"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 1ª) Capítulo V

 

 

Baden Baden. Invierno de 1972
 
 Al mismo tiempo que tomaban tierra en el aeropuerto de Hahn, la densa niebla apenas dejaba advertir que la noche se cernía ya sobre la imponente torre del siglo XVIII, firme y majestuosa, al sureste del Lichtenstaller Alle. Las aguas del Oos, todavía gélidas por aquellas fechas, producían un efecto tétrico y decadente. En los extensos jardines de estilo inglés donde se erigía la torre, un batallón de muertos en vida, con el uniforme de gala de las Waffen SS -su capa imponente extendida por causa del viento y  una máscara calavérica por todo rostro- deambulaba apresuradamente hacia ella, tétricamente iluminada. Ni uno solo de ellos sentió la menor curiosidad ante los rezagados que copulaban mecánicamente sobre las piedras que bordeaban el enorme estanque. Satisfechos o inmunes, sólo parecían buscar la luz de la torre como harían las polillas errantes. Las Valkirias que reposaban sobre ellas, más blancas y más pálidas de lo habitual en los casi muertos, parecían ser mero alimento para aquellos trasuntos de príncipes de las tinieblas. Si algún vivo las hubiese tocado habría sentido ese frío tan característico de los ausentes.
 
  Su puerta estaba franqueada por dos asiáticos inmóviles, gigantescos. Los dragones tatuados en su piel -aquellos que identificaban su casta- podían adivinarse en la única parte de su cuerpo que el Yukata blanco dejaba traslucir, los fornidos antebrazos. Un nervioso murmullo creció entre aquella manada de lascivos y enajenados ausentes. Aquella extraña ansiedad crecía y se apoderaba de ellos conforme iban vislumbrando la meta, jadeantes y excitados.

Dentro de la torre, en lo más alto del altar, un altar de un barroquismo doliente, lacerante y excesivo, lucía orgulloso el emblema del IV Reich; una orla con un sol naciente naciendo de  la cruz gamada. El águila, atravesada por dos cuernos de carnero, llevaba inscrita en su pecho el número 893. “Ya”, “Ku”, “Za”, leyó para si misma Frau Taffelson, embutida en su Junihitoe y sus tres correspondientes uchigi (verde, marengo y plata). Fue consciente en ese mismo instante del tamaño de la empresa que tendría que acometer. Intrépida y presumida, no se encontraba en absoluto favorecida, por más que la capa intensa de maquillaje blanco, los labios carmesí fuego y el coqueto moño en equilibrio tambaleante, más su natural atractivo, le hiciesen pasar por la perfecta Geisha. Cuando paseaba bajo el hermoso crucifijo gótico, tras las sólidas columnas que protegían el sagrario, apareció el maestro de ceremonias. Su cabello dorado, una especie de mullet recortado en los lados, le confería un aspecto de ario extraterrestre. La mirada, enmarcada por unas cuadriculadas gafas de ébano oscuro, dos o tres tallas más grandes de lo que cualquiera hubiese tomado por el tamaño apropiado, parecía narcoléptica, poseída, con sus ojos inyectados en sangre. Vestido con un cisne color hueso y blazer azul marino, el auditorio de zombies enmudeció en cuanto apareció. Muchos de ellos no pudieron evitar siquiera  que la cada vez más ostensible polución en la entrepierna y una mueca casi humana de paz se hiciese manifiesta. Al lado de cada uno de ellos reposaba un atrio de metal. En su interior, de un anaranjado incandescente, al rojo vivo, el emblema -de tamaño no mayor al de la palma de la mano- del IV Reich. Al ser cientos, iluminaban la estancia con una belleza espectral. Un silencio ávido, reverencial y devoto, no se rompió ni en el momento en que, impelidos por esa deidad, posaron su mano izquierda sobre la rúbrica de su dueño, dejando huella imperecedera sobre su carne.

 

En cambio, cuando los diez Waffen-SS elegidos de entre todos ellos comenzaron a devorar al primogénito del clan Yakuza Ingawa-Kai, a la vez que su amo entonaba, con su grave y aterciopelada voz, aquella bonita melodía, una lascivia necrófaga incontrolable se adueñó de la estancia…
 
En el asiento trasero del Mercedes SW 600 que les llevaba a Baden Baden, el Don cerró el manuscrito y dio un trago lento, saboreando con delectación la copa de Calvados. DonRa tenía la vista posada sobre los centenarios árboles que se cimbreaban a ambos lados de la carretera, intentando disimular la sorpresa que le había causado descubrir inopinadamente aquellos viejos y cansados ojos acuosos. Si no conociese bien al Commendatore se diría que estaba a punto de llorar.

-“En cuanto lleguemos al Kurhaus quiero hablar con ese muchacho… y
 vete planteando un cuaderno de rodaje. Quiero uno detallado el lunes próximo; localizaciones, actores, tiempo estimado…¿Dices que quiere dirigirlo el mismo? …ummm… no lo acabo de ver, ya hablaremos de eso… dispones de quince millones… un cinco por ciento para ti. Sin regateos”
 
  DonRa asintió. En su interior la máquina calculadora oxidada por una perenne falta de fondos comenzó a carburar como por arte de magia. Estaba seguro que podría hacerla con doce. Sólo necesitaba retocar levemente los presupuestos. Sumado su tanto por ciento, aquello subía a casi cuatro millones. Da Silva no vería más allá de unos cientos.
 
El Kurhaus era un edificio del siglo XIX construido por el arquitecto Friedrich Weinbremer donde ahora se ubicaba el casino. Anexo a el, un pequeño palacio, con solo varias decenas de habitaciones, serviría de base para toda la expedición. Las termas que se ubicaban en su sótano, y que ya disfrutase Caracalla en la antigüedad, iban a sufrir una segunda y todavía más mortífera invasión bárbara. Frau Taffelson, ascendiendo las escaleras que daban al gran salón, creyó reconocer a algunos de los miembros de aquella extraña tropa pero siguió conversando con la señorita De Poo, mientras tomaba nota mental de lo que veía. Uvita de Poo había pasado sus años de adolescencia en un internado de Rotterdam y en esa época fue donde entablaría algo parecido a la secuencia “amistad sexual/amor/amistad estupefaciente/desden”, por este orden, creo recordar, con un par de jóvenes, melenudos y estridentes, afectados por el virus del Nederbeat; Wally Tax y Leendert Busch. Aunque hacía tiempo que, afortunadamente, ya no los sufría, desencantada hacia su única obsesión, esa tarde noche actuarían con su nueva formación en el club del casino. Tax Free se hacían llamar. Aunque el nombre le desagradaba sumamente, pensaba ir a ver con que le sorprenderían.


Da Silva abrazó fuertemente a DonRa “…¡Lo hemos conseguido amigo mío!.. Y yo la dirigiré…”. A J. le pareció extraña la falta de entusiasmo de su amigo e inmediatamente advirtió que no todo iba tal como pensaba. “¿Qué te ocurre?”. DonRa encendió el enésimo pitillo y tras dos interminables caladas se lo tuvo que confesar; “Bueno, técnicamente la vas a co-dirigir. Un tal Doctor Albert Hell tiene que dar el visto bueno a todo lo rodado. Órdenes del Don”. El rostro del joven mutó al instante. “El viejo quiere que sea una coproducción con un socio suyo, un industrial riquísimo y playboy retirado. Sucks… no, Sachs, creo que se llama. Tiene experiencia en el negocio y quiere que su mujer sea la actriz principal”. Da Silva salió de la habitación dando un portazo y maldiciendo. DonRa, mientras tanto, intentaba olvidar el motivo por el que Herr Hell tuvo que aceptar que Donnie Siegel firmase su impactante “The invasión of the body snatchers” en un lejano 1956.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atardecía y en la sala mediana que separaba al casino del gran salón, una especie de coro infantil recibía a los invitados al son de una melodía pretendidamente hospitalaria. Si alguien se hubiese dignado en prestar un poco de atención habría visto algo profundamente inquietante en los ojos de aquellos niños. Una mirada brillante y perdida, que parecía fija en el horizonte, enfocada al chamán que los dirigía, el Markgrafen de Baden, Herr Heino. Gorostielles Karras y su acompañante eran los únicos que vislumbraban el infausto aquelarre que se avecinaba.

 

Cuando Da Silva entró en una de las suites del palacete ni siquiera reparó en lo que acontecía en ella, más allá de quitarse de encima a una narcótica Christa. “ Heeey …Yairou … mein spanisch lieber…”. La Päffgen vagaba, bailaba y volaba por la habitación –se podría decir que todo a la vez-, ante unos Lolo y Serge que no parecían dedicarle la menor atención. Extrañamente calmados, casi introspectivos, yacían tumbados sobre la inmensa cama. Sus rostros mostraban una placidez inusual, muy lejana al balbuceo etílico de los últimos días. Creyó escuchar una conversación acerca de la superioridad moral de la violencia sobre el esteticismo pacífico y acabó por concluir que el opiáceo debía ser de una calidad superior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abrió el cajón donde reposaba el manuscrito y lo introdujo en el maletín. Cuando salía por la puerta en dirección a las escaleras un grupo de gente enfebrecida le empujó hacía la suite contigua. Nada más entrar el fogonazo del flash de la cámara le deslumbró, notando el amargor característico que producía la psilocibina en su paladar. Sito y Parizione no paraban de reír…

 


 La azafata pelirroja era un ser mitológico con dos cabezas. En una de ellas, la que succionaba la boca de Mr. Bateman cual mantis religiosa, lucía un parche con una extraña insignia, similar pero distinta a la del IV Reich, muy parecida a las que solían aparecer en las películas de guerra que tanto le gustaban de niño. La otra cabeza sacaba la lengua, una lengua larga y de color malva, adivinándose sobre su extremo un diminuto puntito azul brillante que iba acercando a un maduro y alopécico caballero germano. Creyó reconocer también a un orondo y sudoroso Gert Fröbbe. Sonreía y de su mano iba asida una niña. Vestía ésta con el traje típico tirolés y los dos revólveres al cinto que imantaban su mirada. Eso fue lo que, curiosamente, le resultaría más bizarro de todo el viaje.  Sus dos largas coletas, de lazo amarillo, tenían la misma forma de una pitón, y su boca estaba atiborrada de bombones de chocolate. Un poco más allá, una mujer ruda y basta gritaba sin cesar, mientras el pobre hombre que llevaba a la extraña muchacha de la mano, parecía cada vez más pequeño e indefenso. Siguió mirando, estupefacto, asombrado, divertido, cuando al fondo de la sala, sentado en un sillón de cuero malva, un Daniele imperturbable le sonreía, mientras tocaba el Sitar. 

 Alrededor de él un grupo de desconocidos levitaba a casi dos palmos del suelo. Se agachó para comprobar si no era un truco. No hubiese podido reconocerlos, pero al menos las ridículas casacas que lucían sirvieron de algo.  Cuando se levantó pudo leer sus nombres, bordados en la pechera con letras góticas; Klaus Voorman, Wolfgang Dauner, Volker Kriegel, Ananda Shankar. No le decían mucho, pero al menos le pareció un detalle elegante, de gusto. Como él era un hombre educado les saludó. Atiborrado por la sucesión de imágenes extravagantes, entró al baño con intención de refrescarse y  una vez allí se encontró al Don -ataviado de una larga túnica en tonos magenta, bordada con sumo gusto- sentado sobre un WC de oro macizo, ocupado en firmar unos papelitos diminutos. Conforme los iba rubricando, de la inmensa bañera iban saliendo un grupo de enanos ataviados con el uniforme de la guardia mora, quienes los ingerían religiosamente y volvían a zambullirse, esta vez con un arpón en la mano…

 
 
Amanecía cuando sintió que los enanitos le arponeaban el rostro. Se despertó sobresaltado, lanzando golpes al aire, con intención de defenderse. A la derecha escuchaba la voz de Frau Taffelson; “… Vamos, Da Silva… Vaya viaje”. No podía despegar los párpados, parecían cosidos a su piel. Le escuchó comentarle a Uvita “…¿Le recuerdas Irina?…”. En cuanto abrió los ojos tuvo claro que no se iba a marchar. No mientras Uvita De Poo permaneciese en Baden Baden…

 

 

 
No le había costado tanto acostumbrarse a sus silencios. Aquella época del año, de actividad febril en redacción de informes, , multitud de cartas y una eterna cola de llamadas que devolver, parecía no ir con él excepto para añadir unas breves instrucciones:

-“El lunes por la mañana dispondrá una conferencia con Roma. Deje un resumen del estado de nuestras propiedades allá encima de mi mesa antes de marcharse. Mañana estaré ausente. Feliz Navidad”.

Pereza. Por marcharse. Y  cada año en aumento.

Siempre el mismo ritual, sin apenas digerirlo, todavía metido en las cosas del despacho. Vestirse, eso quizás era lo mejor. Pero aquellas dos horas más de coche a Osthoffen, aquellas mismas quejas, ese victimismo inane, los de aquí los que más. El acomodo incondicional, sobre todo a lo festivo y lo solemne, un poco menor para los temas delicados, de aquellos que nos visitaban. La camaradería crispada, dependiendo de la multitud de procedencias, ya no sólo familiares, sino del complejo entramado político, administrativo y militar de aquellos días, que dotaba a la reunión de un gran poder de recarga energética. En muchas ocasiones, tal vez excesivamente violentas. Pero eso no importaba, al menos ahora. Y sí, lo decía él, siempre había dormido tranquilo con todos aquellos informes a sus espaldas. Ahí estaría Frida, la podía ver frente a él, seguro quejándose mentalmente sin parar de estar devorada por el trabajo. Esa zorra no tenía ni idea.

  Al fin y al cabo, el problema residía en que las cosas en Stuggart iban bien, lo comprobaba cada día. De hecho, las cosas iban mejor que bien. Y ya estaba un poco harto de que las voces más altas viniesen de los que eran como él, los que no habían sido condenados, los que no se habían visto ante el juez, los que habían seguido exactamente igual con su vida.  El abuelo había hecho muy bien asociando sus yacimientos mineros con los Bosch, y con ello garantizado la supervivencia de la familia –al menos hasta la fecha- sobre cualquier Reich. Su padre nunca le permitiría tenerlo bajo sus órdenes en la Wehrmacht, así que durante sus años en las juventudes del partido ya había pasado mucho largo tiempo en la oficina. En realidad, ni siquiera en sus años en Berlín, donde pasó la guerra como Goldfasanen del Ostministerium, la desatendió. Pero todos los 23 de diciembre volvía a aquel pequeño cuarto. Aquel cuarto donde redactó tantas órdenes de Aktionen, donde revisó tantos dictámenes de Rosenberg, desde donde se certificaron todos los protocolos a seguir por todos aquellos que precisamente en días como aquel llegaban ahora de Argentina, de Brasil o de Portugal. Y estaba bien hacerles sentirse como en casa a alguno de ellos,  habituados a vivir agazapados todo el año, pendientes de toda novedad que perturbase la tranquila rutina. Le parecía estupendo el que disfrutasen de una noche en la Gran Alemania, con nuestra comida, nuestra cerveza y nuestras mujeres.

Pero que fuesen ellos, los mayores privilegiados, los encargados de enardecer a los presentes y mantener viva la moral le daba hastío. Llevarlos a un castillo, ponerse los uniformes y emborracharse juntos le llenaba de un ánimo que lo atemperaba. Las rencillas de antaño, el discurso apocalíptico tan alejado de la práctica realidad y los ataques de bestialismo ritual u otras salvajes reacciones de los que se veían más embriagados con la parafernalia, le daban pereza.


En la puerta del edificio apareció un Porsche 914 blanco del que descendió cuando un lacayo le abrió la puerta.

-“¿Has tenido un buen día, papá?”

El día, para él, todavía no había ni comenzado. Pero si había acabado lo que más le gustaba: la plácida semana en su piso de Stuttgart, su amante dos noches por semana, el cine siempre sólo los lunes y la clásica cena de compromiso de los jueves. El resto del tiempo lo dedicaba a acumular dinero. Los fines de semana se encerraba en su mansión de Baden Baden, de la que apenas salía a primera hora para correr hasta el parque -atravesarlo y volver- o para cenar ocasionalmente con sus vecinos. Pero estábamos en navidades y toda esa vida en la que nadie, incluyendo a su propia hija, acostumbraba a pronunciar su nombre se evaporaba. Durante los siguientes días no tendría más remedio que soportarlo -continuamente- en cenas, bailes y demás fiestas. Sobre todo esta noche, en la reunión alsaciana del Ordo Templi Orientis. Y el mero hecho de escuchar pronunciar su nombre al completo, Raphael “Mortaja” Von Taffelson, le hacía sacar lo peor de sí mismo.


Brigitte Von Taffelson también tenía sus motivos para estar nerviosa aquel día. Las suyas no eran cuestiones de identidad; nadie ignoraba su presencia en ningún momento. No podrían aunque quisiesen. Tampoco pertenecían al pasado, pues jamás en su vida se había sentido tan juvenil y divertida. Ésto, últimamente, la había acercado un tanto a Irina, aunque hubiese preferido mantenerla alejada de según qué cosas. Atrás habían quedado los primeros años en Stuttgart, encerrada en un piso mientras Ralphie trabajaba todo el día. Atrás quedaron también las largas temporadas en la residencia familiar en Strasbourg, por regla general sin gran cosa que hacer. Hasta que un año, ella y dos de sus amigas decidieron establecerse en Baden Baden,  jugando al bridge y atendiendo a sus maridos el fin de semana, yéndose de compras juntas los weekends a Paris o Londres, incluso a veces a Nueva York. Y a partir de este momento Madame Brigitte comenzó a vestir estrafalariamente a la moda, ya pasados los cuarenta, empeñada en machacar su cuerpo. Como si -según la maldad imperante entre el servicio desde hacía un par de meses- fuese a representar a la raza aria en los Juegos Olímpicos de Munich

 Y comenzó a salir, desaforadamente, rodeándose de gente atrevida, extravagante, divertida. Aunque nada tan extraño cómo la primera vez que se encontró a Irina en los servicios de aquel antro, en Rue du Seine, al que constantemente cambiaban de nombre. Entre ambas existía un código no escrito de ignorarse en la lejanía y ser efusivamente cordiales en las distancias cortas. Lo que sucedía entre ambas nunca tuvieron tiempo -no  digamos voluntad- de detenerse a tratarlo. A ése tan guapo de la orquesta ya lo había conocido en París. Era uno más del la larga sucesión de muchachos guapos que alegraban su vida en los últimos años, aunque éste era especial.

 
 
Precisamente el que estuviesen tan próximas las Navidades le ponía furiosa, pese a que este año contase con la presencia de algunas de sus recientes mejores amistades. Eso, al menos, iba a asegurar que aquello no fuese el mismo muermo de todos los años. Por fortuna Ralphie, junto a más miembros de su familia y numerosos allegados, tenía esta noche la misma cena de tarados nostálgicos de todos los años. Ésa de la que siempre volvía, pasado el alba, desmadejado.

 

  Tradicionalmente había sido siempre la noche en que las mujeres que pasaban allí las pascuas se reunían en el Casino. El único tipo de fiesta para la que Madame Brigitte no disponía de tiempo para derrochar. Esta noche sólo quería a Erick.

 

Apagó la luz del tocador. Llegaba tarde a la partida.
 
 

 

 

 

A Irina, por el contrario, le divertía acudir a la gala de mujeres del Casino. Se adhería al más joven de los corrillos -la mayoría de sus miembros todavía en el colegio- y escuchaba inalterable cómo unas usaban de su posición para pasar por el mundo a toda velocidad y otras se vanagloriaban ante las que se disponían a construirse un mero fortín a su alrededor. Sentía que con su familia le pasaba algo parecido. Su madre -frecuente, sino definitivamente ya- parecía haber olvidado que descendían de los landers más antiguos y nobles de Alemania, y su padre deambulaba por la vida casi avergonzándose por ello. A Irina, muy consciente de la grandeza de los Von Taffelson a lo largo de los siglos, tendía a pasársele por alto la historia más reciente. Coincidir con ella en una mesa significaba horas de aparente conversación banal, pero en cambio recurría a cualquiera a su alcance para, con presteza, lanzar un mensaje a terceros. Participaba activamente en todas aquellas correrías pero jamás se la escuchaba recordar alguna aventura, aunque sí era muy aficionada a interrumpir a cualquiera con una punzante daga que hiciese naufragar su relato. Como causante de esos eternos silencios incómodos no tenía rival, y por contra, sólo parecían ella o Don X. -otro que no era el más locuaz precisamente antes de medianoche- los que pudiesen retomar cualquier otro tema de conversación con naturalidad no precisamente espontánea. Pero nadie ponía en duda que realizaba su cometido de representar a la familia en sociedad por el mundo a la perfección -bastante mejor que su madre, justo es añadirlo- y, aunque el objeto final de esta tarea nunca ha llegado a quedarme claro, tenía todo el dinero que desease para lograrlo, además de un cargo de relaciones públicas en Porsche, otra de las empresas arraigadas al auspicio de la familia, quienes habían estado realmente amables esta mañana regalándole uno de los nuevos modelos. Los fabricantes consideraban que su mediación estaba contribuyendo a una consolidación en mercados en los que no habían logrado introducirse hasta la fecha. Incluso habían realizado un estudio de penetración de mercado. El resultado fue que la mayoría de los picos más altos de ventas se encontraban en lugares que a Irina le resultaban de lo más familiares. Eso, por supuesto, no le cogió por sorpresa. Aunque jamás hubiese soltado una palabra sobre coches en ninguno de ellos.

 

-“¿Por qué esta mañana nadie me ha sabido indicar cuál era mi despacho?” . Esas fueron sus únicas palabras de agradecimiento.

 

 Iris Von Taffelson -al igual que sucedía con el Commendatore– se preocupaba afanosamente de dejar constancia a todo el mundo que los  tenía a todos bien calados. Y en una noche para chicas, apenas necesitaba inspirar para conocer las angustias y los anhelos que se ocultaban tras las caras de todas aquellas mujeres. Su madre no se percataría de estas cosas ni preguntándolo y su padre miraría para otro lado sin dudarlo. Ella permanecería en la fiesta casi hasta el final.
Aquel fue el mejor mes de diciembre de su vida. Casi había olvidado por completo el contratiempo del asunto de la película. Contraviniendo su exagerado perfeccionismo y dejando de un lado la dedicación que en otro momento hubiese estimado innegociable, había decidido dejar de un lado el proyecto y transigir en el asunto de la dirección. En cualquier caso, pensó, la suma que DonRa dejo caer en la conversación le había parecido algo inmoral. Jamás soñó con algo así, así hubiese soñado varias vidas..

 

 

 
Respondió con otra a la sonrisas de Miss Taboo y Uvita, sentadas ambas en aquellas espectaculares butacas tapizadas de cuero rojo y siguió escuchando, un tanto aburrido, a un Michelone inusualmente dicharachero e indiscreto. En la pista de la discoteca medio elenco de Milano caliber 9 bailaba al son de una música vehemente y acelerada. Bárbara, una rubia espectacular, al parecer la estrella de aquella camada, era el inequívoco centro de atención. Con todo merecimiento sin ninguna duda, hubo de admitir para sus adentros. Un tipo fornido y pagado de si mismo, tampoco se necesitaba ser muy observador, se dirigía hacia ellos. Ataviado con una camisa de seda ocre impoluta y algo parecido a un pañuelo enorme anudado al cuello, la percha era en verdad imponente. Se presentó mientras se acomodaba en el sofa. “Hola, soy Gunther, me dedico a los negocios … Sí, una Diosa la Bouchet, lástima que B.B. me tenga ocupado a tiempo completo”. Vaya, pensó Da Silva, alguien que miente, para variar, chabacanamente, pero que en cambio sabe llevar un Foulard con estilo. Uvita de Poo y Miss Taboo saltaron entusiasmadas a la pista al escuchar las primeras notas de órgano…
 

 

 

La tarde después del la experiencia de hipnosis regresiva, con la cabeza todavía abotargada y la mente subyugada por la visión de aquella ninfa -no sabía aún del todo si real o efecto postrero del papelito sexto-, salió a la calle en busca de la calma para aclarar sus ideas. Ni por lo más mínimo pensaba en retornar a sus orígenes. Quería hacer aquella película por encima de todo. Si tenía que lidiar con otro impresentable más estaba dispuesto a hacerlo. Al fin y al cabo no era tan descabellado recurrir a ellos. Ganaría el tiempo necesario y si acaso tuviese que subastar al mejor postor sus escasas pertenencias -aquel legajo que llevaba bajo su brazo- ya se enfrentaría a ello más adelante.

 

Deambulaba por la Bernhardstrasse cuando tuvo que detenerse en seco. El automóvil casi le atropella. Se disponía a decir algo, más o menos airoso, cuando la reconoció nada más  bajar la ventanilla. “Hola … ¿Quieres subir?”. Tartamudeó algo que creyó un sí mientras se introducía en su interior. No conseguía que le saliesen las palabras. A él, un tipo que vivía por y para ellas. Se quedó mirándola extasiado. Le maravillaba y le enternecía a partes iguales esa suma de belleza clásica y la malevolencia juguetona que traslucía de su mirada. La serenidad no hacía más que otorgarle un último toque de distinción. En cambio le decepcionó un tanto que fuese acompañada más allá del chófer. Cuando uno de los dos caballeros de mediana edad le tendió la mano y se presentó sintió una rara mezcla de curiosidad y de ganas de estrangularlo;
-“Albertius… Albertius F. Hell. Dirijo películas… el es Luigi, compone música para cine…¿Usted es?”…
CANCIONES DEL CAPÍTULO
VOLKER KRIEGEL Zoom
HEINO Sayonara
CHILDREN OF THE MISSION Tears
CHARLES WILP Bunny
JONNY TEUPEN Mini Killers
JOY UNLIMITED I hold no grudge
ERICK SAINT LAURENT Le temps d’y penser
TERI THORTON Either way you lose
JC HEAVY Mr. Deal
OSANNA & LUIS E. BACALOV Milano calibro 9
 


 

    

 

 

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