligarles a regrabarlo en estéreo con cargo a los futuros royalties del grupo. Para cuando sucede su publicación en los Estados Unidos y consiguen el ansiado hit, la banda ya se ha disuelto. Colin Blunstone siente que ha dado todo lo que tenía, que está vacío. Esta cansado de las servidumbres del negocio. Además los insidiosos comentarios acerca de que los únicos realmente importantes dentro de la banda son Argent y White, han hecho mella en su autoestima y han acabado por derrotar a un tipo discreto y falto de aspiraciones. Lejos de emborronar una férrea amistad, quiere demostrarse a si mismo eso tan consustancial al ser humano que viene a ser conocer sus límites.
 

 Casi como ensayo de lo que vendría más tarde, bajo el seudónimo de Neil McArthur publica tres sencillos en 1969. Entre ellos, de nuevo, “She’s not there”. No ocurre nada y finalmente toma la decisión de abandonar la música. Llega a estar más de un año apartado de ella y comienza una nueva vida como empleado en una empresa de seguros. Todo muy normal, el proceso natural que lleva a la meta no deseada. El final de un hermoso sueño.  Pero pronto vuelve la comezón y poco a poco comienza a hacer algo que no había hecho casi nunca, escribir canciones. Comienza a creer de nuevo en sus posibilidades. Contacta con Rod Argent – en ese momento ya dando forma a su nuevo proyecto, Argent– y Chris White y entra en el estudio tras firmar con Epic.

 

 
 “One year” -así titulado por ser el periodo de tiempo que le llevó completarlo- tal vez sea el paradigma de los discos de los cantantes de voz callada. Una obra delicada, de rango inicialmente modesto pero de una grandeza lenta y duradera. Tan lejana del divismo como cercana a lo confesional del instante. Ni proclamas generacionales ni conceptos grandilocuentes. Pequeñas historias propias que, acaso por serlo, son a partir de ese momento, de todos ya.

 El disco comienza con una de las tres canciones firmadas por Argent/White. Son éstas acaso los restos del naufragio, las así llamadas “R.I.P. sessions” ( el álbum póstumo de Los Zombies). “She loves the way they love her” es un elegante y mentiroso prólogo. Digo esto no por hurtarnos lo que será el resto del Lp, sino por pretender, no sé si involuntariamente, jugar con nosotros y no avisarnos de lo que viene a continuación. Bajo un ritmo de boogie, sustentado por un piano omnipresente y con algunos riffs que presagian lo que serán Argent,  la canción es la historia de una estrella. Una estrella regodeándose con el éxito y la fama, tan poderosa como vacia. Así la sombra de la Munro surge ya desde el inicio. A continuación una versión de “Misty roses” más Gilberto (bossanova) que Hardin (Folk). La cruda historia acerca de lo fatuo y perecedero de la belleza con unos arreglos de cuerda hacia mitad de la canción que le confieren un aspecto casi medieval. “Smokey day” -la segunda de las de firmadas por Argent/White– es de una belleza tal que casi asusta. Su voz, espectral, casi una aparición del más allá, semeja la de un derrotado ángel del apocalipsis, recapitulando sobre lo que fue, sobre lo que pudo haber sido. Lamiéndose las heridas mientras intenta recomponer un corazón roto. De nuevo pues la Munro. La primera cara termina con “Though you are so far away”, firmada ya por él. La esperanza como último recurso, la distancia como parapeto emocional, como auto engaño cicatrizante. “If you’re ever feeling sad, down and lonely, think of me thinking of you”. El inevitable “Y tu más” como sinónimo de la potencia indestructible del amor y del deseo.
 
Abriendo la segunda cara del Lp Mary won’t you warm my bed”. Escrita para él por su amigo Mike d’Abo (Ex Manfred Mann, la persona que le ayudó en su contrato con Epic) parece casi biográfica. El conjuro del enamoramiento y el precio de la convivencia. Lo uno como irremisible consecuencia de lo otro. La vida y sus derrotas. “Her song” es más madera Argent/White. Cristal de bohemia, algo que da miedo tocar por si acaso fuese a romperse. Su voz, tan sólo acompañada por delicadas cuerdas. Una voz que sube, que baja –“Hey, you know you are love to me”– del mismo modo que lo hace el amor y sus consecuencias, que sabe desde el principio que éste no puede ser más que fugaz. Y que también, pese a que sepamos que está condenado a romperse, debe cuidarse con el máximo esmero hasta que eso inevitablemente ocurra.
 
Le siguen otras dos canciones compuestas por él; “I can´t live without you” -súplica y convencimiento de la derrota- y “Let me come closer to you” , puro tardo Kinks, los más lúcidos y decadentes, Ray Davies jugando y describiendo -una vez más y de nuevo lúcidamente- con los sentimientos a partir de lo cotidiano,  adornándose en el musical como contrapeso estilístico, para construir historias tristes y ensoñadoras, aquellas que describen sin cebarse, que cuentan más que acusan. Cierra el disco una última joya; “Say you don´t mind” (Escrita por el ex-Moody Blues Danny Laine), es un esperanzado, clarividente y también desvalido adiós. Cuerdas casi marciales dan paso a la descripción del campo de batalla, de la historia terminada. La asunción de la realidad. Las cartas sobre la mesa. Ésto es lo que hay y con ésto hay que vivir.
 
 

 

“I realize that I’ve been in your eyes, some kind of fool.
What I do, what I did, stupid fish I drank the pool
I’ve been doing some dying, now I’m doing some trying.

So, say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

I came into this scene, when my dreams were getting bad
And who rides with the tide, and who’s glad with what it had.
I’ve been doing some whinning, now I’ve been doing some finding.

So say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

To you I’m blind, somethin’ inside. Say you don’t mind.
I’ve been doing some dying, now I’m doing some trying

So, say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

To you I’m blind, somethin’ inside. Say you don’t mind.

It gets you so bad that a doormat sees better times.
There’s time to get back and think up some better lines,
I’ve been doing some growing, but I’m scared of you going.”

 
Y de entre tantas maravillas, he dejado intencionadamente para el final la cima de todas ellas; “Caroline Goodbye” o el más hermoso de todos los hermosos finales de cualquier historia de amor. Una historia pequeña y qué, antes que al fresco, pintada al óleo. Un óleo con todos sus detalles minuciosamente recreados. Detalles escondidos, esquivos a primera vista, pero que se muestran evidentes y crudos, conforme nos adentramos en ella y comienzan a ser también los nuestros. El melancólico retrato de una ruptura. Un fotografía desnuda. Él frente a ella, desencantado y desarmado ante sus efectos. Asumiendo la derrota. Pintado como el mejor de los artistas, “Goodbye Caroline” describe el final de su relación con la última de las princesas de la Hammer, la espectacular Caroline Munro. La música, el arte, los sentimientos en última instancia, descritos como antídoto y refugio, como verdad doliente frente al curso ineludible de la vida.

 Tres sencillos fueron publicados en Inglaterra de “One year”. En nuestro país tan solo uno, pero vaya uno, la cara A del segundo y del tercero inglés; “Caroline goodbye” por una lado y “Say you don’t mind” en el otro. De esos de un euro en cualquier tienda. No sabría ahora mismo decir uno cuando hubo más por menos..

Y por terminar -de momento- con el gran Colin Blunstone, tres canciones de su segundo Lp “Ennismore”(Epic, 1973). Prácticamente firmado íntegro por él excepto “I don’t believe in miracles” de Russ Ballard y la tal vez más conocida del mismo, “Andorra”, de Rod Argent y Chris White. Sin ser “One year”, algo del todo imposible, si que es más que recomendable. De muestra tres botones;

 

 Vi tu fotografía en el periódico, estabas preciosa. Parece que lo vas a lograr, siempre supe que lo conseguirías…”

 

 

THE BOX TOPS. "Sandman"

 
  De su Lp “Non stop”. (Bell, 1968). La imagen subida es la del Ep portugués. 

Sandman

Una canción perfecta. Tremenda. Escrita por Wayne Carson Thompson. Producción de, hagan el favor de levantarse, Dan Penn.

Es 1968 y hay algo en el aire. Psicodelia ligera, extraña. Diríase que incluso la rutina es lisérgica. El pedal fuzz de Gary Telley dándole amplitud, cosiendo de arriba a abajo una balada clásica decorada con los arreglos de cuerda y viento, sus coros mitigando o exacerbando el dolor, como en una montaña rusa, lanceada por un órgano que le otorga verdad. El American studio a todo trapo, pletórico. 

Y una voz maravillosa; Tierna y cruda. Impropia de un crío de 17 años.

Redefiniendo el hoy trillado concepto del cool. Sin ni siquiera pretenderlo, por supuesto. Pero a día de hoy sigue maravillándome su absoluta perfección.


…There was a time, i knew my mind, and needed nobody else, 
as strong as stone I stayed alone, depending only on myself, 
and suddenly my eyes fell on you, 
and with a smile you conquered me.

I became a sandman, crumbling in your hand, just a sandman.
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you.

No ties to bind, the wondering kind, i was a rolling stone.
My only prayer, the restless wind, my only debt my own.
And then with a word you blew my mind
and you touched me, with love.

I became a sandman, crumbling in your hand, justa sandman.
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you…

SKEETER DAVIS. "Gonna get along without you now"


Tracy Dey, Teresa Brewer, Melodians, Trini López, Viola Wills, She & Him … seguro que muchísimas más que me dejo. Hoy me quedo con ésta.
SKEETER DAVIS Gonna get along without you now

VV/AA "KNIGHTS OF SOLITUDE" (II)

…Cloudy days for wide minds opened
JIM AND DALE The time it takes
TIM HARDIN How can we hang on to a dream
ARTHUR A friend of mine
DION  Purple haze
BEN SILLER Whimper girl
JIM WEBB I need you
LAMBERT AND NUTTYCOMBE Heaven knows where i’ve been
TIM HOLLIER In silence
BERGEN WHITE It’s your time
T.S. BONIWELL She is
DAVID WIFFEN Full circles
JOHN PHILLIPS Someone’s sleeping
APPLETREE THEATRE What a way to go
JOHNNY RIVERS Look to your soul
DEL SHANNON Magical music box
P. F. SLOAN And the boundaries in between
BARRY MANN You’ve lost that lovin’ feelin’
MARK AND SUMLEY Sincere replies
3’S A CROWD Cotton candy man
JIM AND DALE Pass the state of mind

MERRILEE RUSH. "Angel of the morning" (Bell, 1968)


“Uno de nuestros roadies lo era también de Paul Revere & the Raiders. Estos se marchaban de gira por el sur y nos invitaron a ir con ellos como teloneros. Eso fue a finales de 1967. La gira finalizaba en Memphis, donde iban a terminar de grabar su Lp “Going to Memphis” y decidí quedarme allí. Terry Melcher me preguntó si quería grabar una demo, lo hice y le gustó. Era “Angel of the morning”

“Volví un mes más tarde. Un amigo suyo de April Beachwood publishing grabó la maqueta. “Angel of the morning” ya había sido grabada por Evie Sands y producida por su compositor, Chip Taylor. Pero ella estaba con contrato en Cameo y el sello se estaba yendo a pique, así que su grabación no llegó a ver la luz en la época. Al mismo tiempo, por el estudio merodeaba un tal Danny Michaels. El también la había grabado y puesto en circulación por las emisoras locales de Memphis, aunque eso nosotros no lo sabíamos todavía. Una vez terminamos de grabarla, yendo en coche por la ciudad, pusimos la radio y ahí estaba, sonando. Nos dejó muy sorprendidos. Pero “Angel of the morning” no era una canción para ser cantada por un hombre y decidimos seguir con la nuestra…”

“… La primera vez que escuché el resultado pensé “Woow”. Nadie cantaba así por aquel entonces y la letra era un tanto “revolucionaria” por decirlo de una manera elegante. Tenia la progresión de acordes básica, como “Louie Louie”. Era básicamente eso pero con un tempo ralentizado. Una sencilla progresión de tres acordes hasta llegar al estribillo…”

“… Pensé que si alguien se paraba a escuchara iba a ser sobre todo por su letra *. Yo no soy una persona muy lírica ni especialmente preocupada por los textos. Me interesa más el ritmo y los cambios de acordes. Pero “Angel of the morning” lo tenía todo. Volví otro mes más tarde y grabamos la cara B (“Reap what you show”, no incluida en el futuro Lp). Cuando la terminamos el productor me dijo; “No te preocupes. Es vuestro primer disco. Si no pasa nada con él seguiremos intentándolo. No esperes mucho”. Y efectivamente no pasó mucho. No pasó nada. Hasta que tres meses después, en mayo, despegó. Vendió un millón de copias…”

* La letra de “Angel of the morning” habla sobre una furtiva aventura amorosa. Básicamente es la historia de un polvo de una noche. Sin mañana, sin ayer. Carente de sumisión o promesas que no se pueden cumplir. Y lo hace de una manera cruda para le época, no tanto por el lenguaje sino por los hechos en sí. Obviando romanticismos y finales felices. Y, lo más sorprendente, narrado desde el punto de vista femenino, dejándole al hombre el papel de mero objeto, desde luego el de alguien lejano, distante. “Disfrutemos esa noche, no pensemos en el mañana” parece querer decir. Juguemos con nuestros cuerpos y no con nuestros corazones. Por favor, no nos prometamos la mañana siguiente todo aquello que se supone que nos hemos de prometer. Que no queremos ni podemos cumplir. 

I won’t beg you to stay with me, through the tears of the day, of the years, baby, baby”

It’s worth it all


 El disco es inmenso, inacabable. Y bastante arrinconado, en el sentido de habérsele prestado poca atención, ninguna, más allá de “Angel of the morning”. Desde luego no ha pasado a los anales ni a la historia. Un disco, como tantos otros, sobre el amor y sus vericuetos. El amor como víctima, como gozo. El amor como hechizo y como lastre. Una visión de lo hermoso y lo frágil que puede llegar a ser. Y también de lo cruel y lo hiriente, lo incontrolable y lo azaroso que acaba siendo. Un repertorio escrito por hombres (Mark Lindsay, Joe South, John Phillips, Chip Moman, Spooner Oldham, Dann Penn) excepto en “That kind of woman” (Donna Weiss) pero desde el punto de vista de la mujer. Canciones sobre amores rechazados, sobre amores prohibidos en “That kind of woman”. Canciones acerca de como luchar por el amor, de como sobrevivir al amor (“Sunshine and roses”). La batalla diaria, indesmayable y un tanto ciega si se quiere, aquella que lo conforma y que lo nubla, que lo moldea y lo rompe, pero que no quiere meramente supeditarse al ser amado. Canciones que celebran el amor sin cegarse ante su resplandor, sin dejar de ser consciente, de advertir sus peajes, sus pulsiones, sus bajezas. Y también su heroísmo. Un punto de vista en las que la mujer es, cuando menos, un igual, alguien maduro e inteligente, que no permanece ciego ante sus vaivenes o encantado ante su hechizo. Canciones cantadas en primera persona, donde la mujer es el eje central, el personaje sobre el que gravita todo, lo bueno y lo malo. Es ella la que narra, tal y como lo siente, tal y como lo ve. Las miserias y las alegrías desde su punto de vista. Mientras tanto el hombre a su alrededor. De ella y del amor, como el satélite que en realidad somos, sometidos a su atracción, a su fuerza de su gravedad. Del mismo modo que es lo suficientemente inteligente para dejar de lado el punto de vista machista preponderante, narcisista, tampoco sucumbe a la contaminación del feminismo militante, ese que a veces preconiza la política de tierra quemada, dejando de este modo un resquicio para la esperanza. Esa que todo ser que esté vivo, que sienta, tiene que dejar entreabierta para no volverse completamente loco. 

El amor y sus vericuetos. Su perfume y su hedor. Un amor que lejos de estar guardado en una urna, conservado en formol, idealizado, es un amor palpable, vivido, e incluso a veces consumido. Esa sentimiento abstracto e indefinible que rige las vidas.

 Y que decir de los músicos que intervienen. Palabras mayores. Prácticamente el mismo elenco de las Memphis sessions de Elvis Presley. Casi nada; Bobby Emmons y su órgano, Reggie Young y Dann Penn a las guitarras, el piano de Bobby Wood, Gene Chrisman a la batería y Tommy Cogbill (que sería el productor acreditado del Lp) y Mike Leech (el arreglista) al bajo. Además de gran parte de los Memphis horns, con Wayne Jackson a la cabeza. Cuando lo popular no era peyorativo de nada, al contrario.


 Existe una reedición relativamente reciente en cd con 21 canciones. Las doce que conforman el lp original más la cara B de “Angel of the morning” (“Reap what you show”). Tres sencillos posteriores publicados en AGP (“Reach out” / “Love street”, “Your lovin’ eyes blind” / Everyday livin’ days”, “Sign on the good times”/ “Robin McCarver”) y la versión de “What the world needs now” de Bacharach & David incluida en la banda sonora de la película de Paul Mazursky “Bob, Carol,Ted & Alice”.