"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973. (Parte 1ª) Capítulo VIII










PRÓLOGO.
 
La máquina Enigma escupía el último mensaje codificado del día. El anterior, descifrado por el operador de Inteligencia, ya estaba en las manos del Coronel Ravensburg, el oficial al mando de la base alpina. Rezaba así;
 
“Iniciar con premura Operación Hoffnung. La documentación será entregada al sujeto seleccionado. Confiar en la escolta establecida el transporte hasta el punto donde aguarda el contacto”.“Bien, la ratas comienzan a abandonar el barco” Exclamó el Coronel mientras se ajustaba la cartuchera repleta de munición. Abrió la caja fuerte y echó un útimo vistazo a la carpeta con la fórmula química, la Piedra Filosofal del III Reich, la evolución final de un combustible sintético que permitiría a la gran Alemania prescindir de los hidrocarburos convencionales. Cualquier Estado mataría por ella.
 
  Llegó la hora de llamar al tal Egbert Bateman, el sujeto seleccionado, a su despacho. La conversación entre ambos fue larga y clarificante, en especial para Harry, que aún no podía creer el inmenso golpe de fortuna que le esperaba tras los muros de hormigón armado del complejo militar.
 
  Esa misma noche, al cobijo de los ataques aereos de la RAF, el todoterreno Volkswagen rehacía el camino andado hasta un pequeño bosque cercano a Bodensee, donde Ravensburg ordenó detenerse. El jóven teniente, aquel que aterrorizaba a los esclavos judíos con su arma de asalto, estudiaba el mapa con cara de preocupación.
 
-“Herr Standartenführer, este no es lugar señalado en el mapa, nos hemos desviado unos…”
 
  La detonación cerró la frase. El Coronel, con disparos rápidos y precisos, reventó las cabezas de los tres oficiales que formaban la escolta. Una Luger de lujosa empuñadura humeaba sobre el suelo nevado. Los “Muñecos de nieve”, como llamaba Ravensburg a los soldados embutidos en uniformes de campaña invernal, ahora teñidos de masa encefálica y sangre, ya no eran un estorbo para la fuga. Con ellos moría también la Operación Hoffnung, la última esperanza de Himmler para negociar un acuerdo con las potencias occidentales. Un lujoso Mercedes, oculto entre la maleza, sería el transporte hasta la frontera suiza.
 

Amanecía.

A muchos años y kilómetros de distancia, en la Argentina de la Triple A, un jet privado despegaba rumbo a una floreciente ciudad turística española, Marbella, donde Hanna debía reunirse con la delegación del gobierno Saudita. ¿El motivo?, comunicar la muerte de su padre y renegociar el tratado por el cual la fórmula debía permanecer enterrada en la caja de seguridad de un banco suizo..

 

 
“Señorita Arbeola, ¿desea tomar algo?” La azafata quebró el silencio reinante con la palabra odiada, un apellido que siempre detestó. Hanna estaba harta de ocultar su verdadera indentidad. “No, gracias”.  Contestó a duras penas. Sobre las piernas, sin dejar de acariciarlo, llevaba el viejo maletín de piel de su padre, con grado y nombre “Standartenführer O. T. Ravensburg” bordado cerca del cierre metálico.
 
———————————————————————————-
 
Marbella. Primavera de 1973.
  
  Todo le parecía cambiado: La carretera de la costa, los pequeños pueblos, las gentes que iban dejando atrás. Aunque eran exactamente los mismos que hacía cuatro años,  Da Silva los sentía completamente diferentes, como si hubiesen pasado siglos. Tardó un rato en darse cuenta que lo único que había cambiado verdaderamente era él.
 
 Uvita lo besó en la mejilla y sonrió mientras el motor delantero del Lamborghini Jarama rugía poderoso al pisar el acelerador.
  Aparcó el automóvil a la puerta de la Villa. En Miramar no había otra cosa más que Villas, a cada cual más lujosa. Había odiado tanto a sus dueños y ahora resultaba que actuaba como uno más, otro de esos ociosos y vacíos millonarios. Uvita se sorprendió pensando que aquello no era exactamente el tercer mundo que había imaginado sino una especie de paraíso caótico que no le desagradaba en absoluto. Nada más entrar sonó el teléfono. Era Jess haciéndole saber que estaba ya en Ronda, que necesitaba un par de días para arreglar, o al menos suturar, parte del pasado. Quedaron en verse el sábado. Mientras Uvita se daba una ducha cogió las llaves del Lamborghini y decidió perderse esa noche en su pasado. Necesitaba estar un tiempo a solas antes de hacer una visita.
 

  Cuando llegó fue como si el rompecabezas comenzase a tener sentido. Aquella apoteosis urbanística consagrada a dilatar lo efímero tenía ya la consistencia de una pesadilla. La resaca no tenía nada que ver. Entre dos edificios gigantescos, la pequeña casita de una planta permanecía tal y como él la había conocido -un poco más descuidada quizás- sin blanquear desde hacia seis o siete temporadas, con las mismas cortinas de canutillo que jugaba a construir de niño, entonces blancas, ahora de color ala de mosca, y el pequeño huerto a la entrada. Un huerto no más grande que el recibidor de cualquier suite del Marbella Club Hotel, que se elevaba a su lado, y por el que tanto había correteado de pequeño, entre los gritos cariñosamente amenazantes y las promesas de castigo -siempre falsas promesas- de sus tíos, los únicos padres que había conocido.

 

Sólo había dado dos o tres pasos cuando oyó el vozarrón. Allí estaba, de espaldas a él, frente a aquellos dos tipos, grandes como armarios, poca cosa para un hombre como él. Ni siquiera había comenzado y ya podía adivinar esa reacción familiar que tan bien conocía, incontrolable y furibunda, que acontecía en milésimas de segundo y dejaba a Atila como a un Borboncillo sin sustancia. Resultaba más que conveniente no estar en su radio de acción cuando eso sucedía. Los médicos habían conseguido acceder a los efectos que lo propiciaban, pero indagar en esa tempestad inicial capaz de provocar la tercera guerra mundial parecía serles más inaccesible que la mismísima fórmula de la Coca cola. Aquellos dos tipos hubiesen agradecido una barbaridad haber tenido también esa información. Un minuto después yacerían tumbados en el suelo del porche con las mandíbulas rotas y un par de luxaciones en sus hombros.

El hombre bajó los dos escalones del pequeño porche, sin preocuparse en pisar o no a los dos fardos que dejaba atrás, y se detuvo frente a él. Los ojos le brillaban tanto –pero de una manera tan completamente diferente- como lo habían hecho instantes antes. Lo abrazó tan fuerte que Da Silva pensó por un momento en un ajusticiamiento más que en un saludo, pero eso tan solo duró unos segundos. Los que le transportaron de nuevo a su adolescencia junto a aquel tipo..

 

  Entraron en la casa y a J. le vino de repente a la cabeza la letra de la canción que aquellos jóvenes melenudos berreaban la noche anterior en el Laly Lay club; “…Algo hay que brilla en su mirar, puede que sea un profeta que viene a avisar, que se aproxima el juicio final, en las montañas la Luz del fin del mundo alumbra ya…” .
 
Se preguntó si conocerían a “El Jandro”, su tío.
 
 La luz del fin del mundo

 

-“¿Qué querían esos tipos, Jandro?.” le preguntó Da Silva retóricamente.
 
Ni se molestó en contestar. El hombre sonrió, con la melancolía brotando de cada una de sus arrugas.

-“¿Ya no quieres llamarme padre?…¿Sabes? las cosas han cambiado bastante por aquí desde que te marchaste”.
Dio un sorbo largo y el silenció se estiró de una manera que llegó a ser incómoda, molesta: Todo ha cambiado desde que ella murió.” La botella empezaba a menguar considerablemente. La felicidad,  la alegría, las locuras de juventud, todo se marchó ese día… lo único que me queda es el recuerdo y ésto.”, dijo señalando a la botella. “Ésto siempre está ahí…”. Tomó de nuevo la botella y llenó los dos vasos hasta arriba.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sentados frente al murmullo del mar, de ese mar que era espejo sucio de lo que fueron, callados y acompañándose como hacían antaño tras una noche de farra y aventuras, Da Silva le daba vueltas y más vueltas a las cosas, intentando fijarlas y ordenarlas. Al pasado, a su pasado, a Uvita, a la película que iba a rodar, al futuro que no sabía si quería que sucediese… y frente a todos esos pensamientos, aquel hombre al que siempre había llamado padre. Allí estaba, a su lado, más perdido de lo que nunca imaginó, un tipo al que creyó inmune a la nostalgia. Un tipo que ahora estaba prisionero de otro tiempo.

 
Sunny days are coming

 

DonRa ya conocía la canción. Más que eso, conocía todo el repertorio. Había tenido que salir por piernas de allí cuando su amigo Alfonso de Hohenlohe, decidido a saldar sus deudas con cierto prestamista, dio su nombre a unos cuantos jerarcas del movimiento a cambio de un aquí paz y después gloria. También, obligado por una visita a la famosa picana de los sótanos de la DGS, tuvo que ceder una participación en el accionariado de la sociedad que construía el futuro paraíso. Carnicerito de Málaga, el jefe de todos ellos, andaba de muy mala leche por aquella época. El motivo no era, pese tener apodo de torero ventajista, tendente al bajonazo y al descabello cobarde, por una simple mala tarde. Digamos que fue por la sucesión de muchas de ellas. Temporada y media en concreto, lo que vienen a ser casi dos años naturales. Ese fue el tiempo durante el que su amante, Ana de Pombo, había utilizado la herramienta necesaria para saciar su furor uterino. Esa herramienta era joven y lozana y se  llamaba Moncho. El joven no mostraba ningún reparo en satisfacer a una ajada y peculiar hippie entusiasmada con el Cara al sol a cambio de alguna contrapartida. La aristocrática reina de la paradoja prendada del príncipe plebeyo de los gigolós. Esas cosas solían pasar.
 

  Había que tener cierto estomago y una estratégica visión sibilina de la situación para funcionar con aquello. A él le sobraban ambas; la mujer se parecía bastante a Greta Garbo. La lástima era que ese parecido estaba más centrado en la Greta de su retiro demente en París que en la gacela salvaje que fue antes de huir de Hollywood. Éste, en justa contraprestación por el arduo y desagradable trabajo realizado, abusó un tanto de la pasión que la señora sentía por él. En un doble juego que combinaba supervivencia e idealismo pasó informes sobre futuras redadas a la célula andaluza del PCE con una mano, mientras que con la otra dilapidaba la generosa asignación que Carnicerito le pasaba a la Pombo.

 

Vistos ahora en perspectiva, fueron años estupendos. Junto con su prolongación vital, Jaime de Mora, habían sido los animadores iniciales y verdaderos de aquel vergel. Fueron odiados, amados, envidiados, vilipendiados y admirados, todo dependía de quién emitiese el juicio. Vendían ambiente creándolo, al contrario que ahora, en que un grupo de advenedizos sin ninguna clase para la impostura y la ficción, pretendían crearlo vendiéndolo. Sobraba puntualizar que no era lo mismo. El escritor Antonio D. Olano -otra prenda- los retrató con justeza. Conocía sus defectos –no podía ser de otra manera, procedían del mismo corral- y les alababa las virtudes. En su libro los señalaba cómo los creadores e ideólogos de una “Una Costa Chic que se había convertido en Costa Shock”.

 

 
Recién duchado y afeitado, se miró en el espejo y lo que vio no le disgustó del todo. Había llegado de madrugada, con prisas y sin equipaje, aparte del maletín lleno de billetes y aquellas viejas fotos que llevaba consigo. Fotografías que eran a la vez pesada carga y ancla en el tiempo. La chaqueta Nehru de color gris piedra ribeteada en azul cobalto parecía de su talla. Le gustaba. Consideraba excesivos los botones plateados, pero combinaban bien con los mocasines de piel de serpiente que acababa de estrenar. Encendió un Hilton lights. No sabían a nada aquellos cigarrillos. El Don no llegaría hasta principios de agosto y quería que el rodaje estuviese lo suficientemente adelantado como para dar el pego.
 
Salió a pasear por los jardines de la mansión de Serguajer, absorto en sus pensamientos, cuando desde allá arriba divisó el Marbella Club Hotel junto a la playa. A su lado todavía permanecía la pequeña casita. El Jandro había resistido. Todo seguía igual. Pensó que si aquel tipo tenía algo eran huevos. Y poco, muy poco cerebro.
 
La gente se arremolinaba en la puerta del Tramp. Pensaban disfrutar de “Una loca extravagancia sexy” como si no hubiese un mañana.
No quería saber cómo ni cuando se había iniciado la debacle que ya podía intuir. Sintió que todo aquello que decidió olvidar un día, borrándolo de su mente como si no hubiese sucedido nunca, comenzaba a reaparecer de una manera que no sabía si iba a poder controlar. Se estaba haciendo viejo.
 
-“¿Cómo estaba esa mala bestia?”, “¿Sigue remiso a las sugerencias?”, les dijo a los dos armarios, matones de pacotilla de la delegación local del turco, mientras éstos aguantaban los improperios e insultos de Shaneri.
 
La verdad es que siempre había sido así con Alejandro desde niños. Sobre todo si las sugerencias venían acompañadas de amenazas. La única persona que había logrado alguna vez imponerle algo lo solía hacer con una sonrisa, y en caso de extrema necesidad, acompañada de un beso. También era guapísima y muy dulce. Desgraciadamente había muerto hacia ya seis años. Aquellos sicarios no eran ni dulces, ni guapos, ni mucho menos dominaban el arte de la seducción. Y no estaban muertos porque no se habían presentado ante él con sonrisas y besos, así que la cosa había quedado en unos cuantos huesos rotos. Jandro no era nada partidario de mostrar los sentimientos en público. En ese sentido era demasiado suyo, exageradamente pudoroso.

Sentados en el privado del Pata Pata, El Don llamó a Michelone para que dejase la timba de una vez. Necesitaba hablar con él y de paso Serguajer podría hacer todas las trampas que le apeteciesen, sin que su amigo se diese por ofendido. Era el único que no era atrezzo en la partida, pese a estar a sueldo como todos los demás. En Las Vegas acabaron llamándolo The King of Bluff desde el día en que con un farol tumbó el póquer de damas de Siegel. Lo gracioso de aquello fue que en vez de terminar enterrado en el desierto de Nevada, que era lo que todos esperaban, acabaría siendo el segundo de Rothstein en el Sands.

Cuando salían echó un vistazo hacia el escenario. El cantante de la banda, aunque con barba, le recordaba a Peter Kent. Jodido americano. Mira que cagarla así. Vender dos veces el mismo negocio. Y lo que era peor, la segunda vez a un italiano con muy malas pulgas, aficionado a la pesca con arpón. Su cuerpo debía estar en mitad del mar de Cormorán, imaginaba que con algún que otro agujero. Jamás lo encontraron.

En su antiguo club, Pedro’s, se lo habían pasado de muerte en interminables noches bañadas por alcohol de importación y caro perfume francés, líquidos que allanaban el camino para las incursiones entre las carnes turgentes. Su labia y desparpajo ayudaba, claro. Solía ser aquel el refugio donde descansar tras recorrer caminos de soledades y madrugadas. Entre sus habituales abundaba todo el espectro nocturno que acostumbraba a deambular por la Costa del Sol: Tipos con el alma llena de pus, hijos de papá en busca de sorbos de verdad, políticos avejentados por la farsa de vivir una doble vida embadurnada en vaselina, princesas del desamor, aspirantes a estrella generalmente estrelladas, vampiros de la mala vida, emprendedores del arte del cuento y en general todo tipo de aventureros de la condición humana.


-“Perdóneme señor; ¿Podría hablar con usted un momento?.”
 
  El Don se quedó sorprendido por la irrupción. El muchacho tenía cierto porte pese a no ser muy alto, y aunque parecía bastante intimidado y era evidente que le había llevado un mundo dirigirse a él, un aura de ilusión y esperanza parecía insuflarle fuerzas.
 
 -“Mi nombre es Alexander Cartwright y tengo una compañía discográfica”.
 
 
Así, con ese bagaje, como si tuviese el mundo en sus manos, se presentó ante él. En otro momento no hubiese podido acercarse ni a cinco metros, pero tenía que reconocer que había sido paciente e ingenioso. También temerario. De inglés, era obvio, no tenía más que el supuesto nombre. Ese acento era más bien de Almería. Hizo una señal al rottewiller con bigote que se acercaba iracundo, enfundado en un traje una o dos tallas más pequeñas, para que se quedase donde estaba. Se quedó mirándolo y el muchacho creyó entender que podía seguir hablando.


-“Me he enterado que van a rodar una película aquí en Marbella. Quisiera encargarme de la Banda sonora…también represento a ésos”,
dijo señalando al escenario.

 

  Al Marqués de las Marismas no le importaba madrugar. Cuando ya había terminado de hacer de sí mismo con algo de maquillaje, llegaba, se movía con agilidad entre los jóvenes, conversaba alegremente con las recién llegadas -pues siempre había dos o tres nuevas conocidas cada día- se sentaba en una butaca  y decía su frase, o lo situaban en un corrillo al  fondo del salón con una taza de Alpina en la mano. Y ya estaba. Tanto si la cosa iba bien como mal, él, a mediodía,  cogía su Seat 850 Special y se marchaba. Se iba al puerto y daba un paseo. Muchas veces se bañaba en el mar. De vuelta hacia el chalet siempre pensaba si se cruzaría con Yeyo o Antonio en las inmediaciones de Los Gitanillos, pero hoy sí se encontró a Jesusito en el camino, y le recordó lo de la tapia. Ahora, mientras paseaba a su jirafa con un Bitter Kas en la mano, comentaba con ella cuanto estaba este chico abandonando las ocupaciones importantes -su tapia-  por andar comprando terreno a todo cabrero o terrateniente que se lo ofreciese. 
 
Llegaría un día que este tipo de gente pagaría las películas. Lo tenía claro porque mucha de la gente que veía en los rodajes vivían exactamente igual de arrebatados por abarcarlo todo, y llegado el momento no se centraban en lo suyo, no se relajaban. Clifford se mostraría de acuerdo en esto durante la comida. Él llegaba, metía sus ganchitos y vivía el resto del día en paz. Y de eso se trataba.

  Había estado mucho tiempo vinculado al Movimiento y con lo suyo además. Estaba llegando a plantearse que aquel era el momento de afanarse en Madrid con cuatro cositas del teatro, pero ya en muy segundo plano, colaborando. La cuestión era apañarse y volver a casa cada día comido y cenado, entretenimiento siempre había. Pero pasarse cada vez temporadas más largas en el chalecito, en el jardín, con calzones y foulard por todo uniforme, diseccionándole a Luyk las claves para vencer al Ignis de Varese, echar la mañana con los de las peliculitas -que se desayunaba de miedo- y bueno, irse a las boites un par de veces por semana tras alguna cena en la que siempre se juntaban los mismos. No era mucho de grandes juergas pero que estupendamente lo pasaba. A todas horas reinaba la alegría, y eso era lo que le iba, la alegría. Además, presentía una buena temporada convulsa en la capital, y aunque era leal, estaba muy disconforme con la política de la Casa; recuperar las cosas a costa de cualquier principio no es el camino. Cómo le recordó la otra noche aquel solemne pero parlanchín Cardenal, en España se estaba perdiendo la espiritualidad a pasos agigantados y las más altas esferas no estaban precisamente dando ejemplo. Aunque para falta de espiritualidad aquel rodaje; pero claro, el mundo de la cultura había sido siempre tradicionalmente -y se recalcó está palabra a sí mismo- licencioso. “Soy todo sueño”, como fue conocida la película en la sesión continua o “All I dream” –tal como se llamaba en realidad- era un constante devenir de gente opinando y que no se sabía muy bien que hacía allí. De letrinas siempre atrancadas y de caravanas epilépticas. Siempre faltaba algo por singular ocurrencia de alguien o por persistente extravío; el día que aquel joven le entregó el cheque y le pidió que custodiase a Trini, con la que no sabían que hacer tras su accidentada participación plagada de roces con aquel demente de Kinski, a nadie se le ocurrió interpelarle al salir juntos. Otro día, en la fiesta de los de las túnicas en aquel cortijo habían causado sensación juntos. Eso sí, trasladarse con ella enganchada al automóvil era algo tedioso una vez pasada la novedad.

 
“¡Ya sé que estoy tomando mucha! Por eso te estoy pidiendo que el saquito sea generoso”.
 
El Doctor Rosado pudo escuchar nítidamente la discusión entre La Garza y Michelone en la puerta de Bolero y dictaminó una hipertensión aguda en aquel.  Con su expulsión del cuerpo de carabinieri habían conseguido dar carpetazo -o al menos lo habían intentado- ya que, al margen de su ignorancia al respecto, aquel turbio asunto seguía trayendo cola por los sucesos de  Amalfi de hacía ya casi dos años. A él le encantaba el poder que le otorgaba estar a cargo de la seguridad de Don X.; en realidad lo tenían para hacer todo tipo de chapuzas y recados en los que señoritos como Bronson o DonRa no se querían enfangar. Él se había encargado rápidamente de afianzar su posición, creando toda una red de clientelismo de la que sacar tajada. Pero por otro lado era de los que menos dormía -y no por andar de fiesta- aunque claro, su sólo teórico poder le había proporcionado un considerable incremento del cobro de favores en especie, especialmente con aquellas mujeres a las que definía tanto la necesidad como la carencia de escrúpulos. Su vida era más aventurera que cuando portaba uniforme, y aunque no mucho, algo más edificante que los nueve meses que se pasó emborrachándose de sol a sol por las tabernas. Hasta que aquel mismo hombre, que le reprobaba otra vez sus hábitos, le ofreció formar parte de la escolta de Don X., al que curiosamente apenas echaba la vista encima. Hoy, por ejemplo, apenas se tumbó un rato después de la comida, tras pasar toda la mañana en el rodaje, partió en dirección a Barbate a recoger lo que les habían traído del otro lado del Estrecho. Nada más llegó al club le pidieron que acompañase a los de la puerta esa noche, pues convenía filtrar a los no habituales, aunque fuesen conocidos. Al cierre tendría que supervisar el reparto de los paquetes. Llegaría tarde al rodaje, y aunque aquella silla de playa era incomodísima, se quedó dormido en diez minutos.
Michelone asentía, comprendiendo que a aquel hombre sólo lo mantenía vivo el tener la cabeza constantemente ocupada..
CANCIONES DEL CAPITULO
TITO MARTIN El mundo llora
ROCKY McCABE Sunny days are coming
ELSA BAEZA La verdad
EXPRESIÓN La luz del fin del mundo
JOU COGRA Darkness
AUSTRALIAN SOUND Sidney
LOS TIOS QUERIDOS Si me ves volar
HOWARD BLAKE An elephant called slowly
MASSIEL Only forever will do
 
  
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