EDDA DELL ORSO L’assoluto naturale

Edda con ennio

“Cuando comencé a usar la dinamita creía en muchas cosas. Ahora solamente creo en la dinamita”
(John Mallory)

¿Quién es Edda dell Orso?. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de su grandeza?. ¿Por qué es tan poco conocida?… las preguntas se agolpan en mi mente, aunque, les aviso, no esperen respuestas aquí. Me daría por satisfecho con encender una pequeña luz que les sirviese de modesta guía y tenue faro en la inmensa aventura que es su voz y su música.

Pero tal vez sea mejor comenzar desde el principio. Por mi principio más bien. Creo que caí rendido a sus pies, al menos conscientemente, la primera vez que vi “Giu la testa/Agáchate maldito” (Sergio Leone, 1971). Es ésta la menos conocida y en mi opinión el más hermoso capítulo de su segunda trilogía. Aquel tríptico -sublime, imperfecto, poético y también político- iniciado por “Hasta que llegó su hora / C’era una volta il west” (1968) y finalizado década y media más tarde con “Erase una vez en America” (1984). Como ya dije arrinconada cuando no olvidada, narra la relación entreverada de complicidad y traición, casi una competición de aparente cinismo en pleno México revolucionario, entre el jefe de una saga de bandidos local llamado Juan Miranda (sentimental buscavidas, realista y desencantado, dedicado, en medio de una época de cambios, a pescar en río revuelto, encarnado por un Rod Steiger que pocas veces estuvo mejor) y un antiguo miembro de ejército revolucionario irlandés de paso a los Estados Unidos (James Coburn labrándose el mito, en pleno apogeo de su mojo), casi un ángel de la muerte.

John Mallory es un aventurero forzosamente descreído, empujado a ello en parte por elección personal y en mayor parte aún impelido por el destino. Un tipo ducho en el manejo de explosivos y desde hace tiempo a sueldo del mejor postor, al que nada parece importarle más que la dinamita (y aquí que cada uno haga las analogías que mejor estime). Pese a su pétrea máscara ribeteada de cinismo y pragmatismo, un tipo mucho más sentimental de lo que pretende hacernos creer. Un hombre que lleva a cuestas una pesada carga. Tan presente siempre que parece incapacitarle en labrarse un futuro.

Hay una escena -larga y hermosísima- en la película que lo explica todo. Los cinéfilos tal vez le achaquen mil defectos (Un flashback con el flu embellecedor, la digresión justificativa, la cámara lenta, etecé, etecé). Dándoles la razón es precisamente todo eso lo que a mi me atraparía definitivamente. Vemos a un trío -dos hombres jóvenes, James y Sean, y una mujer hermosa- subidos a un coche descapotable. Felices y despreocupados en medio de lo que quiere ser la campiña irlandesa. Risueños, besándose, viviendo el momento. En la frente de uno de ellos, el conductor, algo que parece un lunar y que semeja a un agujero de bala. Algo que, más tarde, con el devenir de los hechos, nos hará volver a pensar en ello. John apartando el rostro de su camarada Sean mientras besa a la muchacha apasionadamente. Su pie pisando al de su amigo sobre el pedal del acelerador. Cambiamos de escena y vemos a James admirado ante la vehemencia y el empeño de Sean, aleccionando a la población contra de los invasores británicos, haciendo proselitismo de un viejo/nuevo país. Enseguida sabemos que al contrario que él, un hombre de acción, rudo y un tanto acomplejado por su falta de instrucción intelectual, Sean es el líder, el pensador, el ideólogo. Nos bastará con la mirada de Coburn para darnos cuenta; transparente, admirada, fraternal, casi devota. Y al fondo, en principio en un segundo plano, en realidad presente como el mejor de los personajes, la música de Morricone. El lecho de cuerdas andante, Alessandroni fischiando, el clavicordio, la base rítmica … todo en progresión como única -y todavía misteriosa- explicación.

Una tercera escena. En el pub. Parroquianos, pintas de Guinness y James apoyado de espaldas en la barra, en una esquina frente al espejo, pareciendo esperar. Dos soldados del ejército de su graciosa majestad que irrumpen, armados, gritando, empujando a un pobre desgraciado. Su rostro cabizbajo y magullado. Derrotado. “Sean, Sean” … Sean. Los dos amigos juntos de nuevo. Sólo que no hay risas, ni camaradería, ni complicidad. El espejo del pub, un actor más, una pequeña ventana que ilustra los estados del alma de Mallory; sorpresa, temor, furia, ira. Por este orden. Vencido, el preclaro revolucionario, la admirada cabeza pensante, no es ahora más que un delator. Magullado, avergonzado, impotente. El espejo otra vez. Las miradas que se cruzan de nuevo. La clemencia, el perdón, la traición. Todo entreverado, luchando por ver quién o qué resulta vencedor. “Sean, Sean, Sean… Sean, Sean” (Se ha dicho -y es cierto- que Edda nunca cantaba un texto sino más bien lo ilustraba con onomatopeyas y sonidos que surgían de lo que la música le sugería) es acaso una de las frases -o sonidos, o sensaciones, como quieran llamarlo- más elocuentes que jamás he escuchado. Lo que fue y lo que pudo haber sido, todo lo que ha terminado por ser, encerrado en esa frase. El final, dos finales en realidad -uno literal, el otro sentimental- de dos amigos. La mirada última, un breve instante para la duda. Y bullendo entre todo ello un montón de ideas; El pueblo frente a las élites. La traición y la decepción. El perdón, un perdón que no se puede otorgar, tan sólo ganarse. Ni una palabra, únicamente “Sean, Sean, Sean”. La despedida silenciosa y un disparo que es una adiós a tantas cosas.

Romántica e idealista, surcada de un fatalismo casi nihilista, “Agáchate maldito” es una fábula acerca de la política y las grandes ideas y de como estas pueden cambiar, para bien o para mal, la vida. Pero sobre todo es un cuento acerca de la pequeña realidad que al final conforma nuestras vidas. Un fresco sobre la amistad en medio de un conflicto histórico en el que el autor toma posición claramente. Contra todos aquellos que pretenden regir nuestro destino, inmaculados, aquellos que nunca se ensucian pero que no dudan en exigirnos que nos ensuciemos. También, y no es poca cosa, una mirada respetuosa y admirada hacia los pequeños actores que conforman ese escenario, meros peones en el tablero de los poderosos. Ambiciosa como pocas, toma riesgos de los que no siempre sale inmune. Mezcla y contrapone anarquía y cristianismo, ideales y pragmatismo, sin tomar por ello partido como axioma genérico, sino más bien siendo el equivalente a unas olas desamparadas -pero también cruentas-  en medio de la tempestad de un trayectoria particular. Profundamente individualista, aboga por la libertad y los principios como algo que puede costar dos o tres revoluciones e incontables vidas y antepone los anhelos del individuo frente al grupalismo falsamente solidario. Los principios frente a todo lo demás, aunque esto conduzca irremisiblemente al sacrificio. Dos situaciones similares (la delación de Sean en la Irlanda republicana, la del doctor Villegas en el México revolucionario) y dos formas distintas de afrontarlo. Frente a la huida y la abdicación de los ideales en el primer caso, la beligerancia y posterior inmolación para lograr mantenerlos en el segundo. La aparición súbita de una segunda oportunidad inesperada, capaz de redimir los errores del pasado, en definitiva una elección redentora, en este caso no volver a cambiar seres humanos cercanos e inocentes por conceptos elevados y lejanos.

Edda dell Orso nació en Génova y desde muy niña comenzó a estudiar piano en el conservatorio, impelida por su padre, quién soñaba verla convertida en una gran concertista. El problema es que ella estaba subyugada por el canto. A escondidas participaba en coros aquí y allí, y tan solo una vez encauzados sus estudios de piano su padre permite que tome lecciones de canto a las órdenes de Italo Brancucci. Era éste un prestigioso maestro, padre de Maria Cristina Brancucci, más conocida como Christy (Sí, la del celebrado “Deep down” de Morricone para la película “Diabolik”). Pese a estar sólo un año bajo su tutela, debido a su muerte, Edda siempre lo ha reconocido como el maestro gracias al cual desarrolló su peculiar estilo. Un estilo de técnica casi perfecta pero no constreñido por la partitura, sino permitiéndole interpretarla a su modo hasta lograr un sentir intransferible que terminase por dotarla de un vuelo y una hondura personal y única.

Tras formar parte de diversos coros ingresa en el de Franco Potenza, maestro dedicado a lo que hoy llamamos música de librería y que en aquel entonces se denominaba, muy apropiadamente, colona sonora. Sintonías, melodías, ilustraciones musicales por encargo para cine, televisión y programas de radio. Pronto se convierte en primera voz solista de dicho coro y allí será donde conozca a Alessandro Alessandroni con cuyo I cantori tendrá larga y fructífera colaboración. Todavía en formación, hace coros en discos de Fabrizio de André o Francesco di Gregori, pero su revelación ante el mundo será con “Hasta que llegó su hora / “C’era una volta il west“. Ya había colaborado brevemente con Ennio Morricone en “Malamondo” (Paolo Cavara, 1964) o “El bueno, el feo y el malo” (Sergio Leone, 1966) y será con “C’era una volta il west” donde todas las piezas encajen con singular perfección. Una arquitectura a tres bandas que a día de hoy sigue refulgiendo impecable; Los paisajes panorámicos, los primeros planos de los ojos, los rostros caravaggiescos y la parquedad en palabras de los actores, hieráticos, combinados con una música que todavía hoy hace que me pregunte de dónde diablos ha salido. Una música que aúna moderada experimentación y clasicismo elegante, en absoluto atiborrada de notas y acordes epatantes, sino más bien parca, lírica. Pocas, elegidas notas, estiradas en sucesivos -e inventivos- tratamientos instrumentales de un lirismo a menudo desarmante. Musica libre y poderosa. Y finalmente, como guinda definitiva, la voz. Su voz. Un personaje más, el personaje definitivo. Luminosa, carnal, delicada, rotunda… capaz de suscitar una catarata de sentimientos. Tantos como puedan darse en el alma humana. Logrando el prodigio no sólo de retratarlos sino de trascenderlos hasta abrir un campo casi infinito a los que en un futuro pudieran suscitarse. Todo ello, está de más señalarlo, desde la serenidad y la elegancia más absoluta. desde el absoluto naturale. Una cosa verdaderamente prodigiosa.

A partir de ese momento las colaboraciones con Morricone son incontables; La donna invisible, Una lucertolla con la pelle di donna, Diabolik, Veruschka (poesía di una donna), 4 mosche di velluto grigio, La estacione dei sensi, Meti una será a cena, La foto prohibite di una signora per bene, Vergogna schifosi, Escalation, La Califfa, Gli Scasinatori, L’ocello dalle piume di cristallo… la lista es interminable. Decía El Maestro que lo que más le gustaba de Edda dell Orso no era sólo su voz, incomparable, sino su capacidad para leer no sólo lo que estaba en la partitura sino, sobre todo, de interpretar y entender aquello que no estaba. Que no era únicamente una intérprete sino que era, también, un músico, un igual.

Edda sin Ennio

Pero no solo trabajará con Morricone. Lo hará con prácticamente la plana mayor de los compositores italianos; Con Piero Umiliani (“Svezia, inferno e paradiso”, “Il corpo”, “Angeli bianchi, angeli neri”, “Questo sporco mondo meraviglioso”, “La ragazza fuoristrada”…), Stelvio Cipriani (“Femina ridens”), Gian Franco Plenizio (“La gatta in calore“), Armando Trovajoli (“Paolo il caldo”, “Sesso mato”), Berto Pisano (“Kill!”, “La svergognata”), Gianni Ferrio (“La poliziotta”), Marcello Giombini y ¡Antón Garcia Abril! (“4,3,2,1, morte“) Giorgio Gaslini (“La notte del diavolo“), Luis E. Bacalov (“La superstestimone”, “Il grande duelo“), Piero Piccioni (“Un modo di essere donna“). También con el gran Bruno Nicolai -director de orquesta, colaborador, soporte, pilar de Morricone y por cuya obra uno siente especial devoción- en “Tutti i colori del biuo“, “Femini insaziabili”, “De Sade’70”, “Philosophy in the boudoir”, “Agente speciale LK”, “Una vergine tra i morti viventi“…

El elenco de directores con los que colabora es igualmente asombroso; Dario Argento, Luigi Scattini, Luchino Visconti, Sergio Sollima, Jess Franco, Alberto Lattuada, Mario Bava, Jose Maria Larraz, Pietro Schivazappa, Ettore Scola, Giusseppe Patroni Griffi, Pupi Avatti, Ducio Tessari, José María Forqué, Salvatori Samperi, Luigi Comencini… ¿Las películas?. Pues hay de todo. Lo único que no baja nunca del notable son las partituras y su voz. Unas veces en primerísimo plano, otras insinuantes y misteriosas. A veces colaborando con I cantori moderni d’Alessandroni, o con Alessandro en solitario, maestro del fischio (silbido) junto con Nico Fidenco. Confiesa que no tenía ningún problema en la manera de trabajar: bien cantaba en directo durante la grabación o registraba su voz más tarde, dando con ello pábulo al juego con las pistas, superponiendo su voz sucesivamente hasta obtener como resultado un melodía grácil, onírica, de mayor profundidad cuando más leve resultaba. Fonemas que se adaptan a la melodía de una manera inexplicable, aparentemente sin significado y que, precisamente por no tenerlo, significan todo aquello que queramos imaginar. Es cierto que gran parte del atractivo de la bossanova más escueta y también más lírica procede de ahí, pero el prodigio de Edda es que lo hace con cualquier partitura hasta llevarla a un escalón superior. Cuanto más obsesiva y cerebral es la música más se recrea en dotarla de carnalidad. Cuanto más melódica y agradable la partitura más lúgubre y sincopada es su voz. Apenas unas leves pinceladas que le de el color necesario, que la trascienda. Escuchen “Veruscka, Poesia de una donna” (Un documental acerca de la aristócrata y modela alemana Vera Von Lhendorf del que ya hablamos en el blog) o la inolvidable “Metti una será a cena” y tal vez entiendan aquello que tan mal intento explicarles.

“La donna invisibile” es quizá mi banda sonora preferida junto a “Una lucertolla con la pelle di donna”. Es una partitura muy articulada, muy cerebral. Tenía una estructura musical que se adaptaba muy bien a mi modo de vocalizar”

(Edda Dell Orso)

Tan cierto es lo  que dice como es cierta su humildad y su modestia. En “La Lucertolla con la pelle di donna” podríamos decir que concurren varios Morricones y por tanta varias Eddas: El experimental, con sus flirteos con el jazz y la música concreta del Gruppo d’improvisazione nuova consonanza y el dedicado a la exacerbación sentimental, al vuelo evocador. Un clavicordio amplificado, itinerante y espectral, nos transporta a ese limbo en el que, una vez más, la voz de Edda dell Orso, acaricia y mece, conforta y repara. En “La donna invisible” todo es de una sofisticación que impresiona. Pero no es una sofisticación de cartón piedra, huera ni falsa, sino andante, sutil, una vez más naturale, hasta lograr conformar un ente propio, magia arcana en la que todo cuadra, hasta llegar, en ocasiones,  a la perfección.

Creo que era Dylan quién decía que un artista ha de tener cuidado de llegar a un sitio y pensar “Ya he llegado“. Que cuando así piense todo se habrá terminado para siempre. También decía que la magia de la relación entre el artista y el público se mantendrá mientras estos tengan la impresión, cada vez que le miren a los ojos (que le escuchen en definitiva) de que nos está diciendo “Sé cosas que vosotros no sabéis“. Y así, mientras se sepa navegar entre la humildad y la ambición, mientras que cada canción persiga ser una obra sin dejar de ser una canción todo irá de maravilla. Absolutamente natural.

“Soy narcisista, perfeccionista, muy concienzuda. Extremadamente cuidadosa con todo aquello que canto aunque una vez finalizado, en manos del compositor, no me importa donde se va a añadir mi voz. Cantar para mi lo es todo, es una necesidad vital. La música es como una confesión, algo de qué y a quién hablarle íntimamente”

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