"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 1ª) Capítulo XI

 

 

 

 

 

San Fernando Valley. Verano de 1974

 
Hacía un día estupendo aunque el calor comenzaba a ser todavía más sofocante que en Marbella. Saliendo de la terminal del aeropuerto internacional de Los Angeles, DonRa tropezó con ellas. Las recordaba del episodio en Amalfi y ahora se las volvía a encontrar. Estaban aún más guapas. Tenían ese tipo de clarividencia que a veces se encuentra en las clases bajas. Una inteligencia larga, efectiva y un tanto barata que brota esporádicamente y que cubierta de un barniz superficial ayuda a manejarse sin hacerse mucho de notar.
 
   Le contaron que aceptaron la invitación de los tres americanos del yate y que hacía ya un año que estaban en California. Que al poco de estar allí un excéntrico caballero se encaprichó de ellas. Resultó ser un productor que había sido alguien muy, muy grande. A cambio de unos cuantos arrumacos y agradable compañía, les había grabado un disco. Les prometió que sería un éxito. Al parecer el tipo estaba un poco –bastante- trastornado. Las tenía como a reinas y se conformaba con mirar. No sabía nada del tacto de la anatomía humana pero sí sabía apreciarla. Y en ello estaban. Un negro gigantesco con peinado afro interrumpió la cháchara mientras abría la puerta de una limusina interminable. En el asiento trasero estaba sentado un tipo minúsculo, con un peinado imposible y unas enormes gafas de sol. A DonRa le resultó familiar.
 
-“Señoritas, Mister Spector tiene prisa”
 

 

 Pero no tenía todavía arrestos para volver a la superficie y admitir su presencia, pues su mundo se había detenido mientras marcaba el número. Desde la cabina telefónica, a través de cientos de metros de mármol anacarado, los cromados resplandecientes al sol de unos ventanales filtraban una atmosférica luminosidad verdosa. A través del ajetreo inmóvil de cientos de cuerpos en la sala, distinguió la mirada acuosa de Lolo Pelourovijc, su abrigo de ante y marta hasta las rodillas, sus tejanos de pata de elefante y sus botas puntiagudas de piel de serpiente. Aún en 1974, ya era una indumentaria altamente sospechosa para un recién llegado en un vuelo privado de Colombia. Nunca habían hecho algo así -ni nadie se lo había encargado- pero Pelourovijc no quería dejar pasar la oportunidad: diez kilos en cuatro maletas y así no tendríamos que preocuparnos por el presupuesto para la promoción sobre el que Bronson tanto nos había insistido. Pasó el control de equipajes nada más que con su mariconera y atravesó el vestíbulo, al fin y al cabo tenía que hacer esa llamada. Todo se paró al primer tono excepto su acelerado pulso.
 
Lolo tenía abiertas sus maletas y recogía su pasaporte sellado con un timbre sueco que había robado en Estocolmo. Habiendo usado otra de sus identidades en Bogotá y con su atuendo invernal, pasó totalmente desapercibido. Cuando al cuarto tono alguien descolgó al otro lado de la línea, lo único que se movía por la terminal eran aquellas botas. Ya en el coche, su corazón saliéndose del pecho, parecía el único ente vivo a su alrededor.
 
   Fue a la vez una fiesta de presentación y otra de despedida. La refinada pareja francesa había acudido intrigada por los comentarios -desde Tánger hasta su Riad de Marrakech- que los sucesivos invitados que recibían les hacían llegar desde antes del verano. Al parecer, al otro lado del estrecho un grupo de jovencitos lograba reproducir la atmósfera que necesitaban: libre y descarada, malévola y sofisticada. Incluso iban a participar en una película.

Aunque todavía no lo sabían, si pasaban el examen, La Costa Shock serían los encargados de presentar su nueva colección en París y Los Angeles, en una performance privada con la élite de los que creaban tendencia.
 
Alexander Cartwright departía con Da Silva mientras decidió no decirles nada. Sabía de sus limitaciones y precisamente ellas eran las que le iban a hacer millonario. O al menos eso esperaba.
 
 
 

En el murete encalado del “Pipper’s” que daba a la playa se había abierto una puerta nueva. El trémulo y angosto pasadizo que sirvió de entrada hasta entonces y cuyo recuerdo todavía atemorizaba a unos cuantos -aquellos, pocos, que pudieron contarlo- quedó tapiado para siempre. Era como si nunca hubiese existido, quedando como reliquia de una religión casi extinta, vestigios de otro reino gobernado por un monarca depuesto. Michelone lo había interiorizado de inmediato y confraternizado bastante -tanto de espíritu como de palabra- con el Maharisi Puiggi. Contaba a quién quisiese escucharle, en medio de un grupo de invitados, que la nueva puerta era la entrada a una nueva realidad, una recreación del camino de los ocho pasos que conduce al Nirvana. Acostumbrado a fingir a diario, era harto difícil que lo pillasen en falta toda aquella caterva de impostores que solo lo hacían de vez en cuando. Obviamente, excepto aquella tonadilla del “Cazador del arco iris” -a la que últimamente le había cogido afición- no tenía el más mínimo interés en toda la murga que tuviese algo que ver con el Nirvana. Y claro, se cuidaría mucho de hacerlo público, primero por ser un virtuoso en el arte del fingimiento y segundo por tener una irrefrenable inclinación al bonvivantismo cimentada con años de práctica. Todavía tenía muy interiorizado el dicho aquel que hacia referencia a no morder la mano del que te da de comer. Además, cuando apareció la ayudante del Maharisi, una voluptuosa vestal con una bandeja de plata repujada repleta de Teonanacatl, se dijo a si mismo por enésima vez que mantener los principios solamente consiguen acelerar el final. Cada uno de los allí sentados picoteó a su gusto, tomó un puñadito de hongos y siguió departiendo mientras pudo, esperando los efectos.

 
En el escenario uno de los miembros de La Costa Shock interpretaba la improvisación que finalmente había devenido en leit motiv de la película. Se había convertido en el tema central de “Soy todo sueño”, sonando en diversas versiones durante gran parte de la película. El tímido y silencioso guitarrista se había quedado casi calvo y esa alopecia parecía haber desatado su sociabilidad y expansión artística. Había cambiado su nombre por otro más hindú y se hacía llamar Tama-Riht. Sentado en un podio y asido a un sitar, lo hacía sonar con una cadencia hipnótica mientras unos tenues bongos acompañaban a los diletantes que estaban en la pista, meciéndolos, acariciándolos. El batería, como el manco feliz que finalmente ha aprendido a utilizar la mano que le resta, golpeaba repetitivamente la caja, mientras una de las Margaritas deshacía la postura tras él, ayudada por la llama de las velas. En la barra un anatolio -que no le quitaba los ojos de encima a la muchacha de rasgos orientales de la esquina- y Mr. Bronson charlaban animadamente con un orondo británico con perilla embutido en una túnica granate. Una túnica del tamaño suficiente para levantar una pérgola en caso de que eso hubiese sido necesario. Se quedó éste mirando fijamente al escenario y subiendo la escaleras lentamente, se sentó en el taburete junto al órgano. Charlas dudó entre si iba a destrozarlo o acariciarlo. Lo que comenzó a sonar fue algo indescriptible, algo resultante de una extraña sociedad entre la rabia contenida, la evocación de los sentimientos y el humilde virtuosismo. Al cantante de La Costa Shock, quién en ese momento se hallaba de oyente y asisitía atónito a la negociación de una futura gira americana entre Cartwright y un judío sudoroso llamado Klein, aquello le pareció como un canto de sirena y no pudo hacer otra cosa que sumarse a la performance. Con su sari bordado, las patillas dos o tres veces más grandes que lo fueron en junio y una delgadez tal que parecía motivo suficiente para la intervención de las tropas de la ONU, era la cuarta pata de un banco que convertía aquello en el perfecto akelarre de celebración. A sus pies, el barroco féretro donde reposaba lo que quedaba del Don, cubierto de flores y docenas de velas, más un par de botellas de calvados semi vacías, completaba aún más su toque de sacerdote de lo esotérico.

En la cabina del “Pipper’s” un elegantísimo Mr. Bateman, enfundado en un impecable tres piezas de Norton & Sons, elegía unos discos para amenizar los interludios de la actuación. En la pista los invitados danzaban como posesos pero había tres muchachas que eran el centro de atención ineludible, tres Terpsícores a cual más perfecta. Eran Frau Taffelson, Miss Taboo y la señorita De Poo. Imposible apartar la vista de ellas. A su belleza sumaban lo grácil de sus movimientos, acompasados y exultantes de atractivo, en perfecta comunión con la música que salía los altavoces. Cada una en su estilo, componían la estampa perfecta de las musas clásicas. Y en esa celebración a dos bandas, sus bailes igual servían para conmemorar el banquete de los dioses, el final de la película, que como lamento del adiós, el deceso del León. Pierre e Yves, recién llegados de Marrakech, habían dejado de observar concupiscentemente a los efebos nativos y quedaron maravillados por tal demostración. El alemán demente babeaba con su natural mueca de asco, celoso y lascivo a partes iguales.
 
Da Silva sonreía ante todo aquello, disfrutando de esa especie de alegoría acerca del cambio de los tiempos, una celebración de los que estaban y de los que ya no. Semejaba que “Soy todo sueño (Humo es humo)” era, además del título de la aventura cinematográfica, la antítesis de todo lo que había regido hasta entonces. Apenas escuchaba las palabras que profería aquel americano de gafas enormes y un bronceado exagerado. Robert Evans era un tipo osado y temerario. Un lobo entre lobos en medio de la jauría ya decadente del Hollywood dorado. Había producido varias obras maestras, trabajando dentro y fuera de los estudios. Entre cháchara infinita, aseguraba que los tenía cogidos por los cojones y eso Da Silva sí que lo creyó sin dudarlo un instante. Acababa de venir de Cannes, donde había presentado “La conversación”, película por él producida y que había conseguido el máximo galardón, La Palma de Oro. Conocía a DonRa de otros tiempos -¿a quién no conocía DonRa?- y éste le había hablado de “Soy todo sueño”. La curiosidad había hecho el resto.
 
¡Qué diablos!, pensó el joven, siempre he querido conocer América.
 
 El otro americano que había llegado con Evans reía a carcajadas en la terraza del club. Con dos despampanantes muchachas cogidas por la cintura, no paraba de hablar. Se burlaba de los actores del método y maldecía por las escasas frases que había tenido en la premiada película, él, un tipo que disfrutaba conversando. Su amigo Steve se había quedado en Francia encoñado con la Huppert y el decidió conocer España, aunque pensaba que estaba en Sudámerica. Nadie sabía si bromeaba o hablaba en serio pero Monsieur Lefleur, La Duchessa y un extrañamente sosegado Jandro asentían educadamente.
 
   Mientras eso ocurría, Evans y Da Silva sellaban su acuerdo con champagne y unos polvos. Iría a California. Y con él toda la troupe. Por la mañana había recibido un postal de DonRa desde San Fernando Valley. Siempre iba por delante. Le decía que en la mansión cabían todos. Ojalá pudiera haberle contestado que todo aquello era pura fantasía.
 

Le parecía haber esperado un millón de años

 

 

 Pasado el susto comenzó a encontrarse muy en su sitio, ya que aquel era otro de esos lugares en los que la mugre, aunque existiese, no se cruzaría con él. El doble fondo de aquellas maletas les abrió muchas puertas de gente francamente interesante y de talento que nada tenía que ver con el ya conocido rancio saber estar europeo, que normalmente cubría presupuestos y miras recortadas por igual. Se trataba de atender una llamada y asistir a una reunión aproximadamente semanal, donde casi todo le parecía bien. Para este tipo de producciones tan pequeñas las cosas salían prácticamente solas,  tal como le había augurado Richard. De donde venía, las cosas pequeñas siempre iban asociadas a la improvisación. En pocos días se había convertido en un animal de costumbres: se tomaba un zumo de pomelo y en el tiempo que se enfundaba unos tejanos y una camiseta aparecía Larry Levine con su tabla tipo surf con rodamientos. Nunca había visto un monopatín, igual que nunca había percibido el sonido de su desplazamiento a través de los ventanales de aquella casa arts & crafts con vestigios neocoloniales y victorianos por igual. Esa clase de combinación, como las mandíbulas y la descomunal anchura de hombros de su población, sólo podía darse allí, y ciertamente era resultona. Larry siempre aparecía con aquel artefacto bajo el brazo, con su barba de espino irregular, sus rizos de gitano del sacromonte y sus camisas fronterizas con toda la flora del país bordada. Le acercaba hasta Studio City situado treinta y ocho infernales curvas más abajo, entre cientos de casas tan encantadoras como aquella suya que dominaba el valle, y un par de docenas de castillos de la Loire transportados piedra a piedra, que hacían aquel entorno tan bello por sí mismo como por su artificialidad. Era un tipo francamente interesante, que durante el trayecto hablaba por él, por los demás y por todo lo que Don Ra había decidido callar. De todas aquellas producciones que debían haber sido, y algo, pero mucho menos de las que sí lo fueron. Él había colaborado en la mayoría y supervisado todas las demás. Y del mismo modo  al recogerlo y al acercarlo a comer todos los días, a un establecimiento distinto en el que el menú -con sus matices- siempre estaba basado en lo mismo. En aquel país, no parecían tener su misma alegría para disfrutar de la vida y pocos parecían los que usasen cubiertos. Y si eso no fuese suficiente la cerveza era muy mala. Así que Don Ra por las tardes se dedicaba a beber zarzaparrilla, no por gusto sino porque siempre le había llamado la atención el nombre, con la mirada perdida en el valle a través de la galería, meciéndose de manera apenas perceptible. Suspendido en el aire como aquella casa, con aquella misma fuerza que no se sabía de dónde emanaba y lo mantenía flotando en el abismo, mirando al fondo donde estaría el océano Pacífico. Con la sangre de sus venas renovada y el corazón drogado, imaginaba como sería la vida en Maine al color del atardecer, mientras Larry no había parado de ponerle discos y de hablarle de momentos mágicos en el estudio, de los días dorados de Terry.
 
-“Tío, ha grabado un disco nuevo y merece mucho la pena, pero como a Curt, sólo cuatro lo tendremos en cuenta…, ¿conoces a Curt, verdad?…pues deberías escuchar esto”.
 
 Probablemente se quedase allí hablando sólo durante horas una vez DonRa se retiraba a acostarse, pero el caso es que a la mañana siguiente aparecía carretera arriba con el monopatín bajo el brazo.
 
 
 
 
  Esto sucedía solo los días de cierto ajetreo. Un día normal  no pasaba de recorrer aquella estrecha, laberíntica y acaracolada mansión, o de perderse entre los mirtos del jardín pateando guijarros. Se acercaban a la playa principalmente, y si era sábado se apretujaban como podían en el Porsche 912 Targa de Richard Polodor y recorrían los rastrillos que había en las puertas de las casas de la zona de Burbank.  A Lolo lo veían poco, sólo a su vuelta los sábados de la Rodney Bingenheimer´s English Disco, cuando se preparaban para aquellas pequeñas excursiones a las que, aunque exhausto,  se apuntaba si se trataba de bajar a Burbank. Había trabado amistad con un joven de melena rubia también muy amigo de Jim, con el que este solía intercambiar discos, exudando la misma pasión por todas aquellas grabaciones de hacía casi una década. Se conocían hacía años y le estaba costando horrores publicar material de un grupo de San Francisco que había dado un nuevo giro a su carrera. Jim, cegado más por el escepticismo que por aquella bendita luminosidad californiana, trataba de desengañarlo ofreciéndole sus irrefutables pruebas de que si no fue posible cuando eran el verdadero mejor grupo del downtown de Frisco, -y eso según él había sido hasta casi anteayer- difícilmente lo iban a conseguir calcando las poses de los mismísimos Beatles.
 
Era otra de aquellas mañanas de sábado. Merced a aquellos arrebatos parlanchines de Larry -el cual definitivamente sí había hecho buen acopio del contenido de aquellas maletas para su exclusivo tormento personal- al tiempo que discutía acaloradamente con Greg de todos aquellos grupos infinitamente mejores que The Byrds que ambos aseguraban conocer, decidieron ir a ver a Terry de buenas a primeras. Éste, en permanente contacto semiretirado del mundo desde los acontecimientos que según ellos habían dado al traste con una época y una manera de vivir, echaba una mano a su madre en el encantador hotelito de estilo colonial español que esta regentaba en Carmel By-The-Sea
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El hotelito estaba a más de un par de cientos de kilómetros al norte, y si no echaron más de una semana no fue porque no pudiesen posponer sus reuniones, sino porque la marabunta estaba al caer. Terry, aunque sonreía ante todas aquellas historias de Amalfi y la Selva Negra, no estaba dispuesto a acogerlos allí, pues le gustaban mucho los perros pero no en jauría. A un Lolo atiborrado de vodka con zumo de melón escarchado todo el santo día, le sacaba de sus casillas que el tranquilísimo Melcher no atendiese a nuestras razones, y mataba el tiempo copulando con grupos de rubias cuarentonas que tenían la piel como guisantes bañados en azúcar moreno. Las mismas que llevaban pamela de noche y ajustadísimos pantalones de lino casi transparentes con el sudor marcado en el trasero sin perder la elegancia.

  Don Ra disfrutaba relajado en la terraza, tanto del interminable – y al contrario que el de Levine- sosegado anecdotario de Melcher, como de los batidos de plátano con sirope de fresa de su madre, que por fortuna habían sustituido a la zarzaparrilla. A estas tertulias se sumaba otro pausado personaje, también muy rico en vivencias, pero en otro espectro radicalmente diferente que acabaría por cautivarle completamente. Cuando caía la noche cenaban crêpes y café irlandés en una pequeña sala en la que Doris recordaba otros tiempos en sus -sólo según ella- jornadas premenstruales. Visionaban partidos en super8 de aquel memorable equipo de los Bruins de UCLA, que de la mano de Bill Walton y entrenados por el legendario John Wooden habían arrasado en la liga universitaria de baloncesto. Estos eran los momentos en los que el cronista deportivo Mark Rampasse se adueñaba de la conversación con su fraseo corto, preciso y atildado. Nadie podría imaginar que aquellas reuniones fuesen la mecha que realmente les llevase a lo que el común de los mortales conoce como éxito,  tan alejado de aquel por el que ya llevaban años luchando y forjando a golpe de cóctel. Ese fue el motivo que hizo a Don Ra combinar las postproducción con tres aviones semanales del Whiteman Airport al Oakland International y otros puntos de la Costa Oeste –y al menos durante poco más de un par de horas en cada una de estas ocasiones- recuperar el brillo en la mirada y la aceleración del pulso de una manera no artificial.

 
El exclusivo 747 de la Pan Am que había fletado Rogelio a cargo de la reciente herencia recibida -y que volaba con destino al aeropuerto internacional de Oakland- más bien parecía un vuelo charter de Aviaco rumbo a Lanzarote. No es que fuese repleto de bocadillos de chorizo, con el personal acicalado y apestando a Varón Dandy, sino que su pasaje lo conformaba el elenco al completo de “Soy todo sueño”, más una serie de agregados que iban a dar mucho juego. Para acabar de decorar el viaje, un animado happening tenía lugar a quince mil pies de altura.
 
  Presidiendo a todo ese ganado iba Da Silva, el nuevo rey. A su lado el guía y cicerone de la inmediata aventura americana, el productor Robert Evans. Y con ello su amigo Gene Hackman. Éste les había dejado a solas nada más despegar, pues había iniciado una bonita relación a tres con aquellas dos odaliscas de suburbios, cuyo nom de guerre era el de Las Margaritas, desde entonces la Rey y la Lys.
 
   Detrás de ellos todo el catálogo -humano e inhumano- de la fauna que circundaba el proyecto: Michelone, todavía somnoliento, descansaba despachurrado sobre el asiento, mientras una coqueta Miss Taboo se daba un último toque de sombra en los ojos, a la vez que no podía reprimir un grito de satisfacción ante la melodía que Alfonso interpretaba al piano. El otro Alfonso, el de noble cuna, descorchaba una botella de champagne junto a Monsieur Lafleur y la Duchessa, mientras no le perdía ojo al flirteo de su joven mujer, la bellísima Ira, con un encasacado Mr.Bateman. Menudo pendón.
 
  Dos asientos más atrás, del interior de un maletín de forma cúbica, el señor Bronson, Frau Taffelson y Alexander Cartwright extraían unos objetos que llamaban singles y cuya mera visión les provocaban un evidente estado de nerviosismo y excitación.
 
-“¡Dejad los cromitos de una vez ya, coño!”.
 
La frase, una tanto perjudicada, procedía del cafre de Yeyo. La dijo mientras les plantaba una cubitera casi en sus morros, junto a una pequeña bolsita de colombiana. El resto de los Choris reían sin parar, después de servirse generosamente. Carmina y dos miembros de la Costa Shock, a su vera, se afanaban en dar cuenta de la restante. Cerca de ellos el Maharissi Puiggi instruía a Tama-Riht, el guitarrista renacido, acerca del sentido trascendente de las puertas de la percepción.
 
  Casi en la cola del avión un tipo imperturbable observaba escrutador desde sus transparentes ojos azules. Era un invitado de Da Silva. Uvita departía con él -con un inglés fluido y de perfecto acento- siempre llamándole Sargent. No había ningún signo que lo delatase como tal. Daniele, que leía distraído, dio un brinco en cuanto oyó el apelativo. “The wicker man” era su película favorita.
 
  En realidad el Sargento Howie evaluaba el desparrame que sucedía frente a él. Con su mirada fija no perdía de vista a sus dos amigas, Britt e Ingrid, que acababan de incorporarse al grupo de los Alfonsos. El Sargento en realidad se llamaba Edward Woodward. Uvita había escuchado comentarios acerca de que era un actor que había acabado poseído por su personaje. Lo había sido tanto que había terminado por no distinguir entre ficción y realidad, desarrollando la misma inflexibilidad, rayana con el fanatismo, que caracterizaba a su personaje.
 

  Mientras el vuelo sobrevolaba el medio oeste americano y el pasaje parecía ya rendido tras horas de desparrame, los únicos que seguían con la juerga eran los cuatro incansables mosqueteros: Yeyo, Luis, Antonio y Jorge, “Los Choris”. El primero había heredado más de diez millones de dólares de su padre y se había conjurado en una misión: Bonvivantismo o muerte.

Se iban a enterar esos americanos. No tenían ni idea de la calidad del ganado que acababan de importar.

 
 
  En el preciso instante que el Bentley Corniche negro circulaba por la North Avenue a la altura del Museo de Historia, las puertas de una impresionante mansión victoriana en la vecina calle de North State Parkway se abrían y el poderoso Davide Bongusto, Arzobispo de Chicago, comenzaba a descender la escalinata con el paso dubitativo del que hace tiempo pero no sufre premura. Apenas la brisa comenzaba a tornarle sus ojos cuando su chófer -un morenito con librea de origen cubano al que el personal del arzobispado llamaba Sr. Bobo por haber intentado huir de la dictadura castrista a nado- ya asomaba por la puerta del sedán con la misma parsimonia que su regio principal ocupante. A modo de saludo, el señor Arzobispo le comunicó que uno de sus hijos sufría dolor de muelas esta mañana, pues así se lo había hecho notar mientras le secaba la espalda y le servía el desayuno, así que ya sabía lo que tenía que hacer al volver del aeropuerto, puesto que el muchacho de doce años era el ayuda de cámara favorito del otrora Padre Bongusto y éste regresaría en poco más de 48 horas.
 
Su destino era Los Angeles, pero entre otros muchos el Arzobispo había ido cogiéndole gusto a los vicios contra los que tanto azuzaba antaño en aquella pequeña parroquia de Positano.  Uno de ellos era hacer una paradita en Las Vegas cada vez que viajaba a la Costa Oeste. Solía ser una cosa rápida, dado que era un pésimo jugador de blackjack, y lo que más le gustaba en realidad era disfrutar del ambiente de buscavidas y cantantes de country frustradas durante un rato. A veces le dejaban ganar sin que siquiera se percatase, pero aquella noche iba a perder los 180.000 $ que portaba en el maletín para sus dietas, dado que a su misma mesa se había sentado un hombre de poblado bigote que aunque fingió no reconocerlo, pertenecía a aquella ralea de maleantes que a la postre le había cambiado la vida y propiciado, sin quererlo, su fulminante ascenso en la jerarquía eclesiástica.

 
 A Michelone, aunque sabía que aquella era una minucia para la más importante congregación católica del país, aquello le resultó un enorme placer, pero cuando a la mañana siguiente regresó hasta San Fernando ansioso por narrar la anécdota, descubrió que Don Ra, Charlas y Levine habían abandonado la casa de buena mañana en dirección a Studio City para una de sus reuniones. Esta vez ante una cohorte de abogados de BMI para dilucidar unos flecos en torno a los derechos de autor de la música contenida en “All I Dream”. Decidió salir a su encuentro.
 
Una vez llegó al lugar -el típico edificio acristalado al que se accedía tras recorrer una explanada en la que se sudaba nada más dar un paso- reconoció a Lolo al fondo, vestido como si fuera un jesuita de paisano. Cosa que dado lo extravagante del personaje, no le llamó demasiado la atención. Luego descubriría, que tras bañarse desnudo en la piscina de la casa de Zsa Zsa Gabor la noche anterior, había salido de la misma con aquel vestuario sin percatarse. Entró con su característico andar a trompicones por la puerta principal del edificio, no sin antes estampar su nariz en la gran puerta giratoria de cristal: al menos aquello le espabiló.
 
Al fin logró alcanzarlo en el momento en que una despampanante belleza hindú en traje de chaqueta con un exagerado escote, le abría paso hacia el ascensor. En el trayecto hasta la decimosexta planta comprobó que la rapidez de aquel pieza en cautivar a una dama no había menguado. A continuación, les introdujo en aquella sala de juntas, y aunque el sol les cegaba a través de los ventanales tal como habían dispuesto los dos pardillos picapleitos que se sentaban enfrente, se dieron cuenta que aquel espigado muchacho de tez morena aceitunada y ensortijado pelo afro, poco o nada tenía que ver con la película. No les costó demasiado dominar la situación. Los negocios, se tratase de fruta, licores o piedras preciosas, solían basarse siempre en lo mismo. Y aquel era su terreno.
 
En poco tiempo, y exceptuando a aquel chico apocado y encogido de hombros, los otros cuatro participantes de la reunión ya departían entre risas y gruesos chascarrillos. Entonces se abrieron las puertas de la sala, y tras las sinuosas caderas de la secretaria hindú portando unos contratos, apareció la figura del Arzobispo Bongusto -que por haber acudido a retirar más fondos debido al desfalco de la noche anterior se había retrasado- y todo se desarrolló de manera aún más rápida. Michelone apenas posó su mirada en él, y al tiempo que este se sentaba, Peloujrovic se levantó fulminante y desapareció con la muchacha a la sala contigua. Volverían media hora más tarde. Ella con la melena hecha unos zorros y él con los contratos modificados en sus manos.
 
Se procedió a la rúbrica, y el Arzobispado pagó amarga pero gustosamente los honorarios de los abogados. Cuando por fin localizaron a Don Ra, éste se encontraba almorzando con un Mark Rampasse, que se había quedado petrificado al ver aparecer a aquel trío del cual emergía una rutilante estrella. A Michelone casi se le olvidó contar la anécdota de los 180.000$, pues aquella fue la manera en que se hicieron con la representación del campeón de la NCAA con UCLA aquella temporada. Era el escudero de lujo de Bill Walton, número 11 del draft y futuro rookie del año con los Golden State Warriors.

Su nombre, Jamaal Wilkes

 

CANCIONES DEL CAPITULO
SONIA Camino sulle nuvole
LE SVITATE Basta essere belle
JUIE FELIX Snakeskin
THE GRASSROOTS I’d wait a million years
DE DE LIND Mille anni
THE GLASS FAMILY The means
FLAMING GROOVIES Brushfire
THE HERD From the underground
PEGGY LEE Is that all there is?
MARLENA SHAW California soul
 
 
 

 

 
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