JACK HENDRIX Tchikbaams ep (Barclay, 1967), Sugar and Spice (Barclay, 1968)

 En 1967 Jacques Hendrix ya era un músico veterano. Uno más de los asimilados casi a la fuerza, desde finales de los años cincuenta, a los nuevos sonidos. Deambulaba entre los ritmos del momento apostando en el casino musical al twist, al loop, al climb y al rock and roll. Dando palos de ciego a ver si saltaba la banca.

 Pero ese año algo parece hacer click en su cerebro. Se libera de los corses oportunistas que le hacen funcionar a piñón fijo y puestos a serlo decide tirar por el camino más hedonista, aquel que más le place. Junto a sus habituales músicos recluta a un grupo de voces femeninas que le sirvan de atrezzo y cimenta su aventura en una par de voces que doten de ligereza y vuelo a las melodías que pretende publicar; son Françoise Walch (dueña de una etérea y ensoñadora voz clara que había servido de contrapunto a la más lineal de Moustaki en la inolvidable “La Méthèque”) y Jean Stout, cantante y actor de doblaje, con su voz profunda e inolvidable. Pirotécnias vocales balanceándose entre lineas de soprano flotantes e inmersiones en la profundidad de la voz tenor. La mezcla perfecta de levedad y escapismo.

 El primer intento será con el apelativo de Jack Hendrix Tchikbaams, un ep publicado chez Barclay en 1967. Cuatro canciones que juegan con los Scat vocals, el musical y el groove, lo pegadizo y banal y que, tal vez por esto último, por su falta de pretensiones, deviene en algo perdurable, evocador y bastante adictivo.

 

 

Al año siguiente la maquinaría ya se halla perfectamente engrasada. Con el rodaje adquirido se atreve con un Lp. Lo llamará “Sugar and Spice” y lo publicará bajo el nombre de The Jumping Jacques. Se nota un mayor refinamiento y mayores medios pero sobre todo se abre el campo musical; Brasil, las bandas sonoras para peliculas de evasión, el jazz y groove más inofensivo junto a una profunda, incontestable alegría de vivir. En “Through a brazilian jazz forest” Françoise Walch juega a ser Edda del Orso en “Playa sin sol”. Copacabana pasa por la costa azul y el dolce fare niente se instaura como filosfía de vida. “Love me now” es puro exploito sin pretensiones, pirotecnias con el beat de batería y el acompañamiento de la voz de Stout que son los cimientos sobre los que se construye el recuerdo de lo idealizado. Fuera el stress y las preocupaciones. La estética por encima de cualquier ética. Los momentos felices y ya está.

Así, sin solución de continuidad, de “Sugar and spice” hasta “Offbeat fugue”, todo es pura celebración. El título de una de las canciones, tal vez sin pretenderlo, es síntesis evidente de lo que sucede mientras lo escuchamos; “Somehow i feel i must be dreaming”. De alguna manera nos sentimos como si estuviésemos soñando. Es la apoteosis del instante porque sí. “Gossip and chatter” nos lleva a Sergio Mendes y sus Brasil’66, “Let them eat cake” (tremenda proclama underground, pardiez), “Mississippi Mischief”… parecen los engarces de una joya deslumbrante pese a que sea bisutería. Un eslabón más de la memoría de un tiempo que ya nunca será.

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EL SONIDO HECHO A MANO Joan Lluís Moraleda y Daniel Carbonell

 

 

Imagino, no lo sé, que a Joan Lluís Moraleda (Santa María de Palautorderá, 26 de abril de 1943), de volver a toparse con ellos hoy, estos experimentos sonoros le deberán parecer anacronismos de la prehistoria que bien permanecen ocultos en la veladura del olvido. Tal vez tenga razón, pero ya saben de que pie cojeo y hacia donde se dirigen mis ociosos desvelos. En la actualidad un consagrado director e intérprete de sardanas, premiado en numerosas ocasiones por su labor, buceando por internet tan sólo hallaremos escuetas referencias a los comienzos de su carrera musical como compositor de música ligera y arreglista, acreditándose trabajos para La Trinca, Guillermina Motta o Labordeta y me temo que soslayándose tantos y tantos otros. Podemos encontrarlo, haciendo prospección entre nuestros discos tocando el oboe (su instrumento) en el “Alenar” de María del Mar Bonet, arreglando la inconmensurable “La puerta del amor” de Nino Bravo, dedicándole “El Noi d’Holanda” a Johann Cruyff o trabajando codo con codo con Juan Carlos Calderón en sus producciones para Sergio y Estibaliz. Seguro que hay mucho más. Es éste -el de bucear, dando a menudo palos de ciego, entre la discografía española- un asunto descorazonador, probablemente debido a numerosos factores, no siendo el de menor importancia el poco pedigree y la escasa -por no decir nula- puesta en valor que los artesanos musicales (ingenieros, técnicos, músicos, arreglistas e incluso productores) han tenido en nuestro país. 
 
 Si que sabemos -por la entrada en la Viquipedia y por las notas interiores de este disco que les presento- que “Joan Lluís Moraleda, director musical de los Estudios Carbonell, ha cursado sus estudios de piano, composición y dirección de orquesta, siendo distinguido por el Conservatorio Superior de Música de Barcelona con el premio extraordinario de composición final de carrera. Estudia en París en 1970 a los clásicos y a los autores de vanguardia, bajo la dirección y supervisión de personalidades tan prestigiosas como Pierre Perlot y T. Aubin. Desde entonces ha realizado una gran labor en el mundo del disco, como director y arreglador de artistas bien conocidos. En 1974 recibió el premio “Ciudad de Barcelona” a la mejor obra musical. Su labor creativa en publicidad se vio galardonada con el Premio Ampe por la campaña para “Simca Mil”.
 Su labor dentro del apartado denominado música moderna me temo que quedó circunscrita a la segunda división b de los artesanos, aquella inmensa categoría que no logró alcanzar el olimpo al que imagino aspiraban y que se vieron dedicados a otros menesteres. Quedando a lo sumo y con fortuna, como acompañamiento de artistas con la ilusión de triunfar -y que hoy están completamente olvidados- o como relleno de innumerables discos recopilatorios dirigidos a los turistas veraniegos y al consumidor ocasional de música en sellos como Olympo, Impacto, Discophon, Caudal, Belter, Palobal y un largo etcétera. Una labor distante de cualquier aspiración de trascendencia, simplemente el placer del trabajo bien hecho y en la que, como mucho, se permitían colar alguna veleidad en la que brotaba el hallazgo ingenioso o pegadizo. Nada serio, cierto, serie b, pero de esa humilde, bien hecha y no recubierta del feismo como enmascarador de limitaciones técnicas.
Este sampler promocional que tengo el placer de presentarles y que hace nada conseguí no es otra cosa que una carta de presentación comercial de los Estudios Carbonell. Publicado por el sello promocional Ticano en el año 1975 recoge una serie de muestras sonoras destinadas a ornar diversas campañas promocionales (Danone, Brandy Veterano, Simca, güisqui Black and White, relojes Duward, Bitter Cinzano, etecé). Dichos estudios eran propiedad de Daniel Carbonell, un ingeniero industrial especializado en electrónica y con estudios en la Escuela oficial de Cinematografía

Utilizando una moderna mesa de mezclas Neve con diecieseis canales de entrada para micrófonos y lineas de alto nivel y ocho salidas simultáneas, la carpeta interior es su pimpante carta de presentación; dobles canales de reverberación, eco y retardo, dos lineas de foldback (monitorización), filtros, ecualizadores, altavoces Lansing, salas de edición, de montaje y copiado, grabador con cinta magnética de 35 mm. y una innumerable serie de detalles técnicos que le daban a uno, tras su lectura, la impresión de estar dentro de una nave espacial de la Nasa preparada para la órbita espacial.

Hay que reconocer que dentro de lo apresurado y cochambroso que por estos pagos era norma lo suyo aspiraba a un cierto refinamiento y modernez en consonancia a lo que se hacia por el resto de Europa dentro de la música de librería. Tenían claro que lo suyo era un producto y no aspiraban a trascendencia o reconocimiento artístico sino al logro profesional. Elaborar una buena cortinilla sonora que ilustrase lo solicitado por el cliente, otorgándole presencia mediática junto a los consiguientes réditos económicos necesarios para prosperar. Más o menos, aunque sin la impostura del engaño, lo que es el pop hoy en día; un género en el que se ha obviado el componente emocional y cuya aspiración máxima, me temo, es la de servir como fondo sonoro a campañas corporativas.

Contaban, además de con Joan Lluís Moraleda como director musical, con José Antonio Teruel Fábrega como ingeniero de sonido y Jefe de estudio. Procedía J.A. Teruel del mundo del doblaje para televisión y publicidad. Había comenzado su carrera, tras estudiar electrónica en Barcelona, en el equipo de montaje de “La Voz de España” y muchos años después crear Sonodigi, un estudio de sonido que ha trabajado con todas las agencias y productoras de nuestro país. Nótese la presencia todavía de un cierto romanticismo en las notas interiores de la carpeta; Mención al patrón y mención al artista. Ninguna a los técnicos y operadores.
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PÍCARO; Old fashioned Cha-Cha twist, Rhum-exotica and other fine melodies. (Grumete records LP)

Digámoslo de entrada; Don Javier de Frutos es un adalid del buen gusto, rastreador incansable de sonidos y emociones, arqueólogo de breves instantes que nos procuran entusiasmo y felicidad. Este enésimo capitulo de su labor, titulado “Picaro” acaba de salir a la venta en edición limitada a 500 copias en formato Lp y es más que recomendable. Qué digo recomendable, ¡Sublime!. Generoso como es ha tenido la deferencia de pedirme un texto presentando la alineación. Aquí tienen ambas cosas. Un teaser de la selección musical y el texto. Sobra decir hacia cual deben dirigirse sin demora alguna.

Hemos pasado, con la sobredosis de la oferta y la fugacidad de los gustos, de solaparse los estilos en busca de exclusividad o grandeza, a un advenimiento en ocasiones cansino empeñado en rescatar pequeñas corrientes. Son -o han sido- éstas materias completamente olvidadas, cuando no menoscabadas o directamente vapuleadas por el consenso general de los entendidos. Cabría, desde la humildad y la pasión, cuestionarse con sinceridad si tal asunto ha sido justo, si ha sido bueno o siquiera si ha tenido alguna importancia. Cabría también quizás, conformarse con asumir que la búsqueda de ese bálsamo de Fierabrás es tarea propia y única sometida a muy diversas valoraciones.

 

  Frente a esas ansias por epatar y ser los primeros en pódium (billetera y modas mediante) quedamos algunos locos -porque seamos sinceros, eso es lo que en gran parte somos- empeñados en encontrar pepitas de oro entre los cantos rodados y la arenilla mas huera. Y si seguimos con la sinceridad, aceptaremos que en realidad somos gente sumamente perjudicada que intenta, no siempre con éxito, evitar confundir valor y precio. Huelga decir que sin por ello -o tal vez precisamente por ello- ser en absoluto inmunes al virus y la enfermedad sino más bien, en última instancia, ser proclives a ella. “Pícaro”, la recopilación que tengo el honor de presentar, es un disco de tan modestos objetivos como ambicioso punto de partida. Disfrutar y conocer, compartir y bucear entre rodajas de plástico abandonadas a su suerte en las cubetas de almoneda polvorienta. La celebración sincera, sin orden ni concierto, de episodios orillados y rotundos. Orquestas desmelenadas, Twist y Rock and Roll,, R&B y Latin Soul. Todas las combinaciones posibles que se les puedan ocurrir. Vayamos a ellas si tienen a bien;
 
 Comencemos con el italiano Riccardo Rauchi -su impoluto bigotillo, su pinta de señor mayor ya incluso en su juventud, su ligero sobrepeso- recreando el “Love me forever” de Jodie Sands y titulándolo “Vivo perchè te amo”; irresistible y saltarín do wop romano de acogedora y jovial melodía. Consecuencia y fin de cómo el saxofonista del sexteto de Renato Carosone pasa a tener Il suo complesso y orquesta y de ahí a acompañar a Miranda Martino, a Riccardo del Turco o a Sergio Endrigo (quién fue el solista de su orquesta antes de emprender carrera en solitario). Clase lo llamo.
 

 Pasemos ahora a Francia. Les Brettel’s fueron la banda de acompañamiento de Henry Salvador (quién hace gritos, risas, frases, onomatopeyas, cualquier cosa que orne la tonadilla) y a su sumbra prosperaron. En esta versión del “Watermelon man” nos muestran sus razones y sus poderes, a mitad de camino entre la exótica, el humor y el novelty. Bentir en cambio era un argelino afrancesado de nombre Mahieddine de quién se cuenta que iba de pueblo en pueblo, por caminos polvorientos a lomos de su vespa, mientras blandía su guitarra eléctrica como arma imbatible en busca de la melodía eterna. Quién también, tras la batalla de Argel, tuvo que salir por piernas a la metrópoli parisina, donde tendría una próspera carrera de twisteur. ¿Qué decir de Jacky Noguez?. Sí, ese atorrante acordeonista capaz de inducir al delito cuando se ponía serio y trascendente y que en cambio podía ser seductor y divertido cuando recreaba el “24.000 baci” del gran Celentano. Una revisión cuya mera escucha me hace -y disculpen el arrebato- imaginarme de inmediato a Michael Caine en “Un par de seductores”.

 

 ¿Qué ocurría mientras tanto en nuestro autárquico entorno? Pues vaya, no era exactamente La enajenación psicodélica muñeca, pero casi, oigan.Es lo que de bueno tiene no ser considerado. Ser un subgénero dentro de un arte ya menor, catalogado como mera fábrica de melifluas melodías dedicadas a disimular el magreo de suripantas por parte de jóvenes desatados o de potentados del estraperlo. Pero amigos, allí -aquí- podían suceder extraños, enormes prodígios. Versiones absolutamente INCREÍBLES en clave exótica de himnos hispanos; Bongos y trompeterio en el formidable “Porompompero”. Cha cha cha y violines en “La bien pagá”, trascendiendo lo racial y carpetovetónico, la primera a cargo de Johnny Miranda, la segunda gracias a Quino Moreal y su Orquesta. Siguiendo en nuestro país y en territorio de la exótica -ahora vocal- imaginémonos un musical cualquiera decorado por turbadoras fantasías con Los Quando’s y su “Murmullo en la selva”; gatitas susurrando quién sabe qué entre ligera, sofisticada instrumentación. O escuchemos el Twist de reminiscencias guardiolescas (voz engolada y orquesta ad hoc) para seducirnos entre los -aparentemente- cándidos retratos de la muchacha moderna, firmados por un tal Francisco Lario. Uno -otro más- de los sorprendentes discos sorpresa de la serie Fundador. Finalicemos el recorrido por nuestra geografía musical con un espléndido twist formado por Los Showmen; guitarra surf poderosa y fulminante hand clapping capaz de mirar directamente a los ojos a cualquiera. Capaz de redefinir algo en principio tan manido como “La Cucaracha” y hacernos implorar, mientras quedamos sin aliento apenas, más, más y más.

 

 Allende los mares, que diría el clásico, demos la vuelta al mundo y naveguemos por sus aguas. Zarpemos hacia los mares de oriente con el “Chakkiri bushi” de Micky Anderson, delicatessen sita en ese bizarro álbum de edición hispana titulado “Temas del Japón”. De como algo en principio insustancial o meramente curioso se convierte en paradigma del surf más vitalista y rotundo. De allí pasemos a una abracadabrante versión del clásico del folklore ruso (“Ojos negros”) firmado por el saxofonista germano Max Greger. De la misma camada que los famosos Coniff, Last o Antolini, no disfrutaría en cambio de su popularidad, lo que no es óbice para deleitarnos con la fastuosa combinación, sin recato alguno ni vergüenza, de los sonidos imponentes de las spy movies chez Barry o Goldsmith con la nostalgia propia de la canción original. Tras una escala en el Indico presentémonos en el set de rodaje de, qué sé yo, “La tumba India”, versión Bollywood, con David the Red sea Singer y su “The Oriental beat”. Si no sienten un cosquilleo sicalíptico es que no son ustedes humanos, no señor. Detengámonos también en el Caribe y maravillémonos con la formidable recreación del “Runaround Sue” de Dion & The Belmonts cortesia de Roberto Seto y sus Rumberos; efluvios de rumba caribeña, rock and roll y do wop cuchifrito, celebración y fiesta, ¿Para qué más?. Completará esta deliciosa terna los Nu Trends y su “Spookville”, algo especialmente indicado para cualquier fiesta de la noche de difuntos, adictivo y elegíaco, como cualquier vampiro que se precie,  Sandy Ford y el sempiterno “Shout” o Red Apple and the Turnovers y su abrasador, sin aliento “Tin lizzy”, Ennumerda la pimpante alineación, juro solemnemente sobre mi colección de discos que no cabe otro calificativo ante esta selección que el de impecable.
 Asi qué, para concluir, reconozcamos humildemente de nuevo nuestra merma. Cual tonto del pueblo mostrémonos jubilosos ante los hallazgos, por nimios que éstos sean. Obviemos que tal vez haya alguien que llegue a tomar a mal nuestras humildes reivindicaciones. Seamos pues tolerantes y aceptemos que probablemente nos califiquen como otros más de los habitantes de la variada fauna que puebla el género de los iluminados o, lo que aún es peor, horror, jipsters. Pero no dejemos -No deje Don Javier, se lo suplico- nunca de persistir en la locura. No se me ocurre otra manera más cabal de mantener la cordura.

Diez razones para dejar de seguir …

… este blog. Refugio de atavismos casi patológicos, recurrentes obsesiones musicales y reflexiones hilvanadas de aquella manera. O sea, malamente. Pero una vez se ha pasado por encima de lo superfluo igual si que permanece algo sustancioso. Las canciones. Porque eso y no otra cosa es lo que les ofrezco. Diez canciones que me llevan absolutamente de cabeza (en el buen sentido) este último mes. No es una lista génerica o por estilos sino descabalgada y muy vinculada a mi. Asunto sin importancia, lo reconozco. Ustedes dirán.
 

Lo he intentado, se lo juro. He escuchado este disco varias veces en el último mes. Atentamente, esperando amortizar los ocho dólares que me costó. Ha llegado la hora de reconocer que es mediocre, incluso para mis standards. Pero igual que digo una cosa digo la otra; “Bad dreams” los vale varias veces. Una barbaridad de esas que me vuelven absolutamente loco; formidable guitarra fuzz pespunteando la melodía, estrofas coroladas con una voz en falsete, la batería y el órgano de la mano. Todo lo que yo le pido a una gran canción pop. ¿El resto? pues sigo igual, tal vez se salve “I’m only dreaming”, pero del disco del tal Dick Domane (del que reconozco que nada sé) he de admitir que poco más puedo salvar. Ahora bien, insisto, “Bad dreams” es tan sublime, tan directa, tan perfecta. No puedo dejar de preguntármelo; ¿Y si hubiese single?. Disculpen la vulgaridad pero me humedezco sólo con pensar en tal posibilidad.

 

 

A Ruthann Friedman la han recuperado – cada día que pasa se lo agradezco más- los titanes de Now Sounds con la recopilación “Windy”, titulada igual que el mega éxito que compuso para The Association. Recoge ésta el que iba a ser su primer disco, grabado junto a varios músicos del wrecking crew y luminarias como Van Dyke Parks, Randy Newman o Curt Boettcher. Jerry Moss, capo de A&M finalmente archivó el disco y decidió no publicarlo. Un año más tarde, ya en Reprise, publicaría este “Constant companion”. Un Lp en esencia de las mismas características (por intimo y desnudo), que no en la forma. Donde antes había grandes músicos y arreglistas, productores imaginativos y expansivos, ahora está ella sola a la guitarra acústica con alguna pequeña colaboración -improvisación estaría mejor dicho – de su amigo Peter Kaukonen con la eléctrica. Un disco frágil en apariencia, que parece a punto de romperse, con su voz similar a la de la Joni Mitchell menos mística, pero que en el fondo es duro como el granito. Música profana de serena, casi devota belleza. Les dejo con “Ringing bells”.

 

 
 
Ya les he hablado de Richard “Dick” Hyman en el post anterior. Incluso creo que cité este disco de pasada. “The man from O.r.g.a.n.” es un disco simpático sin más, con momentos divertidos y curiosos, incluso ingeniosos, aunque en otros con el piloto automático puesto. Bien hecho, sin duda. De esos que había cientos, miles. Con el gramaje y el peso adecuado, y el diseño de una portada estupenda que te lleva hacia él irremisiblemente. Uno, creyente facilón y convencido, no necesita de nada más para la seducción. Pero en el final de la cara B, la última canción del disco… ¡Booom! … ahí está, hammond soul de primerísima magnitud, adictivo, exultante. La versión definitiva de “Agent double-o-soul”, el clásico del grand Edwin Starr. Una canción de esas que te alegra el día. O la semana. O…

 

Ahhh, les puces. Las tiendas de discos y los rastros en general. Cuántas sorpresas deparan. Este diez pulgadas de los belgas Les Cousins cayó en mis manos hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Si que recuerdo que me dirigí a él conminado por la hermosa fotografía de ellos en la portada y que reconocí dos de sus canciones por tenerlas en unos de esos benditos eps que Belter publicaba en nuestro país; “Relax baby” y “Hey Mae” creo recordar que eran, hablo de memoria. Pero la verdadera maravilla, la absoluta joya de la corona es un denso instrumental titulado “The Robot”; tenebroso, escueto, casi espectral. De morosa y firme progresión desde su inicio para terminar añadiendo volumen, densidad y salvajismo controlado. Hipnótico y muy adictivo. Prueben y verán.
Otros que tal. Sé que en ocasiones algunos amigos me acusan de cierto chauvinismo pero no creo que sea cierto. O no del todo. Uno no le hace ascos a nada. Lo que sucede es que me resulta todo tan evidente que no puedo más que sorprenderme por la cicatería en alabar lo que a mi me parece tan obvio. Un grupazo con todas las de la ley cuyo único demérito probablemente fuese haber surgido y crecido en un lugar donde estas cosas -en realidad todas las cosas- tienen escasa trascendencia y repercusión. Los Pekenikes fueron Dioses, háganme caso. Este “No puedo sentarme” (cover del “You can’t sit down” de Phil Upchurch Combo hecha , imagino, a partir del éxito de la version de los Dovells de dos años después), incluida en su primer Lp es una de sus múltiples joyas, en este caso de la primera época (“No te la vas a llevar”, “En la onda”, “Ya verás”, “Es mejor olvidar”, “Eso fue tu amor”, etecé). Una época en la que todavía combinaban lo vocal con lo instrumental y, como siempre, atinando justo en el centro de la diana. Perdónenme el esnobismo pero he subido la portada de la edición americana en UA latino, tan evocadora, tan elegante. Sospecho que imagen idealizada del diseñador del sello de algo que por aquí no era así ni por asomo.

Mi amigo Eduardo me conoce bien. Es una especie de curandero del alma, psicoterapeuta de mis obsesiones musicales que me proveé con esmero de ediciones argentinas, siempre impecables y ajustadas de precio. Recuerdo que, como con tantas y tantas cosas, uno no tenía ni idea de quienes eran los Wonderfuls. Bueno, la verdad es que sigo sin tenerla, a lo que me refiero en concreto es a que no conocía esta joya titulada “Busco un corazón”. Sí que recuerdo que todo surgió de casualidad, cuando me ofreció, tras previa solicitud, una copia de la ansiada “¿Dónde está esa mujer que yo amé?” (no sé a que esperan a conocerla si aún no han tenido la fortuna de escucharla) del Grupo Uno. Me envió, como suele, solícito, atento, muy profesional, una relación de discos que me ofrecía con sus correspondiente mp3 para que los escuchase. Y allí estaba “Busco un corazón”. Una bomba de soul con vientos desbocados y letra tontorrona de esas que tanto me gustan. Me volví loco. Literalmente. Tampoco es que se necesite mucho para ello. Tan sólo una gran canción que todavía no conozca.
Cambiemos de tercio. Modern soul sicalíptico a lo Barry White con toda la parafernalia necesaria para tocar el cielo; wah wah a dolor, melodía encadenada, voz lasciva, arreglos de cuerdas carnosos y mega producción (Jim Burgess por Tom Moulton). Añádanle a un sosías del gran Enrique Villén posando orgulloso con una sonrisa satisfecha y adornado de una permanente rijosa, camisa pertinentemente desabotonada más sobrio chaleco y pantalón acampanado negro. Como corolario a todo ésto, súmenle una serie de lobas hambrientas de las etnias más populares , disputándoselo y ya tienen la ecuación completa. ¿El resultado?, muy sencillo; “We belong together (just you and me)”. Lo confieso, por mi podría durar media hora. Lo que quisiese en realidad, dejémosnos de tonterias y medias tintas.
 

 

Una, otra más de las razones por las que uno bendice el nombre de la gente de Now Sounds. En esta ocasión por sus dos volúmenes de “Book a trip; The Psych sound of Capitol records”. Canciones descubiertas, canciones recuperadas, canciones olvidadas. Este single de los suecos The Shanes, estando en la primera categoría, tiene todo aquello que uno le pide a una canción pop; melodía, nervio, joie de vivre, concisión y su puntito de ingenuidad. Bienvenidos.

…Chris Craft # 9 you’re welcome aboard...

Por fin conseguí una copia. En perfecto estado. Mil, un millón de gracias Javier. ¿El Santo Grial de la Rumba?, no sabría decirles. Uno de ellos probablemente. Y con toda justicia. Ni una canción que baje del notable y  varias cómodamente instaladas en terreno del sobresaliente. Un disco tocado por la mano de Dios; ritmo y sentimiento de la mano, la fugacidad del momento inspirado. Puro talento. Como ésta,  sin ir más lejos, la que lo abre…

Para terminar, una broma, un experimento, tal vez un despropósito. Espero sepan disculparme pero uno es de la opinión que si, desde el respeto a la obra ajena y a los lectores que por aquí se pasan, no puede jugar con sus obsesiones y taras aquí en su casa, no sabe ya dónde podrá hacerlo. Lo que les ofrezco es una mezcla casera de “Danza nº 8” de los fantabulosos Relámpagos. La original es una pieza de sorprendente psicodelia española a partir de su elegante clasicismo. Una pieza un tanto atónita, mágica y formidable sita en uno de sus Eps con la reinterpretación de la música clásica española. El audio que he elaborado pretende respetar el espíritu y acentuar las aristas; Panorámicas planeadoras, evocación lisérgica y un cierto atonismo contemplativo. No sé, juzguen ustedes.

JOE & BING Daybreak

Como escribia Keith D’Arcy en las notas incluidas en la reedición del cd publicado por Rev Ola en 2004 “No existen muchos discos con la magia de este, tan trascendentes y tan merecedores de ser rescatados. Sus canciones conjuran una América perdida, poblada de soñadores adolescentes californianos vestidos con chaquetas de flecos, peinados como Chris Hilman y con vaqueros y zapatillas Jack Purcell. De rubias rojizas montadas en polvorientos escarabajos por las autopistas de Arizona dirigiendose hacia los interminables amaneceres veraniegos.”

Muchas fueron las vicisitudes de “Daybreak”, casi todas desafortunadas cuando no funestas, hasta llegar a convertirse en una especie de objeto de deseo de los coleccionistas de sunshine pop, soft grooves y american folk. Porque de todo ello hay -de ahí lo poco común del disco- en “Daybreak”. También hubo alguna afortunada. Una vez más el mundo de las ediciones discográficas depara agradables sorpresas, a menudo indescifrables. Porque ¿Cómo cabe definir el que un disco tan formidable pero de tan infimísima repercusion tuviese edición italiana varios años después de su casi invisible edición original?. Sucedido y constatado el prodigio; ¿No resulta todavía más sorprendente el que lo hiciese bajo el nombre de Eumir Deodato and Friends en el sello barato de CBS, Sugar?

 Joseph Joe Knowlton y William Bing Bingham se habían conocido en 1962 en un elitista colegio sito en Watertown. Ambos congenian y a su afición a la música unen lo consustancial a cualquier adolescente con las feromonas en su máximo apogéo, deslumbrar a las chicas. Junto con su amigo Tony Howe forman un trio a la estela de la música folk imperante. Han escrito ya alguna de sus mejores canciones (Daybreak, If love’s in season, Look to the river) que interpretan en público junto a un puñado de escogidas versiones. Poco a poco van apartándose de sus obligaciones académicas e imbuyéndose en el espíritu de la época hasta que son invitados definitivamente a dejar el college. Una version en especial, “I’m not forgetting your name” de Stephen Stills (escuchándola sabremos por qué), perdurará en su repertorio, siendo la única versión, junto a una toma de “Fennario” -canción tradicional escocesa- que incluirán en su futuro Lp.  

 Pero lo que en un principio parecía dedicación exclusiva a sus canciones y a su música tiene que quedar aparcado. Vietnam acecha y el draft es ineludible. Cuatro años pasan en el ejército hasta que en 1969, ya licenciados, aterrizan en Nueva York. Es allí, en un estudio contiguo al famoso Brill Building, donde a traves de un antiguo compañero de clase, George Klabin, conocen a Harry Lookofsky (padre de Michael Brown, geniecillo tras los primeros Left Banke y arreglista de su “Walk away Renee”) quién queda encantado con el par de canciones que interpretan y les sugiere una idea que le bulle en la cabeza. Es aquí cuando aparece la figura de una emergente estrella brasileña, el arreglista y compositor Eumir Deodato

 Eumir Deodato había llegado a Nueva York en 1968. Innumerables compatriotas estaban allí instalados al cobijo del exito de la bossa nova (Marcos Valle, Walter Wanderley, Astrud Gilberto, Luiz Henrique, Luis Bonfa, etecé)  y lo habían requerido como arreglista y músico a Creed Taylor, para cuyo sello, CTI, solían grabar. Es durante la grabación de “Beach Samba” de Astrud Gilberto donde conoce a Loolofsky y entablan amistad. Es lo que se dice una estrella emergente. Cuando escucha las demos de Joe & Bing al inicio de 1970 acaba de terminar las sesiones de grabación del “Sinatra and company” para Reprise. Cae rendido con las canciones y las melodías. Joe & Bing llevan perfeccionándolas ¡¡Siete años!!. Pese al gran lapso de tiempo que existe entre las composiciones Deodato hace un trabajo estupendo y todo parece fluir simultáneo, perfectamente encajado; El piano evocador, las guitarras acústicas, los arreglos de cuerda, los juegos de voces, el tono orgánico del conjunto. Todo mezcla como una única cosa. Especialmente impactado quedará con “Daybreak”, influyendo para que su amiga Astrud Gilberto la grabe para su lp “Perception”.


“Sail” probablemente sea el ejemplo más perfecto de la sociedad entre ambos. Con un inicio a lo “Captain Bacardi” de Jobim y su arreglo de flauta, la canción fluye entre un piano sutil y juguetón mientras la voces del dúo captan de manera lacerante un tiempo que ya ha pasado. Acaso sea ese el motivo principal por el que son ignorados; en una época en absoluto ingenua, desencantada, un tiempo donde el hippismo ya es pasado, y lo hermoso per se ya no tiene lugar, lo suyo carece de sitio al no ir recubierto por la pátina formal doliente y torturada o de los apavientos airados como liturgia generacional. Son solo canciones acerca de pequeñas cosas.

 Probablemente el que trabajase Deodato explica el por qué tantos fantásticos músicos interviene en unas sesiones de grabación, a priori, de tan bajo perfil. El mismo Deodato se encarga del teclado en las canciones que arregla, Joe Beck toca a la guitarra (favoritisimo el riff elegante y contenido de “It’s ok”)  y varios bateristas soberbios son parte del elenco; Grady Tate (quién ha tocado con los mejores jazzmen), el genio del ritmo, el brasileño Dom Um Romao e incluso Geoff Daking, baterista de los Blues Magoos.


  Una vez terminada la grabación el dúo se queda con las 1.500 copias promocionales, con la portada hecha a mano (la silueta de ambos dibujada por la pluma de su amiga Betsy Byrne sobre un fondo blanco) para venderlas en sus actuaciones. Mientras tanto George Klabin se encarga de moverlo entre las compañias grandes sin ningún éxito. Decepcionado intenta otra vía. Su padre era brasileño y él tenía contactos con la industria discográfica de allí (probablemente, tras la americana, la mayor en cantidad y calidad del mundo entero) y llega a un acuerdo con Roberto Quartin, dueño de Forma records (donde publicaban o habían publicado leyendas del tamaño de Baden Powell, Marcos Valle, Vinicius e incluso un debutante Eumir Deodato). En aquella época Simon and Garfunkel, CSN&Y, Bread, Seals & Croft y otros grupos vocales son tremendamente populares en Brasil. Este hecho y la recomendación de Deodato hace que una segunda reencarnación de “Daybreak” vea el mundo en 1971 en Brasil. Para la portada utilizan una fotografia campestre del dúo. Lo único que vieron Joe and Bing como pago fue una caja de copias promocionales y la errata de la portada, bautizando el disco como “Best of friend” en lugar del nombre del dúo.

 

La edición italiana que encabeza el post no es, por desgracia, el disco al completo. No incluye, por ejemplo esa obra maestra que se titula “Summer sound”, capaz de mirar a la cara a cualquier clásico de la época que se nos ocurra y que resume en escasos tres minutos todo aquello que Keith d’Arcy tan bien retrataba en las notas de la reedición en cd de Revola; La América perdida, poblada de soñadores adolescentes californianos vestidos con chaquetas de flecos, peinados como Chris Hilman y con vaqueros y zapatillas Jack Purcell. De rubias rojizas montadas en polvorientos escarabajos por las autopistas de Arizona dirigiendose hacia los interminables amaneceres veraniegos.  El sonido del verano. de aquel verano. De todos los veranos.
Las palabras, por mucho que nos empeñemos, no son nada más que eso, palabras. La música en cambio puede llegar a ser todo lo que queramos que sea.

(Reescribo ahora, en diciembre del 2015, para recordarles que el sello español Mapache ha reeditado primorosamente tan magno disco. Si aceptan un consejo, compren)

LOS CHEYENES He perdido este juego

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 Resulta hoy evidente que los barceloneses Cheyenes trascendieron el Print the legend fordiano. Esa máxima que señala que cuando los hechos se convierten en leyenda, es esta última la que perdura. Con ellos hechos y leyenda se fusionaron, con el paso del tiempo, hasta convertirse en un único y mismo asunto. 
 

En aquella época todas las discográficas, despistadas pero no ingenuas -los grupos firmaban por varios años, les entregaban todos los derechos editoriales- andaban tras la pieza que pudiese procurarles su tajada. Era el tiempo de Los Brincos. El coste de la prospección solía ser ínfimo, imprevisibles los resultados pero magra la recompensa. Algunas veces se disparaban al pie o no lograban el rédito esperado, algo, por otra parte, amortizado de partida para quién decide jugar al porcentaje.

Los Cheyenes fueron una especie de ovni en un parque aéreo repleto de aviones cochambrosos. Imagen chulesca, desafiante. Inmediatez y curiosidad. El ansia de comerse la vida y de no permitir que ésta les devorase a ellos. El retazo inspirado frente al perfeccionismo concienzudo. Reflejo y constancia de una realidad incompleta, en creación, y precisamente por ello verdadera. Jóvenes airados con un repertorio influenciado por el R&B blanco. Cuatro casi adolescentes del Poble sec, los hermanos Roberto (cantante y guitarra solista) y Joselín Vercher (bajista, coros), más José María Garcés (guitarra rítmica y coros) y el baterista Ramón Colom (ex Flaming Stars, el único con experiencia previa) a quienes la industria suponía perfectamente domesticables. Firman por RCA tras su actuación en un festival, agradecidos a Pedro Heredia -cazatalentos local y posteriormente su manager– y en parte despechados hacia el resto de compañías que previamente les habían rechazado; Belter, Vergara, Emi..

 

Debutan en 1965 con “Válgame la Macarena”, una canción de aire racial a la estela de “Flamenco” firmada por un compositor de la casa (Jorge Domingo) y lo más parecido que tendrían jamás a un hit. Su salvajismo y primitivismo la rebosa por todas partes. Es el tema estrella de su primer ep (RCA Victor 3-20921) completado con “Ven ahora”, una rudimentaria y anfetamínica version de los Kinks (“Come on now”), otra canción firmada por Jorge Domingo, más beat (“No me esperes”) y una composición propia (“Lloré por ti”). Se adivinan las costuras de algo grande, único, aunque la carencia de medios y la precipitación en ubicarlos en el negocio no les ayudan en demasía. Tampoco su acusado carácter indómito; Intentan rentabilizar el episodio censor que les impide aparecer en TVE, al negarse a cortarse sus melena, con una parodia de dicho suceso que provoca atascos en la Gran Vía madrileña, frente a los estudios de Radio Madrid.
Ese mismo año publican un segundo y fantástico ep (RCA Victor 3-20952). Todo está perfectamente ensamblado. Ya desde su portada, con  sus rostros en blanco y negro en primer plano, semejando zombies narcotizados, poseídos, con los hermanos Vercher haciendo gala de un hirsutismo unicejo. Con solo darle un vistazo se advierte que son otra cosa, ajenos al acicalamiento y lo inofensivo, en absoluto controlables. Dos soberbias canciones propias (“Conoces el final” y una especie de reverso previo del “Fuera de mi corazón” que los Salvajes harían en 1967 titulada “¿Por qué te fuiste?”) junto a una versión de los Hollies, probablemente vía The Guess Who (“Y olvídame”) más otra composición de Jorge Domingo “Devuélveme mi corazón”. Un disco redondo que conforma la perfección de la inmediatez y la pulsión de lo indómito. Energia y rabia. Un fuego fatuo, volátil e inextinguible, combinación ganadora mezcla del ingenuo arrebato y la iracunda juventud.
 

1966 lo abren con otro disco perfecto, el single “He perdido este juego / Tú no llegaste a mi” (RCA Victor 3-10153). La primera, punk avant le punk, es pura adrenalina adolescente. Decca stoniana; Certeros riffs de crudo R&B, metronómica base rítmica y la sorpresa de esa armónica maliciosa hacia el final. La segunda, de guitarras refinadas, elegantes, muy Byrds, casa folk rock melancólico con eso que hoy viene a llamarse popsike, logrando domesticar por momentos al ruido aunque no a su furia. Porque esa era otra de sus virtudes y no menor. Una vehemencia convincente, ni predispuesta ni forzada, sino natural, lógica.

Un tercer Ep (RCA Victor 3-21000) finiquita su mágico 1966. Autores ya de todos sus canciones, tal vez sea el más honesto y fidedigno resumen de lo que son y no están dispuestos a renunciar a ser. Las -casi con toda probabilidad- últimas voluntades de un prodigio irrepetible que duró dos años. La suma de coherencia vital y artística, de rigor, talento y tozudez iluminada que sólo se da en breves periodos de la vida. Algo raro e inusual en cada una de sus condiciones por separado y de todo punto extraordinario cuando coincide perfectamente ensamblado, siendo una única cosa…

“No pierdas el tiempo” toma el riff inicial de “Ticket to ride” y lo traslada a la playa de la Barceloneta. La enésima -y sublime- revisión del amor adolescente, en esta ocasión hablando de la redención a través de la renuncia. Guitarras elegantes conversando entre una base rítmica precisa. “Bla, bla, bla” en cambio es rhythm and blues fiero, sincopado, trufado de gritos, electricidad y lamento. La ductilidad no está reñida con el nervio. No en ellos…

 

Tal vez ahí deberían haber echado el cierre. Dejar huella indeleble. Sin concesiones. Deserciones, el malhadado servicio militar, desencanto… la vida, ese acreedor usurero que siempre cobra su peaje. El paso del tiempo rompiendo de nuevo el enésimo conjuro. Todavía editan otro sencillo (“Borrachera / Siguiendo el sol”) (RCA Victor 3-10226), ya sin Roberto, suplido por un nuevo guitarra solista y un nuevo cantante. La primera es casi un chiste -malo- indigno de ellos. La segundaes una fallida tentativa psicodélica por la que uno siente inexplicable simpatia; El reverb inicial, el phasing, el tono melancólico que la impregna, los arreglos de cuerdaa, los coros etéreos …un momento… ¿Fallida?… ummmm … Roberto Vercher regresará en 1968 pero para entonces el otoño cheyene es ya inexorable. Implacable..