NOEL HARRISON Nothing But A Fool

Noel

Vástago de una afamada estrella cinematográfica, ocioso bon vivant, esquiador olímpico, playboy de cartón piedra, millonario de cuna y limitado juglar, entre otras muchas cosas,  Noel Harrison fue un sujeto de talento artístico más bien precario definitivamente perdido en medio de una época que jamás comprendió. Con todos los dones materiales que imaginarse puedan a sus pies, tal vez fuese precisamente esa abundancia lo que le dejase huérfano de cualquier pedigrí underground posible, por no incidir, claro está, en su ya mencionada desidia y peculiar talento. Cada una de las costuras que componían el personaje de Noel Harrison, ya por separado irrebatibles rémoras acusadoras entre los abanderados del ventajismo y profesionales del juego a la contra, constituyen en cambio en su conjunto un ente atractivo e irresistiblemente seductor para quien suscribe.

Al igual que el vértigo es un imán incontrolable para todo aquel que lo sufre, convirtiendo en estéril la huida, los intérpretes honestos e ingenuos -y también poco capaces, algo simples, desubicados y libres- me resultan cautivadores cuando no es la mera desfachatez -broma o juego con casi inmediata fecha de caducidad- el único de sus capitales, sino la ilusión y el empeño iluminado y un punto displicente lo que les conduce. Noel se me antoja uno de esos tipos sin recato ni vergüenza alguna a la hora de mostrar sus carencias y obsesiones, exhibiéndose impúdicamente desnudo e inerme en su mediocridad, muy probablemente de forma inconsciente, pero generosísimo a la hora de regalarnos aquello que tan solo la verdad ofrece y que por arte de magia en ocasiones era eso, arte involuntario.

Alcanzada la meta en 1968, tras encontrar la fama por interpretar la canción principal de la pelicula de Norman Jewison “The Thomas Crown affair” (ganadora del Oscar de ese mismo año, la evocadora “The Windmills of your mind”, escrita por Michel Legrand a partir de la Sinfonía para Violín, viola y orquesta de Mozart, con letra de Alan y Marilyn Bergman) da la impresión de que Noel Harrison llevaba un lío en su cabeza de muy señor mío. Unas veces Scott Walker y en otras Engelbert Humperdinck la mayor parte de su obra semeja la de un iluminado temerario; Capaz de mezclar bossanova – la bonita “Blue island”, perfecta en la versión de Luiz Henrique con el órgano de Walter Wanderley– con la conversión en folk de Chateaux de algo tan mágico y turbador como el “Suzanne” de Leonard Cohen. Un osado ingenuo que alternaba la interpretación afásica del repertorio de Joni Mitchell (“Nathan la franeer”) con la revisión del cancionero de Bob Lind“Go ask your man”– sin detenerse a valorar, me temo que ni tan siquiera contemplar, lo temerario e inútil para sus aspiraciones de tan monumental osadía. Un pseudo Donovan con traje de etiqueta, un Tim Hardin con demasiados dry martinis y fiestas de sociedad entre pecho y espalda, una especie de bulto sospechoso con afán de entretener, que digo, de trascender. Un diletante con una secreta misión por nadie encomendada. Eso sí, impecable en la forma, sostenido por ese equipo de demolición que era el Wrecking Crew y con arreglistas y productores del calado de Luiz Henrique, Don Peake, Arthur Greenslade o Reg Guest.

Más allá de la mera celebración de lo enfermizo, de la apología de lo erróneo o de lo directamente monstruoso, lo que sorprende y maravilla a partes iguales en él es su candidez, su autismo melódico, desarmante y tierno. Nada más lejos de mi intención el hacer mofa, muy al contrario, simplemente describir mi impresión y señalar, lo reconozco, mi absoluta fascinación por su obra. La obra de alguien que siendo testigo de un tiempo único y habiendo vislumbrado todas y cada una de las distintas fases de esa tempestad, poseé la poca pericia y lucidez para ni tan siquiera haber atisbado el meollo de su época, concentrándose en lo suyo, sin el más mínimo atisbo de impostura. Una especie de trovador de las pequeñas cosas que no contemplaba el fraude, pese a que ello lo dejase en paños menores. De lo que ya no estoy seguro es si lo fue por coherencia estética o ceguera vital. En ambos casos asunto respetable. Y eso amigos, y lo digo sin pizca de ironía, tiene mucho, muchísimo mérito.

Porque ¿Puede haber doblez en querer incorporar el sitar – “Museum”, “Sign of the queen”– al repertorio de los night clubs?. ¿Cabe alguna malicia en recrear parte del cancionero lisérgico y ensoñador de los Beatles“Lucy in the sky with diamonds“, “Strawberry fields forever”– con acordeón, al estilo más hermosamente demodé de la chanson francesa?. Y aún más, ¿No resulta revolucionario adaptar a Oscar Brown jr y al brasileño Luis Henriquez en “Blue Island” o “Nothin but a fool” y dotarlo de una anemia sentimental casi nihilista?. ¿Qué opinión les merece el empeño en reivindicar a Charles Aznavour con un beat de geriátrico en “A young girl” o al Dylan de “It’s all over now baby blue” o “Don’t think twice it’s allright” en clave de folk sicodélico catecumenal?.

Aunque todavía hoy dudo entre calificar de revolucionaria u oligofrénica dicha propuesta, lo único que de repente no me resulta confuso sino claro como el agua, es lo absolutamente premeditado, lo libre y espontáneo de tan consistente tesón. Algo solo posible de darse -y evaporarse- en aquellos extraños tiempos. Algo que se marchó tal y como llegó y que aún hoy disfrutamos. Las ventanas de la vida lo llaman algunos. Y aunque tal vez sus vistas no siempre fuesen las mejores reconozcámosle la ausencia de doblez y la libertad tal y como él la entendía. A día de hoy me parece poca cosa en absoluto.

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