"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973. (Parte 3ª) Capítulo X

 
   La entrada al “Pipper’s” era angosta, casi laberíntica. Un pasadizo estrecho de más de veinte metros que parecía llevar a ningún lugar. En uno de sus laterales, discreta, anónima, había una puerta. La fauna habitual acostumbraba a recorrerla apresuradamente, temerosos y con un cierto nerviosismo. Y hacían bien. Leyenda o realidad, su mera visión les provocaba un escalofrío. Sabían que dicho pasillo conducía al escenario de los sueños, pero igualmente eran conocedores -por relatos cuchicheados- que a algunos de los elegidos les cambió la fortuna, quedándose por el camino, prestos a saldar sus flaquezas. Eran comentarios de segunda mano, discretos, entre susurros, que casi no se querían escuchar. Como el de aquel constructor segoviano que osó comprar la apetecida finca de la playa, el Lord inglés que no invitó a la mujer del gobernador civil a su fiesta, o la pobre modelo que se burlaba de los gatillazos del jefe de policía. Historias de terror que acontecían de vez en cuando y cuyos personajes señalados, de camino por el pasillo hacia el edén, se quedaban en el purgatorio, introducidos por aquella puerta a la que no se osaba mirar. Porque si la entrada al purgatorio existía, estaba ahí, a la derecha.
 
   A estas alturas de la película nadie estaba dispuesto a pagar por sus deslices. Solo aspiraban a olvidar, vivir el día a día. La vida y nada más. El futuro no existía y quién pensaba en él, aunque fuese por un instante, era porque aún tenía pasado. Mal asunto. Un funesto compañero de viaje el pasado y sus recuerdos.
 

 
  Manolo Rosado era un tipo con recursos. Desde muy joven se había buscado la vida lo mejor que había sabido. Antes de ser el médico de las celebridades había sido otras mil cosas; mamporrero de reses en fincas de ricos y boyantes toreros analfabetos -y perdonen por la redundancia-, aguador de licores de importación, cobrador de prestamistas usureros enriquecidos con el desarrollismo, chico de compañía para aburridas –y aburridos, no hacía distingos- aristócratas, comadrón en abortos clandestinos.



   Lo cierto es que lo más cerca del conocimiento y la práctica de la medicina que había estado fue en alguna carnicería ejercida en la DGS de Málaga, cuando estaba a sueldo del Movimiento inmóvil. Tenía un buen pulso y era certero en el sajo. El trabajo no estaba mal pagado y le dejaba tiempo libre. Además le permitía medrar, aprender y saciar sus instintos sadomasoquistas. Pero últimamente estaba un tanto deprimido. Se daba cuenta que se estaba quedando estancado. Por eso, la noche en que sus ayudantes guardaban el tronco y los restos desmembrados de aquellos dos estudiantes dentro de las cajas de madera de pino, fue toda una suerte para él que apareciese, vestido de etiqueta y presto a marchar a la puesta de largo de su nieta mayor, el jefe supremo, Arias Navarro, “Carnicerito de Málaga”. Su gesto adusto y estirado, en permanente estado de tensión, que lo era en parte debido a sus úlceras sangrantes y en parte prólogo de su sanguinaria personalidad, le dio pie a Manuel para sugerirle alivio. La inyección de morfina enriquecida que le administró fue mano de santo. Incluso esa madrugada, tras la obligación familiar, los oropeles de la prensa y alternar con lo que allí llamaban alta sociedad, Carnicerito decidió acudir a la fiesta que se celebraba todos los jueves en el chalet de Antonio. Tres veces consumó, con tres efebos distintos. Se sintió un hombre nuevo y desde esa noche siempre recurría a Manolito, como lo llamaría a partir de entonces.
El rodaje marchaba viento en popa. Da Silva, sin consultarlo con nadie, había decidido que el cantante de LA COSTA SHOCK, como finalmente se llamarían los representados de Cartwright, tuviese un papel activo en la película más allá de la escena en el club. Le gustaba como daba ante la cámara. Con Miss Taboo hacía una pareja perfecta en el rol de aquellos ingenuos y soñadores jóvenes de viaje iniciático.. 

 

 
   Estando como estaba la aventura poblada de perros viejos, maleados, de vuelta ya de casi todo, la actitud asombrada y virgen de ambos, le recordaba a la suya no hacia tanto tiempo. Sí, aquellos dos ángeles tendrían que nadar entre todos aquellos excesos. Y no sólo sin hacer prisioneros sino evitando encallar en los arrecifes de ese proceloso mar.
 
   Alfonso no sólo era millonario de nacimiento, sino que también era atractivo, simpático y generoso. Bien es cierto que ser generoso con lo que se ha robado a otros durante generaciones y generaciones es serlo menos, pero entre toda aquella tropa con la que se encontró cuando llegó, eso ya era algo que le diferenciaba. Acostumbraban los de la mugre a tomarlo todo, sin dejar prisioneros ni tan siquiera una escapatoria posible, por pequeña que fuese. Y eso estaba comenzando a crear problemas. Aunque dueños de un país agrilletado y acojonado, algunos desesperados habían tomado la decisión de llevarse por delante en su ruina a quién se encontrasen de frente.
 
   La reunión con el “Muztafá barbachivo”, como le llamaba el viejo Ordóñez, estaba tensándose demasiado. El Don había solicitado ayuda en la mediación a Hohenlohe, en parte por que éste le debía favores, en parte por que sabía de sus habilidades, pero sobre todo porque le ponía una barbaridad su mujer, Ira, la hija del príncipe Tassilo. Le daba un poco igual las aspiraciones del Emir del Fener y sabía que tendría que acabar con él más pronto que tarde. Al tal Ordóñez tenía que aguantarlo, a menos que quisiese enemistarse con Carnicerito. Y si eso tuviese que ocurrir mucho mejor que lo fuese a su debido tiempo.
   El patriarca torero estaba de muy mal humor. Amenazaba con la guerra si traspasaban los limites de Ronda, su reino, donde no se movía nada sin su consentimiento. Además, estaba hasta los mismísimos de la niña de sus ojos. Un sensual bellezón de impresión, ninfómana, cocainómana y tan facha que le convertía a él en un liberal masón. Andaba malcarado por su encoñamiento con una verga plebeya del mundo del toro y él, aristócrata entre esa purria, sabía perfectamente que la niña se iba a aburrir a los dos días. La otra solución, “Sandokán” Arribas tampoco es que fuese mucho mejor. Cuando pensaba con la cabeza era porque estaba sin blanca o porque estaba puesto. Vaya tropa. Y ahora, encima, los moros.

“Bonvivantismo o barbarie”,
gritaban Sandokan y Luisito, en pelota viva en medio de la piscina, con un whisky con hielo en una mano y el canutillo de nácar en la otra por todo atuendo. Sobre la mesa, una bolsa de colombiana pura esperaba, mientras se entretenían lamiendo los pechos a dos presuntas suecas, conocidas en otros ambientes como Las Margaritas

DonRa subió a la suite descojonándose. “La Garza” agradeció quedarse allí, aunque hubiese preferido no tener que estar de oyente. Nada que él no pudiese remediar.

 

Uvita cogió un pitillo del paquete que había sobre la mesilla y lo encendió. Bastaron un par de caladas cortas para prender del todo. Dio otra más profunda y se lo alcanzó. Da Silva aspiró hóndamente, el cigarrillo siempre entre los labios, y la volteó tomándola por las cintura, abrazándola fuerte. Ella, acurrucada a su lado, completamente desnuda bajo la sábana, le susurró; -“¿Por qué no puede ser siempre así?”.
 
 Otra profunda calada al Winston. La mirada perdida en algún lugar. Miró por el ventanal un horizonte en el que no se fijaba, que ni siquiera quería ver. Ya no luchaba consigo mismo. Ahora, por fin, ya sabía lo que debía hacer. Desde la terraza de abajo subía aquel murmullo, una melodía que sonaba por tercera -¿o era la cuarta?- vez ya. Le gustaba, pero no era ningún consuelo. Sí, tenía que hacerlo.
 
Ella seguía hablando;
 
-“Ojalá no tuviésemos nunca nada en lo que pensar. Nada que enturbiase este momento. Nada que nos distrajese de lo que ha ocurrido estos dos últimos meses. Ojalá no hubiese nada que nos hiciese dudar de quienes somos realmente”.
 
Da Silva apagó el cigarrillo a medio consumir, mientras que con la mano izquierda le acarició la nalga. Se acercó y la besó. Primero mecánicamente. Poco después con cierta comezón apenas insinuada. No quería escuchar más. Y mientras la besó pensaba:
 
-“Ojalá”.



La sala estaba a oscuras, vacía. La prefería así. No había nadie, solo sus miedos. Agazapados, como un rebaño esperando a saltar la cerca. Alguno ya lo había hecho. Tras el primer visionado del copión Da Silva se puso muy contento. Lo hizo de una manera casi infantil, como el niño que cree haber tropezado con un descubrimiento único, un secreto tan sólo a él revelado. Le gustaba lo que había visto, incluso comenzó a construir en su subconsciente esos castillos de arena a los que era tan proclive y que tantas decepciones le habían procurado. Lo que estaba viendo en la pantalla tenía un aire descuidado, a veces incluso doliente, sí, pero también un halo de verdad, el aliento optimista de la memoria y del futuro. Pero, sobre todo, creyó ver un entusiasmo en el ser humano que no sabía de donde había salido exactamente. Eso le perturbaba, le hacía dudar incluso de la idea que tenía de si mismo. Cuando ya había visto “Soy todo sueño” dos, tres veces, aquellos miedos inicialmente contenidos comenzaron a mostrarse de manera más diáfana, en manada: Había pretendido reinventar un tiempo y un lugar, huir de lo verosímil como quién huye de la muerte. Y, adherida a esa ficción, recrear a las gentes que por allí transitaban. Ahora, asustado y sorprendido, se daba cuenta de que la película no era otra cosa que un ajuste de cuentas nada complaciente con lo que fue y, sobre todo, con lo que era. Con lo que se había convertido.

Al Don, sentado en uno de los palcos, semioculto en la penumbra, la película le estaba dejando mal cuerpo. Y no porque pensase que fuese mala. Muy al contrario. Si el manuscrito ya le había intrigado, lo filmado superaba sus expectativas. Tenía hallazgos notables: El alemán demente, toda la película mirando a la cámara sin decir ni una palabra pero, sin embargo, diciéndolo todo. La utilización de la música -aunque ésta no fuese de su agrado- como un personaje más, los silencios explicativos, la multitudinarias conversaciones corales. La galería de secundarios, con papeles cortos pero bien dibujados. La performance de Miss Taboo, rodada casi por azar, le resultó hipnótica. Era elegante. Delicada. Sensual. Resumía el espíritu de la película. Otra sensualidad, más carnal, incluso en las escenas más violentas, se apoderaba de “Soy todo sueño”. Una sensualidad con el grado de erotismo preciso y repujado por una visión de la vida trágica, todavía sin derrotar aunque perdedora desde su inicio. La actitud que emanaba de la pantalla era capaz de asustar a quién no va de cara y aún le queda un mínimo de dignidad. Estaba llena de escenas poderosas, emocionantes. Escenas que conformaban una historia que conocía de primera mano. Una historia alimentada por todo un catálogo de gentes heridas y esperanzadas que le resultaban familiares de un modo impúdico. Gentes a las que había permitido, acaso involuntariamente, deambular ante él más o menos libremente, sin procurarse la protección necesaria. Y qué, precisamente por eso mismo, le habían convertido en alguien que no quiso ser. Más duro, más insensible, más débil..

 


Recapacitó al advertir que lo que le dejaba mal cuerpo era tener ante sus ojos, hasta deslumbrarle, su vida tal y como realmente era y no como había pretendido que fuese. Un joven ignorante de veintipocos años había conseguido en menos de dos horas lo que a él le había costado años de podredumbre y mugre, de disimulo y oscurantismo: Recrear un monstruo al que todos temían, un monstruo que había olvidado cómo amar, que había olvidado cómo vivir. Un monstruo que buscaba la redención y que era tan torpe que no sabía ni esculpir de nuevo en su memoria -con martillo y cincel- todo el abanico de sentimientos descacharrados, oxidados por la falta de uso, que aún luchaban en el fondo de su alma por ver la luz aunque fuese solo por un instante. El muchacho diseccionaba sin concesiones, ni tampoco haciendo prisioneros, la actitud del que siempre se rebeló contra la mugre, contra el cinismo que lo invadía todo -como el musgo a la piedra húmeda y sombría- y que en él, el Don, hacia tiempo ya que había claudicado.
 Allí sentado, viendo la escena final, sintió estremecerse lo que una vez fue su alma. Los ojos perfilados de la muchacha, con dos lágrimas apenas perceptibles, eran los mismos ojos que había querido olvidar desde hacia veinticinco años. En la pantalla la cámara se alejaba lentamente mientras el cuerpo, su cuerpo, flotaba, como un nenúfar con esmoquín blanco, en medio de la piscina. Ahora ya sabía ante quién debe saldar su deuda, ahora le veía por fin un sentido a las cosas, al hecho de no haber cerrado del todo -tirando la llave al pozo del olvido- los recuerdos de un tiempo feliz que le atormentaba desde ya no recordaba cuando..
  Da Silva se levantó de la butaca. Estaba muy cansado. Enfiló el pasillo hacia la puerta de entrada de la sala y, a punto de salir, escucho una voz:
 
-“La vida y la muerte es un círculo hijo mío”

  A pesar de proceder de lugares dispares, por circunstancias habían coincidido a menudo, prácticamente desde que comenzó a llevar pantalones largos. Él la amaba desde el primer día, pero los innumerables encuentros habían sido igual de poco propicios. En sus años más jóvenes, aunque él no dejó escapar otras oportunidades, ella ni lo miraba. No le representaba un problema, todo era muy diferente y a su poca experiencia le hacían parecer normal que ella, la reina, el blanco de todas las miradas, la única muestra de clase y sofisticación entre aquel rebaño de bueyes pastando en un río polvoriento, no le hiciese el menor caso. Pero todo aquello que durante años parecía indoloro, fue germinando en su interior y comenzó a supurar poco antes de aquel iniciático viaje a Mallorca con Da Silva hacía ya cuatro años.
 
  Se la encontró en Londres, en un happening situacionista de esos que hacía Mick Farren en Powis Square. Ella le presentó a su marido cómo si no se hubiesen visto en la vida, y a él, avisado previamente de su participación en el evento, no le costó autoconvencerse de que así era. Tanto la quería. A partir de ahí, y en el transcurso de todo lo que hemos venido relatando, comenzaron a verse, al principio de manera ocasional, pero desde que habían llegado a Marbella había sido algo continuo. Ella estaba en ese momento tan delicado para todos, pero especialmente problemático en las mujeres, ese momento en el que la edad y los reveses habían convertido sus anhelos en frustraciones. A él no le costó meterse en el que consideraba el papel de su vida. Y en ese momento se le vino todo encima y se le atragantó el país más que nunca, y con ello las fiestas, el rodaje, los amaneceres, la bebida  y los amigos. Su tiempo y su cabeza no estaban para nada ni para nadie más. No se sabe bien si huyó porque esta vez tampoco se trataba del momento propicio o precisamente por miedo a lograrlo, pero él sabía que algún día ella saldría de entre la oscuridad y al verla sería suya para siempre.
 
 
 
A cada instante que pasaba le era más y más difícil respirar. El temido dolor llamaba a su mente, primero con suaves golpes, poco después aporreando. Casi lo saludó como se saluda a un viejo amigo. Después de tantos años todavía lo reconocía. Supo que aquello no lo podría controlar, que ya no era él el que mandaba. Apretó fuerte sobre su estomago, todo lo fuerte que pudo, luchando por volver a meter los intestinos en su lugar, intentando evitar que la vida se le fuese.
 
  El tacto de sus manos con su sangre, cálida y viscosa, le pareció incluso agradable. Poco a poco una leve neblina empezaba a emborronar las siluetas de Lord Serguajer y Carnicerito, que departían animadamente tras el cristal. Imaginó lo que estaban haciendo y sonrió. Su legado estaba donde quería. Aquello que ellos querían no eran más que migajas. Pobres diablos.
 
 La brisa acarició su rostro. Cerró los ojos y recordó. Recordó por última vez.
 
 En ese mismo momento el vuelo de DonRa despegaba rumbo a Bogotá. -“Lo hecho, hecho está”- pensó mientras la azafata le servía su coñac.


 Siempre le había parecido que no había mejor velatorio que una fiesta multitudinaria. Ahora que ya no estaba allí no lo iba a poder apreciar en todo su esplendor, pero sus amigos, enemigos y conocidos iban a hacer todo lo posible por dejarle el mejor recuerdo, en el mejor lugar y en el mejor escenario. Iban a recomponer el extraño rompecabezas que formaba su vida: La conocida, la imaginada y la sospechada. Iban, sencillamente,  a ajustar las cuentas con el pasado.

Onur Elanoçi Serguajer, el emir del Fener estaba inquieto. Hacia ya demasiado rato que no veía al jefe de sus sicarios, Pedur Shaneri. Despojado de su turbante, retozaba displicentemente entre una turba de impresionantes cuerpos femeninos. Cuerpos que le acariciaban, le lamían y succionaban como parásitos hambrientos, y que sin embargo no hacían más que acrecentar su hastío frente al placer carnal. Se hallaba ya entrando en los estados alterados de la mente. Une etéreo trono propiciado por aquella pipa centenaria y la goma que había en él. Su mente estaba ya a mucha distancia de su cuerpo.
 
   Cuando Pelourovijc y Charlas entraron en el salón Serguajer estaba ya  en otro lugar. Sus ojos en blanco, la papada húmeda, los músculos flácidos. No podía saber con certeza si eso era consecuencia del humeante viaje que su psique había emprendido, recorriendo su Estambul natal y su infancia entre la miseria, o debido al desempeño concienzudo de las huríes en extraer sus fluidos, en sorber su tuétano. Posiblemente fuese por ambas cosas. Y alguna más.
 
   Musitó una especie de gemido pero no pudo mover ni un centímetro de su corpulencia en su defensa. Vio a los dos amigos del Don apartando los cuerpos que yacían en el suelo, cuerpos como serpientes en el trance del apareamiento, y mientras el primero cerró con llave por dentro la estancia, el segundo -todavía con el abrigo puesto- se sentó en el taburete que había junto al dosel, dejando la caja que portaba en la mesa de su derecha. En ella había algo parecido a una pelota grande, mojada y caliente, parecía tener incluso forma humana. Mientras Lolo la abría para mostrársela, reconoció el rostro de Pedur, a la vez que una bolsa de plástico le cubrió el rostro y acrecentó, todavía más -esta vez definitivamente-  sus problemas respiratorios. Apenas notó la amputación de su miembro por las fauces de la hurí kurda. Ya estaba muerto.
 


 Michelone tenía cosas que esconder. En realidad todos las tenemos pero solo unos cuantos afortunados pueden hacerlo con éxito. Y muy pocos, por no decir prácticamente nadie, puede borrarlas para siempre. En la pequeña habitación del pasillo del “Pipper’s” se podía escuchar la música. Aquellos gañanes de la Costa Shock habían aprendido mucho en poco más de dos meses. El actuar en el club en doble sesión durante seis días a la semana les había dado el bagaje suficiente para parecer algo serio, o al menos dar el pego. Mientras pensaba en eso y se movía al son de la canción le abofeteó dos veces. Suavemente la primera, más violentamente la segunda. El anciano se despertó. El sudor había hecho que la gomina se mezclase con el fluido corporal y, descendiendo por su frente, le procuraba un escozor molesto en los ojos. Notó que algo colgaba sobre sus labios. Sacó la lengua para reconocerlo al estar atado a la silla y a la vez que el dolor aparecía, advirtió que su bigotillo despellejado, una tirilla ridícula y sanguinolenta goteaba sobre sus piernas.

 
  Jandro apareció por la otra puerta, la que daba al cuarto del terror desde la parte de atrás. Le enseño la fotografía de su mujer, la hermana de Carnicerito.
 
 -“¿Te acuerdas cuando te suplicaba?: Carlitos, yo solo quiero que me dejes a mi hijo… ¿Te acuerdas hijo de puta?”.
  De un tajo le arrancó una oreja y se la metió en la boca. De la entrepierna manaba un líquido amarillento. Lloraba como una vieja, sin sentimiento.
 
-“¿Creías que me importaba que el muchacho no fuese hijo mío?, ¿Pensabas no se lo iba a perdonar?… Se lo hubiese perdonado todo”.
 Abrió el neceser y saco unas tenazas. Tomó su dedo índice y lo partió como quién parte una nuez. Después el corazón. Siguió con el anular.
 
 Cualquiera que se hubiese fijado habría visto la silueta del Don. Había vuelto a la mugre para arreglar cuentas con el pasado, expiar sus culpas y ser testigo por última vez.
 
  Carnicerito escuchó los gruñidos de los cerdos. Un pavor incontrolable se adueño de él. Recordó al instante aquello que hacían antes de la guerra -y también durante ella, y después- cuando perseguían a los homosexuales, a los disidentes, a aquellos que le caían mal, aquellos a los que simplemente envidiaba. Era impune y lo sabía: Con los presos en la plaza de toros, trasunto de reses, prestos a torearlos. Con los cerdos. Con los cadáveres molestos. Tras apalizarlos, vejarlos, sodomizarlos, hasta dejarlos moribundos -no tanto por serlo, que también, si no por el miedo a la delación, al reconocimiento de su verdadera condición sexual- y una vez saciado completamente, lanzaba sus cuerpos, atados de pies y manos, a la piara salvaje, excitada con el olor de la sangre -dos semanas o más sin comer- de gorrinos hambrientos. Ni los huesos dejaban. Se trago su propia oreja mientras dos de aquellas bestias comenzaban a devorar sus pies.
 
  En el “Pipper’s” la fiesta en honor del Don continuaba. El aquelarre de sentimientos estaba en pleno apogeo. Allí también había furia. Pero era otro tipo de furia.

 

FIN DEL CAPÍTULO DE MARBELLA
CANCIONES DEL CAPÍTULO
CONJUNTO ESTIF Trompeta loca
JOU COGRA Atrapados
JOU COGRA Cráter satánico
JOU COGRA Cajas de madera
BEBU SILVETTI Contigo
THE ASHES Is there anything i can do
ENNIO MORRICONE Dies Irae Psychodelico
MALU Y CARLOS OROZA Eclipse

LOS BRANDIS con MARIA NEVADA Life’s song 

JANDRO
Amigo de adolescencia y juventud del Don y DonRa. Vehemente, irascible y noblote, fue el único del trío que permanecería en España, arraigado a ella por su eterno amor y el hijo de ésta, Jairo.
 
CARNICERITO DE MÁLAGA
Gobernador civil de Málaga y posterior primer ministro.  Hombre fuerte del régimen en Andalucia desde los años 50. Vanidoso, cruel, vicioso y adicto a la morfina, en la madurez expandiría su gusto por el vivio nefando.
 
ALFONSO DE HOHENLOHE
Aristócrata alemán huido por patas de su país debido a ciertas deudas no saldadas. Visionario y emprendedor, adivinó las posibilidades de Marbella como centro turístico capital.
 
ANA POMBO
Una de las primeras hippies de la Costa del Sol. Fascista hasta la médula. Cantaba el “Cara al sol” entre fondos de sitar y tablas, adobado todo por goma de primerísima calidad. Siempre acompañada por jóvenes buscavidas de tragaderas importantes y escasos prejuicios. Ex amante -o lo que fuese aquello- de Carnicerito de Málaga. Finalmente un icono -simpático y también tétrico- del lugar.
 
JAIME DE MORA Y ARAGÓN
Vividor de pura raza española, esa tan irreductible y paradigmática. También actor en sus ratos libres. Hijo del Marques de Riera y hermano de la monja Fabiola, futura reina de Bélgica. 
 
ANTONIO D. OLANO
Periodista, escritor, dramaturgo, cronista taurino y lo que se terciase de origen gallego. Amigo de Picasso y Dalí. Asentado en Marbella, de su acerada, tendenciosa e implacable pluma saldría lo más valioso literariamente  -o lo más curioso, probablemente fuese lo mismo- de la Marbella de la época.
 
PETER KENT
Excéntrico americano propietario de el club más famoso de Marbella y a quién su temeridad conduciría a una cruenta muerte.
 
ALEXANDER CARTWRIGHT
Joven almeriense ansioso de introducirse en el mundo de la música. Connoisseur, curioso e investigador de los sonidos “modernos”. Productor de la Costa Shock y auto postulado ante el Don como recopilador de la BSO de “Soy todo sueño”.
 
LUIS ESCOBAR KIRKPATRICK
Marques de las Marismas del Guadalquivir. Falangista y de las JONS, fue jefe de la sección de teatro del movimiento en 1938. Desencantado de la deriva del régimen, desde finales de los 60 se refugiaría en la actuación, para deleitarnos con interpretaciones repletas de finura y saber estar.
 
YEYO LLAGOSTERA
Se dice que Yeyo tuvo el mundo a sus pies. Falso. Lo tuvo en sus manos. El Jefe de los Choris. Generoso y amigo de sus amigos, e incluso de quién no lo era, decidió que nadie le iba a contar nada, quería vivirlo. Así, la herencia fastuosa (más de diez millones de dólares de la época) que recibiría antes de cumplir los treinta se la fundió en menos de diez años.  Fue una elección vital. Decidió vivir, hasta que se le acabase, como se sentía: Un rey. 
 
ANTONIO ARRIBAS
Íntimo de Yeyo. Su segundo. Apodado “Sandokán” por su parecido con Kabir Bedi, su barba cetrina y melena acicalada. Follador impenitente y una aspiradora nasal, gustaba de alternar con las novias y sus amigas, tal vez deseoso de establecer un nuevo tipo de relación sentimental.
 
CLIFFORD LUYK DIEM
Baloncestista neoyorkino establecido en España tras fichar por el Real Madrid. Conocido por “el rey de gancho”. Se casaría con Paquita Torres, Miss España y Miss Europa. Gustaba de pasar en Marbella sus periodos vacacionales acompañando a Don Luis.
 
TRINI
Mascota del Marques de Las Marismas. silenciosa. Alta. Herbívora.
 
KLAUS KINSKI
Actor germano de carácter. Carácter difícil. Temperamental, irascible, genial y neurótico. Una maquina del sexo, tal vez lo único que le preocupase junto al dinero. Sirvió como paracaidista en el ejercito alemán durante la II Guerra Mundial. Habitual de las coproducciones, que alternaba junto a proyectos más personales, especialmente los de Warner Herzog, a quién odiaba con toda su alma.
 
DOCTOR MANUEL ROSADO
Elemento inolvidable dentro de sólida trayectoria en el mundo catódico por realizar programas presuntamente relacionados con la medicina. Sus conocimientos en la disciplina eran similares a los de un sacamuelas de far west pero eso no le arredraría. Su porte, labia y falta de vergüenza le ayudó a cimentar una ventajosa posición. No muy lejano en sus intereses a Kinski, aunque igual -si no más- peligroso. En los ochenta sería detenido por estar inmerso en una red de tráfico de estupefacientes. Nada que no se supiese mucho antes.
 
LAS MARGARITAS
También conocidas como las Garcías. El apelativo viene por llamarse ambas Margarita García. Dos jóvenes muchachas naturales de Totana y Valladolid, ansiosas de hacer carrera en el mundo del cine. De poco vuelo artístico y soberbias curvas. No excesivamente inteligentes pero listas y espabiladas, como se es cuando se quiere escapar de la miseria a toda costa. Se convertirían en Bárbara y Ágata.
 
FRANK MARTIN
Cantante y músico aficionado que encabezaba una de esas orquestas insustanciales que recorrían los pueblos de la costa. Ayudado por Cartwright se convertiría en el frontman de La Costa Shock, banda poderosa de Psych hard rock, llegando a tener un papelito en “Soy todo sueño”.
 
TAMA-RHIT
Guitarrista valenciano -enmascarado por su nick hindú-  de discreta presencia y talentosa trayectoria. Motor principal de “La Costa Shock” y compositor de todas sus músicas.
 
RAFAEL NAVARRO
Actor alicantino de dicción exquisita y porte poliédrico. PAra la posteridad su sublime interpretación de Poe en “El Cuervo”, uno de los mejores episodios de “Historias para no dormir”.
 
MAHARISI PUHIG
En realidad un viajante de comercio, acomodado y de vida rutinaria, captó el espíritu de la época inspirándose en el papel de Jose Sazatornil en “Una vez al año ser hippie no hace daño”. Su mera visión sería la catarsis necesaria que le haría adoptar una nueva personalidad acorde con las hordas turísticas. Un mantra por discurso, una túnica alquilada en una tienda de disfraces, su frondosa barba y melena y la mirada perdida le valdría para erigirse en el asesor espiritual de toda la camada.
 
MANOLO ORANTES
Joven, atractivo y famoso deportista granadino. Íntimo amigo del marqués de las Marismas, a quién daba clases de tenis y, de paso, recogía los frutos femeninos adyacentes a él, quién prefería otro tipo de solaz.
 
LUIS ORTIZ
Tercero del clan de los Choris. De buena familia adepta al régimen, de este tan sólo gustaría su orden. Hombre de principios seguidos a rajatabla, su divisa lo definía: “Numquam opus, lostus utor” (Nunca trabajar, sólo disfrutar”. Casado con Gunilla -otra adepta a su lema- y una nieta del Canciller de Hierro, Otto Eduard Leopold Von Bismarck Schönhausen.
 
GUNILLA VON BISMARCK
Esposa de Luis Ortiz.
 
CLEMENTE RODRIGUEZ
Espabilado gañan que erigiría un imperio. Aprovechándose de la fiebre que existía por el Palmar acerca de que la virgen se le había aparecido a dos niñas, se trasladó allí puesto de peyote y la chusma le creyó en celestial trance. Tuvo una visión y estableció allí su iglesia. Una iglesia con el mismo protocolo, entretenimiento y diversión que la conocida sin temor al que dirán. Efectivamente quedaría ciego en un accidente de circulación: haciendo el trenesito en una orgía sadomasoquista multitudinaria en el barrio de Triana.
 
ANTONIO RUIZ SOLER
O Antonio “El Bailarín”. Hombre hecho a sí mismo, refinado y diferente.
 
ANTONIO ORDOÑEZ
Insigne matador de toros dueño del predio de Ronda, lugar donde no se mueve una hoja sin su permiso.
 
CARMINA ORDOÑEZ
“La Divina”. Primogénita del maestro. Hermosa, menuda y sicalíptica, Carmen Cayetana sería la princesa de Marbella durante un tiempo.
 
IRA DE FURSTENBERG
Hija del príncipe Tassilo y ex esposa del principe de Hohenlohe. Hermosa y amaggioratada, se comenta que podía recrear el Kamasutra entero si el partenaire era de su agrado. En caso contrario se contentaba con unos cuantos capítulos.
 
 
 
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