"LADIES FROM THE CANYON" AMALFI. Otoño de 1971 (Parte 1ª) Capítulo III

 
 

 

AMALFI. Otoño de 1971

 
Llegaron a Salerno a media mañana. Howard y Deidre tenían, por encargo del padre de ella, algo parecido a una comida de trabajo con un par de caballeros -unos tales Ponti y Di Laurentis, dijo Howie– que al parecer deseaban establecerse en Hollywood. Mientras bajaba por la escalerilla que daba al puerto privado, a Jackie le dio un vuelco el corazón. Lo reconoció de inmediato. El rostro, hacia diez años cincelado por el mejor escultor, estaba ahora lleno de arrugas y de su boca apenas se podían percibir tres o cuatro dientes. De su mano izquierda el maletín de cuero, aquel donde estaba guardado lo único que lo asía a la vida.
 
-“Chettie”, alzó la voz, pero aquel, ausente, descendía a toda prisa del crucero de recreo, repleto de turistas americanos, huyendo de un vociferante italiano, moreno tostado y de sonrisa fatua, que parecía increparlo de un modo particularmente zafio; “Va fanculo, io sono il grande Silvio, il signore Berlusconi, la Star de la orchesta. Subito, dove vai?”.
 

DonRa y Da Silva se encogieron de hombros y subieron al Alfa Romeo 33 Stradele, un tanto apretujados por ser un dos plazas, y sin poder reprimir un silbido de admiración. El automóvil, de un rojo escarlata, era precioso. Daniele, hierático y silencioso, apartando la vista del  libro de Patricia Highsmith en que estaba enfrascado, se presentó ante ellos y les hizo saber que les esperaban a comer en Positano. Tenía la frente despejada, unas patillas prominentes y un halo romántico que su mirada triste acrecentaba. Anduvieron subiendo la carretera de la costa durante más de media hora. Una costa -“La costiera Amalfitana”- que en los próximos meses les iba a ser muy familiar. Absortos ante tan bello lugar, no atinaron a decir palabra. Tanto el paisaje como la fauna que lo poblaba era imponente. Villas, jardines, hombres y mujeres parecían elegidos especialmente por su prestancia y belleza. Ambos, sin decirse palabra, habían pensado en lo mismo. 

 

Cruzaron Vietri, Maiori, Amalfi y Praiano. Ambos lados de la carretera que los llevaba estaban, por aquellas fechas, casi a finales de mayo, llenos de vida. Admiraban lo que veían mientras una brisa reparadora les daba de frente obligándoles a entornar los ojos. Daniele puso un poco de música en el estéreo del auto y les preguntó de que color preferían que fuese el esmoquin.
 
 
La vida no había sido buena compañera de viaje del Comisario Gamba d’Oro, no. Duro y disciplinado, el viejo carabiniere juró vendetta contra todo y contra todos aquella soleada mañana siciliana que la corriente del estrecho se llevó a Gianni, su único hijo. Nunca se aclararon del todo los hechos de su muerte, ni en la posterior investigación oficial ni, mucho menos, en la enfermiza mente del lobo herido. El informe habló de un desafortunado accidente, un accidente que tenía sombras no del todo aclaradas… y éstas cobraban forma en su imaginación cada día que pasaba: No podía borrar de su mente a la pandilla de jóvenes turistas británicos, aquellos que durante los días felices del verano del 67 compartieron con su hijo algo más que botellines de cerveza y nobles e inocentes ideales propios de tan floridos años. No existía antídoto para el veneno que devoraba su alma con la sospecha de una incipiente homosexualidad de su ser más querido, y eso era casi peor que la propia pérdida.
 El paraje, un hermoso y tranquilo pueblo de pescadores, fue obligada escala en la ruta de DonRa y Da Silva. El Alfa Romeo empezaba a dar alarmantes señales de fatiga en forma de un humo cada vez más denso. También Casteballate –así se llamaba el pueblecito- era el lugar donde, años atrás, había escogido como retiro profesional el Comisario Gamba d’Oro. Nada bueno podía salir de aquel cruce de caminos donde coincidirían nuestros amigos y los cada vez más perturbados recuerdos del viejo carabiniere.
Los iracundos jóvenes británicos venían con los bolsillos llenos. Habían renovado su contrato con la Decca y querían celebrarlo de manera apropiada. Llevaban ya unas semanas en ello y no iban a parar. A su manager, una especie de preceptor de nombre Andrew, no le hizo mucha gracia todo aquello, al menos al principio. Tenía que mantener cierta disciplina y estaba enojado porque Mick no respondía a las carantoñas que le dedicaba, una vez había cerrado ya la operación. Brian, otro de ellos, también le resultaba atractivo, pero andaba siempre tan puesto que el manosearlo, pese a no quejarse casi nunca, era como palpar a un muerto. La tarde que Bill apareció con Gianni fue la más feliz para Andrew en mucho tiempo. Congeniaron inmediatamente y el joven italiano atendía solicito y agradecido todas sus atenciones. Al principio estas fueron simples tanteos; embadurnamientos de crema solar, juegos y empellones sobre la arena -de esos que pretendiendo ser viriles no hacen otra cosa que acendrar lo obvio- y confesiones entre salitre, sudor y risas. Desde su etapa de A&R freelance allá por el 64 no se sentía tan dichoso. Al igual que en Londres por esa época, en Amalfi no lo conocía nadie y en su mente cabía sitio para imaginar que el flirteo no era interesado ni egoísta. Gianni también tenía veleidades artísticas. En contra de la opinión de su padre carabiniere había dejado de lado sus estudios de arquitectura en la universidad de Turín. También, desgraciadamente, a su amado Enzo. Había llegado a grabar un sencillo, otro juego más dedicado a irritar a su padre. La situación cada vez era más sofocante.

 

 
Desde su llegada a Amalfi, más concretamente a lo largo de su atribulada existencia, aquello era lo más remotamente relacionado con la palabra trabajo que Michelone había conocido. Todos los días excepto el domingo, a eso de las diez de la mañana e independientemente de la hora en que se hubiese acostado, se sonreía ante el espejo, besaba a una adormilada Jenny en la frente y pilotaba su Lambretta GP 200 desde lo alto de la Via Sopramare hasta el puerto de Salerno. Una vez allí se sentaba en una silla de madera del Ristorante Borgia, regentado por un afable emigrante -mejor dicho exiliado-  murciano afincado en la localidad. Charlaba un poco con éste en el momento que, mandil de rayas en ristre, le servía su primer rosado del día y su cichetti y con su dulce esposa Nuvola, en el momento que ésta llegaba con el pescado del día aleteando en su cesta. También cambiaba impresiones con el orondo carabiniere Michele, conocido como La Garza, por medio del cual se enteraba de todo aquello que sucedía en Nápoles, quién desembarcaba en Capri o que había sido sustraído en Sorrento. En definitiva, cualquier información susceptible de interés en cierta villa de Positano. Además, como a todo integrante de las fuerzas del orden que se precie, convenía tenerlo controlado para que no sucumbiese a determinadas tentaciones. Esas tan humanas y corrientes en el trajín de cualquier puerto aunque fuese aparentemente tan insignificante como el que nos ocupa. Y así fue como, distraídamente, siguió el desapacible desembarco de los turistas y al reconocible grupo de nuestro velero. La Garza, sentado a su lado, seguía el contoneo por la pasarela de la muchacha de pelo pajizo mientras, enjugándose la frente, comenzó a contar cierto rumor sobre la putana  de la esposa del signore Ponti, quién por lo visto se encontraba por la zona  junto con el signore De Laurentis. Asuntos que a alguien cómo Michelone no le eran ajenos.
Lo que no estaba dispuesto a admitir el carabiniere Michele “La garza” era que el rumor fluía, como casi todos, interesadamente. La mujer de Ponti había tenido numerosos flirts, el más sonado con un rico heredero metalúrgico, vasco de raíces anglófilas, pero también hubo uno, años atrás, tórrido y fugaz con el agente del orden que ahora mismo se mecía sobre la silla acariciándose la acicalada melena. “Me confesó el jardinero anoche, medio borracho en el calabozo por amenazar a su cuñado, que la mujer de Ponti le canta canciones al Commendatore X, vestida solo con una combinación negra de encaje hecha a mano, mientras él le acaricia las nalgas y silba la melodía”… 
 

 

Fue el de 1971 un verano verdaderamente rutilante. Por una temporada parecieron quedar lejanas todas las zancadillas que el pasado solía depararles y únicamente podían pensar, muy de tarde en tarde, en lo inasible de la felicidad. El Commendatore X los recibió con un opíparo banquete. Tras departir con ellos amigablemente, como aquellos antiguos camaradas que una vez fueron, tuvo que salir urgentemente con destino a Río de Janeiro, donde sus inversiones le estaban causando serios problemas; Caetano, su próxima mina de oro en sudamérica, había decidido convertirse en el líder de un movimiento contestatario de jóvenes pudientes, arremolinados y enfrentados con la dictadura de Tancredo Neves. Para terminar de arreglarlo, había dejado embarazada a la hija de Olimpo Mourao Filho y escapado con ella a Europa, dejando el disco a medio terminar. Además, y debido a la compañía habitual de una tropa de desarrapados que se denominaban Os Mutantes, habían descubierto un engendro denominado psicodelia y con ella unos secantes diminutos que, jocosamente, llamaban “Lindos sonhos delirantes”. Todo esto le había llevado a cortar tajantemente con la acicalada y muy rentable Bossanova. Mal asunto.
 
  Por otra parte Antonio Carlos estaba en Los Ángeles, tras haber grabado una serie de discos con Sinatra para su nuevo sello. Reprise lo había llamado el italiano bajito. Al Don le hizo gracia desde el primer día que lo se lo oyó comentar, en la época en que ya andaba a palos con Glenn Wallichs y la Capitol. Su anciano padre llamaba así a la mejor de sus bestias de trabajo, una mula pintona con más años que su artritis crónica. También sabía que cualquier asunto de negocios con ojos azules terminaba por generar problemas. Había dejado a sus nuevos amigos en la suntuosa Villa Bocaccio, el paraíso en la tierra. Ya tenía ese nombre cuando la compró, a finales de 1963, a un arruinado Príncipe Piamontés. Verdad o leyenda, le dijeron que el nombre era tal porque Giovanni Bocaccio había escrito allí parte del “Decameron”, y que en él incluso se hacia alguna alusión a la propiedad… hermosas leyendas.
 

  Por unos instantes envidió a la pareja de advenedizos que había dejado otra vez atrás. En Villa Bocaccio cada uno de los atardeceres parecía nuevo; Las fiestas temáticas, de bullicio espontáneo, estaban pobladas de gente interesante y de gente interesada, de artistas de recreo ocioso, de millonarios aburridos y de buscavidas como ellos, aunque sin la fortuna de haber topado con un mecenas generoso. Cosmopolitismo a granel, proyectos de jóvenes maggioratas recién desfloradas, justo antes de emanar su instinto natural,  ese que se halla a medio camino del materno y del militar, y que las italianas suelen acendrar y perfeccionar con el tiempo. Modelos de Palmolive, turgentes y sicalípticas, ricas herederas en busca de alguna experiencia, vampiresas en horas bajas y observadoras arpías siempre avizor. Lo mejor de cada casa.

 
  Por primera vez en su vida no tenían que preocuparse por el dinero. Tenían carta blanca, servicio a horario completo y una flota de hermosos automóviles, coquetos yates y repletos roperos junto a una chequera con treinta de aquellos papelitos incólumes. Papelitos en los que arriba a la izquierda figuraba Banca Ambrosiana, todos y cada uno de ellos rubricados por el Don, a la espera de que DonRa los rellenase con las cantidades pertinentes. La segunda o tercera semana, ya bien entrado junio, apareció por allí Loujlo Pelourovic. Ni remotamente se llamaba así, saltaba a la vista. Simplemente, como los camaleones más audaces, se había adaptado al medio.  Descendió de un Rolls riéndo estruendosamente. Eran un par de enormes tipos que hablaban en alguna lengua propia de más allá de Trieste. El tercero, pese a ser enclenque y deslavazado, con unas orejas notables y fumando sin parar Gitanes sin filtro, era el que dominaba, el centro del trío. Preguntó éste último al aparcacoches no se sabe bien qué, en un francés etílico y siseante. En ese momento apareció un segundo automóvil. Michelone traía junto a el a un peculiar  trasunto de las fuerzas del orden -el ir disfrazado de civil no acababa de disimularlo- y a una simpática pareja a la que DonRa creyó reconocer de inmediato.

LoujloLolo desde entonces- era apenas un poco mayor que Da Silva. Había recibido el oportuno soplo de que el suizo Pierre Koralnik buscaba financiación para una película, una película con el tipo de las orejas panorámicas, y los había puesto en contacto con los dos inversores croatas. Serge venía muy tocado de una frustada historia de amor con una tal Brigitte y en las ganas de comerse el mundo de Lolo creyó encontrar una tabla de salvación. “Mon pôte” le decía, mientras trasegaban una botella de Pouilly del 65 y encendían otro Gitanes o a saber qué era aquello.  Si, estaba claro que iba a ser un verano rutilante.

 


Verdaderamente nunca tuve tantas relaciones con la Iglesia como aquella eterna, por lo placentera y alejada de lo terrenal, etapa amalfitana de mi vida. Y hablo de personas, no de todo aquel dinero que fluía a espuertas. En fin, personas… ¿O más bien criaturas?… será mejor que me explique:
 

 Al igual que nuestros hombres en el puerto, los dos miembros de la jerarquía eclesiástica que conocí también eran tocayos. Por un lado estaba Davide Bongusto, el párroco de Santa María Assunta di Positano. A decir verdad, nunca llegué a entablar conversación con él, pero notaba su mirada reprobatoria en todo momento: cuando circulaba a toda velocidad por las angostas carreteras, cuando copulaba en la playa cualquier atardecer, o cuando dábamos tumbos -para nosotros paseos- por las calles del pueblo con Lolo cada amanecer. Era esa cosa que solíamos hacer acaso para intentar que nuestros maltrechos cuerpos se rindiesen al sueño, al menos un par de horas cada jornada, tras dos o tres días con sus noches de parranda sin fin. También llegaban a nuestros oídos -y no me pregunten quien de nuestros conocidos acudía a escucharlas- las homilías del padre Bongusto, más preocupado por las carnes visibles de nuestras acompañantes que de la creciente ceguera comunista que aterrorizaría el país en los años venideros. En fin, cosas de curas de pueblo. Por el contrarío, Su Ilustrísima el Cardenal Davide Petrone era bien distinto. Gustaba de visitar la villa con asiduidad, más por participar en el ambiente de la misma que por su destacada posición en la banca del Vaticano. En muchos lugares he conocido personajes depravados pero pocos como este sujeto.

 
Orgías multitudinarias con personas de ambos sexos, un especial gusto por la dominación más perversa y un apetito voraz ya no por alimentos y licores, sino por sustancias ilegales de toda índole. Y todo ello desde la más nula de las discreciones, pues era frecuente escucharle vocear por los salones todos los secretos de confesión de media cristiandad, aunque de puertas adentro y sin apearse del púrpura ni un instante. De todo ello el bueno de Bongusto no decía ni pío, si me permiten el chiste fácil.
 
  Se guardaba muy mucho el Cardenal Davide Petrone de mostrar debilidades en público, pero en la intimidad de las fiestas mundanas, con amigos fraternales como DonRa, su paganismo manaba impúdico y fluía caudaloso todo su pasado. Ni aquel siquiera sabía, más allá de los lugares comunes, su etapa inicial ejerciendo el apostolado en la colonia Italiana de Abisinia. Había llegado allí con el idealismo de los veinte años, arrostrado por una fuerza incontrolable que le dirigía a la ayuda y al servicio. Todo eso cambió una tarde de 1957, cuando recién bajado de la desvencijada camioneta en la que repartían alimentos, vio a aquella muchacha sonriéndole agradecida. Volvió a sentir aquella comezón que le invadía antaño a diario, últimamente ya con mucha menos vehemencia. Los encuentros se sucedieron y la pasión acabó por ser de todo punto incontrolable. Aquella muchacha desató en él las pulsiones más recónditas y el placer desbordante fue desde entonces su santo y su seña. Estaba decidido a cambiar a Dios por Doris y meditó seriamente las palabras que iba a decirle al jefe de la Orden de los jesuitas en Addis Abbeba. Pero la mañana en que tomó la decisión definitiva, un ataque por sorpresa del Frente de liberación de Eritrea arrasó el poblado de Doris. Encontró su cuerpo descuartizado en el mismo arroyo donde se habían jurado amor eterno. Ese día comenzó a idear la venganza que, curiosamente, acabaría por darle un despacho enorme frente a la Plaza de San Pedro. 

 


Aquella noche la distante Duchessa Zelia había acudido a la soirée debido a la insistencia de Antoine Lafleur. Solía pasar éste todo el mes de Junio hospedado a cuerpo de rey en la suite del Grand Hotel Convento di Amalfi, tradición que arrastraba con los años. Se asomaba, desde muy temprano, al escarpado balcón colgante construido sobre la pérgola, desde el cual su discreta figura se disimulaba entre todas aquellas glicinas, rebosantes en su violeta esplendor. La Duchessa sentía verdadero aprecio por Monsieur Lafleur, por su bonhomía epicúrea y, sobre todo, por su agradable conversación. Tal vez era aquello lo único que la distraía de los libros y que aminoraba la frecuencia de sus nostálgicos recuerdos. Conversaban, reían y muy de vez en cuando, solo por no decepcionarlo, accedía a sus deseos. Aquella noche se sumó a la conversación el joven Da Silva, intrigado profundamente por lo triste de aquellos ojos almendrados, y departieron hasta el amanecer. 
 

 Previamente tuve una fugaz conversación con la Duchessa que me devolvió a la tierra, y aunque sólo por unos instantes, recobré una sensación que casi había olvidado: el pánico. No se trataba del que conocemos por inducido. Tampoco en absoluto motivado por el sindiós que se iba a encontrar el Commendatore en la mansión a su regreso de Brasil. Ni mucho menos el causado por la inesperada visita de la autoridad ante una supuesta denunca de Bongusto por escándalo público, que existía y en abundancia. Esto último era de lo más inviable, ya que todos sus mandos se encontraban allí. Mi angustía venía motivada porque al amanecer debíamos partir Da Silva y yo hacia Sorrento, acompañando a la Duchessa y a Messieur Lafleur… ¡pero a caballo!.

 
Todo para recoger a un tipo, otro más, que enterado de las notables presencias en la zona y amparado por Zelia, pretendía mendigar dinero para su próxima película. Había llegado a Nápoles la noche anterior en un expresso y navegaría -¡a remo!- durante toda la noche en dirección a Sorrento. Además de por lo delirante de la situación, decidí llevarme a Daniele más que nada por ser la primera vez que montaría a un animal. Y allí estábamos, al alba, destemplados por los efectos de la farra, el trotar y una impertinente neblina de agosto en una cala sorrentina, Daniele, la Duchessa, Lafleur, Da Silva y yo.  Sin casi ganas de hablar, al fin arribó un destartalado bote, con antorchas medio apagadas a proa y popa. De él descendieron una enigmática mujer vestida de negro de pies a cabeza y un individuo vestido con harapos de lo menos trescientos años de antigüedad. Me giré con resignación a por mí caballo. En cuanto Lolo le pusiese la vista encima a Philippe Garrel le iba a partir la cara.
 



 
De este modo se nos consumía el verano. Entre jóvenes viudas, apenas tapadas por dos perlas en las orejas y un minúsculo bikini, que sacaban a orinar a tigres narcotizados –y que no éramos nosotros- por el Paseo Marítimo. Ante impertérritas ancianas -también viudas- que movían acompasadamente la cabeza a su paso, como en los días que se disputaba el rally.  Carrera ésta, por cierto, que en aquella edición contó con la participación de Mickey -tan deportista él-, quien provocaría un desagradable incidente al destrozar el Ferrari 275 GTB estrellándolo contra la mismísima escalinata del Duomo de Amalfi, pese a que lo único que me había pedido Don X. es que nadie usase aquel auto. Entre un continuo vaivén de mercaderías, de Salerno a Positano, que a Michelone -al fin y al cabo un amante de la vida sosegada- y a La Garza -por la acumulación de trabajo, aunque nunca ganó tanto dinero como aquellos meses- ya comenzaba a incomodarles. Me pasaba el día expulsando a miembros del servicio, básicamente porque a la hora de entrar a trabajar ya estaban durmiendo la mona, merced a la ingesta de todos los restos de alcohol y sustancias que se iban encontrando de la penúltima fiesta. Y claro, cuando Lolo y yo volvíamos de nuestros paseos, siempre los pillábamos. Una mañana, tras despedir a cinco de golpe con cajas destempladas, entré en una estancia -porque para echarme un rato iba buscando habitaciones vacías- donde reposar un tanto. En un año no debí dormir dos veces seguidas en la misma cama, aunque sí más de una vez con la misma persona, no se crean. Decía que entre a una habitación y me encontré allí a Da Silva, siendo masajeado por Yvette  -la libanesa– y la amante que ella se había echado, una de esas que llaman diosas de ébano, con un pelo afro tan voluminoso que me podría haber escondido en él.  A su derecha, en una de estas sillas enormes de estilo medieval, Sofía Loren se masturbaba con gran estruendo, mientras Sylvia Miles se cortaba las uñas a los pies de la cama –y afortunadamente callada por una puñetera vez- como si la cosa no fuese con ella. Da Silva escribía con gestos de gran tensión -gestos que no venían precisamente motivados por estrujarse el cerebro- y le pregunté qué hacía, a lo que me respondió que trabajaba en el guión. Monté en cólera, probablemente porque nunca me han gustado las mujeres de color. Aquella no era forma de llevar a cabo un proyecto. Agarré, violenta pero caballerosamente, a Sylvia y me metí con ella en el cuarto de baño contiguo. Un baño donde Gainsbourg vomitaba violentamente en la bañera, agarrado a una botella de armagnac…
CANCIONES DEL CAPÍTULO
ORCHESTRA KING ZERAND Night song
MARINO MARINI Guarda che luna
BRUNETTA dove vai
GIANNI PETTENATTI E gia tardi ormai
GLORIA LASSO capri se acabó
SOPHIA LOREN Zoo be zoo be zoo
SERGE GAINSBOURG Cannabis
DORIS TROY Kill them all
ANNA KARINA & SERGE GAINSBOURG Ne dis rien
ANNA GERMAIN Torna a Sorrento
MARTA BAIZAN Te veré en septiembre.
 
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Un comentario sobre “"LADIES FROM THE CANYON" AMALFI. Otoño de 1971 (Parte 1ª) Capítulo III

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