ERASMO CARLOS. Onde a beleza se esconde.

 

¿Qué se puede decir de un disco que abre con una canción inédita del gran Caetano Veloso y que siendo estupenda no es, ni mucho menos, la mejor del Lp?. ¿Qué se puede decir de un disco cuya segunda canción es un tête a tête con Marisa Fossa delicado, sutilísimo, de una belleza que asusta, a punto de romperse?

Cualquier cosa que diga uno no le hará justicia en absoluto, lo sé, pero al menos déjenme decirles que “Carlos, Erasmo”, el disco de 1971 de Erasmo Carlos es un canto a la vida y sus recovecos tal y como uno piensa que debe ser. Es -como dice la canción de Carlos Imperial“Em busca dos cançôes perdidas”–  el lugar “Donde los colores tienen sonido, donde las flores pasean, donde el dolor no accede y la tristeza no llega. Donde la belleza se esconde”.

Porque hay cosas, personas, que existen antes que las palabras. En realidad todas lo hacen pero hay algunas a las que las palabras no les podrán hacer justicia jamás. Porque aunque tomen carta de naturaleza al ser enunciadas están ahí desde mucho antes.  Personas y cosas a las que sustenta un halo etéreo y propio, voluble y en cambio riguroso dentro de su particular cosmología y que son perfecta fotografía de lo efímero de la felicidad. 

Como por ejemplo “Masculino, feminino” sin ir más lejos; Precedida por una luminosa intro de piano y cuerdas asoman mil recuerdos y alguna certeza. Reminiscencias a los Buffalo Springfield aquí,  arreglos a-la Muscle-shoals allá (los violines son puro “Rainy night in Georgia”). Harry Nilsson en una esquina, zascandileando mientras sonrie y da un último trago justo en el mismo momento en que los Jordanaires entonan ensoñadores “Ooooh-Ooooohooo…”.  Pero también es mucho más. Es un exordio, una invocación a la rutina del amor y de la vida, a la perfección del instante. Una loa a las pequeñas cosas, a la sencillez del enamoramiento. Perezosa, futil e imperfecta, real. Es un cuento -una fábula quizás- que nos habla de una pareja amaneciendo juntos, huyendo del adiós. Y también nos habla de cualquiera de nosotros, unas veces actores y otras espectadores, imaginando la novela que acarrean, rememorando la nuestra en realidad.

“Já são seis horas, meu bem
Vire o relógio, meu amor
Faz tanto tempo, nem sei
Neste silêncio de nós dois
Vim pela vida, cansei
Perdidos sonhos me entreguei
Me dê um cigarro, meu bem
Primeiro um beijo, meu amor

 

A chuva fina cai
Clareando e a luz
Me faz lembrar
Que já são seis horas
Eu sei…
Momentos quantos passei
Desfiz enganos, me encontrei
Quem sabe agora, talvez
Puxe a coberta, meu amor
A chuva fina cai
Clareando e a luz
Me faz lembrar
Que já são seis horas
Eu sei…
Já são seis horas
Puxe a coberta e vem
Vem, meu amor
Puxe a coberta e vem”

 

“Yo ya no quiero hablar con quién no tiene amor, pero con cierta gente, gente abierta, si me llama voy”
 
 No errar siendo uno pesimista es relativamente sencillo. Casi todo lo que nos rodea es mendaz e impostado. A menudo coronado de hipocresia y falsaria certeza. Autoinvestido de una superioridad moral que uno no acierta a ver. Hacerlo siendo uno optimista, empeñado en ver el lado bueno de las cosas es, en cambio, mucho más difícil por ser esa tarea ardua y rigurosa, que requiere disciplina y verdad. Por eso “Gente aberta” es un canto de lírica bonhomia. El fogonazo inicial que puede ser tenue y tembloroso o también excesivo e incontrolado. Un confesión al oido que con mucha fortuna nos conducirá a otra vida. Desde el mismo instante en que reconoces el susurro de “Groovin” (la acústica, los bongos y el piano conversando), soterrado todo ese mantra bajo la melodia, crees que las cosas, con una pizca de fortuna y empeño, pueden ser de otro modo. Acaso sea ese uno de sus efectos más evidentes, la esperanza que desprende. Mecerse en su vitalidad irreductible y en su alegria de vivir, mientras se deja uno acariciar por la curiosidad y la ilusión de lo que puede llegar a ser. Bailar al son de un vals sensual, modesto pero verdadero como a veces lo pueden llegar a ser tanto las flaquezas humanas como las cotidianas heroicidades. Porque al final de todo lo que es realmente importante son las personas y no las cosas, las personas sobre las cosas, las personas y nada más.

Anda uno divagando en silencio sobre ésto y aquello, ya se está apagando la primera cara, cuando de repente surge una nueva vuelta de tuerca, la enésima sorpresa. La exuberante redifinición del concepto de modernidad. Y lo que hasta ahora ha sido modernidad naturalista e íntima, mero reflejo de él y con él de su tiempo, se torna esta vez en espejo de su tiempo y por lo tanto de él mismo también.  Siendo parte y siendo un todo de algo que no puede ser de otra manera pero que tampoco podrá ser ya nunca igual.
 
El detonante es una canción de Jorge Ben compuesta en 1965. Puro rocanrol. Casi un conjuro en su forma inicial convertida ahora en un himno al bonvivantismo ilustrado, un himno revestido de hedonismo y repleto de combustible para la pista de baile. La receta parece sencilla aunque cocinarla en sus proporciones exactas resulte harto complicado; Tomen prestada la estructura del “Psyche rock” de Pierre Henry y un cierto aire a Jean Jacques Perrey. Incluyan las campanillas juguetonas, algunos de sus efectos. Súmenle un fuzz lascivo y una batería cuadriculada, casi primitiva. Reciten una letra de apariencia inofensiva y lígera pero de profunda carga generacional (la celebración del muchacho retornado hombre con un futuro por delante, aquel que sus padres no tuvieron) y cuéntese su historia de una manera casi tribal, como un mood de posesión vudú que combina lo profano y lo litúrgico. Conviértase finalmente ese latente lamento en celebración evidente, multitudinaria. ¿Ya?. Bien, ahora vayámonos todos a bailar. “Ahora ya nadie llora más”. Un trip perfecto tanto para el club sin prejuicios como para cualquier fiesta callejera. Una canción que transcurre entre la narcótica celebración del momento y la intención sincera de compartir lo intangible. Un himno que es deseo y alegría. “Agora ninguem chora mais”. Mejor así, ¿verdad?

“El mundo ya pecaba cuando ésto sucedió
Siglos pasaron y nadie se arrepintió
Fue Sodoma, fue Gomorra”
Un medio tiempo vestido de folk psicodélico. Flautas emulando la brisa que mece a la duda. En apariencia una historia bíblica que se cuestiona lo intangible, la mitología y la superstición. El interrogante surgido de la lógica que pretende lijar las sucesivas capas de superchería que oscurecen la historia. Champiñones, fuego y azufre. El tormento y el éxtasis frente a frente con la vida, gozosa o dolorosa, da igual. Vida en todo caso.

Siempre la esperanza, el afán por apurar el instante, la ingenuidad quizás en última instancia. Danzando al ritmo del sonido Motown. Holland-Dozier-Holland en la retina mientras suena un remedo libérrimo de “You keep me hangin’ on”. El júbilo y la rabia. No dar pábulo a los temores, sujetarlos, y sí, el optimismo de nuevo. Basta ya de quejas, de lloros, de autoconmiseración. Huyamos de sus lacras. Del buenismo, de la simpleza, de la hipocresia. Vivamos. Celebrémoslo.

“En un mundo desierto, de almas negras, yo me visto de blanco. Me inclino ante la vida, sentida, sufrida, que me dieron. En un mundo desierto, de almas negras. No niego la sonrisa pero veo un toldo que pretende quemar lo que queda de mi. Vivo en un mundo de almas negras.
 
 En la bondad de la verdad quiero quedarme. Y no creo en ese tópico maldito que dice que el amor ha muerto. Tengo fé en que mi país aún va darle amor al mundo. Un amor tan grande y tan profundo que revivirá incluso a los que ya murieron”

 

“Carlos, Erasmo” es pues todo un tratado de la condición humana. Errado a veces, atinado en otras, sincero siempre. “Nâo te quero santa” o el feminismo tal y como uno entiende que debe ser. El humanismo más bien. La aceptación de la diferencia, la ausencia de imposiciones, de roles preestablecidos. La igualdad desde la diferencia. Cada uno como es y no como queremos que sea. Pura filosofia vainiqueña a siete mil kilometros de distancia.

 

“Se que mis brazos son el trozo de una manta cuando te abrazo. Porque no te quiero santa, de ninguna manera, no tiene sentido. No te quiero como un retrato perdido en cualquier habitación, porque no te quiero santa. No te quiero presa de una imagen en procesión tomada por manos iluminadas que caminan en fila. No te quiero sumisa a las promesas ni a las masas y los viernes a la cama. Te quiero tal y como eres. Mi Hija, mi madre, mi hermana, mi amada. No te quiero santa, santa no te quiero”

 

Dolorosos otras veces, porque la vida también lo es. Lenny Gordin y su guitarra, taladro sutil. Regis Moreira al piano, el más clásico de los modernos, el más moderno de los clásicos. Los arreglos de Rogerio Duprat. Funk mutante, coros que son puro nervio. Una cancion de Marcos Valle.

Veintiseis años de vida normal, cinco leyendo el periódico
veintiseis años esperándote, cuatro viendo la televisión
Sé que hay muchas cosa que hice y no quise
Sé que hay muchas cosas que quise y no hice
Hoy leo en los titulares “Muere en vida leyendo el periódico”
Civilización de occidente, atención;
Voy a volver a la vida, quiero leer en el periódico
“Fue marginal veintiseis años”

 Existen discos estupendos, de valor incuestionable pero que una vez vistos -escuchados estaría mejor dicho-  ya te lo han dicho todo. Son discos, por decirlo de alguna manera, inmutables. Son, para uno al menos, discos finitos. Espléndidos pero con fecha de caducidad. No enumeraré unos cuantos aquí por no molestar a nadie y porque nada importa en realidad. También existen otros, mucho más raros y escasos, que nos cuentan muchas cosas con las sucesivas escuchas. No tienen porque ser mejores, sino sucede que son otros, sin duda mucho más provechosos para nosotros. “Heliotropo”, “Death of a ladies man”, “Gino Paoli”, “L’homme a la tête de chou”, “Bambino”, “Oddesey and oracle”, “La voglia, la pazzia, l’incoscenza, l’allegria” o este “Carlos, Erasmo” son unos cuantos de ellos para quién suscribe. Discos que lejos de querer contarnos las grandezas o las miserias lo que hacen es contarnos la grandeza y la miseria de la normalidad. De una manera distinta cada vez. Son para uno discos poliédricos. Discos que resultan uno distinto tras cada audición y que por tanto son inacabables. 

 

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