"LADIES FROM THE CANYON". Saint Tropez. Verano de 1970. (Parte 2ª) Capítulo II


  

Nada más comenzar la fiesta, en un discreto aparte, DonRa, a caballo entre el deslumbramiento y la admiración, alabó al Don sus dotes de anfitrión y adornó la charla -sucintamente- con instantáneas genéricas del encuentro con la muchacha. Nada íntimo, era todo un caballero. Al parecer, Yvette, la libanesa afrancesada, se encontraba muy sola bajo el yugo de un papá dominante y necesitaba con fruición las dosis de joie de vivre que aquel titán le acababa de procurar. Quién sabe que sería aquello, pero podía imaginármelo.

No conseguía quitársela de encima, pero mientras andaba en ello ya le había echado un ojo a la otra morena, imponente y retadora. Tenía Florinda Bolkan -así se hacía llamar artísticamente -ciertos aires balcánicos, aunque procediese de Uruburetama y en realidad se apellidase Bulçao. Venía de rodar una coproducción de tentetieso cuyo único valor -y no era poco- residía en las partituras y las notas. Notas como ella; altas, un poco andróginas, afiladas y dominantes.

También departía por los alrededores un tal Luchino -Vizconde o Visconti, no recuerdo ahora mismo- maduro y atractivo caballero. Enseguida advertimos que en absoluto era rival. No por porte ni atractivo, sino más bien por no apartar la vista de Da Silva, dedicándole alguna miradas libidinosas, alguna mueca de complicidad. Jugaba en otra liga. Resultaba evidente, con una simple mirada, que lo suyo era morder almohadas, opción que nos satisfacía sobremanera al eliminar así hipotéticos rivales. Aquello era una jungla de soterrados instintos.
 
 

 

 
En ese mismo instante, X., el Don, como era conocido, cual verdadero prócer, dominando la situación en todo momento, se elevó de su asiento y profirió un par de golpes a una copa con aquella pequeña cucharilla de plata. De forma casi instintiva, salvaje, como cachorros que escuchan la llamada de la selva, aquella formación de bonvivants giró su cuello y con la mejor de sus sonrisas, escuchó como X. glosaba su divisa.
 
– “Llevo toda una vida buscando la conquista de la felicidad, luchando por la supresión de las preocupaciones y nunca antes había estado tan cerca de conseguirlo. Quiero que hoy disfruten, como si realmente no hubiese un mañana. Hedonismo o barbarie, amigos”.
 
Y fue entonces, al volver a ocupar su lugar, cuando las ideas se le nublaban y sus ojos se  opacaban. Justo en el instante cuando arribismo o barbarie se posó en medio de la frente. Su cuerpo estaba presente, pero su cabeza estaba en otro lugar, en otro tiempo. Oh nena, I miss you.
 
 
 

A nadie se le escapaba que el disfrute sin cuartel era el fin último de la vida de X., pero naturalmente, los cimientos sobre los que esta se construía se hallaban bastantes alejejados de idealismos. Sus ardores eran -creo recordar que dijo- diferentes a los que abotargaban a la juventud. Respiré bastante aliviado al advertir que apenas tres o cuatro comensales vislumbrábamos su cambio de rictus, justo en le momento en que Da Silva mentó a la sobrina-nieta y a España. No se vacilaba al Don. Y menos aún en su reino.

 –“¿Es que llevamos veinticinco años reconstruyéndoles un mundo que nunca habían soñado y así nos lo pagan?, ¿nos llenamos las manos de mierda ensangrentada para esto?, ¿quieren sumir de nuevo a Europa en el caos y la barbarie? ¡Maldita sea, joven, mire lo que hemos tenido que hacer en América!,…señor, una condenada guerra en medio de la jungla por culpa de esos alborotadores melenudos con los que ustedes juegan a… ¡¡Ni siquiera saben a lo que juegan!!. Toda esa basura del triángulo de oro…¡No me quedará más remedio que producir más de trescientas películas este año para cuadrar mínimamente el balance!, ¡Con lo bien que nos iría a todos con los sudamericanos!. Son bastante más dóciles y saben hasta donde pueden llegar. Pero no, qué va, tenemos que acudir al quinto infierno para poder meter en cintura a cuatro insensatos que van voceando la revolución. ¿Qué coño sabrán ustedes de revoluciones?… No mi joven amigo, tenga usted por seguro que en España no nos vamos a pillar los dedos, de hecho ya nos…”

 
A Da Silva se le había esfumado todo el bronceado mallorquín y yo asentía con mi mejor sonrisa mueca al compás de mi elevado ritmo cardiaco. Por fortuna para todos, su cada vez más agrio y elevado tono quedó acallado súbitamente cuando la orquesta, situada con sagaz premura en el escenario por el señor Bronson, comenzó a tocar los acordes de “Forse Mai” y las luces se apagaron para iluminar una gigantesca copa de cóctel de la que emergió la grácil figura de Miss Taboo Jennifer.

 
  Desgraciadamente el así llamado Commendatore X no era tan distinto a los otros Commendatore que poblaban el mundo. Acaso más relativista y descreído, pero igualmente poseído por la megalomanía y las cuentas de resultados. Los peajes que el tiempo y la fortuna le depararon habían hecho de él algo muy distinto a lo que fue  antaño, sus ideales se desvanecieron entre los depósitos bancarias, las acciones y los bonos del tesoro. Era mucho más rico pero también bastante menos humano. Encendió un Davidoff nº 5, uno de esos pequeños habanos que fuman aquellos que solo gustan realmente de cigarrillos rubios americanos, y entornó los ojos. Da Silva lo observaba con gesto imperturbable, apretando los nudillos bajo el mantel. DonRa le hizo una seña apenas perceptible ,conminándole a que se calmase. ¿Aquel era el tipo en el que había confiado?, ¿Tan errado estaba desde el primer momento?. Dio un trago largísimo al Chateaux Lafitte, como si  ese néctar fuese un vaso de aquella agua sucia que solía trasegar en su pueblo, y desapareció tras la cristalera que daba al jardín. Los comensales más mundanos se quedaron extasiados ante la gracia y donosura de la danza de Miss Taboo, los más procaces comenzaron a salivar. De repente, como aparecido de no se sabe bien dónde, un bigardo trajeado impecablemente y con un poblado bigote lanzo una mirada panorámica que atenazó cualquier intento de seducción. Era el dueño y señor de aquella ninfa delicada, saltaba a la vista por como ella le miraba. Solo a él. Un pequeño bulto en el lado izquierdo de su pecho disuadió a cualquier osado que aún no se hubiese dado cuenta de ello.
 
“Michelone, cálmate amigo mío” le espetó el Don. Se lo dijo de igual a igual, como los camaradas que una vez fueron. La música pareció amansarlo un tanto. Los invitados ya alternaban gustosamente…

 

 

 
 En aquellos días La Riviera era todavía aquel sitio en el que, sin apenas alejarse del desenfreno, uno podía recogerse bajo un manto estrellado y retomar sus sueños con la simple inspiración de una brisa tibia y el ronroneo de un mar sigiloso, al amparo de las excesivas luminarias que presiden hoy tanto nuestras calles como nuestras vidas. El lugar donde la sofisticación permitía todavía escucharse a uno mismo. En ese preciso instante, J. se dio cuenta que había muchas cosas que hacer por allí y su película constituía una mínima parte de ellas. Cuando se volvió a dar la vuelta, aunque seguía siendo el mismo, algo había mutado en su interior. Bateman, que lo observaba desde una prudente distancia, pudo percibirlo con claridad a pesar de la penumbra. Y recordó aquellos tiempos, remotos aunque no tan lejanos, en los que podía llegar a emocionarse.

¡Ah! Bateman. Lo que él había sido. Vítores y oropeles, mujeres y desenfreno. Noches de doblete investidas de un poderío casi omnipotente. Quién lo diría, allí discreto, apartado, casi en un segundo lugar. Charlas Bronson tan solo le miró, pero bastó esa mirada para que él hiciese un breve gesto que solo los más avispados definirían como seda de una comedia, veladura del personaje. Cómo un flash inducido, recordó el día en que Julie le amenazó con quitarse la vida. También evocó aquel amanecer, sentados en la arena frente a la casa recién comprada en Sausalito, cuando le cantó “Llévame a la luna” por primera y última vez. La misma mañana en que Harry le dijo que lo dejaba todo. Esa mañana Miss London se recluyó en su mansión de Mullholland Drive y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Bateman desapareció de su vida sin dejar rastro.

 
  Miss Taboo había conocido a Michelone -“Mi Miguelsito”- susurraría cual gatita desde entonces cada vez que lo viese- en las Vegas, una noche de junio de 1968. Acaba ella de actuar con Anita, como solía llamarla, con un éxito rotundo. Decenas de moscones podridos de billetes, muchos de ellos con halitosis crónica, se arremolinaban en las puertas del camerino. Había también varios sombreros tejanos de esos que poseen decenas de pozos petrolíferos, un par de teen idols revenidos de la Columbia records necesitados de disimular su aleteo y un Neoyorkino medio bobo cuyo abuelo poseía una cadena de Hoteles en el Este. Hilton se apellidaba. Tenía la pareja de Diosas un contrato fijo en el Sands de Bugsy Siegel desde hacía poco más de un mes. Frankie había hablado con su amigo Aaron Rothstein y todo se solventó en un pispás. Tampoco habría hecho falta, visto su talento y belleza, aunque hay que reconocer que les ayudó bastante. Más pronto que tarde se habrían hecho con el nombre tamaño gigante Annie & Jenny que refulgía en los neones de la entrada principal. Blue eyes estaba más que interesado, yo diría que en ambas, y es que ambas eran hembras de impresión. Además de listas, sagaces y capaces de maniobrar en tan procelosas aguas sin salpicarse en exceso, conocían el arte de seducir sin implicarse en lo personal y catalogaban a los hombres tras una sucinta mirada. Peter Lawford, tarambana con una bonita cara, también las roneaba pero ellas lo evitaron tras calarlo en la primera copa, prefiriendo las bromas y ocurrencias de Sammy o de Dino.

Por aquel entonces Miguel era un jugador profesional con bastante suerte e inteligencia -tenía mucho cuidado en evitar las trampas- y contaba con nervios de acero. Había llegado allí casi por azar, huyendo de un gris país europeo que se le quedaba pequeño. Ganaba más de lo que perdía porque conocía la alquimia de la fortuna, y debido a ese conocimiento procuraba no abusar. La primera vez que la vio todos sus planes de futuro se fueron al garete. Distinguió los tres problemas a la primera; el grande (Sinatra), el mayor (Rothstein) y uno último, enorme, que tenía que ver con Bugsy. Nada de ello lo arredró. Por una vez supo que había encontrado un cómplice; en el amor, en el destino, en la vida. Decidió que iba a luchar por ella. Llevaba sus cien de los grandes ganados en interminables noches de blackjack bañadas con escocés de Arkansas.

A tres gorilas con demasiada altura -y afortunadamente para él, con demasiado peso también- tuvo que liquidar aquella noche. Acto seguido tomaron el primer avión a Miami y de allí volaron a Europa. Un compañero de juego, veterano de la gran guerra le había hablado de un bonito pueblo cerca de Salerno. Amalfi se llamaba, en plena costa. Aún no lo sabían pero allí sería donde conocerían al Commmendatore.

  Mientras tanto su amiga Anita rehizo su carrera, centrándose en Hollywood. Rodó algunas películas musicales con un joven ídolo del rock and roll  recién llegado de cumplir el servicio militar en Alemania. Se llamaba igual que Rothstein, aunque todos le llamaban Elvis salvo su madre.  A diferencia del gángster, aquel era un pedazo de pan.

 

Nada más partir, yaciendo en cubierta relajados, entre cháchara y sonrisas, se sintieron por un instante como impostores. Un par de botellas de Champagne (Una Grande Dame Magnum, Gran Cru Cuvèe Prestige de 1969, concretamente) recién abierta ayudo a disipar esa sensación de inmediato. DonRa y Da Silva se miraron por un instante, sin poder evitar un sutil gesto de satisfacción. Dos aventureros en pos de un sueño. Un sueño que parecían dominar con una pericia y suficiencia hasta ese momento ni siquiera imaginada. No sabían todavía exactamente cómo y dónde iba a ser ese sueño, pero el que tenían delante de ellos no pintaba nada mal. Si los siguientes iban a ser de ese tenor, por ellos perfecto. En el horizonte un territorio nuevo y desconocido. Lo habían imaginado tantas veces que se comportaban como delfines investidos desde la cuna. Deidre, la hija del productor, parecía estar evaluando cual de los dos iba a ser la primera presa, mientras les llenaba de nuevo la copa. Al otro extremo del yate, Jackie, embadurnada en aceites y con un pitillo finísimo tras la inacabable boquilla de marfil, apenas dejaba ver su rostro casi perfecto, oculto bajo la enorme pamela. Le pidió fuego desganada y displicentemente a Mickey, que acudió raudo y solícito a satisfacerla. No parecía que conociese otros modos de hacerlo, bastaba con mirarlos. A ambos.

Aquella muchacha apareció de repente. Al parecer subió desde uno de los dos coquetos y pequeños camarotes de popa. Llevaba todo el día indispuesta y ni ese supuesto malestar arrastrado podía disimular la viveza de sus ojos y lo irresistible de su sonrisa. Su cabello pajizo, corto y en forma de caso les resultó muy chic. Lo restante en que se fijaron les gustó igualmente. Era de todo punto imposible lo contrario. Howard, el dueño del barco, la colmaba de atenciones pero ella, que pareció recuperada al instante, nada más ver a esos dos extraños en cubierta ya no se iba a fijar en otra cosa. Le habían gustado a la primera, aunque también los había calado al instante. Procedían del mismo lugar que ella, saltaba a la vista. 

Hubiesen deseado que la travesía, inicialmente de sólo un par de días, durase diez, cien días…



 
 
 
 
 
 
 Fin de la primera parte.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
TONY RENIS Perche perche
FLORINDA BOLKAN Metti, una sera a cena
GLORIA PAUL Forse mai
HELGA SCHRAMM Smooth voice
TINGLADO 13 I miss you
JULIE LONDON Fly me to the moon
EVIE SANDS Until it’s time for you to go
ANN MARGRET Thirteen men
CATERINA CASELLI Cento giorni
 
DONRA

Maduro y viajado aventurero romántico con demasiada vida a sus espaldas. Ensoñador y posibilista. Buscavidas errante narrador de la historia.

 

 

 COMMENDATORE X.
A.K.A. El Don. Misterioso personaje de turbio pasado y tenebroso presente. Anfitrión, mecenas y ¿espejo? del proyecto cinematográfico de DonRa y Da Silva.

 

DA SILVA

Joven airado con un talento literario y cinematográfico pendiente de domesticar. Amigo y socio de DonRa en el proyecto presentado al Don. Su peripecia vital y el devenir de la historia irán indisolublemente unidos.

 
UVITA DE POO

Muchacha de etérea e inteligente belleza, dueña –sobre todo – de sus silencios. Hija de un industrial originario de los Países Bajos y una opulenta indiana guatemalteca. Independiente, observadora. Finalmente enamorada de Da Silva.

 
IRINA VON TAFFELSON

“Frau Taffelson” es rebelde, pizpireta y autosuficiente. Último eslabón de una larga familia de noble raigambre aristocrática, pilar fundamental de la liga Hanseática. Abanderada del modernismo más avanzado y ducha en el manejo de los mecanismos y el protocolo de los de su clase.

 
SYLVIA MILES

Actriz neoyorquina iniciada en la factoría de Andy Warhol y Paul Morrisey. Su posterior paso a Hollywood  refulgiría con su interpretación en “Midnight cowboy”. Charlatana impenitente y aquejada de un perenne e insaciable comezón uterino -especialmente en cuanto avista la presencia del narrador- estas virtudes acaso empequeñeceran su inicial radiante  belleza.

 

GIGLIOLA CINQUETTI

Cantante italiana de aspecto insustancial. Joven e inexperta, su voz, de tonos tristes, semejará acaso el crepitar de uno de sus mayores éxitos; La lluvia.

 

 
CHARLAS BRONSON

Miembro de la insobornable camarilla de los exiliados. Caza fortunas exitoso, se establecerá en Italia, lugar de donde su última pieza cobrada es originaria. Aparecerá y desaparecerá sigilosamente, de acuerdo con su personalidad, a lo largo de la trama.

 
MR.BATEMAN

También conocido como Harry. Otro más de la troupe errante. Conocedor al dedillo del Swinging London, sus actores y secundarios, cuya leyenda ayudó a construir de manera fundacional. Habitualmente pululará  por la narración en compañía del Señor Bronson.

 
JEAN PAUL

Belmondo.  Joven actor francés protagonista de algunas de las cimas de la Nouvelle Vague francesa, especialmente en las realizadas por el suizo Jean Luc Godard. Mantendrá un encuentro episódico con la pareja protagonista a la llegada de éstos a Saint Tropez..

 

 MARIA DEL MAR

Cantante Folk catalana de tan cálida voz como gélido porte. Amor platónico -posiblemente mera idealización- del joven Da Silva al inicio de esta aventura.

JAY KAYE

Muchacho americano menudo y esquivo. Tras registrar, con apenas quince años, un disco extraño y sublime, decide retirarse en las Baleares a la búsqueda de su particular Nirvana espiritual. Algo que obviamente no encontrará y que terminará por echar  por la borda su incipiente carrera.

YVETTE

Hermosa hija de un banquero libanés, libérrimamente libidinosa. La lascivia hecha carne.

FLORINDA BOLKAN

Actriz, cantante y modelo de origen brasileño. Investida de un andrógino aspecto y de una escultural figura. Afincada en Italia desde mediados de los sesenta, formará parte de varios proyectos artísticos. Proyectos éstos de tan controvertido talento como indiscutible atractivo.

 

 LUCHINO

Vizconde o Visconti. En realidad ambas cosas a la vez. Noble italiano de carácter delicado, refinado y malévolo. Con mirada propia para observar las cosas y de indiscutible sensibilidad artística. Cineasta notable.

 
MISS TABOO.

O Jennifer. O ambas cosas a la vez. Una hermosa mujer, de armas tomar, menuda e inteligente. Hecha a si misma. Dotada de un talento sobresaliente decidirá por amor -¿Por qué otra cosa si no?- ejercitar éste solamente en la intimidad. Para satisfacción de sus allegados y, especialmente, de su amado Michelone.

 
MICHELONE

Aventurero, hedonista. Epicúreo caballero español de vitalidad notable y moral particular. Guerrillero, músico, tahúr, guardaespaldas… finalmente hombre de confianza del Don.

 
MICKEY

Howard Michael Getty III. Desheredado primogénito de la segunda fortuna petrolífera de Tejas. Tarambana, enamoradizo, amante del lujo y la velocidad. Ludópata y sumiso esclavo, tanto de su mujer como de la misteriosa Jackie.

 DEIDRE

Personaje débil e influenciable, al igual que lo es su figura. Esposa de Mickey. Hija de un famosísimo productor Hollywoodiense de la antigua escuela. Ansía conocer mundo, decidiéndose a comenzar por la Europa Mediterránea.

 
JACKIE

La americana impasible. Siempre protegida por unas enormes gafas de Chanel y una enorme pamela de Givenchy. Distinguida, altiva, sicalíptica. De su misterioso pasado resuena el eco de haber sido la presunta viuda de un político de talla mundial y una implacable caza fortunas de altos vuelos, cuyo objetivo final es el mas rico de entre los riquísimos armadores griegos.

 

 

 

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