"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 3ª) CApítulo VII

 


 
 
-“Será un honor el poderlo escuchar en confesión en su próxima visita a Roma, Herr Taffelson. Buenos días”.
 
Todo había salido a la perfección, no había nada como retornar a la oficina con el cuerpo y la mente relajada. Y así se sentía, tras haber pasado la nochebuena, el día de Navidad y el resto del fin de semana en su escritorio. Escuchando a Mendelssohn, leyendo a Walter Darré y milagrosamente en paz, dadas las fechas. En un par de ocasiones debió asistir a Irina, pero ella, consciente del golpe de timón que se había dado en la familia aquella mañana del 24 de Diciembre, no necesitaba excesivas puntualizaciones. Herr Taffelson unicamente se entregaba en cuerpo y alma a lo que realmente le gustaba -un par de veces al año como mucho- y así había que dejarlo. Lo único que le incomodó un tanto fue que Erick fuese testigo de aquello. Su padre, al menos le había transmitido algo parecido a sentimientos. Eran atroces pero al menos lo eran. Que Brigitte no volviese a poner un pie en aquella casa hasta el lunes por la mañana, había sido todo un alivio para los dos. Cuando ella entornó la puerta de la cocina, se los encontró conversando animadamente. St. Laurent con la ropa arrugada de la noche anterior, masticando lentamente un bollo y  asintiendo con timidez. Ralphie, completamente borracho y como recién llegado de Stalingrado, de aspecto repugnante, con la guerrera y el cabello como si un obús hubiese estallado a su lado saltándole los restos de un batallón entero.
 
-“Este muchacho parece idiota, presentarse a estas horas”, pensó.
 
  Ralphie derivando, en su línea. Tan sólo que cada año que pasaba, en lugar de infundir terror, le recordaba más a un muñeco de trapo. Se giró un instante y volvió a meterse de nuevo en el tocador. Se maquilló y tal como estaba, con unos vaqueros acampanados que ceñían tanto, que una lorza imborrable la separaba de aquel híbrido de chaleco y top de lana cuyas costuras dejaban todo al descubierto. Tomó aquel abrigo de armiño del que no se separaba y ordenó que confirmasen su cita en la peluquería del casino. Desayunaría allí mismo.
 
 No pudo evitar volver a pasar por la cocina a despedirse de Erick. Al fin y al cabo si estaba allí era por ella; al menos ambos se habían encontrado abajo y tuvieron suerte de que Rafael no los sorprendiese arriba, en la cama. Esta vez sí entró plenamente en la cocina y fue cuando la vio. Allí estaba, al fondo de la larga mesa de madera de la cocina, la que solía usar el servicio. Éste era conocedor de que aquel día, hasta que Herr Oberstleutnant se acostase, no debían ser vistos juntos. La vio fumando, con aquella ropa interior negra tan minúscula, pues todo se sostenía en su sitio por sí mismo, con la taza de café en la otra mano y la gorra de plato del uniforme de las SS  de su padre puesta. Controlándolo todo.
 
  Se besaron y salió de la casa con prisas exageradas, y echó mano al bolso nuevamente. En el Casino, ya peinada y con la manicura recién hecha, se encontró con Charlas Bronson. Finalmente acabaría pasando tan familiar fiesta con los que la querían de verdad, y volcándolo todo: su dinero en la ruleta, su exuberante humanidad en la pista de baile, un montón de copas allá por donde pasaba y todo aquello que hiciese falta volcar, durante tres días enteros con sus noches completas.
 
El lunes, cuando regresó a casa, se encontró a Irina en el mismo lugar, otra vez de negro pero algo más vestida. No le dejó tiempo de que comenzase a contarle:
 
-“¿Sabes que pienso, Mami?, que cuando saliste por esa puerta el viernes ya parecías una buscona”.
 
  La mirada que se cruzaron en el despacho no había sido la mirada entre dos hombres. Si alguien hubiese podido explicar la naturaleza de esa mirada -intercambiada como a través de la cristalera de un acuario- entre dos seres que vivían en mundos diferentes pero muy  conectados a la vez, posiblemente la habría definido como la naturaleza de la locura.
 
 El Don se había dado cuenta y dejó que eso jugará, una vez más, a su favor.
 
  La actuación terminaba y aquella voluptuosa mujer no solo parecía aburrida sino que además parecía empeñarse en que se notase. Su marido conversaba con Da Silva mientras los músicos saludaban al público. Lolo marcó la pieza en cuanto la divisó. Se dirigía hacia ella cuando Serge le agarró fuertemente del brazo y a la vez musitó:

“Putain… Mon p’tit lapin…Brigitte… pas mechant, pas mechant… “.
 
  Su mirada era otra. Ya no era solo la de un borracho ingenioso, sino la de un borracho ingenioso, sí, pero derrotado y con el corazón roto. Los dientes de leche se habían convertido en dientes de lobo. Sin preguntar ni querer saber, Lolo tuvo claro que ya no volvería a ver al francés orejudo. Volvió con la multitud aún permaneciendo el uno frente al otro.

 

 

Agazapados en las barcazas, ocultos tras el panteón de los templarios, la luz de la luna jugaba en su contra. La procesión de infraseres calavéricos uniformados no le asustaba, al menos no más que su propio ejercito. Pedur Shaneri estaba inquieto. A su lado, una escuadra de los Caballeros Reales Anatolios, llegados desde la Capadocia, esperaban nerviosos y visiblemente excitados. ¿De dónde procedería tal sed de sangre?. 

No era cuestión de volver atrás en el tiempo -y él tampoco lo iba a preguntar- pero de donde fuese que viniese, era algo verdaderamente incontrolable, ancestral. Se alegró de tenerlos de su lado. Entonó para sí una breve oración, se puso en paz con el profeta, ingirió unas cuantas cápsulas de percodan e hizo la señal convenida. Los Capadocios armaron sus ametralladoras. Una ráfaga de balas bañadas en agua bendita santificada por el Imán del Bósforo sorprendió al murmullo homogéneo y demente de los siervos de Herr Heino. El pequeño bosque del Lichtenstaller Alle se sumió en un maremagnum de sonidos agudos proferidos por los casi muertos, mientras sus miembros, cercenados y sanguinolientos, caían sobre la hierba, mutilados por los proyectiles. Cientos de ratas negras, grandes como ardillas, surgían del río en busca del festín que olisqueaban. Tras ese primer ataque, los Capadocios, excitados por los gemidos quejumbrosos, saltaron de las barcazas en dirección a los ajusticiados. El hedor, pestilente, era insoportable. Mientras tanto un grupo selecto de los orientales, enajenados, les abría el pecho en canal, extrayéndoles los corazones con su propia boca, manteniéndolos orgullosos entre sus fauces.

 
Un segundo turco-anatolio les arrancaba la cabeza, con un tajo seco, certero. Las ratas, jubilosas, pasaron entonces a las vísceras, más sabrosas para su gusto. Unos cuantos Waffen-SS, los primogénitos elegidos, salieron de la torre, alarmados por los gritos y el ruido, husmeando la muerte. De un zarpazo lanzaron a uno de los gigantescos turcos a los pies de dos de los suyos, ya moribundos, los devoraron con ansia, intentando recobrar la fuerza perdida. En ese mismo instante, rodeados desde ambos flancos del paseo de la entrada, eran pulverizados por una segunda unidad. Pulverizados literal y técnicamente. Algo similar a un lanzallamas expelía un gas inflamable, una especie de prototipo de gel elaborado por los americanos, todavía en fase experimental, canjeado por un par de kilos de pureza máxima. Se adhería aquel a sus cuerpos sin apagarse, como una especie de sudor del miedo. Un sudor que los consumía, lenta, concienzuda, abrasadoramente.


 

 

 

 

 

 

 

 

Antes del amanecer, agotado pero vencedor, Pedur Shaneri supo que el Emir del Fener estaría satisfecho. Un demacrado Herr Heino, ya en su poder, subía a la primera de las barcas. El que parecía ser el jefe de los Capadocios, armado con una sierra en forma de media luna, se encargada de hundir ésta entre los pocos casi muertos que todavía lograban musitar algún lamento. Una vez cumplida su tarea, introducía las yemas de sus ojos, que previamente había extraído otro de ellos con un pequeño cuchillo curvo, en una especie de cuenco. Cuando el recipiente estaba ya rebosante de globos oculares, lo repartía entre sus compañeros, quienes los ingerían entre disputas y con exagerado alborozo.

 
  Jess miró a Da Silva desde el escenario y sonrió con un gesto de agradecimiento. Fue en ese mismo instante cuando tomó la decisión de volver a España. Cerca de Marbella su amigo Christopher tenía una villa estupenda de la que él todavía tenía llaves y a lo mejor podría volver a encontrarse con Orson. Desde que rodaron “Campanadas a medianoche” no se habían vuelto a ver y pensó que ya era hora de arreglar su desencuentro. Además le intrigaba el proyecto “F for Fake” del que había sabido por amigos comunes. En cierto modo, el proyecto que iba a supervisar le parecía similar. Y el dinero le venía mejor que bien.

 

Cuando la daga de plata comenzó a rebanarle la carótida, Herr Heino no hizo el menor gesto de rehuir el contacto de su filo, muy al contrario, parecía necesitarlo, acercándose a él con serenidad y lascivia. 
 
 Cerró aquellos ojos fríos e insensibles con una mezcla de fatalismo y liberación, sumisión pasiva y calma plácida, asintiendo ante la necesidad de emprender el viaje. Mientras su sangre comenzaba a derramarse, en las catacumbas ocultas bajo las termas de Caracalla, el futuro ejercito del IV Reich, aquellos niños de voces espectrales, futura cohorte de las tinieblas que ya no podría ser, comenzaron a desintegrarse entre gritos desgarradores. El cordón umbilical que les unía a su amo Herr Heino se había seccionado, a la vez que el cuello de aquel se desmoronaba, inerte, sobre la alfombra que cubría el suelo.

Onur Elanoçi Serguajer, observaba aquel cuerpo inerte. Volvió a darle un vistazo a la vieja foto que había en el bolsillo de su túnica. Todo iba según lo previsto.
 
 
 A Serguajer lo que de verdad le gustaba  de ir a Europa no era cortar las cabezas del ejército de zombies del IV Reich, ni codearse con su rancia nobleza, ni tampoco comer roast beef sin filetear. Lo que realmente le entusiasmaba era trasegar cubatas. Nada de combinados creados por gilipollas y meapilas, ni tampoco esos güisquis solos  propios de deslenguadas. Cubatas. Ron cubano mezclado con coca-cola de vainilla. Aquello era lo que verdaderamente le gustaba.
 
  Podría también añadir que el espectáculo le resultaba un estorbo, pero lo disfrutaba desaforadamente. Treinta y ocho mesas de doce cubiertos circundaban la gran sala de baile del Kurhaus, aunque en gran parte desocupadas. El mismo Serguajer lo contemplaba todo, intercalando maldades en ubujé con Shaneri, en pie y vigilante desde una de las barras habilitadas por cada grupo de tres mesas. Así estaba su zona, una sarta de pretenciosos mariposeando entre un par de docenas de nenas de bastante buen ver, circulando entre las mesas, haciendo corrillos, bebiendo en la pista, sobre aquella madera hecha para deslizarse, hablándose a voces en la distancia. En cambio, al otro lado todos estaban en su sitio y vestían de manera idéntica y decorosa, y procuraban ignorar todo aquel desorden. Varios príncipes y miembros de la nobleza y casas reales centroeuropeas con sus familias, negaban con la cabeza cada cierto tiempo. El grupo ya no era desconocido, pues se dejaba ver en cualquier lado desde hacía tres, cuatro temporadas, y precisamente unos cuantos de los suyos -los más jóvenes y alguna que otra que ya no lo era- lo integraban, pero es que no respetaban ni la cena. No hacía falta ni intuir que todos habían estado en la fiesta organizada por Don X. la noche anterior, y la inmensa mayoría iban de empalmada. Esto último lo dijo en ubujé , pero cualquiera le hubiese entendido, de la misma manera que Michelone entendió cuando aquel barbudo con coleta -túnica color salmón con cercos de combinado y sandalias- posó su mirada en las posaderas de su amada.  

  Albertius, Soledad, Uvita y Da Silva completaban aquel grupo. Este último, un poco ausente de la conversación sobre grupos terroristas de extrema izquierda, no estaba pensando ahora en lo relativamente fácil que había sido ir reuniendo un equipo tan solvente, eficaz -aunque estas características de momento sólo se habían demostrado en su capacidad festiva- y quizás un poco derrochador. De todos modos tampoco era su dinero, y nunca faltaba de nada. Pensaba que a Bateman, quién se encontraba de nuevo haciendo un trabajo en Italia, aquella fiesta le hubiese gustado. Charlas Bronson lo observaba, aunque estaba también atento a las palabras del Don.

“Ya lo ha visto, el que parece una serpiente, en la tercera mesa por la izquierda. Quiero saberlo todo de ese cura, nos lo van a poner con Petrone.”, le susurraba a Lolo Pelourovich, al tiempo que encendía un gigantesco Cohiba


  Aquella serpiente, sin embargo, pensaba que el muchacho del escenario era muy guapo. Erick Saint Laurent se había asomado de nuevo a contemplar aquella mesa del centro. No había visto a Iris en toda la semana. Junto a los miembros de Tax Free había tenido que montar a toda prisa una banda para acompañar a la principal atracción de la Fiesta de Fin de Año del Casino de Baden Baden, pues la que formó en Zurich la acababa de abandonar en Antibes. Ya se habían cerciorado todos que era extraordinariamente estúpida, aunque también que tenía una gran voz. Tuvo algún que otro éxito hacía unos años y justo el pasado había sacado un álbum, con nueva imagen, intentado relanzar su carrera. Esta tournée por los casinos centroeuropeos era su primera vez en el continente y su última oportunidad antes de volverse al Canadá y a su casa. La verdad es que era antipática pero daba todo lo que tenía, y  junto con Dave Pike y Fausto Pappetti consiguieron divertirse aquellos días. Irina seguía allí, hierática, flanqueada por su padre y por aquel actor de mirada y comportamiento tan desasosegante. Parecía que a Raphael Von Taffelson le divertía mucho aquel hombre.

 
Acababa de llegar 1.973 y ese fue el único momento en el que contaron con Madame Brigitte sentada en su mesa aquella velada. Con Irina había coincidido más en las fiestas que en su propia casa, pero es que a Raphael ni lo había visto hasta aquel preciso momento. Se había pasado la semana encerrada en su habitación, durmiendo, alegando fuertes migrañas y psicoastenia estacional, llorando su humillación, pero desde el jueves no le había resultado difícil volver a olvidarse de quien era y lo que había dejado de ser. DonRa nunca obviaría estos detalles, pero los desconocía. Aquella mujer, que tan bien los trataba allí, que tan cercana se encontraba a todos ellos, que tanta iniciativa y tantos millones le había prometido para la película, se merecía abrir el baile con un galán como él. Así pues cruzó la pista, con el altivo trote cochinero del que lleva treinta y seis horas a pie, y al llegar a su mesa derramó entre la misma y su mano gran parte del contenido del gin-fizz. Mano que gentilmente le ofreció para que lo acompañase al centro de la sala. Durante un instante eterno cesaron todos los brindis, justo hasta que las luces se apagaron y la banda salió al escenario.
 
 Cuando se giró hacia el público, Erick Saint Laurent sorteó con la mirada dos reconocibles sombras tambaleantes en el centro de la pista. Raphael Von Taffelson y Klaus Kinski departían de manera vehemente con los ojos desorbitados, pero Irina ya no se encontraba en la mesa sino camino del ropero. Aquella noche no se quedaría. 
 

 Embelesado con sus contoneos, Serguajer ordenó a Pedur, con un leve movimiento de su dedo índice, que le pidiese otro cubata. Cargado. 
  

CANCIONES DEL CAPÍTULO
FAUSTO PAPETTI Meeting
DUSTY SPRINGFIELD I can make it alone
ANNE MARIE COFFINNET Le vampire
KISS INC. Hey Mr. Holy Man
LILLIAN ATTERER & MAURICE POP Wert ich so sexy bin
PAT HARVEY Pain
KAMEL OIL COMPANY Flor de trigo
HERR HEINO
El Señor de los no muertos. Originario, como el famoso vampiro, de Dusserdolf, –del que existe la leyenda de ser ancestro suyo- su ascensión sobre la raza aria tal vez sólo sea igualada por la del mismísimo Fuhrer. Siempre armado por una gafas de sol, un mullet imposible y jersey de cuello de cisne más blazer azul marino, es un ente muy hábil para las excusas. El tener el rostro comido por el ácido de los caza muertos y los globos oculares amarillentos lo disimulará con un desaforado acné juvenil (él, que nunca fue  joven) y una presunta una enfermedad ocular. Peligrosísimo. Mortífero.

 

WALLY TAX
La belleza –en todos sus aspectos- por bandera y unas expectativas desbordadas con el mundo en que le ha tocado vivir, resulta un tanto ciclotimico; del mismo modo tiene la  idea más brillante –y la ejecuta- como se recluye en si mismo aquejado de cierta nostalgia y melancolía. Un artista de fuste.

GUNTHER SACHS

Guapísimo y polifacético playboy. De sólida formación académica (matemático y economista), Sach hizo fortuna como industrial y, una vez forrado, cultivó sus veleidades artísticas; Fotografo, actor, productor. Tal vez el mayor de sus logros sería yace de forma continuada con Brigitte Bardot. Recientemente fallecido.

CHRISTA PÄFFGENMás conocida como Nico y por su intervención en el primer disco de la V.U. Christa era una modelo, con pinitos en la música y musa de Warhol. De belleza gélida y voz andrógina, su música o se la ama o se la odia. Adivinen que opinamos por aquí.

 

GERT FRÖBBEVeterano actor alemán, miembro del partido nazi y famoso por su interpretación de uno de los mejores villanos de la serie Bond, “Goldfinger”. Intérprete principal de “El cebo”, la maravillosa película de Ladislao Vadja, en la época de esta narración, poseído por su personaje, vagaba por los páramos buscando niñas a las que ofrecer bombones…

 

 KLAUS VOORMAN/WOLFGANG DAUNER/ VOLKER KRIEGEL/ ANANDA SHANKAR

Diseñador y fotógrafo el primero, sitaristas y músicos espléndidos los otros tres, aparecerán -principalmente en sueños del subconsciente- en este capítulo.

 
RAPHAEL “MORTAJA” VON TAFFELSON

El reverso tenebroso de la siempre reemergente Nueva Alemania, un hombre gris ávido de sangre, un oficinista aberrado. El poso de la locura colectiva que miró hacia otro lado.

 
BARBARA BOUCHET

Belleza de impresión germano americana. Inició su carrera como actriz en USA, interviniendo en pequeños papeles, llegando a ser Miss Moneypenny en “Casino royale” de John Huston. A finales de los 60 emigra a Europa. A caballo entre Alemania e Italia –más cualquier otro país donde una coproducción le reportase dinero- comienza a intervenir en multitud de papeles que explotan su anatomía casi perfecta; “Milano Caliber 9”, “Alla recerca del piacere”, “Con la rabia agli occhi”.

 
BRIGITTE VON TAFFELSON

Una mujer de su tiempo, incluso adelantada al mismo, sólo que con veinticinco años más en sus cartucheras. Inmersa en una espiral de huida errática del bostezo aristocrático para mayor bochorno de su heredera y los de su clase.

 

 LUIGI 

 Argentino de origen, Luis E. Bacalov, más conocido por Luigi, viaja a Europa, asentándose en Italia. Allí compone multitud de bandas sonoras y colabora a la vez con el incipiente progresivo italiano; New Trolls, Goblin, Hosanna. De un talento melódico soberbio e interesado en los sonidos malsanos y rebuscados, juega a dos barajas –la alimenticia y la experimental- sin dejar por ello de cumplir, en ambas,  con profesionalidad e ingenio.

 

 JOSEPH “RATZI” RATZINGER

Sigiloso y discreto cardenal alemán, de elevada formación intelectual y teológica, y también aquejado de ciertos defectillos. Pareja y compañero de Heino mientras que su ambición se lo permitió. Maestro en el arte de medrar y capacísimo a la hora de situarse sin hacer alardes. 

 
ONUR ELANOÇI SERGUAJER

Jefe de la mafia turca en Alemania. Excesivo y acaparador, sus intereses son su divisa. No dudará lo más mínimo en eliminar a todo aquel que se interponga en su camino. Lujurioso, aquejado de la gula, un tanto dipsómano, perezoso y tramposo impenitente, es también  fiel y generoso con los suyos, a la vez que un amo protector y paternal. Un referente del mal.

PEDUR SHANERI

Fidelísimo lugarteniente de su amo Serguajer. Listo, decidido y un tanto alocado, en ocasiones no calibra bien los peligros, por lo que sus ataques a pecho descubierto pueden acabar procurándole algún que otro disgusto. Expeditivo y efectivo. 

 

 

 

ERICK SAINT LAURENT

Joven cantante alsaciano, tímido y enamoradizo. Actuará en Baden Baden, traído como poco menos que gigoló por Brigitte. Acabará enamorado de Irina.

 
SOLEDAD 

Espejismo de Soledad Rendón Bueno ante el alma herida de Jess. De belleza apagada y triste como el idealizado espectro de la Korda, carece de la malevolencia y aire decadente de aquella, aunque a Albertius le sirva de esporádico consuelo cuando la melancolía más fuerte arrecia.

 
RICARDO ARBELOA

Millonario argentino, factotum de la organización Odessa en sudamérica. Sádico, traicionero e implacable. Amante de la buena vida.

 
CHRISTOPHER LEE

Actor inglés de gesto adusto y talla enorme, vinculado generalmente con las producciones de terror de la Hammer y el breve interregno de las coproducciones europeas. Fornicador incansable y de talla considerable.

 
DAVE PIKE

Vibrafonista americano. Colaborador de Dexter Gordon, Herbie Mann, Kenny Clark, sería declarado el sucesor in péctore del gran Milt Jackson. A finales de los 60 se traslada a Europa donde colabora con la flor y nata de los músicos alemanes (Volver Kriegel, Stefan Schweigg) en avanzados experimentos sonoros.

 
FAUSTO PAPETTI

Polifacético trompetista italiano que comenzó como músico de sesión a destajo y que acabaría creando un imperio pseudo musical relacionado con las bajas pulsiones de la naturaleza humana. 

 
ALPHONSE 

Aristócrata germano que da sus primeros pasos en el proceloso mundo de los negocios. Atribulado y tarambana, acostumbra a no medir las distancias con la fauna del submundo con la que suele tratar.

 

FRIDA 

Secretaria de Raphael Von Taffelson. Trabajadora, eficiente, discreta. Siente un pánico cerval ante los cambios de humor, las urgencias y la transformación de la personalidad de Ralphie.

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