Hace treinta años. DWIGHT TWILLEY "Twilley"

En el otoño de 1981 yo tenía catorce años y vivía en un pueblo. En el mismo pueblo que es hoy mi guarida, en el pueblo en que vuelvo a vivir treinta años después, tras haber hecho -espero y deseo que sólo haya sido un trecho, quiero saber más- parte el preceptivo periplo vital. Unas veces divertido, otras doloroso. Simplemente inevitable. El viaje necesario. El viaje a ninguna parte. El viaje de la vida.

 

A partir de ahí el bucle interminable, resplandeciente;

 Todos sabemos de que estamos hablando. Hablamos -creo- de The Romantics y de “National breakout”. Del “I’m in a heartache” de Rod Demick & Ian Gomm. De las baladas tórridas, casi metálicas de Martha Davis y sus Motels. De los himnos de Cheap Trick, Chris Spedding y Pilot. De comer los domingos en casa de los abuelos. De robarle la chaqueta vieja de cuero a tu padre. De los Neccesaries y de Jonathan Richman. De los Modern Lovers, cómo no. De la Puig Cobra y las partidas al futbolín. Del “Temptation” de Jo Broadbury & the Standouts. De tener quince años y querer ser mayor. De Jack Lee, de Gary Myrick & the Figures. George Harrison cantando “Blow away”. De las camisas de manga corta arremangadas. De Sylvain Sylvain y de D.L Byron bramando “…Listen to the heartbeat, haartbeat…”. De Blondie y The Knack. De “Aplauso” en la tele los sábados por la tarde. De “Can you fix me up with her” de The Now. Del mullet de su cantante. Y de años después exclamar “Coño, la abogada del juez Harry es Ellen Folley, su cantante”. De Los autos de choque. De “…Ma-ma-ma-ma-ma-ma myyy sharona..”. De los primeros cigarillos, entre los labios, con un ojo entornado, casi cerrado. No sólo por chulería, que también, sino más bien por que los primeros humos y la falta de hábito nos hacía llorar. De Nicky Chinn y Mickey Chapmann. De aquel gracioso imitador de Bryan Ferry, creo que se llamaba Roderick Falconer, cantando “Play it again” mientras ojeabamos “Velvet nights” desde las páginas de Cairo. De aquella bomba de melaza matadiabéticos denominada San Francisco, desgustada las primeras veces que entramos en una discoteca. De los primeros roces lascivos, de mirar cien veces al mismo lugar por si acaso ella apareciese. De esperar. Metro y su “Girls in love”. Los primeros desengaños, la inocencia…
  Entonces uno luchaba inconscientemente -armado con la ingenuidad y la ilusión- por todo aquello que pensaba se debía, se tenía que luchar: Ávido por los sueños de pasado mañana y resbalándome el distante futuro con que el nos machacaban. Buscando el cariño con rebuznos, ahuyentándolo sin querer. Dando palos de ciego que todavía duran -aunque bastante más disimulados- y que, vistos ahora desde la perspectiva del recuerdo, muestran el extravío en que nos hallábamos. Luchaba, en definitiva, por una sucesión de expectativas brumosas de sábado tarde, por la sonrisa de cualquier muchacha, por sentirme algo. Alguien. El futuro estaba tan lejos. El futuro era tan borroso.
 
 
 Años, meses, a veces tan solo días después, la realidad comenzaba a saludar. Amablemente unas veces, las menos. Con alguna que otra repentina colleja las más. Incluso alguna vez sorprendiéndonos con una catarata de palos incruenta, didáctica y sí, dolorosa. No estoy hablando en sentido literal, claro. De hecho, aunque algún guantazo se escapó -eran otros los métodos lectivos y educativos- las consecuencias físicas solían ser tan pasajeras como prolongados eran sus otros efectos. El arte de modelar el carácter. Todos los fascículos de la decepción acaparando el mayor número de entregas atrasadas posibles. Daba un poco igual en que lado del mostrador estuviésemos, puesto que estábamos en ambos indistintamente. No vale quejarse. Tampoco sacar pecho. Lo que de verdad importaba es que esto último jamás sería ya borroso. Siempre estará ahí. Diáfano. Desde hace ya treinta años. 

 

   Cualquiera con una merma, sea ésta evidente o secreta, necesita asideros. De hecho, en mi opinión, los necesitan hasta aquellos que se creen intactos. Quizás éstos más que nadie. Pero ese no es mi caso. Uno, siendo de los primeros -y eso, ¡Ay!, desgraciadamente sólo se puede saber a posteriori-, se agarró bien fuerte -¿lo adivinan, verdad?- a los discos, a la música. Ese arte pequeño que me hablaba a mi y sólo a mi. Qué, sorprendentemente, describía y sabía mucho mejor que yo todo aquello que me sucedía. Que se adelantaba a los acontecimientos, todavía hoy, de una manera casi nigromántica. Una voz que decía, gritando o susurrando, exactamente aquello que necesitaba en cada ocasión. Unas veces con la reveladora verdad y en otras con la reparadora mentira.
 
  Visto desde la lejanía en el tiempo, aunque también pudiendo casi palpar la proximidad sentimental (su aroma cercano, la melancolía ensoñadora, la rabia ocasional) no se me ocurre un ejemplo mejor que “Twilley” para resumir todo lo que más arriba he intentado contar de una manera bastante deslavazada. Sí, tengo hijos. La rueda de la vida está a punto de regresar. De hecho puedo escuchar su girar casi todos los días. Tan sólo con el tono en que pronuncia “papá”. Intuyo, siento -y agradezco- su presencia cada día que pasa. Llegó el momento. A ver como lo hago.
 
 Dwight Twilley había rozado el cielo con las yemas de sus dedos aunque para la época de “Twilley” venía rebotado de una escisión jodida.  Eso entonces yo aún no lo sabía. Tampoco conocía todavía sus dos primeros discos, ENORMES,  con la Dwight Twilley Band (“Sincerely” , “Twilley Don’t Mind” ) ni la historia del tránsito de Oyster a la DTB y lo que ello  había provocado. Había escuchado bastante un single estupendo titulado “I’m on fire”/”You were so warm” (Shelter/Mediterráneo). De hecho lo llegué a comprar en una de esos bazares donde antaño se podía comprar discos en los pueblos. En una tienda de electrodomésticos. No tenía la menor idea de su vínculo con Phil Seymour,  ni de que éste sería el autor de la canción pop perfecta (“Precious to me”), ni mucho menos lo que para mi iba a suponer. Del mundo nuevo al que acababa de acceder. Hasta que lo puse por primera vez en el plato. Es posible que se magnifiquen los recuerdos, las canciones a ellos asociadas. No es sólo posible. Es así, aceptémoslo. Los dos discos de la DBT son superiores. Irrepetibles, perfectos, impecables. Pero es que yo lo descubrí con “Twilley”, su primer disco en solitario. Su canto de cisne. Hagan un esfuerzo de empatía y pónganse en situación; Entonces, como mucho, entraban uno, dos discos al mes en casa, procedentes de la escasa paga y las esporádicas sisas. Nos los sabíamos de memoria. No había otra. Y mucho cuidado con elegir mal. Se convertía en un mal mes. En uno peor.
Fue mi madre la que me lo compró. La que lo pagó quiero decir. Habíamos bajado a Valencia. No recuerdo ahora por qué. Yendo a recoger el coche en el aparcamiento de unos grandes almacenes, pasamos por su sección de discos. -¿Me puedo comprar un disco?-. Ojos de cordero degollado. Una hora ya de aburrida cháchara, esperando al momento propicio. Sabiendo que teníamos que pasar por la planta baja de pintor Sorolla. Sorprendentemente me dijo que sí. Disimulado gesto triunfal. Ahora comenzaba otra odisea. ¿Cuál elegir de entre tantos?. No sé, no recuerdo por qué fue precisamente ese disco. Qué fue aquello que me llevó a él. Tal vez la portada de damero con su rostro afilado en cada recuadro negro. O el Twilley escrito en rojo con una estrella en vez de un punto sobre la i. No, no, esperen. Ahora me acuerdo. Le acabo de dar la vuelta al disco y… ÉSA foto en la contraportada es la que me decidió. Un primer plano en blanco y negro. Los labios carnosos, las cejas pobladas. Un rostro desafiante, lleno de miedos. Pretendiendo ocultarlos. Parecía uno de nosotros. Era cómo nosotros. Otro más de la recua de los autos de choque. Del cine California. De los billares Emilio. Estaba en la sección de ofertas. Eso ayudó. Todavía tiene -otra de mis manías- la etiqueta verde y blanca pegada en el interior. 175 pesetas. El logo del sello, un remedo del Saturno y sus anillos con una S al centro, fue otro refugio en el que guarecerse. Nos fijábamos en esas cosas. Yo me fijaba, me fijo en esas cosas. La importancia del detalle estúpido.

 

fullsizeoutput_b58 

“Twilley”. Su apellido. A secas. Así se llamaba. Cosa seria hace treinta años, oigan. El billete de entrada, de estancia y de permanencia en un pequeño nuevo mundo. Enorme. Un mundo al que acudir, en el que gritar, dónde reír. Un lugar en el que podíamos ser todo lo que quisiéramos ser. Sin pedir permiso a nadie. Ha pasado el tiempo y es muy posible que se le vea alguna costura. Muchas menos, en cualquier caso, de las que se me ven a mí ahora. Dudo que existan estudios, tratados o libros que reflejen mejor que “Twilley” lo que para mi fue tener catorce años. Hace ya treinta años. Lo he estado escuchando -de hecho aún sigue en el plato, la tercera o cuarta vez, soy así de obsesivo- y no puedo más que alegrarme un tanto por haber crecido con él. Porque todavía aguante digno. Porque siga siendo él. Porque prueba que existo, que fui. Digan lo que digan por ahí los cínicos y los desencantados, aquellos que jamás conocieron la pasión y el fracaso, el amor y la pérdida, los discos nos forman, nos educan, nos reconfortan. Nos otorgan fuerzas y flaquezas. Nos acompañan siempre. Nos definen.

 


 Por esas coincidencias que ocurren y que por lo general, seamos sinceros, de coincidencia no tienen más que el nombre, lo he escuchado alternándolo con un lp de rarezas de Phil Spector. Aquel titulado “Spector rarities, 1974/1979”. El uno me ha llevado al otro y estoy seguro que éste me llevará a un tercero. Mi cabeza funciona así.  Una vez más también, he vuelto a fabricarme castillos en el aire. Me he imaginado lo bien que encajaría “Out of my hands”, “Standin’ in the shadow of love”, “Alone in my room”... junto a esas cosillas demodés, desubicadas, fuera de tiempo y lugar que se esconden en el “Spector rarities”. Junto a esas discretas epifanías del pasado que describen -o al menos tienen la decencia de intentar describir- el presente y aventuran el futuro. Y que, aunque no muy lejanas del mío -éste también pasado de moda, un tanto descacharrado, erróneo esbozo-, ondean orgullosamente su esencia, sus intenciones, como “Twilley” lo hace; Desde lo alto de una torre a punto de derrumbarse.

 

Un muro de sonido ajado pero altivo. Herido y orgulloso. Las canciones de “Twilley” haciendo guardia con el Dion de “Born to be with you”, con el último intento de Spector por volver a ser el Wagner del pop; Darlene Love, Jerry Bo Keno… hasta ¡¡Kim Fowley!!. Disparos sin apuntar. O apuntando mal. El fallido dúo de Nilsson y Cher en “A love like yours“. Alcohol y cocaína. Oteando displicentemente a las nuevas hornadas, con el necesario puntito de orgullo y haciendo las cosas como cree que deben hacerse. Unas nuevas huestes lozanas, bien pertrechadas, jóvenes en su aspecto pero ya viejas desde su misma constitución. Acaso también sin alma. Sin molestarse en mentirnos. Y Dwight allí, con los primeros, uno más -Uno de los más, realmente- teniéndolo todo en la mano y viendo como se escurre, sin querer hacer nada que no deba hacerse. En un escenario vacío, sentado a los teclados, viendo a un mundo que no es el suyo pasar, desvanecerse. Con la compañía de la guitarra fiel de Bill Pitcock IV y los últimos rescoldos de la llama Seymour.



 

  La batería. Digna de cualquier sesión de los “Phil’s regulars”. Su fosco sonido. El palpitante eco. Pasado y verdad. Un eco que asusta porque avisa de lo que va a llegar. Diríase que casi reverbera. La batería digo. “Twilley” y sus canciones de anocheceres fríos. Canciones cuyo tono, su desarmante fuera de lugar, su apasionante desesperación, hacen que me recuerde al Spector del que hablamos. Me remiten  al trabajo de Hal Blaine y Jim Keltner en “Death of a ladie´s man” de Leonard Cohen. Otro que transita por la misma carretera secundaria. Uno de los discos más extraños, más inclasificables, más fallidos que recuerde. Y sin embargo también un disco increíble. Inacabable. Mágico. Doloroso como el más grande de los fracasos. Tan bello como la más hermosa de las utopías.

 

Y sí. Hablamos también de la Dwight Twilley Band. Hablamos de nosotros.

 

 

 Hay una canción en “Sincerely” que retrata todo el paisaje con fiel exactitud. Es puro acantilado Spector. Sus valles y sus cimas. La geografía de un tipo demente, atormentado, exiliado en su mansión, sin el punto de paranoia que le obligue a buscar el enésimo hit que justifique su obsesión ante los demás. Se titula “Release me”. Sí, definitivamente tiene un aire al Spector errante de 1971; al personaje de la epopeya que refleja una vida ya cuesta abajo, en permanente descenso a los infiernos. The walls of this hotel are paper thin... La rotunda certeza de estar fuera de lugar y de tiempo. La evidencia de que ya no hay competición que ganar ni reino que gobernar. El mismo ímpetu, la misma rabia, la misma ilusión. Lo único que la diferencia es la esperanza. En todo lo demás igual de barroco. Igualmente derrotada. 

 

 

De hecho “Release me” para mi tiene una deuda enorme con “Paper thin hotel”. Si es que suenan casi igual. Parece la misma fotografía, idéntica, sólo que vista con otros ojos.

 

 

Y treinta años después reconocerte al fin. Aquella fotografía desenfocada que te provocaba ternura y vergüenza está ahora, nítida y luminosa, frente a ti. Los mismos gestos, la misma curiosidad, la misma fe. Preguntándote, queriendo ser. Entrando apresuradamente en un nuevo territorio.  Así que era ésto. Ahora por fin sé lo que se siente al otro lado del espejo. Ahora sé que tendrá que tropezar para poder levantarse. Y lo que antes fue despreocupación son ahora miedos y, también muchas veces, júbilo. La vida a pedacitos. 

 

Hace treinta años. No, no pienso desaprovecharlos. Ni tampoco ninguno de los que me queden.

 

Anuncios

5 comentarios sobre “Hace treinta años. DWIGHT TWILLEY "Twilley"

  1. Sí que se puede decir algo más. Es de justicia. Que este texto mal redactado, aunque ahí largo tiempo agazapado, tomó cuerpo, entre otras cosas, a raíz de un hilo en un foro. Un foro al que llegué a amar. Y también a odiar. Y que sus aportaciones a dicho hilo fueron, como siempre suelen serlo, precisas y preciosas. Que inducían a la reflexión, que tenían esa rara virtud que es mirarse a uno mismo. También, claro está, al hecho de que en casa ahora somos dos gallos. Y el viejo -quién suscribe- comienza a ser consciente de la gallardía y pujanza del joven, hasta hace nada cachorro. La vida, claro.
    Gracias amigo.

    Me gusta

  2. No voy a soltar la tontería esa tan común de considearlo un talento despercidiado. ¿Como leches va a estar desperdiciado (o malogrado) alguien que ha sacado discos así? No le habra apreciado el público lo suficiente pero desde luego no ha gastado su tiempo.

    “All my life I´ve been lookin´for the magic” – Ahí esta, lo único que merece la pena. Y si lo dices encima con esa manera de cantar¿es un efecto de estudio tipo eco o realmente canta así? Parece una cosa estilo los hipídos de Buddy Holly, Elvis y otros rockers (de hecho, he leído que Dwight y Seymour curraron de músicos de estudio o algo parecido para Sun) pero actualizada.

    Me he pasado todo el verano escuchando, entre otras cosas, Twilley don´t mind y los dos primeros de Moby Grape…y no me he cansado en absoluto.

    Alex

    Me gusta

  3. Por un casual, ¿sabes si se puede escuchar algo de los primeros grupos de esta panda? Los Oysters y 1950 creo que eran.

    Me pille la copia del Dont Mind esa con bonus hace poco. Tenia la que incluye los dos primeros (que lleva otros bonus). La verdad que no me ha importado pillar dos veces el “mismo” disco. ¿Como se puede no sacar algo como “Fallin´ in love” Si es más bonito que enamorarse de verdad.

    Vuelvo a “Lookin´” todo el concepto del mejor pop esta ahí: los hipídos del rock antediluviano, los jadeos y los gruñidos, la letra ininteligible (ni falta que hace), el sonido, la chispa, la emoción, la confianza extrema que se ha de imbuir el tímido e inseguro (oh mercy susurran nada más comenzar la canción) para atreverse…lo que viene a ser un adolescente de toda la vida.

    Alex otra vez.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s