"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 3ª) CApítulo VII

 


 
 
-“Será un honor el poderlo escuchar en confesión en su próxima visita a Roma, Herr Taffelson. Buenos días”.
 
Todo había salido a la perfección, no había nada como retornar a la oficina con el cuerpo y la mente relajada. Y así se sentía, tras haber pasado la nochebuena, el día de Navidad y el resto del fin de semana en su escritorio. Escuchando a Mendelssohn, leyendo a Walter Darré y milagrosamente en paz, dadas las fechas. En un par de ocasiones debió asistir a Irina, pero ella, consciente del golpe de timón que se había dado en la familia aquella mañana del 24 de Diciembre, no necesitaba excesivas puntualizaciones. Herr Taffelson unicamente se entregaba en cuerpo y alma a lo que realmente le gustaba -un par de veces al año como mucho- y así había que dejarlo. Lo único que le incomodó un tanto fue que Erick fuese testigo de aquello. Su padre, al menos le había transmitido algo parecido a sentimientos. Eran atroces pero al menos lo eran. Que Brigitte no volviese a poner un pie en aquella casa hasta el lunes por la mañana, había sido todo un alivio para los dos. Cuando ella entornó la puerta de la cocina, se los encontró conversando animadamente. St. Laurent con la ropa arrugada de la noche anterior, masticando lentamente un bollo y  asintiendo con timidez. Ralphie, completamente borracho y como recién llegado de Stalingrado, de aspecto repugnante, con la guerrera y el cabello como si un obús hubiese estallado a su lado saltándole los restos de un batallón entero.
 
-“Este muchacho parece idiota, presentarse a estas horas”, pensó.
 
  Ralphie derivando, en su línea. Tan sólo que cada año que pasaba, en lugar de infundir terror, le recordaba más a un muñeco de trapo. Se giró un instante y volvió a meterse de nuevo en el tocador. Se maquilló y tal como estaba, con unos vaqueros acampanados que ceñían tanto, que una lorza imborrable la separaba de aquel híbrido de chaleco y top de lana cuyas costuras dejaban todo al descubierto. Tomó aquel abrigo de armiño del que no se separaba y ordenó que confirmasen su cita en la peluquería del casino. Desayunaría allí mismo.
 
 No pudo evitar volver a pasar por la cocina a despedirse de Erick. Al fin y al cabo si estaba allí era por ella; al menos ambos se habían encontrado abajo y tuvieron suerte de que Rafael no los sorprendiese arriba, en la cama. Esta vez sí entró plenamente en la cocina y fue cuando la vio. Allí estaba, al fondo de la larga mesa de madera de la cocina, la que solía usar el servicio. Éste era conocedor de que aquel día, hasta que Herr Oberstleutnant se acostase, no debían ser vistos juntos. La vio fumando, con aquella ropa interior negra tan minúscula, pues todo se sostenía en su sitio por sí mismo, con la taza de café en la otra mano y la gorra de plato del uniforme de las SS  de su padre puesta. Controlándolo todo.
 
  Se besaron y salió de la casa con prisas exageradas, y echó mano al bolso nuevamente. En el Casino, ya peinada y con la manicura recién hecha, se encontró con Charlas Bronson. Finalmente acabaría pasando tan familiar fiesta con los que la querían de verdad, y volcándolo todo: su dinero en la ruleta, su exuberante humanidad en la pista de baile, un montón de copas allá por donde pasaba y todo aquello que hiciese falta volcar, durante tres días enteros con sus noches completas.
 
El lunes, cuando regresó a casa, se encontró a Irina en el mismo lugar, otra vez de negro pero algo más vestida. No le dejó tiempo de que comenzase a contarle:
 
-“¿Sabes que pienso, Mami?, que cuando saliste por esa puerta el viernes ya parecías una buscona”.
 
  La mirada que se cruzaron en el despacho no había sido la mirada entre dos hombres. Si alguien hubiese podido explicar la naturaleza de esa mirada -intercambiada como a través de la cristalera de un acuario- entre dos seres que vivían en mundos diferentes pero muy  conectados a la vez, posiblemente la habría definido como la naturaleza de la locura.
 
 El Don se había dado cuenta y dejó que eso jugará, una vez más, a su favor.
 
  La actuación terminaba y aquella voluptuosa mujer no solo parecía aburrida sino que además parecía empeñarse en que se notase. Su marido conversaba con Da Silva mientras los músicos saludaban al público. Lolo marcó la pieza en cuanto la divisó. Se dirigía hacia ella cuando Serge le agarró fuertemente del brazo y a la vez musitó:

“Putain… Mon p’tit lapin…Brigitte… pas mechant, pas mechant… “.
 
  Su mirada era otra. Ya no era solo la de un borracho ingenioso, sino la de un borracho ingenioso, sí, pero derrotado y con el corazón roto. Los dientes de leche se habían convertido en dientes de lobo. Sin preguntar ni querer saber, Lolo tuvo claro que ya no volvería a ver al francés orejudo. Volvió con la multitud aún permaneciendo el uno frente al otro.

 

 

Agazapados en las barcazas, ocultos tras el panteón de los templarios, la luz de la luna jugaba en su contra. La procesión de infraseres calavéricos uniformados no le asustaba, al menos no más que su propio ejercito. Pedur Shaneri estaba inquieto. A su lado, una escuadra de los Caballeros Reales Anatolios, llegados desde la Capadocia, esperaban nerviosos y visiblemente excitados. ¿De dónde procedería tal sed de sangre?. 

No era cuestión de volver atrás en el tiempo -y él tampoco lo iba a preguntar- pero de donde fuese que viniese, era algo verdaderamente incontrolable, ancestral. Se alegró de tenerlos de su lado. Entonó para sí una breve oración, se puso en paz con el profeta, ingirió unas cuantas cápsulas de percodan e hizo la señal convenida. Los Capadocios armaron sus ametralladoras. Una ráfaga de balas bañadas en agua bendita santificada por el Imán del Bósforo sorprendió al murmullo homogéneo y demente de los siervos de Herr Heino. El pequeño bosque del Lichtenstaller Alle se sumió en un maremagnum de sonidos agudos proferidos por los casi muertos, mientras sus miembros, cercenados y sanguinolientos, caían sobre la hierba, mutilados por los proyectiles. Cientos de ratas negras, grandes como ardillas, surgían del río en busca del festín que olisqueaban. Tras ese primer ataque, los Capadocios, excitados por los gemidos quejumbrosos, saltaron de las barcazas en dirección a los ajusticiados. El hedor, pestilente, era insoportable. Mientras tanto un grupo selecto de los orientales, enajenados, les abría el pecho en canal, extrayéndoles los corazones con su propia boca, manteniéndolos orgullosos entre sus fauces.

 
Un segundo turco-anatolio les arrancaba la cabeza, con un tajo seco, certero. Las ratas, jubilosas, pasaron entonces a las vísceras, más sabrosas para su gusto. Unos cuantos Waffen-SS, los primogénitos elegidos, salieron de la torre, alarmados por los gritos y el ruido, husmeando la muerte. De un zarpazo lanzaron a uno de los gigantescos turcos a los pies de dos de los suyos, ya moribundos, los devoraron con ansia, intentando recobrar la fuerza perdida. En ese mismo instante, rodeados desde ambos flancos del paseo de la entrada, eran pulverizados por una segunda unidad. Pulverizados literal y técnicamente. Algo similar a un lanzallamas expelía un gas inflamable, una especie de prototipo de gel elaborado por los americanos, todavía en fase experimental, canjeado por un par de kilos de pureza máxima. Se adhería aquel a sus cuerpos sin apagarse, como una especie de sudor del miedo. Un sudor que los consumía, lenta, concienzuda, abrasadoramente.


 

 

 

 

 

 

 

 

Antes del amanecer, agotado pero vencedor, Pedur Shaneri supo que el Emir del Fener estaría satisfecho. Un demacrado Herr Heino, ya en su poder, subía a la primera de las barcas. El que parecía ser el jefe de los Capadocios, armado con una sierra en forma de media luna, se encargada de hundir ésta entre los pocos casi muertos que todavía lograban musitar algún lamento. Una vez cumplida su tarea, introducía las yemas de sus ojos, que previamente había extraído otro de ellos con un pequeño cuchillo curvo, en una especie de cuenco. Cuando el recipiente estaba ya rebosante de globos oculares, lo repartía entre sus compañeros, quienes los ingerían entre disputas y con exagerado alborozo.

 
  Jess miró a Da Silva desde el escenario y sonrió con un gesto de agradecimiento. Fue en ese mismo instante cuando tomó la decisión de volver a España. Cerca de Marbella su amigo Christopher tenía una villa estupenda de la que él todavía tenía llaves y a lo mejor podría volver a encontrarse con Orson. Desde que rodaron “Campanadas a medianoche” no se habían vuelto a ver y pensó que ya era hora de arreglar su desencuentro. Además le intrigaba el proyecto “F for Fake” del que había sabido por amigos comunes. En cierto modo, el proyecto que iba a supervisar le parecía similar. Y el dinero le venía mejor que bien.

 

Cuando la daga de plata comenzó a rebanarle la carótida, Herr Heino no hizo el menor gesto de rehuir el contacto de su filo, muy al contrario, parecía necesitarlo, acercándose a él con serenidad y lascivia. 
 
 Cerró aquellos ojos fríos e insensibles con una mezcla de fatalismo y liberación, sumisión pasiva y calma plácida, asintiendo ante la necesidad de emprender el viaje. Mientras su sangre comenzaba a derramarse, en las catacumbas ocultas bajo las termas de Caracalla, el futuro ejercito del IV Reich, aquellos niños de voces espectrales, futura cohorte de las tinieblas que ya no podría ser, comenzaron a desintegrarse entre gritos desgarradores. El cordón umbilical que les unía a su amo Herr Heino se había seccionado, a la vez que el cuello de aquel se desmoronaba, inerte, sobre la alfombra que cubría el suelo.

Onur Elanoçi Serguajer, observaba aquel cuerpo inerte. Volvió a darle un vistazo a la vieja foto que había en el bolsillo de su túnica. Todo iba según lo previsto.
 
 
 A Serguajer lo que de verdad le gustaba  de ir a Europa no era cortar las cabezas del ejército de zombies del IV Reich, ni codearse con su rancia nobleza, ni tampoco comer roast beef sin filetear. Lo que realmente le entusiasmaba era trasegar cubatas. Nada de combinados creados por gilipollas y meapilas, ni tampoco esos güisquis solos  propios de deslenguadas. Cubatas. Ron cubano mezclado con coca-cola de vainilla. Aquello era lo que verdaderamente le gustaba.
 
  Podría también añadir que el espectáculo le resultaba un estorbo, pero lo disfrutaba desaforadamente. Treinta y ocho mesas de doce cubiertos circundaban la gran sala de baile del Kurhaus, aunque en gran parte desocupadas. El mismo Serguajer lo contemplaba todo, intercalando maldades en ubujé con Shaneri, en pie y vigilante desde una de las barras habilitadas por cada grupo de tres mesas. Así estaba su zona, una sarta de pretenciosos mariposeando entre un par de docenas de nenas de bastante buen ver, circulando entre las mesas, haciendo corrillos, bebiendo en la pista, sobre aquella madera hecha para deslizarse, hablándose a voces en la distancia. En cambio, al otro lado todos estaban en su sitio y vestían de manera idéntica y decorosa, y procuraban ignorar todo aquel desorden. Varios príncipes y miembros de la nobleza y casas reales centroeuropeas con sus familias, negaban con la cabeza cada cierto tiempo. El grupo ya no era desconocido, pues se dejaba ver en cualquier lado desde hacía tres, cuatro temporadas, y precisamente unos cuantos de los suyos -los más jóvenes y alguna que otra que ya no lo era- lo integraban, pero es que no respetaban ni la cena. No hacía falta ni intuir que todos habían estado en la fiesta organizada por Don X. la noche anterior, y la inmensa mayoría iban de empalmada. Esto último lo dijo en ubujé , pero cualquiera le hubiese entendido, de la misma manera que Michelone entendió cuando aquel barbudo con coleta -túnica color salmón con cercos de combinado y sandalias- posó su mirada en las posaderas de su amada.  

  Albertius, Soledad, Uvita y Da Silva completaban aquel grupo. Este último, un poco ausente de la conversación sobre grupos terroristas de extrema izquierda, no estaba pensando ahora en lo relativamente fácil que había sido ir reuniendo un equipo tan solvente, eficaz -aunque estas características de momento sólo se habían demostrado en su capacidad festiva- y quizás un poco derrochador. De todos modos tampoco era su dinero, y nunca faltaba de nada. Pensaba que a Bateman, quién se encontraba de nuevo haciendo un trabajo en Italia, aquella fiesta le hubiese gustado. Charlas Bronson lo observaba, aunque estaba también atento a las palabras del Don.

“Ya lo ha visto, el que parece una serpiente, en la tercera mesa por la izquierda. Quiero saberlo todo de ese cura, nos lo van a poner con Petrone.”, le susurraba a Lolo Pelourovich, al tiempo que encendía un gigantesco Cohiba


  Aquella serpiente, sin embargo, pensaba que el muchacho del escenario era muy guapo. Erick Saint Laurent se había asomado de nuevo a contemplar aquella mesa del centro. No había visto a Iris en toda la semana. Junto a los miembros de Tax Free había tenido que montar a toda prisa una banda para acompañar a la principal atracción de la Fiesta de Fin de Año del Casino de Baden Baden, pues la que formó en Zurich la acababa de abandonar en Antibes. Ya se habían cerciorado todos que era extraordinariamente estúpida, aunque también que tenía una gran voz. Tuvo algún que otro éxito hacía unos años y justo el pasado había sacado un álbum, con nueva imagen, intentado relanzar su carrera. Esta tournée por los casinos centroeuropeos era su primera vez en el continente y su última oportunidad antes de volverse al Canadá y a su casa. La verdad es que era antipática pero daba todo lo que tenía, y  junto con Dave Pike y Fausto Pappetti consiguieron divertirse aquellos días. Irina seguía allí, hierática, flanqueada por su padre y por aquel actor de mirada y comportamiento tan desasosegante. Parecía que a Raphael Von Taffelson le divertía mucho aquel hombre.

 
Acababa de llegar 1.973 y ese fue el único momento en el que contaron con Madame Brigitte sentada en su mesa aquella velada. Con Irina había coincidido más en las fiestas que en su propia casa, pero es que a Raphael ni lo había visto hasta aquel preciso momento. Se había pasado la semana encerrada en su habitación, durmiendo, alegando fuertes migrañas y psicoastenia estacional, llorando su humillación, pero desde el jueves no le había resultado difícil volver a olvidarse de quien era y lo que había dejado de ser. DonRa nunca obviaría estos detalles, pero los desconocía. Aquella mujer, que tan bien los trataba allí, que tan cercana se encontraba a todos ellos, que tanta iniciativa y tantos millones le había prometido para la película, se merecía abrir el baile con un galán como él. Así pues cruzó la pista, con el altivo trote cochinero del que lleva treinta y seis horas a pie, y al llegar a su mesa derramó entre la misma y su mano gran parte del contenido del gin-fizz. Mano que gentilmente le ofreció para que lo acompañase al centro de la sala. Durante un instante eterno cesaron todos los brindis, justo hasta que las luces se apagaron y la banda salió al escenario.
 
 Cuando se giró hacia el público, Erick Saint Laurent sorteó con la mirada dos reconocibles sombras tambaleantes en el centro de la pista. Raphael Von Taffelson y Klaus Kinski departían de manera vehemente con los ojos desorbitados, pero Irina ya no se encontraba en la mesa sino camino del ropero. Aquella noche no se quedaría. 
 

 Embelesado con sus contoneos, Serguajer ordenó a Pedur, con un leve movimiento de su dedo índice, que le pidiese otro cubata. Cargado. 
  

CANCIONES DEL CAPÍTULO
FAUSTO PAPETTI Meeting
DUSTY SPRINGFIELD I can make it alone
ANNE MARIE COFFINNET Le vampire
KISS INC. Hey Mr. Holy Man
LILLIAN ATTERER & MAURICE POP Wert ich so sexy bin
PAT HARVEY Pain
KAMEL OIL COMPANY Flor de trigo
HERR HEINO
El Señor de los no muertos. Originario, como el famoso vampiro, de Dusserdolf, –del que existe la leyenda de ser ancestro suyo- su ascensión sobre la raza aria tal vez sólo sea igualada por la del mismísimo Fuhrer. Siempre armado por una gafas de sol, un mullet imposible y jersey de cuello de cisne más blazer azul marino, es un ente muy hábil para las excusas. El tener el rostro comido por el ácido de los caza muertos y los globos oculares amarillentos lo disimulará con un desaforado acné juvenil (él, que nunca fue  joven) y una presunta una enfermedad ocular. Peligrosísimo. Mortífero.

 

WALLY TAX
La belleza –en todos sus aspectos- por bandera y unas expectativas desbordadas con el mundo en que le ha tocado vivir, resulta un tanto ciclotimico; del mismo modo tiene la  idea más brillante –y la ejecuta- como se recluye en si mismo aquejado de cierta nostalgia y melancolía. Un artista de fuste.

GUNTHER SACHS

Guapísimo y polifacético playboy. De sólida formación académica (matemático y economista), Sach hizo fortuna como industrial y, una vez forrado, cultivó sus veleidades artísticas; Fotografo, actor, productor. Tal vez el mayor de sus logros sería yace de forma continuada con Brigitte Bardot. Recientemente fallecido.

CHRISTA PÄFFGENMás conocida como Nico y por su intervención en el primer disco de la V.U. Christa era una modelo, con pinitos en la música y musa de Warhol. De belleza gélida y voz andrógina, su música o se la ama o se la odia. Adivinen que opinamos por aquí.

 

GERT FRÖBBEVeterano actor alemán, miembro del partido nazi y famoso por su interpretación de uno de los mejores villanos de la serie Bond, “Goldfinger”. Intérprete principal de “El cebo”, la maravillosa película de Ladislao Vadja, en la época de esta narración, poseído por su personaje, vagaba por los páramos buscando niñas a las que ofrecer bombones…

 

 KLAUS VOORMAN/WOLFGANG DAUNER/ VOLKER KRIEGEL/ ANANDA SHANKAR

Diseñador y fotógrafo el primero, sitaristas y músicos espléndidos los otros tres, aparecerán -principalmente en sueños del subconsciente- en este capítulo.

 
RAPHAEL “MORTAJA” VON TAFFELSON

El reverso tenebroso de la siempre reemergente Nueva Alemania, un hombre gris ávido de sangre, un oficinista aberrado. El poso de la locura colectiva que miró hacia otro lado.

 
BARBARA BOUCHET

Belleza de impresión germano americana. Inició su carrera como actriz en USA, interviniendo en pequeños papeles, llegando a ser Miss Moneypenny en “Casino royale” de John Huston. A finales de los 60 emigra a Europa. A caballo entre Alemania e Italia –más cualquier otro país donde una coproducción le reportase dinero- comienza a intervenir en multitud de papeles que explotan su anatomía casi perfecta; “Milano Caliber 9”, “Alla recerca del piacere”, “Con la rabia agli occhi”.

 
BRIGITTE VON TAFFELSON

Una mujer de su tiempo, incluso adelantada al mismo, sólo que con veinticinco años más en sus cartucheras. Inmersa en una espiral de huida errática del bostezo aristocrático para mayor bochorno de su heredera y los de su clase.

 

 LUIGI 

 Argentino de origen, Luis E. Bacalov, más conocido por Luigi, viaja a Europa, asentándose en Italia. Allí compone multitud de bandas sonoras y colabora a la vez con el incipiente progresivo italiano; New Trolls, Goblin, Hosanna. De un talento melódico soberbio e interesado en los sonidos malsanos y rebuscados, juega a dos barajas –la alimenticia y la experimental- sin dejar por ello de cumplir, en ambas,  con profesionalidad e ingenio.

 

 JOSEPH “RATZI” RATZINGER

Sigiloso y discreto cardenal alemán, de elevada formación intelectual y teológica, y también aquejado de ciertos defectillos. Pareja y compañero de Heino mientras que su ambición se lo permitió. Maestro en el arte de medrar y capacísimo a la hora de situarse sin hacer alardes. 

 
ONUR ELANOÇI SERGUAJER

Jefe de la mafia turca en Alemania. Excesivo y acaparador, sus intereses son su divisa. No dudará lo más mínimo en eliminar a todo aquel que se interponga en su camino. Lujurioso, aquejado de la gula, un tanto dipsómano, perezoso y tramposo impenitente, es también  fiel y generoso con los suyos, a la vez que un amo protector y paternal. Un referente del mal.

PEDUR SHANERI

Fidelísimo lugarteniente de su amo Serguajer. Listo, decidido y un tanto alocado, en ocasiones no calibra bien los peligros, por lo que sus ataques a pecho descubierto pueden acabar procurándole algún que otro disgusto. Expeditivo y efectivo. 

 

 

 

ERICK SAINT LAURENT

Joven cantante alsaciano, tímido y enamoradizo. Actuará en Baden Baden, traído como poco menos que gigoló por Brigitte. Acabará enamorado de Irina.

 
SOLEDAD 

Espejismo de Soledad Rendón Bueno ante el alma herida de Jess. De belleza apagada y triste como el idealizado espectro de la Korda, carece de la malevolencia y aire decadente de aquella, aunque a Albertius le sirva de esporádico consuelo cuando la melancolía más fuerte arrecia.

 
RICARDO ARBELOA

Millonario argentino, factotum de la organización Odessa en sudamérica. Sádico, traicionero e implacable. Amante de la buena vida.

 
CHRISTOPHER LEE

Actor inglés de gesto adusto y talla enorme, vinculado generalmente con las producciones de terror de la Hammer y el breve interregno de las coproducciones europeas. Fornicador incansable y de talla considerable.

 
DAVE PIKE

Vibrafonista americano. Colaborador de Dexter Gordon, Herbie Mann, Kenny Clark, sería declarado el sucesor in péctore del gran Milt Jackson. A finales de los 60 se traslada a Europa donde colabora con la flor y nata de los músicos alemanes (Volver Kriegel, Stefan Schweigg) en avanzados experimentos sonoros.

 
FAUSTO PAPETTI

Polifacético trompetista italiano que comenzó como músico de sesión a destajo y que acabaría creando un imperio pseudo musical relacionado con las bajas pulsiones de la naturaleza humana. 

 
ALPHONSE 

Aristócrata germano que da sus primeros pasos en el proceloso mundo de los negocios. Atribulado y tarambana, acostumbra a no medir las distancias con la fauna del submundo con la que suele tratar.

 

FRIDA 

Secretaria de Raphael Von Taffelson. Trabajadora, eficiente, discreta. Siente un pánico cerval ante los cambios de humor, las urgencias y la transformación de la personalidad de Ralphie.

"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 1ª) Capítulo V

 

 

Baden Baden. Invierno de 1972
 
 Al mismo tiempo que tomaban tierra en el aeropuerto de Hahn, la densa niebla apenas dejaba advertir que la noche se cernía ya sobre la imponente torre del siglo XVIII, firme y majestuosa, al sureste del Lichtenstaller Alle. Las aguas del Oos, todavía gélidas por aquellas fechas, producían un efecto tétrico y decadente. En los extensos jardines de estilo inglés donde se erigía la torre, un batallón de muertos en vida, con el uniforme de gala de las Waffen SS -su capa imponente extendida por causa del viento y  una máscara calavérica por todo rostro- deambulaba apresuradamente hacia ella, tétricamente iluminada. Ni uno solo de ellos sentió la menor curiosidad ante los rezagados que copulaban mecánicamente sobre las piedras que bordeaban el enorme estanque. Satisfechos o inmunes, sólo parecían buscar la luz de la torre como harían las polillas errantes. Las Valkirias que reposaban sobre ellas, más blancas y más pálidas de lo habitual en los casi muertos, parecían ser mero alimento para aquellos trasuntos de príncipes de las tinieblas. Si algún vivo las hubiese tocado habría sentido ese frío tan característico de los ausentes.
 
  Su puerta estaba franqueada por dos asiáticos inmóviles, gigantescos. Los dragones tatuados en su piel -aquellos que identificaban su casta- podían adivinarse en la única parte de su cuerpo que el Yukata blanco dejaba traslucir, los fornidos antebrazos. Un nervioso murmullo creció entre aquella manada de lascivos y enajenados ausentes. Aquella extraña ansiedad crecía y se apoderaba de ellos conforme iban vislumbrando la meta, jadeantes y excitados.

Dentro de la torre, en lo más alto del altar, un altar de un barroquismo doliente, lacerante y excesivo, lucía orgulloso el emblema del IV Reich; una orla con un sol naciente naciendo de  la cruz gamada. El águila, atravesada por dos cuernos de carnero, llevaba inscrita en su pecho el número 893. “Ya”, “Ku”, “Za”, leyó para si misma Frau Taffelson, embutida en su Junihitoe y sus tres correspondientes uchigi (verde, marengo y plata). Fue consciente en ese mismo instante del tamaño de la empresa que tendría que acometer. Intrépida y presumida, no se encontraba en absoluto favorecida, por más que la capa intensa de maquillaje blanco, los labios carmesí fuego y el coqueto moño en equilibrio tambaleante, más su natural atractivo, le hiciesen pasar por la perfecta Geisha. Cuando paseaba bajo el hermoso crucifijo gótico, tras las sólidas columnas que protegían el sagrario, apareció el maestro de ceremonias. Su cabello dorado, una especie de mullet recortado en los lados, le confería un aspecto de ario extraterrestre. La mirada, enmarcada por unas cuadriculadas gafas de ébano oscuro, dos o tres tallas más grandes de lo que cualquiera hubiese tomado por el tamaño apropiado, parecía narcoléptica, poseída, con sus ojos inyectados en sangre. Vestido con un cisne color hueso y blazer azul marino, el auditorio de zombies enmudeció en cuanto apareció. Muchos de ellos no pudieron evitar siquiera  que la cada vez más ostensible polución en la entrepierna y una mueca casi humana de paz se hiciese manifiesta. Al lado de cada uno de ellos reposaba un atrio de metal. En su interior, de un anaranjado incandescente, al rojo vivo, el emblema -de tamaño no mayor al de la palma de la mano- del IV Reich. Al ser cientos, iluminaban la estancia con una belleza espectral. Un silencio ávido, reverencial y devoto, no se rompió ni en el momento en que, impelidos por esa deidad, posaron su mano izquierda sobre la rúbrica de su dueño, dejando huella imperecedera sobre su carne.

 

En cambio, cuando los diez Waffen-SS elegidos de entre todos ellos comenzaron a devorar al primogénito del clan Yakuza Ingawa-Kai, a la vez que su amo entonaba, con su grave y aterciopelada voz, aquella bonita melodía, una lascivia necrófaga incontrolable se adueñó de la estancia…
 
En el asiento trasero del Mercedes SW 600 que les llevaba a Baden Baden, el Don cerró el manuscrito y dio un trago lento, saboreando con delectación la copa de Calvados. DonRa tenía la vista posada sobre los centenarios árboles que se cimbreaban a ambos lados de la carretera, intentando disimular la sorpresa que le había causado descubrir inopinadamente aquellos viejos y cansados ojos acuosos. Si no conociese bien al Commendatore se diría que estaba a punto de llorar.

-“En cuanto lleguemos al Kurhaus quiero hablar con ese muchacho… y
 vete planteando un cuaderno de rodaje. Quiero uno detallado el lunes próximo; localizaciones, actores, tiempo estimado…¿Dices que quiere dirigirlo el mismo? …ummm… no lo acabo de ver, ya hablaremos de eso… dispones de quince millones… un cinco por ciento para ti. Sin regateos”
 
  DonRa asintió. En su interior la máquina calculadora oxidada por una perenne falta de fondos comenzó a carburar como por arte de magia. Estaba seguro que podría hacerla con doce. Sólo necesitaba retocar levemente los presupuestos. Sumado su tanto por ciento, aquello subía a casi cuatro millones. Da Silva no vería más allá de unos cientos.
 
El Kurhaus era un edificio del siglo XIX construido por el arquitecto Friedrich Weinbremer donde ahora se ubicaba el casino. Anexo a el, un pequeño palacio, con solo varias decenas de habitaciones, serviría de base para toda la expedición. Las termas que se ubicaban en su sótano, y que ya disfrutase Caracalla en la antigüedad, iban a sufrir una segunda y todavía más mortífera invasión bárbara. Frau Taffelson, ascendiendo las escaleras que daban al gran salón, creyó reconocer a algunos de los miembros de aquella extraña tropa pero siguió conversando con la señorita De Poo, mientras tomaba nota mental de lo que veía. Uvita de Poo había pasado sus años de adolescencia en un internado de Rotterdam y en esa época fue donde entablaría algo parecido a la secuencia “amistad sexual/amor/amistad estupefaciente/desden”, por este orden, creo recordar, con un par de jóvenes, melenudos y estridentes, afectados por el virus del Nederbeat; Wally Tax y Leendert Busch. Aunque hacía tiempo que, afortunadamente, ya no los sufría, desencantada hacia su única obsesión, esa tarde noche actuarían con su nueva formación en el club del casino. Tax Free se hacían llamar. Aunque el nombre le desagradaba sumamente, pensaba ir a ver con que le sorprenderían.


Da Silva abrazó fuertemente a DonRa “…¡Lo hemos conseguido amigo mío!.. Y yo la dirigiré…”. A J. le pareció extraña la falta de entusiasmo de su amigo e inmediatamente advirtió que no todo iba tal como pensaba. “¿Qué te ocurre?”. DonRa encendió el enésimo pitillo y tras dos interminables caladas se lo tuvo que confesar; “Bueno, técnicamente la vas a co-dirigir. Un tal Doctor Albert Hell tiene que dar el visto bueno a todo lo rodado. Órdenes del Don”. El rostro del joven mutó al instante. “El viejo quiere que sea una coproducción con un socio suyo, un industrial riquísimo y playboy retirado. Sucks… no, Sachs, creo que se llama. Tiene experiencia en el negocio y quiere que su mujer sea la actriz principal”. Da Silva salió de la habitación dando un portazo y maldiciendo. DonRa, mientras tanto, intentaba olvidar el motivo por el que Herr Hell tuvo que aceptar que Donnie Siegel firmase su impactante “The invasión of the body snatchers” en un lejano 1956.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atardecía y en la sala mediana que separaba al casino del gran salón, una especie de coro infantil recibía a los invitados al son de una melodía pretendidamente hospitalaria. Si alguien se hubiese dignado en prestar un poco de atención habría visto algo profundamente inquietante en los ojos de aquellos niños. Una mirada brillante y perdida, que parecía fija en el horizonte, enfocada al chamán que los dirigía, el Markgrafen de Baden, Herr Heino. Gorostielles Karras y su acompañante eran los únicos que vislumbraban el infausto aquelarre que se avecinaba.

 

Cuando Da Silva entró en una de las suites del palacete ni siquiera reparó en lo que acontecía en ella, más allá de quitarse de encima a una narcótica Christa. “ Heeey …Yairou … mein spanisch lieber…”. La Päffgen vagaba, bailaba y volaba por la habitación –se podría decir que todo a la vez-, ante unos Lolo y Serge que no parecían dedicarle la menor atención. Extrañamente calmados, casi introspectivos, yacían tumbados sobre la inmensa cama. Sus rostros mostraban una placidez inusual, muy lejana al balbuceo etílico de los últimos días. Creyó escuchar una conversación acerca de la superioridad moral de la violencia sobre el esteticismo pacífico y acabó por concluir que el opiáceo debía ser de una calidad superior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abrió el cajón donde reposaba el manuscrito y lo introdujo en el maletín. Cuando salía por la puerta en dirección a las escaleras un grupo de gente enfebrecida le empujó hacía la suite contigua. Nada más entrar el fogonazo del flash de la cámara le deslumbró, notando el amargor característico que producía la psilocibina en su paladar. Sito y Parizione no paraban de reír…

 


 La azafata pelirroja era un ser mitológico con dos cabezas. En una de ellas, la que succionaba la boca de Mr. Bateman cual mantis religiosa, lucía un parche con una extraña insignia, similar pero distinta a la del IV Reich, muy parecida a las que solían aparecer en las películas de guerra que tanto le gustaban de niño. La otra cabeza sacaba la lengua, una lengua larga y de color malva, adivinándose sobre su extremo un diminuto puntito azul brillante que iba acercando a un maduro y alopécico caballero germano. Creyó reconocer también a un orondo y sudoroso Gert Fröbbe. Sonreía y de su mano iba asida una niña. Vestía ésta con el traje típico tirolés y los dos revólveres al cinto que imantaban su mirada. Eso fue lo que, curiosamente, le resultaría más bizarro de todo el viaje.  Sus dos largas coletas, de lazo amarillo, tenían la misma forma de una pitón, y su boca estaba atiborrada de bombones de chocolate. Un poco más allá, una mujer ruda y basta gritaba sin cesar, mientras el pobre hombre que llevaba a la extraña muchacha de la mano, parecía cada vez más pequeño e indefenso. Siguió mirando, estupefacto, asombrado, divertido, cuando al fondo de la sala, sentado en un sillón de cuero malva, un Daniele imperturbable le sonreía, mientras tocaba el Sitar. 

 Alrededor de él un grupo de desconocidos levitaba a casi dos palmos del suelo. Se agachó para comprobar si no era un truco. No hubiese podido reconocerlos, pero al menos las ridículas casacas que lucían sirvieron de algo.  Cuando se levantó pudo leer sus nombres, bordados en la pechera con letras góticas; Klaus Voorman, Wolfgang Dauner, Volker Kriegel, Ananda Shankar. No le decían mucho, pero al menos le pareció un detalle elegante, de gusto. Como él era un hombre educado les saludó. Atiborrado por la sucesión de imágenes extravagantes, entró al baño con intención de refrescarse y  una vez allí se encontró al Don -ataviado de una larga túnica en tonos magenta, bordada con sumo gusto- sentado sobre un WC de oro macizo, ocupado en firmar unos papelitos diminutos. Conforme los iba rubricando, de la inmensa bañera iban saliendo un grupo de enanos ataviados con el uniforme de la guardia mora, quienes los ingerían religiosamente y volvían a zambullirse, esta vez con un arpón en la mano…

 
 
Amanecía cuando sintió que los enanitos le arponeaban el rostro. Se despertó sobresaltado, lanzando golpes al aire, con intención de defenderse. A la derecha escuchaba la voz de Frau Taffelson; “… Vamos, Da Silva… Vaya viaje”. No podía despegar los párpados, parecían cosidos a su piel. Le escuchó comentarle a Uvita “…¿Le recuerdas Irina?…”. En cuanto abrió los ojos tuvo claro que no se iba a marchar. No mientras Uvita De Poo permaneciese en Baden Baden…

 

 

 
No le había costado tanto acostumbrarse a sus silencios. Aquella época del año, de actividad febril en redacción de informes, , multitud de cartas y una eterna cola de llamadas que devolver, parecía no ir con él excepto para añadir unas breves instrucciones:

-“El lunes por la mañana dispondrá una conferencia con Roma. Deje un resumen del estado de nuestras propiedades allá encima de mi mesa antes de marcharse. Mañana estaré ausente. Feliz Navidad”.

Pereza. Por marcharse. Y  cada año en aumento.

Siempre el mismo ritual, sin apenas digerirlo, todavía metido en las cosas del despacho. Vestirse, eso quizás era lo mejor. Pero aquellas dos horas más de coche a Osthoffen, aquellas mismas quejas, ese victimismo inane, los de aquí los que más. El acomodo incondicional, sobre todo a lo festivo y lo solemne, un poco menor para los temas delicados, de aquellos que nos visitaban. La camaradería crispada, dependiendo de la multitud de procedencias, ya no sólo familiares, sino del complejo entramado político, administrativo y militar de aquellos días, que dotaba a la reunión de un gran poder de recarga energética. En muchas ocasiones, tal vez excesivamente violentas. Pero eso no importaba, al menos ahora. Y sí, lo decía él, siempre había dormido tranquilo con todos aquellos informes a sus espaldas. Ahí estaría Frida, la podía ver frente a él, seguro quejándose mentalmente sin parar de estar devorada por el trabajo. Esa zorra no tenía ni idea.

  Al fin y al cabo, el problema residía en que las cosas en Stuggart iban bien, lo comprobaba cada día. De hecho, las cosas iban mejor que bien. Y ya estaba un poco harto de que las voces más altas viniesen de los que eran como él, los que no habían sido condenados, los que no se habían visto ante el juez, los que habían seguido exactamente igual con su vida.  El abuelo había hecho muy bien asociando sus yacimientos mineros con los Bosch, y con ello garantizado la supervivencia de la familia –al menos hasta la fecha- sobre cualquier Reich. Su padre nunca le permitiría tenerlo bajo sus órdenes en la Wehrmacht, así que durante sus años en las juventudes del partido ya había pasado mucho largo tiempo en la oficina. En realidad, ni siquiera en sus años en Berlín, donde pasó la guerra como Goldfasanen del Ostministerium, la desatendió. Pero todos los 23 de diciembre volvía a aquel pequeño cuarto. Aquel cuarto donde redactó tantas órdenes de Aktionen, donde revisó tantos dictámenes de Rosenberg, desde donde se certificaron todos los protocolos a seguir por todos aquellos que precisamente en días como aquel llegaban ahora de Argentina, de Brasil o de Portugal. Y estaba bien hacerles sentirse como en casa a alguno de ellos,  habituados a vivir agazapados todo el año, pendientes de toda novedad que perturbase la tranquila rutina. Le parecía estupendo el que disfrutasen de una noche en la Gran Alemania, con nuestra comida, nuestra cerveza y nuestras mujeres.

Pero que fuesen ellos, los mayores privilegiados, los encargados de enardecer a los presentes y mantener viva la moral le daba hastío. Llevarlos a un castillo, ponerse los uniformes y emborracharse juntos le llenaba de un ánimo que lo atemperaba. Las rencillas de antaño, el discurso apocalíptico tan alejado de la práctica realidad y los ataques de bestialismo ritual u otras salvajes reacciones de los que se veían más embriagados con la parafernalia, le daban pereza.


En la puerta del edificio apareció un Porsche 914 blanco del que descendió cuando un lacayo le abrió la puerta.

-“¿Has tenido un buen día, papá?”

El día, para él, todavía no había ni comenzado. Pero si había acabado lo que más le gustaba: la plácida semana en su piso de Stuttgart, su amante dos noches por semana, el cine siempre sólo los lunes y la clásica cena de compromiso de los jueves. El resto del tiempo lo dedicaba a acumular dinero. Los fines de semana se encerraba en su mansión de Baden Baden, de la que apenas salía a primera hora para correr hasta el parque -atravesarlo y volver- o para cenar ocasionalmente con sus vecinos. Pero estábamos en navidades y toda esa vida en la que nadie, incluyendo a su propia hija, acostumbraba a pronunciar su nombre se evaporaba. Durante los siguientes días no tendría más remedio que soportarlo -continuamente- en cenas, bailes y demás fiestas. Sobre todo esta noche, en la reunión alsaciana del Ordo Templi Orientis. Y el mero hecho de escuchar pronunciar su nombre al completo, Raphael “Mortaja” Von Taffelson, le hacía sacar lo peor de sí mismo.


Brigitte Von Taffelson también tenía sus motivos para estar nerviosa aquel día. Las suyas no eran cuestiones de identidad; nadie ignoraba su presencia en ningún momento. No podrían aunque quisiesen. Tampoco pertenecían al pasado, pues jamás en su vida se había sentido tan juvenil y divertida. Ésto, últimamente, la había acercado un tanto a Irina, aunque hubiese preferido mantenerla alejada de según qué cosas. Atrás habían quedado los primeros años en Stuttgart, encerrada en un piso mientras Ralphie trabajaba todo el día. Atrás quedaron también las largas temporadas en la residencia familiar en Strasbourg, por regla general sin gran cosa que hacer. Hasta que un año, ella y dos de sus amigas decidieron establecerse en Baden Baden,  jugando al bridge y atendiendo a sus maridos el fin de semana, yéndose de compras juntas los weekends a Paris o Londres, incluso a veces a Nueva York. Y a partir de este momento Madame Brigitte comenzó a vestir estrafalariamente a la moda, ya pasados los cuarenta, empeñada en machacar su cuerpo. Como si -según la maldad imperante entre el servicio desde hacía un par de meses- fuese a representar a la raza aria en los Juegos Olímpicos de Munich

 Y comenzó a salir, desaforadamente, rodeándose de gente atrevida, extravagante, divertida. Aunque nada tan extraño cómo la primera vez que se encontró a Irina en los servicios de aquel antro, en Rue du Seine, al que constantemente cambiaban de nombre. Entre ambas existía un código no escrito de ignorarse en la lejanía y ser efusivamente cordiales en las distancias cortas. Lo que sucedía entre ambas nunca tuvieron tiempo -no  digamos voluntad- de detenerse a tratarlo. A ése tan guapo de la orquesta ya lo había conocido en París. Era uno más del la larga sucesión de muchachos guapos que alegraban su vida en los últimos años, aunque éste era especial.

 
 
Precisamente el que estuviesen tan próximas las Navidades le ponía furiosa, pese a que este año contase con la presencia de algunas de sus recientes mejores amistades. Eso, al menos, iba a asegurar que aquello no fuese el mismo muermo de todos los años. Por fortuna Ralphie, junto a más miembros de su familia y numerosos allegados, tenía esta noche la misma cena de tarados nostálgicos de todos los años. Ésa de la que siempre volvía, pasado el alba, desmadejado.

 

  Tradicionalmente había sido siempre la noche en que las mujeres que pasaban allí las pascuas se reunían en el Casino. El único tipo de fiesta para la que Madame Brigitte no disponía de tiempo para derrochar. Esta noche sólo quería a Erick.

 

Apagó la luz del tocador. Llegaba tarde a la partida.
 
 

 

 

 

A Irina, por el contrario, le divertía acudir a la gala de mujeres del Casino. Se adhería al más joven de los corrillos -la mayoría de sus miembros todavía en el colegio- y escuchaba inalterable cómo unas usaban de su posición para pasar por el mundo a toda velocidad y otras se vanagloriaban ante las que se disponían a construirse un mero fortín a su alrededor. Sentía que con su familia le pasaba algo parecido. Su madre -frecuente, sino definitivamente ya- parecía haber olvidado que descendían de los landers más antiguos y nobles de Alemania, y su padre deambulaba por la vida casi avergonzándose por ello. A Irina, muy consciente de la grandeza de los Von Taffelson a lo largo de los siglos, tendía a pasársele por alto la historia más reciente. Coincidir con ella en una mesa significaba horas de aparente conversación banal, pero en cambio recurría a cualquiera a su alcance para, con presteza, lanzar un mensaje a terceros. Participaba activamente en todas aquellas correrías pero jamás se la escuchaba recordar alguna aventura, aunque sí era muy aficionada a interrumpir a cualquiera con una punzante daga que hiciese naufragar su relato. Como causante de esos eternos silencios incómodos no tenía rival, y por contra, sólo parecían ella o Don X. -otro que no era el más locuaz precisamente antes de medianoche- los que pudiesen retomar cualquier otro tema de conversación con naturalidad no precisamente espontánea. Pero nadie ponía en duda que realizaba su cometido de representar a la familia en sociedad por el mundo a la perfección -bastante mejor que su madre, justo es añadirlo- y, aunque el objeto final de esta tarea nunca ha llegado a quedarme claro, tenía todo el dinero que desease para lograrlo, además de un cargo de relaciones públicas en Porsche, otra de las empresas arraigadas al auspicio de la familia, quienes habían estado realmente amables esta mañana regalándole uno de los nuevos modelos. Los fabricantes consideraban que su mediación estaba contribuyendo a una consolidación en mercados en los que no habían logrado introducirse hasta la fecha. Incluso habían realizado un estudio de penetración de mercado. El resultado fue que la mayoría de los picos más altos de ventas se encontraban en lugares que a Irina le resultaban de lo más familiares. Eso, por supuesto, no le cogió por sorpresa. Aunque jamás hubiese soltado una palabra sobre coches en ninguno de ellos.

 

-“¿Por qué esta mañana nadie me ha sabido indicar cuál era mi despacho?” . Esas fueron sus únicas palabras de agradecimiento.

 

 Iris Von Taffelson -al igual que sucedía con el Commendatore– se preocupaba afanosamente de dejar constancia a todo el mundo que los  tenía a todos bien calados. Y en una noche para chicas, apenas necesitaba inspirar para conocer las angustias y los anhelos que se ocultaban tras las caras de todas aquellas mujeres. Su madre no se percataría de estas cosas ni preguntándolo y su padre miraría para otro lado sin dudarlo. Ella permanecería en la fiesta casi hasta el final.
Aquel fue el mejor mes de diciembre de su vida. Casi había olvidado por completo el contratiempo del asunto de la película. Contraviniendo su exagerado perfeccionismo y dejando de un lado la dedicación que en otro momento hubiese estimado innegociable, había decidido dejar de un lado el proyecto y transigir en el asunto de la dirección. En cualquier caso, pensó, la suma que DonRa dejo caer en la conversación le había parecido algo inmoral. Jamás soñó con algo así, así hubiese soñado varias vidas..

 

 

 
Respondió con otra a la sonrisas de Miss Taboo y Uvita, sentadas ambas en aquellas espectaculares butacas tapizadas de cuero rojo y siguió escuchando, un tanto aburrido, a un Michelone inusualmente dicharachero e indiscreto. En la pista de la discoteca medio elenco de Milano caliber 9 bailaba al son de una música vehemente y acelerada. Bárbara, una rubia espectacular, al parecer la estrella de aquella camada, era el inequívoco centro de atención. Con todo merecimiento sin ninguna duda, hubo de admitir para sus adentros. Un tipo fornido y pagado de si mismo, tampoco se necesitaba ser muy observador, se dirigía hacia ellos. Ataviado con una camisa de seda ocre impoluta y algo parecido a un pañuelo enorme anudado al cuello, la percha era en verdad imponente. Se presentó mientras se acomodaba en el sofa. “Hola, soy Gunther, me dedico a los negocios … Sí, una Diosa la Bouchet, lástima que B.B. me tenga ocupado a tiempo completo”. Vaya, pensó Da Silva, alguien que miente, para variar, chabacanamente, pero que en cambio sabe llevar un Foulard con estilo. Uvita de Poo y Miss Taboo saltaron entusiasmadas a la pista al escuchar las primeras notas de órgano…
 

 

 

La tarde después del la experiencia de hipnosis regresiva, con la cabeza todavía abotargada y la mente subyugada por la visión de aquella ninfa -no sabía aún del todo si real o efecto postrero del papelito sexto-, salió a la calle en busca de la calma para aclarar sus ideas. Ni por lo más mínimo pensaba en retornar a sus orígenes. Quería hacer aquella película por encima de todo. Si tenía que lidiar con otro impresentable más estaba dispuesto a hacerlo. Al fin y al cabo no era tan descabellado recurrir a ellos. Ganaría el tiempo necesario y si acaso tuviese que subastar al mejor postor sus escasas pertenencias -aquel legajo que llevaba bajo su brazo- ya se enfrentaría a ello más adelante.

 

Deambulaba por la Bernhardstrasse cuando tuvo que detenerse en seco. El automóvil casi le atropella. Se disponía a decir algo, más o menos airoso, cuando la reconoció nada más  bajar la ventanilla. “Hola … ¿Quieres subir?”. Tartamudeó algo que creyó un sí mientras se introducía en su interior. No conseguía que le saliesen las palabras. A él, un tipo que vivía por y para ellas. Se quedó mirándola extasiado. Le maravillaba y le enternecía a partes iguales esa suma de belleza clásica y la malevolencia juguetona que traslucía de su mirada. La serenidad no hacía más que otorgarle un último toque de distinción. En cambio le decepcionó un tanto que fuese acompañada más allá del chófer. Cuando uno de los dos caballeros de mediana edad le tendió la mano y se presentó sintió una rara mezcla de curiosidad y de ganas de estrangularlo;
-“Albertius… Albertius F. Hell. Dirijo películas… el es Luigi, compone música para cine…¿Usted es?”…
CANCIONES DEL CAPÍTULO
VOLKER KRIEGEL Zoom
HEINO Sayonara
CHILDREN OF THE MISSION Tears
CHARLES WILP Bunny
JONNY TEUPEN Mini Killers
JOY UNLIMITED I hold no grudge
ERICK SAINT LAURENT Le temps d’y penser
TERI THORTON Either way you lose
JC HEAVY Mr. Deal
OSANNA & LUIS E. BACALOV Milano calibro 9
 


 

    

 

 

"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972. (Parte 2ª) Capítulo VI

 
 
 La luz de la sala se encendió progresivamente. A Da Silva, recostado en una de las últimas filas, le había cambiado la cara. Se sabía el único espectador y no se molestó lo más mínimo en disimular su satisfacción. Estuvo a punto de aplaudir. Debía admitir que tal vez no fuese tan mala idea la participación del tal Albertius. Aquel tipo tenía sin duda el oficio. Y también la pericia. Aunque era evidente que era un trabajo de encargo, lo había resuelto con un clasicismo seco, cortante. Sin aquellos circunloquios esteticistas que tanto le molestaban y no sabía como eliminar sin amputar la película. Conciso y directo. Le perturbó un tanto la delectación en la violencia, ese soterrado sadismo latente. Pero, sorprendentemente, también era una de las cosas que más le había gustado. Su pulso estaba todavía acelerado. Permaneció un rato más sentado, meditabundo. Sí, definitivamente Albertius tenía el toque que el le pedía a un narrador de historias. Salvando las distancias, ese era el tipo de sensación que quería causar.
 
Tras las cortinas de un palco a oscuras, Don X. esbozó una imperceptible mueca de satisfacción. Aunque Da Silva aún no lo supiese ya estaba muy cerca de donde él quería. En la pantalla una frase en castellano que, absorto como estaba, no pudo acabar de leer. La palabra desaparecío del enorme lienzo blanco mientras sonaba aquella canción…
Don X. Le mostraba su impresionante colección de órganos humanos a un entusiasmado Herr Heino, un tanto azorado por la comezón incontrolable que afloraba en aquel músculo inferior que casi ya había olvidado que existiese en su cuerpo. Estaban las muestras depositadas en delicadas urnas de cristal de bohemia, de grabado y tallado profundo, perfecto. Heino mostraba un particular interés en los que se hallaban en la estantería de la derecha, aquella que bajo el epígrafe “SS Division Weissruthenien” contenía partes de su mentor y maestro, el comandante Bronislav Kaminski. Volvieron a su mente sus años adolescentes en el seminario diocesano de Traunstein y su historia, inolvidable, con aquel joven retraído, de inteligencia taimada y labios suaves. “Joseph, mein Joseph” suspiró nostálgicamente. La lengua recorrió su paladar y rememoró el sabor ligeramente salado y la densidad casi carnosa de aquella sangre que saboreó por primera vez en la defensa de la fábrica de la BMW en Traunstein. Ratzi, como le llamaba desde la primera noche en que descubrieron el placer nefando, se había afiliado, como él, a las juventudes hitlerianas a finales del 43. Pusilánime pero concupiscente, la lascivia hecha carne tras su máscara de retraimiento, el joven dejó indeleble huella en su corazón y, claro está,  en su cuerpo. Fue algo así como el pigmalión de su maestría en el arte de la dominación.
 
  Tras la guerra lo buscó, desesperadamente,  sin éxito. Hasta que tuvo que, con la ayuda de la organización Odessa, desaparecer rumbo a Paraguay, perseguido por Wiesenthal y otros caza nazís. Allí permanecería oculto, largos e infelices años, suspirando por el ausente objeto de su pasión, del que mucho más tarde sabría sus andanzas y ascensión en el escalafón de la iglesia germana. La operación que acabaría por deformarle el rostro, sometido a las manos de aquel nefasto y cocainómano cirujano, sólo sería uno más de los peajes en busca de su amor.

Absorto en sus pensamientos como estaba, el vozarrón del otomano le devolvió a la realidad. Acompañado por dos inmensos guardaespaldas, irrumpió en el despacho junto al que parecía ser el hombre de confianza del Don. El abrazo confiado, la naturalidad en el trato, el llamarle por su nombre –Michelone– así lo demostraba.
 

 Onur Elanoçi Serguajer “el emir del Ferner” se acomodó en la butaca y dejó a la vista, premeditadamente, la enorme mano izquierda, de la que faltaba su dedo meñique. El viaje desde su mansión de Köln le había fatigado, acostumbrado como estaba a impartir justicia a sus más de dos millones de súbditos. Con una cartera de negocios saneadísima y muy diversificada (Comerció de armas, trata de blancas, el control de los opiáceos en Europa occidental, construcción, etcétera) casi no le preocupaba nada, más allá de aquellos osados iraníes que ofrecían un producto esplendido a casi mitad de precio. Un enérgico gesto por su parte hizo que uno de sus acompañantes comenzase a hablar…

 
-“Nuestro muy querido Don. Me presento humildemente; Pedur Shaneri, doctor en economía por las Universidades de Princeton y Tilburg, consejero personal del muy grande y muy poderoso Emir de Fener, gran señor de los Turcos en Colonia. Guía y faro de Oriente en Alemania, Amo eterno de nuestro destino, el omnipotente Onur Elanoçi Serguajer”.

El Don casi se había perdido con tanta prosodia, pero mantuvo la mirada e inclinó levemente su cansada cabeza. Shaneri continuó;

“…Nos complace en grado sumo estrechar nuestras relaciones comerciales. Sabemos que controla el mercado del lujo en el mediterráneo septentrional y muy gustosamente accederemos a inyectar capital en varias de sus empresas a cambio del porcentaje que se nos ha ofrecido…”

  Michelone miró al Don. Solo bebía cuando las cosas marchaban a su gusto. Cuando observó la copa de Brandy camino de su gaznate supo que todo iba perfectamente y se relajó un tanto. Miró por el balcón que daba al patio mientras el turco seguía hablando…

 

Ya iban a dar las 9 de la mañana y apenas habían rabasado Strasbourg. Pensó que debían haber pasado por casa y cambiarse, antes de continuar camino de Baden Baden. Con un poco de suerte, ya que ambas habrían trasnochado también, conseguiría escurrirse por la mansión sin ser visto. No paraba de repasarse el uniforme y se sentía sucio, aunque no había reparado en todos los restos de sangre seca que trufaban su rostro y su dentadura. Abatido, despachaba con Sachs, en la parte trasera del Rolls Royce de éste, algunos asuntos que la efervescencia del encuentro había dejado en un fastidioso segundo plano:

-“Vengo observando cierta desatención de nuestros intereses por parte del Vaticano. Son muchos años tratando con Petrone, y es cierto que siempre hemos salido beneficiados, pero necesito respuestas y no obtengo más que aplazamientos. Su labor no tiene tacha, pero me consta se encuentra desbordado por el trabajo. Así que mandaremos a Ratzinger a que le eche una mano y así nos tenga puntualmente informados. Es extraordinariamente válido, y toda la vida ha sido su ilusión el creerse alguien importante allá en Roma. Y además evitaremos tan efusivos encuentros cómo el que ha tenido con Heino esta noche. Tuve ganas de arrancarles el corazón a ambos cuando les vi purificar la sangre de uno de aquellos pobres diablos sacrificados a lametazos. De acuerdo que todos perdimos los estribos con esto de la macumba, pero no hace falta que le recuerde cuales eran las directrices del partido respecto a ciertas conductas”.
Sachs asentía balbuceante. En realidad no había advertido todo esto que Herr Taffelson le estaba narrando, pero lo que no podía comprender era como aquel monstruo de hacía unas horas se había vuelto a convertir en el habitual ser apacible y meticuloso nada más entrar en el coche. No podía ser una simple baja tolerancia al alcohol -y habían bebido muchísimo-, tampoco lo había visto drogarse -pocos lo hacían la verdad, los provenientes de Sudamérica a lo sumo- pero había sido con creces el mayor de los exaltados. Su discurso fue comedido, excesivamente integrador para los más celosos de sus éxitos, pero es que en cuanto se bajó del estrado se convirtió en el promotor de todas las atrocidades. Y poca cosa había supervisado en realidad, no mucho más que aquella tarde que fueron juntos a Karlsruhe a seleccionar a las chicas. Él no ideó todo aquel museo de los horrores de las mazmorras, ni la simulación – excepto para la docena que la padecieron- de la cámara de gas. El no había traído a aquellos niños del Congo, pero fue el primero en abalanzarse sobre ellos con ojos desorbitados. El rito caníbal fue cosa de los de Brasil, pero él se convirtió en el maestro de ceremonias de todo aquello como si lo llevase realizando toda la vida. No había más que ver con que pasión desgarró aquel corazón todavía latente, y le hincó el diente con la misma violencia que cuando le arrancó el pezón a aquella camarera que les había servido los cafés. El estruendo de todos los asistentes pateando el suelo y voceando su nombre a la vez que diseccionaba aquellos cuerpos debería permanecer todavía en su cabeza, pero no, aquí le tenemos hablando del Vaticano y de tendencias vergonzantes. Aunque para vergüenza ya teníamos a la golfa de su mujer.

 

 
 
Clareaba cuando Erick intentó quedarse dormido, pero no le fue posible hacerlo completamente. Uno de aquellos movimientos de animal que ve invadido su territorio acabaró por espabilarlo. Se quedó observándola.
 
 ¡Aquella mujer era extraordinaria!. Y no sólo era guapa y sofisticada. Y también estaba podrida de dinero. Lo realmente importante es que se encontraba a gusto con ella. Aún así su inconsciencia aventuraba -y tanto, ya habían comenzado- innumerables problemas alrededor. Problemas que su natural desparpajo debería saber burlar, como así lo había logrado esa misma noche. Pero convendría permanecer un poco alejado, al menos durante las fiestas. En principio podía hacerlo sin mayor dificultad. Tendría más trabajo en las próximas dos semanas y sabía que debía invertir más tiempo en confraternizar con sus compañeros, especialmente con ellas,  que en codearse con la sangre azul.

-“No pienso presentarte a mis padres pero te invitaré a café”. Le dijo, al tiempo que abría aquellas magníficas pestañas y le clavaba una mirada gélida.
 

Brigitte salió de la bañera y lo primero que hizo fue echar mano nuevamente al bolso. Ni siquiera había deshecho el lecho y ya hacia una hora que había levantado de cama a Gabriella y Marguerite por si sabían algo. Algo tenía que haber pasado. Había percibido alguna mirada curiosa depositada sobre sus voluminosas posaderas, que aquel mono de cebra -con la espalda descubierta al completo- conseguía desafiasen la ley de la gravedad.

 No era posible que la hubiera plantado por cualquier corista de las que revoloteaban a su alrededor. Se había ido a cenar con ese director de cine – ¿italiano?, ¿germano?, ¿español?- que había llegado invitado por Don X. y tuvo obligatoriamente que ejercer de anfitriona; es decir, ser la primera en catalogarlo, con eso nunca se sabe. 

Posteriormente le acompañó al casino donde, tras soportar un interminable besamanos plagado de impertinencias, se tomó un par de güisquís -vaso ancho, un hielo, voz de estibador venido a más- con las chicas. Estas le rogaron que las acompañase a casa. Ni siquiera eran las cuatro de la madrugada cuando llegó. Se había pasado toda la noche furiosa, echando mano del bolso. Pero el baño, a pesar de no haber dormido, la había despejado y la hacía sentir engañosamente relajada. Estaba claro que ya no se iba a acostar y que ya no había porque seguir lamentándose, aunque su orgullo de mujer estaba herido, así que decidió bajar a la cocina a desayunar. Hoy no haría deporte. 

 
 

Ricardo Arbeloa, un terrateniente alemán con nombre español en su pasaporte, era consciente de la lucha perdida; la letal enfermedad alzaba el puño en señal de victoria. El único consuelo era la morfina que le inyectaba el jóven médico de Traful, el pueblo más cercano a la inmensa propiedad patagónica, y los recuerdos, fundidos en sueños, que generaba la droga. Esa noche, después de recibir la esperada y temida llamada telefónica desde Baden Baden, eran más numerosos y nítidos que nunca.

 
“¡¡Los papeles están en regla, puede pasar Mein Kommandant!!” – La barrera se alzó aún más rápido que los brazos de los soldados al compás del “¡Heil Hitler!”. Egbert “Harry ” Bateman se divertía observando el rostro de los soldados cuando adivinaban la firma del Reichsführer Himmler estampada en los documentos. Lástima no poder usar su juego de Leicas en aquellas instalaciones.

Fue el útimo control de los muchos que tuvo que pasar el pequeño Volkswagen Kübelwagen antes de penetrar en las entrañas de la montaña alpina donde se fabricaban los motores Heinkel de una de las Wunderwaffen, las armas milagrosas, el último suspiro de supervivencia de un Reich que se desmoronaba. En el todoterreno, además de él, viajaban tres oficiales con uniformes de campaña de la Waffen SS armados hasta los dientes. Uno de ellos, el de menor graduación, disfrutaba apuntando con su MP44 a los trabajadores eslavos que ensamblaban las piezas de un avión cohete. Harry se preguntaba qué diablos pintaba en ese lugar.

Harry, bautizado así por la Riefenstahl, a la cual le hacía gracia su apellido y orígenes británicos, era un prestigioso operador de cámara de renombre internacional gracias a su trabajo con la directora alemana. Ahora trabajaba para la revista Signal, jugándose el tipo fotografiando las escasas victorias locales de una Wehrmacht que agonizaba.

Lejos quedaban otro tipo de victorias; en el lecho de la cineasta y, sobre todo, en festivales de cine repartidos por todo el globo, donde se codeaba con la flor y nata del séptimo arte europeo y norteamericano. Ésta era la razón, sus contactos internacionales, por la cual fue escogido por el todopoderoso Reichsführer SS Heinrich Himmler para ser el espolón de proa de la operación Hoffnung. La pregunta de Harry pronto tendría respuesta.
 

  Había aprendido más en un mes con aquel tipo que en toda una vida de estudio. Ligeramente ausente, escuchaba divertido las incongruencias de Michelone, cuando aquella última frase le hizo prestar verdadera atención.

 
“Si supieses lo que en verdad le preocupa al Don desde el mismo día en que abandonó España… Un hijo siempre es un hijo…”.

En cuanto lo pronunció supo que no debería haberlo hecho, así que tomo la mano de Miss Taboo y se unió al grupo que danzaba desaforadamente en el centro de la pista pequeña.  Albertius, sentado en el taburete e intentando mantener el equilibrio, departía con su inseparable Soledad. Bueno, sí, también se podía decir que era un solitario, pero a esta Soledad en concreto todos la conocían allí como Susan Korda. Aunque la verdadera Soledad Rondón había muerto en un accidente automovilístico hacía ya un par de años, todas las mujeres que merecían la atención de Albertius se llamaban -al menos para él- siempre Soledad.  Era una mujer no exactamente bella pero con el poder de imantar a todo el que estuviese a su alrededor. Carecía de el aire decadente y malévolo de la original pero a él le valía. Medio gaditana, medio andaluza, a Albertius siempre le gustaba comentar -señal indiscutible de que ya iba borracho-  “…es familia de la Niña de los Peines…”. En cuanto lo vio acercarse hacia él abrió los brazos de una manera probablemente paternal, de fraternal camaradería alcohólica sin duda alguna.

“…J, el mejor de mis alumnos. Miradlo, sudando la camiseta como un cabrón. En la vida y en el trabajo no existe otro método. Veo que ya lo has aprendido”.

  Da Silva sonrió, nunca sabía cuando hablaba en broma y cuando en serio;

“ Sí, Jess… claro que soy el mejor. Aunque te has olvidado del pequeño detalle que no tienes a otro…Y si de mi dependiese…” dijo seriamente, aunque la media sonrisa delataba su tono burlón.

  Albertius rió de ese modo suyo tan característico. Estaba mucho más relajado desde que le había descubierto su verdadera identidad y sentía por el muchacho el aprecio que siente el maestro por su alumno más aventajado. La verdad sea dicha, el éxito de “Vampiros Lesbos”, su última película, y la posterior celebración en aquella sala, había ayudado en gran medida. Diríase que renacía, si tal cosa en verdad le importase. En realidad se llamaba Jesús, Jess para todo el mundo y Albertius para unos pocos. Aunque también le conocían como Frank, Wolfgang, Manfred, Jesse y mil nombres más. Un tipo de mil caras que podía haber sido muy grande, pero al que la grandeza no le interesaba lo más mínimo. Tenía un talento raro e inusual. Estajanovista y concienzudo en su trabajo, pero difuso y desastrado una vez lo tenía ya metido en su cabeza, una vez lo había visto en su interior. Era entonces cuando se despreocupaba por completo y pasaba a pensar en otras historias.

“…Has de saber que el éxito del artista se decide siempre en el punto de partida. El de llegada no suele ser más que la constatación de un logro…” 

Le susurraba a Da Silva, quién pese a no compartirlo en exceso, escuchaba y aprendía.

 Había trabajado como ayudante de Orson Welles en el exilio artístico de éste en España, succionando de él todo el oficio y todos los vicios. Cuatro años atrás todos hubiese dicho que se iba a comer el mundo con “Necronomicón”, pero eligió dar salida a sus desvaríos iluminados (rodando, eso siempre, con escaso presupuesto y cumpliendo plazos, algo muy apreciado en una industria supersónica, llena de tipos como Gunther y algunos otros bastante peores) que brotaban incontrolables de su imaginación. Rodaba publicidad, pornografía por encargo, películas a granel para distintos mercados. 

 

Lo que le encomendasen. Siempre siendo fiel a sus colaboradores y cumpliendo los plazos. Pese a lo inconsistente de su obra, en todas sus películas había al menos un plano, un diálogo, una idea, que resultaba brillante y genial. Además la pasión con la que lograba impregnar dichas obsesiones era capaz de dar una pátina de verdad a la mayor de las imposturas. Jairo sintió pena por él. Mientras todos alzaban sus copas celebrando el brindis de Gunther, Jess se sumó a los tres tipos que comenzaban a tocar en el pequeño escenario. Da Silva reconoció al guitarrista del avión mientras meditaba acerca de la frase que Michelone no hubiese querido pronunciar jamás.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
MANFRED HUBLER & SIGI SCHWAB The lion and the cucumber
JEAN PIERRE MIREUZE Sexopolis
LAFAYETTE AFRO ROCK BAND Darkest light
ROBB & DEAN DOUGLAS Phone me
ALESSANDRO ALESSANDRONI La notte del demonio
BRUNO NICOLAI The case of Bloody Iris
SEYHAN KARABAY Edali gelin
EUGEN THOMAS Undergroovin’
 
 

"LADIES FROM THE CANYON". AMALFI. Otoño 1971. ( Parte 2ª) Capítulo IV

  Octubre ya estaba a las puertas. Los últimos coletazos del verano se esfumaban a un ritmo casi mayor del que menguaba la chequera. DonRa la había recibido en el interior de un sobre lacrado, de manos de Michelone, la mañana siguiente de partir el Commendatore. Le acompañaba una pequeña nota manuscrita. Aquella caligrafía le resulto familiar en cuanto comenzó a leer, “pero no”, pensó, “eso” no podía ser posible. Los tenues y lejanos recuerdos que comenzaban a aflorar pronto se difuminarían entre el jolgorio y la molicie del gran salón.
 
La idea de abrir las puertas de Villa Boccacio a toda aquella tropa había sido divertida hasta la mañana en que el invertido de Mickey perdió el control del Ferrari. El desprecio con que Jackie acostumbraba a tratarlo dolía más a los espectadores de la comedía que a el mismísimo automovilista. En cambió su mejilla marcada para siempre con aquella cicatriz sería una carga a la que tendría que comenzar a acostumbrarse. Era en aquellos trances cuando DonRa más echaba de menos a Mr. Bateman y Charlas Bronson. No sabía cómo habían conseguido partir rumbo a Río con el Commendatore, mientras él quedaba al mando, no sólo de aquella cohorte de vicio y perdición, sino también de las posesiones del Don, siempre bajo la escrutadora y silenciosa mirada de Michelone. Aunque si quería ser sincero consigo mismo, las atenciones de la Bolkan y seis o siete señoritas más, junto a la irrupción de Lolo, La Garza y la pareja exiliada, le había procurado instantes tan divertidos como ver a Vittorio Gasman cabalgando a la Miles mientras recitaba a Dante, o una pelea de gallos entre Andrew Loog Oldham y Luchino por los favores de un narcotizado David Hemmings, mientras compartía vicio con el joven ayudante de Visconti, un tal Dario Argento. Las veleidades de la aguja casi lograron derrotarle, aunque aquella cama redonda con la Von Pallenberg y Nico no lo mereciese del todo. En cambio la cara de orgullo herido del tal Philippe y las chanzas de Lolo sí le parecieron recompensa suficiente.

Contaba con la ira inicial del Commendatore, pero confiaba en aplacarla de algún modo. Aquel legajo de caligrafía pulcra, ensuciado por restos de carmín y otras sustancias, arrugado por los chapoteos de los invitados en la piscina ovalada era bueno, formidable. Da Silva había plasmado, de un modo que llegó a asustarle, lo que yacía oculto en aquel crepúsculo hedonista que parecía tocar a su fin; La crónica de una era fagocitada, la ruptura con el desorden moral establecido, los vertiginosos cambios en las costumbres y una definitiva derrota del idealismo utópico que hacía inevitable la sustitución de valores. “Es sublime” pensó DonRa. “Aunque hay que vendérselo bien al Don”. En medio de todo aquel caos, un joven imberbe, escasamente viajado y que no podía conocer de la vida más que lo imprescindible, había aprovechado sorprendentemente bien sus cartas. Cual profeta había anunciado lo que estaba por venir.

  Mientras tanto, sentado en primera clase, jugueteando con el Tartare de atún que apenas había probado, el Don miró por la ventanilla del Jumbo que en esos momentos cruzaba el Atlántico. Parecía un buen avión el 747 estrenado el invierno anterior. Había hecho bien en comprarle aquel paquete de acciones a la ex del hijo menor de Charles McDonell. Su valor se había quintuplicado en menos de un año. Tal vez era exageradamente grande para el número de pasajeros pero le resultaba simpático y decadente volar mientras alguien tocaba un piano de cola. Y más todavía si éste era Sito, un crápula y talentoso pianista español al que había conocido en un club privado de Copacabana, mientras solucionaba lo de Jobim. Era todo un tarambana pero tenía gracia, enfundado en su americana de piel de leopardo y sus enormes gafas de concha siempre empañadas. Por su parte Mr. Bateman y Charlas Bronson compartían hazañas cariocas, mientras bebían el enésimo gin tonic olvidándose por un rato de los hermanos Baptista y de Rita Lee, divertidos pero agotadores. Ornella y Gino, una pareja italiana ensimismada, acompañados por el maestro Moraes, discutieron y se prometieron amor eterno no menos de cinco veces. Otras tantas se maldijeron, entre las intercesiones del anciano por que hubiese paz.

 

Aquello debía ser ya Madeira. Se giró levemente a su izquierda y le acarició el cabello justo en el momento en que se despertaba. “¿Ya hemos llegado querido?”“Todavía no, duérmete”. Se recostó sobre su hombro y preguntó “¿Es muy hermosa Italia?, “Sí, muy hermosa” dijo, apagando el cigarillo.

 

 

 
DonRa y Da Silva contaban con refuerzos recién llegados en el Espresso 824. Lolo Peruzzi y Rafaello Beato, dos viejos camaradas de la Dolce vita romana. El dúo se transformó en cuarteto, más madera para un renqueante Alfa Romeo y el viaje que les esperaba hasta el próximo punto de reunión, una siniestra silueta medieval que coronaba el monte vecino. El líder aguardaba y la paciencia nunca figuró en su tarjeta de visita. La macchina no era excusa.
Esta pequeña iglesia románica di Santa Maria del Carmine, encaramada en lo más alto del Montestella, era la X en el mapa, el lugar escogido por el Don para guiar a aquellos jóvenes elegantes por el Laberinto de los Compañeros, divertimento iniciático que causaba furor por esas fechas. Los canecillos del ábside, además de mirar directamente al sol naciente, a la Jerusalén celestial, representaban misteriosos símbolos cabalísticos que invitaban al juego. El Don, sentado en el atrio del templo, se dijo a sí mismo “Sí, la sorpresa está garantizada, este lugar lo tiene” mientras finiquitaba su primer cigarrillo Treause Black del día. La jornada no podía comenzar mejor… o eso creía. La carretera que conducía hasta la misma cumbre de Montestella era un infierno con forma de serpiente. DonRa, experimentado conductor en sus dominios norteños, se defendía como podía de aquel bombardeo de curvas, pero el resto de sus compañeros metamorfoseaban el moreno adquirido durante los últimos días en un blanco nuclear que no anunciaba nada bueno. Lolo fue el primero en regurgitar. Y, claro está, el efecto dominó no se hizo esperar. Concentrados como estaban en limpiar los restos de cornetto y capuccino de sus fulares de seda, no se fijaron en el pequeño Cinquecento que les seguía desde la salida de Castellabate. Eran las diez de la mañana, dos horas más tarde de la hora fijada para el encuentro, cuando la banda llegó a las puertas de la iglesia. El Don era un volcán (ya sabéis, tanto retraso no es compatible con la paciencia). Los gritos y discusión reinate eran la mejor pantalla para ahogar el clack de una recortada recien cargada y cerrada. La hora de la vendetta del viejo Comisario Gamba d’Oro había llegado. 

 

 

La vociferante discusión en medio del recinto sacro se detuvo cuando aquel trozo de carne sanguinolienta cayó a sus pies. Da Silva se fijó en ella sin dar crédito a lo que veía, mientras DonRa observaba con detenimiento al inglés blancuzco y amordazado, bañado en sudor -o lo que demonios fuese aquello- cuyos ojos, fuera de órbita, deseaban, suplicaban cerrarse para siempre. Mientras, un chorro de sangre brotaba de su entrepierna y los dedos de la mano derecha, aquella misma con la que embadurnaba a Gianni con ansia y deseo, no mostraban uña ninguna. Lolo y Rafaelle hicieron ademán de alcanzar sus pistolas. El gesto del Don les salvó, al menos momentáneamente. Dos calabreses cejijuntos les apuntaban directamente al corazón.

 “Bongiorno Commendatore” saludó Gamba d’Oro, surgiendo tras una columna, a la vez que la Garza empujaba el cuerpo tembloroso de Oldham hacia ellos. “Come stai, Beppe” respondió el Don, mientras se cepillaba la manga de la casaca de ante tostada, manchada por el alma y las babas de un tipo que deseaba morir de una vez por todas. Antes de que comenzase la conversación – afortunadamente para él- ya estaría muerto. Sus testículos, embutidos en su boca amordazada, junto al terror y el dolor que le inundaba, le había provocado un benigno paro cardíaco. “No pensaría que iba a estar dispuesto a tolerar ésto. ¿verdad Commendatore?”. “Por supuesto no iba a permitir que nadie utilizase a este desgraciado en contra mía”. El Don asintió levemente. “¿Utilizarlo?, No acabo de comprender”, aunque lo entendía todo perfectamente. Sus inversiones inmobiliarias habían colisionado con la ‘Ndraghetta.

  Gamba d’Oro sonrió del modo más triste posible y dejando la cesta que portaba en el suelo se marchó, desapareciendo entre la penumbra. Daniele, apoyado sobre el coche, entró por la puerta oculta que daba al Transepto, alarmado por la calma irreal y con su luger, herencia paterna, en la mano. Cuando llegó hasta ellos su vista se detuvo en la cesta. Se agachó hasta ella y descubriendo el trozo de tela húmedo que la recubría dio un respingo de sorpresa. La cabeza de aquel joven británico, que estaba siempre colocado, reposaba todavía caliente. Y recordó que Luchino le llamaba Andrea, Andy… 

 

 
Los ravioli preparados por las dos beatas tenían un aspecto excelente pero un nudo en el estómago le cortaba el apetito. No obstante, aquel aroma impregnaba de calidez la habitación, envuelta en una humedad insoportable, así que convendría probarlos. No había quedado más remedio, la única manera de llegar al aeropuerto, sin desvelar la procedencia, sería en un taxi enviado desde Salerno por la casa. Volando en un jet privado podría aparecer en su despacho esa misma tarde sin dejar rastro. A excepción de aquel pequeño escollo, que precisamente utilizaría de excusa ante Don X. a la hora de fijar a qué hora exactamente había abandonado Villa Bocaccio, todo marchaba más o menos bien. Aquello ya había sucedido en más ocasiones y no representaba mayor problema, pero había sido la compañía de aquel lunático lo que le inquietaba. Una cosa es que se te vaya la mano, y otra que sea en presencia de alguien, aunque fuese un tipo como aquel.
 
-“¿Acaso no tiene apetito Su Ilustrísima? Precisamente, su visita es un mensaje del Altísimo. Debo ponerle al corriente de ciertas cosas que he visto por aquí últimamente.”
  
El Cardenal Petrone alzó la cabeza.

-“Apenas tengo tiempo de felicitarle por las inmensas aportaciones que su congregación aporta a Roma, Padre Bongusto, pero dígame, ¿lleva usted ya muchos años al frente de esta parroquia?… Ummm…está deliciosa esta pasta… ¡no sabe usted la cantidad de cosas que se pueden lograr con sus cepillos!”

A continuación le miró fijamente, primero clavándole la mirada y luego descendiéndola pausadamente al tiempo que pronunciaba:

 “¿Ha estado usted en África alguna vez?.


Otra vez el mar. Estaba revuelto. Esta vez el ruido no procedía de la playa sino desde la piscina, podía ver la costa perfectamente desde allá arriba. Y otra vez los mismos individuos. Pero en esta ocasión el viento era desagradable y el sol ya no calentaba. La última vez se había dado la vuelta y había sufrido una súbita metamorfosis. Hacía ya más de un año de eso. Era de noche y las siluetas  resplandecían entre la penumbra. En cambio ahora, en pleno día, el panorama es desolador. Allí mismo había plantada una cama isabelina de uno de los dormitorios de la segunda planta. La reconoció por un aparador a su derecha similar al que solía guardar su ropa interior. Bateman, reclinado en ella, lo miraba admirado, examinándolo, a la vez que curioseaba por los cajones. Allá donde alcanzaba su vista no veía más que despojos. Líquidos, sólidos, humanos todos. Y entre todo aquello vio a Charlas haciéndole señales desde el aparcamiento. ¿Dónde estaría Don Ra? Seguro que chupándole la polla al viejo allá donde este estuviese. Al fin y al cabo, esa era su obligación. Y él había escrito algo, aunque fuese en estos últimos cinco días. Tenían que tomar un avión.

-“Hemos encontrado muerto a uno de los croatas”. Dijo Harry.


 
Las dos azafatas se miraron, perplejas y divertidas, en lo alto de las escalerillas del 747 por donde aquella tropa accedía a la nave. Les parecieron -y no podían ni imaginar lo atinadas que estaban- el remedo de un casting de superproducción erróneo, equivocado. Se acordaron de nuevo de la última noche, insomnes, invitadas a una gincana imperial por dos chulazos canallas a los que habían conocido en el vuelo que las había llevado hasta allí. ¿El motivo? cualquiera. En esta ocasión una farra decadente y divertida, homérica, en un lujoso apartamento de la Piazza Cavour, en pleno Barrio de Priati. Pensaron que Charlas y Harry debían ser inmunes al cansancio, la noche parecía insuflarles nuevos bríos. Viendo el percal, en unos minutos se hicieron una somera idea de los especimenes que iban a tener que encontrarse. Guisseppo “El cisne”, que en ese momento salía de una habitación, llena de un humo denso y de todo aquello que éste no dejaba advertir, les dio algo discretamente, “Tomad, esto os ayudará. Una ahora y otra cuando penséis marcharos”. Eran unas cápsulas de color rosáceo. Les ordenó también que se presentasen a las diez en el aeropuerto, impolutas y puntuales. Ambas cosas las hicieron sin rechistar.


   Lolo y el francés orejudo, abrazado a él, tambaleante, le guiñaron un ojo a la pelirroja. A la vez que cogían la copa de champagne, inevitablemente derramada en más de la mitad sobre ella, musitaron algo ininteligible, no supieron las muchachas si saludo o rebuzno. Detrás de ellos toda esa plétora de viejas glorias, wannabies, pendencieros demacrados, seductores de tercera y buscavidas agazapados; Da Silva, absorto y taciturno, no se separaba del manuscrito. Iba tras la pareja de crápulas franco-gallega, mientras Daniele, con su sempiterno libro en la mano, se quitó las gafas de sol y sonrió tímidamente.

Monsieur Lafleur, con la promesa de la Duchessa de hacerle una visita el mes próximo, se había animado a la excursión y conversaba animadamente con una espectacular y radiante Nuvola. Esta, con un delicado pañuelo a la cabeza y luciendo un precioso vestido estampado de Givenchy, precedía al misterioso dueño del Ristorante Borgia, su marido. Sin el mandil ni las aburridas y rutinarias tareas del ristorante, daba la impresión de ser otra persona. De un negro impoluto -cisne y pitillos rectos- y unos Crockett & Jones hechos a mano, semejaba un ángel de la muerte investido de una misión. Su cinturón de cuero trenzado con una hebilla de motivos aztecas y el imponente medallón hexagonal de plata no hacían más que acrecentar tal impresión.

 
Ya en el interior del Jumbo, achispado y moqueante, Sito Santisteban les daba la bienvenida a todos, acariciando el piano con una mano y con un whisky largo en la otra. Un pálido y relamido muchacho tocaba la guitarra. “Sigue tocando Sigi, tengo que ir al baño” dijo Alfonso, dando una profunda y larga aspiración a aquel montoncillo blanco que rebosaba sobre la tapa del Steinway negro. Aún no se había dado la vuelta cuando Serge y Lolo ya daban buena cuenta de lo que restaba. En ese momento apareció el comandante del vuelo, que volvía hacia la cabina procedente del w.c. La imponente Bávara que ejercía de segunda de a bordo, se acicalaba nerviosamente el cabello, satisfecha, mientras del escote de su blusa todavía se adivinaba un busto casi perfecto. El comandante, un atlético colombiano de mediana edad, imperturbable y con una mirada que atería más que el viento que soplaba en Fiumicino, comentó displicente; “No se me apresuren, no van a acabarla”. La gente, alguna gente, comenzaba a ponerse nerviosa.

Por megafonía escucharon como el comandante Angelo Parizione les anunciaba que los últimos pasajeros estaban subiendo a bordo. Justo cuando decía gracias, disculpen las molestias” un ojeroso Michelone, con las venas del cuello hinchadas, se aposentaba en una de las dos butacas de la derecha, mientras dejaba su Steyr GB en el primer cajón de la cómoda Deskey, tras haber vacíado el cargador. Miss Taboo iba justo trás de él. Aunque las enormes gafas de sol que portaba pretendían disimularlo, había llorado recientemente. No obstante se sentó junto a él, acariciándole la mano. Levemente primero, más fuerte poco después. La yugular de Michelone dejó de marcársele a los pocos minutos.

DonRa y el Don, flanqueados por Rafaelle y La garza parecían discutir de negocios. Cuando el primero le pasó la mano por el hombro, no hizo falta ni un gesto del Don para que aquel la apartase como si hubiese sufrido una descarga eléctrica. Siguieron la conversación en el priveé antes de comentarle algo al comandante Parizione. La sotana roja que les seguía, cuyo portador, con la ojos inyectados en sangre no era otro que Sua Eminenza el Cardenale Davide Petrone, pasó inadvertida a todos menos a Daniele. No era tan tonto como para osar mantenerle la mirada. Y se quedó pensativo, acariciando su voluminoso libro de tapas doradas.

En unos instantes partirían hacia Roma…
 
Fin de la segunda parte.
CANCIONES DEL CAPÍTULO 
WANDERLEA Vou lhe contar
SIGI SCHWAB Necronomicron
PETER THOMAS SOUN ORCHESTER The world is gone
SOLUZIONE DUE Fulminato
LA METAMORFOSSI Scusa
DOMENICO MODUGNO Mafia
ARMANDO TROVAJOLI La decisione
 
 
 

A partir de este segundo capítulo los personajes relacionados serán sólo aquellos que aparezcan por primera vez en el episodio.

 

CHETTIE
Heroinómano. Músico. Genio. Antaño todo eso pero en el orden inverso. También fue el más hermoso príncipe del West Coast Jazz. En la narración, aunque desdentado y un tanto esquelético, todavía mantiene un halo de misteriosa hermosura. Subsiste como buenamente puede, tan solo preocupado por la próxima dosis. No obstante, muy de vez en cuando, es capaz, con una sola nota, de recrear el paraíso.
SILVIO

Personaje cómico, emprendedor y de peculiar talento artístico. Director de una orquesta insensata especializada en cruceros para americanos, del Tirreno al Adriático. Playboy de geriátrico ávido de fortunas, tiene un talento descomunal en el arte de embaucar ancianas. De aspecto cómico, es bastante más inteligente de lo que se suele pensar. Ahí es donde cobra ventaja.

DANIELE

Vigía infalible, aunque a menudo parezca absorto en la lectura. Sus decisiones en la vida obedecen a chasquidos bajo su poblada melena rizada. Cuando a través de las patillas estas ideas le llegan al esófago, sabe que está en el camino correcto. Un camino que, como las tortuosas carreteras amalfitanas, pocos secretos esconde ya para él. Todo un corredor sin fondo de la medianoche

LA GARZA

También conocido como el Comisario Gamba d’Oro. Salerno, independientemente de ser un lugar tranquilo y seguro -o no- debe, principalmente, parecerlo. Y él se encargará de controlarlo todo desde su inmensa humanidad. Una humanidad que también sufre, siente, y -aunque ustedes no lo crean- goza con homérica abundancia.

 
ROBERTO

Único hijo del Comisario Gamba D’Oro. Con inquietudes artísticas y de “sensibilidad” exacerbada. A menudo chocará con el recio y tradicional carácter de su progenitor. Con estudios realizados en Turín, aparecerá asesinado. Mantiene un idilio con un productor y manager musical británico, a quién la Garza culpará de todas sus desgracias, tras venir rebotado de una experiencia anterior.

 
ANDREW

Apellidado Loog Oldham. Aparece por Italia con unos barbilampiños y cejijuntos jóvenes ingleses, practicantes de la así llamada música del demonio. Elegante y discreto, su pasión  le acarreará un cruento final.

 
BILL

Miembro del grupo representado por Andrew. Siempre en un segundo plano, de virilidad enorme –al menos en cuanto a tamaño-, su rostro caballuno y su escaso don de gentes harán de él uno de los más misteriosos e impopulares bajistas de la historia del rock.

 
GIANNI

Joven cantante italiano. Rubicundo, jovial y de aspecto angelical, experimentará con la nueva sensibilidad del mismo modo que otras veces se mantendrá fiel a la tradición. Voluble y simpático.

 
ENZO

Heredero del creador del mítico “Cavallino Rampante”. Conoce a Roberto en la Universidad de Turín. Allí le iniciará, entre otras cosas, en el placer nefando.

 
BORGIA

Hierático posadero que esconde un pasado sorprendente. De pocas palabras y renuente a la acción, permanece en estado letárgico en un bar de la Costa Amalfitana. Observador del devenir de las cosas.

 
CAETANO 

Joven Brasileño, hijo de una acaudalada familia y con un talento musical desbordante. Es una de las inversiones del Don en el nuevo continente. Su carácter rebelde e inconformista dará al traste con las expectativas de aquel.

 
ANTONIO CARLOS

La cabeza de puente de las inversiones del Don en el mercado Brasileño. Compositor inventivo, fresco y sutil, triunfará en Estados Unidos adaptando su hallazgo al interés de la clase media Americana. Una inversión de escaso riesgo y alta rentabilidad.

 
LOUJLO PEROULOVIJC

Personajes irrepetibles de este calado ya no se dan hoy en día. Un hombre en el que lo imprevisible ha tomado acomodo para quedarse. Esto, cierto, lo podríamos decir de casi toda la rimbombante galería de alacranes que bandean por nuestro relato. Imposible saber nunca lo que hará en los próximos diez minutos. Lo que es seguro es que se encontrará en el epicentro de la diversión. La búsqueda indómita del placer es su única constante. Sin siquiera saber gobernarse a sí mismo, el mundo es su predio, su reino.

SERGE

Músico y compositor francés, de aspecto extravagante y genio incontestable. Hombre permanentemente pegado a un Gitanes. Alcohólico y sentimental. Tremendamente tímido, es capaz de pasar de la felicidad absoluta al total abatimiento. Enamorado de Brigitte, posiblemente lo único que quiso tener, y no pudo, en esta vida.

 
DAVIDE BONGUSTO

Párroco de Santa María Assunta de Positano. Devoto hombre de Dios. Recto y severo. Preocupado por hacer el bien. Un bien tal y como le ha sido enseñado en el seminario; Con temor a Dios, justiciero e intolerante con la disensión.

 
CARDENALE PETRONE

Altísimo cargo de la curia romana, muy bien relacionado con el poder económico por ser el Presidente de la Banca Ambrosiana. Su reverso tenebroso, príncipe del mal y la depravación en la intimidad de los deseos, tal vez se haya visto acendrado con el tiempo por un experiencia traumática. Una experiencia en su época de joven misionero en Abisinia, que acabaría con el único amor que tuvo, con su ingenuidad y con su fé. Muy de vez en cuando todavía sueña con Doris.

 
ANTOINE LAFLEUR

La ecuanimidad personificada. El saber estar en el país de los brutos. Un servidor -pero jamás servil- fiel y caligráfico. La calma chicha que sigue a la barbarie, el observador de lo inapreciable. Otra de esas personas de excelente conversación pero que prefiere emplear el silencio como discurso, pese a que sin duda recuerda la historia mejor que cualquier otro personaje.

 
DUCHESSA ZELIA

Aristócrata poco apegada a la vida social y a los lujos, acaso por tenerlos desde muy niña. Dedicada a los libros y la conversación sobre literatura rusa del Siglo XIX, disfruta mucho de la compañía de Messieur Lafleur, espíritu delicado y esencialmente bueno.

 
PHILIPPE

Impresentable joven actor francés. De personalidad errática y caprichosa, aparece en una barcaza en compañía de Christa Päffgen, modelo, semi actriz y seudo cantante, un neblinoso amanecer agosteño. 

 
SOFIA

Hermosísimo espécimen de mujer, hábil en la esgrima de la doble moral y lasciva en grado sumo. La favorita del Don, con la que mantiene algún placentero y esporádico encuentro. Siempre ávida de los réditos que todo ello le pueda procurar.


ANGELO PARIZIONE

Capitán de la aeronave del Don. De origen italo-colombiano, es el encargado, además de trasladar al Don y sus invitados, de velar por los intereses agrícolas de éste en la América andina. Tipo solvente y con recursos.

TITO
Alfonso Santisteban, músico, pianista, vividor, ludópata y mil cosas más empleado por Michelone para amenizar las fiestas del Don.

NEUS
Elegantísima dama, compañera de Borgia y retirada con éste en Amalfi.  Antigua modelo y musa de Givenchy.

GUISSEPPO “El cisne”
Dueño, en sociedad con el Commendatore X., de varios de los Night-clubs más concurridos de la noche romana. Recluta jóvenes como atrezzo, diversión o lo que se tercie para todo acto social necesitado de belleza, ambiente refinado y cosmopolitismo. No le hace ascos -ninguno- al crapulismo, aunque intenta mantenerlo oculto.

VITTORIO
Excesivo y  seductor actor italiano. Habitual en las fiestas de Villa Bocaccio. 

DARIO
Argento. Ayudante de dirección de Luchino. Ducho en reflejar el terror de lo cotidiano, la pintura de Hopper y obsesionado con el plano racionalista. De ojos saltones y mirada huidiza, suyas serán varias de las obras maestras del llamado “Giallo” italiano.

DAVID HEMMINGS
Amigo de Dario, con quién rodará su obra maestra “Profondo rosso”. Amigo de los protegidos de Loog Oldham y habitual también en Villa Bocaccio.

HERMANOS BAPTISTA Y RITA LEE
Componentes de Os Mutantes, la ramificación del Don en la Psicodelia sudamericana. Tremendamente creativos e inevitablemente dispersos. Muy interesados en la nueva teoría de la percepción. Para ello se empeñan en deglutir, incansablemente, Lindos Sonhos Delirantes, ingeniosa frase cuyas iniciales sirven como acrónimo para su medicina.

ORNELLA Y GINO
Pareja de italianos fatalmente enamorados. De carácter irascible. Cantantes sublimes, su obra es ejemplo máximo de aquello conocido como “El síndrome de Stendhal”. La belleza transida, agotadora.

MAESTRO MORAES
De nombre Vinicius. Poeta brasileño e ideólogo de lo que se vendría a llamar “Bossanova”. Su disco con Ornella y un desconocido guitarrista conocido por Toquinho será algo de otro mundo. Uno, desde luego,  mucho mejor.

RAFAELLE BEATO
Sicario y escudero de Bateman. Aunque su nombre lo intente enmascarar, de origen español. Pendenciero, osado y peligroso.

ANITA VON PALLENBERG 
Una máquina del vicio. Amiga y compañera de uno de los de la banda de Andrew. Traspasar.

MICK
Eterno aspirante a aristocrata a través de un voluntarioso remedo de malencarados aullidos gatunos con fondo eléctrico.  

SIGI

Jovencísimo guitarrista alemán, amigo de Tito y a quién suele acompañar en sus intervenciones.

 

 

 

"LADIES FROM THE CANYON" AMALFI. Otoño de 1971 (Parte 1ª) Capítulo III

 
 

 

AMALFI. Otoño de 1971

 
Llegaron a Salerno a media mañana. Howard y Deidre tenían, por encargo del padre de ella, algo parecido a una comida de trabajo con un par de caballeros -unos tales Ponti y Di Laurentis, dijo Howie– que al parecer deseaban establecerse en Hollywood. Mientras bajaba por la escalerilla que daba al puerto privado, a Jackie le dio un vuelco el corazón. Lo reconoció de inmediato. El rostro, hacia diez años cincelado por el mejor escultor, estaba ahora lleno de arrugas y de su boca apenas se podían percibir tres o cuatro dientes. De su mano izquierda el maletín de cuero, aquel donde estaba guardado lo único que lo asía a la vida.
 
-“Chettie”, alzó la voz, pero aquel, ausente, descendía a toda prisa del crucero de recreo, repleto de turistas americanos, huyendo de un vociferante italiano, moreno tostado y de sonrisa fatua, que parecía increparlo de un modo particularmente zafio; “Va fanculo, io sono il grande Silvio, il signore Berlusconi, la Star de la orchesta. Subito, dove vai?”.
 

DonRa y Da Silva se encogieron de hombros y subieron al Alfa Romeo 33 Stradele, un tanto apretujados por ser un dos plazas, y sin poder reprimir un silbido de admiración. El automóvil, de un rojo escarlata, era precioso. Daniele, hierático y silencioso, apartando la vista del  libro de Patricia Highsmith en que estaba enfrascado, se presentó ante ellos y les hizo saber que les esperaban a comer en Positano. Tenía la frente despejada, unas patillas prominentes y un halo romántico que su mirada triste acrecentaba. Anduvieron subiendo la carretera de la costa durante más de media hora. Una costa -“La costiera Amalfitana”- que en los próximos meses les iba a ser muy familiar. Absortos ante tan bello lugar, no atinaron a decir palabra. Tanto el paisaje como la fauna que lo poblaba era imponente. Villas, jardines, hombres y mujeres parecían elegidos especialmente por su prestancia y belleza. Ambos, sin decirse palabra, habían pensado en lo mismo. 

 

Cruzaron Vietri, Maiori, Amalfi y Praiano. Ambos lados de la carretera que los llevaba estaban, por aquellas fechas, casi a finales de mayo, llenos de vida. Admiraban lo que veían mientras una brisa reparadora les daba de frente obligándoles a entornar los ojos. Daniele puso un poco de música en el estéreo del auto y les preguntó de que color preferían que fuese el esmoquin.
 
 
La vida no había sido buena compañera de viaje del Comisario Gamba d’Oro, no. Duro y disciplinado, el viejo carabiniere juró vendetta contra todo y contra todos aquella soleada mañana siciliana que la corriente del estrecho se llevó a Gianni, su único hijo. Nunca se aclararon del todo los hechos de su muerte, ni en la posterior investigación oficial ni, mucho menos, en la enfermiza mente del lobo herido. El informe habló de un desafortunado accidente, un accidente que tenía sombras no del todo aclaradas… y éstas cobraban forma en su imaginación cada día que pasaba: No podía borrar de su mente a la pandilla de jóvenes turistas británicos, aquellos que durante los días felices del verano del 67 compartieron con su hijo algo más que botellines de cerveza y nobles e inocentes ideales propios de tan floridos años. No existía antídoto para el veneno que devoraba su alma con la sospecha de una incipiente homosexualidad de su ser más querido, y eso era casi peor que la propia pérdida.
 El paraje, un hermoso y tranquilo pueblo de pescadores, fue obligada escala en la ruta de DonRa y Da Silva. El Alfa Romeo empezaba a dar alarmantes señales de fatiga en forma de un humo cada vez más denso. También Casteballate –así se llamaba el pueblecito- era el lugar donde, años atrás, había escogido como retiro profesional el Comisario Gamba d’Oro. Nada bueno podía salir de aquel cruce de caminos donde coincidirían nuestros amigos y los cada vez más perturbados recuerdos del viejo carabiniere.
Los iracundos jóvenes británicos venían con los bolsillos llenos. Habían renovado su contrato con la Decca y querían celebrarlo de manera apropiada. Llevaban ya unas semanas en ello y no iban a parar. A su manager, una especie de preceptor de nombre Andrew, no le hizo mucha gracia todo aquello, al menos al principio. Tenía que mantener cierta disciplina y estaba enojado porque Mick no respondía a las carantoñas que le dedicaba, una vez había cerrado ya la operación. Brian, otro de ellos, también le resultaba atractivo, pero andaba siempre tan puesto que el manosearlo, pese a no quejarse casi nunca, era como palpar a un muerto. La tarde que Bill apareció con Gianni fue la más feliz para Andrew en mucho tiempo. Congeniaron inmediatamente y el joven italiano atendía solicito y agradecido todas sus atenciones. Al principio estas fueron simples tanteos; embadurnamientos de crema solar, juegos y empellones sobre la arena -de esos que pretendiendo ser viriles no hacen otra cosa que acendrar lo obvio- y confesiones entre salitre, sudor y risas. Desde su etapa de A&R freelance allá por el 64 no se sentía tan dichoso. Al igual que en Londres por esa época, en Amalfi no lo conocía nadie y en su mente cabía sitio para imaginar que el flirteo no era interesado ni egoísta. Gianni también tenía veleidades artísticas. En contra de la opinión de su padre carabiniere había dejado de lado sus estudios de arquitectura en la universidad de Turín. También, desgraciadamente, a su amado Enzo. Había llegado a grabar un sencillo, otro juego más dedicado a irritar a su padre. La situación cada vez era más sofocante.

 

 
Desde su llegada a Amalfi, más concretamente a lo largo de su atribulada existencia, aquello era lo más remotamente relacionado con la palabra trabajo que Michelone había conocido. Todos los días excepto el domingo, a eso de las diez de la mañana e independientemente de la hora en que se hubiese acostado, se sonreía ante el espejo, besaba a una adormilada Jenny en la frente y pilotaba su Lambretta GP 200 desde lo alto de la Via Sopramare hasta el puerto de Salerno. Una vez allí se sentaba en una silla de madera del Ristorante Borgia, regentado por un afable emigrante -mejor dicho exiliado-  murciano afincado en la localidad. Charlaba un poco con éste en el momento que, mandil de rayas en ristre, le servía su primer rosado del día y su cichetti y con su dulce esposa Nuvola, en el momento que ésta llegaba con el pescado del día aleteando en su cesta. También cambiaba impresiones con el orondo carabiniere Michele, conocido como La Garza, por medio del cual se enteraba de todo aquello que sucedía en Nápoles, quién desembarcaba en Capri o que había sido sustraído en Sorrento. En definitiva, cualquier información susceptible de interés en cierta villa de Positano. Además, como a todo integrante de las fuerzas del orden que se precie, convenía tenerlo controlado para que no sucumbiese a determinadas tentaciones. Esas tan humanas y corrientes en el trajín de cualquier puerto aunque fuese aparentemente tan insignificante como el que nos ocupa. Y así fue como, distraídamente, siguió el desapacible desembarco de los turistas y al reconocible grupo de nuestro velero. La Garza, sentado a su lado, seguía el contoneo por la pasarela de la muchacha de pelo pajizo mientras, enjugándose la frente, comenzó a contar cierto rumor sobre la putana  de la esposa del signore Ponti, quién por lo visto se encontraba por la zona  junto con el signore De Laurentis. Asuntos que a alguien cómo Michelone no le eran ajenos.
Lo que no estaba dispuesto a admitir el carabiniere Michele “La garza” era que el rumor fluía, como casi todos, interesadamente. La mujer de Ponti había tenido numerosos flirts, el más sonado con un rico heredero metalúrgico, vasco de raíces anglófilas, pero también hubo uno, años atrás, tórrido y fugaz con el agente del orden que ahora mismo se mecía sobre la silla acariciándose la acicalada melena. “Me confesó el jardinero anoche, medio borracho en el calabozo por amenazar a su cuñado, que la mujer de Ponti le canta canciones al Commendatore X, vestida solo con una combinación negra de encaje hecha a mano, mientras él le acaricia las nalgas y silba la melodía”… 
 

 

Fue el de 1971 un verano verdaderamente rutilante. Por una temporada parecieron quedar lejanas todas las zancadillas que el pasado solía depararles y únicamente podían pensar, muy de tarde en tarde, en lo inasible de la felicidad. El Commendatore X los recibió con un opíparo banquete. Tras departir con ellos amigablemente, como aquellos antiguos camaradas que una vez fueron, tuvo que salir urgentemente con destino a Río de Janeiro, donde sus inversiones le estaban causando serios problemas; Caetano, su próxima mina de oro en sudamérica, había decidido convertirse en el líder de un movimiento contestatario de jóvenes pudientes, arremolinados y enfrentados con la dictadura de Tancredo Neves. Para terminar de arreglarlo, había dejado embarazada a la hija de Olimpo Mourao Filho y escapado con ella a Europa, dejando el disco a medio terminar. Además, y debido a la compañía habitual de una tropa de desarrapados que se denominaban Os Mutantes, habían descubierto un engendro denominado psicodelia y con ella unos secantes diminutos que, jocosamente, llamaban “Lindos sonhos delirantes”. Todo esto le había llevado a cortar tajantemente con la acicalada y muy rentable Bossanova. Mal asunto.
 
  Por otra parte Antonio Carlos estaba en Los Ángeles, tras haber grabado una serie de discos con Sinatra para su nuevo sello. Reprise lo había llamado el italiano bajito. Al Don le hizo gracia desde el primer día que lo se lo oyó comentar, en la época en que ya andaba a palos con Glenn Wallichs y la Capitol. Su anciano padre llamaba así a la mejor de sus bestias de trabajo, una mula pintona con más años que su artritis crónica. También sabía que cualquier asunto de negocios con ojos azules terminaba por generar problemas. Había dejado a sus nuevos amigos en la suntuosa Villa Bocaccio, el paraíso en la tierra. Ya tenía ese nombre cuando la compró, a finales de 1963, a un arruinado Príncipe Piamontés. Verdad o leyenda, le dijeron que el nombre era tal porque Giovanni Bocaccio había escrito allí parte del “Decameron”, y que en él incluso se hacia alguna alusión a la propiedad… hermosas leyendas.
 

  Por unos instantes envidió a la pareja de advenedizos que había dejado otra vez atrás. En Villa Bocaccio cada uno de los atardeceres parecía nuevo; Las fiestas temáticas, de bullicio espontáneo, estaban pobladas de gente interesante y de gente interesada, de artistas de recreo ocioso, de millonarios aburridos y de buscavidas como ellos, aunque sin la fortuna de haber topado con un mecenas generoso. Cosmopolitismo a granel, proyectos de jóvenes maggioratas recién desfloradas, justo antes de emanar su instinto natural,  ese que se halla a medio camino del materno y del militar, y que las italianas suelen acendrar y perfeccionar con el tiempo. Modelos de Palmolive, turgentes y sicalípticas, ricas herederas en busca de alguna experiencia, vampiresas en horas bajas y observadoras arpías siempre avizor. Lo mejor de cada casa.

 
  Por primera vez en su vida no tenían que preocuparse por el dinero. Tenían carta blanca, servicio a horario completo y una flota de hermosos automóviles, coquetos yates y repletos roperos junto a una chequera con treinta de aquellos papelitos incólumes. Papelitos en los que arriba a la izquierda figuraba Banca Ambrosiana, todos y cada uno de ellos rubricados por el Don, a la espera de que DonRa los rellenase con las cantidades pertinentes. La segunda o tercera semana, ya bien entrado junio, apareció por allí Loujlo Pelourovic. Ni remotamente se llamaba así, saltaba a la vista. Simplemente, como los camaleones más audaces, se había adaptado al medio.  Descendió de un Rolls riéndo estruendosamente. Eran un par de enormes tipos que hablaban en alguna lengua propia de más allá de Trieste. El tercero, pese a ser enclenque y deslavazado, con unas orejas notables y fumando sin parar Gitanes sin filtro, era el que dominaba, el centro del trío. Preguntó éste último al aparcacoches no se sabe bien qué, en un francés etílico y siseante. En ese momento apareció un segundo automóvil. Michelone traía junto a el a un peculiar  trasunto de las fuerzas del orden -el ir disfrazado de civil no acababa de disimularlo- y a una simpática pareja a la que DonRa creyó reconocer de inmediato.

LoujloLolo desde entonces- era apenas un poco mayor que Da Silva. Había recibido el oportuno soplo de que el suizo Pierre Koralnik buscaba financiación para una película, una película con el tipo de las orejas panorámicas, y los había puesto en contacto con los dos inversores croatas. Serge venía muy tocado de una frustada historia de amor con una tal Brigitte y en las ganas de comerse el mundo de Lolo creyó encontrar una tabla de salvación. “Mon pôte” le decía, mientras trasegaban una botella de Pouilly del 65 y encendían otro Gitanes o a saber qué era aquello.  Si, estaba claro que iba a ser un verano rutilante.

 


Verdaderamente nunca tuve tantas relaciones con la Iglesia como aquella eterna, por lo placentera y alejada de lo terrenal, etapa amalfitana de mi vida. Y hablo de personas, no de todo aquel dinero que fluía a espuertas. En fin, personas… ¿O más bien criaturas?… será mejor que me explique:
 

 Al igual que nuestros hombres en el puerto, los dos miembros de la jerarquía eclesiástica que conocí también eran tocayos. Por un lado estaba Davide Bongusto, el párroco de Santa María Assunta di Positano. A decir verdad, nunca llegué a entablar conversación con él, pero notaba su mirada reprobatoria en todo momento: cuando circulaba a toda velocidad por las angostas carreteras, cuando copulaba en la playa cualquier atardecer, o cuando dábamos tumbos -para nosotros paseos- por las calles del pueblo con Lolo cada amanecer. Era esa cosa que solíamos hacer acaso para intentar que nuestros maltrechos cuerpos se rindiesen al sueño, al menos un par de horas cada jornada, tras dos o tres días con sus noches de parranda sin fin. También llegaban a nuestros oídos -y no me pregunten quien de nuestros conocidos acudía a escucharlas- las homilías del padre Bongusto, más preocupado por las carnes visibles de nuestras acompañantes que de la creciente ceguera comunista que aterrorizaría el país en los años venideros. En fin, cosas de curas de pueblo. Por el contrarío, Su Ilustrísima el Cardenal Davide Petrone era bien distinto. Gustaba de visitar la villa con asiduidad, más por participar en el ambiente de la misma que por su destacada posición en la banca del Vaticano. En muchos lugares he conocido personajes depravados pero pocos como este sujeto.

 
Orgías multitudinarias con personas de ambos sexos, un especial gusto por la dominación más perversa y un apetito voraz ya no por alimentos y licores, sino por sustancias ilegales de toda índole. Y todo ello desde la más nula de las discreciones, pues era frecuente escucharle vocear por los salones todos los secretos de confesión de media cristiandad, aunque de puertas adentro y sin apearse del púrpura ni un instante. De todo ello el bueno de Bongusto no decía ni pío, si me permiten el chiste fácil.
 
  Se guardaba muy mucho el Cardenal Davide Petrone de mostrar debilidades en público, pero en la intimidad de las fiestas mundanas, con amigos fraternales como DonRa, su paganismo manaba impúdico y fluía caudaloso todo su pasado. Ni aquel siquiera sabía, más allá de los lugares comunes, su etapa inicial ejerciendo el apostolado en la colonia Italiana de Abisinia. Había llegado allí con el idealismo de los veinte años, arrostrado por una fuerza incontrolable que le dirigía a la ayuda y al servicio. Todo eso cambió una tarde de 1957, cuando recién bajado de la desvencijada camioneta en la que repartían alimentos, vio a aquella muchacha sonriéndole agradecida. Volvió a sentir aquella comezón que le invadía antaño a diario, últimamente ya con mucha menos vehemencia. Los encuentros se sucedieron y la pasión acabó por ser de todo punto incontrolable. Aquella muchacha desató en él las pulsiones más recónditas y el placer desbordante fue desde entonces su santo y su seña. Estaba decidido a cambiar a Dios por Doris y meditó seriamente las palabras que iba a decirle al jefe de la Orden de los jesuitas en Addis Abbeba. Pero la mañana en que tomó la decisión definitiva, un ataque por sorpresa del Frente de liberación de Eritrea arrasó el poblado de Doris. Encontró su cuerpo descuartizado en el mismo arroyo donde se habían jurado amor eterno. Ese día comenzó a idear la venganza que, curiosamente, acabaría por darle un despacho enorme frente a la Plaza de San Pedro. 

 


Aquella noche la distante Duchessa Zelia había acudido a la soirée debido a la insistencia de Antoine Lafleur. Solía pasar éste todo el mes de Junio hospedado a cuerpo de rey en la suite del Grand Hotel Convento di Amalfi, tradición que arrastraba con los años. Se asomaba, desde muy temprano, al escarpado balcón colgante construido sobre la pérgola, desde el cual su discreta figura se disimulaba entre todas aquellas glicinas, rebosantes en su violeta esplendor. La Duchessa sentía verdadero aprecio por Monsieur Lafleur, por su bonhomía epicúrea y, sobre todo, por su agradable conversación. Tal vez era aquello lo único que la distraía de los libros y que aminoraba la frecuencia de sus nostálgicos recuerdos. Conversaban, reían y muy de vez en cuando, solo por no decepcionarlo, accedía a sus deseos. Aquella noche se sumó a la conversación el joven Da Silva, intrigado profundamente por lo triste de aquellos ojos almendrados, y departieron hasta el amanecer. 
 

 Previamente tuve una fugaz conversación con la Duchessa que me devolvió a la tierra, y aunque sólo por unos instantes, recobré una sensación que casi había olvidado: el pánico. No se trataba del que conocemos por inducido. Tampoco en absoluto motivado por el sindiós que se iba a encontrar el Commendatore en la mansión a su regreso de Brasil. Ni mucho menos el causado por la inesperada visita de la autoridad ante una supuesta denunca de Bongusto por escándalo público, que existía y en abundancia. Esto último era de lo más inviable, ya que todos sus mandos se encontraban allí. Mi angustía venía motivada porque al amanecer debíamos partir Da Silva y yo hacia Sorrento, acompañando a la Duchessa y a Messieur Lafleur… ¡pero a caballo!.

 
Todo para recoger a un tipo, otro más, que enterado de las notables presencias en la zona y amparado por Zelia, pretendía mendigar dinero para su próxima película. Había llegado a Nápoles la noche anterior en un expresso y navegaría -¡a remo!- durante toda la noche en dirección a Sorrento. Además de por lo delirante de la situación, decidí llevarme a Daniele más que nada por ser la primera vez que montaría a un animal. Y allí estábamos, al alba, destemplados por los efectos de la farra, el trotar y una impertinente neblina de agosto en una cala sorrentina, Daniele, la Duchessa, Lafleur, Da Silva y yo.  Sin casi ganas de hablar, al fin arribó un destartalado bote, con antorchas medio apagadas a proa y popa. De él descendieron una enigmática mujer vestida de negro de pies a cabeza y un individuo vestido con harapos de lo menos trescientos años de antigüedad. Me giré con resignación a por mí caballo. En cuanto Lolo le pusiese la vista encima a Philippe Garrel le iba a partir la cara.
 



 
De este modo se nos consumía el verano. Entre jóvenes viudas, apenas tapadas por dos perlas en las orejas y un minúsculo bikini, que sacaban a orinar a tigres narcotizados –y que no éramos nosotros- por el Paseo Marítimo. Ante impertérritas ancianas -también viudas- que movían acompasadamente la cabeza a su paso, como en los días que se disputaba el rally.  Carrera ésta, por cierto, que en aquella edición contó con la participación de Mickey -tan deportista él-, quien provocaría un desagradable incidente al destrozar el Ferrari 275 GTB estrellándolo contra la mismísima escalinata del Duomo de Amalfi, pese a que lo único que me había pedido Don X. es que nadie usase aquel auto. Entre un continuo vaivén de mercaderías, de Salerno a Positano, que a Michelone -al fin y al cabo un amante de la vida sosegada- y a La Garza -por la acumulación de trabajo, aunque nunca ganó tanto dinero como aquellos meses- ya comenzaba a incomodarles. Me pasaba el día expulsando a miembros del servicio, básicamente porque a la hora de entrar a trabajar ya estaban durmiendo la mona, merced a la ingesta de todos los restos de alcohol y sustancias que se iban encontrando de la penúltima fiesta. Y claro, cuando Lolo y yo volvíamos de nuestros paseos, siempre los pillábamos. Una mañana, tras despedir a cinco de golpe con cajas destempladas, entré en una estancia -porque para echarme un rato iba buscando habitaciones vacías- donde reposar un tanto. En un año no debí dormir dos veces seguidas en la misma cama, aunque sí más de una vez con la misma persona, no se crean. Decía que entre a una habitación y me encontré allí a Da Silva, siendo masajeado por Yvette  -la libanesa– y la amante que ella se había echado, una de esas que llaman diosas de ébano, con un pelo afro tan voluminoso que me podría haber escondido en él.  A su derecha, en una de estas sillas enormes de estilo medieval, Sofía Loren se masturbaba con gran estruendo, mientras Sylvia Miles se cortaba las uñas a los pies de la cama –y afortunadamente callada por una puñetera vez- como si la cosa no fuese con ella. Da Silva escribía con gestos de gran tensión -gestos que no venían precisamente motivados por estrujarse el cerebro- y le pregunté qué hacía, a lo que me respondió que trabajaba en el guión. Monté en cólera, probablemente porque nunca me han gustado las mujeres de color. Aquella no era forma de llevar a cabo un proyecto. Agarré, violenta pero caballerosamente, a Sylvia y me metí con ella en el cuarto de baño contiguo. Un baño donde Gainsbourg vomitaba violentamente en la bañera, agarrado a una botella de armagnac…
CANCIONES DEL CAPÍTULO
ORCHESTRA KING ZERAND Night song
MARINO MARINI Guarda che luna
BRUNETTA dove vai
GIANNI PETTENATTI E gia tardi ormai
GLORIA LASSO capri se acabó
SOPHIA LOREN Zoo be zoo be zoo
SERGE GAINSBOURG Cannabis
DORIS TROY Kill them all
ANNA KARINA & SERGE GAINSBOURG Ne dis rien
ANNA GERMAIN Torna a Sorrento
MARTA BAIZAN Te veré en septiembre.
 

"LADIES FROM THE CANYON". Saint Tropez. Verano de 1970. (Parte 2ª) Capítulo II


  

Nada más comenzar la fiesta, en un discreto aparte, DonRa, a caballo entre el deslumbramiento y la admiración, alabó al Don sus dotes de anfitrión y adornó la charla -sucintamente- con instantáneas genéricas del encuentro con la muchacha. Nada íntimo, era todo un caballero. Al parecer, Yvette, la libanesa afrancesada, se encontraba muy sola bajo el yugo de un papá dominante y necesitaba con fruición las dosis de joie de vivre que aquel titán le acababa de procurar. Quién sabe que sería aquello, pero podía imaginármelo.

No conseguía quitársela de encima, pero mientras andaba en ello ya le había echado un ojo a la otra morena, imponente y retadora. Tenía Florinda Bolkan -así se hacía llamar artísticamente -ciertos aires balcánicos, aunque procediese de Uruburetama y en realidad se apellidase Bulçao. Venía de rodar una coproducción de tentetieso cuyo único valor -y no era poco- residía en las partituras y las notas. Notas como ella; altas, un poco andróginas, afiladas y dominantes.

También departía por los alrededores un tal Luchino -Vizconde o Visconti, no recuerdo ahora mismo- maduro y atractivo caballero. Enseguida advertimos que en absoluto era rival. No por porte ni atractivo, sino más bien por no apartar la vista de Da Silva, dedicándole alguna miradas libidinosas, alguna mueca de complicidad. Jugaba en otra liga. Resultaba evidente, con una simple mirada, que lo suyo era morder almohadas, opción que nos satisfacía sobremanera al eliminar así hipotéticos rivales. Aquello era una jungla de soterrados instintos.
 
 

 

 
En ese mismo instante, X., el Don, como era conocido, cual verdadero prócer, dominando la situación en todo momento, se elevó de su asiento y profirió un par de golpes a una copa con aquella pequeña cucharilla de plata. De forma casi instintiva, salvaje, como cachorros que escuchan la llamada de la selva, aquella formación de bonvivants giró su cuello y con la mejor de sus sonrisas, escuchó como X. glosaba su divisa.
 
– “Llevo toda una vida buscando la conquista de la felicidad, luchando por la supresión de las preocupaciones y nunca antes había estado tan cerca de conseguirlo. Quiero que hoy disfruten, como si realmente no hubiese un mañana. Hedonismo o barbarie, amigos”.
 
Y fue entonces, al volver a ocupar su lugar, cuando las ideas se le nublaban y sus ojos se  opacaban. Justo en el instante cuando arribismo o barbarie se posó en medio de la frente. Su cuerpo estaba presente, pero su cabeza estaba en otro lugar, en otro tiempo. Oh nena, I miss you.
 
 
 

A nadie se le escapaba que el disfrute sin cuartel era el fin último de la vida de X., pero naturalmente, los cimientos sobre los que esta se construía se hallaban bastantes alejejados de idealismos. Sus ardores eran -creo recordar que dijo- diferentes a los que abotargaban a la juventud. Respiré bastante aliviado al advertir que apenas tres o cuatro comensales vislumbrábamos su cambio de rictus, justo en le momento en que Da Silva mentó a la sobrina-nieta y a España. No se vacilaba al Don. Y menos aún en su reino.

 –“¿Es que llevamos veinticinco años reconstruyéndoles un mundo que nunca habían soñado y así nos lo pagan?, ¿nos llenamos las manos de mierda ensangrentada para esto?, ¿quieren sumir de nuevo a Europa en el caos y la barbarie? ¡Maldita sea, joven, mire lo que hemos tenido que hacer en América!,…señor, una condenada guerra en medio de la jungla por culpa de esos alborotadores melenudos con los que ustedes juegan a… ¡¡Ni siquiera saben a lo que juegan!!. Toda esa basura del triángulo de oro…¡No me quedará más remedio que producir más de trescientas películas este año para cuadrar mínimamente el balance!, ¡Con lo bien que nos iría a todos con los sudamericanos!. Son bastante más dóciles y saben hasta donde pueden llegar. Pero no, qué va, tenemos que acudir al quinto infierno para poder meter en cintura a cuatro insensatos que van voceando la revolución. ¿Qué coño sabrán ustedes de revoluciones?… No mi joven amigo, tenga usted por seguro que en España no nos vamos a pillar los dedos, de hecho ya nos…”

 
A Da Silva se le había esfumado todo el bronceado mallorquín y yo asentía con mi mejor sonrisa mueca al compás de mi elevado ritmo cardiaco. Por fortuna para todos, su cada vez más agrio y elevado tono quedó acallado súbitamente cuando la orquesta, situada con sagaz premura en el escenario por el señor Bronson, comenzó a tocar los acordes de “Forse Mai” y las luces se apagaron para iluminar una gigantesca copa de cóctel de la que emergió la grácil figura de Miss Taboo Jennifer.

 
  Desgraciadamente el así llamado Commendatore X no era tan distinto a los otros Commendatore que poblaban el mundo. Acaso más relativista y descreído, pero igualmente poseído por la megalomanía y las cuentas de resultados. Los peajes que el tiempo y la fortuna le depararon habían hecho de él algo muy distinto a lo que fue  antaño, sus ideales se desvanecieron entre los depósitos bancarias, las acciones y los bonos del tesoro. Era mucho más rico pero también bastante menos humano. Encendió un Davidoff nº 5, uno de esos pequeños habanos que fuman aquellos que solo gustan realmente de cigarrillos rubios americanos, y entornó los ojos. Da Silva lo observaba con gesto imperturbable, apretando los nudillos bajo el mantel. DonRa le hizo una seña apenas perceptible ,conminándole a que se calmase. ¿Aquel era el tipo en el que había confiado?, ¿Tan errado estaba desde el primer momento?. Dio un trago largísimo al Chateaux Lafitte, como si  ese néctar fuese un vaso de aquella agua sucia que solía trasegar en su pueblo, y desapareció tras la cristalera que daba al jardín. Los comensales más mundanos se quedaron extasiados ante la gracia y donosura de la danza de Miss Taboo, los más procaces comenzaron a salivar. De repente, como aparecido de no se sabe bien dónde, un bigardo trajeado impecablemente y con un poblado bigote lanzo una mirada panorámica que atenazó cualquier intento de seducción. Era el dueño y señor de aquella ninfa delicada, saltaba a la vista por como ella le miraba. Solo a él. Un pequeño bulto en el lado izquierdo de su pecho disuadió a cualquier osado que aún no se hubiese dado cuenta de ello.
 
“Michelone, cálmate amigo mío” le espetó el Don. Se lo dijo de igual a igual, como los camaradas que una vez fueron. La música pareció amansarlo un tanto. Los invitados ya alternaban gustosamente…

 

 

 
 En aquellos días La Riviera era todavía aquel sitio en el que, sin apenas alejarse del desenfreno, uno podía recogerse bajo un manto estrellado y retomar sus sueños con la simple inspiración de una brisa tibia y el ronroneo de un mar sigiloso, al amparo de las excesivas luminarias que presiden hoy tanto nuestras calles como nuestras vidas. El lugar donde la sofisticación permitía todavía escucharse a uno mismo. En ese preciso instante, J. se dio cuenta que había muchas cosas que hacer por allí y su película constituía una mínima parte de ellas. Cuando se volvió a dar la vuelta, aunque seguía siendo el mismo, algo había mutado en su interior. Bateman, que lo observaba desde una prudente distancia, pudo percibirlo con claridad a pesar de la penumbra. Y recordó aquellos tiempos, remotos aunque no tan lejanos, en los que podía llegar a emocionarse.

¡Ah! Bateman. Lo que él había sido. Vítores y oropeles, mujeres y desenfreno. Noches de doblete investidas de un poderío casi omnipotente. Quién lo diría, allí discreto, apartado, casi en un segundo lugar. Charlas Bronson tan solo le miró, pero bastó esa mirada para que él hiciese un breve gesto que solo los más avispados definirían como seda de una comedia, veladura del personaje. Cómo un flash inducido, recordó el día en que Julie le amenazó con quitarse la vida. También evocó aquel amanecer, sentados en la arena frente a la casa recién comprada en Sausalito, cuando le cantó “Llévame a la luna” por primera y última vez. La misma mañana en que Harry le dijo que lo dejaba todo. Esa mañana Miss London se recluyó en su mansión de Mullholland Drive y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Bateman desapareció de su vida sin dejar rastro.

 
  Miss Taboo había conocido a Michelone -“Mi Miguelsito”- susurraría cual gatita desde entonces cada vez que lo viese- en las Vegas, una noche de junio de 1968. Acaba ella de actuar con Anita, como solía llamarla, con un éxito rotundo. Decenas de moscones podridos de billetes, muchos de ellos con halitosis crónica, se arremolinaban en las puertas del camerino. Había también varios sombreros tejanos de esos que poseen decenas de pozos petrolíferos, un par de teen idols revenidos de la Columbia records necesitados de disimular su aleteo y un Neoyorkino medio bobo cuyo abuelo poseía una cadena de Hoteles en el Este. Hilton se apellidaba. Tenía la pareja de Diosas un contrato fijo en el Sands de Bugsy Siegel desde hacía poco más de un mes. Frankie había hablado con su amigo Aaron Rothstein y todo se solventó en un pispás. Tampoco habría hecho falta, visto su talento y belleza, aunque hay que reconocer que les ayudó bastante. Más pronto que tarde se habrían hecho con el nombre tamaño gigante Annie & Jenny que refulgía en los neones de la entrada principal. Blue eyes estaba más que interesado, yo diría que en ambas, y es que ambas eran hembras de impresión. Además de listas, sagaces y capaces de maniobrar en tan procelosas aguas sin salpicarse en exceso, conocían el arte de seducir sin implicarse en lo personal y catalogaban a los hombres tras una sucinta mirada. Peter Lawford, tarambana con una bonita cara, también las roneaba pero ellas lo evitaron tras calarlo en la primera copa, prefiriendo las bromas y ocurrencias de Sammy o de Dino.

Por aquel entonces Miguel era un jugador profesional con bastante suerte e inteligencia -tenía mucho cuidado en evitar las trampas- y contaba con nervios de acero. Había llegado allí casi por azar, huyendo de un gris país europeo que se le quedaba pequeño. Ganaba más de lo que perdía porque conocía la alquimia de la fortuna, y debido a ese conocimiento procuraba no abusar. La primera vez que la vio todos sus planes de futuro se fueron al garete. Distinguió los tres problemas a la primera; el grande (Sinatra), el mayor (Rothstein) y uno último, enorme, que tenía que ver con Bugsy. Nada de ello lo arredró. Por una vez supo que había encontrado un cómplice; en el amor, en el destino, en la vida. Decidió que iba a luchar por ella. Llevaba sus cien de los grandes ganados en interminables noches de blackjack bañadas con escocés de Arkansas.

A tres gorilas con demasiada altura -y afortunadamente para él, con demasiado peso también- tuvo que liquidar aquella noche. Acto seguido tomaron el primer avión a Miami y de allí volaron a Europa. Un compañero de juego, veterano de la gran guerra le había hablado de un bonito pueblo cerca de Salerno. Amalfi se llamaba, en plena costa. Aún no lo sabían pero allí sería donde conocerían al Commmendatore.

  Mientras tanto su amiga Anita rehizo su carrera, centrándose en Hollywood. Rodó algunas películas musicales con un joven ídolo del rock and roll  recién llegado de cumplir el servicio militar en Alemania. Se llamaba igual que Rothstein, aunque todos le llamaban Elvis salvo su madre.  A diferencia del gángster, aquel era un pedazo de pan.

 

Nada más partir, yaciendo en cubierta relajados, entre cháchara y sonrisas, se sintieron por un instante como impostores. Un par de botellas de Champagne (Una Grande Dame Magnum, Gran Cru Cuvèe Prestige de 1969, concretamente) recién abierta ayudo a disipar esa sensación de inmediato. DonRa y Da Silva se miraron por un instante, sin poder evitar un sutil gesto de satisfacción. Dos aventureros en pos de un sueño. Un sueño que parecían dominar con una pericia y suficiencia hasta ese momento ni siquiera imaginada. No sabían todavía exactamente cómo y dónde iba a ser ese sueño, pero el que tenían delante de ellos no pintaba nada mal. Si los siguientes iban a ser de ese tenor, por ellos perfecto. En el horizonte un territorio nuevo y desconocido. Lo habían imaginado tantas veces que se comportaban como delfines investidos desde la cuna. Deidre, la hija del productor, parecía estar evaluando cual de los dos iba a ser la primera presa, mientras les llenaba de nuevo la copa. Al otro extremo del yate, Jackie, embadurnada en aceites y con un pitillo finísimo tras la inacabable boquilla de marfil, apenas dejaba ver su rostro casi perfecto, oculto bajo la enorme pamela. Le pidió fuego desganada y displicentemente a Mickey, que acudió raudo y solícito a satisfacerla. No parecía que conociese otros modos de hacerlo, bastaba con mirarlos. A ambos.

Aquella muchacha apareció de repente. Al parecer subió desde uno de los dos coquetos y pequeños camarotes de popa. Llevaba todo el día indispuesta y ni ese supuesto malestar arrastrado podía disimular la viveza de sus ojos y lo irresistible de su sonrisa. Su cabello pajizo, corto y en forma de caso les resultó muy chic. Lo restante en que se fijaron les gustó igualmente. Era de todo punto imposible lo contrario. Howard, el dueño del barco, la colmaba de atenciones pero ella, que pareció recuperada al instante, nada más ver a esos dos extraños en cubierta ya no se iba a fijar en otra cosa. Le habían gustado a la primera, aunque también los había calado al instante. Procedían del mismo lugar que ella, saltaba a la vista. 

Hubiesen deseado que la travesía, inicialmente de sólo un par de días, durase diez, cien días…



 
 
 
 
 
 
 Fin de la primera parte.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
TONY RENIS Perche perche
FLORINDA BOLKAN Metti, una sera a cena
GLORIA PAUL Forse mai
HELGA SCHRAMM Smooth voice
TINGLADO 13 I miss you
JULIE LONDON Fly me to the moon
EVIE SANDS Until it’s time for you to go
ANN MARGRET Thirteen men
CATERINA CASELLI Cento giorni
 
DONRA

Maduro y viajado aventurero romántico con demasiada vida a sus espaldas. Ensoñador y posibilista. Buscavidas errante narrador de la historia.

 

 

 COMMENDATORE X.
A.K.A. El Don. Misterioso personaje de turbio pasado y tenebroso presente. Anfitrión, mecenas y ¿espejo? del proyecto cinematográfico de DonRa y Da Silva.

 

DA SILVA

Joven airado con un talento literario y cinematográfico pendiente de domesticar. Amigo y socio de DonRa en el proyecto presentado al Don. Su peripecia vital y el devenir de la historia irán indisolublemente unidos.

 
UVITA DE POO

Muchacha de etérea e inteligente belleza, dueña –sobre todo – de sus silencios. Hija de un industrial originario de los Países Bajos y una opulenta indiana guatemalteca. Independiente, observadora. Finalmente enamorada de Da Silva.

 
IRINA VON TAFFELSON

“Frau Taffelson” es rebelde, pizpireta y autosuficiente. Último eslabón de una larga familia de noble raigambre aristocrática, pilar fundamental de la liga Hanseática. Abanderada del modernismo más avanzado y ducha en el manejo de los mecanismos y el protocolo de los de su clase.

 
SYLVIA MILES

Actriz neoyorquina iniciada en la factoría de Andy Warhol y Paul Morrisey. Su posterior paso a Hollywood  refulgiría con su interpretación en “Midnight cowboy”. Charlatana impenitente y aquejada de un perenne e insaciable comezón uterino -especialmente en cuanto avista la presencia del narrador- estas virtudes acaso empequeñeceran su inicial radiante  belleza.

 

GIGLIOLA CINQUETTI

Cantante italiana de aspecto insustancial. Joven e inexperta, su voz, de tonos tristes, semejará acaso el crepitar de uno de sus mayores éxitos; La lluvia.

 

 
CHARLAS BRONSON

Miembro de la insobornable camarilla de los exiliados. Caza fortunas exitoso, se establecerá en Italia, lugar de donde su última pieza cobrada es originaria. Aparecerá y desaparecerá sigilosamente, de acuerdo con su personalidad, a lo largo de la trama.

 
MR.BATEMAN

También conocido como Harry. Otro más de la troupe errante. Conocedor al dedillo del Swinging London, sus actores y secundarios, cuya leyenda ayudó a construir de manera fundacional. Habitualmente pululará  por la narración en compañía del Señor Bronson.

 
JEAN PAUL

Belmondo.  Joven actor francés protagonista de algunas de las cimas de la Nouvelle Vague francesa, especialmente en las realizadas por el suizo Jean Luc Godard. Mantendrá un encuentro episódico con la pareja protagonista a la llegada de éstos a Saint Tropez..

 

 MARIA DEL MAR

Cantante Folk catalana de tan cálida voz como gélido porte. Amor platónico -posiblemente mera idealización- del joven Da Silva al inicio de esta aventura.

JAY KAYE

Muchacho americano menudo y esquivo. Tras registrar, con apenas quince años, un disco extraño y sublime, decide retirarse en las Baleares a la búsqueda de su particular Nirvana espiritual. Algo que obviamente no encontrará y que terminará por echar  por la borda su incipiente carrera.

YVETTE

Hermosa hija de un banquero libanés, libérrimamente libidinosa. La lascivia hecha carne.

FLORINDA BOLKAN

Actriz, cantante y modelo de origen brasileño. Investida de un andrógino aspecto y de una escultural figura. Afincada en Italia desde mediados de los sesenta, formará parte de varios proyectos artísticos. Proyectos éstos de tan controvertido talento como indiscutible atractivo.

 

 LUCHINO

Vizconde o Visconti. En realidad ambas cosas a la vez. Noble italiano de carácter delicado, refinado y malévolo. Con mirada propia para observar las cosas y de indiscutible sensibilidad artística. Cineasta notable.

 
MISS TABOO.

O Jennifer. O ambas cosas a la vez. Una hermosa mujer, de armas tomar, menuda e inteligente. Hecha a si misma. Dotada de un talento sobresaliente decidirá por amor -¿Por qué otra cosa si no?- ejercitar éste solamente en la intimidad. Para satisfacción de sus allegados y, especialmente, de su amado Michelone.

 
MICHELONE

Aventurero, hedonista. Epicúreo caballero español de vitalidad notable y moral particular. Guerrillero, músico, tahúr, guardaespaldas… finalmente hombre de confianza del Don.

 
MICKEY

Howard Michael Getty III. Desheredado primogénito de la segunda fortuna petrolífera de Tejas. Tarambana, enamoradizo, amante del lujo y la velocidad. Ludópata y sumiso esclavo, tanto de su mujer como de la misteriosa Jackie.

 DEIDRE

Personaje débil e influenciable, al igual que lo es su figura. Esposa de Mickey. Hija de un famosísimo productor Hollywoodiense de la antigua escuela. Ansía conocer mundo, decidiéndose a comenzar por la Europa Mediterránea.

 
JACKIE

La americana impasible. Siempre protegida por unas enormes gafas de Chanel y una enorme pamela de Givenchy. Distinguida, altiva, sicalíptica. De su misterioso pasado resuena el eco de haber sido la presunta viuda de un político de talla mundial y una implacable caza fortunas de altos vuelos, cuyo objetivo final es el mas rico de entre los riquísimos armadores griegos.

 

 

 

"LADIES FROM THE CANYON". Saint Tropez. Verano de 1970. (Parte 1ª) Capítulo I

 
 
Ya sé que me salgo por la tangente, pero ¿Me van a dejar hablar de blancos acampanados, encajes sugerentes y otras transparencias apenas cubiertas por una pamela, en medio de piscinas ovales en mansiones de estilo colonial?, ¿De la fascinación por ese estilismo californiano que navega entre el hippismo chic nada macrobiótico y alocado de los años anteriores al síndrome y la superficialidad bien entendida?…
 
PRÓLOGO. Enero 2011.
“Ladies of the Canyon” (Soy todo sueño) es -o mejor, fue- una epopeya vacua, torpemente escrita y escasamente interesante. Pero también es, déjenme decirlo, un refugio sentimental. Un refugio repleto de recuerdos imaginados descrito con impúdica sinceridad. El inofensivo y gozoso asidero emocional donde volcar deseos y fantasías. Algo que no creo haga daño a nadie, pese a su naturaleza impostora, y queme ha servido para recrear, aunque fuese sobre el papel, un mundo que nunca podremos vivir.

La idea original fue un grupo en una red social en el que cualquiera podía aportar aquello que mejor le pareciese. Afortunadamente en el mundo -incluso en el virtual- existen personas cabales. Así que la mayoría se sumó a este experimento de la manera más inteligente, observando. Otros un poco más activamente, dejando de vez en cuando alguna selecta y atinada perla musical, un incisivo comentario a lo aportado. Ya por último, un par de enajenados irredentos tomamos aquello como algo personal, redactando de manera febril y -al menos para nosotros- bastante divertida, algo parecido a una fotonovela o folletín por capítulos. Por supuesto, cada una de las intervenciones escritas tenía como condición sine qua non el ir remarcada por el vídeo o pieza musical que entendiésemos apropiada, ilustrativa.

La historia urdida, sucintamente, habla sobre el viaje iniciático de dos idealistas bonvivants en busca de financiación para el rodaje de una hipotética película. Una historia que el más joven de ellos ha escrito, y que deriva hacia una alocada espiral llena de situaciones delirantes, cameos a granel, sueños y deseos. Sueños y deseos de ésos que no se suelen cumplir, y que si me apuran, casi es mejor que no lo hagan. Como bien dijo uno de los de la partida, …una especie de flashback atolondrado donde importa mucho más la manera de ver el mundo que la propia vida de los personajes, ya que lo primero es parte de nosotros y lo segundo mera idealización…

Señoras que acuden a fiestas con capazo, para entendernos.

El guión constaría de cinco capítulos; Saint Tropez’70 (verano de 1970), Amalfí’71 (Otoño de 1971), Baden Baden’72 (Invierno de 1972), Marbella,73 (Primavera de 1973) y San Fernando Valley (Verano de 1974). El rumbo a tomar era el siguiente; Los personajes principales serían, en su inicio, trasuntos de cada uno de los adscritos al grupo, para luego cobrar forma autónoma y volar por su cuenta. Personajes situados dentro de un ámbito temporal (del verano de 1970 al de 1974) aunque bien es cierto que una vez establecida esta inútil regla se podían aportar todas las excepciones que creyésemos apropiadas. Personajes a los que se les podía -y debía– añadir, al gusto del redactor de cada uno de ellos, otros personajes de carácter histórico con los que se entablase un diálogo, una cierta complicidad. Estos últimos tendrían que tener, era obvio, una cierta coherencia con la historia, sin ningún tipo de exclusión una vez cumplieran esa pequeña regla. Por supuesto el valor literario, al no existir, ni se menciona. Una broma privada que se ha hecho más y más grande.

 

La idea final – borrosa, con un cierto y púdico reparo- era la de publicar ese folletín en esta bitácora, racionándolo de una manera prudente para que no fuese más indigesto de lo necesario. Pero hoy, conforme ha ido degenerando esta especie de culebrón en marcha aún tengo mucho menos claro que esa idea fuese acertada. Si soy sincero no es por falta de ganas sino más bien por la extensión y derroteros que ha ido tomando. No estoy equivocado si digo que vamos ya por las 20.000 palabras. Y eso que aún estamos finiquitando el tercer capítulo.

Y eso es todo. Todo el principio, claro. Vamos a ello….

 


El germen de todo aquello, así a secas, sólo podría condensarlo en un hotel de St. Tropez o una villa de la costa amalfitana, alrededor de 1970. 
El aparcacoches nos recibiría al son de Theo Schumann. En la recepción, exhuberante y enmoquetada, sonaría algo suave y elegante, 
algo de por ejemplo, Syd Dale, entre sofás de buen cuero -aunque en nuestro provincialismo nos pareciese eskay-  y arañas enormes  que se confunden e entre motivos op-art por los pasillos que nos llevan del vestíbulo al  elevador. Un ascensor donde, claro, suena algo de bossa bastarda, esa retocada por el Ortolani de turno. El bar de caballeros -sea o no de contrachapado estilo club inglés-  seguirá dominado por los maestros italianos, aunque si optásemos por la terraza y su piscina, sonaría algo de la factoría Telemusic, sin duda entre sillas tipo Emmanuelle y palmeras, siempre palmeras.
 
  La boîte -casi sobra decirlo- es territorio De Wolfe y KPM.

 



 SAINT TROPEZ. VERANO DE 1970.
 
 Estamos subiendo la carretera. Es empinada la jodida. Una carretera llena de curvas, recién asfaltada. Sí, una parecida a la que Trintignant y Gassman recorrían como si no hubiese un mañana. Cuando ya estamos casi en la cima, muy cerca de la Villa residencia del Commendatore X , desde la que se ve el mar y donde los plataneros se mecen por causa del viento, nos semeja entrar  al paraíso. Un paraíso lleno de huríes con gafas de sol y  bustos generosos, donde los hermosos camareros reparten Campari con unas gotitas de angostura y soda. Y una vez casi allí, como les iba diciendo, en el Lancia Aurelia sport comienza a sonar ella…
 
Es difícil resumir cómo de aquella visita a un vergel de chulos empapados en sudor como único perfume pudo haber salido aquel proyecto que nos llevó a Hollywood unos cuatro -¿o fueron cinco?- años después. Ustedes, ociosos profesionales como nosotros, sabrán seguir el relato con disimulado desinterés. Habla éste de cómo todo ese tiempo invertido en vender un sueño se disipa contemplando cimbreantes curvas, el devenir de fortunas en timbas al aire libre y varias sonrisas forzadas ante supuestos nobles en la mayor de las ruinas. Y también de cuánto se puede aprender. Para empezar, ni el servicio ni sus chaquetillas, impolutas, blancas, -que no color hueso-, son ni serán ya cómo lo fueron en aquellos tiempos. Puede que la humanidad nunca viviese mejor. Al menos los cincuenta o sesenta personajes que por allí deambulábamos podemos asegurarlo sin temor a equivocarnos.
     
 

  En los camareros fue fácil fijarse dado que asaltábamos las bandejas trincando todo aquello que contuviesen. No es que fuese por sed o hambre, ni tampoco por aprovecharnos de la opulencia que allí se respiraba, sino por el sentirnos fuera de lugar. Nuestro atuendo era el habitual del rock de baratillo por aquella época, mitad bardo, mitad chico malo: botines de mercadillo, pantalones de pana acampanados con los bajos estudiadamente abandonados, camiseta ajustada, foulard de baja calidad y chaqueta de piel de melocotón muy sobada. Todo distaba mucho del aseo y charmeasa una reinante en aquellos jardines. El estilismo del elenco femenino podría parecerse al nuestro, a ojos de una persona muy poco observadora, si bien la mayoría de ellas lucían bikini o pareo. Llamábamos de manera estridente la atención de todo el mundo, aunque fueron algunas de ellas las primeras en interesarse. Mi amigo Da Silva enseguida comenzó a charlar con una tal De Poo, el bendito fruto del imposible cruce entre una opulenta indiana guatemalteca retornada a Europa y un potentado holandés. Se quejaba de la baja asignación para sus gastos fuera del internado. Pero, ¿por qué preocuparse por ello cuando se pasa una todo el verano fosilizada en esta finca?, pensaba mientras las pupilas de mi socio quedaban fijas en aquel Gran Canal. La muchacha nos había sido presentada por quien resultaba ser la heredera de los detentadores de la mayor lista de títulos nobiliarios de la Liga Hanseática, la tan altiva como prieta Frau Von Taffelson. Su inaccesibilidad más allá de los formalismos hizo que toda mi atención se dirigiese hacia una dama rubia que, aunque ya algo entrada en años, emanaba fiereza carnal por todos sus poros y se movía entre los corrillos de gente lanzando agudezas sin parar de tomar vodka con zumo de naranja y esnifar directamente de uno de los azucareros de las mesas. Eran cerca de las doce de la mañana y aquella mujer, que no cesó de hacerme preguntas que no tenía tiempo a responder y que actuaba como una anfitriona pese a que llevaba en la casa apenas un par de horas más que nosotros, resultó ser una para mi desconocida superestrella del séptimo arte. Se llamaba Sylvia Miles.

 
Cómo se suele hacer en este tipo de situaciones, en las que la mayoría de ustedes jamás se ha encontrado ni se encontrarán, decidimos bañarnos en la piscina. Por los altavoces, que asomaban aquí y allí por la terraza, sonaba en todo momento una musiquilla ligera -y para mí hasta aquel momento prescindible- pero que se convertiría en nuestra banda sonora durante los próximos años. Aquella mañana sólo reconocí a Gigliola Cinquetti y su “Cero en amor” cantada ¡en castellano!




  Al final de la jornada, cuando el mar se tornaba pálido y la placidez reinante -no se sabía bien si a causa del resplandor de la felicidad hallada o por motivo de la incipiente excitación combinada con agridulces licores- nos sujetaba, allí, en el segundo estrato de la terraza pequeña, apareció sonriente el amigo Charlas. Era aquella, la más apartada de todas, una recoleta terraza remanso de paz para espíritus desbocados, incluso a veces escenario de futuras, casi palpables, sociedades lujuriosas. Con su americana de moaré estampada en aguafuertes celestes, de la que sobresalía aquella camisa de cuello doble del más resplandeciente turquesa que pueda recordar, y con su fino bigotillo apenas dibujado, semejaba, era, la viva imagen de la felicidad.

Se había establecido cerca de allí en busca de sosiego, en realidad seducido por el mito. No se lo hubiésemos tenido en cuenta de no ser por la compañía, una pequeña muchacha rubia, con las palas de los incisivos muy pronunciadas. A primera vista poca cosa para tan rutilante gallo. Nos miramos unos a otros y Mr. Bateman no pudo disimular una sonrisa incrédula. De repente, la pequeña muchacha rubia se acomodó en la barandilla que daba al mar y comenzó, para siempre ya, a tenernos en sus manos, a jugar con nosotros como si fuésemos marionetas, con aquel baile tan sicalíptico..

  Hagan el favor de ponerse en situación. Aquello era cosmopolitismo de manual y falsa seducción, la antítesis de los descamisados, por más que a alguno de nosotros le fuese difícil mantener la compostura y dar el pego. Una Babilonia trufada de aburridos millonarios, diletantes y advenedizos. Cabía todo y todo lo íbamos a disfrutar como si no hubiese un mañana, menudos éramos.
 
Lo perdimos de vista a media tarde. La última vez que lo vi lo recuerdo departiendo extasiado, ese brillo en los ojos tan propio suyo iluminando, con una belleza, creo recordar que Libanesa, hija -nos había dicho no recuerdo ahora quién- de un potentado, exiliado deprisa y corriendo, allá por el 58 desde Beirut, huyendo de la molesta e inoportuna guerra. Recordé haberlo leído en los periódicos, junto a no sé qué acerca de que la mitad de los fondos del Banco de Beirut habían partido con él. DonRa sin duda alguna también debía saberlo. Me había ganado la mano una vez más y pensé que si no era yo, nadie mejor que él para darse el festín. A eso de las diez lo vi bajar por la escalera del hall, radiante y satisfecho, como un hombre que se sabe tal. Lucia sus mejores galas y ese foulard a rombos que tan solo a él le quedaba digno. No sé todavía cómo pero en la mano llevaba… ¡¡un disco!!. Su sonrisa era de manual y sus ojos aún brillaban, aunque de otra forma. Se quedó quieto escuchando la nana que nos tenía absortos y grito ufano, haciendo sonar el disco que traía entre manos; ¡¡¡Alegría!!!… Pensé que era un cabronazo afortunado y me entró la risa…
  

Aquel tipo, el tal Charlas Bronson, era el mismo que anteriormente me había tocado en el hombro, interrumpiendo nuestros chapoteos y haciéndonos la misma pregunta que ahora sí, tendríamos que responder. Estábamos empapados, vestidos solamente con slips de color carne, sentados ante el imponente y viril -camisero ocre con cuatro botones con cuellos marrones, pantalón beige de bolsillos italianos y mocasines de ante con picadillo- Commendatore X.
 
¿Y vosotros de donde coño habéis salido?

Todo había comenzado en Mallorca, donde Da Silva y yo habíamos acudido a gastarnos nuestros ínfimos ahorros. Actuaba una cantante de folk regionalista de esas que en España comenzaban a reproducirse cual plaga y que tanto le gustaban a mi amigo. Yo, crecido por mis dos anteriores veranos entre la flor y nata del swinging London seguía, tanto el recital cómo la posterior conversación con la chanteuse, con exagerado desdén. Gracias a su referencias sobre un familiar lejano que gustaba de apadrinar producciones cinematográficas arribamos -con las pertenencias de ambos en una sola maleta y cuatro garabatos escritos al amanecer de una velada de azucarillos a los que denominábamos guión- dos días más tarde en St. Tropez, donde no tardamos en localizar a nuestro contacto. Jean-Paul era un marsellés cetrino y cejijunto de vasta cultura que, como casi todos los entes masculinos que por allí conocimos, portaba un puro encendido en todo momento y que tras definir a María del Mar cómo “una mujer sosa en cualquier tipo de acto”, nos refirió las señas de la Villa a cambio de acercar en su lugar el deportivo, por supuesto robado, en el que habíamos llegado.
 
 
J. Da Silva, aunque con apellido de futbolista oriundo, era un joven inquieto con aspiraciones literarias que se había bifurcado hacia el cine en busca de sustento. Tenía cierto talento (del tipo aquel del que quiere comerse la vida a bocados) aunque los quince días pasados en las Pitiusas a base de ensaimadas le acabaron provocando una acidez gástrica cada vez más y más molesta. Fue entonces cuando se aficionó al Gin Fizz con dos rodajas de pepino. Lo tomaba desde el desayuno hasta la cena. DonRa y él se encontraron por primera vez en los bajos de Can Gavina, antro diminuto y mal oreado, donde un Jay Kaye demasiado ajado para sus escasos 21 años se procuraba un lecho y algo de alimento volador, en aras de poder subsistir durante sus iniciales treinta días en Mallorca, aunque resultaba ir ya para el año. Este Da Silva, de aspecto atractivo e inocente, tenía algo que le hacía irresistible para todas las muchachas que llegaron allí con la tropa de Canterbury. DonRa, con más vida -y trampas- a sus espaldas le vio posibilidades inmediatamente. Le propuso ser su productor en una sociedad sin capital, al 50% (a su cargo las gestiones, al de J. el trabajo), y acabó por convencerlo mencionando unos contactos ficticios que decía tener, supuéstamente, en la côte bleue. Algo acerca del hijo de un dictador centroamericano depuesto recientemente, muchacho con alguna merma y que estaba encoñado con una noble sajona de inmensa fortuna. Nunca se supo bien del todo como, pero embarcaron en un velero propiedad de un trío de americanos –un joven matrimonio y la mujer de un productor judío del más pimpante Hollywood, diez años atrás- que partía hacía la Cerdeña ese fin de semana. 
 
 
 
  Embalado me disponía a contarle a X. con qué entelequias entretuve en cubierta a los americanos, mientras Da Silva se beneficiaba a aquella mujer en la sentina. Al Commendatore le bastó con  hacer un ademán, no sólo para hacer que me callase sino también para dejarme claro que le habíamos caído bien.  Así es como, todavía en ropa interior, me pasó una mano por el hombro y, desde su garganta bañada en Calvados, me fue susurrando un montón de futuras tropelías de camino al interior de la vivienda principal, donde tras recorrer una más que imponente colección dominada por prerrafaelitas y madonnas con y sin niño, comenzó a contarme sus cuitas. Colección sobre la que yo, con un conocimiento que no iba más allá de cuatro discos de moda y tres películas de arte y ensayo que adornaba con incansable verborrea, poco o nada tenía que decir. Así fue, digo, como X., el Don, conocedor de mis carencias y querencias -que no necesidades- ya que heredaba similares mimbres, invitó a la libanesa, mientras le palpaba ostensiblemente el trasero, a que me proporcionase algo de ropa adecuada cuando nos cruzamos con ella nuevamente en la crepuscular escalinata que daba acceso a la primera planta de la mansióN.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
RIZ ORTOLANI Shake in the disco
SYD DALE BAse line
ASTRUD GILBERTO Acercándome a ti
GIGLIOLA COINQUETTI Cero en amor
EDDA & ENNIO MA non tropo erotico
SHULA CHEN Bo habayta
MARIA DEL MAR BONET Si vens prest
AGUSTIN PEREYRA & HELENA URIBURU Niña no dIvagues
 



 

 

VAINICA DOBLE. "Heliotropo" (Ariola, 1973)

  
Continuando con la estupenda labor de rescatar clásicos de la historia de la música española, los amigos de Vinilissimo acaban de reeditar en Lp una de sus cimas, el segundo disco de Vainica Doble, “Heliotropo”
 
 Me han concedido también el enorme placer de compartir un pequeño hueco en este magno acontecimiento, solicitándome unas cuantas lineas -torpes pero sentidas- con mi opinión sobre él y las sensaciones en mi causadas. Si les sirve de algo lo que uno piense, compren el disco. No se arrepentirán. Tan grande como la vida.
 
 
 
  VAINICA DOBLE. “HELIOTROPO” (Ariola, 1973)
 
   Mal asunto un folio para hablar de algo tan enorme. Mucho peor si es uno el encargado de intentar resumir el júbilo del hallazgo y la inmediata asunción de que ya nunca nada volverá a ser igual. Porque “Heliotropo” (Ariola, 1973), el segundo Lp de VAINICA DOBLE, se me antoja como el descubrimiento del mundo en poco más de media hora. Un tratado de la condición humana, desde la infancia a la muerte, a partir de las pequeñas cosas. Aquellas que en mi opinión configuran la vida y que son, a la postre, las que realmente permanecen. 
 
  “Metamorfosis curiosa, metamorfosis extraña” La decepción y el valor necesario para no cubrirse los ojos frente al error que duele, ante el desengaño que nos consume, en “Réquiem por un amigo”. El camino que hay entre la percepción y el recuerdo, ese sendero vital que surge ante nuestra mirada, sorprendida y confortable, una vez hemos podado la hojarasca que lo ocultaba (“El pabú”). Porque finalmente son los recuerdos los que permanecen  (“Elegía al jardín de mi abuela”), y éstos no tienen por qué ser reales, no al menos literalmente. Son los recuerdos “rememorados” los que conformarán nuestra vida, al ser ésta presente firme y pasado endeble. Una vida que no puede ser nada más que lo que fue, cierto, pero también la suma de esos recuerdos (“Habanera del primer amor”). Y a partir de ahí la historia de cada cual. Nada más y nada menos.
 
Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen pudieron ser lo que hubiesen querido. De hecho lo fueron, lo siguen siendo. Únicamente no quisieron serlo a gritos, sino discretamente. Hablándonos, conversando. Unas veces como la madre preocupada, en otras siendo la amante cálida que nos susurra confidencias al oído y finalmente como la amiga algo mayor, más sabia y más experta, que intenta mostrarnos los recovecos de la vida. Siempre desde la distancia justa, narrando, evitando juzgar, pero tomando posición. Sin querer tampoco hurtarnos los inevitables tropiezos, pero en absoluto siendo crueles. Esperando ahí, como medicina, como ungüento. En eso eran implacables, honestas a carta cabal y tan reales como la vida misma. Muy posiblemente el haber vivido esa vida (adultas, casadas, con hijos) fuese parte del secreto, la piedra filosofal. Con un bagaje intelectual y vital a años luz de sus coetáneos y una curiosidad y talento inusual, viajadas y con relativos medios, tenían referencias musicales tan amplias como escasos eran sus prejuicios. A menudo tomadas por dos ángeles buenos y sensibles, fueron eso, sí, y también mucho más. Malévolas, dulces, sarcásticas, inteligentes. Certeras en la descripción de la vida y sagaces en advertir sus miserias. Sin ambages tanto a la hora de declarar su amor y compromiso con el ser amado (“Coplas de un Iconoclasta enamorado”) como reivindicando la coherencia y el rigor, el orgullo que reside en lo que consideras que lo es por derecho (“Agáchate que te pierdes”). 
  
   De cada una de sus incursiones manaba un poderío y un talento capaz de mostrarnos mil ideas. Unas ideas que, por separado, a otros servirían para cimentar carreras de fuste importante, aclamadas incluso.  Crónica social, Folk  y fuzz de la mano (“Dos españoles, tres opiniones”), tratados de luminosa psicodelia a partir de un cuento infantil en “La máquina infernal”, aromas de los mares del sur (”Ay quién fuera a Hawai”). La copla y la canción española en el corazón, las viejas -ya entonces- películas musicales de los 40 en la memoria. Todo ello engarzado por una melancolía decadente y que nos procuraba una atracción, de tan feliz, malsana. Misteriosa y adictiva. Lo que en otros eran anomalías, en VAINICA DOBLE manaba de forma natural, fluida, veraz.  Con una cultura musical sorprendente, incluso a día de hoy, nada en ellas parecía forzado; Rock, Copla, Folk, Chanson, Nanas infantiles… y claro, allí en la esquina, justo al fondo, el gran Pepe Nieto. Otro genio en la sombra. Arreglista, productor, un artesano capaz de reproducir y acompañar su iconoclasia natural. Y de mostrarla fielmente, tanto en su apabullante alegría de vivir como con sus humanas, delicadas flaquezas. 
 
Fueron y son sus canciones balizas de la memoria. Lugares comunes en los que cobijarse. Y cada vez que los visitemos ocurrirá el prodigio. Se nos aparecerán nuevas, vírgenes. En definitiva, “Heliotropo” es un perfecto metrónomo sentimental, ajustado y universal. Un canon artístico que será, para siempre ya, refugio hospitalario, guarida sensitiva, enciclopedia vital. 

J. y yo. THE CHURCH. "No explanation"


J. y yo nos conocimos en los Escolapios de Valencia a mediados de los años ochenta, cuando aterrizé allí para comenzar los estudios de COU. Recuerdo perfectamente la mañana en que baje del tren, en la estación de la Feve -el trenet la llamabamos- a principios de octubre de 1985. Allí estaba yo, recién llegado del pueblo, asustado y asombrado, pero lo suficientemente ingenuo para creerme ya un tipo capaz de poder regir su destino.

 Los primeros días suelen ser duros. En cualquier ámbito. Un cierto respeto a lo desconocido mezclado con la curiosidad ante una nueva etapa consiguen una combinación perfecta de temor y sorpresa que no tiene porque ser necesariamente negativa. Pero eso uno sólo lo sabe con el transcurso de los años, no viene en ningún manual de instrucciones. Incluso lo menos ansiado y deseado puede depararte sorpresas, ser esquivo con tus esperanzas o llevarte a tomar la salida equivocada sin que realmente uno pueda hacer mucho más que verlo pasar. Son tiempos de grandes decisiones y sin embargo no tenemos casi ninguna indicio de hacia donde tirar. Ni  sospechas lo que te espera, ni mucho menos todo aquello que esperas acaba siendo como pensabas. Ni que decir tiene que el primer día en un colegio nuevo, sin los asideros cómplices de antiguos camaradas, es territorio hostil. Si además tus amigos, los que has tenido hasta esos diecisiete años, están al otro lado del río y tu no eres otra cosa más que un visitante en esta orilla nueva, un intruso sobre el que se posan miradas, gestos, risas, comentarios, te sientes desnudoe indefenso. Andas, sí, un tanto errante y perdido. 
Que todas esas miradas, risas, comentarios, sean tan huidizas, nerviosas o curiosas como las tuyas no es algo que te sirva de consuelo. No es algo que puedas sospechar o saber. Así que territorio muy hostil sería una definición más ajustada y precisa pues así nos parecía entonces aquel paraje. Un territorio en el que quieres ser algo que todavía no eres ni tampoco puedes ser. Un tiempo en el que el estado natural -casi necesario diría yo- es pensar que el mundo se empeña en ir en tu contra. Y no, no hay ninguna explicación.

 Cuando salí de allí el primer día, me sentí como el naúfrago que avista tierra. Visto en perspectiva la cosa había sido bastante normal, pero que quieren, ya se fraguaba en uno ese imaginario propenso al drama y la imaginación, del mismo modo que se comenzaba a cobrar forma mi carácter impostor, ese que se empeñaba en intentar esconder todas mis zozobras, esforzándome en disimular lo que sentía, hasta lograr parecer antes los demas -y parecerme a mi- otro, de una inmune fragilidad. 

 Eran casi las dos de la tarde y mi padre todavía no había llegado. Mire a ambos lados de la calle intentando adivinar su coche antes de encenderme un pitillo. Le molestaba muchísimo el que fumase, supongo que por eso lo encendí. Allí, apoyado sobre el muro, me acordé de repente de la revista que había comprado por la mañana, en el quiosco de la estación. La saqué de la mochila y me puse a leerla para hacer tiempo. En la portada había una fotografía de David Bowie y Mick Jagger y bajo la cabecera una frase que me atrajo e intrigó nada más verla; Tiempos de rock and roll. Y no, no hay ninguna explicación.


 Al día siguiente, cuando el descanso de las once, salí a comprar unos cigarrillos al puesto de la esquina de Micer Mascó con Doctor Moliner. Un tipo alto y desgarbado, de hablar pausado y mirada aniñada y limpia se me acercó. Obviamente me puse a la defensiva. Mientras me pedía fuego me preguntó si me gustaba la música. “Te vi ayer leyendo una revista“. No contesté, debí parecerle o medio idiota o un chulo desagradable. Muy probablemente ambas cosas a la vez. Me ofreció un cigarrillo y volvió a preguntar; “¿Te gustan los Church?”. Me quedé mirándole y únicamente atiné a balbucear; “¿Los Lords?”. Comenzó a reír de esa manera suya. Una manera que, al segundo día de oírla, ya me parecería siempre la más natural del mundo; Hacia dentro y emitiendo un sonido gutural; “No tío, los Church, los australianos”. Aquella mañana fue la primera vez que hablé con J.

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 Su carrera había sido, digámoslo benévolamente, desafortunada. Malos managers y peores decisiones que trajeron infames contratos. Los inicios fueron, una vez más, duros. A principios de los ochenta del siglo pasado, Capitol USA quedo fascinada por una canción tituladaThe unguarded moment”. Debido a ello decidieron publicar su primer disco (“Of skins an hearts”, 1981) en Estados Unidos. El primer disco de The Church. Como idea genial editan el single en más de un minuto –“muchachos, era demasiado larga”– respecto a la versión del Lp. Por supuesto sin avisar al grupo, ni mucho menos contar con su consentimiento. Siguiendo con lo insólito tienen la brillante idea, como única campaña promocional, de lanzar en prensa y revistas un puñado de eslóganes de carácter religioso –The Church, ¿recuerdan?, sí, muy ingeniosos- que no tienen que ver nada en absoluto con ellos. El single fracasa. El lp fracasa. Son despedidos a gorrazos de Capitol. Fin de la aventura. Hasta “Heyday” ningún otro disco suyo será publicado oficialmente en los USA.

El disco es prometedor, aunque un tanto balbuceante y un poco tosco. Pero dotado de un halo misterioso, de sugerente belleza. Con aquello tan manido y difícil de hallar llamado personalidad. Como en todos sus discos una tela de araña que comienza a tejerse lenta pero inexorablemente; Imposible escapar una vez sumido en ella, olvidada en una esquina y sumida a las inclemencias si consigues ignorarla. 
The unguarded moment
The unguarded moment” es como un enorme albatros agarrado al cuello. Odio esa canción pero es algo con lo que tendré que vivir”
 
(Steve Kilbey, para “Bucketfull of brains”, febrero de 1986)

“Grabada como una reflexión del Lp “Of skins and heart”. La canción que lo hizo todo posible. Muchas gracias”

(Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación Hindsight, 1980-1987)


Comienzan a forjarse su destino. Ese que consiste en una especie de maldición que navega pot la delgada línea que separa al mesianismo del retrato de la condición humana más romántica. Con un tino exquisito para brotar la magía cuando menos apropiado es. Empeñados en enfrentarse a lo sencillo desde la cabezonería. Como si hubiese, en lo más profundo, un meandro o nexo común que les llevase inevitablemente a lo grandilocuente para, una vez cerca de su orilla, decidir dar media vuelta . Que, en el último instante, conscientes de lo inútil y pretencioso de tal empeño, decidiesen dejarlo todo atrás para siempre, en pos de una carnal debilidad, de la hermosa e ingobernable inoportunidad de los sentimientos. El hermoso y esteril fracaso.


De vuelta a su Australia natal su situación financiera, para variar, es delicada. Han perdido dinero con su gira europea. Han perdido todavía más dinero en su gira americana. Se acomodan en sus amados sesentas y en sus refugios emocionales. “Bluerred crusade”, su segundo Lp, los muestra enfadados con el mundo, consigo mismos. Las guitarras ganan terreno, parecen querer conversar, gritar, crear un escudo que los proteja de la incomprensión. Un aire más triste, más desengañado comienza a cobrar forma. Tiene algunas canciones estupendas (“When you were mine”, “To be in your eyes”) pero, como en casi todos sus discos, una, sublime, oscurece al resto; “Almost with you” es la de éste; Magnífica, conmovedora, preciosa. Rebosante de clase y estilo. Por cierto, existe single español, con la misma portada del Lp. La de las armaduras y el pajarillo. Qué cosas.
Almost with you
La canción definitiva de The Church. Una guitarra española limpia a cargo de Peter, Richard haciendo bonitos ruidos de percusión con unos palitos y la exultante facilidad melódica de Marty”.

(Steve Kilbey, en la carpeta interior de la recopilación “Hindsight, 1980-1987)


Bastante tiempo después supe que aquella canción (The unguarded moment”) que tenía grabada en una cassette fue mi primer encuentro -aunque yo aún no lo sabía- con The Church. Grabada de un programa de radio, creo que de aquel que hacían Jorge Albi con Rafa Cervera en Radio Intercontinental, “Los bailes de Marte”, poco antes de que el primero hiciese en solitario “La conjura de las danzas”. Pero  quiero pensar que los conocí por “Seance” -de hecho fue asi, al menos conscientemente-, el primer Lp de los Church que compré. En realidad tampoco fue exactamente así. Fue el primero que tuve: Me lo dio J. Su padre, ejecutivo de la Ford que viajaba a menudo a Inglaterra y Holanda, se lo trajo. Me debió ver tan entusiasmado que me lo regaló.

One day

It’s no reason


“It’s no reason fue el single y probablemente no debía haberlo sido. Tiene un aire a canción de cuna y su melancolía soterrada la hacen inapropiada para el consumo general. Es a partir de ella donde verdaderamente pienso que el rock and roll y los Church separaron sus caminos. Mi culpa por completo. Lo siento.”

(Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación “Handsight,1980-1987”)



Electric lash

“Seance” resultó ser toda una revelación para un muchacho bastante impresionable. Rocanrol con épica. Pero no esa épica litúrgica, grandilocuente y con fecha de caducidad, sino épica cercana, personal. Ajada y balbuceante. Ridícula unas veces, sublime en otras, natural. Aquella que con matemática precisión sucedía todos los fines de semana en mi insignificante vida. Uno tras otro. Rural, ingenua, hermosa. Con tan irrefrenables ansías por el autoengaño -conjuros que preservan la belleza, estatuas, la ciudad de Jericó… el atrezzo inherente- como fascinada y aturdida verdad; errante y en construcción. Épica con alma, con verdad. Optimista y cruel. Una épica que se podía tocar y que muchas veces, por demasiado cercana, dolía. Impregnada con las gotas justas de afectación. Estética de curso de correspondencia. Esperanzada y fatalista. Belleza turbia, ilusionada, tramposa pero palpable. Y siempre, SIEMPRE, a punto de brotar la melancolía, luchando a brazo partido por no convertirse en vampírica nostalgia.

Un nuevo capítulo de su creciente introspección se publicará en 1984;The remote luxury”. En realidad había aparecido un año antes, en dos Eps y sólo para el mercado australiano y neozelandés; “Remote Luxury” y “Persia”. Están a punto de arrojar la toalla y eso se nota en su actitud, para bien y para mal, pero no en las canciones, sublimes, casi una fotografía de la duda y el empeño. Algunos lo tienen por un paso atrás y sin embargo siempre me ha parecido como su particular Sitio de Baler. La negación del nuevo orden, dispuestos a consumirse por mantener el suyo, sabiendo que no hay victoria posible. Otra vez una joya que oscurece cualquier flaqueza; “No explanation” .

A month of sundays
“Mi favorita de “Remote luxury”. Una historia real. Algo que verdaderamente sucedió. ¿Podéis escuchar el bajo de seis cuerdas?.”
(Steve Kilbeyr, en las notas interiores de la recopilación “Handsight, 1980-1987”)


Escuchándolo hoy de nuevo “Heyday” se me ha revelado como una sorpresa. Lo recordaba bien, curioso, con los vínculos emocionales (a menudo, lo reconozco, pesadas cargas de esa losa llamada pasado) de los discos de la tardo adolescencia. Tal vez también un tanto claudicante –si, los eternos prejuicios y la tontería habitual- pero es más que eso. Ha envejecido digno, hermoso, orgulloso. Donde brillaban los tics de las producciones habituales en la época (baterías mal producidas, falta de bajos en la mezcla) en él no se aprecian. Todo encaja como en un puzzle. Su canto de cisne. Como siempre a su manera, sin más concesiones que las propias. Y después está eso tan importante que son las canciones. Enormes.
Disenchanted
Tristesse
Tantalized

“Gran canción rock’n’roll con arreglo de vientos. El segundo single de “Heyday”. A todo el mundo pareció gustarle entonces. Guitarras rotundas junto a la melodía, texto autobiográfico. Ploog –Richard- toca los bongos”.

(Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación “Handsight,1980-1987”)
Y -cómo no- lo consiguen una vez más. La canción emblema del disco. Majestuosa…
Already yesterday
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 A partir de ese instante no recuerdo ningún momento importante de mi vida en que él no estuviese cerca. Sueños, fracasos, temores, anhelos, miedos, amores, penas, felicidad. Fue el amigo fiel y cómplice, aquel que no pide mucho a cambio y que siempre está a tu lado cuando verdaderamente lo necesitas. Vaale, algún billete si que dejo de devolverme. Y yo a él. También debe tener todavía alguno de mis discos. Aunque una vez los compartíamos eran de los dos. En eso consiste ser amigos, ¿No creen?.  Discutíamos de vez en cuando, incluso reñimos alguna que otra vez, tonterías de camaradas, sabiendo, desde el inicio, que luego llegaría la paz. Nos corrimos farras inolvidables, fuimos a conciertos mágicos; aquel de ¡Los Church! en Arena, fumando porros con Steve Kilbey en su coche y escuchando una TDK de los entonces para nosotros -y sospecho que para el tal Kilbey también- desconocidos Zombies. Algún concierto funesto también caería, claro que sí, varios, pero nos divertía recordarlo con dos cervezas delante. Descubrimos juntos libros, canciones, películas, amores… tantas cosas. Quiero, deseo pensar, que yo supuse algo parecido para él.

 El tiempo pasó. Más de veinte años. Hace ya dos que no sé nada de J. Miento, si sé, poca cosa, pero no por él. Pregunto aquí y allí, llamo de vez en cuando a sus padres. Había tenido una crisis inesperada de tipo mental un año antes. Lo internaron durante un mes en el ala de psiquiatría de un hospital. A él, el tipo más cuerdo que jamás conocí. Me asusté mucho. Y me sentí mal, cobarde. Lo primero que pensé es que podía haberme sucedido a mi. Pasado el tiempo de tratamiento prescrito salió y volvió a casa. Pude visitarlo varias veces. Era otro, se perdía en si mismo, callaba la mayor parte del tiempo y cuando se decidía a hablar parecía tener miedos que sólo él conocía. Su dicción monocorde y lenta ya no era divertida sino que mostraba las puertas del precipicio. Y se sentía sólo. Lo sé porque yo también sentía lo mismo cuando estaba con él. Quién sabe la tormenta que se desató en su interior. Mantenía la misma mirada limpia, el mismo andar desgarbado, acaso más tambaleante, imagino que por la medicación, pero su cabeza estaba en otro lugar. Somos tan egoístas que me consolaba pensando que quizá fuese un lugar mejor. El naúfrago en un mundo nuevo, distinto, ahora era él. Y todavía me pregunto si hice lo suficiente por rescatarlo. Probablemente no. Tampoco, probablemente, quisiera ser rescatado. Y no, no hay ninguna explicación.

 Me cuentan de vez en cuando que sigue sin querer ver a nadie. Tal vez  haya decidido que es mejor quedarse con los recuerdos que ver a estos consumirse, esfumarse. Siempre fue un tipo listo. A su manera. Quién sabe. Los médicos dicen que lo mejor es que este tranquilo, calmado en casa, refugiado con los suyos. Pero diablos, yo era de los suyos. Me dicen también que es como si algo dentro de él se hubiese roto y no hubiese podido recomponer las piezas hasta volver a darle forma. O que habiéndolas pegado, lo hayan sido mal. Que se ha encerrado aún más en si mismo. Que no quiere salir, ni trabajar -bueno, eso nunca le gustó mucho, seamos sinceros-, que su mundo se reduce a aquello en lo que se siente seguro. Un mundo en el que suenan los Church, Felt, los Chills, la Velvet, los Byrds.

 Hoy, 14 de abril, es mi cumpleaños. Solíamos celebrarlo juntos. Hoy, no sé por qué, me he puesto en el tocadiscos un disco de los Church. En su portada hay una fotografía coloreada de una mujer cubierta por una especie de velo, escondida tras un árbol. Lleva un ramo de flores secas entre sus manos. Y parece mirar hacía ningún lugar. Hacia su pasado. O hacia su futuro tal vez.

No. No hay ninguna explicación. 
No explanation