COLIN BLUNSTONE. La voz callada.

“… Este disco es la historia de un año de mi vida, la que va desde el julio de “She loves the way they love her” hasta el julio de “Say you don’t mind”, un tiempo de búsqueda y de comenzar de nuevo.
 Solía cantar con un grupo llamado The Zombies hasta que dejamos de grabar. Después de “Time of season” estuve parado, con mucho en lo que pensar. No he estado de gira desde entonces así que mis ideas han brotado a partir de cierto aislamiento. Este disco es la clave para volver a la carretera, y también a la gente, la verdadera propietaria de la música.
 Así que ya he vuelto a comenzar, en esta ocasión en solitario. Y como dice la primera frase en la novela, lo más difícil ya ha pasado…”
 

Las voces calladas nunca han tenido la ocasión de constar en las enciclopedias, más allá que como pequeños apéndices o escuetas entradas. Es su virtud y también su maldición. Los miembros de esa logia son poseedores de una voz queda e íntima, preocupada en relatar las pequeñas grandes cosas de manera susurrada y que, por regla general, jamás han tenido el más mínimo deseo de trascender, ni mucho menos en dar gritos o hacer aspavientos en el zoco de la fama. Probablemente porque no supieran hacerlo. Seguramente porque tampoco quisieron. En pocos y contados casos algunos han trascendido más allá del tiempo y de su época (Tim Buckley, Nick Drake), generalmente ayudados -y en absoluto es eso su culpa- por avatares personales desgraciados, muertes tempranas o impactantes y una feligresía, de tan militante, casi religosa. Pero, sobre todo, apoyados en ese pilar al parecer esencial denominado autoría. Una especie de pátina que soslaya carencias del mismo modo que su ausencia, en otros, oculta los logros. Incluso, en ocasiones, la grandeza.

 

Solemos quitarnos de encima a esas voces calladas de un plumazo, definiéndolas como interpretes, artesanos eficaces en el mejor de los casos. Es esta una palabra bastante peyorativa cuando así se utiliza, que acostumbra a denotar una condición menor, aunque agradable, y les otorga un tamiz, como mucho, secundario. Obviamente sin el reconocimiento de ninguna trascendencia, como si esa intención primera en no perdurar más allá de su obra fuese algo que les quitase vigencia y maestría.

 

 
No se acostumbran a valorar las voces tal y como se merecen. Pueden ser éstas un instrumento más, capaces de dotar a la canción de un rango majestuoso -a veces incluso inalcanzable si no se contase con ellas- o también de condenarla al más triste de los fracasos. Pueden a la vez abrir un abanico de matices, de sentimientos y de posibilidades. Asuntos que estando en el mismo germen de la canción, hubiesen pasado perfectamente disimulados, si esa voz no hubiese tenido a bien alimentarlos, mostrarlos, avivarlos. ¿Cuántas canciones idénticas -versiones de la misma pueden ser cielo o infierno, dependiendo, sin menoscabo de los músicos, de los arreglos e incluso el oyente, de ese instrumento que es la VOZ? 
 
 Las voces calladas es como vengo a llamarlas. Voces de personas que no solían escribir lo que cantaban pero que cantaban con suma excelencia lo que les escribían, y que dentro del Rock y sus derivados, siempre han sido vistos con sospecha, ninguneados, infravalorados. Algo que, en cambio, no ha ocurrido en otros ámbitos. Y no estoy hablando de voces especialmente dotadas en lo técnico sino de voces en verdad inolvidables, aquellas que ilustran, que muestran pero que, sobre todas las cosas, nos ayudan a comprender. 
 
 Colin Blunstone fue, todavía es, una de esas voces calladas. Afilada, tenue, escasa. Y sin embargo riquísima en matices, portentosa en el arte de saber expresar eso tan difícil que son los estados del alma humana. Consciente de sus limitaciones, rehuyendo del deleite exacerbado en sus propias virtudes, dotado para hacer bueno lo simplemente correcto. Una voz humilde y sincera, otras dos palabras malgastadas por su incorrecto uso. Un tipo que contó, primero con los Zombies y más tarde ya en sus fantásticos dos primeros Lps en solitario, con la ayuda inestimable de un par de talentosos escritores; Rod Argent y Chris White. El equipo resultó imbatible. Tan sólo con contar en su haber la capacidad de elevar a un estrato superior, casí celestial, el ya de por sí formidable “Odessey & Oracle” muchísimos otros hubiesen sido capaces de quién sabe qué.
 
 En 1968, tras la publicación de “Odessey & Oracle” y los problemas que conlleva su edición en los USA, Los Zombies y Blunstone necesitan un respiro. El disco contiene el éxito mundial “She’s not there” pero su historia y su génesis ha sido agotadora.  Publicado primero en Inglaterra -tras su fichaje por Emi– y grabado en parte en los estudios de Abbey road, la filial americana se niega a editarlo en los USA al sólo estar registrado en sonido Mono. La visita a Londres de Al Kooper hace que este se quede deslumbrado ante tal obra de arte e insista a la Emi sobre la necesidad su publicación en Norte América. La compañía accede finalmente, tras obligarles a regrabarlo en estéreo con cargo a los futuros royalties del grupo. Para cuando sucede su publicación en los Estados Unidos y consiguen el ansiado hit, la banda ya se ha disuelto. Colin Blunstone siente que ha dado todo lo que tenía, que está vacío. Esta cansado de las servidumbres del negocio. Además los insidiosos comentarios acerca de que los únicos realmente importantes dentro de la banda son Argent y White, han hecho mella en su autoestima y han acabado por derrotar a un tipo discreto y falto de aspiraciones. Lejos de emborronar una férrea amistad, quiere demostrarse a si mismo eso tan consustancial al ser humano que viene a ser conocer sus límites.
 

 Casi como ensayo de lo que vendría más tarde, bajo el seudónimo de Neil McArthur publica tres sencillos en 1969. Entre ellos, de nuevo, “She’s not there”. No ocurre nada y finalmente toma la decisión de abandonar la música. Llega a estar más de un año apartado de ella y comienza una nueva vida como empleado en una empresa de seguros. Todo muy normal, el proceso natural que lleva a la meta no deseada. El final de un hermoso sueño.  Pero pronto vuelve la comezón y poco a poco comienza a hacer algo que no había hecho casi nunca, escribir canciones. Comienza a creer de nuevo en sus posibilidades. Contacta con Rod Argent – en ese momento ya dando forma a su nuevo proyecto, Argent– y Chris White y entra en el estudio tras firmar con Epic.

 

 
 “One year” -así titulado por ser el periodo de tiempo que le llevó completarlo- tal vez sea el paradigma de los discos de los cantantes de voz callada. Una obra delicada, de rango inicialmente modesto pero de una grandeza lenta y duradera. Tan lejana del divismo como cercana a lo confesional del instante. Ni proclamas generacionales ni conceptos grandilocuentes. Pequeñas historias propias que, acaso por serlo, son a partir de ese momento, de todos ya.

 El disco comienza con una de las tres canciones firmadas por Argent/White. Son éstas acaso los restos del naufragio, las así llamadas “R.I.P. sessions” ( el álbum póstumo de Los Zombies). “She loves the way they love her” es un elegante y mentiroso prólogo. Digo esto no por hurtarnos lo que será el resto del Lp, sino por pretender, no sé si involuntariamente, jugar con nosotros y no avisarnos de lo que viene a continuación. Bajo un ritmo de boogie, sustentado por un piano omnipresente y con algunos riffs que presagian lo que serán Argent,  la canción es la historia de una estrella. Una estrella regodeándose con el éxito y la fama, tan poderosa como vacia. Así la sombra de la Munro surge ya desde el inicio. A continuación una versión de “Misty roses” más Gilberto (bossanova) que Hardin (Folk). La cruda historia acerca de lo fatuo y perecedero de la belleza con unos arreglos de cuerda hacia mitad de la canción que le confieren un aspecto casi medieval. “Smokey day” -la segunda de las de firmadas por Argent/White– es de una belleza tal que casi asusta. Su voz, espectral, casi una aparición del más allá, semeja la de un derrotado ángel del apocalipsis, recapitulando sobre lo que fue, sobre lo que pudo haber sido. Lamiéndose las heridas mientras intenta recomponer un corazón roto. De nuevo pues la Munro. La primera cara termina con “Though you are so far away”, firmada ya por él. La esperanza como último recurso, la distancia como parapeto emocional, como auto engaño cicatrizante. “If you’re ever feeling sad, down and lonely, think of me thinking of you”. El inevitable “Y tu más” como sinónimo de la potencia indestructible del amor y del deseo.
 
Abriendo la segunda cara del Lp Mary won’t you warm my bed”. Escrita para él por su amigo Mike d’Abo (Ex Manfred Mann, la persona que le ayudó en su contrato con Epic) parece casi biográfica. El conjuro del enamoramiento y el precio de la convivencia. Lo uno como irremisible consecuencia de lo otro. La vida y sus derrotas. “Her song” es más madera Argent/White. Cristal de bohemia, algo que da miedo tocar por si acaso fuese a romperse. Su voz, tan sólo acompañada por delicadas cuerdas. Una voz que sube, que baja –“Hey, you know you are love to me”– del mismo modo que lo hace el amor y sus consecuencias, que sabe desde el principio que éste no puede ser más que fugaz. Y que también, pese a que sepamos que está condenado a romperse, debe cuidarse con el máximo esmero hasta que eso inevitablemente ocurra.
 
Le siguen otras dos canciones compuestas por él; “I can´t live without you” -súplica y convencimiento de la derrota- y “Let me come closer to you” , puro tardo Kinks, los más lúcidos y decadentes, Ray Davies jugando y describiendo -una vez más y de nuevo lúcidamente- con los sentimientos a partir de lo cotidiano,  adornándose en el musical como contrapeso estilístico, para construir historias tristes y ensoñadoras, aquellas que describen sin cebarse, que cuentan más que acusan. Cierra el disco una última joya; “Say you don´t mind” (Escrita por el ex-Moody Blues Danny Laine), es un esperanzado, clarividente y también desvalido adiós. Cuerdas casi marciales dan paso a la descripción del campo de batalla, de la historia terminada. La asunción de la realidad. Las cartas sobre la mesa. Ésto es lo que hay y con ésto hay que vivir.
 
 

 

“I realize that I’ve been in your eyes, some kind of fool.
What I do, what I did, stupid fish I drank the pool
I’ve been doing some dying, now I’m doing some trying.

So, say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

I came into this scene, when my dreams were getting bad
And who rides with the tide, and who’s glad with what it had.
I’ve been doing some whinning, now I’ve been doing some finding.

So say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

To you I’m blind, somethin’ inside. Say you don’t mind.
I’ve been doing some dying, now I’m doing some trying

So, say you don’t mind, you don’t mind. You’ll let me off this time.

To you I’m blind, somethin’ inside. Say you don’t mind.

It gets you so bad that a doormat sees better times.
There’s time to get back and think up some better lines,
I’ve been doing some growing, but I’m scared of you going.”

 
Y de entre tantas maravillas, he dejado intencionadamente para el final la cima de todas ellas; “Caroline Goodbye” o el más hermoso de todos los hermosos finales de cualquier historia de amor. Una historia pequeña y qué, antes que al fresco, pintada al óleo. Un óleo con todos sus detalles minuciosamente recreados. Detalles escondidos, esquivos a primera vista, pero que se muestran evidentes y crudos, conforme nos adentramos en ella y comienzan a ser también los nuestros. El melancólico retrato de una ruptura. Un fotografía desnuda. Él frente a ella, desencantado y desarmado ante sus efectos. Asumiendo la derrota. Pintado como el mejor de los artistas, “Goodbye Caroline” describe el final de su relación con la última de las princesas de la Hammer, la espectacular Caroline Munro. La música, el arte, los sentimientos en última instancia, descritos como antídoto y refugio, como verdad doliente frente al curso ineludible de la vida.

 Tres sencillos fueron publicados en Inglaterra de “One year”. En nuestro país tan solo uno, pero vaya uno, la cara A del segundo y del tercero inglés; “Caroline goodbye” por una lado y “Say you don’t mind” en el otro. De esos de un euro en cualquier tienda. No sabría ahora mismo decir uno cuando hubo más por menos..

Y por terminar -de momento- con el gran Colin Blunstone, tres canciones de su segundo Lp “Ennismore”(Epic, 1973). Prácticamente firmado íntegro por él excepto “I don’t believe in miracles” de Russ Ballard y la tal vez más conocida del mismo, “Andorra”, de Rod Argent y Chris White. Sin ser “One year”, algo del todo imposible, si que es más que recomendable. De muestra tres botones;

 

 Vi tu fotografía en el periódico, estabas preciosa. Parece que lo vas a lograr, siempre supe que lo conseguirías…”

 

 

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2 comentarios sobre “COLIN BLUNSTONE. La voz callada.

  1. Discazo. Hace poco acudí en Barcelona a ver a los Zombies (o mejor dicho, a lo que queda de ellos) y me sorprendió gratamente el estado de forma de Colin: su voz sigue sonando angelical y llega sin problemas a los registros de antaño.

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