"LADIES FROM THE CANYON". AMALFI. Otoño 1971. ( Parte 2ª) Capítulo IV

  Octubre ya estaba a las puertas. Los últimos coletazos del verano se esfumaban a un ritmo casi mayor del que menguaba la chequera. DonRa la había recibido en el interior de un sobre lacrado, de manos de Michelone, la mañana siguiente de partir el Commendatore. Le acompañaba una pequeña nota manuscrita. Aquella caligrafía le resulto familiar en cuanto comenzó a leer, “pero no”, pensó, “eso” no podía ser posible. Los tenues y lejanos recuerdos que comenzaban a aflorar pronto se difuminarían entre el jolgorio y la molicie del gran salón.
 
La idea de abrir las puertas de Villa Boccacio a toda aquella tropa había sido divertida hasta la mañana en que el invertido de Mickey perdió el control del Ferrari. El desprecio con que Jackie acostumbraba a tratarlo dolía más a los espectadores de la comedía que a el mismísimo automovilista. En cambió su mejilla marcada para siempre con aquella cicatriz sería una carga a la que tendría que comenzar a acostumbrarse. Era en aquellos trances cuando DonRa más echaba de menos a Mr. Bateman y Charlas Bronson. No sabía cómo habían conseguido partir rumbo a Río con el Commendatore, mientras él quedaba al mando, no sólo de aquella cohorte de vicio y perdición, sino también de las posesiones del Don, siempre bajo la escrutadora y silenciosa mirada de Michelone. Aunque si quería ser sincero consigo mismo, las atenciones de la Bolkan y seis o siete señoritas más, junto a la irrupción de Lolo, La Garza y la pareja exiliada, le había procurado instantes tan divertidos como ver a Vittorio Gasman cabalgando a la Miles mientras recitaba a Dante, o una pelea de gallos entre Andrew Loog Oldham y Luchino por los favores de un narcotizado David Hemmings, mientras compartía vicio con el joven ayudante de Visconti, un tal Dario Argento. Las veleidades de la aguja casi lograron derrotarle, aunque aquella cama redonda con la Von Pallenberg y Nico no lo mereciese del todo. En cambio la cara de orgullo herido del tal Philippe y las chanzas de Lolo sí le parecieron recompensa suficiente.

Contaba con la ira inicial del Commendatore, pero confiaba en aplacarla de algún modo. Aquel legajo de caligrafía pulcra, ensuciado por restos de carmín y otras sustancias, arrugado por los chapoteos de los invitados en la piscina ovalada era bueno, formidable. Da Silva había plasmado, de un modo que llegó a asustarle, lo que yacía oculto en aquel crepúsculo hedonista que parecía tocar a su fin; La crónica de una era fagocitada, la ruptura con el desorden moral establecido, los vertiginosos cambios en las costumbres y una definitiva derrota del idealismo utópico que hacía inevitable la sustitución de valores. “Es sublime” pensó DonRa. “Aunque hay que vendérselo bien al Don”. En medio de todo aquel caos, un joven imberbe, escasamente viajado y que no podía conocer de la vida más que lo imprescindible, había aprovechado sorprendentemente bien sus cartas. Cual profeta había anunciado lo que estaba por venir.

  Mientras tanto, sentado en primera clase, jugueteando con el Tartare de atún que apenas había probado, el Don miró por la ventanilla del Jumbo que en esos momentos cruzaba el Atlántico. Parecía un buen avión el 747 estrenado el invierno anterior. Había hecho bien en comprarle aquel paquete de acciones a la ex del hijo menor de Charles McDonell. Su valor se había quintuplicado en menos de un año. Tal vez era exageradamente grande para el número de pasajeros pero le resultaba simpático y decadente volar mientras alguien tocaba un piano de cola. Y más todavía si éste era Sito, un crápula y talentoso pianista español al que había conocido en un club privado de Copacabana, mientras solucionaba lo de Jobim. Era todo un tarambana pero tenía gracia, enfundado en su americana de piel de leopardo y sus enormes gafas de concha siempre empañadas. Por su parte Mr. Bateman y Charlas Bronson compartían hazañas cariocas, mientras bebían el enésimo gin tonic olvidándose por un rato de los hermanos Baptista y de Rita Lee, divertidos pero agotadores. Ornella y Gino, una pareja italiana ensimismada, acompañados por el maestro Moraes, discutieron y se prometieron amor eterno no menos de cinco veces. Otras tantas se maldijeron, entre las intercesiones del anciano por que hubiese paz.

 

Aquello debía ser ya Madeira. Se giró levemente a su izquierda y le acarició el cabello justo en el momento en que se despertaba. “¿Ya hemos llegado querido?”“Todavía no, duérmete”. Se recostó sobre su hombro y preguntó “¿Es muy hermosa Italia?, “Sí, muy hermosa” dijo, apagando el cigarillo.

 

 

 
DonRa y Da Silva contaban con refuerzos recién llegados en el Espresso 824. Lolo Peruzzi y Rafaello Beato, dos viejos camaradas de la Dolce vita romana. El dúo se transformó en cuarteto, más madera para un renqueante Alfa Romeo y el viaje que les esperaba hasta el próximo punto de reunión, una siniestra silueta medieval que coronaba el monte vecino. El líder aguardaba y la paciencia nunca figuró en su tarjeta de visita. La macchina no era excusa.
Esta pequeña iglesia románica di Santa Maria del Carmine, encaramada en lo más alto del Montestella, era la X en el mapa, el lugar escogido por el Don para guiar a aquellos jóvenes elegantes por el Laberinto de los Compañeros, divertimento iniciático que causaba furor por esas fechas. Los canecillos del ábside, además de mirar directamente al sol naciente, a la Jerusalén celestial, representaban misteriosos símbolos cabalísticos que invitaban al juego. El Don, sentado en el atrio del templo, se dijo a sí mismo “Sí, la sorpresa está garantizada, este lugar lo tiene” mientras finiquitaba su primer cigarrillo Treause Black del día. La jornada no podía comenzar mejor… o eso creía. La carretera que conducía hasta la misma cumbre de Montestella era un infierno con forma de serpiente. DonRa, experimentado conductor en sus dominios norteños, se defendía como podía de aquel bombardeo de curvas, pero el resto de sus compañeros metamorfoseaban el moreno adquirido durante los últimos días en un blanco nuclear que no anunciaba nada bueno. Lolo fue el primero en regurgitar. Y, claro está, el efecto dominó no se hizo esperar. Concentrados como estaban en limpiar los restos de cornetto y capuccino de sus fulares de seda, no se fijaron en el pequeño Cinquecento que les seguía desde la salida de Castellabate. Eran las diez de la mañana, dos horas más tarde de la hora fijada para el encuentro, cuando la banda llegó a las puertas de la iglesia. El Don era un volcán (ya sabéis, tanto retraso no es compatible con la paciencia). Los gritos y discusión reinate eran la mejor pantalla para ahogar el clack de una recortada recien cargada y cerrada. La hora de la vendetta del viejo Comisario Gamba d’Oro había llegado. 

 

 

La vociferante discusión en medio del recinto sacro se detuvo cuando aquel trozo de carne sanguinolienta cayó a sus pies. Da Silva se fijó en ella sin dar crédito a lo que veía, mientras DonRa observaba con detenimiento al inglés blancuzco y amordazado, bañado en sudor -o lo que demonios fuese aquello- cuyos ojos, fuera de órbita, deseaban, suplicaban cerrarse para siempre. Mientras, un chorro de sangre brotaba de su entrepierna y los dedos de la mano derecha, aquella misma con la que embadurnaba a Gianni con ansia y deseo, no mostraban uña ninguna. Lolo y Rafaelle hicieron ademán de alcanzar sus pistolas. El gesto del Don les salvó, al menos momentáneamente. Dos calabreses cejijuntos les apuntaban directamente al corazón.

 “Bongiorno Commendatore” saludó Gamba d’Oro, surgiendo tras una columna, a la vez que la Garza empujaba el cuerpo tembloroso de Oldham hacia ellos. “Come stai, Beppe” respondió el Don, mientras se cepillaba la manga de la casaca de ante tostada, manchada por el alma y las babas de un tipo que deseaba morir de una vez por todas. Antes de que comenzase la conversación – afortunadamente para él- ya estaría muerto. Sus testículos, embutidos en su boca amordazada, junto al terror y el dolor que le inundaba, le había provocado un benigno paro cardíaco. “No pensaría que iba a estar dispuesto a tolerar ésto. ¿verdad Commendatore?”. “Por supuesto no iba a permitir que nadie utilizase a este desgraciado en contra mía”. El Don asintió levemente. “¿Utilizarlo?, No acabo de comprender”, aunque lo entendía todo perfectamente. Sus inversiones inmobiliarias habían colisionado con la ‘Ndraghetta.

  Gamba d’Oro sonrió del modo más triste posible y dejando la cesta que portaba en el suelo se marchó, desapareciendo entre la penumbra. Daniele, apoyado sobre el coche, entró por la puerta oculta que daba al Transepto, alarmado por la calma irreal y con su luger, herencia paterna, en la mano. Cuando llegó hasta ellos su vista se detuvo en la cesta. Se agachó hasta ella y descubriendo el trozo de tela húmedo que la recubría dio un respingo de sorpresa. La cabeza de aquel joven británico, que estaba siempre colocado, reposaba todavía caliente. Y recordó que Luchino le llamaba Andrea, Andy… 

 

 
Los ravioli preparados por las dos beatas tenían un aspecto excelente pero un nudo en el estómago le cortaba el apetito. No obstante, aquel aroma impregnaba de calidez la habitación, envuelta en una humedad insoportable, así que convendría probarlos. No había quedado más remedio, la única manera de llegar al aeropuerto, sin desvelar la procedencia, sería en un taxi enviado desde Salerno por la casa. Volando en un jet privado podría aparecer en su despacho esa misma tarde sin dejar rastro. A excepción de aquel pequeño escollo, que precisamente utilizaría de excusa ante Don X. a la hora de fijar a qué hora exactamente había abandonado Villa Bocaccio, todo marchaba más o menos bien. Aquello ya había sucedido en más ocasiones y no representaba mayor problema, pero había sido la compañía de aquel lunático lo que le inquietaba. Una cosa es que se te vaya la mano, y otra que sea en presencia de alguien, aunque fuese un tipo como aquel.
 
-“¿Acaso no tiene apetito Su Ilustrísima? Precisamente, su visita es un mensaje del Altísimo. Debo ponerle al corriente de ciertas cosas que he visto por aquí últimamente.”
  
El Cardenal Petrone alzó la cabeza.

-“Apenas tengo tiempo de felicitarle por las inmensas aportaciones que su congregación aporta a Roma, Padre Bongusto, pero dígame, ¿lleva usted ya muchos años al frente de esta parroquia?… Ummm…está deliciosa esta pasta… ¡no sabe usted la cantidad de cosas que se pueden lograr con sus cepillos!”

A continuación le miró fijamente, primero clavándole la mirada y luego descendiéndola pausadamente al tiempo que pronunciaba:

 “¿Ha estado usted en África alguna vez?.


Otra vez el mar. Estaba revuelto. Esta vez el ruido no procedía de la playa sino desde la piscina, podía ver la costa perfectamente desde allá arriba. Y otra vez los mismos individuos. Pero en esta ocasión el viento era desagradable y el sol ya no calentaba. La última vez se había dado la vuelta y había sufrido una súbita metamorfosis. Hacía ya más de un año de eso. Era de noche y las siluetas  resplandecían entre la penumbra. En cambio ahora, en pleno día, el panorama es desolador. Allí mismo había plantada una cama isabelina de uno de los dormitorios de la segunda planta. La reconoció por un aparador a su derecha similar al que solía guardar su ropa interior. Bateman, reclinado en ella, lo miraba admirado, examinándolo, a la vez que curioseaba por los cajones. Allá donde alcanzaba su vista no veía más que despojos. Líquidos, sólidos, humanos todos. Y entre todo aquello vio a Charlas haciéndole señales desde el aparcamiento. ¿Dónde estaría Don Ra? Seguro que chupándole la polla al viejo allá donde este estuviese. Al fin y al cabo, esa era su obligación. Y él había escrito algo, aunque fuese en estos últimos cinco días. Tenían que tomar un avión.

-“Hemos encontrado muerto a uno de los croatas”. Dijo Harry.


 
Las dos azafatas se miraron, perplejas y divertidas, en lo alto de las escalerillas del 747 por donde aquella tropa accedía a la nave. Les parecieron -y no podían ni imaginar lo atinadas que estaban- el remedo de un casting de superproducción erróneo, equivocado. Se acordaron de nuevo de la última noche, insomnes, invitadas a una gincana imperial por dos chulazos canallas a los que habían conocido en el vuelo que las había llevado hasta allí. ¿El motivo? cualquiera. En esta ocasión una farra decadente y divertida, homérica, en un lujoso apartamento de la Piazza Cavour, en pleno Barrio de Priati. Pensaron que Charlas y Harry debían ser inmunes al cansancio, la noche parecía insuflarles nuevos bríos. Viendo el percal, en unos minutos se hicieron una somera idea de los especimenes que iban a tener que encontrarse. Guisseppo “El cisne”, que en ese momento salía de una habitación, llena de un humo denso y de todo aquello que éste no dejaba advertir, les dio algo discretamente, “Tomad, esto os ayudará. Una ahora y otra cuando penséis marcharos”. Eran unas cápsulas de color rosáceo. Les ordenó también que se presentasen a las diez en el aeropuerto, impolutas y puntuales. Ambas cosas las hicieron sin rechistar.


   Lolo y el francés orejudo, abrazado a él, tambaleante, le guiñaron un ojo a la pelirroja. A la vez que cogían la copa de champagne, inevitablemente derramada en más de la mitad sobre ella, musitaron algo ininteligible, no supieron las muchachas si saludo o rebuzno. Detrás de ellos toda esa plétora de viejas glorias, wannabies, pendencieros demacrados, seductores de tercera y buscavidas agazapados; Da Silva, absorto y taciturno, no se separaba del manuscrito. Iba tras la pareja de crápulas franco-gallega, mientras Daniele, con su sempiterno libro en la mano, se quitó las gafas de sol y sonrió tímidamente.

Monsieur Lafleur, con la promesa de la Duchessa de hacerle una visita el mes próximo, se había animado a la excursión y conversaba animadamente con una espectacular y radiante Nuvola. Esta, con un delicado pañuelo a la cabeza y luciendo un precioso vestido estampado de Givenchy, precedía al misterioso dueño del Ristorante Borgia, su marido. Sin el mandil ni las aburridas y rutinarias tareas del ristorante, daba la impresión de ser otra persona. De un negro impoluto -cisne y pitillos rectos- y unos Crockett & Jones hechos a mano, semejaba un ángel de la muerte investido de una misión. Su cinturón de cuero trenzado con una hebilla de motivos aztecas y el imponente medallón hexagonal de plata no hacían más que acrecentar tal impresión.

 
Ya en el interior del Jumbo, achispado y moqueante, Sito Santisteban les daba la bienvenida a todos, acariciando el piano con una mano y con un whisky largo en la otra. Un pálido y relamido muchacho tocaba la guitarra. “Sigue tocando Sigi, tengo que ir al baño” dijo Alfonso, dando una profunda y larga aspiración a aquel montoncillo blanco que rebosaba sobre la tapa del Steinway negro. Aún no se había dado la vuelta cuando Serge y Lolo ya daban buena cuenta de lo que restaba. En ese momento apareció el comandante del vuelo, que volvía hacia la cabina procedente del w.c. La imponente Bávara que ejercía de segunda de a bordo, se acicalaba nerviosamente el cabello, satisfecha, mientras del escote de su blusa todavía se adivinaba un busto casi perfecto. El comandante, un atlético colombiano de mediana edad, imperturbable y con una mirada que atería más que el viento que soplaba en Fiumicino, comentó displicente; “No se me apresuren, no van a acabarla”. La gente, alguna gente, comenzaba a ponerse nerviosa.

Por megafonía escucharon como el comandante Angelo Parizione les anunciaba que los últimos pasajeros estaban subiendo a bordo. Justo cuando decía gracias, disculpen las molestias” un ojeroso Michelone, con las venas del cuello hinchadas, se aposentaba en una de las dos butacas de la derecha, mientras dejaba su Steyr GB en el primer cajón de la cómoda Deskey, tras haber vacíado el cargador. Miss Taboo iba justo trás de él. Aunque las enormes gafas de sol que portaba pretendían disimularlo, había llorado recientemente. No obstante se sentó junto a él, acariciándole la mano. Levemente primero, más fuerte poco después. La yugular de Michelone dejó de marcársele a los pocos minutos.

DonRa y el Don, flanqueados por Rafaelle y La garza parecían discutir de negocios. Cuando el primero le pasó la mano por el hombro, no hizo falta ni un gesto del Don para que aquel la apartase como si hubiese sufrido una descarga eléctrica. Siguieron la conversación en el priveé antes de comentarle algo al comandante Parizione. La sotana roja que les seguía, cuyo portador, con la ojos inyectados en sangre no era otro que Sua Eminenza el Cardenale Davide Petrone, pasó inadvertida a todos menos a Daniele. No era tan tonto como para osar mantenerle la mirada. Y se quedó pensativo, acariciando su voluminoso libro de tapas doradas.

En unos instantes partirían hacia Roma…
 
Fin de la segunda parte.
CANCIONES DEL CAPÍTULO 
WANDERLEA Vou lhe contar
SIGI SCHWAB Necronomicron
PETER THOMAS SOUN ORCHESTER The world is gone
SOLUZIONE DUE Fulminato
LA METAMORFOSSI Scusa
DOMENICO MODUGNO Mafia
ARMANDO TROVAJOLI La decisione
 
 
 

A partir de este segundo capítulo los personajes relacionados serán sólo aquellos que aparezcan por primera vez en el episodio.

 

CHETTIE
Heroinómano. Músico. Genio. Antaño todo eso pero en el orden inverso. También fue el más hermoso príncipe del West Coast Jazz. En la narración, aunque desdentado y un tanto esquelético, todavía mantiene un halo de misteriosa hermosura. Subsiste como buenamente puede, tan solo preocupado por la próxima dosis. No obstante, muy de vez en cuando, es capaz, con una sola nota, de recrear el paraíso.
SILVIO

Personaje cómico, emprendedor y de peculiar talento artístico. Director de una orquesta insensata especializada en cruceros para americanos, del Tirreno al Adriático. Playboy de geriátrico ávido de fortunas, tiene un talento descomunal en el arte de embaucar ancianas. De aspecto cómico, es bastante más inteligente de lo que se suele pensar. Ahí es donde cobra ventaja.

DANIELE

Vigía infalible, aunque a menudo parezca absorto en la lectura. Sus decisiones en la vida obedecen a chasquidos bajo su poblada melena rizada. Cuando a través de las patillas estas ideas le llegan al esófago, sabe que está en el camino correcto. Un camino que, como las tortuosas carreteras amalfitanas, pocos secretos esconde ya para él. Todo un corredor sin fondo de la medianoche

LA GARZA

También conocido como el Comisario Gamba d’Oro. Salerno, independientemente de ser un lugar tranquilo y seguro -o no- debe, principalmente, parecerlo. Y él se encargará de controlarlo todo desde su inmensa humanidad. Una humanidad que también sufre, siente, y -aunque ustedes no lo crean- goza con homérica abundancia.

 
ROBERTO

Único hijo del Comisario Gamba D’Oro. Con inquietudes artísticas y de “sensibilidad” exacerbada. A menudo chocará con el recio y tradicional carácter de su progenitor. Con estudios realizados en Turín, aparecerá asesinado. Mantiene un idilio con un productor y manager musical británico, a quién la Garza culpará de todas sus desgracias, tras venir rebotado de una experiencia anterior.

 
ANDREW

Apellidado Loog Oldham. Aparece por Italia con unos barbilampiños y cejijuntos jóvenes ingleses, practicantes de la así llamada música del demonio. Elegante y discreto, su pasión  le acarreará un cruento final.

 
BILL

Miembro del grupo representado por Andrew. Siempre en un segundo plano, de virilidad enorme –al menos en cuanto a tamaño-, su rostro caballuno y su escaso don de gentes harán de él uno de los más misteriosos e impopulares bajistas de la historia del rock.

 
GIANNI

Joven cantante italiano. Rubicundo, jovial y de aspecto angelical, experimentará con la nueva sensibilidad del mismo modo que otras veces se mantendrá fiel a la tradición. Voluble y simpático.

 
ENZO

Heredero del creador del mítico “Cavallino Rampante”. Conoce a Roberto en la Universidad de Turín. Allí le iniciará, entre otras cosas, en el placer nefando.

 
BORGIA

Hierático posadero que esconde un pasado sorprendente. De pocas palabras y renuente a la acción, permanece en estado letárgico en un bar de la Costa Amalfitana. Observador del devenir de las cosas.

 
CAETANO 

Joven Brasileño, hijo de una acaudalada familia y con un talento musical desbordante. Es una de las inversiones del Don en el nuevo continente. Su carácter rebelde e inconformista dará al traste con las expectativas de aquel.

 
ANTONIO CARLOS

La cabeza de puente de las inversiones del Don en el mercado Brasileño. Compositor inventivo, fresco y sutil, triunfará en Estados Unidos adaptando su hallazgo al interés de la clase media Americana. Una inversión de escaso riesgo y alta rentabilidad.

 
LOUJLO PEROULOVIJC

Personajes irrepetibles de este calado ya no se dan hoy en día. Un hombre en el que lo imprevisible ha tomado acomodo para quedarse. Esto, cierto, lo podríamos decir de casi toda la rimbombante galería de alacranes que bandean por nuestro relato. Imposible saber nunca lo que hará en los próximos diez minutos. Lo que es seguro es que se encontrará en el epicentro de la diversión. La búsqueda indómita del placer es su única constante. Sin siquiera saber gobernarse a sí mismo, el mundo es su predio, su reino.

SERGE

Músico y compositor francés, de aspecto extravagante y genio incontestable. Hombre permanentemente pegado a un Gitanes. Alcohólico y sentimental. Tremendamente tímido, es capaz de pasar de la felicidad absoluta al total abatimiento. Enamorado de Brigitte, posiblemente lo único que quiso tener, y no pudo, en esta vida.

 
DAVIDE BONGUSTO

Párroco de Santa María Assunta de Positano. Devoto hombre de Dios. Recto y severo. Preocupado por hacer el bien. Un bien tal y como le ha sido enseñado en el seminario; Con temor a Dios, justiciero e intolerante con la disensión.

 
CARDENALE PETRONE

Altísimo cargo de la curia romana, muy bien relacionado con el poder económico por ser el Presidente de la Banca Ambrosiana. Su reverso tenebroso, príncipe del mal y la depravación en la intimidad de los deseos, tal vez se haya visto acendrado con el tiempo por un experiencia traumática. Una experiencia en su época de joven misionero en Abisinia, que acabaría con el único amor que tuvo, con su ingenuidad y con su fé. Muy de vez en cuando todavía sueña con Doris.

 
ANTOINE LAFLEUR

La ecuanimidad personificada. El saber estar en el país de los brutos. Un servidor -pero jamás servil- fiel y caligráfico. La calma chicha que sigue a la barbarie, el observador de lo inapreciable. Otra de esas personas de excelente conversación pero que prefiere emplear el silencio como discurso, pese a que sin duda recuerda la historia mejor que cualquier otro personaje.

 
DUCHESSA ZELIA

Aristócrata poco apegada a la vida social y a los lujos, acaso por tenerlos desde muy niña. Dedicada a los libros y la conversación sobre literatura rusa del Siglo XIX, disfruta mucho de la compañía de Messieur Lafleur, espíritu delicado y esencialmente bueno.

 
PHILIPPE

Impresentable joven actor francés. De personalidad errática y caprichosa, aparece en una barcaza en compañía de Christa Päffgen, modelo, semi actriz y seudo cantante, un neblinoso amanecer agosteño. 

 
SOFIA

Hermosísimo espécimen de mujer, hábil en la esgrima de la doble moral y lasciva en grado sumo. La favorita del Don, con la que mantiene algún placentero y esporádico encuentro. Siempre ávida de los réditos que todo ello le pueda procurar.


ANGELO PARIZIONE

Capitán de la aeronave del Don. De origen italo-colombiano, es el encargado, además de trasladar al Don y sus invitados, de velar por los intereses agrícolas de éste en la América andina. Tipo solvente y con recursos.

TITO
Alfonso Santisteban, músico, pianista, vividor, ludópata y mil cosas más empleado por Michelone para amenizar las fiestas del Don.

NEUS
Elegantísima dama, compañera de Borgia y retirada con éste en Amalfi.  Antigua modelo y musa de Givenchy.

GUISSEPPO “El cisne”
Dueño, en sociedad con el Commendatore X., de varios de los Night-clubs más concurridos de la noche romana. Recluta jóvenes como atrezzo, diversión o lo que se tercie para todo acto social necesitado de belleza, ambiente refinado y cosmopolitismo. No le hace ascos -ninguno- al crapulismo, aunque intenta mantenerlo oculto.

VITTORIO
Excesivo y  seductor actor italiano. Habitual en las fiestas de Villa Bocaccio. 

DARIO
Argento. Ayudante de dirección de Luchino. Ducho en reflejar el terror de lo cotidiano, la pintura de Hopper y obsesionado con el plano racionalista. De ojos saltones y mirada huidiza, suyas serán varias de las obras maestras del llamado “Giallo” italiano.

DAVID HEMMINGS
Amigo de Dario, con quién rodará su obra maestra “Profondo rosso”. Amigo de los protegidos de Loog Oldham y habitual también en Villa Bocaccio.

HERMANOS BAPTISTA Y RITA LEE
Componentes de Os Mutantes, la ramificación del Don en la Psicodelia sudamericana. Tremendamente creativos e inevitablemente dispersos. Muy interesados en la nueva teoría de la percepción. Para ello se empeñan en deglutir, incansablemente, Lindos Sonhos Delirantes, ingeniosa frase cuyas iniciales sirven como acrónimo para su medicina.

ORNELLA Y GINO
Pareja de italianos fatalmente enamorados. De carácter irascible. Cantantes sublimes, su obra es ejemplo máximo de aquello conocido como “El síndrome de Stendhal”. La belleza transida, agotadora.

MAESTRO MORAES
De nombre Vinicius. Poeta brasileño e ideólogo de lo que se vendría a llamar “Bossanova”. Su disco con Ornella y un desconocido guitarrista conocido por Toquinho será algo de otro mundo. Uno, desde luego,  mucho mejor.

RAFAELLE BEATO
Sicario y escudero de Bateman. Aunque su nombre lo intente enmascarar, de origen español. Pendenciero, osado y peligroso.

ANITA VON PALLENBERG 
Una máquina del vicio. Amiga y compañera de uno de los de la banda de Andrew. Traspasar.

MICK
Eterno aspirante a aristocrata a través de un voluntarioso remedo de malencarados aullidos gatunos con fondo eléctrico.  

SIGI

Jovencísimo guitarrista alemán, amigo de Tito y a quién suele acompañar en sus intervenciones.

 

 

 

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Un comentario sobre “"LADIES FROM THE CANYON". AMALFI. Otoño 1971. ( Parte 2ª) Capítulo IV

  1. Hola, como siempre imperdible esta recopilación tuya, un favorcito: podrías revisar el tema: HELENA URIBURU Y AGUSTÍN PEREYRA Niña no divagues es imposible su descarga. Un saludo y sigue así.

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