Un single cada domingo (XV) … LOS HURACANES "Piensa en mi"

 

 
“Piensa en mi, como me has engañado, piensa en mi.
No es verdad que tu me has hecho daño, no es verdad, piensa en mi
Poco a poco, día tras día, yo estoy loco porque no eres mía.
No es verdad que tu me has hecho daño, no es verdad, piensa en mi”

 

Son ya cerca de tres años en esta bitácora, dando la tabarra con cosas que les podrán gustar más o menos y siento una irreparable vergüenza al advertir que todavía no he empleado ni un mísero párrafo en hablar del que probablemente sea el mejor grupo que ha habido en nuestro país. Además, el hacerlo ahora y hoy, en esta cómoda sección del single semanal -a veces, lo reconozco, tarea de aliño- en vez de dedicarles el merecido post, completo y detallado, algo que le haga mínimamente justicia a su desbordante talento, no hace más que abundar e incidir en el tipo de (mala) persona que debo ser. Tobillera y ventajista, diría un amigo muy querido. Desmadejada, vacilante y de escaso recorrido, puntualizo yo.
Hablar del árbol genealógico de Los Huracanes es hacerlo del embrión del rocanrol valenciano, de su centro neurálgico, de su piedra rosetta. Surgidos del cogollo, de los rescoldos de varios grupos históricos, Victor Ortiz, su inmenso cantante, provenía de Los Pantalones Azules, mientras que Pascual Olivas, guitarrista soberbio, talentoso e imaginativo, había estado en Los Milos y en Los Top Son. El grupo, en su formación digamos clásica lo completaban Julito Andreu a la batería, José Segura “Malayo” al bajo y un segundo -y soberbio- guitarrista, José “Pepito” Casquell. Fichan por Emi /Regal, donde publican, desde 1966 hasta 1968, ocho Eps que van de lo formidable a lo excelso. Además -algo bastante inusual para la época- un Lp en 1966, y, todavía más extraño, únicamente con repertorio propio. Un disco más que recomendable,  casi perfecto y muy cotizado hoy.
 
También harían versiones, por supuesto. Era la época de los descubrimientos y nadie en su sano juicio era inmune a tal festín; “For your love” de los Yardbirds, “Linda Lu” de Ray Sharpe, “Hold tight” de DDDM&T  o “Eve of destruction” de P. F. Sloan (popularizada por Barry McGuire) e incluso algún homenaje no acreditado como “Esta tarde a las siete” que es en realidad el “Mean woman blues” trasplantado a su Mediterráneo vital. Su repertorio, ya se ha dicho, era propio, de una variedad de estilos tan sorprendente (garage, beat, popsike, rocanrol, soul) como más sorprendente era todavía la pericia, el gusto, la finura y naturalidad con la que los ejercitaban. 
 

  Lo dicho. De todo y todo bien. Garage crudo con ribetes humorísticos en “El calcetín” -arrebatadora desde el mismo break inicial de batería que la abre, Julito Andreu marcando territorio, la clase a las baquetas hecha hombre- o llorón (“La canción del malayo” algo que hay que escuchar para creerlo, a años luz de cualquier cosa hecha aquí -incluso fuera- con la banda arrebatada, en estado de gracia; la guitarra de Pepito Casquell dibujando arabescos, creando sonidos que pensabamos aquí y entonces imposibles y Don Victor Ortiz ofreciéndonos un curso de como se debe cantar en tres elocuentes minutos. Un manual de como dar sitio y espacio a la canción, de servirla y no servirse, expresando todo un rango de sentimientos sin afectación ni doblez, con aspera convicción (La frase “Haz sólo así, Uoooououoouoo” dice más que muchas carreras literarias). 

Igual todo aquello que medios tiempos de regusto psych como “Otilia y Rafael”, lo más parecido a los Electric Prunes que por aquí se hizo; El inicio con los platillos, breves, acariciados, al que se le suma el etéreo lamento de la guitarra, pellizcada, sinuosa mientras Victor Ortiz nos narra la enigmática historia de la pareja, diríase propia de la literatura fantástica; Un espectral cuento que nunca he llegado a saber si es misiva de enamorado desesperado, dialogo entre dos amantes muertos hace ya mucho o ambas, muchas más cosas a la vez. Y pienso, cada vez que la escucho lo bien que hubiese encajado en la banda sonora de “La Llamada”, ese hermoso cuento espectral en el que Emilio Gutierrez Caba, inmerso en la negación de la muerte del ser amado, viaja hacia un lugar que es ninguna parte y que es también el amor sublimado. De nuevo los breaks de Julito Andreu, el redoble de batería in crescendo, ese aire a requiem de difuntos.  

 No puedo olvidarme de su personalísima aproximación al beat; “¿No piensas volver?, “Aún”, “Ocho días cayendo lluvia”… son canciones que rebosan clase, naturalidad. Canciones plenas de matices, de una rotundidad instrumental apabullante y precisa y que aquellos tuvieron la fortuna de disfrutarlo en directo en su momento nos lo recuerdan -y hacen bien- a cada momento que pueden. Qué decir de su recorrido por el así llamado popsike, eliminando el componente frívolo y artificial hasta llegar a trascenderlo, dotándolo de un carácter propio, triste pero no afectado, de una pureza acaso ingenua, tamizada siempre por un velo melancólico, quedo y evocador, riquísimo en matices; “Desde la prisión”, “En tinieblas”, “Nada soy sin ti”, “A la caida del sol”... O de su primeros coqueteos con el soul (“Carnaby street”) más tarde desarrollado, hasta cerca de la perfección, en su etapa Belter.

Y siempre, en cualquier de esos campos, una actitud vital optimista, muy abierta de mente y perfectamente empatizada con su habitat natural. Esa cosa llamada mediterránea que oscila entre la alegría de vivir y la falta de pretensiones. Una querencia irrenunciable por la melodia, una competencia instrumental de un calado sorprendente, una facilidad para componer y plasmar su espíritu, tan personal que se volvía referencial sin apenas pretenderlo. Es ahí donde estriba gran parte del valor de su obra; las multiples interpretaciones, la variedad de matices que eran capaces de sugerir, el impecable gusto y cariño por aquello que hacían.

 

En 1969 sucede un pequeño cisma -indoloro quiero pensar- en el grupo. Algo -supongo- debido a las peripecias vitales, a las elecciones voluntarias, antes que a cualquier mal entendido. Pascual Olivas los deja y decide encauzar su vida hacia su profesión, la medicina. El grupo, escopetado de la Emi, firma un nuevo contrato con Belter. En apariencia, de puertas afuera,  será algo similar a un descenso de categoría. Hay más movimientos. Abel Mena y Pepe Morato entran a formar parte de Los Huracanes. Procedía el primero de los estupendos Protones. Valencianos de Cullera, contaban éstos con dos Eps en Emi/Regal de vitaminado garage beat,  hoy muy buscados. Ocho únicas canciones sería su legado, pero que canciones. Seis de ellas propias – entre ellas la inolvidable “No te dejaré”, un tiro rotundo, ululante, puro nervio y actitud- y dos versiones; “Time is on my side” de los Rolling Stones y “Marmol, piedra, hierro”, una canción alemana popularizada por Drafi Deutscher y que ellos llevan a otra dimensión; Bajos retumbantes, breaks de batería y unas voces airadas, declamativas, con chulería innata, la de verdad. La chulería inconsciente y despreocupada de los veinte años.

 

 
Pero sigamos con Los Huracanes. Estamos en 1969 y decíamos que acaban de fichar por Belter. Publicarán allí seis sencillos y un Ep. Comienza los Huracanes soul. Las nuevas incorporaciones inoculan una fiebre incubada desde hace tiempo; Vientos que son vendavales, coros, bases rítmicas y el órgano desbocado… Sudor perlado, de sabor salado. Grasienta textura y profundo sabor, como un all i pebre, ligando todos los ingredientes del guiso por la inolvidable voz, como siempre, de Victor Ortiz; poderosa, amplia de registros, matizada y dúctil, ahora transmutada en la de un vigoroso soulman.
 
  Galas en la costa, veranos de cinco meses. Muslos tersos y ojos desorbitados. Fotogenia discutible reflejando cambios estéticos de imposible apariencia; melenas, perillas y patillas por cabezas cinceladas con raya a un lado. Cierto sobrepeso donde antes sobresalían los huesos. Multicolores chalecos de inspiración india por trajes negros de tres botones. Flecos, fulares y acampanados pantalones a rayas sustituyen a los pitillos con dobladillo. Guerreras y tacón cubano por botines made in Elche. Es el signo de los tiempos. “Todo nos sonrie”, “Algo por nada”. “Me haces mal”. La fiesta infinita. De nuevo -no podía ser de otro modo- y como siempre un sentido melódico irrenunciable, propio, donde la melancolia y el evocador ensueño, ahora disimulados entre dunas ardientes y salas de fiestas atestadas, brotará a poco que rasquemos. Su toque, el toque Huracanes, siempre latente. Entre giros inesperados, modernismo de postal y el inevitable paso del tiempo. La melodía, la melodía. 
 
 Vaya, al final parece que lo he hecho. He conseguido hablar mal que bien de tamaños titanes. Nada que se aproxime ni por asomo a lo que fueron, ni mucho menos que les haga una mínima justicia. Nada más que mero recuerdo del lamento y del gozo, pero -ténganlo por seguro- sincero y humilde homenaje. Y si volvemos a aquello de hacerles justicia, nada más relevante y apropiado que escucharlos. Verán que allí estaba todo.

 

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KEREN ANN. "La disparition" (Emi France, 2002)


 En una esquina cualquiera del mundo –“a diez pasos de tu casa, a diez pasos de la mía”– comienza a sonar una acústica perezosa.  Melodías entonadas por el arrullo de palabras que olvidamos hace tiempo. Arreglos de cuerdas quedos que semejan un oleaje que ni puede ni quiere ser marejada; “Que la luz sea como la del primer día, la del primer mes”

 
 Callar, apenas musitar cuando el tiempo, asesino, tenga el valor del que nosotros carecemos. Cuando entierre nuestros amores perecederos bajo arenas movedizas. Permanecer fríos, ser elegantes incluso cuando no nos tomen en serio. 
  Esbozos de una felicidad pretérita empañada por la añoranza. Un sample soterrado de “Chelsea morning”. Arpas, fagots, oboes, clarinetes y flautas. Coros infantiles que le confieren, todavía más, un atmosfera irreal en su rutina. Apacible y plácida. La guitarra acústica de nuevo, omnipresente. Sutiles, esporádicas programaciones empeñadas en reproducir el goteo constante de la melancolia. Un piano y un hammond B3 conversando mientras la niebla cae, velando el tiempo con un manto intangible de cuento gótico. Fotografías en tonos sepia. La imagen de una mujer, de cualquier mujer. “Quedémonos aquí, el sol es menos pálido, el viento menos lunar. El agua es azul, azul turquesa. Y mientras tu duermes yo no hago más que pensar en los ríos de enero”.
 
  Miradas de soslayo, un leve roce, la sola presencia deseada. Sonrisas. Reirse de uno mismo. Complicidades en silencio que nos recuerdan, como si observásemos por una cerradura, aquello que nos empeñamos en cambiar y que sigue, ya para siempre, con nosotros. El dulce aroma de Françoise Hardy, elegante, distante, gélido,  circa 1971/1973; “Point”,”La question”, “Et si je me’en vais avant toi”.
 
Un contrabajo y una trompeta con sordina. La alusiva caja de música. Escuchar un murmullo, un tarareo y saber que no hace falta nada más; “Sentimientos anticuados. Como una antigua bailarina de la Ópera Garnier, como una camisa de popelín, como un soneto de Mallarmé.
 
 “La espuma de los recuerdos. ¿Debo sonreir?. Lágrimas como diversión. ¿Debo llorar?. Quedarse o marchar. Mejor elegir desaparecer”.
 
  Ayer y hoy. El mañana. Las infinitas combinaciones del rompecabezas que configura el devenir del tiempo. Algo tan, mmmm “Surannee”, sí…  como las vicisitudes del amor y el desamor entrelazadas. Bálsamos y cicatrices que la vida y el azar nos deparan. Viéndolas pasar unas veces, agarrándonos a ellas otras. Con nosotros. En nosotros. Para siempre ya.  
 
“La Disparition”
 
 

Un single cada domingo (XIV) … REALIDAD "Alguien llora en silencio"

 





 
 Un poco -o un mucho- de los Módulos; la rotundidad instrumental, el órgano soberbio, omnipresente, que perfectamente podría ser el de Tomás Bohorquez. Algo de Camilo; su entonación, el liviano dramatismo de la letra, el fraseo y pronunciación en su sitio. Una innegable vocación pop. También mil cosas más, a las que remiten cada vez que la escucho y que ahora no sabría decirles. En definitiva, un déjà vu agradabilísimo, placentero.
 
 Granadinos, Realidad publicarían nueve sencillos en el sello Novola que pasaron sin pena ni gloria, desde 1971 hasta 1976. “Alguien llora en silencio” fue la cara B de “Sausalito” (Novola NOX-202, 1973) y me parece, de largo, su mejor canción. Fue compuesta y producida por Alejandro Jaén, quién después emprendería carrera como músico en solitario, componiendo sintonías para programas de televisión como “Esta noche fiesta” (para el programa del mismo título presentado por José María Íñigo) o “Atrapado (625 lineas)” bajo el nombre de Atomium, ambas en un mismo sencillo, accesible y muy recomendable, publicado por EMI en 1977.

ROBIN GIBB "Robin’s reign" (Polydor, 1969)

 
 
“… No es sencillo ser un freak de Robin Gibb. Lo digo por propia experiencia. He sido objeto de un montón de burlas por parte de esos dependientes “modernos” de las tiendas de discos de mi zona, enganchados a bostas del calado de Nine Inch nails, cada vez que he preguntado por él. Así que ¡Que les jodan a todos pero bien!. Robin es el hombre…”
Julian Cope
A finales de 1968 los Bee Gees están a punto de publicar un nuevo sencillo. Las cosas no marchan comercialmente como esperaban. Cada vez más son un ente bicéfalo (Barry, Robin) en el que Maurice no cuenta prácticamente para nada, salvo -vaya, tal vez esté completamente equivocado- atemperar y manejar las crecientes tensiones entre sus dos hermanos. El resto de acompañantes, después el abandono de Vince Malouney y Colin Petersen tras “I started a joke”, son músicos de sesión que incluso han dejado de aparecer en las fotos promocionales. Robin está convencido que su canción “Lamplighter” va a ser la elegida como cara A, pero en un movimiento de última hora Barry consigue desplazarla a la cara B colocando en su lugar una propia; “First of may” (en mi opinión bastante peor). El detalle, con ser sintomático, no es tan importante, de lo que se deduce que una situación larvada en el tiempo, en la que subyacen egos, envidias y precipitadas decisiones, ha utilizado esa discusión en concreto como desencadenante de algo casi anunciado. El desenlace es el abandono de Robin de los Bee Gees y el inicio de una carrera en solitario.
 
 El primer intento acierta de pleno en la diana. Robin graba y publica un single, “Saved by the bell”. Es un éxito absoluto, llegando al #2 en las listas británicas. Mientras tanto el resto de los hermanos Gibb se estrellan con un mediocre “Tomorrow tomorrow”. El primer asalto del enfrentamiento fraticida tiene pues un claro vencedor.
 
 Con “Saved by the bell” escalando en las listas Robin da un paso al frente y decide grabar lo que será “Robin’s Reign”, un Lp hoy maldito, decadente, olvidado y en mi opinión soberbio. Todo un triunfo artístico, arrinconado e infravalorado (de hecho este último calificativo incluso sea excesivo en su bondad, ya que parece que su memoria se haya borrado de la faz de la tierra). Un disco sin una canción mala, unas cuantas sensacionales y un par de obras maestras. Un disco un tanto tétrico, sumamente melancólico y triste, con multitud de capas sonoras y mucho más experimental (en el buen, mejor sentido del término) de lo que se pudiese esperar. Un disco hecho sin red alguna, mostrando todos y cada uno de sus demonios, sus miedos y temores, pero dejando también espacio para la esperanza y el futuro que ya nunca sería. 
 
 “August october” será el prefacio perfecto. Algo esplendido, sorprendente. Una balada que abre con una mandolina y algo que suena como una batería programada o una caja de ritmos analógica para dar paso inmediatamente a su voz, doliente e implorante. Una voz que sube y baja como un tobogán por todo el rango de sentimientos posible con una facilidad pasmosa, casi impúdica. Los coros, apenas esbozados, de un tono lúgubre y doliente, acaban por vestirla de manera inolvidable.
 
“August october” será la elegida como segundo sencillo. Su fracaso es estrepitoso. A ésta le sigue en el disco “Gone gone gone”, un tanto, bastante, Bacharachiana. Una canción con ese punto observador y detallista de lo pequeño, aquí siempre narrado en primera persona, que Hal David solía dar a sus letras; “Soy demasiado rico para ganar, soy demasiado frio para arder”. Conocer y (aceptar) las propias limitaciones. Sin tener porque estar de acuerdo. Asumirlas y vivir con ellas.
 
 “Worst girl in this town” cambia un tanto de registro. Su “Ahhh…” inicial denota el drama que se avecina, el tono conmiserativo, enfadado. Pero no un enfado acusador, al contrario, sino mera descripción casi obligada. Su fantástica voz es solista y también coros (doblados y superpuestos en la melodía, hasta encajar como el oleaje en la arena, cadencioso y constante) que le confieren un aire casi espectral que denota lástima e ira, esperanza y derrota y finalmente asunción.
 
“…There are lots like you. That it’s not true. I’d be a fool to stay and join the queue, you’ve stayed with other men behind my back. I know that if I stay, I’ll surely crack…”
 
 Nunca sabremos exactamente que es lo que podía existir en la mente de un jovencito de diecinueve años. Que tipo de ensoñación o de realidad se había incubado en su interior. Hasta la canción pretendidamente alegre, esa otra maravilla, ahora sí, Bacharachiana cien por cien (el tempo, los vientos, la coda final), deja un poso de  irremediable fatalidad, de presencia y consciencia de que el final del sueño se avecina. De un lado sombrío que, pese a los esfuerzos, está ahí, a la expectativa, brotando a la mínima sin que nosotros, meros mortales, podamos hacer mucho más que verlo pasar;
 
“…Of all the moments in our time, there’s none like this. And ev’ry day when our lips met, there’s none so bliss. For when I say sweet c’est la vie, i laugh and leave with tears on me…”
 

 La belleza clásica, esa canónica y también fatal, continua con “Dawn came the sun”. Quizás la más Bee gees de todo el Lp. La -aparentemente- menos atormentada. El reconocimiento de sus orígenes; “First”, “Horizontal”, “Idea”…

 
“Mother and Jack” cierra la primera cara. De nuevo la intro con el sonido bizarro de batería programada. Da la impresión de que las cosas van a cambiar. Cierta alegria formal parece entreverse… hasta que te fijas en la letra y adviertes que habla sobre el desahucio de una familia de su apartamento. Caso cerrado. Un tipo inquietante Robin.
 
 La segunda cara del disco comienza con el cambio de uniforme. Robin ha mudado el British household cavalry uniform de la Royal Guard (su casco dorado, el penacho negro en su cima) que luce en la portada por el de gala de los Granaderos de la Royal Guard. El imponente bearskin en la cabeza, el sable a su izquierda y las borlas rojas pendiendo del derecho. “Saved by the bell”, el éxitoso sencillo del que hablamos más arriba la abre. A continuación “Weekend”, tal vez la que menos me guste. Y aunque el tono vuelva a ser moderadamente alegre, sólo su frase de bienvenida –“Hello, i’m down”– hace que mude en cuestión de segundos a tristeza y melancolia.
 
 “Former Ferdinand Hudson” es más extraña si cabe; Un arreglo de cuerda crepuscular, lánguido y en retirada, bajo el que podemos adivinar, soterradamente, el leve redoble de tambores de un regimiento vencido, sirve de incio a un dramático, casi psicodélico, lamento que remite -de nuevo- a los Bee Gees de “Down to earth” (“Idea”, ¿Recuerdan?). Súbitos recesos, guitarras tratadas, guitarras tambaleantes, casi metalicas, acaban por dejarnos con la boca abierta ante un salto sin red, sin temor, si me apuran sin pudor. A pecho descubierto. A continuación más madera, “Lord Bless all”. El momento más introspectivo. Un órgano y su sóla voz. Imagínense por un momento una catedral vacia, donde los altos arcos y cúpulas provoquen la reverberación exagerada, casi la transposición del alma. Una estancia donde pudiésemos levitar, artificialmente o no. Espíritu y cuerpo en busca de la perfección sentimental. La eterna pugna entre el averno y el paraíso sabiendo que el único estado posible es la combinación de ambos. Una perfección del todo imposible pero a su vez consagrándonos en su búsqueda. Un requiem para los caidos en la batalla, sea está en el campo o en el corazón. Algo religioso, terrenalmente espiritual, si tal calificativo valiese, ustedes me disculparán. El tono ahora muta a lo Scott Walker, el de “Tilt”. Tan sólo que ¡¡Diez años antes!!. 
 
“… Lord bless all, Lord let all be blessed. And when you sleep, London streets are silent.
All the world is full of song. And when you have woken, after dawn has broken.
Snow filled fens will vaguely fill your eyes. You’ll be guided by good will.
Now the bells in your town are ringing, far away the joy of carols singing .
Bringing all a song to share.
Lord bless all, Lord let all be blessed. And when you sleep,London streets are silent…”
 
 Y para cerrar, el summum, la perfecta arquitectura hecha canción. Una explosión de registros y sentimientos titulada “Most of my life”. Probablemente la canción más triste del mundo. También la más feliz. Sí, lo sé, es un contrasentido, pero lo mantengo. El clasicismo perfecto, el más moderno que el más novedoso de los hallazgos. Por derecho, entregado y perfecto.
 
  Piensa uno que existen leyendas sustentadas en mucho menos. Tampoco es cuestión de desmerecerlas, en absoluto. Sólo digo que si la carrera de Robin Gibb no hubiese tomado los derroteros que todos conocemos, estoy convencido que esta canción, esta maravilla (El disco entero en realidad) merecería reediciones y parabienes, figuraría entre las más recordadas por los aficionados, las más imperecederas. De hecho lo está. Aquí, en mi refugio. El de todos ustedes.
 
“…La mayor parte de mi vida he tenido que escapar. La vida no era más que un juego y tuve que jugarlo. Los amigos que pensé tener nunca estuvieron. Buscas el amor pero no sabes dónde, mientras participas en una carrera que no conduce a ningún lugar…”
 
El reino de Robin. El reino de los amores perdidos.


 

Un single cada domingo (XIII) … SUSAN AVILES "Eine schöne welt"

 

 

La caspa y la presunta modernidad. Clubs atestados de belleza distante; Sandy Serjeant, Heidi Brühl. “Berlin”. Un primer plano de unos labios, exageradamente carnosos, de trazo tan ancho como corto. El pintalabios que semeja haberse olvidado llegar hasta las comisuras. Labios, de tan perfilados, que parecen a medio pintar. Flequillos y melenas, lacias, oscuras. Bonvivantismo y despreocupación. Toneladas de rímel, una piel con un moreno exagerado. Butterflies never cry. Estrábicas libidinosas alternando con galanes de cartón piedra; altos, recios, rubios. Fuzz, pedales, vientos a go-go. Gigantescos escotes, canalillos perlados de sudor. Minifaldas y botas altas. Gunter Sachs. Fulares estampados, solapas enormes. Harry Bauman, Peter Nero, la Hazy Osterwald jet set, el “Swingin’ hamburg”. Las películas de Jess Franco. The Rattles. Kuno y su marihuana mantra. Aquellos americanos dementes, idos, vestidos con sotanas y las coronillas rapadas, como si fuesen monjes. “Complication”. Jerry Cotton y Peter Thomas. Gerhard Heinz, sus partituras para los porno-soft de Oswalt Kolle. Hildegard Knef, Helga Schram; señoras mayores decorándose de falsa juventud. Dietmar Schönherr y Vivi Bach. Un cocktail molotov. O dos. Todo vale.

Soledad Miranda, contorneándose, bailando en el medio de la pista “Eine schöne welt”, sabiéndose observada por todos. Sin importarle nada. Un mundo maravilloso..

 

Un single cada domingo (XII) … PUSSYCAT "Dans ce monde de fous/ Aucune fille au monde" (RCA, 1968)

 

 
Pussycat (Evelyn Courtois) comenzó siendo miembro del grupo Les Petites Souris, que publicarían un ep –“Ce n’est pas triste”– para RCA Victor en 1964 para a continuación disolverse. Evelyn permaneció en el sello y adoptaría el nombre de Pussycat a partir de una canción de Tom Jones incluida en la banda sonora de “What’s new pussycat“, película de Clive Donner y con Peter Sellers como el Dr. Fassbender.
 
  En 1966 lanza su primer ep, repleto de versiones, entre ellas una de los Small Faces (“Ce n’est pas un vie”/ “Sha la la la le”), los Moody blues (“Stop”) los Spokesmen (“Le temps ont changé”/”Have coourage, be careful”) y Dionne Warwick (“Mais pourquoi”/”You’re no good”). Recurrirá a repertorio de compositores franceses para su segundo ep, editado en julio del mismo año. Ambos pasan sin pena ni gloria.
 
 Hacia finales de 1966 lo vuelve a intentar con un tercero; Dos versiones de Los Hollies (“Have you ever loved somebody”/”Si vous avez déjà aimé” y “Bus stop”/”Arrêt d’autobus”) y otra de los Herman Hermit’s (“Listen people”/”J’avais jure”) completarán el ep junto a una composición original, “Je te dirai”.
 
 Sigue sin suceder nada y decide tomarse un descanso durante todo 1967. Para su vuelta, el año siguiente, opta por grabar su propio material. Lo primero que publica, un single, es algo estupendo, en mi opinión lo mejor que hizo: “Dans ce monde fou”, escrita por ella, prueba que tiene talento y es capaz de escribir canciones tan pegadizas como cualquiera que haya versioneado. En la cara B, en cambio, otra versión. ¡Y qué versión!. Una toma soberbia, rotunda, de “(You got) The power of love” que los Everly Brothers habían incluido en su Lp “In our image” de 1966 y que es la que les sugiero como single de esta semana.
 
  Sigue sin suceder nada. Todavía haría un último intento en 1969 publicando un postrero Ep con tres composiciones propias (“Cette nuit”/”Hymne aus soleil” y “On jou”) junto a una versión del “She’s not there” de los Zombies titulada “Te voilà” para a continuación dejarlo.