"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972. (Parte 2ª) Capítulo VI

 
 
 La luz de la sala se encendió progresivamente. A Da Silva, recostado en una de las últimas filas, le había cambiado la cara. Se sabía el único espectador y no se molestó lo más mínimo en disimular su satisfacción. Estuvo a punto de aplaudir. Debía admitir que tal vez no fuese tan mala idea la participación del tal Albertius. Aquel tipo tenía sin duda el oficio. Y también la pericia. Aunque era evidente que era un trabajo de encargo, lo había resuelto con un clasicismo seco, cortante. Sin aquellos circunloquios esteticistas que tanto le molestaban y no sabía como eliminar sin amputar la película. Conciso y directo. Le perturbó un tanto la delectación en la violencia, ese soterrado sadismo latente. Pero, sorprendentemente, también era una de las cosas que más le había gustado. Su pulso estaba todavía acelerado. Permaneció un rato más sentado, meditabundo. Sí, definitivamente Albertius tenía el toque que el le pedía a un narrador de historias. Salvando las distancias, ese era el tipo de sensación que quería causar.
 
Tras las cortinas de un palco a oscuras, Don X. esbozó una imperceptible mueca de satisfacción. Aunque Da Silva aún no lo supiese ya estaba muy cerca de donde él quería. En la pantalla una frase en castellano que, absorto como estaba, no pudo acabar de leer. La palabra desaparecío del enorme lienzo blanco mientras sonaba aquella canción…
Don X. Le mostraba su impresionante colección de órganos humanos a un entusiasmado Herr Heino, un tanto azorado por la comezón incontrolable que afloraba en aquel músculo inferior que casi ya había olvidado que existiese en su cuerpo. Estaban las muestras depositadas en delicadas urnas de cristal de bohemia, de grabado y tallado profundo, perfecto. Heino mostraba un particular interés en los que se hallaban en la estantería de la derecha, aquella que bajo el epígrafe “SS Division Weissruthenien” contenía partes de su mentor y maestro, el comandante Bronislav Kaminski. Volvieron a su mente sus años adolescentes en el seminario diocesano de Traunstein y su historia, inolvidable, con aquel joven retraído, de inteligencia taimada y labios suaves. “Joseph, mein Joseph” suspiró nostálgicamente. La lengua recorrió su paladar y rememoró el sabor ligeramente salado y la densidad casi carnosa de aquella sangre que saboreó por primera vez en la defensa de la fábrica de la BMW en Traunstein. Ratzi, como le llamaba desde la primera noche en que descubrieron el placer nefando, se había afiliado, como él, a las juventudes hitlerianas a finales del 43. Pusilánime pero concupiscente, la lascivia hecha carne tras su máscara de retraimiento, el joven dejó indeleble huella en su corazón y, claro está,  en su cuerpo. Fue algo así como el pigmalión de su maestría en el arte de la dominación.
 
  Tras la guerra lo buscó, desesperadamente,  sin éxito. Hasta que tuvo que, con la ayuda de la organización Odessa, desaparecer rumbo a Paraguay, perseguido por Wiesenthal y otros caza nazís. Allí permanecería oculto, largos e infelices años, suspirando por el ausente objeto de su pasión, del que mucho más tarde sabría sus andanzas y ascensión en el escalafón de la iglesia germana. La operación que acabaría por deformarle el rostro, sometido a las manos de aquel nefasto y cocainómano cirujano, sólo sería uno más de los peajes en busca de su amor.

Absorto en sus pensamientos como estaba, el vozarrón del otomano le devolvió a la realidad. Acompañado por dos inmensos guardaespaldas, irrumpió en el despacho junto al que parecía ser el hombre de confianza del Don. El abrazo confiado, la naturalidad en el trato, el llamarle por su nombre –Michelone– así lo demostraba.
 

 Onur Elanoçi Serguajer “el emir del Ferner” se acomodó en la butaca y dejó a la vista, premeditadamente, la enorme mano izquierda, de la que faltaba su dedo meñique. El viaje desde su mansión de Köln le había fatigado, acostumbrado como estaba a impartir justicia a sus más de dos millones de súbditos. Con una cartera de negocios saneadísima y muy diversificada (Comerció de armas, trata de blancas, el control de los opiáceos en Europa occidental, construcción, etcétera) casi no le preocupaba nada, más allá de aquellos osados iraníes que ofrecían un producto esplendido a casi mitad de precio. Un enérgico gesto por su parte hizo que uno de sus acompañantes comenzase a hablar…

 
-“Nuestro muy querido Don. Me presento humildemente; Pedur Shaneri, doctor en economía por las Universidades de Princeton y Tilburg, consejero personal del muy grande y muy poderoso Emir de Fener, gran señor de los Turcos en Colonia. Guía y faro de Oriente en Alemania, Amo eterno de nuestro destino, el omnipotente Onur Elanoçi Serguajer”.

El Don casi se había perdido con tanta prosodia, pero mantuvo la mirada e inclinó levemente su cansada cabeza. Shaneri continuó;

“…Nos complace en grado sumo estrechar nuestras relaciones comerciales. Sabemos que controla el mercado del lujo en el mediterráneo septentrional y muy gustosamente accederemos a inyectar capital en varias de sus empresas a cambio del porcentaje que se nos ha ofrecido…”

  Michelone miró al Don. Solo bebía cuando las cosas marchaban a su gusto. Cuando observó la copa de Brandy camino de su gaznate supo que todo iba perfectamente y se relajó un tanto. Miró por el balcón que daba al patio mientras el turco seguía hablando…

 

Ya iban a dar las 9 de la mañana y apenas habían rabasado Strasbourg. Pensó que debían haber pasado por casa y cambiarse, antes de continuar camino de Baden Baden. Con un poco de suerte, ya que ambas habrían trasnochado también, conseguiría escurrirse por la mansión sin ser visto. No paraba de repasarse el uniforme y se sentía sucio, aunque no había reparado en todos los restos de sangre seca que trufaban su rostro y su dentadura. Abatido, despachaba con Sachs, en la parte trasera del Rolls Royce de éste, algunos asuntos que la efervescencia del encuentro había dejado en un fastidioso segundo plano:

-“Vengo observando cierta desatención de nuestros intereses por parte del Vaticano. Son muchos años tratando con Petrone, y es cierto que siempre hemos salido beneficiados, pero necesito respuestas y no obtengo más que aplazamientos. Su labor no tiene tacha, pero me consta se encuentra desbordado por el trabajo. Así que mandaremos a Ratzinger a que le eche una mano y así nos tenga puntualmente informados. Es extraordinariamente válido, y toda la vida ha sido su ilusión el creerse alguien importante allá en Roma. Y además evitaremos tan efusivos encuentros cómo el que ha tenido con Heino esta noche. Tuve ganas de arrancarles el corazón a ambos cuando les vi purificar la sangre de uno de aquellos pobres diablos sacrificados a lametazos. De acuerdo que todos perdimos los estribos con esto de la macumba, pero no hace falta que le recuerde cuales eran las directrices del partido respecto a ciertas conductas”.
Sachs asentía balbuceante. En realidad no había advertido todo esto que Herr Taffelson le estaba narrando, pero lo que no podía comprender era como aquel monstruo de hacía unas horas se había vuelto a convertir en el habitual ser apacible y meticuloso nada más entrar en el coche. No podía ser una simple baja tolerancia al alcohol -y habían bebido muchísimo-, tampoco lo había visto drogarse -pocos lo hacían la verdad, los provenientes de Sudamérica a lo sumo- pero había sido con creces el mayor de los exaltados. Su discurso fue comedido, excesivamente integrador para los más celosos de sus éxitos, pero es que en cuanto se bajó del estrado se convirtió en el promotor de todas las atrocidades. Y poca cosa había supervisado en realidad, no mucho más que aquella tarde que fueron juntos a Karlsruhe a seleccionar a las chicas. Él no ideó todo aquel museo de los horrores de las mazmorras, ni la simulación – excepto para la docena que la padecieron- de la cámara de gas. El no había traído a aquellos niños del Congo, pero fue el primero en abalanzarse sobre ellos con ojos desorbitados. El rito caníbal fue cosa de los de Brasil, pero él se convirtió en el maestro de ceremonias de todo aquello como si lo llevase realizando toda la vida. No había más que ver con que pasión desgarró aquel corazón todavía latente, y le hincó el diente con la misma violencia que cuando le arrancó el pezón a aquella camarera que les había servido los cafés. El estruendo de todos los asistentes pateando el suelo y voceando su nombre a la vez que diseccionaba aquellos cuerpos debería permanecer todavía en su cabeza, pero no, aquí le tenemos hablando del Vaticano y de tendencias vergonzantes. Aunque para vergüenza ya teníamos a la golfa de su mujer.

 

 
 
Clareaba cuando Erick intentó quedarse dormido, pero no le fue posible hacerlo completamente. Uno de aquellos movimientos de animal que ve invadido su territorio acabaró por espabilarlo. Se quedó observándola.
 
 ¡Aquella mujer era extraordinaria!. Y no sólo era guapa y sofisticada. Y también estaba podrida de dinero. Lo realmente importante es que se encontraba a gusto con ella. Aún así su inconsciencia aventuraba -y tanto, ya habían comenzado- innumerables problemas alrededor. Problemas que su natural desparpajo debería saber burlar, como así lo había logrado esa misma noche. Pero convendría permanecer un poco alejado, al menos durante las fiestas. En principio podía hacerlo sin mayor dificultad. Tendría más trabajo en las próximas dos semanas y sabía que debía invertir más tiempo en confraternizar con sus compañeros, especialmente con ellas,  que en codearse con la sangre azul.

-“No pienso presentarte a mis padres pero te invitaré a café”. Le dijo, al tiempo que abría aquellas magníficas pestañas y le clavaba una mirada gélida.
 

Brigitte salió de la bañera y lo primero que hizo fue echar mano nuevamente al bolso. Ni siquiera había deshecho el lecho y ya hacia una hora que había levantado de cama a Gabriella y Marguerite por si sabían algo. Algo tenía que haber pasado. Había percibido alguna mirada curiosa depositada sobre sus voluminosas posaderas, que aquel mono de cebra -con la espalda descubierta al completo- conseguía desafiasen la ley de la gravedad.

 No era posible que la hubiera plantado por cualquier corista de las que revoloteaban a su alrededor. Se había ido a cenar con ese director de cine – ¿italiano?, ¿germano?, ¿español?- que había llegado invitado por Don X. y tuvo obligatoriamente que ejercer de anfitriona; es decir, ser la primera en catalogarlo, con eso nunca se sabe. 

Posteriormente le acompañó al casino donde, tras soportar un interminable besamanos plagado de impertinencias, se tomó un par de güisquís -vaso ancho, un hielo, voz de estibador venido a más- con las chicas. Estas le rogaron que las acompañase a casa. Ni siquiera eran las cuatro de la madrugada cuando llegó. Se había pasado toda la noche furiosa, echando mano del bolso. Pero el baño, a pesar de no haber dormido, la había despejado y la hacía sentir engañosamente relajada. Estaba claro que ya no se iba a acostar y que ya no había porque seguir lamentándose, aunque su orgullo de mujer estaba herido, así que decidió bajar a la cocina a desayunar. Hoy no haría deporte. 

 
 

Ricardo Arbeloa, un terrateniente alemán con nombre español en su pasaporte, era consciente de la lucha perdida; la letal enfermedad alzaba el puño en señal de victoria. El único consuelo era la morfina que le inyectaba el jóven médico de Traful, el pueblo más cercano a la inmensa propiedad patagónica, y los recuerdos, fundidos en sueños, que generaba la droga. Esa noche, después de recibir la esperada y temida llamada telefónica desde Baden Baden, eran más numerosos y nítidos que nunca.

 
“¡¡Los papeles están en regla, puede pasar Mein Kommandant!!” – La barrera se alzó aún más rápido que los brazos de los soldados al compás del “¡Heil Hitler!”. Egbert “Harry ” Bateman se divertía observando el rostro de los soldados cuando adivinaban la firma del Reichsführer Himmler estampada en los documentos. Lástima no poder usar su juego de Leicas en aquellas instalaciones.

Fue el útimo control de los muchos que tuvo que pasar el pequeño Volkswagen Kübelwagen antes de penetrar en las entrañas de la montaña alpina donde se fabricaban los motores Heinkel de una de las Wunderwaffen, las armas milagrosas, el último suspiro de supervivencia de un Reich que se desmoronaba. En el todoterreno, además de él, viajaban tres oficiales con uniformes de campaña de la Waffen SS armados hasta los dientes. Uno de ellos, el de menor graduación, disfrutaba apuntando con su MP44 a los trabajadores eslavos que ensamblaban las piezas de un avión cohete. Harry se preguntaba qué diablos pintaba en ese lugar.

Harry, bautizado así por la Riefenstahl, a la cual le hacía gracia su apellido y orígenes británicos, era un prestigioso operador de cámara de renombre internacional gracias a su trabajo con la directora alemana. Ahora trabajaba para la revista Signal, jugándose el tipo fotografiando las escasas victorias locales de una Wehrmacht que agonizaba.

Lejos quedaban otro tipo de victorias; en el lecho de la cineasta y, sobre todo, en festivales de cine repartidos por todo el globo, donde se codeaba con la flor y nata del séptimo arte europeo y norteamericano. Ésta era la razón, sus contactos internacionales, por la cual fue escogido por el todopoderoso Reichsführer SS Heinrich Himmler para ser el espolón de proa de la operación Hoffnung. La pregunta de Harry pronto tendría respuesta.
 

  Había aprendido más en un mes con aquel tipo que en toda una vida de estudio. Ligeramente ausente, escuchaba divertido las incongruencias de Michelone, cuando aquella última frase le hizo prestar verdadera atención.

 
“Si supieses lo que en verdad le preocupa al Don desde el mismo día en que abandonó España… Un hijo siempre es un hijo…”.

En cuanto lo pronunció supo que no debería haberlo hecho, así que tomo la mano de Miss Taboo y se unió al grupo que danzaba desaforadamente en el centro de la pista pequeña.  Albertius, sentado en el taburete e intentando mantener el equilibrio, departía con su inseparable Soledad. Bueno, sí, también se podía decir que era un solitario, pero a esta Soledad en concreto todos la conocían allí como Susan Korda. Aunque la verdadera Soledad Rondón había muerto en un accidente automovilístico hacía ya un par de años, todas las mujeres que merecían la atención de Albertius se llamaban -al menos para él- siempre Soledad.  Era una mujer no exactamente bella pero con el poder de imantar a todo el que estuviese a su alrededor. Carecía de el aire decadente y malévolo de la original pero a él le valía. Medio gaditana, medio andaluza, a Albertius siempre le gustaba comentar -señal indiscutible de que ya iba borracho-  “…es familia de la Niña de los Peines…”. En cuanto lo vio acercarse hacia él abrió los brazos de una manera probablemente paternal, de fraternal camaradería alcohólica sin duda alguna.

“…J, el mejor de mis alumnos. Miradlo, sudando la camiseta como un cabrón. En la vida y en el trabajo no existe otro método. Veo que ya lo has aprendido”.

  Da Silva sonrió, nunca sabía cuando hablaba en broma y cuando en serio;

“ Sí, Jess… claro que soy el mejor. Aunque te has olvidado del pequeño detalle que no tienes a otro…Y si de mi dependiese…” dijo seriamente, aunque la media sonrisa delataba su tono burlón.

  Albertius rió de ese modo suyo tan característico. Estaba mucho más relajado desde que le había descubierto su verdadera identidad y sentía por el muchacho el aprecio que siente el maestro por su alumno más aventajado. La verdad sea dicha, el éxito de “Vampiros Lesbos”, su última película, y la posterior celebración en aquella sala, había ayudado en gran medida. Diríase que renacía, si tal cosa en verdad le importase. En realidad se llamaba Jesús, Jess para todo el mundo y Albertius para unos pocos. Aunque también le conocían como Frank, Wolfgang, Manfred, Jesse y mil nombres más. Un tipo de mil caras que podía haber sido muy grande, pero al que la grandeza no le interesaba lo más mínimo. Tenía un talento raro e inusual. Estajanovista y concienzudo en su trabajo, pero difuso y desastrado una vez lo tenía ya metido en su cabeza, una vez lo había visto en su interior. Era entonces cuando se despreocupaba por completo y pasaba a pensar en otras historias.

“…Has de saber que el éxito del artista se decide siempre en el punto de partida. El de llegada no suele ser más que la constatación de un logro…” 

Le susurraba a Da Silva, quién pese a no compartirlo en exceso, escuchaba y aprendía.

 Había trabajado como ayudante de Orson Welles en el exilio artístico de éste en España, succionando de él todo el oficio y todos los vicios. Cuatro años atrás todos hubiese dicho que se iba a comer el mundo con “Necronomicón”, pero eligió dar salida a sus desvaríos iluminados (rodando, eso siempre, con escaso presupuesto y cumpliendo plazos, algo muy apreciado en una industria supersónica, llena de tipos como Gunther y algunos otros bastante peores) que brotaban incontrolables de su imaginación. Rodaba publicidad, pornografía por encargo, películas a granel para distintos mercados. 

 

Lo que le encomendasen. Siempre siendo fiel a sus colaboradores y cumpliendo los plazos. Pese a lo inconsistente de su obra, en todas sus películas había al menos un plano, un diálogo, una idea, que resultaba brillante y genial. Además la pasión con la que lograba impregnar dichas obsesiones era capaz de dar una pátina de verdad a la mayor de las imposturas. Jairo sintió pena por él. Mientras todos alzaban sus copas celebrando el brindis de Gunther, Jess se sumó a los tres tipos que comenzaban a tocar en el pequeño escenario. Da Silva reconoció al guitarrista del avión mientras meditaba acerca de la frase que Michelone no hubiese querido pronunciar jamás.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
MANFRED HUBLER & SIGI SCHWAB The lion and the cucumber
JEAN PIERRE MIREUZE Sexopolis
LAFAYETTE AFRO ROCK BAND Darkest light
ROBB & DEAN DOUGLAS Phone me
ALESSANDRO ALESSANDRONI La notte del demonio
BRUNO NICOLAI The case of Bloody Iris
SEYHAN KARABAY Edali gelin
EUGEN THOMAS Undergroovin’
 
 
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