PAUL WILLIAMS Just An Old Fashioned Love Song (A&M, 1971)

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A mediados de 1971 la maquinaria ya se halla perfectamente engrasada, casi en plena ebullición. “We’ve only just begun” ha sido un éxito rotundo por los Carpenters el año anterior y “An old fashioned love song”, interpretada por Three Dog Night, alcanzará en nº 4 del Billboard ese mismo año. Esta última, escrita pensando con los Carpenters“Dinero en el banco con toda seguridad”– no es del agrado de Richard Carpenter. Chuck Kaye, el jefe de A&M, se la ofrece a Richard Podolor, a la sazón el productor del “Harmony” de Three Dog Night, su séptimo Lp  y este queda encantado. Pese a las reticencias de la banda, decide incluirla sin dudarlo.

“Había ido a recoger a Patti Dehlstrom para salir a cenar. Mientras esperaba a que se arreglase me senté al piano que había en su salón y empecé a tocar. La canción surgió casi instantáneamente. Es sencilla, un par de versos  y un puente a un tono mayor en el estribillo. Es curioso, con todos las canciones de éxito que tuve con Three Dog Night ninguna les gustó en el primer momento. Sin embargo sus productores siempre quedaban entusiasmados nada más escucharlas”

“Just an old fashioned love song”  será el inicio de una nueva era. También, en mi humilde opinión, su canto de cisne estilistico, yendo a partir de él, disco tras disco, en pos de un camino que ya me interesa poco.  Paul Williams toma el control absoluto. “Just an old fashioned love song”,  pese a incluir tres canciones escritas a medias con Roger Nichols (La obligada “We’ve only just begun” , la delicada “I never had it so good”, la sublime “Let me be the one”) vendra íntegramente firmado por él, tanto en letras como en música. Solo una excepción, la hermosísima versión de “Simple man”, la canción de Graham Nash, que pese a incumplir una de sus reglas compositivas –“Evita los ritmos de vals”– es una maravilla de confesional introspección que le viene como anillo al dedo. El dialogo entre el piano y el órgano, las cuerdas minúsculas y una escueta duración le otorgan un aire de réquiem fantasmal para uno inolvidable.

El tono del disco es más marcadamente melancólico que el anterior, como si advirtiese en toda su magnitud los peajes que iba a tener que aceptar.  Desde la inicial “Waking up alone” no se esconde, acepta y aspira a mostrarse conscientemente vulnerable. Y siempre la frase gancho a partir de la cual construir la evocación (“You’re the legendary girl i left behind”) y cimentar la confesión, la culpa y, por que no, la celebración, tal y como hace en “A perfect love”. Siempre en la frontera entre lo íntimo y lo impúdico, funambulista de lo sensiblero y lo poético, Williams hace gala de una extraña cualidad: Creadas al piano, sus canciones no siguen la típica sucesión de tres acordes tan habitual sino que nunca sabes con certeza los derroteros que van a tomar. Son las suyas canciones, si se me permite la expresión,  melódicamente aventureras, despiertan la curiosidad y el interés, suscitando la sorpresa.

“Escribo sobre mis propias fantasías, necesidades y anhelos. Escribo desde lo más profundo de mi. Soy un maestro en crear himnos de dependencia”

El patrón está más o menos claro. Un aparente relax inicial da paso a un crescendo que se mece entre la neurosis y lo impredecible (una palabra amarga dentro de una frase melosa,  un metáfora ensoñadora desmarcándose de la descripción de la rutina). Una marca de impulsividad y cercanía que hace de sus canciones tan personales. Esa combinación tan suya de arrogancia y autodesprecio. Un modo, tan válido como cualquier otro, de enmascarar los trastornos de la personalidad. La banda también ha cambiado, no more Wrecking Crew, demasiado roots. Ahora toca un elenco de sólidos músicos de estudio (David Spinozza, Russ Kunkel, Leland Sklar, Craig Doerge, Michael Utley) dispuestos a recrear sonidos de yate.

El muchacho que se escondía tras un pañuelo y un sombrero en la portada de “The Holy Mackerel” y que sin embargo era tan reconocible, es ahora un tipo solitario sentado al piano. Un tipo quién, pese al denuedo constante  en ocultarse -bien sea caracterizado como Virgil en “Battle in the planet of the apes” (J.Lee Thompson, 1973) o en el papel del mefistofélico Swan en “Phantom of the paradise” (Brian De Palma, 1974)- jamás conseguirá quedar resguardado, indemne en su rincón. Es lo que tiene aparecer innumerables veces en el Show de Johnny Carson,  ser una estrella invitada en “Boat love” y contar con un puñado de números 1 entre vodka y cocaina mientras se pacta con Mefistófeles. Gone Forever.

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