LUIZ BONFA. Bossanova. (Verve, 1962)

 

  Luiz Bonfa es -pocas dudas me caben al respecto- uno de los pilares principales sobre la que se asentó el éxito y propagación de la bossanova a principio de los años sesenta. También sea probablemente uno de los más (sino él más) desconocido e infravalorado para el gran público de entre los, digamos, padres fundadores. Más allá del éxito de “Samba de Orfeu” o “Manha de carnaval”– ambas melodías infinitas e imperecederas por evocadoras, por perfectas en su sencillez, por poéticas en el mejor sentido del término- incluidas en la película “Orfeu negro” (Marcel Camus, 1959), muchas de sus canciones llegaron a trascender el momento para llegar a formar parte del acervo popular de todos y cada uno de nosotros, pese a que en muchos casos ignoremos su autoría.
 
 Junto a Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim, conformó algo así como la santísima trinidad musical de la bossanova o estilo nuevo (un Laid back sensual y liviano, lamento o celebración, triste unas veces, melancólico otras, que surgió de cierta codificación de la samba callejera, del apego por el jazz y un profundo conocimiento del folklore popular).  
 
Bonfa era un guitarrista versátil y relajado, lírico e imaginativo.Parecía que su instrumento hablaba más que sonaba. En 1962 Creed Taylor (capo omnipotente del sello Verve, posteriormente dueño también de CTI, donde arrastraría a parte de la pléyade más sofisticada y natural del sello) decide encerrarlo en unos estudios de Nueva York para registrar lo que iba a ser el disco de su presentación oficial ante la sociedad americana.
 
 

 

 
 
 
Con una banda de ensueño que acompañaba y vestía a sus canciones (Oscar Castro Neves al órgano, su hermano Iko al bajo, Roberto Pontes Dias a la batería, Leo Wright a la flauta, Henry Percy Wilcox a la guitarra eléctrica, Lalo Schifrin al piano y los arreglos, más María Toledo a los coros) que evitaba exhibiciones, egocentrismos o cualquier detalle sobrante, su música y su guitarra evocadora ocupaba siempre un lugar preponderante pero no invasivo. Cadencia y caricia, una voz baja hablando alto, mientras la vida, cualquier vida, transcurría. El resultado sería “Composer of Black Orpheus plays and sings Bossanova” registrado en tan sólo en dos días, el 30 y 31 de diciembre de 1962. 
 
Bonfa ya había visitado los Estados Unidos a finales de los cincuenta realizando unos cuantos conciertos. Allí había explorado el jazz de primera mano, conocido a muchos de sus músicos y se había impregnado de su toque distinguido y su aura de elegante modernidad, mezclando la carnal sensualidad con la desnudez sentimental, como el poeta del pueblo que fue. A principios de los sesenta también compuso alguna bandas sonoras en los USA (“The gentle rain”) al calor del éxito de Orfeu negro. Venía pues ya con una sólida carrera a sus espaldas, no era ningún advenedizo. Había hecho sus pinitos vocales en Brasil, a finales de los cuarenta, como miembro del cuarteto Quitandinha Serenaders. Pero donde realmente se mostraba un titán era componiendo. Sagaz para captar el instante y elegante en su resolución, sus composiciones alcanzaban ya casi la cifra del centenar. Durante dicho trayecto formativo, configurando su estilo, conoce a Jobim, Vinicius, Gilberto… el caudaloso mar. Encontrará en ellos, aparte de amistad y complicidad, a socios tanto en lo musical como en lo vital, camaradas en la cración de una mirada propia, en una forma de aproximarse al arte y a la vida. 
 
Como bien dice el título, Luiz Bonfa canta. ¡Y cómo canta!. Huye de arrebatos -algo que en él hemos de consentir que nos parecería de todo punto imposible- se refugia en lo íntimo partiendo de lo pequeño. Una filosofía simple; Partir del detalle para llegar al todo. Instantáneamente nos remite a Joao Gilberto -y no es ese mal compañero, no señor, el mejor probablemente- por su insinuante sutileza, por su calidez cercana, por la precisión sensitiva. Una manera de cantar muy a menudo subestimada, para algunos hierática, monocorde, para quién suscribe serena y atractiva, discreta y próxima, pura. Un modo de contarnos las cosas genéricas partiendo de lo particular. Un forma de estar ante la vida, en definitiva, ajeno al cliché y evitando en todo momento embadurnar al oyente en esa costra viscosa propia de lo acaramelado y de lo excesivo, siendo también, sin embargo, esbozo sentimental certero y clarividente, exacto
 
Durante toda la primera cara de este Lp ejercita esa virtud callada que prácticamente nunca más repetirá salvo en casos muy esporádicos, cantar. Seis canciones delicadas, de insultante fragilidad ( “Silencio de amor”, “Samba de duas notas”, “Vem so”, “Tristeza”, “Sambalamento”, “Manha de carnaval”) más otras dos en la cara B (“Bossanova cha cha” y “Domingo a noite“) en las que brilla -una brillantez difuminada, apenas iluminada por la llama de una vela- acompañado de la voz de María Toledo, ahora mismo lo más parecido a un ángel que pueda recordar.
 
 
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