THE HOLY MACKEREL The Holy Mackerel (Reprise, 1968)

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Aunque hoy considerado uno de los gigantes de la música popular americana, el inicio musical de Paul Williams no fue ni mucho menos algo que pudiésemos calificar como afortunado. Rebotado de una incipiente y tortuosa carrera cinematográfica como actor infantil (“Los seres queridos”, “La Jauría humana”) que había devenido prácticamente en la constitución -como con tantos otros precoces actores- de un juguete roto, Paul Williams reconoce que comenzó a escribir canciones “como entretenimiento” tras ser uno de los candidatos en la terna final de los futuros Monkees y ser descartado en el último momento.

Tras constatar que su físico, aquel que una vez jugó a su favor, estaba siendo un lastre, se decide a escribir canciones, abandonando sus aspiraciones actorales, y entra a formar parte del sello White Whale como compositor. Medio año apenas es lo que durará su periplo, siendo despedido con una carta en la que su director, Lee Lasseff, firmaba un texto demoledor; “No creemos que tenga usted futuro en el negocio de la música”.

De natural optimista y tendente a ver siempre el vaso medio lleno reconoce hoy que “No es que aquello fuese un regalo pero sin ello no hubiese podido hacer lo más tarde hice”. Inmediatamente después a ser despedido conoce a Richard Perry, el afamado productor, quién le propone que trabaje para él. Había producido el disco de Tiny Tim, “God bless Tiny”, para Reprise records, la compañía que había fundado y de la que era accionista Sinatra, alcanzando un top 20. El primer sencillo de dicho álbum (“Tip toe thru the tulips with me”) llevaba en su cara B una canción titulada “Fill your heart”. Venía firmada por Biff Rose y, sí, por Paul Hamilton Williams II.

Perry vislumbra el talento agazapado y le ofrece grabar un disco completo para Reprise. Un tanto sobrepasado por el encargo y con ciertas inseguridades vitales que ya traslucían, aunque de manera discreta, en sus primeras composiciones (no tanto en su facilidad narrativa como en la desazón que flota en las tramas) decide formar un grupo ex-profeso que diluya un tanto su presencia insegura y tambaleante. Su hermano, Mentor Ralph Williams a la guitarra rítmica y ayudándole en las voces, el ex-bajista de Jefferson Airplane, Bob Harvey, el guitarrista George Milton Hiller Jr., la flautista Cynthia Ann Fitzpatrick y el ex-batería de los Turtles, Don Murray, serán los elegidos. The Holy Mackerel son ya un ente corpóreo, una realidad

En la época en que le daba forma definitiva al calamar sagrado, Paul conoce por mediación de Chuck Kaye (de quién era amigo desde los tiempos de White Whale) a Roger Nichols, un compositor de canciones con aspiraciones de intérprete en la plantilla de A&M. Nichols es todo lo contrario a él. Seguro de si mismo, atractivo, despreocupado por el qué dirán, encarna al sueño americano en su máximo esplendor. Por instigación de Kaye escriben juntos un puñado de canciones, casi al mismo tiempo en que aparece el sublime “A small circle of friends” (A&M, 1968) de Nichols. Viene para ser el sustituto de Tony Asher, aquel publicista socio de Nichols en la composición y ahora centrado en lo que parece ser (y no lo sería del todo, aunque esa es otra historia) una colaboración prolongada y fructífera con Brian Wilson.

“The Holy Mackerel” comienza a grabarse en marzo de 1968 en el Sunset Sound Studio de Los Angeles. Las primeras dos canciones terminadas son “The golden ghost of love” y “To put up with you”. Esta última no aparecerá en el futuro Lp sino que Paul se la guardará para su debut en solitario, “Someday man”, en 1970. De allí pasan a otro cuartel angelino, los United studios, reclutando nuevos músicos (el bajista Steve Lefevre) y dando cuerpo al resto del disco. Perry ha intentado mostrar al grupo las enormes posibilidades de los trucos de los estudios. Y bien debido a ello, bien al azar centelleante, produce sus frutos; “Uno de mis momentos favoritos del disco es un instante fortuito. Estabamos grabando los arreglos de cuerda de la última canción, “1984” y de repente, o Perry o el ingeniero, accidentalmente le añadieron la batería. Fue un gran accidente. Le dimos al resto de la base rítmica y fue mágico. Le da un sentido espacial, de amplitud a la canción que sino fuese por esa casualidad no hubiésemos sabido lograr”.

La grabación continua durante la primavera y el verano. La presunta portada original recoge a los miembros del grupo desde un plano cenital, pero una serie de problemas y cambios en el personal hace que tenga que ser modificada. Bob Harvey, el bajista, solo ha escrito una canción, la psicodélica “Wildflowers” -un delicioso mid tempo adornado de voz con phasing, sitar eléctrico y tabla- deja el grupo antes de terminar la grabación. Inmediatamente es susitituido por Jeremiah Obern Scheff (Jerry Scheff, quién más tarde formaría parte de la banda de Elvis Presley) un bajista casi matemático, de pulsión elegante y percutiva. Don Murray también deja el barco y es sustituido por Michael Ray Cannon. Según George Hiller; “Don quería actuar en nightclubs y no entendíamos por qué. Yo creo que era porque se aburría con la fluidez con la que las canciones brotaron, que necesitaba acción”. Dewey Martin, el batería de Buffalo Springfield, parece ser que también colaboró en parte del disco aunque no está acreditado ni, en caso de haberlo hecho, en qué canciones en concreto.

El disco es un batiburrillo de estilos, del Country a la psicodelia pasando por el hoy llamado sunshine pop (“Bitter honey”, firmada a medias por Nichols y Williams puede definirse sin temor a equivocarse como uno sus pilares más firmes), tal vez un tanto inconexo en un principio pero en el que todo encaja una vez reposado, convenientemente asimilado. Paleta multicolor de la música americana donde convergen las distintas personalidades -presentes y ausentes- de cada uno de ellos, “The Holy Mackerel” comienza con la soberbia “The secret of pleasure”. Firmada por Williams/Michaels la letra, onírica y cercana, con un matiz de doliente ensoñación, casi implorante, es la puerta de entrada a su universo. Un universo donde los sueños infantiles y lo intangible propio del deseo adulto quieren darse de la mano, donde lo floreciente y también lo macilento confluye hasta formar un ente no por literariamente fantástico menos real, mientras una flauta sinuosa, levitando -si acaso eso pudiese ser- parece querer mecer toda esa panoplia, ese conjuro.

Time to remember
Can you remember?
Remember now

Time to remember
The heroes you thought you could be
Time to remember
The kingdoms you wanted to see
Come now we will arm ourselves
With paper hats and pleasure
Come now we will lose ourselves
In fantasy and fun
Turn now to the younger dreams
Of pirate kings and buried treasure…

Le siguen en el disco dos canciones de Paul Williams; La mágica “Scorpio red”, con su guitarra y el órgano omnipresente conversando, de nuevo la soprendente flauta en el puente “…Born at the edge of winter she was november’s child, under the sign of the Scorpio she was born to be wild…” . Los coros exacerbando el climax, el dobro simulando a una caja de música antigua. Una de esas que, si has tenido la fortuna de abrirla y escuchar en una habitación en penumbra, te cuenta susurrando una historia distinta en cada ocasión, una historia qué, dependiendo de nuestro estado de ánimo, nos contará todo aquello que queramos, necesitemos oír.

“…Was the time she belongs to me…”

… e inemdiatamente tras ella “The lady is waiting”, cantada por Mentor (y que Paul volvería a grabar, años más tarde, en solitario, en su disco “Life’s goes on”), casi un esbozo devenido en pintura plena. Y una vez más -una más de sus virtudes- susceptible de múltiples lecturas; Puede ser tanto la anciana de “El retrato de una madre” de James MacNeill Whistler como una de las niñas -de sus hijas- que pintaba John Singer Sargent. El ayer y el mañana mutando conforme transcurre el presente. Porque uno piensa que este no sólo condiciona el futuro sino también la percepción del pasado. Los que nacen y los que mueren. La vida fluyendo…

La canción del restaurante de algún lugar de Arizona a las 4:30 a.m. Los Flying burrito brothers más amables, más melódicos, más enraizados -y por tanto más tristes- cantándole a la soledad y también a la esperanza. La ilusión dependiendo del mero tintineo de una puerta, en un restaurante semivacio, perdido en el fin del mundo, por la que ella aparecerá alguna vez, algún día. Miel amarga… “Debería haber sabido que me tratarías así, debería haber sabido que era mejor estar sólo. Si lo hubiese pensado te habría mandado por ahí, si de algún manera hubiese sabido lo que sé ahora; Tu amor es miel amarga, dulce y agría. Miel amarga, conozco tu poder, te pedí que te fueses pero no te lo permití, aprendí a perdonar pero no a olvidarte…”

“Nothin’ short of misery”, casi un blues. Los silbidos del perdedor vocacional, tarambana y juerguista, aquel que asume el rol de la mañana siguiente con la normalidad del que ha tenido ya demasiadas mañanas así. Igual que aquel que ha visto demasiadas veces la arrugada fotografía decorada por sabanas sudadas y vivido la resaca de la boca pastosa, amaneciendo en cualquier motel, en cualquier habitación. Los arreglos de vientos souleros, el piano juguetón, la voz de Mentor, arrastrada, con sorna, narrando una vez más la eterna historia del polvo de una noche, de cualquier noche mientras deja pasar al fantasma dorado del amor. La rítmica galopando, mientras ella le sigue en el recuerdo como el deseo imaginado, dejado atrás…

Y para terminar la increíble “1984”. Una epopeya íntima que troca el idealismo de la imperante filosofía hippie por el seco, desengañado panorama del libro Orwelliano. Arpas, cuerdas, crescendos, flautas y oboes, timbales, violines, phasing y mil trucos de estudio recreando -a su manera- el hipotético, desasosegante futuro. Una canción que me recuerda muchísimo -tal vez sin tener mucha relación, es cierto, ya pueden calificarme de hereje- a la sensación de libertad, de descubrimiento de una nueva dimensión, que provoco en mi la primera escucha de “Surf’s up”. Una Columnated ruins domino de andar por casa, tan sólido y tan derruido. Que no es moco de pavo. En absoluto.

Hace mucho mucho tiempo, en un lugar muy lejano, en la tierra de “Ya te lo había dicho” vivía un hombre llamado “No obtendrás nada de mi”

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