"LADIES FROM THE CANYON". Saint Tropez. Verano de 1970. (Parte 1ª) Capítulo I

 
 
Ya sé que me salgo por la tangente, pero ¿Me van a dejar hablar de blancos acampanados, encajes sugerentes y otras transparencias apenas cubiertas por una pamela, en medio de piscinas ovales en mansiones de estilo colonial?, ¿De la fascinación por ese estilismo californiano que navega entre el hippismo chic nada macrobiótico y alocado de los años anteriores al síndrome y la superficialidad bien entendida?…
 
PRÓLOGO. Enero 2011.
“Ladies of the Canyon” (Soy todo sueño) es -o mejor, fue- una epopeya vacua, torpemente escrita y escasamente interesante. Pero también es, déjenme decirlo, un refugio sentimental. Un refugio repleto de recuerdos imaginados descrito con impúdica sinceridad. El inofensivo y gozoso asidero emocional donde volcar deseos y fantasías. Algo que no creo haga daño a nadie, pese a su naturaleza impostora, y queme ha servido para recrear, aunque fuese sobre el papel, un mundo que nunca podremos vivir.

La idea original fue un grupo en una red social en el que cualquiera podía aportar aquello que mejor le pareciese. Afortunadamente en el mundo -incluso en el virtual- existen personas cabales. Así que la mayoría se sumó a este experimento de la manera más inteligente, observando. Otros un poco más activamente, dejando de vez en cuando alguna selecta y atinada perla musical, un incisivo comentario a lo aportado. Ya por último, un par de enajenados irredentos tomamos aquello como algo personal, redactando de manera febril y -al menos para nosotros- bastante divertida, algo parecido a una fotonovela o folletín por capítulos. Por supuesto, cada una de las intervenciones escritas tenía como condición sine qua non el ir remarcada por el vídeo o pieza musical que entendiésemos apropiada, ilustrativa.

La historia urdida, sucintamente, habla sobre el viaje iniciático de dos idealistas bonvivants en busca de financiación para el rodaje de una hipotética película. Una historia que el más joven de ellos ha escrito, y que deriva hacia una alocada espiral llena de situaciones delirantes, cameos a granel, sueños y deseos. Sueños y deseos de ésos que no se suelen cumplir, y que si me apuran, casi es mejor que no lo hagan. Como bien dijo uno de los de la partida, …una especie de flashback atolondrado donde importa mucho más la manera de ver el mundo que la propia vida de los personajes, ya que lo primero es parte de nosotros y lo segundo mera idealización…

Señoras que acuden a fiestas con capazo, para entendernos.

El guión constaría de cinco capítulos; Saint Tropez’70 (verano de 1970), Amalfí’71 (Otoño de 1971), Baden Baden’72 (Invierno de 1972), Marbella,73 (Primavera de 1973) y San Fernando Valley (Verano de 1974). El rumbo a tomar era el siguiente; Los personajes principales serían, en su inicio, trasuntos de cada uno de los adscritos al grupo, para luego cobrar forma autónoma y volar por su cuenta. Personajes situados dentro de un ámbito temporal (del verano de 1970 al de 1974) aunque bien es cierto que una vez establecida esta inútil regla se podían aportar todas las excepciones que creyésemos apropiadas. Personajes a los que se les podía -y debía– añadir, al gusto del redactor de cada uno de ellos, otros personajes de carácter histórico con los que se entablase un diálogo, una cierta complicidad. Estos últimos tendrían que tener, era obvio, una cierta coherencia con la historia, sin ningún tipo de exclusión una vez cumplieran esa pequeña regla. Por supuesto el valor literario, al no existir, ni se menciona. Una broma privada que se ha hecho más y más grande.

 

La idea final – borrosa, con un cierto y púdico reparo- era la de publicar ese folletín en esta bitácora, racionándolo de una manera prudente para que no fuese más indigesto de lo necesario. Pero hoy, conforme ha ido degenerando esta especie de culebrón en marcha aún tengo mucho menos claro que esa idea fuese acertada. Si soy sincero no es por falta de ganas sino más bien por la extensión y derroteros que ha ido tomando. No estoy equivocado si digo que vamos ya por las 20.000 palabras. Y eso que aún estamos finiquitando el tercer capítulo.

Y eso es todo. Todo el principio, claro. Vamos a ello….

 


El germen de todo aquello, así a secas, sólo podría condensarlo en un hotel de St. Tropez o una villa de la costa amalfitana, alrededor de 1970. 
El aparcacoches nos recibiría al son de Theo Schumann. En la recepción, exhuberante y enmoquetada, sonaría algo suave y elegante, 
algo de por ejemplo, Syd Dale, entre sofás de buen cuero -aunque en nuestro provincialismo nos pareciese eskay-  y arañas enormes  que se confunden e entre motivos op-art por los pasillos que nos llevan del vestíbulo al  elevador. Un ascensor donde, claro, suena algo de bossa bastarda, esa retocada por el Ortolani de turno. El bar de caballeros -sea o no de contrachapado estilo club inglés-  seguirá dominado por los maestros italianos, aunque si optásemos por la terraza y su piscina, sonaría algo de la factoría Telemusic, sin duda entre sillas tipo Emmanuelle y palmeras, siempre palmeras.
 
  La boîte -casi sobra decirlo- es territorio De Wolfe y KPM.

 



 SAINT TROPEZ. VERANO DE 1970.
 
 Estamos subiendo la carretera. Es empinada la jodida. Una carretera llena de curvas, recién asfaltada. Sí, una parecida a la que Trintignant y Gassman recorrían como si no hubiese un mañana. Cuando ya estamos casi en la cima, muy cerca de la Villa residencia del Commendatore X , desde la que se ve el mar y donde los plataneros se mecen por causa del viento, nos semeja entrar  al paraíso. Un paraíso lleno de huríes con gafas de sol y  bustos generosos, donde los hermosos camareros reparten Campari con unas gotitas de angostura y soda. Y una vez casi allí, como les iba diciendo, en el Lancia Aurelia sport comienza a sonar ella…
 
Es difícil resumir cómo de aquella visita a un vergel de chulos empapados en sudor como único perfume pudo haber salido aquel proyecto que nos llevó a Hollywood unos cuatro -¿o fueron cinco?- años después. Ustedes, ociosos profesionales como nosotros, sabrán seguir el relato con disimulado desinterés. Habla éste de cómo todo ese tiempo invertido en vender un sueño se disipa contemplando cimbreantes curvas, el devenir de fortunas en timbas al aire libre y varias sonrisas forzadas ante supuestos nobles en la mayor de las ruinas. Y también de cuánto se puede aprender. Para empezar, ni el servicio ni sus chaquetillas, impolutas, blancas, -que no color hueso-, son ni serán ya cómo lo fueron en aquellos tiempos. Puede que la humanidad nunca viviese mejor. Al menos los cincuenta o sesenta personajes que por allí deambulábamos podemos asegurarlo sin temor a equivocarnos.
     
 

  En los camareros fue fácil fijarse dado que asaltábamos las bandejas trincando todo aquello que contuviesen. No es que fuese por sed o hambre, ni tampoco por aprovecharnos de la opulencia que allí se respiraba, sino por el sentirnos fuera de lugar. Nuestro atuendo era el habitual del rock de baratillo por aquella época, mitad bardo, mitad chico malo: botines de mercadillo, pantalones de pana acampanados con los bajos estudiadamente abandonados, camiseta ajustada, foulard de baja calidad y chaqueta de piel de melocotón muy sobada. Todo distaba mucho del aseo y charmeasa una reinante en aquellos jardines. El estilismo del elenco femenino podría parecerse al nuestro, a ojos de una persona muy poco observadora, si bien la mayoría de ellas lucían bikini o pareo. Llamábamos de manera estridente la atención de todo el mundo, aunque fueron algunas de ellas las primeras en interesarse. Mi amigo Da Silva enseguida comenzó a charlar con una tal De Poo, el bendito fruto del imposible cruce entre una opulenta indiana guatemalteca retornada a Europa y un potentado holandés. Se quejaba de la baja asignación para sus gastos fuera del internado. Pero, ¿por qué preocuparse por ello cuando se pasa una todo el verano fosilizada en esta finca?, pensaba mientras las pupilas de mi socio quedaban fijas en aquel Gran Canal. La muchacha nos había sido presentada por quien resultaba ser la heredera de los detentadores de la mayor lista de títulos nobiliarios de la Liga Hanseática, la tan altiva como prieta Frau Von Taffelson. Su inaccesibilidad más allá de los formalismos hizo que toda mi atención se dirigiese hacia una dama rubia que, aunque ya algo entrada en años, emanaba fiereza carnal por todos sus poros y se movía entre los corrillos de gente lanzando agudezas sin parar de tomar vodka con zumo de naranja y esnifar directamente de uno de los azucareros de las mesas. Eran cerca de las doce de la mañana y aquella mujer, que no cesó de hacerme preguntas que no tenía tiempo a responder y que actuaba como una anfitriona pese a que llevaba en la casa apenas un par de horas más que nosotros, resultó ser una para mi desconocida superestrella del séptimo arte. Se llamaba Sylvia Miles.

 
Cómo se suele hacer en este tipo de situaciones, en las que la mayoría de ustedes jamás se ha encontrado ni se encontrarán, decidimos bañarnos en la piscina. Por los altavoces, que asomaban aquí y allí por la terraza, sonaba en todo momento una musiquilla ligera -y para mí hasta aquel momento prescindible- pero que se convertiría en nuestra banda sonora durante los próximos años. Aquella mañana sólo reconocí a Gigliola Cinquetti y su “Cero en amor” cantada ¡en castellano!




  Al final de la jornada, cuando el mar se tornaba pálido y la placidez reinante -no se sabía bien si a causa del resplandor de la felicidad hallada o por motivo de la incipiente excitación combinada con agridulces licores- nos sujetaba, allí, en el segundo estrato de la terraza pequeña, apareció sonriente el amigo Charlas. Era aquella, la más apartada de todas, una recoleta terraza remanso de paz para espíritus desbocados, incluso a veces escenario de futuras, casi palpables, sociedades lujuriosas. Con su americana de moaré estampada en aguafuertes celestes, de la que sobresalía aquella camisa de cuello doble del más resplandeciente turquesa que pueda recordar, y con su fino bigotillo apenas dibujado, semejaba, era, la viva imagen de la felicidad.

Se había establecido cerca de allí en busca de sosiego, en realidad seducido por el mito. No se lo hubiésemos tenido en cuenta de no ser por la compañía, una pequeña muchacha rubia, con las palas de los incisivos muy pronunciadas. A primera vista poca cosa para tan rutilante gallo. Nos miramos unos a otros y Mr. Bateman no pudo disimular una sonrisa incrédula. De repente, la pequeña muchacha rubia se acomodó en la barandilla que daba al mar y comenzó, para siempre ya, a tenernos en sus manos, a jugar con nosotros como si fuésemos marionetas, con aquel baile tan sicalíptico..

  Hagan el favor de ponerse en situación. Aquello era cosmopolitismo de manual y falsa seducción, la antítesis de los descamisados, por más que a alguno de nosotros le fuese difícil mantener la compostura y dar el pego. Una Babilonia trufada de aburridos millonarios, diletantes y advenedizos. Cabía todo y todo lo íbamos a disfrutar como si no hubiese un mañana, menudos éramos.
 
Lo perdimos de vista a media tarde. La última vez que lo vi lo recuerdo departiendo extasiado, ese brillo en los ojos tan propio suyo iluminando, con una belleza, creo recordar que Libanesa, hija -nos había dicho no recuerdo ahora quién- de un potentado, exiliado deprisa y corriendo, allá por el 58 desde Beirut, huyendo de la molesta e inoportuna guerra. Recordé haberlo leído en los periódicos, junto a no sé qué acerca de que la mitad de los fondos del Banco de Beirut habían partido con él. DonRa sin duda alguna también debía saberlo. Me había ganado la mano una vez más y pensé que si no era yo, nadie mejor que él para darse el festín. A eso de las diez lo vi bajar por la escalera del hall, radiante y satisfecho, como un hombre que se sabe tal. Lucia sus mejores galas y ese foulard a rombos que tan solo a él le quedaba digno. No sé todavía cómo pero en la mano llevaba… ¡¡un disco!!. Su sonrisa era de manual y sus ojos aún brillaban, aunque de otra forma. Se quedó quieto escuchando la nana que nos tenía absortos y grito ufano, haciendo sonar el disco que traía entre manos; ¡¡¡Alegría!!!… Pensé que era un cabronazo afortunado y me entró la risa…
  

Aquel tipo, el tal Charlas Bronson, era el mismo que anteriormente me había tocado en el hombro, interrumpiendo nuestros chapoteos y haciéndonos la misma pregunta que ahora sí, tendríamos que responder. Estábamos empapados, vestidos solamente con slips de color carne, sentados ante el imponente y viril -camisero ocre con cuatro botones con cuellos marrones, pantalón beige de bolsillos italianos y mocasines de ante con picadillo- Commendatore X.
 
¿Y vosotros de donde coño habéis salido?

Todo había comenzado en Mallorca, donde Da Silva y yo habíamos acudido a gastarnos nuestros ínfimos ahorros. Actuaba una cantante de folk regionalista de esas que en España comenzaban a reproducirse cual plaga y que tanto le gustaban a mi amigo. Yo, crecido por mis dos anteriores veranos entre la flor y nata del swinging London seguía, tanto el recital cómo la posterior conversación con la chanteuse, con exagerado desdén. Gracias a su referencias sobre un familiar lejano que gustaba de apadrinar producciones cinematográficas arribamos -con las pertenencias de ambos en una sola maleta y cuatro garabatos escritos al amanecer de una velada de azucarillos a los que denominábamos guión- dos días más tarde en St. Tropez, donde no tardamos en localizar a nuestro contacto. Jean-Paul era un marsellés cetrino y cejijunto de vasta cultura que, como casi todos los entes masculinos que por allí conocimos, portaba un puro encendido en todo momento y que tras definir a María del Mar cómo “una mujer sosa en cualquier tipo de acto”, nos refirió las señas de la Villa a cambio de acercar en su lugar el deportivo, por supuesto robado, en el que habíamos llegado.
 
 
J. Da Silva, aunque con apellido de futbolista oriundo, era un joven inquieto con aspiraciones literarias que se había bifurcado hacia el cine en busca de sustento. Tenía cierto talento (del tipo aquel del que quiere comerse la vida a bocados) aunque los quince días pasados en las Pitiusas a base de ensaimadas le acabaron provocando una acidez gástrica cada vez más y más molesta. Fue entonces cuando se aficionó al Gin Fizz con dos rodajas de pepino. Lo tomaba desde el desayuno hasta la cena. DonRa y él se encontraron por primera vez en los bajos de Can Gavina, antro diminuto y mal oreado, donde un Jay Kaye demasiado ajado para sus escasos 21 años se procuraba un lecho y algo de alimento volador, en aras de poder subsistir durante sus iniciales treinta días en Mallorca, aunque resultaba ir ya para el año. Este Da Silva, de aspecto atractivo e inocente, tenía algo que le hacía irresistible para todas las muchachas que llegaron allí con la tropa de Canterbury. DonRa, con más vida -y trampas- a sus espaldas le vio posibilidades inmediatamente. Le propuso ser su productor en una sociedad sin capital, al 50% (a su cargo las gestiones, al de J. el trabajo), y acabó por convencerlo mencionando unos contactos ficticios que decía tener, supuéstamente, en la côte bleue. Algo acerca del hijo de un dictador centroamericano depuesto recientemente, muchacho con alguna merma y que estaba encoñado con una noble sajona de inmensa fortuna. Nunca se supo bien del todo como, pero embarcaron en un velero propiedad de un trío de americanos –un joven matrimonio y la mujer de un productor judío del más pimpante Hollywood, diez años atrás- que partía hacía la Cerdeña ese fin de semana. 
 
 
 
  Embalado me disponía a contarle a X. con qué entelequias entretuve en cubierta a los americanos, mientras Da Silva se beneficiaba a aquella mujer en la sentina. Al Commendatore le bastó con  hacer un ademán, no sólo para hacer que me callase sino también para dejarme claro que le habíamos caído bien.  Así es como, todavía en ropa interior, me pasó una mano por el hombro y, desde su garganta bañada en Calvados, me fue susurrando un montón de futuras tropelías de camino al interior de la vivienda principal, donde tras recorrer una más que imponente colección dominada por prerrafaelitas y madonnas con y sin niño, comenzó a contarme sus cuitas. Colección sobre la que yo, con un conocimiento que no iba más allá de cuatro discos de moda y tres películas de arte y ensayo que adornaba con incansable verborrea, poco o nada tenía que decir. Así fue, digo, como X., el Don, conocedor de mis carencias y querencias -que no necesidades- ya que heredaba similares mimbres, invitó a la libanesa, mientras le palpaba ostensiblemente el trasero, a que me proporcionase algo de ropa adecuada cuando nos cruzamos con ella nuevamente en la crepuscular escalinata que daba acceso a la primera planta de la mansióN.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
RIZ ORTOLANI Shake in the disco
SYD DALE BAse line
ASTRUD GILBERTO Acercándome a ti
GIGLIOLA COINQUETTI Cero en amor
EDDA & ENNIO MA non tropo erotico
SHULA CHEN Bo habayta
MARIA DEL MAR BONET Si vens prest
AGUSTIN PEREYRA & HELENA URIBURU Niña no dIvagues
 



 

 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s