"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 3ª) Capítulo XIII

   
  Por mucho que jurasen y perjurasen que no sabían nada de las malditas fotografías, los Choris andaban metidos en un buen lío. Hacía sólo dos semanas de su desembarco en California y ya eran más populares que Shaun Cassidy y los Bugaloos juntos. El único problema era que su imagen popular estaba endeblemente asentada. Básicamente se sostenía en haber sido capaces de pulirse unos cuantos milloncejos con generosidad y en un estilo digamos, peculiar. El haber estafado demasiado alegremente al Clan de los Brigante coronaba el indigesto pastel.
 
  Atados y amordazados en el garaje de aquella casa de dos plantas estilo colonial, Yeyo sudaba de una manera muy distinta a la motivada por el placer. Un tipo fornido y menudo parecía llevar el mando. Semejaba una especie de Emilio Fernandez sin bigote, vestido con una guayabera bordada, patillones enormes y una halitosis galopante con hedor a chile que impregnaba toda la estancia.
 
-“Arranque el driller, brodel. Y suba el volumen de la música”.
 
  El berrido inicial de  Victoria Lupe, su “Brrraaaaa, c’mon, c’mon, c’mon touchhh me baaby”, atronó a lo largo de la calle, confundiéndose con el del taladro. Yeyo hubiese gustado mucho del cuerpo racial y sucio de la muchacha, caso de no andar en asuntos más importantes. A su lado estaban aquellos dos tipos -desconocidos compañeros de la enésima farra- a los que apenas podía recordar: uno, el más joven, decía ser escritor de películas, aunque todavía no había podido vender ninguna de sus historias a los estudios. Podía recordar su nombre, Oliver, pero no su apellido. Jamás había visto a nadie beber tanto güisqui. Se tragaba las anfetas como si fuesen gominolas. El otro, mulato, de hablar con sabor a melaza y una aspiradora inagotable, era un juguete roto más del mundo del deporte. De nombre Arístides “Poncho” Urrutia, había sido una gran estrella del béisbol durante su juventud en la Isla y más tarde en la tierra prometida. El exilio anhelado a Estados Unidos le había deparado, por este orden, fortuna, adicción, ruina y, de manera inminente, muerte.

DonRa notó la sangre sobre su rostro sudoroso y dió un respingo del asiento del copiloto del Mustang. Cuando abrió los ojos respiró profundamente y agradeció que aquello sólo fuese un sueño. Que la sangre, fresca, fuese en realidad un Bloody mary que Rogelio había echado sobre su cara. No tuvo tiempo para nada más. Yeyo reía a carcajadas corriendo tambaleante por el aparcamiento mientras Raul se cagaba en todos sus muertos.

 

-“Rogelio, hijo de puta, me has manchado toda la tapicería, te voy a cortar los güevos” 

 

 Aunque le fastidiase un poco que su recién estrenada americana Geoffrey Beene estuviese manchada, no pudo evitar sonreír al ver de nuevo reproducirse las escenas de la Costa del Sol. En ese momento llegaron Peroulovic y el resto de los Choris a lomos de un Chevrolet Camaro del 74 de color dorado con franjas negras. Venían del estudio de Melcher, donde la Costa Shock ultimaba su primer single. Al ver el coche Radeck detuvo su persecución y se quedó quieto, inmóvil, contemplándolo, mientras Yeyo caía de bruces en el seto al otro lado del murete a la vez que sus bermudas se enganchaban en una rama, dejando ver sus nalgas famélicas y blanquecinas. Antonio Arribas todavía llevaba puesto su Jantzen Swimwear. De su brazo colgaba un apabullante espécimen de mujer. Cuando ambos descendieron del automóvil Lolo no pudo evitar darle una palmada en las nalgas a tamaña hembra.
 
-“Quillos. Mirad lo que nos hemos encontrado. Dice que se llama Raquel.”


   El gran teatro y las marionetas que lo habitaban tenían un cierto aire tragicómico. Y no es porque quisieran retomar las grandes preguntas clásicas, las que raramente son contestadas, aquellas sobre la vida y la muerte, el amor y el abandono, el éxito y el fracaso… sino precisamente porque a sus moradores no les interesaba lo más mínimo. Estaban inmersos en una fantasía mucho más placentera que la triste realidad. Se agarraban a ella como si les fuese la vida en ello. Tan sólo los más observadores y realistas conocían lo etéreo de tamaña aventura y ni tan siquiera ellos estaban dispuestos a dejar de representarla.
 
  Para Da Silva todo aquello era pasado. Lo había sido desde el inicio, aunque de eso era ahora cuando tenía verdadera conciencia. El único inconveniente era que lo que había sido un alegre y evocador pasado comenzaba a tornarse en algo inoportuno, incómodo. Andaba ya en otras cosas y de repente notaba molesto todo aquello que antaño fue placer. Tal vez era el único que había tomado “Soy todo sueño” como lo que en realidad era, una especie de doctorado en el cine y en la vida, el camino balbuceante que todo hombre debe tomar antes de jugar al juego de verdad. Le irritaba y le causaba ternura el bonvivantismo ingenuo. Y no por no comulgar con él, sino más bien por empeñarse en mantenerse incólume, por hacer bandera de su pureza y despreocupación cuando todo allí, en el escenario de la vida y sobre su persona, era mugre y triste realidad. La metástasis había comenzado y nadie quería verla. Tras aquel sol radiante que parecía eterno podía adivinar la inminente y negra nieve.
 
-“¿Qué vendrá luego Jairo?. No quisiera que esto terminase nunca. Pero tampoco soy tan estúpida como para pensar que eso es imposible.”
 

Mientras Uvita decía eso, J. sonrió, un tanto sorprendido, desde el interior de la limusina que les conducía al estreno. La había minusvalorado. Ahora se daba cuenta que tal vez ella había sido la única que no sucumbió a los cantos de sirena y que, pese a saber de la finitud de los deseos, sólo planteó la cuestión cuando atisbó a ver sus estertores, compasiva y fiel para con los sueños de quién amaba.

 
-“No lo sé. Pero me gustaría que lo viviésemos juntos. ¿Te parece bien?”
 

 

 
  Bajando por Hollywood Boulevard la cúpula del Cinerama Dome resplandecía, semejando poco menos que una nave espacial. DonRa hizo un breve recuento mental de su vida. No quería atiborrarse de recuerdos, así que ideó una hoja de ruta sencilla de elaborar pero engorrosa de revivir y que muy posiblemente iba a dejar muertos en el camino. Tenía que soltar lastre. La aventura americana – la cinematográfica- tocaba a su fin nada más comenzar. Y le parecía bien. Había querido jugar demasiadas partidas -y aunque el juego era divertido- ya era el momento de recoger los beneficios y asumir las pérdidas. Resultaba gracioso, aquello en lo que menos se había implicado, aquello que había tomado como poco menos que un “hobby” donde restañar sus heridas, era lo que le estaba procurando los mayores y más jugosos dividendos. Radeck y Mark Rampasse llevaban los hilos de manera adecuadísima.
 
Habían navegado entre chantajes, contratos ficticios y payolas fructíferas con la ABC Sports. Finalmente consiguieron la anhelada alianza. Su participación en la futura “fusión” entre las dos grandes ligas les había dado una posición de dominio. Aquel diminuto judío, pese a ser listo y artero, ya comía de sus manos, siendo, aunque espléndidamente pagado, un mero hombre de paja.
 
   Allí sentado, observando por la ventanilla el paisaje urbano, supo que al presente no le quedaba nada más que escurrirse entre sus dedos. Que serían el pasado y el futuro con quienes tuviese que ajustar las cuentas. La losa del ayer estaba a punto de ser finiquitada. La incertidumbre del futuro, en cambio, sería algo que quedaría pendiente. La había sorteado durante demasiado tiempo. Maine estaba muy lejos -o muy cerca, según se mirase- y ese futuro era algo que ya no estaba dispuesto a recriminarse más. O sería o no. Pero estaba harto de la incertidumbre. De repente supo que la decisión estaba tomada. Sabía que muy probablemente le causase más dolor que otra cosa, pero para cauterizar las heridas apropiadamente el dolor es algo necesario, ineludible. 
 
Y todavía conservaba el Toque.
 
 Un portero con uniforme les abrió la puerta del Cadillac. Había mucha gente. La explanada del Cinerama Drome estaba atestada. Una multitud en la que se mezclaba prensa, curiosos, estrellas, wannabes, modelos y diletantes. Lolo había hecho bien su trabajo y al menos el atrezzo era el adecuado. A la izquierda del todo, aunque no pudiese acertar a verlos sin subir las escaleras que daban a ella, supo que estaba la tropa nativa. El jolgorio, las risotadas y los requiebros gañanes sonaban incluso por encima del tráfico y el griterío del gentío.
Al entrar al vestíbulo de la sala comprobó de nuevo lo acertado de las gestiones de Peloujrovic. Los camareros, musculosos efebos rubios con la piel tostada por el sol californiano, repartían copas y combinados sin reparar en gastos. Dos docenas de conejitas playboy prestadas por Hugh pululaban por la sala como aliciente extra. Al primero que pudo saludar fue a Michelone. Departía con varios miembros del staff de Capitol Records y algunos de los miembros de la Costa Shock. Había conseguido colocarse como ingeniero de sonido en uno de los estudios del Capitol Records Tower durante la producción de los dos sencillos de aquellos. Con el primero no pasó gran cosa pero el segundo, una versión de un viejo tema de los Hobbits, habían entrado en el Billboard. Su idea de resucitar la famosa cámara de eco sita en los bunkers subterráneos del estudio, dando un nuevo concepto al efecto reverberación había llegado a interesar a los hermanos Carpenter. Estaba a punto de firmar como ingeniero para su nuevo disco..

 

  -“Amigo mío. No sé como acabará esto, pero nosotros nos quedamos aquí”
 
Lo dijo mientras le abrazaba de una manera que casi parecía una despedida.
 
-“DonRa querido, no sé como agradecérselo”
 

  

 

No la había visto acercarse, pero el sugerente aroma de su inconfundible perfume le decía que estaba cerca. Cuando se giró Miss Taboo le dio un efusivo beso. Acto seguido le presentó al diminuto polaco. Su mirada de felicidad era indescriptible. Había firmado por dos películas con Universal y aunque sabía que aquello sería la jungla y el papel pequeño, ya se encargaría ella de que todo acabase bien. Que la primera de ellas la fuese a dirigir Roman le parecía el principio perfecto para la nueva aventura.
-“Titán, fiera, JEFE… ¡Es usted el puto amo!”..
Yeyo Llagostera y Antonio Arribas llegaron enfundados en sendos esmoquins blancos, con pajarita en tonos celeste y camisa con chorreras negra. Una serie de muchachas les seguían como en procesión. Tan solo reconoció a Raquel y a una Joey Heatherton a la que las horas de vuelo y el haber sido carne del Rat Pack comenzaban a notársele en exceso. El resto del harén, igualmente seductor, le era totalmente desconocido.

 

  Cuando entraron en la sala, los sillones decadentes de terciopelo rojo, la pantalla de 26 metros y el triple proyector –algo que solo se utilizaría en el Drome para el estreno de “All i dream”– esta estaba casi llena. Vio a Messieur LaFleur y la Ducchesa. A su lado el diminuto caballero de cuando su llegada al aeropuerto, el mismo pelo imposible y las enormes gafas de sol. Dos filas más adelante el Maharissi Puhig, Tama-Rhitt, Peter Sellers y Britt Ekland. La Ducchesa le hizo un gesto discreto, apenas imperceptible, que le sirvió para adivinar el tipo de marcaje al que estaba siendo sometida por Mr. Spector. También acertó a ver a los Alfonsos, músico y noble, los papeles cambiados, conversaban –o lo que fuese aquello- con Dennis, Karen Lamm y Monte Hellman. Un poco más adelante, expectantes, Warren Oates, Dennis Hopper, Sarafian, Peckinpah e Isela Vega parecían no haber dormido en una semana. El primero levantó del suelo, de entre su regazo, a una de las Margaritas. Ay, aquellas muchachas no cambiarían jamás. Y que poco tino tenían con sus dianas. Viendo todo aquello DonRa supo que al menos “Soy todo sueño” descansaría en esa estantería donde reposaban “Two lane blacktop”, “The last movie” o “Vanishing point”. La de los fracasos maravillosos. Era un buen sitio pensó, justo en el momento que se sentaba y se apagaban las luces del Drome.
 

  

 Se encendieron las luces de nuevo y justo en ese momento supo que su tiempo en California tocaba a su fin. Había sentado las bases y mostrado el camino a todos sus compañeros de aventuras. Cada uno lo había aprovechado a su manera. Tal vez el Don hizo bien desapareciendo en Marbella. Aquello era algo que solo podía pasar por él; ¿Por qué vivimos?, ¿Por qué luchamos?. Eran preguntas sencillas aunque su respuesta acostumbraba a llevar una, varias vidas. DonRa ya había gastado alguna y tal vez ese fuese el precio que tuvo que pagar para darse cuenta de la realidad. Levantó la mirada de la pantalla y pudo ver la vista de Jairo posada en él. No hizo falta más. Era una mirada de agradecimiento y también de despedida. Sin lamentos ni tristeza. De moderada esperanza. “Soy todo sueño” le había servido al joven Da Silva para conocer su pasado y, sobre todo, aceptar el futuro. A él, además, le había ayudado a comprenderlo.

Cuando salió del Drome ya solo había una idea en su cabeza. La única que podía ser.



   Para empezar a contar el final de una era, habrá que volver a mirar hacia atrás de nuevo, pero esta vez no serán cinco años, sino que simplemente nos giraremos un poquito como cuando admirábamos la tracción trasera de una señora con capazo contoneándose por el Beverly Hills Hotel. De hecho más que retroceder en el tiempo, será preciso sentarse en un taburete de la barra y observar quien pasa y alguna de las broncas que se suceden en las mesas. Son las 11 de la mañana del 15 de Mayo de 1975 y KC Jones, la única persona de color en el bar en aquel momento, tiene un cabreo descomunal. Ha perdido un día para preparar la final, y lo que es peor, se ha pegado un madrugón mayor para tomar el primer vuelo a Los Ángeles. La noche anterior, los Warriors acababan de remontar un 2-3 y ganaban la final del Oeste a Chicago en una de las mejores series que se hayan podido presenciar en el deporte profesional americano. Así lo aseguraba Mark Rampasse, que permanecía impasible a su derecha con la vista fija en Bill Graham, quién discutía acaloradamente con Franklin Mieuli. El entrenador de los Bullets no tardó en escoger. Jugarían el primer partido en Washington y los dos siguientes en el Cow Palace de Daly City. No se arriesgaría a volver con un 2-0 a Washington sólo porque el gordito de la gorra no lograse convencer a aquel judío obstinado y -si me permiten mi opinión desde la barra- repugnante. El único lugar a donde se llevaría su Day on the Green sería al L.A. Memorial Sports Arena. No se lo creía ni él, simplemente argumentaba esto sabiendo que Pink Floyd estaban programados allí cinco noches en aquellos días. Chicago, Beach Boys, Commander Cody And His Lost Planet Airmen y New Riders Of The Purple Sage no podían convivir con un evento como las series finales, y en esos días, el Oakland-Alameda County Coliseum Arena era suyo.
 
-“Con esos grupos, ya me contarás”.
 
A Larry no le extrañó nada escuchar la reacción de Rampasse tras aquella reunión. KC Jones ya había salido disparado del hotel de regreso al este en cuanto se vio que no había otra. Franklin y Graham aún se quedaron un buen rato llamándose de todo. Cuando este último abandonó el lugar, mientras esperaba su coche, lo primero que se encontró fue el puño del periodista golpeando firme y repetidamente su cara, y lo segundo la selvática y refrescante vegetación exótica de los jardines del Beverly Hills Hotel.
 
 
  Desde el mismo rincón del Polo Lounge, pero en otra ocasión, mientras charlaba con Jack Warner, divisé una escena real entre Warren y Goldie Hawn a costa de Carrie Fisher. Estaban rodando allí mismo “Shampoo”, que curiosamente se estreno al igual que “All I  Dream”, el 15 de Marzo de aquel año. Tuve una fuerte discusión con Radek  respecto a esto último. Con Fisher y Lita Ford había acudido a cenar en una ocasión también en aquel lugar. Junto a Lolo. Aunque no podría precisar la fecha nunca olvidaré aquella entrada suya mirando hacia todos lados e intentando camuflarse entre la decoración y el servicio. Mientras estuvimos sentados no levantó la vista más allá del escote de la joven rockera; le sobraban los motivos. E igualmente paladeando aquellos exquisitos daikiris de fresa, Iris Von Taffelson me presentó de nuevo a Elin Vanderlip, a la que había conocido en Amalfi aunque no lo recordase. Sí recuerdo que esto era el 23 de Abril, ya que al día siguiente no vería el sexto y definitivo partido de la victoria contra Seattle en primera ronda por acudir a una de las exquisitas fiestas que Miss Vanderlip celebraba en  Villa Narcissa, su casa en Rancho Palos Verdes. Un lugar, Portuguese Bend, que efectivamente -como ella bien decía- recordaba a la costa amalfitana. Claro que el ambiente ni el tipo de fiesta era exactamente como las que hemos detallado previamente. A Irina -podía percibirlo- no le agradaba mi presencia allí, aunque saqué mis conclusiones sobre el sector agrícola en el estado de California. Las viandas eran excelentes.
 
 
  Tampoco pudo evitar que Charlas Bronson apareciese por el lugar de la mano de Rachel Welch, que -lo siento, pero aquellos días me resultaba obsesivo- acababa de estrenar “The Wild Party”. No nos mezclamos demasiado pero era imposible no seguir a Welch con la mirada allá donde fuese. Este detalle divertía especialmente a la señora Vanderlip, que ironizaba acerca de haber estado toda una vida acumulando arte en aquella casa para que la atención de sus invitados se centrase en objetos que calificó de perecederos. No estaba del todo de acuerdo pero tampoco quise llevarle la contraria. Y tampoco me atrevía a interrumpir a Irina, que nos hablaba -a ella más que a mí, quise pensar- de la nueva adquisición inmobiliaria de los Von Taffelson: la histórica mansión georgiana conocida como Lady Pepperel House, en Kittery Point, en el estado de Maine. Elin celebró -y su uso del plural me hizo sonreír mentalmente,  de manera especialmente perversa, tras recién soportarle un monólogo de unos quince minutos acerca de su lucha por la liberación de Noruega durante la ocupación- que la casa volviese a las familias tras un improductivo periodo como museo a cargo de una fundación, pues pensaba que sólo el mecenazgo privado debía de ocuparse de este tipo de legados.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

En aquella fiesta debían de encontrarse la mayoría de propietarios de palazzos del Gran Canal de Venecia y aunque fuese por una vez solamente, seguro que cualquiera de ellos visitaría sus propiedades más de lo que Irina visitaría aquella casa en New England, justo frente a Portsmouth, en la otra orilla. Quizás no tan casualmente, la zona desarrollaría en los años posteriores una concentración de espacios de compra venta de, principalmente, ropa de marca en oferta, pero la muchacha nunca había sido de ir de rebajas. No obstante, cuando dejó caer que necesitaría a alguien de confianza para ocuparse directamente de aquella casa estaba claro que no se lo decía a la conocida como “The Wicked Witch”. No tuve que contestar. Lehman “Lee” Katz, pareja de Elin, mítico director de segunda unidad y jefe mundial de operaciones de UA, me estaba cogiendo del brazo para contarme -entre aromas de pimenteros y habanos- un sinfín de barbaridades acerca de una película sobre el Vietnam con Marlon Brando, cuyo rodaje no daban nunca por concluido y que estaba acabando con su salud. Como casi siempre, hacía una noche estupenda.

 
 Así que aún con todo en contra en principio, incluidas las fuerzas vivas de la Bay Area y el público -ni siquiera aquellos que eran los suyos, muchos habían ido esfumándose a lo largo de los dos últimos meses, no se había detenido a pensarlo hasta aquel instante- que apenas llenó el recinto con las entradas a 7 $, los Warriors llegaron al viernes 23 de Mayo con 2-0 a favor, tras imponerse en el primero en Washington y el segundo, digamos que en casa. Contra todo pronóstico se habían plantado aquel viernes en el Cow Palace con la opción de sentenciar la final y dejar a aquellos Bullets como la mayor decepción de la historia del baloncesto, tras su impresionante registro en la liga regular y en el Capital Centre en particular, y sobre todo tras haberse deshecho de Boston en la final del este, en lo que presuntuosamente se había considerado la verdadera final de la competición. Ni siquiera allí en las primeras filas tras el banquillo rival, momentos antes del comienzo del partido, era ese el principal tema de conversación:
 
-“Wow , ese tío es Dios para mí, ¿estuviste también en Snake River el pasado septiembre? Inolvidable,…allí nos conocimos.” Le dijo Ed a Radek señalando con la mirada a Julieta.
 
Raoul tenía tan impresionado a Damntooth porque la semana siguiente se iba a Londres con otra de -como gustaba denominar- sus cuentas: el acróbata motorizado Evel Knievel, que intentaría saltar una docena de autobuses o de camiones en el estadio de Wembley, pegándose otro de sus memorables trompazos. Así funcionaban las cosas allá. Frente a las tres grandes ligas y con el equipo a punto de proclamarse campeón del mundo, el Motorcycle Daredevil era lo más y nos sobraban las invitaciones. Julieta hasta se pudo traer a Jeff y Steve Mc Donald, los dos revoltosos de Hawthorne a los que cuidaba los viernes por la noche. Phil Smith pasó por allí y chocó unas cuantas manos. Había estado muy bien en el segundo y dramático partido, que se resolvería por un solo punto y en el que los 36 puntazos de Barry serían clave. Esa noche daría una exhibición aún mejor y algunos ya saldrían a celebrarlo. Nadie había remontado jamás un 3-0. Al terminar el encuentro, Jairo, Uvita, Irina y Don Ra cogieron una avioneta de vuelta a L.A. pagada por Franklin. Tras muchas horas recorriendo el Strip, donde nadie -muchos deliberadamente- sabía de qué iba la fiesta, quedó claro que no viajarían con el equipo al cuarto partido del domingo. Acabarían viéndolo por televisión en la casa de Malibú tumbados en el sofá, sin prestarle demasiada atención debido al cansancio, pese a que resultó emocionante y la diferencia fue nuevamente de un solo punto. Mediado el segundo tiempo Jairo y Uvita fueron  hasta la orilla. La casa estaba literalmente encajada en la playa. A mediodía había bastante gente pero a aquella hora ya se estaba casi mejor que en ningún lado. Don Ra los observaba a través del ventanal. Aquella escena le resultaba algo familiar, pero allí ya no estaban Charlas, ni Bateman, ni Daniele. Ni siquiera Peljourovic, aunque este había sido el primero en llamar por teléfono hacía un instante, desde Ginebra.
 

  Irina Von Taffelson bajó de ducharse. Llevaba la maleta pequeña, así que el viaje sería transoceánico como mínimo. Iba a Roma, a desprenderse de la parte de la familia en unas propiedades en Positano. Los compradores eran japoneses. Se miraron y a ambos se les agolparon los recuerdos. Ya eran unos cuantos años y le veía de manera similar a Franklin, así que le recordó lo que le habló aquella tarde en Villa Narcissa. Don Ra ladeó la cabeza, hacia la pareja de la playa. Ella le cogió la mano y manteniéndola unos segundos, le dejó unas llaves y le besó la mejilla derecha con ternura. Él tenía los ojos humedecidos y nuevamente miraba absorto a la lontananza de un Oceano Pacífico teñido de rojo. No por habitual era menos mágico aquel instante del día en el que la vida y la muerte se daban la mano, el momento tan idílico como dañino que contenía aquella extraña equivalencia de lucidez y sentimientos. La silueta de Gilda Texter saliendo del agua y dirigiéndose a la casa a través de la playa con excepcional abandono le hizo volver a la realidad. Usaría su coche, debía llevar a Irina al aeropuerto. 

Got a feelin´bout you, troublemaker, y´know I can´t live without you heartbreaker. No matter how hard I try, I can´t get away, the day you try to say goodbye I beg you to stay. People say that I´m a fool to fall in love with you, but I just can´t help myself I got love and it´s all for you”.



 A la mañana siguiente se levantó temprano, se bañó en la playa, desayunó al aire libre y volvió a coger el Dodge Challenger blanco de 1970 de Gilda. Se lo habían regalado tras el rodaje de una película de carretera en la que había salido hace unos años junto a Barry Newman, el actor de la serie de la NBC, Petrocelli. Tomó la Pacific Coast Highway en dirección norte. Pasado Point Mugu trató de sintonizar la KOW, pues Levine le había descubierto a un DJ de aquella emisora que era sensacional. Cuando la encontró en el dial, abrió la ventanilla y asiendo el volante con una mano y el codo en la ventanilla, unió su voz -no sin sorna pero de buena gana-a las de Laura, Joan y Marsha en el final de “I´m so tired” mientras le daba el aire en el rostro, un viento lleno de vida, aromas frutales y sal marina. Iba en vaqueros y camiseta, comenzaba a ser lo habitual; y quizás de tanto acompañar a Radek, comenzaba a verle la gracia a aquellos coches musculados, como les gustaba decir a los nativos. Parecía que ibas a bordo de un crucero rodante.
 Había invertido el dinero que sacó de toda esta historia de la película. También parte de los réditos del asunto Wilkes, al que dejó de representar al año siguiente -ya desde aquella estupidez de conversión al Islam había ido evitando el contacto personal con el chico- en unas cuantas hectáreas de campos de naranjos en torno a Camarillo. A Don X. le hubiera gustado ésto. Estaba claro que era un hombre afortunado. La enérgica entradilla del hombre de la radio describía exactamente tal y como se sentía: La cuestión no era quien iba a detenerlo sino cuando pretendiese parar. .

La siguiente que sonó era  su canción favorita.

    

 FIN.
 
CANCIONES DEL CAPÍTULO
BARBARA LOVE Across the universe
LA LUPE Touch me
TS BONNIWELL Black Snow
THE INNER DIALOGUE The touch
NANCY PRIDDY You’ve came this way before
TOMMIE YOUNG You can only do wrong so long
THE OUTSIDERS You’re everything on earth
TRISTE JANERO Walk on by
NANCY PRIDDY We could have it all
ESTELLE LEVITT All i dream

 

 

RICHARD PODOLOR
Richie fue un productor de la época dorada, especialmente centrado en la obra de Three Dog night y que tendría un mega hit con la producción de “Born to be wild” para Steppenwolf. Como curiosidad decir que en lo 80 sería también el productor de esa pequeña maravilla que atendía por Phil Seymour.

TERRY MELCHER

Músico y productor americano, hijo de Doris Day, de gusto exquisito. Uno de los creadores de lo que vino a llamarse West Coast Sound.  Byrds, Beach Boys, Paul Revere & the Raiders, Ry Cooder & Taj Mahal, Glen Campbell serían algunos de sus triunfos.
Terriblemente afectado por considerarse, si no culpable, si indirecto causante de  los sucesos de Cielo Drive, a mitad de los 70 se encerraría cada vez más en si mismo.
  
JOHN WOODEN
Entrenador de la gloriosa UCLA. Del 64 a 73 solo dejaría de ganar un título de la NCAA. Y esa vez sería segundo. 

K.C.JONES

Entrenador de los Washington Bullets que ni cambiando sus pintas ni ganando títulos años después con los Boston Celtics se recuperaría del mayor ridículo baloncestístico que se recuerda.

MARK RAMPASSE

Periodista deportivo de raza, esto es, de violencia pausada, nobleza trotona y recia pluma.

BILL GRAHAM

Promotor endiosado. Uno de los principales responsables de que el rock & roll perdiese toda su esencia.

ROBERT EVANS

Ambicioso productor que tras arrimarse a un crepuscular Frank Sinatra y producir “El Detective”, junto a “La extraña pareja” y “Descalzos en el parque”, se convertiría en todo aquello a lo que combatió. El productor por antonomasia del nuevo Hollywood, siendo el que convertiría a los Grandes Estudios en casi una anomalía; Valor de Ley, Love story, El Padrino, El Gran Gatsby, La Conversación, Serpico, serían sus poderes.

GENE HACKMAN
Fantástico actor americano de larga y dura  trayectoria. Tras muchos años encarnado inolvidables papeles secundarios, los 70 serían suyos;  La Conversacion y sobre todo French Connection lo dejarían en la cresta de la ola. Mujeriego impenitente. 
    
SARGENTO HOWIE
 Misterioso personaje de nacionalidad británica, aunque de origen maño. Aparece por la trama -y por la vida- como el Guadiana, firmemente empeñado en construir el rigor en todas y cada una de las facetas de la vida. 

JAMAL WILKES

Suave como la seda, Jamaal fue miembro del histórico equipo de UCLA. Elegido como número dos del draft por Golden State Warriors, daría la campanada al ganar la final a los superfavoritos Washington en 1974. Más tarde firmaría por los Lakers donde ganaría varios títulos más.

CORONEL J

Aguerrido pichabrava nacido al sur de Rio Bravo de refinado paladar para el divertimento y los negocios. Turbio, aseado y marcial.

LARRY LEVINE

Mítico ingeniero de sonido de la edad de oro de las producciones angelinas, chófer a tiempo parcial y cronista sentencioso a tiempo completo. De apariencia aferiantada aunque inofensivo.

TIM MÜLLER

Prometedor jugador de Baloncesto que ficharía por el Real Madrid y a quién DonRa, en sus años mozos, haría de cicerone y mozo de compañía por Madrid La nuit.

GARY CUNNINGHAM

Segundo de John Wooden en los años glorioso de UCLA. Metódico, sosegado e infatigable. También propenso al juego y sin la virtud del mando.

EDDIE GOTTLIEB

Mr. Basketball o El Mongol. Emigrado de niño a la tierra de las oportunidades desde su Kiev natal. Primer entrenador de Filadelfia, ex jugador y futuro ejecutivo. Listo, despiadado y muy, muy hábil en los negocios.

ED DAWNTOOTH

Eterno joven con perrera desaliñada que salió del pueblo para vivir la California de “There Goes (Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby.” Años después consigue acaparar la atención de una de las bellas protagonistas de “The House Pump Gang”, así que podemos afirmar que lo logró.

RAOUL RADEK

Vendehumos especializado en promocionar grandes eventos sin dar palo al agua. Curiosamente este tipo de personas suelen ser de lo más íntegro y de fiar.

RAQUEL WELCH

Jo Raquel Tejada. Actriz nacida en Chicago de orígenes bolivianos. Una bomba sexual, icono de su tiempo. Encoñada con Lolo y más tarde con Mr. Bronson. Suerte que tienen algunos.
  
FRANKLIN MIEULI
Carismático empresario radiófónico de la Bahía de San Francisco y propietario de los Golden State Warriors. Un personaje en toda regla, al contrario de los pintamonas que vagaban por Haight Ashbury.

OSCAR DANILO BLANDON

Narcotraficante de proyección mediática y barrendero del Gobierno Federal de los EEUU.

JULIETA

Lo que se viene denominando “the girl next door” La bella, educada, encantadora y deportista muchacha que agarra a Ed Damntooth de los pelos para mostrarle la senda de la felicidad. 

ROMAN POLANSKI

Joven director de cine de origen polaco-francés, afincado en California. Tras una inicial carrera en Europa, tanto “El baile de los vampiros” como “Rosemary’s baby”, estrenadas a finales de los 60, le habían dejado en una posición prominente en el nuevo Hollywood. Terriblemente afectado por los crímenes en su mansión de Cielo Drive, donde, entre otros, serían asesinados por Manson y “La Familia”, su mujer Sharon Tate y el bebe que esperaba. En la época en que transcurre este folletín tenía el mundo en sus manos, acababa de estrenar la gloriosa y exitosa “Chinatown”.

JOEY HEATHERTON

Despampanante mujer, acompañante habitual del rat pack a principios de los años 60. Capaz de aguantar, mano a mano, una noche de alcohol con Dino o de dejar agotado a ese semental que respondía por Peter Lawford. Gustaba mucho, pese a estar un tanto castigada, de acompañar a las nuevas hornadas de lo “in”. Lo fuesen o no, bastaba con que ella lo creyese.

EVEL KNIEVEL

Temerario, espectacular, zumbado y genio de la acrobacia en motocicleta. Tan grande como lo serían varios de sus castañazos.

LEHMAN LEE KATZ

Eminencia del Hollywood clásico y compañero sentimental de la viuda Vanderlip.

ELIN VANDERLIP

De origen noruego y perteneciente a la casta de patricios a los que podemos considerar verdaderos amos del mundo.

GILDA TEXTER

Encargada de vestuario de profesión, goza de cierta fama bajo la superficie por haber salido desnuda a lomos de una Honda en “Vanishing Point”.

RICHARD SARAFIAN, DENNIS WILSON, KAREN LAMM, DENNIS HOPPER, ZSA ZSA GABOR, MONTE HELLMAN, SAM PECKINPAH, JEFF Y STEVE McDONALD, WARREN OATES, ISELA VEGA, STROOTHER MARTIN, GIG YOUNG, EMILIO FERNANDEZ, SLIM PICKENS, PHIL SMITH, DORIS DAY, BARRY NEWMAN, BILL WALTON, CURT BOETTCHER, HUGH HEFNER, PETER SELLERS, BRITT EKLAND, AL LETTENI.

Personajes que aparecen en la narración circunstancialmente. Citados o de refilón o simplemente por esnobismo.


 Madrid-Valencia-Orense-Avilés, del 18 de Enero al 20 de Abril de 2011.
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