Un single cada domingo (XXII) … THE SEASONS "Today" Ep (CEM,1967)

 

 Hacia ya un par de semanas que no aparecía por aquí los domingos. Unas pequeñas vacaciones junto a una celebracion laaarga y divertida del aniversario de unos muy queridos amigos lo hicieron en todo punto imposible. No sé si habrá sido para bien o para mal, ustedes verán, en cualquier caso uno continua con sus costumbres. En este caso compartiendo con ustedes el único Ep de los argentinos The Seasons que conozco, publicado en España por la Compañia de Música española (CEM) en 1967. Un Ep con una portada que en absoluto ilustra lo que habita sus surcos -algo bastante común en la época-y que puede por tanto llevarles a la confusión si tienen la fortuna de toparse con él; Una fotografía de Pérez de León con una muchacha pizpireta apoyada en una guitarra que igual podía servir para presentar un Lp de exploitos o de versiones de canciones del momento como para ilustrar el lanzamiento de un grupo del que no se tenía archivo gráfico tal y como es el caso que nos ocupa.
  Los Seasons fueron una banda argentina que publicaron un sólo Lp en su país titulado “Liverpool at Buenos Aires”. Estaban liderados por Carlos Mellino (posteriormente en Alma y Vida) y Alejandro Medina (más tarde en Manal) acompañados de Carlos Centonze y Freddy Izorogastua. Altamente contaminados de la fiebre Beatles imperante en todo el mundo, firmaban todas sus canciones como Max y Rodney, en un intento más de emular a sus ídolos Lennon/McCartney. Las cuatro canciones de este Ep oscilan entre el enésimo acercamiento al repertorío Beatles tan en boga, realizado de una manera digna y personal, un tanto similar al modo de aproximación yanquí de, digamos, unos Hardtimes o Kitchen cinq (“I think i’ll just bear no longer”) y la balada -o mejor medio tiempo- atípica, con sus arpegios elegantes, el juego a dos voces, entre lo airado e implorante, más la suma de unas guitarras en primer plano, elegantes y delicadas en “Guide me to your life”. Una suplica que remite a la música medieval y a los Beatles, sencilla pero hipnótica.
 Hay también, en mi opinión, dos piezas de primerísimo nivel; “I´m here again” es un enérgico e imaginativo ejercicio de folk rock ceñido por un corsé Beat apenas perceptible combinado con una contundente base rítmica. El handclapping y de nuevo las guitarras, sinuosas y sugerentes, terminan por redondearla. La joya de la corona es “Today”; Todo clase y elegancia. Garage beat llorón de primera magnitud, minuciosamente ejecutado y con muchas más aristas y recovecos de los en un primer momento advertidos. Una canción que crece desde la simplicidad para terminar convirtiéndose en varias, de tantos meandros como el más intrincado de los ríos. Cosa seria oigan.
No me resisto a subir este vídeo. Esta canción sólo se puede encontrar en su Lp, no publicado jamás aquí. Finura y elegancia.
 
Anuncios

MICKEY NEWBURY "Harlequin melodies" (RCA, 1968)

 
Existen convenciones que se derrumban a las primeras de cambio. Me refiero, claro, a las convenciones del estilo. Sé de lo que hablo, soy especialista en ello, en construir castillos de naipes para a continuación pasar a demolerlos. Como decia el escorpión de la fábula, “es mi naturaleza”. Creo que ya les he aburrido alguna vez que otra con mi teoría de las certezas así que será mejor para todos pasar a lo que sigue.
 
 Recuerdo haber comprado este disco en un viaje a Nueva York hace ya demasiado tiempo, tras leer en la contraportada -y no saberlo en aquel momento- que Mr. Newbury era el compositor de “Just dropped in”. Fue un viaje de esos iniciáticos en el sentido que te forman musicalmente, para bien y para mal. Años pre internet donde el boca a boca, las lecturas apresuradas y cierta tendencia a la ensoñación, tan natural en uno, sólo encontraban freno en mi falta -aún mayor- de conocimiento y lo limitado de mi cartera. 
 
 Cuando regresé a casa, al ponerlo en el tocadiscos, quedé instantáneamente hechizado por el estrambótico sitar que ornamentaba toda la canción y el aire de strange music que desprendía. Andaba uno por aquel entonces -bueno, sigo haciéndolo- combinando sus incursiones musicales entre las obras más o menos serias (todo los serias que una persona estropeada como yo pueda pretender acumular) y los ejemplos más atónitos que pudiese encontrarme. Estúpido de mi lo catalogué rápidamente como un ejemplo más de las aberraciones tan placenteras que pululaban por los dos volúmenes de los libros Incredibly Strange Music (de Ken Nordine a Peter Grudzen, de Robert Moog a Jean Jacques Perrey, de Eartha Kitt a Andre Williams… y así mil más) sin detenerme a escuchar el resto, ansioso como estaba por descubrir aquel mundo maravilloso que se presentaba ante mis oidos.    Unos calificarán ésto de diletante empeño, otros de poco rigurosa andadura, los más benévolos y amables de asunto curioso, así que no voy a mentirles; esos han sido los cochambrosos cimientos de mi dispersos -y escasos- conocimientos. Un batiburrillo donde se mezclan sin orden ni concierto y en distintas dosis mil estilos. Sólo les pido un par de cosillas; Melodía y actitud. Lo demás puedo llegar a disculparlo. Por eso cada vez que tengo el placer de recibir a alguien en mi casa, tanto la física como en esta virtual, me cuesta bastante articular un discurso más o menos inteligible y termino por darles las gracias ante su comprensión y cariño.
 
 Bueno, a lo que iba. Tiempo después recuperé aquel disco. Se llamaba “Harlequin melodies” y pienso que en esa ocasión sí conseguí advertir su grandeza y personalidad. Son las segundas oportunidades asunto que suele darse bastante a menudo del mismo modo que también acostumbramos a ser tan bobos de no advertirlas. Descubrí entonces un disco grandioso (y otros posteriores como “Looks like rain”, “Heaven help the child”, etcétera), no por grandilocuente ni espectacular, sino por pródigo y generoso en su descripción, y con él a un tipo llamado Mickey Newbury. Un hombre con una voz. Sí, lo sé, empleo mucho ese calificativo, pero tampoco sabría de que otra forma explicarlo. Explicar o describir a alguien con un discurso y una cosmologia propia, que tiene la virtud de ofrecer una mirada que no pretende juzgar, tan sólo mostrar; descriptiva y panorámica. Una aproximación a las cosas que sin embargo tampoco está ausente, ni es cínica. Que no toma partido por nadie pero que en cambio ESTÁ ahí. Tan sutil y honesta que con sólo situarse -no necesita más- nos muestra su punto de vista.
 
 No voy a aburrirles más. Lo mejor de esta bitácora siempre ha sido la música. Lo que si que me voy a permitir es traducirles a mi manera, descabalgadamente, las notas de la contraportada de “Harlequin melodies”. A mi me han gustado. Son sinceras y escrutadoras, pese a estar redactadas desde la devoción y el hallazgo. Y pese a todo ello, no son serviles ni fatuamente lisonjeras en absoluto.
 … En febrero de 1968, tras haber leído un artículo que publiqué sobre Louis Armstrong en el Harper’s Magazine, una de las revistas americanas más respetadas de entonces, los editores decidieron enviarme a Tennesse para escribir acerca de lo que estaba pasando -musicalmente- en Nashville. Durante las varias semanas que estuve allí hablé con las grandes figuras de Nashville, de prestigio mundial (Chet Atkins, Marty Robbins, Flatt and Scruggs, Eddy Arnold y muchas más). Todos eran especiales para mi, viejos ídolos, así que yo ya viajaba propenso a impresionarme con su obra.
 
 Nada, sin embargo, me había preparado para Mickey Newbury. Aunque ya era un exitoso escritor de canciones para la Editorial Acuff y Rose desde hacía casi dos años, jamás había oido hablar de él. Nos encontramos por medio de un intermediario y prácticamente enseguida encontramos un punto en común; ambos eramos tejanos. Compartíamos también un obvio amor e interés por la música. De su inmenso y personalísimo talento yo todavía no sabía nada.
 
 Una tarde, en la habitación de mi motel en Nashville, agotado por haber asistido a interminables sesiones de grabación y haber entrevistado a todo aquel que me había parecido intresante en la ciudad, estaba ya a un paso de caer rendido. Fue entonces cuando Mickey Newbury tomó su guitarra e interpretó dos canciones que había compuesto las cuales estaban escalando en las listas; “Funny, familiar, forgotten feelings” y “Just dropped in”. Al instante el cansancio desapareció. La extraña combinacion de los sagaces textos de Micky, su pureza en busca de una voz sin ayudarse de los trucos de estudio y su sencilla pero personal forma de tocar la guitarra me conminaron a pedirle más. Mickey lo remató con dos nuevas canciones, hasta entonces inéditas; “Good morning dear” y “How many times must the piper be paid for his song”. Para entonces yo ya estaba colgado del teléfono balbuceando a mis amigos de Tejas y Nueva York sobre mi nuevo descubrimiento. Mickey Newbury -lo dije entonces y me reafirmo ahora-  fue el tipo con más talento con el que me topé en una ciudad donde habían muchos tipos talentosos. Cada noche durante una semana desde entonces Mickey Newbury entretenía en mi habitación del motel a una audiencia cada vez más numerosa (incluido un amigo mío que voló desde Nueva York adrede y que flipó como lo hice yo) y, más a menudo que otra cosa, le haciamos cantar “Sweet memories”.
 
Todavía puedo ver -y escuchar- a Mickey apoyado sobre la guitarra, la cabeza inclinada como si siguiese alguna música secreta más alla de los meros mortales, una lenta y agradable sonrisa esbozándose en su rostro como si fuese una especie de ángel benevolente cuando algún pasaje o alguna nota estremecía su alma como sólo la música puede hacerlo. Por aquella época este disco no era más que un esbozo emborronado por la fervorosa esperanza, de brumoso e indefinido futuro, que passaría a la historia tiempo más tarde. Si Mickey grababa un disco con sus propias canciones yo quería ser el que escribiese las notas, el encargado de difundir al público americano ese sentido único de felicidad y excitación, de extrañeza y dulce amargura que sus composiciones me inspiraron en esas frías noches de Nashville.
 
 La creciente reputación de Mickey Newbury como uno de nuestros mejores compositores se basa en gran parte en su amor por la gente, por toda la gente. Yo creo que este amor es casi tan grande como su amor por los textos hermosos o su relación tan natural con las notas musicales. Su música es particularmente americana en la misma tradición que lo son algunas de nuestras glorias literarias -Faulkner, Twain, Wolfe, Hemingway-. Fluye de un compromiso personal profundo con esta tierra, con sus paisajes y sus gentes. Más aún, ve tanto las debilidades como la fortaleza de sus gentes. El trabajo de Mickey Newbury reconoce y retrata todo eso. Capta no sólo los jubilosos ritmos y rugidos de este lugar en el que vivimos sino también a los vencidos y solitarios, todos esos momentos sórdidos de los cuales nos avergonzamos ante Dios.
 
 Escuchar a  Mickey Newbury cantar sus propias composiciones -dándoles el énfasis, el sentido y el espíritu que su autor pretende- debe ser algo como escuchar a Mark Twain leer en voz alta “Vida en el Mississippi” o “Cartas desde la tierra”. Twain, sin embargo, no sabía tocar la guitarra. Newbury sí…
 

Larry King

EQUIPE 84 "Io ho in mente te" (Dischi Riccordi,1966)

 
Originarios de Modena, Equipe 84 se forman en 1964 a partir de la evolución y fusión de dos grupos anteriores Los Jóvenes Leones y Paolo y los gatos. Tras múltiples cambios de formación hasta lograr dar con la tecla adecuada, los Equipe 84 clásicos estarán formados por Maurizio Vandelli (voz solista, guitarra, sitar, bajo y órgano), Victor Sogliani (voz y bajo), Franco Ceccarelli (voz y guitarra solista) y Alfio Cantarella (Batería). El nombre de la banda, al parecer, vino originado para poder tener cierta trascendencia internacional; Equipe era fácil de recordar en cualquier lengua, mientras 84 era la suma de la edad de los cuatro componentes en su disco de debut. Un primer sencillo (“Cannarino va/Liberi d’amare”) publicado en 1964 en un pequeño sello de Módena llama la atención de Armando Sciascia, quién les firma contrato en su sello Vedette.


 

Una serie de sencillos se publicarán en Vedette entre ese año y el siguiente. Canciones propias y versiones en italiano del “Tell her” de los Rolling Stones (“Quel che ti ho dato”) o del “Tired of waiting” de los Kinks (“Sei felice”) para acabar con el lanzamiento de su primer Lp, el homónimo “Equipe 84” en 1965. Ese mismo año participan en el Festival de Nápoles y al año siguiente en San Remo junto a los británicos The Renegades. Tras su actuación en él deciden romper el contrato con Sciascia y firman por Dischi Riccordi, la compañía del momento, mucho más grande y poderosa. Su primer sencillo en Riccordi será una versión -como siempre en italiano- de la canción de Ian & Sylvia popularizada por Barry McGuire “You were on my mind” (“Io ho in mente te”). Será también éste el título de su segundo Lp que tengo ahora el placer de presentarles.

“Io ho in mente te” es un disco sorprendentemente sólido. Versiones que oscilan entre lo respetuoso y simpático (la mencionada “You were on my mind”, el “Stay” de Maurice Williams, aqui llamada “Resta” o el “Funny how love can be”) y lo experimental; La, en un principio, obvia “Bang bang de Sonny Bono se convierte, acicalada de un aparato rítmico que la entronca con el “Peter Gunn” de Mancini, en un híbrido robusto y extraño, propulsado por la base rítmica de Sogliani y Cantarella y la doce cuerdas de Vandelli. “I need somebody groovy” de Mamas and the Papas, titulada aquí “Alti nel cielo”, está imbuida de un groove optimista irresistible, mecida por el juego de voces de Maurizio y Victor, convulsionada por la guitarra eléctrica, la batería y los platillos. 

 
 Combinadas con todas estas versiones una serie de composiciones propias donde echan el resto de su creatividad. “Floating” es una perla casi freakbeat que escuchada hoy podría pasar perfectamente por una canción del “Darklands” de J&MC: La linea de bajo, la inicial voz que recita, los arpegios de guitarra, la batería escueta. “Da domani” se diría el resultado de una alquimia entre Los Huracanes más melancólicos y las elegantes florituras vocales de Frankie Valli y los four seasons. “Ti pretendi” ya es Frankie Valli sin ningún disimulo, hermoso y orgulloso, la voz en falsetto sosteniendo la melodia, jugando y haciendo con ella lo que quiere. “Auschwitz” parece pretender -y yo diría que consigue- sentar las bases del psych pop progresivo que imperaría en Italia a principios de los setenta, con todas sus virtudes y ninguno de sus excesos; Acústicas, contenidos paisajes descriptivos, inventivos detalles instrumentales (el sitar extraviado, el armonium), las voces alternándose y siempre la innegociable melodía.
 

 Lo que vendría después ya sería otra historia. Una historia que apenas me interesa, salvo honrosas excepciones (“Ladro”, la cara B de “Nell cuore, nell’anima” su single psych de 1967, su versión de “I can´t let Maggie go” de los Honeybus de Pete Dello del año siguiente…) Lo que es innegable es que fueron uno de los grupos capitales del Beat italiano, una verdadera institución que perduró durante más de treinta años.



ÁNGEL KAPLAN. "Pictures from the past" (Sunny Day records, 2012)

 

Hay ocasiones en que todo nos parece que se dispersa a causa de un viento molesto y perturbador. Del mismo modo, ese fastidioso viento que tanto nos incomoda puede, sin saber muy bien por qué, reunir poco después todas las piezas que llegamos a creer extraviadas y, como por arte de magía, encajarlas de una manera más exacta y precisa a como estaban dispuestas originalmente. Aquellos que viven felices y sin ganas de complicarse la vida lo suelen achacar al azar y a la suerte. Y hacen bien. Pero yo pienso que es mucho más que éso. Que una serie de fenómenos perfectamente lógicos -aunque en primera instancia nos parezcan caóticos y sin sentido- necesitan de esa confusión, de esos momentos de total convulsión para cobrar sentido ante nuestros ojos, que, un poco a la manera de la famosa frase de Lampedusa, “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.
 
  El pasado jueves recibí una copia de “Pictures from the past”, el segundo y soberbio disco de Ángel Kaplan. Desde entonces no he podido evitar sentir la sensación que he intentado explicar más arriba. Muchas preguntas me han asaltado y alguna pequeña certeza o conclusión he llegado a atisbar. La primera de todas la sospecha de que existen cosas que uno no puede dominar, como tampoco puede detener la lluvia fina que, poco a poco, va calándole. Y que uno acaba aceptando que si no ha podido dominarlas en tantos años ya no podrá -ni tampoco le apetece, para que ir con rodeos- hacerlo nunca. Lo hermoso del caso es que en esta ocasión dicha aceptación no es derrota ni claudicación ni cobardía. Es tan sólo la constatación de una realidad. Una realidad cada vez más escasa, la hecha del material del que están hechos los sueños y que consiste, esencialmente, en que los buenos, a veces, vencen. Aunque vencer no signifique ganar. Aunque las magulladuras, aparte de ser el pan nuestro de cada día, no sean sinónimo de otra cosa más que del combate.

“…Otra vez sobre el escenario para la prueba de sonido, 
…como una andrajosa y vieja marioneta. 
Vamos, representemos nuestra farsa favorita, 
como una marioneta cochambrosa y vieja.
Viajando por una carretera sin fin, una y otra vez, 

interpretando las mismas viejas canciones…”

 

  No tengo el gusto de conocer personalmente al señor Kaplan, más allá de haber disfrutado enormemente de “Transparent dayze”, su anterior disco. Un disco delicado, a punto de romperse, en mi opinión un tanto introspectivo, más balbuceante si se me permite, dicho ésto como halago, en absoluto reproche. Un hermoso ejercicio empeñado en soltar amarras -con algo que puedo llegar a sospechar pero que en realidad sólamente él sabe- y que me generó todas las expectativas del mundo. También diré, si quiero ser honesto, que en absoluto me hacía presagiar la variada y rica paleta de colores con la que “Pictures from the past” nos colma; una paleta rebosante de naturalismo, talento melódico, elegancia y humildad. Muy probablemente esta sorpresa sea debida a mis limitaciones perceptivas, a no saber intuirlo, a no haberme fijado detenidamente… pero, ¡diablos!, éso ahora da absolutamente lo mismo.
 
 
 

 Lo que pretendo decir es que hay en “Pictures from the past” una voz y un tono, alguien al otro lado. Una persona que nos cuenta una serie de avatares sin ser conmiserativo ni mucho menos cínico. Una persona sujeta, como todos, a los tropiezos de la vida, que lejos de acicalar los mencionados vaivenes con falsa belleza, vistiéndolos del más elegante oropel e impúdica máscara se procura -y por lo tanto nos regala- un paisaje de pureza y de verdad. Es éso algo realmente complicado de lograr. Hay que tener mucho valor para desnudarse así -y mucho talento para resultar creible- y éso al final es lo que acaba por difierenciar definitivamente el sentir verdadero, propio, de la impostura falsaria que suele regir en nuestros días. Puede también uno aventurarse a vislumbrar ciertos asuntos, ser osado e intentar hacer un ejercicio de empatía: vislumbrar entre esta colección de canciones a un ser moderadamente melancólico, tímido pero firme en sus ideas, con gusto por el detalle y observador casi enfermizo. Un hombre que se cuestiona la realidad y que, aunque no es tan estupido como para querer cambiarla, no se conforma con sobrevivir sino que persigue románticamente un ideal, su arcadia soñada, por muy inalcanzable que ésta sea, sabiendo que, finalmente, el viaje es el camino.

 
…Castillos de arena destruidos con mis propias manos, deshechos por las olas.
Retratos del pasado que romperé y echaré al fuego.

Tristes espejismos desaparecidos ahora que advierto que vuelvo a tierra de nadie…

  Un músico que ha bebido de los clásicos, de sus clásicos; aquellos que le son en verdad provechosos, los que ha considerado y disfrutado, más allá de los clichés y las convenciones. Que cultiva la melodía con mimo y cariño, huyendo de excesos irritantes y siendo minucioso en el detalle. Alguien que parece haber elegido, en el caso de tener que estar en ese brete, no llegar por unos centímetros a tener que pasarse. No me queda otra que sentirme estupefacto ante tal exhibición de talento humilde, callado pero firme. De talento verdadero. Buceo libre y sin descanso en una montaña rusa de frenesí y sosiego, inmerso en un disco que situa al oyente ante la vida, que me permite tanto reconocer la mía propia como ver las que suceden a mi alrededor. Posibilitando que nos ayudemos de las argucias que cada uno requiera, en mi caso muletas en las que apoyarme para poder continuar con mi modesta andadura. Un disco que tiene la cualidad de fotografiar lo onírico dándole categoría de real y viceversa; Una realidad a la que convendrá darle sólo los pases que necesite, tan difíciles de calibrar en su número exacto. Y qué, para el caso que no tuviese uno la fortuna de atinar, no quedándole otra que soportar el embite, tiene la decencia de permitir colocarte del modo apropiado, del menos doloroso; “Pictures from the past” muestra a un hombre sólo, frente al mundo, armado con sus sentimientos y lastrado por sus flaquezas; sin alharacas ni disimulos, sin prepotencia ni lástima, a tumba abierta. Con la humildad y verdad que necesita toda obra. La que acaba por otorgarle una personalidad, precisamente por humilde y verdadera, imborrable.

 

  Escuchar aquí y allí recuerdos que jalonan nuestra memoría; Los Tyde de “Ask your dad” en “Sorry for myself”. “Your empty eyes” veteada por los Church de “Disenchanted”. El piano y la bateria de “She leaves alone” de Epic Soundtracks al inicio de “Back to nowhere land. La melancolía soñadora de Josh Rouse en “Flight attendant” (Y yendo un poco más atrás las melodías del Brill building) ornamentando esa porcelana que responde por “Hunting dog, la soledad de Action Unlimited y su “My heart cries out” merodeando en el subconsciente… El individuo frente a la vida, con sus cimas y sus simas, desvalido pero no rendido. Expectante y comedidamente valeroso, deteniéndose en todos los detalles que le afectan de la manera más hermosa que recuerdo; como Colin Hare en “Find me” o “To my maker”. El espíritu de Gene Clark durante todo el disco. Capítulos de “Odessey & oracle”, de “Falling on the edge of the world”, de “A midsummer’s daydream”, … los discos y canciones que cada uno llevamos tatuados en el alma, como el aureola de la vacuna en el brazo aquellos que ya tenemos una cierta edad y que, para otros, siendo distintos los asideros -e igualmente válidos- serán también curativos, cauterizadores. Reparadores.


 

Todo ésto que he dicho, es muy cierto, acaso no valga para nada. Acaso no le importe a nadie. A mi sí. Lo que realmente importan son las canciones. Y aunque el mensaje de despedida sea un tanto desolador…


Levantarse tarde sin nada especial que hacer. Intentar pasar el día recordando los sueños de la noche anterior, da igual, da igual. Colocarse frente al espejo, encender la radio y escuchar que setecientos pueblos han sido devastados por el sunami. Da igual, da igual. No hay pena, ni alegría. No hay nada, sólo un gran vacio en su vida. Probablemente ha estado viviendo demasiado tiempo encerrado en si mismo…
 
…no hagan demasiado caso; Es muy propio de los introvertidos lamerse las heridas. Tanto como de los valientes afrontar los hechos. Es también muy propio de los que se sienten vivos dudar, cuestionarse las cosas, hacerse preguntas. Cada día. Aunque siempre sean las mismas. Éso, por sí sólo, ya es un acto heróico.



 

Un single cada domingo (XXI) … WOLFGANG DAUNER QUINTET "Sun is rising" (MPS, 1970?)

 
                                                                                                                    
Wolfgang Dauner fue (perdón, no crean que quiero matarlo, creo que sigue siéndolo) un pianista y compositor alemán de larga trayectoria. Músico enigmático y consumado pianista transitó por el jazz, el rock, la música electrónica e incluso por la ópera y el teatro, creando una serie de trabajos de amplio espectro, ambiciosos y muy distantes entre sí. Había estudiado piano, trompeta y composición en el conservatorio de Stuttgart para, a principios de los sesenta, entrar a formar parte del sexteto de Joki Freun. En 1964 crea su propio trio convirtiéndose en uno de las primeras bandas del incipiente  free Jazz en Europa en grabar en estudio. Inquieto y con gusto por la experimentación, poco después lideró el Radio Jazz Group de Stuttgart, componiendo para ellos hasta finales de la década. Al año siguiente formó una banda de jazz rock de nombre Et Cetera para acto seguido, junto a Hans Koller coliderar la Free Sound and Super Big brass band. Incansable, colaboró también en la creación del United Jazz and Rock ensemble en 1975 y fue a partir de entonces cuando comenzó a introducirse definitivamente en el mundo del teatro, la ópera y los espectáculos de danza clásica, compaginándolos con su conciertos. Igualmente compuso música para películas, radio y programas de televisión.
 

Este single bajo el apelativo del Wolfgang Dauner Quintet tiene una historia un tanto esquiva. Su tema estrella –“Sun is rising”– también es conocido como “Take off your clothes to feel the setting sun” y aparecería en el lp del WDQ“The Oimiels”– en 1969. Probablemente un año después (no consta en la galleta ni en la portada el año de publicación, ni tampoco he logrado dar con exactitud con él, aunque barrunto que debería ser 1969 o 1970) un sencillo en el mismo sello -éste que tengo el placer de mostrarles- es publicado con título distinto. En la cara B una versión esquiva del “A day in the life” completa el pack. Ambas vienen incluidas en el Lp anteriormente mencionado.

 
 El Wolfgang Dauner Quintet estaba formado (Tal y como consta en la funda interior del Lp) por Wolfgang Dauner al piano, órgano y voz, Los suizos Pierre Cavalli (del que tal vez recuerden el fantástico “Une soir Chez Norris”) a la guitarra y Eberhard Webber al contrabajo, además de Sigfried Schwab (Junto a Manfred Hübler en la banda sonora de “Vampyros lesbos” de Jess Franco) tocando el Sitar y el estupendo baterista Roland Wittich completando la terna.
 
 “Sun is rising” es un formidable mid tempo atmosférico vestido con un sitar omnipresente, percusiones sumamente adictivas, una guitarra delicada que logra embridar cualquier tentación de fusión excesiva y la lánguida voz de Dauner recitando el mantra. Una especie de misa pagana en el que el quinteto aparece ensamblado de manera perfecta y que, por lo que sé, llego a ser una especie de himno en los amaneceres junto a la playa de cierto y renombrado club balear.
 
 

Turley Richards. "Expressions" (Warner Bros. 1971)

 
 
  Es estupendo encontrarse con desconocidos y que éstos sean capaces de conseguir que te reconcilies con el mundo. Con los años uno va conformándose con lo que le ha tocado, se vuelve conservador y lucha, en la medida de sus posiblidades, más que por conquistar nuevas cotas, en defender sus escasos baluartes; Las miradas cómplices, una sonrisa o un gesto de la persona a la que amas, una agradable conversación con los amigos, ver crecer a tus hijos, observar sus empeños, cobijándoles cuando fracasan pero invitándoles a que persistan y …  sí, también las canciones. Cómo no. Siempre las canciones, esas pócimas milagrosas que te ayudan y te sostienen.
 
 Hasta hace un par de meses no tenía la menor idea de quién era Turley Richards. Jamás había tenido la fortuna de cruzarme con él. Fue a través de un amigo, Iñaki Hankypanky (cuya labor una vez más recomiendo), por medio de quién lo conocí. Subió al facebook una canción espléndida, de esas que te hace pensar y que no te puedes quitar de la cabeza. Una de esas que te sorprenden varias veces a lo largo del día y qué, aunque me tomen por loco, sostengo que tienen apropiadísimas aplicaciones prácticas, aparte de aliviar el alma y domar la rabia. Se llamaba “Train back to mama”, y me bastó escucharla una vez para caer rendido a sus pies. Siendo uno como es, obsesivo y curioso para las cosas que de verdad le interesan, comencé a indagar. Afortunadamente no me fue nada difícil dar con “Expressions” (Warner bros. 1971), a un precio además muy asequible. Un simple click obró el milagro; diez días mas tarde descansaba una copia en el Estudiodelsonidoesnob. 
 
 
Fue ponerlo en el plato y levitar. Y no crean que éso es facil, con mi cerca de 1,90 y cien kilos de peso. Lo que sonaba era aún mejor de lo que esperaba. Una voz carnal, centrada en el ensalmo a lo pequeño y que sentías tan próxima como propia. Unas veces ungida con la fiereza del mejor Van Morrison, otras con el fraseo de Glen Campbell y siempre latente una elegancia similar a la de Al Green. Esa voz, decía, amalgamaba una serie de estados del alma, placenteros y liberadores. Conseguía hacerte sentir mejor persona. En serio: incrementaba tu empatía con los que te rodeaban, conseguía hacerte, aunque sólo fuese por un rato, un tipo más reflexivo, menos irascible. Todo encajaba. Todo fluía lentamente pero sin descanso, con la pausa que uno necesita; Desde su itinerario inicial por el country (por el country que más me gusta, el centrado en lo descriptivo, obviando la mera conmiseración) hasta detenerse en las reminiscencias más o menos veladas a la música cristiana, la menos proselitista, la más humana, huyendo con denuedo de las devotas proclamas, aquellas que acaban por asustarle a uno. Por el camino mil cosas más: efluvios a las robustas y límpidas producciones de Muscle Shoals, estadíos en la tradición sureña más multicultural, con la religión presente en el día a día, pero desde un prisma sino pagano -porque en absoluto lo era- si naturalista, instantáneas del soul menos obvio. Y cuando volvías otra vez esa voz. No podía no afectarte; El matiz y la confesión, la camaradería y la prédica, la súplica y el orgullo. Una voz, en definitiva, con toda una vida y sus diversas sendas a cuestas: mucho pico y mucha pala en forma de desgracias -aunque eso lo sabría hasta más tarde, al indagar por ahí- pero que permanecía refulgente, emanando toda la alegría del momento, toda la fe en la esperanza, junto a una despreocupación ajena a esas cargas que conseguía hacerlas secundarías. Mísitica y terrenal, cada una y ambas cosas a la vez.