"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 2ª) Capítulo XII

 
 

   

 

Wilkes era el típico joven procedente de una familia extremadamente humilde, que deambulaba cauteloso y acobardado tanto en la vida como en la cancha. Aprendió, en ambos sitios, a estar colocado en el lugar oportuno y rodearse de la gente adecuada para sacar partido a sus cualidades. Su vida se había desarrollado hasta la fecha entre el parquet y la iglesia, además de los estudios, para los que mostraba mayor dedicación que talento. No se correspondía para nada con el típico chico de Berkeley de aquellos días, y parecía, en personalidad y juego, más un típico tío gris del medio oeste que un tipo enrrollado de la soleada California. Y así, sin pasar sin pena ni gloria a nivel individual, fue All American en su etapa de instituto y efectivamente lo ganó todo en aquel equipo de UCLA. Una sombra para el espectador medio y las chicas, pero una joya para el equipo, sus entrenadores y la Iglesia Católica, que enseguida apostó por él como protegido tanto por su ejemplar imagen como por los más que previsibles réditos que podría conseguir a su costa.

Afortunadamente Bongusto, que había decidido llevar el asunto personalmente, no tendría que rendir cuentas al menos de momento en aquel país un tanto dejado de la mano de Roma. Aquel fin de semana había perdido hasta el avión de vuelta a Chicago, pues no pudo evitar asistir a las carreras de caballos en el Hollywood Park de Inglewood, a ver si conseguía recuperarse. Lo único que logró fue que una señora alteradísima le derramase un daikiri de medio litro por encima, no se sabe si excitada por las carreras o más bien por el generoso suministro proporcionado por su acompañante, el narcotraficante mexicano conocido como Coronel J.; con el que alguna vez había coincidido en compañía de Heffner. A Brigitte Von Taffelson en cambio era la primera vez que la veía, pero sus aspavientos, verborrea y descoque le resultaban de lo más familiar. No es que tuviese mucha gana pero de vuelta al Arzobispado igual le convenía echar mano del cilicio.
 
 
  Porque efectivamente, Brigitte ya llevaba unos meses acampada en la casa del Coronel en Santa Mónica. Por un lado para evitar coincidir con Irina en la idas y venidas que ésta hacía a la casa de la playa que la familia poseía en Malibú, y por supuesto para estar en el epicentro del despendole y el magreo narcótico continuo que era aquel enorme chalet. Una casa donde se desayunaba una taza de café de Colombia bien cargado junto con un descomunal cigarro de marihuana de Tijuana a mediodía, donde se asistía por la tarde a un rodaje de la incipiente y lucrativa industria pornográfica y, cuando no se salía por los clubs y restaurantes del cercano Beverly Hills, se consumían secantes de LSD como si fuesen patatas fritas de madrugada. Así que no era raro verla verter cocaína en el mencionado café del desayuno en lugar de azúcar, completamente desnuda por el jardín, luciendo un matojo en el pubis que para sí lo quisiera Telly Savallas, o arrasando las tiendas de Rodeo Drive también semidesnuda si queremos hacer honor a la verdad. Los Estados Unidos -o más bien Los Angeles- era en aquellos años el microclima del desenfreno y el exceso, y en las contadas ocasiones en que la señora Von Taffelson se paraba a pensar en algo, era para reafirmarse en la idea de lo estúpida que era.  No sólo por no haber acudido antes a la llamada de la joven América, con lo bien que se estaba allí en un eterno verano a miles de kilómetros de su aburrido marido, sino también por sus locuras transitorias y la colección de momias que le rodeaban.
A Rafael e Irina, por su parte, les importaba poco que derrochase dinero y salud a espuertas con tal de tenerla apartada de su vista y la de los de su condición. El Coronel, siempre vestido de blanco o beige, con aquel pecho viril que asomaba entre la desabotonada camisa de cuellos con elefantiasis y pañoletas de fantasía, la tenía encandilada con sus atenciones, su voz susurrante bañada en licor de avellana y su mirada chispeante por encima de aquellas gafas caoba de extraordinarias dimensiones. Un hombre de mundo que tanto la paseaba orgulloso en las fiestas de las estrellas del cine, como le diseccionaba las langostas con extrema habilidad o le hablaba de finanzas internacionales mirándola a través del espejo del vestidor del dormitorio principal, mientras ella era embestida por dos efebos que pudieran ser keniatas o argelinos, pero eran de Costa Mesa.. 

 
  Supo que aquello que descansaba sobre su plato era langosta hervida con mantequilla porque así se lo dijo la doncella. A él se le antojó más bien uno de esos reptiles prehistóricos que ilustraban los libros de su hija. Una niña entonces pequeña, dulce y que por aquella época acostumbraba a mostrarle  un amor filial sin condición.
 
  El Sargento Howie había descendido discretamente del avión durante la escala que el vuelo realizó en el Portland International Jetport. Su extravagante indumentaria pasó casi desapercibida para un personal del aeropuerto acostumbrado a visitantes de lo más estrambóticos. Subió a Lincoln Continental Mark IV que le esperaba y una vez dentro se aflojó la corbata mientras le preguntaba al chófer que le llevaba a la inmensa finca a pies de Mount Katahdin;

-“¿Está todo preparado?”
 
 Don Ra tenía demasiadas cosas en la cabeza como para estar centrado en alguna de ellas. Tenía que reconocer que el sorpresivo negocio de representación deportiva que acababa de caer en sus manos le hacía bastante ilusión. Era tocar con sus manos todo aquello que apenas pudo rozar en otro tiempo. También la conexión con la iglesia -que a otro habría asqueado- a él le procuraba un placer malsano, casi maquiavélico. Además, pasar de cicerone de Tim Müller -jugador tan prometedor como escaso su rendimiento- por todas las bôites del Paseo de Recoletos de Madrid o cimentar una sólida amistad con Clifford Luyk no era nada comparable a ejercer de actor principal en la mejor liga del mundo. Por supuesto que había pasado por penurias y decepciones. Decepciones como la eliminación de la copa de Europa a manos de Petar Skansi y su Jugoplastica -cuanto bebían, cuanto fumaban, cuanto talento tenían aquellos croatas- o la inminente retirada del Emiliano “La verga” Rodríguez, bonvivant eterno, titán de la noche, espejo en el que mirarse. Pero a la postre, se dijo, sobrevivir en esas circunstancias configura el carácter. Si no lo destrozan antes, claro está.
 
  Cuando la muchacha levantó la cabeza de entre sus piernas sonrió levemente, satisfecho y relajado. Le acercó un pañuelo y le hizo una seña para que se retirase. Los médicos le habían recomendado practicar ejercicio matutino en aras de su salud, y desde ese día cumplía la rutina con espartana dedicación. Rápidamente se abrochó los botones de la bragueta y a la vez que Linda se retiraba por la puerta que daba a la biblioteca, Daniele le comunicó por el interfono que la visita que esperaba ya había llegado. Se levantó, empolvó levemente su nariz a la vez que se acicalaba el fular mirándose al enorme espejo y se dirigió a recibirlos. Tras una breve presentación y un fuerte apretón de manos se sentaron en el sofá desde el que se podía ver la soleada bahía.
 
-“Encantado de que finalmente haya decidido acudir a la reunión Mr. Cuningham. Ardía en deseos de conocerle”.
 
  El americano se mostraba nervioso. A duras penas lograba disimularlo. Un velo de sudor hacía brillar su frente prominente. Es muy posible que su ligero sobrepeso y ese peinado ortopédico ayudasen lo suyo. Peroulovijc, sentado en el sillón del fondo, creyó reconocerlo nada más verlo. Pero él estaba a lo que estaba. Todavía estaba dilucidando si lo familiar de su rostro era por haberlo visto en la mansión de Heffner, o porque tenía un parecido notable con Dennis Yost.  El caso es que le sonaba de algo. En ello estaba cuando recordó que tenía una cita con aquel bigardo italo-americano que respondía por Al Letteni y que conoció en casa de Terry Melcher. Vaya pieza el tal Letteni y sus colegas. Los habituales de Peckinpah: Warren Oates, Slim Pickens, Gig Young, Emilio Fernandez, Strother Martin… más un par de ramilletes de damiselas chicanas, menudas y voluptuosas, no tan espectaculares si se quiere, pero infinitamente más expertas que las muñequitas californianas de las últimas dos semanas. Por un instante pensó que estaba perdiendo facultades. Pero esa debilidad solo duró unos segundos. El tiempo que le llevó palpar la bolsita que descansaba en el bolsillo de su americana.
 
 
Sin hacer caso a la espantada de Lolo, DonRa y Gary Cunningham firmaron los documentos que yacían sobre el escritorio. A este último la mano le temblaba cada vez más aceleradamente, mientras plasmaba su rúbrica.
 
-“Me tiene cogido por los huevos, ¿verdad?”.
-“Efectivamente”.
-“Si se entera Wooden me va a matar”

-“Si ésto no acaba satisfactoriamente para mis intereses le mataré yo. Y también a toda su familia”.

El nudo de su corbata comenzó a parecerle una soga.

   Desde la gran cristalera del piso veinticuatro del Horizon Building la vista era imponente. Los dos hombres miraban al horizonte, más allá del Bay Bridge que comunicaba las dos ciudades. Parecían dos vigías esperando divisar tierra, dos tipos recordando el puerto desde el que partieron.

Eddie “El Mongol” Gottlieb, con un enorme cigarro habano en su mano izquierda, la vitola bien visible, los ojos hinchados y la papada enorme, dio un sorbo a su vaso de vodka e inmediatamente hizo una mueca de asco.

 
-“Tengo todo el dinero que quiero, manejo el deporte a mi antojo, la gente me respeta, pero jamás he podido probar en este gran país un vodka como el que tomaba de niño en Kiev”.
-“A lo mejor no es su calidad lo que le hace saber distinto, sino más bien los recuerdos”. 
 
  Se hizo un largo silencio de nuevo. Don Ra pensó en Maine. Era gracioso, un tipo que procedía de un lugar inhóspito, de un país más inhóspito todavía, soñando con la rica y elegante Nueva Inglaterra, con Maine, con su árboles mecidos por los vientos del norte, sus elegantes edificios asentados con orgullo, con ese olor a mar que siempre le provocaba ternura. Recordó a las mariposas nocturnas que aleteaban durante las noches de verano, casi a cámara lenta, deslizándose entre los destellos de las estrellas sobre el lago, como los recuerdos lo hacían en su mente.
 
  -“Sabe usted amigo mío. Ya no me importa el dinero, me aburre. Tampoco la fama, solo sirve para follar o hacer más dinero. De hecho casi ni me importa el poder”. -No pudo evitar sonreír mientras lo decía- “Lo que verdaderamente me importa es la lealtad, el respeto, el honor”. -“Recuerdo cuando llegué a Estados Unidos. Era julio de 1911. Estuve más de un mes en Ellis Island. Mi madre había muerto durante el viaje y a mi padre jamás lo llegué a conocer. Sobreviví al tifus. Sobreviví al hambre. Incluso sobreviví al canibalismo. Varios huérfanos que partieron del puerto de Odessa no llegarían jamás a pisar Ellis Island. Ni tampoco fueron enterrados en el mar. Tres meses a base de patatas y caldo de puerro, cuando tienes hambre y bajos instintos obran lo impensable. También yo hubiese apostado a que era carne de matadero. Pero sabía que tenía que llegar a casa. Porque no huía de mi casa sino que partía rumbo a ella. Aunque no hubiese estado allí nunca. También sabía que ningún hijo de puta, fuese Zar o Bolchevique, rufián o aventurero, me iba a tocar los cojones. No sin que yo me defendiese. De hecho, llegué a saber muy pronto que era mucho mejor tomar la iniciativa con tan sólo sospechar que pretendiesen hacerlo.”
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Don Ra siguió escuchando. Si quería prosperar en esa Nueva Arcadia haría bien en escuchar a los leones que la forjaron. Tomó el sobre que contenía las fotografías y el maletín con el dinero y decidió hacer lo que tenía que hacer. De repente lo vio todo claro. Determinación era la palabra clave. Siempre lo había sido.

 

  Ed Damntooth era un muchacho desgarbado de un pueblo de Ohio. Se había venido a Los Angeles tras leer un artículo en la revista Squire y pensó que era el candidato perfecto para pegarse la gran vida con poco menos que dos o tres aportes de su bien forjada vocación de pandillero juvenil allá en Toledo. Su camiseta gastada de Blue Cheer mostraba pequeños agujeros allá donde habían comenzado a formarse cercos tras su ya buen minuto y medio de carrera por Rodeo Drive. Aquello era diferente a robar en los bolsos de las viejas del Riviera Country Club, donde trabajaba de caddie.
 
De aquel artículo ya habían pasado más de diez años.
 
Lo peor no era salir de allí sin que lo pescasen. En cualquier momento en medio de la acera, saliendo de las tiendas o buscando plaza de aparcamiento, podría haber varias docenas de socios del club que lo reconocerían de inmediato. Hacía falta ser muy tonto, se decía, si además, apenas pasados unos metros podría haber parado y deambular por la acera sin llamar de aquella manera la atención. Por lo único que no lo iban a detener era por haberle quitado el bolso a aquella mujer en la tienda de Paco Rabanne. La había conocido hace unos días en el club. Primero se fijó en ella porque tenía mucha sed; la vio en la terraza durante toda la tarde, igual de ociosa que los ocupantes de las mesas contiguas, tomando unos cócteles con un color muy llamativo. Dos o tres días más tarde no pudo evitar concentrar su atención en ella al verla departir -tan animadamente como cualquiera lo hacía allí- con el reconocido caradura y prestidigitador publicitario Raoul Radek, para el que Ed había colaborado en numerosos trabajos de diversa índole. Así que cuando tuvo que hacer de caddie para ambos el anterior viernes por la mañana, la cosa ya no le sorprendió. Lo habían estado observando. Su parte en el negocio -una pequeñez tan mal pagada como expuesta, una trivialidad crucial, desenvuelta y precisa- era el activar aquel ligero golpe de efecto en el que ella desplegaría todo su talento para el teatro. Radek aprovecharía para colarse en el almacén del establecimiento, del que apenas unas horas después saldría con las llaves en la mano y cuyo contenido cargaría Ed en su furgoneta Volkswagen. Camino del aeropuerto y de la costa este. Toda la ropa de aquella temporada, la que ella se quedaba en su talla, y los restos de las anteriores, lo más codiciado por sus adineradas clientas de Boston.
 

  Había advertido claramente a Jairo acerca de colmar de atenciones a Uvita e insistió que, bajo cualquier circunstancia, se dejasen acompañar por él una mañana de compras. Le habían recogido en la maison del Coronel, así que venía de doblete, lo que no le restó lucidez ni amargor al contemplar aquella escena, repantigado mientras esperaban a que el disco del semáforo cambiase de color; debió haber concentrado su mente sólo en aquello, rojo, fue lo único en que pensó en aquel instante. También reparó en que a aquellos otros dos no los conocía, aunque suponía que no tardaría mucho en hacerlo. Uvita, que vociferaba radiante junto a Jenny en el asiento trasero, sí supo apreciar como entre la intensidad de la luz de aquella mañana y el recorrido de aquella mirada resplandeciente, algo se había enturbiado en la atmósfera, así que propuso que primero se fuesen a desayunar. Jairo puso música al tiempo que pisaba el acelerador. Estaba puesta una de las casettes de Jim.

 
 
   Esa misma mañana, aunque más temprano, Irina Von Taffelson galopaba a caballo -y no trotando por la orilla como veía hacer a otras con la edad y trazas de su madre- por las playas de Pacífica, dispuesta a tener una conversación que no le resultaba agradable. Aquel hombre le caía bien desde pequeña. Lo recordaba de niña, cuando la llevó de la mano de su padre a enseñarle una emisora de radio en su primer viaje a América. Además era una persona de principios. Cuando Diners arrastró a todos sus socios y él plantó cara al asunto -con el dinero de la familia, no sólo el suyo- supo demostrarlo; siempre dando cara amable, aportando un comentario ingenioso o interesante, consiguiendo las cosas. A su manera, un poco trampeando aquí y allá, pero con firmeza. Lo veía allí plantado esperándola, abriéndole su inmensa humanidad metida en aquellos pantalones de golf a cuadros, la camiseta de playa, una cazadora Levi´s de pana verde y la deerstalker, imaginando su franca sonrisa que todavía no se veía tras la frondosa barba desde esa distancia. Lo veía y se le hacía cuesta arriba resaltarle los números de los últimos años, la escasez de público, el especialmente pésimo resultado de la última campaña. Y Franklin Mieuli no tuvo más que ofrecerle una Fanta de naranja del frigorífico –siempre tenía un par de cajas de lo que fuera, total, te decía, él no las pagaba, eran atenciones de los proveedores. Había unos cuantos que lo tenían hasta el cuello- con la suma gentileza con la que hacía cualquier cosa, para desbaratarle los planes y resolver todo de manera jovial y esperanzadora. Franklin, pensaba, sí que sabía de atenciones y como mostrarlas en todo momento. No obstante debería quedarse una temporada por allí, ver un poco de cerca el negocio -entre nueve meses y un año de plazo- para decidir si seguirle financiando o echarlo a los tiburones. Salieron de la casa tras pasarse varias horas entre risas y comer rodaballo y Franklin le ofreció llevarla al downtown a lomos de su Triumph Bonneville, tal como haría con cualquiera de sus jugadores de otras etnias por los que tanto apostaba. Irina se giró al tiempo que entraba en su Boxster, y guiñándole un ojo se despidió. Aún llevaba la fusta y los pantalones y las botas de montar, pero se había puesto un kaftan.
 
-“Cómprales uno como este a cada uno de la plantilla, a ver si se animan este año. Prometo ir todas las veces que pueda a animar al equipo a tu lado. Küsse!”
 
 
  
Se lo comunicó saliendo de la sauna, con la toalla bien ceñida marcándole las caderas y la bolsa escrotal, su pecho de búfalo limpio de vello de forma natural y la frente perlada en sudor con aroma a lavanda. En aquellas condiciones, cualquier susurro de aquel macho alfa le sonaría a música celestial:
 
-“Vamos a pasar el weekend en el lugar más presioso de América, gordi. Será algo que no olvidarás”
 
En realidad ya era sábado por la mañana y no es que hubiesen dormido mucho. Al Coronel la sauna lo dejaba mejor que ocho horas de reposo y ella ya tenía ese toque de dormir simplemente cuando caía agotada, podía ser hora y media o quince, independientemente de la presión atmosférica. En menos de media hora ya estaban en el aeropuerto de Santa Mónica. J. salió al encuentro del Sargento Howie con paso aplomado y presuroso a la vez, pues ya había avistado el Aircraft #64-13773 que Howie había adquirido para él en Fort Knox, a donde por segunda vez en diez años de servicio había sido devuelto a reparar procedente de Vietnam, donde ya había dado todo de sí mismo. El Coronel fijó su mirada en el grupo de cinco boinas verdes a su derecha y bramó al Sargento:
 
-“¿Qué cojones está pasando aquí?, dos de esos de ahí no son marines, ¿qué hacen ahí fuera? Son las once y cuarto. Quiero que este cacharro me haga saltar los tímpanos. ¡Ya!”.
 
El Sargento Howie le había advertido de la recién promulgada ordenanza sobre el tráfico aéreo que no permitía vuelo de helicópteros en el aeropuerto de Santa Mónica. La cosa se había desmadrado de tal manera -en aquel aeropuerto en concreto- que parecía hasta lógico. Evidentemente, las maniobras bajo cuerda eran continuas, pero aquel bicho llamaba demasiado la atención. Alabó por otra parte la extraordinaria capacidad del personal operativo, pese a su formación aún incompleta. Pero el Coronel, embelesado en su nuevo juguete, ya no le escuchaba.
 
-“Todo el mundo dentro, ¡maldita sea! Nena, ponte a mi lado que nos vamos a divertir”.
 
A Brigitte ni se le escuchó chillar que ella en eso no se iba a Las Vegas. Al tiempo que dos de los soldados la impulsaban al aparato magreándole el trasero, aquel tornado de acero comenzó a dejarse oír. El estruendo fue ensordecedor, y con la parte trasera al aire, la sensación allí era como flotar sobre una ola invisible gigantesca. Aún llamando la atención, despegaron y se alejaron sin problema aparente tomando dirección nordeste, hacia San Fernando. En cuanto empezaron a desaparecer casas y entraron en zona forestal, J. se giró para mirarla, justo antes de descender bruscamente la altura para pilotar el vuelo entre las copas de los árboles, y así, evitando encontronazos por Palmdale -pero ahora guiándolos como si volasen en el interior de una maraca con la divisa de la Fuerza Aerea- llevarlos hasta Red Rock Canyon. Cuando tomaron tierra y cesó aquel infierno, Las Vegas allí no se divisaba por ningún lado. De hecho, y llevaban así bastantes kilómetros, allí no había nada.  Inmediatamente, los cinco boinas verdes se desplegaron y se perdieron de vista. Se quedaron los tres sólos y el Coronel asó unas costillas, muchas. Solo cuando cayó la noche fueron apareciendo de uno en uno para cenar. Brigitte se aburría muchísimo, pero si la diversión consistía en montar aquello mejor estarse callada. La carne estaba excelente. De postre el Coronel le dio unos hongos. Seguro que la había traído aquella noche para copular en la nada, bajo las estrellas. Vaya séquito, pensó.
 
Al amanecer Brigitte Von Taffelson gateaba, llena de tierra y puntos de sangre, entre seis cabezas pertenecientes a los hombres de Danilo. Éste se encontraba humeante, encadenado a la parrilla. Las brasas comenzaban a dejar de refulgir. Años después, Oscar Danilo Blandon Reyes se convertiría en un personaje público relacionado con el desvío del dinero de la droga como financiación de la Contra nicaragüense. Habían llegado en un par de jeeps del ejército. El Coronel no soportó más allá de la segunda chanza sobre sus métodos militares. Se separó con Danilo hacia las brasas, abrió uno de los fardos y levantó uno de los paquetes con su mano izquierda, mientras con la derecha agarraba a Danilo por el pescuezo y lo lanzaba sobre la parrilla al tiempo que, mirándolo por encima de las gafas, le comunicaba que a partir de ahora trabajaba para él. Sonaron dos breves ráfagas, y aquellos seis chicanos con Uzis se retorcieron sobre el suelo en el acto. Sus heridas no serían óbice para cavar sus propias tumbas. Cuando recogieron el campamento, solamente seis personas subirían al helicóptero: Howie, Brigitte, J., Danilo y dos de los marines. De los otros tres, uno recibió un tiro entre las dos cejas en mitad de la noche mientras cabalgaba a Brigitte a horcajadas tras unas zarzas. Los dos restantes se habían adelantado a ellos en la marcha, pues el Coronel J. les había encomendado la custodia de los jeeps y tenía ganas de probar que rayos era aquello del napalm.
 

  Como habrán advertido ya, esta vez la casa del valle de San Fernando no era el epicentro del sinsentido, el dislate y la extravagancia. Al contrario, era a veces, especialmente en las horas de la mañana y los fines de semana, un remanso de paz. Todo el grupo en bloque había concebido la promoción de la película como algo personal y se habían entregado a ello en cuerpo y alma, aunque también un poco cada uno por su lado. La casa ya tenía algo de fantasmagórico, pero cruzarse en ella con sus formas de vida con aspecto cadavérico y batines de raso, haciendo crujir el parquet por pasillos en penumbra a eso de las cinco de la tarde, le otorgaba una atmósfera irreal.
 
Tres de estos personajes en batín –Charlas, Robert Evans y Da Silva– daban voces estruendosas en el salón. En especial el último, furioso por los métodos en que SVP, encargada de la promoción final de la película y el responsable de la cuenta en concreto, estaban llevando el asunto. A Michelone, que mataba el rato en la galería, parecía estallarle la cabeza cada vez que Jairo gruñía aquel nombre. Don Ra, a su lado, le preguntó insistentemente si le iba a acompañar al partido al día siguiente, y sólo al levantarse de la mecedora visiblemente fastidiado, aseveró que le gustaría comer con aquel tipo. Aquella noche se acostó pronto. De buena mañana se fue con Jim hasta Palisades Park a bañarse. Se pasaron por el chalet del Coronel a cambiarse,  desayunando los tres juntos. Así que apenas pasado el mediodía estaba adentrándose en la terraza del Riviera Country Club y -que curioso- allí estaba el peludo que corría por Rodeo Drive aquel día. Ed, absorto en su conversación con Julieta, una monitora de tenis de La Jolla, no vio venir el cachete en el cuello que aquel tipo le lanzó a la vez que pedía un Spritz. Lo siguió con la mirada durante toda la hora siguiente. Al fin decidió esfumarse de allí -aunque le costaría despedirse de Julieta- en el momento en que apareció Radek y se sentó en aquella misma mesa. Unas cuatro o cinco horas después Radek y Don Ra abandonaban el club entre grandes risotadas y algarabía. Se subieron al Ford Mustang de Raoul, que pensaba que irían muy justos para ir hasta Oakland en aquel coche. Don Ra le indicó entre grandes carcajadas que recogerían a otro pasajero en Santa Mónica. Viajarían en helicóptero.
 
 Desde luego les sobró tiempo para bien antes de comenzar el calentamiento estar posicionados tras el banquillo visitante, el de unos pobres Lakers que acabarían penúltimos en la Conferencia Oeste aquella temporada. Al trío se unió Mark Rampasse. Pese a que aquel año había gran diferencia entre ambos equipos, no dejaba de ser el duelo de rivalidad californiana, y ni así el Oakland-Alameda County Coliseum Arena conseguía llenarse. Los Warriors acabarían primeros del oeste aquel año y ni por esas había confianza en aquel equipo; el partido resultaba entretenido bajo un ambiente un tanto desangelado, roto por los continuos insultos en pie de Raoul Radek  hacia la pareja arbitral y alguno de los jugadores del equipo local. Pero no a Wilkes, al que elogiaba al oído de Don Ra cada vez que se sentaba.
 
-“Ese muchacho es el negocio, titi. Lo otro…, mira es un proceso continuo, no depende de lo bien que esté sino de quien la distribuya. Todo el mundo te dice que sí, nos iremos un día al downtown… seguro que ni has estado aún… haremos un estreno de alfombra roja, pero luego la película no durará ni un mes siquiera en Pasadena. Tal vez aquí un poco más, en los autocines, y en Europa directa a la sesión doble, que siempre fue la especialidad de vuestro difunto patrón y a lo mejor ahí aún os respetan…pero majo, ¡este chico que tenéis es una mina, jugará muchos años en la Liga!….¡pero bueeeeeenooooo, Barryyyyyyy, mariquitaaaaa, sólo juegas con negros, invertido!”
 
Desde unos pocos sitios más allá Irina Von Taffelson, sentada junto al dueño del equipo Franklin Milieu, se giro un par de veces y le hizo un sarcástico signo de aprobación apenas moviendo la cabeza. En el descanso Rampasse dijo una de esas frases intrascendentes que los periodistas deportivos declaman con solemnidad pero que pasados los años resultan geniales:
 
-“A estos Lakers les falta gasolina”.
 
CANCIONES DEL CAPÍTULO
HARD HORSE Feat. PAUL THOMAS Let it ride
JAN & ROBIN Love me baby
THE KITCHEN CINQ Determination
MARK ERIC Move it with dawn
MARK ERIC Night of the lions
LOVE Four sail
THE TOPS I found you
SUSAN AVILESEine schöne weit
JOHN FITCH & THE ASSOCIATES Romantic attitude 
 
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