SERGE GAINSBOURG L’homme à tête de chou

IMG_1712

Primavera de 1976. Unos años atrás Serge había adquirido, en una galería de la calle Lille,  en el 7eme, junto al Musée d’Orsay, una escultura de Claude Lalanne. Se titulaba “L’homme à tête de chou” y representaba a un hombre desnudo que tenía por cabeza una planta carnosa de la especie de las crucíferas, una coliflor.

Serge Gainsbourg:  “… Me crucé con “L’homme a tête de chou” en el escaparate de una galería de arte contemporáneo. Volví varias veces sobre mis pasos, hipnotizado. Entré, pagué en efectivo y pedí que la enviaran a mi casa. Al principio, el dueño de la galería, tomándome por un loco, hizo mala cara, desconfiando. Pero pronto se ablandó y se decidió a contarme la historia de la obra. Una historia de amor fou de un periodista maduro enamorado de una muchacha atractiva. Una muchacha que trabajaba lavando el pelo en una peluquería, una “shampouineuse” que finalmente, acaba poniéndole los cuernos con el primer rocker con el que se cruza, tan insultantemente joven como ella. El hombre cae poco a poco en la locura, hasta perder la cabeza completamente. Enloquecido por los celos, termina matándola a golpes de extintor en el pasillo de cualquier lugar…”

Claude Lalanne: “… Hacía apenas cinco días que había terminado la obra y ya se marchaba de mi lado. Me puse muy contenta cuando me enteré de quién la había adquirido, le admiraba mucho. Poco después Serge me telefoneó para pedirme si accedía a que fotografiase la estatua para la portada de su próximo disco. Le dije que sí, y como agradecimiento, me invitó al estudio de grabación para que escuchase “l’homme à tête de chou” antes de su publicación. Fue una premiere íntima y privada …”

Su nuevo disco sale tan solo cinco meses después del estreno de su película “Je t’aime moi non plus” con Jane Birkin y Joe d’Alessandro de protagonistas. En tan solo seis días graban la música en Londres. La mezcla se hará a finales de septiembre, en el Estudio des Dames de París. Los arreglos son encargados al fiel Alan Hawkshaw. La dirección artística al ya indispensable Philippe Lerichomme. Sin evitar la tensión, parte inevitable de la creación, en particular de la suya, Serge aborda la realización de este nuevo disco de una manera radicalmente diferente.

Philippe Lerichomme: “… L’homme à tête de chou” es un disco conceptual. Muy personal, sin concesiones, con sorprendentes ejercicios de estilo, un trabajo casi artesanal. Tiene hallazgos como la introducción del Talk over -la voz hablada, por encima del ritmo y la melodía- algo que se convertirá en habitual en su obra a partir de entonces. Serge sabía como nadie encajar las palabras. Tenía un sentido del ritmo que aún hoy me maravilla. Para este disco había ajustado los textos al máximo. Los había escrito antes de ponerles la música, contrariamente a lo habitual…”

El álbum sale a la venta a finales de 1976. Inmediatamente es aclamado por la crítica como una obra maestra. Incluso la incipiente generación pre-punk francesa, que tenía a Gainsbourg casi por un hermano de sangre, muestra su placet hacia algo, musicalmente, tan lejano de su ideario. Comercialmente, en cambio, deja claro que la época triunfal de Gainsbourg ya ha pasado.

Es el disco de Gainsbourg con el que más he disfrutado. Todo un viaje a otro lugar, otra realidad. Las músicas que crea son atemporales, ni pretéritas ni futuras, una especie de agujero negro insondable. Una vez más Gainsbourg va dos -tres, cien- pasos por delante. Toda esa melangé de cinemática, sonidos electrónicos y bases rítmicas escleróticas que se vino a llamar hace unos años trip-hop salen de ahí: Austeras, minimalistas, concisas, con mucha más alma de la atribuida y de una riqueza y polisemia intrigante. Diríase que el espíritu de Vannier ha vuelto y con él, Serge ha vuelto también al redil. Desde su presentación, con esa frase lúcida y desengañada de “Yo soy el hombre de la cabeza de coliflor, mitad verdura, mitad muchacho” hasta el “Los parásitos de Radio Pulga, han difuminado mis señales de locura, yo era tuyo, Marilu” de “Lunatic asylum”, todo el disco, con Gainsbourg como narrador en primera persona, nos sumerge en una tragedia clásica con los inherentes toques de humor marca de la casa, una realidad paralela que recrea los estados de la vida y del amor. La atracción y la conquista, la seducción y los celos, la pasión y la locura.

El tintineo de las campanillas sobre la puerta que anuncian la entrada de nuestro hombre en “Chez Max, coiffeur pour hommes”, presenta, en un necesariamente sórdido escenario, el encuentro fatal entre los protagonistas de la parábola. Marilou en Casa Max, el personaje realmente principal, hablando en primera persona, seducido por el deseo. De inmediato advertiremos que el citado personaje masculino en realidad no es otra cosa que un trasunto idealizado -mejor, atormentado- de Gainsbourg. O de Gainsbarre. De ambos muy probablemente. Surge la pasión, la idealización de la mujer ansiada, el sexo imaginado, el deseado, el salvajemente practicado, sin circunloquios ni concesiones. Delira, divaga, nos muestra a Marilu y le consagra dos canciones ribeteadas del fulgor inicial del amor: “Marilou reggae”, la seducción,  y “Transit a Marilu” , la cópula.

Pero Marilou, la ninfa ninfómana, resulta tener querencia a la infidelidad. En lo mas profundo de su subconsciente recibe un mensaje avisándole de ello, un “Flash forward”. Acaso ésta sea una de las piezas más sorprendentes de un disco inclasificable; las palabras cortan, hip hop avant la lettre. Una reflexión acerca de los celos y la paranoia que provocan miedo y fascinación. Sus fraseos escupidos, sus “Toc toc/chtac/Cardiaque/Electrochoc/etc” motivo a la vez de atracción y repulsión, tienen un efecto narcótico, adormecedor y adictivo. La guitarra de Alan Parker horada sutilmente el buen juicio, la batería de Dougie Wright -como en el resto del disco- parece reducirse a un movimiento sístole-diástole, más o menos acelerado, esquelético y definitivo. Alan Hawkshaw -ya se ha dicho, pero no está de más repetirlo- merece un lugar para siempre en la posteridad por los arreglos y el uso de los teclados…

“… Un soir qu’à l’improviste chtac, je frappe à ma porte toc toc. Sans reponse je pousse le loqu et j’écout gémir le hamac …”

Y cuando pensamos que ya nada nos podrá sacar de ese estado de nebulosa lujuría, narcótica y alucinada, comienzan los primeros compases de “Aeroplanes” con su piano engañoso y lacerante, que mece y mitiga, que inquieta y tranquiliza. Es, en definitiva, el resumen de su demencia opaca, irresoluble. Hemos accedido a la novena puerta. Ya no es solamente cuestión de canciones o melodías en el sentido académico del término -que las hay, enormes-, sino de atmósferas, de estados del subconsciente. Del deseo y la locura.

La segunda cara del disco comienza con “Premiers symptômes”, sostenida por un guimbarda juguetona y una de las pocas piezas verdaderamente cantadas. Los sarcasmos sobre la pequeña infiel se incrementan, la metamorfosis es ya evidente. Todos los estados de la paranoia florecen paulatinamente, sin freno ni mesura. Es la paz mortal que habita en la locura. El subconsciente que ordena lo inevitable. “Ma lou Marilu” es otra maravilla. Recalcitrante pérdida tras un momento de lucidez. Ya basta de amenazas, la decisión fatal, redentora, está tomada. Una especie de pagano salmo sacerdotal previo al sacrificio. La percusiones de Jim Lawless nos recuerdan el estado de gracia en que todo el equipo parece hallarse. ¿Habrán escuchado a Kraftwerk o son imaginaciones mías?…

Los hallazgos se suceden uno tras otro; “Variations sur Marilu” son más de siete minutos de felicidad y de éxtasis, dedicados tanto a su amada como consagrados al inminente sacrificio. Hay perfección poética, secuencias eróticas. El tránsito gozoso, casi pornográfico, hacia la locura por y desde la mente humana. “Meurtre a l’extincteur” será el desenlace rápido, físico, que no moral, de la epopeya. Ya ha acabado con ella. Finalmente cree que ya podrá descansar de su pasión agotadora.

Serge Gainsbourg: “… En música se han hecho estribillos con todo tipo de instrumentaciones, pero creo que es la primera vez que se han hecho estribillos con la prosodia. En “Variations sur Marilu” he intentado llevar la música al terreno de las palabras y con éstas hacer los estribillos, la melodía. Toda la canción es un estribillo de casi ocho minutos …”

Tras la apoteosis llega la calma.; “Marilu sous la neige” es el momento posterior al éxtasis, al sacrificio. Porque no otra cosa más que ésa será el desenlace: Algo sexual, voluptuoso, mortal, liberador. El descanso que sucede al placer.

” … Marilou descansa bajo la nieve
una noche,  no pudiendo ya más de celos,
corrí por el pasillo para coger de su sitio
el extintor de incendios.

Blandiendo el cilindro de acero,
golpeé ¡Paf!, y Marilu comienza a gemir.
De su cráneo hundido brota la sangre roja.
Ahí, sobre la moqueta.

Un último sobresalto,
una última estupidez.
He pulsado la maneta y
El cuerpo de Marilu desaparece bajo la espuma …”

Cómo epilogo, antes de despedirse de todos nosotros, otro nuevo hallazgo, “Lunatic asylum”. Voces tratadas, percusiones tribales, sintetizadores, los oniricos coros femeninos, esa voz en off… el aterrizaje, sumiso y reparador, en el planeta locura. La demencia sonriente, plácida, del ser que se siente al fin libre de sus paranoias por haber aprendido a vivir con ellas. También, Gainsbourg siempre tan retorcido, del que ya comienza a añorarlas. El asilo de lunáticos donde ahora descansa solitario, el manicomio en que se ha convertido el mundo.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant. (Ed. Albin Michel, 2000)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s