PAUL WILLIAMS Someday man (Reprise, 1970)

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…Long ago and so far away, in the land of “I told you so”
lived a man named “You’ll get nothing from me”…

Han pasado ya dos años desde el calamar sagrado y Paul Williams finalmente se decide a emprender carrera en solitario. Para su debut en Reprise su sociedad con Roger Nichols -la cual duraría hasta 1972-  está en plena efervescencia, aunque en su opinión no en un mismo plano. Lastrado por las dudas e inseguridades que siempre le atenazarían todavía hoy considera “Someday man” más un disco de Roger Nichols que suyo. Y aunque todas las músicas vienen efectivamente firmadas por Nichols en mi opinión minusvalora el valor de sus textos. Siempre ha sido y siempre sería -hasta en los tiempos de vodka y cocaína- así. Pero también es indiscutible que las melodías delicadas y los arreglos fastuosos, sin sus textos, esa combinación de miedos y estallidos de lucidez, aderezados por la poesía de lo pequeño, carecerían del impacto que todavía hoy siguen provocando. Unos textos casi memorísticos, elegante descripción del día a día desde el positivismo y el optimismo, sin por ello dejar a un lado los inevitables traspiés y debacles. Sorprendentemente -y ahí piensa uno que estriba su perdurabilidad-  unos textos en lo más mínimo conmiserativos. Tan lúcidos como sinceramente conscientes de la realidad, textos de una exposición descriptiva muy cercana al más común de los mortales y que tienen la rara cualidad de servir de lenitivo y barómetro sentimental cada vez que uno se acerca a ellos.

El elenco de “Someday man” es soberbio. A los controles, ya se ha dicho, Roger Nichols. Arreglando las formidables canciones un puñado de talentosos; Perry Botkin Jr. (Mornin’ i’ll be movin’ on), Artie Butler(Someday man, Do you really have a heart, To put up with you), Bob Thompson (Time, I know you, Roan Pony), Chad Stuart (Trust) o el mismo Roger Nichols (Someday man). Como músicos qué mejor que la Wrecking Crew: Hal Blaine, Larry Knetchel, Joe Osborne, Mike Deasy

Son sólo diez canciones. Diez canciones que pasaran en su momento tan desapercibidas como devendrán en clásicas con el paso del tiempo. Se abre con “Someday man”, las cartas sobre la mesa desde el primer instante, una canción desde donde se sientan las bases de la filosofía vital de Williams. Es también conocida por la toma, producida por Bones Howe, que iría en la cara B de “Listen to the hand” de los Monkees.

“So many people” la canción que le sigue, repleta de cuerdas dolientes y vientos sutiles contiene alguna de las frases más clarividentes que recuerde; “We may be running out of heroes, it seems they tumble every day”. “She’s too good to me” es más de lo mismo, trasladada esta vez la descripción a un plano personal, sin disimular la asunción de los errores y la proposición de cambiar las cosas, ay,  desde la certeza del enésimo tropiezo ahí al acecho. La trilogía confesional se cierra con “Mornin’ i’ll be movin’ on”, una vehemente declaración de intenciones que escupe al pesimismo lo más lejos posible y que pretende la aceptación de las cosas tal y como son.

“Time” y “Trust”, estratégicamente colocadas al final de la cara A y al principio de la B son dos obras maestras. La primera, con su sitar tan de la época y las capas de teclados y cuerdas, constituye un reconvención sobre pasado desde el cariño y la aceptación. La segunda, con sus arreglos de pop barroco, muy leftbankiana, firmados por Chad Stuart (sí, el Chad de Chad & Jeremy) y sus efectos de phasing en la voz acomodados entre las cuerdas recias y su crescendo es de una adicción casi enfermiza.

“To put up with you” es puro Small Circle Of Friends, elegante y refinada, “Do you really had a heart”, Bacharach evidente aunque sin la aspiración generacional, trasladado el plural mayestatico de “What the world needs now is love” a lo intimo y privado, a lo modestamente confesional.

Cerrarán el disco “I Know you” y “Road Pony”, dos piezas en apariencia menores y que en su distancia formal conforman un binomio indisociable. El piano preponderante en la primera, melancólico y ensoñador frente al beat de piano y bateria en la segunda, sus cambios de ritmo, su clavicordio, su hermosa letra crepuscular, propia de los artesanos de, sí, viejas canciones de amor pasadas de moda, aunque de eso hablaremos en el próximo capítulo.

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