PIERO UMILIANI La lírica y la explosividad

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Intro / Stream / Open Range / Lady Magnolia / Railroad /Nel Cosmo / Fotomodelle
Dove va il mondo / Chaser / Mondo dove vai / Hard times / Free dimension / Wanderer
Volto di donna / Eva Svedese / Blue Lagoon / Exploration / La foresta Incantata
Tidal Stream / White Sand / Music on the road / Fantoccio grottesco

Nacido en Florencia en 1926 Piero Umiliani es uno de los más brillantes compositores -tan grande como por lo general desconocido para el gran publico- que la Italia del siglo XX ha dado. Como la mayoría de sus coetáneos Piero Umiliani procede del Jazz, y como la mayoría de ellos (Micalizzi, Nicolai, Trovajoli, Plenizio, Sorgini, Piccioni, etcétera) su obra siempre ha quedado un poco oculta a la sombra de la de ese genio llamado Ennio Morricone, cordillera insuperable.

Desde niño obsesionado con la música -con el Jazz más concretamente-, muy temprano, a los dieciocho años, comienza ya a trabajar como pianista ocasional en los clubs de jazz de su ciudad. Licenciado en derecho en 1948 por la Universidad de Florencia, más para satisfacer los deseos de su padre que por vocación, nada más terminar se inscribe en el conservatorio Luigi Cherubini donde en 1952 obtiene el diploma en Contrapunto y Fuga. Un año antes ya ha elegido el que será su futuro. Viaja a Milán donde grabará en el sello Durium el primer disco italiano de bebop (a 78 rpm) acompañado del parte del futuro Quinteto Basso Valdambrini (el saxofonista Gianni Basso y el violinista Oscar Valdambrini, junto a Rodolfo Bonetto y Beppe Termini). Poco después viaja a Noruega como miembro de los Messiglias, experiencia que le servirá como perfecto rodaje y entrenamiento  en su camino en pos de la melodía definitiva.

A finales de los cincuenta vuelve a Roma y comienza de inmediato a destacar en una ciudad plagada de visitantes norteamericanos. Estación de paso, junto a París y Bruselas, de la mayoria de los mejores músicos de jazz del momento, muchos de ellos de gira por el continente (Duke Ellington, Miles Davis, Chet Baker, Stan Getz) cuando no huyendo de sus problemas con la justicia a causa, generalmente, de las drogas. Piero escucha y aprende. Busca la melodía definitiva.

De inmediato comienza con su incursión en el mundo de la Colona Sonora. En Roma están ubicados los famosos estudios Cinecittá y las producciones, tanto locales como internacionales, se suceden sin descanso. Su primera incursión será con el gran Mario Monicelli (“Il soliti ignoti”, “Rufufú” en nuestro país). Colaborará con Chet Baker en la continuación de Rufufú y con éste y Helen Merril en “Smog”. También lo hará con un joven Gato Barbieri en “Una bella grinta” de Guiliano Montaldo o con el maestro Carlo Rustichelli en “Accatone” de Pier Paolo Passolini. La sucesión de trabajos es enorme; con Zampa, con Comencini, con Lizzani

Su puesto de músico en la orquesta de la RAI le otorga la estabilidad económica necesaria para explorar todo aquello que le apetece. Hay que tener en cuenta el mullido colchón que eso constituía; trabajo moderado y relativamente sencillo que le permitía dedicar tiempo y esfuerzo a cualquier aventura que le apeteciese. Es el tiempo de coproducciones y de las mondo movies. Al igual que en España pero a una escala inmensamente mayor, en Italia se ha creado una industria cinematográfica al cobijo de los Estudios Cinecittà y las producciones norteamericanas que allí se ruedan. El cine de género cobra un vigor inusitado y constituye una de las patas que sustenta a la industria. Precisamente por eso, ésta existe sana y lozana. Todas ellas, por supuesto, acompañadas de su consiguiente banda sonora, BSO que en muchas ocasiones superaba a la película. Dicho trabajo desarrolla sus virtudes y crea avezados profesionales autóctonos que cultivan tanto la veta, digamos, clásica, como cualquier ocurrencia con la que se topen y apetezcan probar. Ya bien entrados los sesenta, una serie de coproducciones con otros paises europeos (que les permite eludir la censura y liberarse de cortapisas pacatas) exploran las posibilidades de falsos documentales enraizados en la tematica moderna; sexo, hippismo, música, los conflictos de la pareja moderna, etecé, del mismo modo que abrazan la cultura pop con desaforada fruición.

Piero Umiliani entabla una sociedad cinematográfico-musical muy fructífera con Luigi Scattini. La maquinaria de las Mondo movies (una especie de exploitos y falsos documentales que trata temas polémicos, capaces de atraer a un público ávido de modernidad) marcha a todo trapo; “Svezia, inferno e paradiso”, “La ragazza dalla pelle di luna”, “La ragazza fuori strada”, “Questo sporco mondo maraviglioso”, “Angeli bianchi, angeli neri”, “Il corpo” … películas hoy vistas con simpatía y condescendencia y que resultan casi ingenuas, para las que Umiliani elaboraba a propulsión maravillosas músicas. Son discos hoy en día cotizadísimos debido a su escasa tirada pero que afortunadamente fueron reeditadas en los años noventa (vaya, al final no serían tan funestos) por sellos italianos como Dagored, Cinevox o Easy tempo entre otros.

Es esta la etapa que a mi me interesa más. El músico dotado, con toda la formación necesaria ya a sus espaldas y un ansia por experimentar que le aparta de lo acomodaticio del mismo modo que no deja que se oscurezca un clasicismo radical. Cuenta con la colaboración de un elenco de músicos de impresión; Antonello Vanucchi, el  maestro italiano del hammond por antonomasia, la guitarra del gran Carlo Pes, lírica, casi brasileña. Maurizio Majorana y su bajo de pulsión perfecta y el fino baterista Roberto Podio. capaz de la caricia y el golpe en la misma nota. O lo que es lo mismo I MARC 4, una auténtica máquina del groove. Además de estos se rodea de más y más talento; Giovanni Tomassi al sitar, arreglistas como Bruno Battisti D’Amario o las voces de I Cantori Moderni de Alessandroni (encabezados por Alessandro y Guilia, matrimonio que también había trabajado con Morricone), Nora Orlandi y su coro o, incluso, en alguna afortunada ocasión, con la Diosa absoluta, Edda dell’Orso.

Será a partir de aquí cuando sus trabajos se vuelven más y más libres, menos ceñidos (defecto del que afortunadamente adolecía)  a una partitura que pretenda ilustrar imágenes. Cultivan, sin detenerse ante nada, desde el modern soul a la música de librería pasando por la electrónica, el funk melódico, la música brasileña, los beats más modernos que imaginarse puedan y la búsqueda del mood infinito. Sus trabajos en el Sound Work Shop, bien sean bajo su propio nombre o firmados pseudónimos como Rovi, Catamo, Ruscigam, Zalla, Moggi, Tusco, etecé se suceden sin descanso. El Sound Work Studio es una sala de ochenta metros cuadrados creada por él mismo donde desarrollar todas sus obsesiones. Una especie de santuario del sonido a su gusto creado bajo unos parámetros acústicos y técnicos concretos. Cuenta con los mejores instrumentos a su disposición (un Hammond C-3 con velocidad variable y altavoz separado Leslie, un piano eléctrico Fender Rhodes, spinettas, vibráfonos, batería Ludwig, amplificadores Marshall y Fender Twin para guitarra y bajo, micrófonos Neumann, grabadoras Ampex…) pero sobre todo cuenta con su destreza, su imaginación y su elegancia suprema a la hora de crear, imaginar momentos sonoros. Ya no busca una idea general sino conceptos, el instante perfecto que bulle en su cabeza. Muchos de esos trabajos, realmente difíciles -y caros, muy caros- de conseguir en sus ediciones originales (en sellos como Omicron, Liuto Records, Ciak, Videovoice, Telesound o Sound Work Shop) vienen recogidos en el soberbio “Today’s sounds”, reeditado en el año 1998 por el sello Easy Tempo y que este escriba no puede recomendarles más encarecidamente.

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