Divagaciones; Dilemas de un acumulador de discos.

 

 
 Tendemos -tiendo, al menos yo- a idealizar cierto pasado, del mismo modo que acostumbramos (acostumbro, perdón) a estigmatizar otro. Hay ocasiones en las que me sorprendo defendiendo de una manera inusitadamente vehemente aquello que en principio no pensaba que me iba a contar entre sus valedores, muy probablemente por ser habitual objeto de excesiva crítica y vituperios, cuando no de mofa y escarnio. En cambio, en otras, me descubro relativizando ciertos podiums consensuados por el sentir general y que, probablemente por mis carencias y defectos, no logran decirme absolutamente nada. Es cierto que es esta una merma que me hace incurrir muchas veces en aquello que detesto y me prometo muy a menudo intentar ponerle coto. No hay manera. En mi escasa defensa, si acaso valiese, diré que no acostumbro a hacer panegíricos públicos de ello, más allá de comentarios cómplices y malévolos con amigos, entre risas y copas (y no necesariamente en este orden), ya que no es mi intención -ni creo tampoco sea mi estilo- perder un segundo en aquello que nada me interesa más allá del -chispeante o no, depende del ingenio- empleo del chascarrillo camarada. Ya saben, uno intenta seguir el precepto que dice que las miserias de uno es mejor tenerlas escondidas antes que mostrarlas públicamente para que sirvan de munición al enemigo. Dicho lo cual -y visto lo que viene a continuación- imagino que ya habrán advertido -lo advertirán, seguro- que soy una contradicción con patas. Que la coherencia es otra de las muchísimas virtudes que tampoco atesoro.
 
 Quiero también hacer hincapié en que mantengo la opinión que de nada sirve denostar algo para alabar otra cosa. Acostumbra esa actitud, por lo que sé, a ser vivero de razonamientos endebles, meros ajustes de cuentas sin demasiado sentido. Ojo, no digo que en ocasiones no incurra yo en ello. Pero es que además suele desmontarse tal andamiaje por donde uno menos se lo espera. Siempre he pretendido compartir, abrir campo en mi modesta medida, antes que sembrarlo de minas y acotarlo. Otra cosa muy distinta, claro, es que quién ésto suscribe consiga tal propósito.
 
  Viene esta perorata motivada porque el domingo me pasé toda la mañana intentando aligerar las estanterias del Estudiodelsonidoesnob. Tanto las de Lps como los cajones de singles y Eps. Llevo un tiempo ya rumiando acerca del exceso de equipaje que habita en sus estantes y cajones, de cuantas cosas que no escucho desde no sé cuando descansan allí. Que acaso sería mejor y más interesante hacerles sitio a otras que están por llegar. 
 
 Así que miré de reojo los cajones de soul, tanto el clásico como el northern, el más pop. No llegué a abrirlos siquiera; Ni pensarlo, me dije, ¿Estás idiota?. Algo similar me sucedió con los (demasiados) cajones de español, los tres de francés (una querencia confesa), otros tantos de Italiano y el de bandas sonoras y música cinematográfica (otra más). Siguiendo hacía mi derecha, dirigí la vista de soslayo a los dedicados al Rock and roll de los cincuenta y sesenta, los de girl groups y los de early soul. Igualmente hice con el de Brasil y el de Argentina -Sudamérica llamo a veces a este último, por haber también un puñado singles de México, Colombia y el Perú, rescoldos de un pasado de ancestros conquistadores dirán algunos, un filón en cambio, en mi modesta opinión- sin saber por donde meterles mano. Me dolía con sólo pensarlo. Por supuesto que ni osé acercarme a los de Rumba y Flamenco, no fuese cosa que saltase de entre ellos Toni con alguno de sus rumberos o un par de los Gachós y me diesen una somanta de merecidas guantás por tan sólo contemplar la posibilidad.
 
 A continuación, cada vez más timorato, pasé a los cajones de enfrente. Intentando abrir el primero de la columna dedicada a USA (negociado sesenta y setentas) me pillé un dedo. Como corrían los jodidos. Es una señal, sin duda alguna, me dije, mientras me chupaba (literalmente) el índice de la mano derecha. Allí quedaron, todos juntitos, a sus cosas. Dejé  también a su aire a la segunda y tercera columna: los británicos suelen ser muy suyos. Tambien los dos de la Europa luterana y más rigorista (Holanda, Bélgica y Alemania) no está la cosa para gastarles bromas, musité para mis adentros. Ya saben, el famoso rescate, los hombres de negro y todas esas zarandajas hoy tan en boga.
 
 El terreno iba acortándose cada vez más. Cuando abrí la columna con los cajones de nueva ola, new wave y pub rock casi se me saltán las lágrimas. Fue una sensación similar a la de volver a estar, demasiados años después, frente al primer amor, ese que una vez congregó al inicial deslumbramiento y las posteriores -e inevitables- decepciones. Aquel que sabes nunca volverás a experimentar ni disfrutar (y casi mejor así) pero al que negarlo implicaría, según mis ortopédicos e indigentes razonamientos, negarme también un poco a mi mismo. Crecí con eso, entiéndanme ustedes.
 
 Así que no quedaba otra. Me tiré -una vez más- a lo fácil; La columna ochenta/noventas anglosajona, USA y UK principalmente. Indefensa, con escaso crédito y propensa a las bajas. Aparentemente la chusma de mi famélico ejército. Comencé a pasar. Sí, claro que había morralla, siempre la hay. Y aquellas malditas producciones, diablos, ¿Dónde está el tribunal internacional de La Haya cuando más se le necesita?, ¡Malditos burócratas!. Pero uno, que es como es, débil y propenso a la emoción, un sentimental, vaya, comenzó a redescubrir alguna que otra joya. Y ustedes se dirán ¿Este imbécil, otra vez descubriendo la pólvora?. Sí. A lo de imbécil me refiero. Lo otro ya sé que no.
 
  Cuando terminé, aligerada la carga en un par de cajas, me sentí como cuando (muy de tarde en tarde, afortunadamente) coincido con los amigos de juventud. Me refiero a aquellos cuyo camino se fue alejando del nuestro conforme el tiempo pasó, pero que, mal que nos pese, siguen ostentando ese título, pretérito y sin uso; Si se les ve poco, cada x años y no se les hace demasiado caso, más allá de la cínica y muchas veces impúdica nostalgia, esa que en mi provoca tanta vergüenza y en cambio a ellos les parece odiseas legendarias (aunque he acabado pensando que es mera representación y que ellos deben pensar lo mismo que yo) uno los mira hasta con buenos ojos. Lamerse las pezuñas de vez en cuando es hasta reparador. Además, lo digo muy sinceramente, suele ser sinónimo de victoria segura; Si su devenir nos parece trufado de éxitos a uno no le cabe otra que alegrarse por ellos. Si, en cambio, lo que aparece ante nuestros ojos es imposible de disimular, por cochambroso y un tanto así, que diablos, uno celebra haber sobrevivido a la quema. El que no se conforma es porque no quiere.
 
 Soltada esta aburrida parrafada, un último inciso; Si quiero ser mínimamente honesto he de reconocer que muchas de mis querencias, bajezas o refugios recurrentes, como quieran ustedes llamarlo, tienen una directa relación con aquello que someramente les enlazo más abajo. Que uno puede refinarse (o embrutecerse pensarán otros) aunque sea mínimamente, pero al final la decisión de tomar ciertos senderos, al igual que algunos tramposos atajos, tienen su bastardo embrión y no puede disimularse por mucho que nos empeñemos. Que uno, sin ápice de falsa inmodestia, cada vez se da cuenta de que conoce menos y sólo puede acogerse a aquella socorrida frase de que la música muta y nosotros con ella.
 
 Ahora sí, vayamos con lo que de verdad cuenta, las canciones, y dejémonos de tonterías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

THE ZOMBIES. "Bunny lake a disparu" (RCA Victor Ep, 1966)

 

Por  asuntos como este -tan nimio e insignificante, no se lo voy a discutir ni por un momento- es por lo que amo a Francia, en realidad París, la única parte de ese país que conozco relativamente. También es cierto que comienzo con mal pie. Cualquiera, avezado visitante o no, sabe que París no es Francia, del mismo modo que estos afortunados hallazgos pueden darse también al lado de casa, doy fé. Y más hoy, con casi todo a la distancia de un golpe de click en el teclado. Pero que demonios, hablar de al lado de casa viste menos y además tampoco sería verdad del todo.
 
 Me podrán tachar de esnob, de frívolo o de simplemente idiota -y probablemente no irán del todo desencaminados en ninguno de sus pareceres- pero la sensación de pasear por la orilla izquierda (y derecha también) del Sena husmeando aquí y allá, ejerciendo de flaneur o de simple observador hay veces que procura insospechados hallazgos. Es cierto que si aplicásemos una tabla estadistica, a un lado el pequeño tanto por ciento de éxito y al otro los innumerables fracasos, mi deslavazada argumentación haría agua nada más comenzar. Tampoco veo porque tendrían que sorprenderse.
 
Lo que quería contarles, no tiene la mayor importancia, es que siempre que estoy allí, todos los sábados por la mañana, hasta bien entrada la tarde, lo paso en las Pulgas de Saint Ouen. Suelo ir sólo, no porque no me guste ir con ella, muy al contrario. Su conversación tiene sustancia y centelleante su ingenio, la compañía es gratísima y reconfortante. Además es quién suele dar con los mejores descubrimientos; Muebles que solo ella es capaz de atisbar, cachivaches hermosísimos de uso a veces discutible pero de una estética hermosa, o la mismísima jukebox que luce en casa, sin ir más lejos. Es más bien por no obligarla a estar sujeta a mis taras y obsesiones. No al menos, y en la medida de lo posible, más de lo necesario. Porque lo que en uno es placer puede en otro ser la mayor de las torturas. Al menos en eso yo creo que coincidiremos.
 

  Visito a tres o cuatro conocidos trileros, cuyas paradas generalmente ya han sido esquilmadas por los profesionales y sus sicarios. Les saludo, charlamos y me enseñan los restos.  Incluso me suelen invitar a café. Quién más quién menos ya sabe como funciona esto, igual da que sea en París, en Valencia o en cualquier otra parte. La rutina semanal -diaria es aún mejor- es la que provoca los mayores réditos. La estadistica de nuevo y en contadísimas ocasiones el ingobernable azar. Así que siempre terminan por aparecer cosas. Uno es de buen comer, también con los discos. 

 

 En una de esas ocasiones, hace unos años, escarbando en una caja aparcada en el suelo atiborrada de la habitual morralla, el propietario de tamaño tesoro me espetó que tenía otra más en la trastienda. Tentado estuve de decirle que tenía bastante con los restos del infausto naufragio del que  acababa de ser testigo, pero antes de poder decírselo me la puso delante de las narices. Podría contar que pasé los discos con displicencia, sin esperar nada, casi como un acto reflejo. En parte fue así y en parte también no. Quiero decir con esto -aquellos contagiados lo entenderán- que siempre que realizas el proceso esperas a que aparezca una hermosa flor entre la inmundicia. Y así sucedió en esta ocasión. Allí estaba. Impoluta y reluciente su nivea portada. Por aquel entonces, como sucede hoy, uno sabía poca cosa. Ni conocía ni se imaginaba que existiese un ep francés de los Zombies con las tres canciones que iban en la banda sonora de “Bunny Lake a disparu”. La inconfundible portada de Saul Bass me puso alerta. Era imposible apartar la mirada de ella. Al darle la vuelta a esta y leer los créditos de la contraportada, ¡Voila!, “Remember me”, “Nothing’s changed” y “Just out of reach”. Las dos primeras firmadas por Chris White, la tercera por Colin Blunstone. De inmediato surgío el sempiterno temor a que pidiese algo descabellado, pese a saber que la pieza más cara de todo el lote marcaba diez euros. Tomé dos o tres más para, ummmm, disimular y pagué los quince por el total. 
 
 
 
 

Ann Lake (Carol Lynley), una joven americana, viaja a Londres acompañada por su hermano (Steven/Keir Dullea) y Bunny, su hija. Al poco de estar allí acude a la comisaria, desesperada, a denunciar la desparición de ésta. Ha ido a recogerla a la guardería, trás su primer día de clase, y nadie parece saber nada de ella. El Inspector de Scotland Yard, Moorhouse (Laurence Olivier) será el encargado de la investigación. Lo que inicialmente parece un caso de secuestro comienza a tejer una telaraña de extraños vericuetos y equivocos que finalemente hará pensar a Moorehouse -y también al espectador, que no ha visto jamás a la niña- que Ann es una perturbada y que la presunta desaparición – e incluso la existencia de Bunny– es fruto de su imaginación. A partir de ahí la trama se va complicando hasta un desenlace final que, bueno… mejor no desvelárselo si aún no han tenido el placer de disfrutarla. “Bunny lake is missing” (“El rapto de Bunny lake” en España) es un thriller gótico de desconcertante suspense, encajado en el Londres de principio de los sesenta y fotografiado en un blanco y negro mórbido y brumoso. Dirigida por Otto Preminger, la película esta llena de pequeños detalles, aparentemente sin importancia, pero que acaban dotándola de un aire inquietante, de creciente desasosiego; El hospital de muñecas, la anciana profesora que colecciona y estudia grabaciones de pesadillas infantiles, los cambios en la psicología de los personajes, la escena en la casa, resuelta a la manera de un inocente pero macabro juego infantil… y cuyo climax final acaba por hacer que todo encaje, a mi modesto entender, a la perfección.

 

 
 De como Los Zombies, en pleno 1966, acabaron involucrados en la película no sabría decirles. Imagino que estrategias comerciales de managers y compañías ingeniosas.  Aparecen interpretando “Nothing’s changed” en la televisión, en la escena de la conversación en el Pub entre el Inspector Moorehouse y Ann Lake. También suena en la radio, durante unos segundos, “Just out of reach”,  mientras Ann escapa del hospital. Circula por la red un vídeo, de una calidad discutible, con el anuncio de la película, en el que los Zombies cantan “Just come on time” con la música de “Just out of reach”. Al parecer una manera más de atraer al público juvenil a las salas.
 
 Por último señalar al tercero de la terna. El gran, enorme Saul Bass, autor de varios de los más hermosos e imaginativos diseños (carteles, títulos de crédito, portadas de las bandas sonoras) de la historia de la cinematografía; “Vértigo”, “One, two, three”, “West side story”, “Bird man from Alcatraz”, etcétera. Y ya centrándonos en la filmografía de Preminger,   “The man with the golden arm”,  “Anatomy of a murder”, “Bonjour tristesse”, “Joan of arc”, “Advise and consent”