"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973 (Parte 2ª) Capítulo IX

 b4d72-marbellacoverpost1
 

 
    

El primer día de rodaje fue caótico. También lo sería el segundo, así como los sucesivos. Contrariamente a lo que imaginó todos parecían felices menos él. Se sentía a lomos de un caballo desbocado. A Da Silva todo aquello le recordaba un poco los efectos del tripi de Baden Baden, pero con una carga de responsabilidad que le estaba matando. Jess, en cambio, recién llegado de Ronda -eufórico- parecía estar en su salsa, comodísimo y radiante en medio de todo aquel maremagnum de frenético desorden: Famosos despendolados, inútil actividad y caras bonitas. Si no fuese por la exagerada cantidad de dinero que casi se podía oler, aquello hubiese sido un compendio de todas las fiestas que hubieron, condensadas en una sola. Colosal. Y sin embargo toda aquella profusión de medios, de cuerpos, de ficción, no podía evitar dejar a la vista un deja vu de cinismo, de impostura y de rutina. Porque -ahora se daba cuenta- en la celebración planeada se oculta el peor de los aburrimientos.

Jandro, sentado bajo una sombrilla, divisó el panorama. Le llevo dos minutos hacerse una precisa composición del lugar: Demasiados pinceles atesorando pluma, los habituales ojos viriles -falsamente despistados- calibrando jovencitos, condenados asidos a su última oportunidad. Oportunidad de saldo, ignorante de su condición. Condición decorada por curvas cimbreantes. Curvas de lasciva ambición juvenil.

Y allí arriba -sudando e histérico encima de la grúa- un idealista lúcido pugnando por recrear el pasado, por adivinar el futuro, sin saber que sólo podía ser dueño, si tenia la fortuna necesaria, del presente. Le supo mal no poderle evitar el mal trago al muchacho, pero no conocía otra manera de enseñarle. Cuando atisbó un poco de alegría inconsciente, de vana ilusión y grandes expectativas entre las chicas que le acompañaban -muchachas que desconocían hallarse a un único peldaño de marchitarse- lo que sintió fue ternura. También mucha pena. Aunque ya debería estar de vuelta de todo, tenía que reconocer que a su edad y con sus cicatrices, todavía era un romántico.
Lo vio bajar de la Bultaco Brinco. Tenía menos pelo y bastantes más arrugas. La mirada acaso algo más desgastada y la misma sonrisa inescrutable. Conforme se iba acercando a él, esa mole iracunda y maleducada comenzó a temblar. No temblaba por miedo, jamás había conocido esa sensación. Tampoco por nerviosismo. Bueno, tal vez un poco nervioso si que estaba. Pero el tembleque era el mismo que uno siente cuando ve al pasado desfilar por delante suyo.

“¿Ya le has contado al muchacho el por qué de las cosas?” Le dijo DonRa.
“Los cojones”escupió,“Aunque me están entrando unas ganas terribles de arreglar unas cuantas de esas cosas”, le contestó levantándose desafiante.
-“Jandro… ¿Todavía estamos así?”le preguntó hastiado, mirándolo como se mira un recuerdo demasiado presente. “Estuve a punto de morir por vosotros. A veces me pregunto si no habría sido mejor” Se hizo un breve silencio.“Yo también la quería. Y renuncié a ella, a todo. Por ti, por ella, por nuestra amistad”.

Los ojos le brillaban de una manera que le delataba. DonRa ya conocía ese brillo, no le importaba verlo, pero su estatus de mastín podría verse en entredicho. “Anda, ponte las gafas de sol”. La bestia le chocó la mano con firmeza, fuerte pero protector, y sintió que todo aquel dolor se tornaba en aceptación.

Con una familiaridad similar a la de Lolo con las muchachas se comportaba Jess con las estrellas. Y había que ser muy diestro para equipararse a Peroulovich en tales menesteres. Sabía tratar con las fieras, tenía muchos años de circo, así que DonRa le había encargado que acompañase al demente alemán que hacía de actor principal. El tal Klaus quería sexo y aplausos, no siempre por ese orden. Sentirse el enviado del cielo al que todos debían venerar. Y como tal hacía justicia a su aspiración; las purgaciones y las enfermedades venéreas eran el pan de cada día.

Antes de concluir la primera semana de rodaje, la actriz principal ya comía de las manos de Lolo –y también, para qué engañarnos, de algún otro de sus apéndices- mientras que él hacía todo lo posible por evitar a un par de groupies, volteadas la noche anterior entre sabanas sudadas. Se las conocía por Las Margaritas o Las Garcías –tal era su nombre y apellido, idénticos ambos-, aunque por aquel entonces ya se hacían llamar Bárbara y Ágata, buscando disimular su pasado con esa clase zafia y un poco ingenua propia de los advenedizos.

Aspiraba la pareja, como tantas otras, a meter la cabeza en el cine, sin hacerle ascos a sumergirla en los lugares que hiciese falta, necesidades del guión incluidas. Y en esa víspera de deseos apretujados y juegos carnales, donde la lujuria paradisíaca y la ambición terrenal van de la mano, Lolo les prometió un papelito en el proyecto, en pleno fragor del intercambio. Se había presentado como Productor Ejecutivo Asociado y ellas quedaron prendadas. A Las Margaritas tres palabras en una frase y un hombre bien plantado las volvía locas, así que lo dieron todo y más en el ensayo nocturno. El único papelito que verían en toda la semana seria el que guardaba la Blanca, por supuesto dádiva imprescindible de las muchachas para que Lolo les permitiese confraternizar con la élite y así poder optar a una prueba de cámara. No, no eran muy listas, y cuando les dijo que la cámara era aquella habitación donde esperaba la banda representada por Cartwright, las muchachas no dijeron ni pío. Lo que dijese el grupo tras la sorpresiva bacanal nunca quedaría claro del todo, de hecho no creo que tuviesen fuerzas para decir mucho, pero lo que sí quedó claro fue su mutación. Pasaron de amenizar con estandars insustanciales a incendiar las noches restantes del rodaje con guitarra, órgano, bajo y batería. La enajenación psicodélica corrompió a su cantante, desde entonces Frank Martin.

 Da Silva comenzaba a pensar que tal vez no hubiese sido tan mala idea dejar la dirección a cargo de Albertius, ya que cuando pasó la primera semana la cosa comenzó a tomar cierto sentido. No se iba a rendir, no era su costumbre. DonRa había cooperado, poniendo firmes a la pléyade de viciosos secundarios americanos. Era su estrategia una muy eficiente: pasaportes confiscados, pitulis a granel y sustancias a la carta. Lo que pensaba que era un error se había revelado como mano de santo e incluso aquel insoportable alemán, demente y bipolar, obedecía ya a sus ordenes. Si quería ser justo con él debía reconocer que tenia talento, inspiración e instinto. Pero como le había dicho DonRa;

-“Palo y zanahoria… siempre, querido J.”

ce9e1-modificacion-1

 

-“La gente nos dice cómo es en cuanto se presenta ante nosotros, pero lo ignoramos. Lo hacemos porque queremos que sean como nos gustaría que fuesen y no como realmente son”
La elegante y profunda dicción de Rafael Navarro todavía no se había apagado. En el set todos contenían la respiración. Una mezcla de ansiosa expectación y emoción contenida flotaba en él. Incluso los más lerdos, pese a no saber verlo así lo tuviesen frente a sus ojos, podían adivinar que algo estaba pasando. Jairo hizo una señal con su mano izquierda conminando a todos a que siguiesen en silencio. La cámara inició un breve travelling, descendiendo hacía el lugar donde estaba el alemán zumbado. Kinski, todavía bajo los efectos de las aventuras con los amos de la noche, estaba sentado en una butaca. Su mirada definía el estupor y el desamparo mucho mejor de lo que Da Silva lo había plasmado sobre el papel. Estaba seguro de que no había entendido una sola palabra de lo que Navarro había dicho, y dudaba mucho que recordase su texto. En cambio, lo que en otro momento le hubiese irritado sobremanera -las modificaciones de una estrella caprichosa- se había convertido por azar en verdad y genio. Esa mirada ausente, abotargada y un poco distante, en silencio desvalido, resumía de manera perfecta lo que el joven director sentía con la vida. Y al fin y al cabo la película era su vida.

La mugre gobierna. No es esa mugre antihigiénica, que se atempera con agua y jabón, si no la mugre del alma, la que perdura. Capas y más capas de mugre superpuestas. Mugre alimentada de pasado y de traición, de vanidad y de ambición, de miseria y de oportunismo, hasta llegar a configurar un ente casi autónomo -con vida propia- que contagia todo aquello que tiene cerca. Da Silva no quiere escuchar lo que Jandro está diciéndole. No quiere saber. La mugre gobierna. El único padre que conoció está sentado frente a él, con toda su gigantesca humanidad, ahora un castillo demolido. Y su madre ha muerto. Hace ya seis años. La mugre gobierna y él la puede tocar.

Tal vez lo había exagerado de una manera indecente. Era consciente de ello y por eso se sentía culpable. No le gustaba hacer llorar a quién amaba, al menos no conscientemente. Y en esa primera vez, algo le consumía por dentro: reconoció que había hecho mal, sí, pero también descubrió una malévola delectación. Era curioso. Él, el único que creía tener los pies en el suelo en todo aquel exceso, era el que más lejos había ido, achacando a quién amaba todas sus dudas e inseguridades. No tenía nada que ver con el incidente tras la cena. Aquella escenificación del drama era un repetición de repertorio que ya era mala cuando todavía era original.

Monsieur Lafleur, Antoine para los amigos era todo un caballero. Solía acompañar a La Duchessa y ausente ésta por hallarse indispuesta, se sentó en la mesa donde las tres muchachas se divertían jugando al flirteo. Era un juego inocente. Miss Taboo había deleitado a la concurrencia con una sensual muestra de su talento y Uvita e Iris quisieron jugar a la seducción. Derramar el vaso sobre la camisa de Antoine y abofetearle fue algo desconsiderado que no había hecho más que dejarlo en evidencia. Siempre había evitado la coraza de la grandilocuencia, huido de la necesidad de querer sentirse importante, de revivir sueños y sensaciones imaginadas como hacían tantos para que quedasen amplificadas en la memoria. Él no era de esos. Salió corriendo, un tanto avergonzado, cuando el Don, en compañía del Maharishi Puhig y un grupo de enturbantados con chilaba y oro, hacía su aparición…

 

5c285-karinalp

 

 

Da Silva recorrió durante horas la carretera de la costa conduciendo el descapotable. Había recurrido a Jandro, tras la tonta discusión etílica de la fiesta, en busca de consejo y aquel le había abierto para siempre una caja de Pandora que ya no se podría cerrar. Quería tranquilizarse y recapacitar. Cuando descendió por la colina de la urbanización divisó la mansión del ingles. El corazón pugnaba por salírsele de la garganta. Aquella revelación le había puesto muy nervioso. Era algo que ya intuía desde hacia un tiempo, pero que no quería saber de ninguna de las maneras. Algo que le martilleaba la cabeza cada vez con mayor cadencia. Un sudor frío, enfermizo, le resbalaba por la sien. Una sien que parece el núcleo de un artefacto a punto de explotar. Nada más llegar allí empujó la entornada cancela repujada y sucia. Estaba abierta. Algo, remotamente conocido, flotaba en el lugar. Entró en la casa. Junto a la escalera de caracol por la que se accedía a las habitaciones, un gran retrato, enorme, de tamaño natural. La fotografía era muy hermosa. Se quedó observándola. Le era cercana, casi familiar. Tres tipos jóvenes, felices, con una mirada todavía limpia y curiosa, pareciendo esperar al futuro. A sus espaldas, la cascada en la que acostumbraba a nadar cuando era pequeño. El manto de agua transparente, reflejo idealizado de la libertad ansiada durante tantos años.

El corazón parecía no bombear lo suficiente. Al de la derecha lo reconoció al instante. Era Jandro. Veinte años atrás, quizás alguno más. Su brazo apoyado sobre le hombro del tipo del centro, mirándolo con admiración, con devoción, diríase que con amor. Este sonríe. Se enfrenta a la cámara con suficiencia, retándola. Hay un halo, algo difuminado en su gesto, que le es familiar. Pero no, no puede ser. A la izquierda, el tercero, DonRa. Su sonrisa franca. Un pitillo en los labios. La camisa arremangada hasta los codos. La piel muy morena, están muy contentos. Los tres posan para alguien compitiendo por su favor. Jairo se acerca un poco más a la fotografía que está medio en penumbra. Reflejada como se captaría a un fantasma, sobre el espejo del agua, una imagen femenina. Su tía…¿Su madre?.

Mareado, vomita sobre la escalera. Tiene que sentarse. La mugre gobierna.

 

85172-barbara

 

 

En una de aquellas noches La Garza, cómo socarronamente narraba el Marqués, le arreó un buen revés a Manolo Orantes, sin llevar la raqueta en la mano, que estaba incomodando a un par de maquilladoras de Algeciras. Noté un pequeño alboroto a lo lejos, mientras Luís Ortiz me contaba sus peregrinas -y a la vez tan acertadas- ideas sobre el devenir del país. Llevaba casi tres años recorriendo medio mundo con Don X. y la siempre festiva pero obligada etapa española me tenía un poco abatido. En realidad nunca me había gustado mi país y ya lo sabía antes de haber cruzado alguna vez sus fronteras. Lo que ví fuera me confirmaba lo vivido estos últimos años, aún consciente de llevar una vida privilegiada. Pero no podía soportar el polvo, los ancianos diez años más jóvenes que yo, las sombras, las miradas, aquellos que escudriñaban las sombras, la pobreza económica y la de espíritu, aunque en mi caso pareciese que fuese sólo pretendidamente festivo. Sobre todo me causaba rechazo ver como aquella manada de pobres diablos que eran mis compatriotas se comportaba cómo si hiciese algo, cuando no eran más que marionetas ignorantes. Yo también lo soy, pero la chequera de mi bolsillo estaba repleta y ésto suele ser de gran ayuda para los descreídos, un alivio improductivo. La vida era tan fácil como siempre, y ahora además me había convertido en una especie de productor ejecutivo; un hombre del cine. No puedo, todavía hoy, evitar sonreírme de lo rimbombante y fútil que sonaba eso. No habíamos bajado el ritmo, pero en cualquier lugar, a poco que desviase la mirada, encontraba todo lo que me hacía querer terminar aquella maldita película y salir de allí. No se trataba de recuerdos, pues no percibía que nada hubiese cambiado.

– “¿Que me dices de ese cabronazo que ha venido a meter en cintura a todos estos curas rojeras?”.

El monólogo de Ortiz duró hasta las diez de la mañana, y aquel fue de los escasos momentos en los que le presté atención. Este cabronazo estaba causando más de un problema. Los alemanes le habían impuesto a uno de sus hombres, y a partir de ahí los intereses inmobiliarios de Don X. comenzaron a resentirse, primero en Italia y ahora en España. Era extraño que los alemanes quisiesen entrar a través de Serguajer, la alianza era poco menos que contra natura conociendo los antecedentes, pero la actitud de Petrone lo evidenciaba. Irina Von Taffelson, que conversaba aparte con su prima Gunilla, tenía mucho que decir en todo esto. Su madre ya me había quedado claro que no, pero ella había definido a Su Eminencia, en más de una ocasión, como un hombre de gran vigor en su fé.

Comiendo con él en Madrid, en un mesón cerca de la nunciatura, todo habían sido objeciones y menciones a como funcionaban las cosas aún en España. Así consiguió arrancar un jugoso talón de mi chequera. Y la cuenta a nuestro cargo, obviamente. Últimamente la Guardia Civil visitaba el rodaje a menudo. La Garza había tenido también algún que otro encuentro en sus viajes a la playa y se denegaban todo tipo de permisos en el ayuntamiento. El desencuentro posterior de Don X. con un Procurador a Cortes que se había encaprichado con Elsa Baeza en aquel local de la calle Dr. Fleming tampoco ayudó.

 

65634-davepikelp3

 

Así que fue el primero en dedicar todo su empeño en la postproducción y evitó presenciar los desgarradores sucesos acontecidos en el verano marbellí. Tardaría casi veinte años en volver a pisar suelo español sin decir siquiera hasta luego. Da Silva apenas se apercibiría de la ausencia del tintineo de sus hielos y su olor a polvos de talco.

Decidió marcharse una tarde de bochorno intenso, a mediados de septiembre, tras visitar Sevilla con Charlas Bronson. Esa ciudad le sacaba especialmente de quicio. La cabeza le pesaba y tenía los pies constantemente hinchados. Charlas le había dicho que aquel tipo enjuto, tuerto, de apariencia y ademanes sumamente grotescos, era el hombre adecuado. No le parecía que su charlatanería farfullada, babeante, mojando aquella ensortijada y aceitosa barba, fuese algo especial entre la peculiar clientela de aquella taberna de Santa Cruz. Pero aquel hombre que bramaba contra Roma y la Curia comenzaba a tener sus seguidores y los terrenos donde se daban las apariciones habían llegado a manos del Don. Una generosa cesión -y un igualmente considerable incentivo económico- servirían para que Clemente Domínguez le diese al Cardenal Petrone su merecido. Aquel ser deforme, sodomítico y rastrero, no necesitaba demasiada motivación para montarle una escenita. La visita era extraoficial; que Clemente tuviese montado un pequeño chiringuito con las apariciones no era el problema, pero instaurar un rito, digamos que personalizado, era algo que el Vaticano no podía tolerar. Lo recibió en su palacete sevillano, y congeniaron muy bien durante la comida, ya que ambos compartían las mismas ideas respecto al movimiento de los curas obreros que Petrone había acudido a mitigar. El guiso de rabo de toro le resultó altamente indigesto y el brandy era nefasto. Cuando Clemente comenzó a exponerle sus ideas sobre Cristo y la Iglesia Católica, un etíope con rastas y cubierto por un taparrabos de lino les acercó un inmenso cigarro, liado con goma sevillana. A partir de ahí el delirio.

 

6faef-encarnita1

La acción se desarrollaba en el sótano. Desnudo sobre aquella tierra empapada en vino y rodeado por cuarenta y siete cofrades vestidos de nazareno, fue sometido a todo tipo de vejaciones, palizas, insultos y torturas. Después de aquello Petrone nunca volvió a ser el mismo, delegando casi todo en Ratzinger y dedicándose poco más que a los protocolos. Probablemente el lo viese como un ascenso más en el escalafón, pero allí se aposentó también una distancia física palpable. Los tres cofrades que lo desataron del Puente de Triana en donde colgaba crucificado, aseguran que sus primeras palabras fueron; “Quiero más”. Algo que interpretaron como inevitable consecuencia del concupiscente delirium tremens por el que estaba poseído.

Poco después de su encuentro, Clemente comenzó a aseverar publica y repetidamente que el Papa de Roma se encontraba secuestrado por los Cardenales y que estos le administraban drogas alucinógenas a su conveniencia. La incipiente Iglesia Palmariana acabó escindiéndose de la Católica, construyendo una basílica, de abigarrado estilo barroco, en los terrenos que les habían sido regalados.
Aquellos potentes secantes que tanto le gustaba usar a Clemente en sus trances habían sido cosa suya. Y por eso, al día siguiente se subió en un Mercedes diesel junto con Lolo Pelourovich y partieron rumbo a Lisboa. La verdad es que su país no le agradaba pero en Colombia tampoco había demasiado margen de mejora.

CANCIONES DEL CAPÍTULO

LIA UYA Mientes

MODIFICACIÓN Across the time

BARBARA POTTS Conquistador de cartón

KARINA Tiempo al tiempo

CAROLYN SUMMERS Dead

DAVE PIKE Soul eggs

ENCARNITA POLO Tres cosas

 

 

 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s