SERGE GAINSBOURG Love on the beat

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El once de marzo de 1984, en el programa “7 sur 7”, Serge quema en directo un billete de 500 francos, delante de todo el mundo, incluidos algunos millones de espectadores y los dos presentadores del programa; Jean Louis Burgat y Erik Gilbert.

Jean Louis Burgat: “…Los problemas económicos y sociales, ¿Cómo le afectan a uno de los artistas mejor pagados de Francia?…”

Serge Gainsbourg: “…Ummmm … Creo que voy a liarla … Voy a contarte una pequeña parábola: En 1981, en mayo del 81, iba por la rue Saint Denis. Vi a una maciza haciendo la calle…¡Hey Gainsbarre!, ¿Subes?…No conoces mi nombre pero yo si sé el tuyo… y tú, ¿Cómo te llamas? le pregunté…Me llamo socialismo, dijo. Era imponente, tal vez maquillada un poco exageradamente. Le volví a preguntar ¿Cuánto quieres?…Ya me pagarás cuando acabemos…Subí, se desnudó y resulto ser un travesti con un tiburón importante. Me quedé a cuadros, pero ella se dio la vuelta y me dijo; Ven, tómame por el comunismo…”
“…Vale, es solo una parábola. Dicho esto, las cosas están volviéndose tan jodidas que en vez de café tomamos agua caliente. Y también quisiera hablarte de la mafia de los impuestos. Sí, voy a hacerlo. Esto no es otra parábola, es real (Toma un billete de 500 francos). Mi tasa de impuestos es del 74%. Ahora voy a decirte lo que me queda a mi (enciende su zippo). Creo que es ilegal lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer de todas formas. Si me meten en la cárcel no tendrán nada que sacarme (el billete comienza a arder). No podré darles su 74%. Por lo menos no me joderán. Esto para los pobres, ésto para las nucleares…y bien, finalmente esto es lo que queda (el billete se consume) de mis 500 francos, maldita sea…”

El famoso vídeo, uno de los highlights de su etapa Gainsbarre, repetido hasta la saciedad, puede verse en Youtube, pero no enlazarlo. En cambio nadie habla hoy en día de este otro, una especie de intento de congraciarse con el mundo. A su manera, claro.

Fue un gesto premeditado de provocación, como todos los suyos. No daba puntada sin hilo. La entrevista había sido concertada diez días antes. Antes de la emisión aparece con un maletín en cuyo interior hay un gran fajo de billetes. Dice que siempre va con esa cantidad de efectivo encima. Por una extraña coincidencia, un incidente técnico sucede en la emisión del programa, durante el instante de la quema del billete: un corte momentáneo, seguido de una serie de interferencias, hace pensar a esos que están de acuerdo con el gesto de Serge que desde control le han querido censurar. Pero mientras se intenta restaurar la normalidad, la centralita es colapsada por miles de llamadas airadas de los telespectadores que no entienden porque se le ha dejado quemar el billete en directo.

Erik Gilbert: “… Quería mostrar lo que le quedaba después de los impuestos y lo hizo, sin amargura ninguna pero queriendo impactar con la imagen. El efecto fue terrible, las reacciones fueron extremadamente violentas. Como periodistas nos quedamos sorprendidos por el modo en que lo hizo. Tenia esa manera de hablar tan atonal. A veces había que descifrarlo. No nos dimos cuenta de la trascendencia del gesto, era algo extraordinario ver a alguien quemar quinientos francos, aunque ya hubiésemos pasado la crisis. Desconocía la ilegalidad del gesto; Legalmente los billetes no le pertenecían, eran propiedad del Banco de Francia. Tenía razón, podía haber sido encausado por ello, y nosotros por cómplices…”

Bertrand de Labbey: “…Fue una provocación interesante. Serge tenía una relación particular con el dinero: Por un lado le procuraba respeto y por otro le quitaba importancia a las cosas materiales. Su acto, en mi opinión, fue del todo premeditado. Todo el mundo decía que temblaba por que estaba bebido, pero era todo lo contrario; Temblaba por que no había bebido y por que tenía miedo, sabía lo que iba a provocar. Pero quería llevarlo a cabo…”

Las consecuencias fueron, desgraciadamente, más negativas que positivas. Se le reprocha el gesto como la provocación del rico que se burla de los pobres. Su discurso está falto de claridad. Debido al primer plano del billete, el murmullo que provoca su manipulación, el crepitar de éste al quemarlo y su falta de inteligibilidad, lo que realmente dice es “…No es para los pobres, es para las nucleares…”. Se convierte en un salvaje quemando algo sagrado, el dinero, transgrediendo el tabú.

Julián Clerc: “…Al día siguiente de la emisión, quedamos a comer. Estaba exultante, orgulloso. Fuimos a su casa y nos puso la cinta del programa, la comentamos. Pulsaba el rewind y el replay sin parar. Luego salimos y fuimos a “La Calvados”, uno de sus lugares favoritos, donde tocaba su amigo Big Joe Turner. Tenían una broma entre ellos; Serge compraba no se cuantos cigarros y los colocaba sobre el piano. Le iba diciendo títulos de estándards que tenía que conocer. Por cada acierto, un cigarro. Cada media hora Turner hacía una pausa y entraba una banda de mariachis que nos daban la tabarra. Serge les metía billetes en sus guitarras sin parar, animado y gritando “Viva la revolución”. Aquellos no se vieron en otra igual en su vida. Cuando conseguí meternos en un taxi –debían ser ya las siete de la mañana- y tras un rato sin decirme nada me dijo esa frase genial: “No, si tienes razón. Al final se ponen pesados…”

Bertrand de Labbey: “…Una tarde en Le Calvados, un turista americano y Serge rivalizaron en pedirle a Big Joe Turner interpretaciones de estándards. Cada petición venía acompañada por un billete de 500 francos encima del piano; Turner gano esa noche más de lo que ganaba en un año…”

“…Serge bebía para olvidar el tiempo pasado, sus recuerdos, el dolor de sus creaciones. Al mismo tiempo sus apariciones públicas eran complicadas, debía atender a su público y no sabía hacerlo si no era bebido. Cuando lo hacía yo trataba de no estar con él mucho rato, su discurso era repetitivo, incluso podía ser agresivo. Era una pena, sobre todo para los que lo querían. Había un momento de la noche en que tenías que irte, ya no podías aguantarlo más…”

Tras un segundo episodio reggae (“Mauvaises nouvelles des étoiles), innecesario y repetitivo, y que seguramente Gainsbourg acometió por la ilusión de volver a Jamaica, otros proyectos fallidos -aunque no carentes de interés- se suceden: El disco con Catherine Deneuve, el de Isabelle Adjani, canciones e incluso discos para Alain Chamfort, Alain Bashung, etc. Serge necesita reinvertarse una vez más. Improvisador genial, necesita un hilo conductor, madurar sus arrebatos de genialidad antes de llevarlos a cabo.

“Love on the beat” se publica a principios de octubre de 1984, acompañado de una enorme campaña promocional. Gainsbourg está en todas partes. Había viajado en 1984 con Philippe Lerichomme a Nueva York tras su aventura reggae. Allí contacta con Jean Pierre Weiller, un francés emigrado que conoce las últimas tendencias de la gran manzana. Este le hace escuchar algunos discos, entre los que está uno de Herbie Hancock con Bill Laswell y “Trash it up” de Southside Johnny & the Ashbury Dukes. Este último entusiasma a Serge y contactan con sos productores, Nile Rodgers y Billy Rush. El primero, miembro de Chic, acaba de producir el bombazo de Bowie“Let’s dance”, y se halla enfrascado en la de “Like a virgin” de Madonna, por lo que desiste. El segundo acepta.

Billy Rush: “… Cuando Jean Pierre Weiller me habló de Serge yo no conocía absolutamente nada de él, ni tan siquiera “Je t’aime”. Concertamos una cita en New Jersey, en mi garaje convertido en estudio. Vi llegar a un tipo muy tímido, que no hablaba más que una pocas palabras en inglés. Me puso una de sus cassettes, en las cuales se hallabán las bases melódicas de sus canciones. La atmósfera era un tanto extraña, nunca habría imaginado que era una estrella en Francia. Delante de él me puse a trabajar, elegí un ritmo, pegué una base, programé algunos teclados y guitarras. No me hablaba, le veía inseguro, ahora creo que me estaba examinando. Al final del día había podido terminar dos o tres maquetas. Se la pusieron bajo el brazo y se marcharon. Yo pensé que había sido divertido, aunque también que no los volvería a ver. Pero a la mañana siguiente volvieron y me dijo: Genial!, continuemos…”

Una vez más, Gainsbourg ha encontrado un nuevo mundo musical en mitad de una etapa personal, cuanto menos, delicada. La música disco como vehículo y la homosexualidad como leit motiv, el elemento provocador que le sirve de motor. En un momento de duda y lucidez confiesa a Lerichomme: ”¿Pero que coño estamos haciendo aquí?, mi música es Chopin, nada que ver con esto”. Philippe le calma; “Es justamente por eso por lo que estamos aquí, para intentar cosas nuevas”

Billy Rush recluta a los músicos: Larry Fast al sintetizador, acompañante ocasional de Peter Gabriel y dos tipos más que vienen de girar con Bowie, el saxofonista Stan Harrison y el corista George Simms. Este recuerda; “…Cuando llegamos a casa de Billy en Nueva  Jersey y escuchamos las dos primeras canciones nos miramos preguntándonos que hacíamos allí. No habíamos oído hablar nunca de Serge y tampoco sabíamos nada de su reputación, de su carrera o de su genio artístico. Creímos que era un tipo muy rico cuyo pasatiempo favorito era contratar a músicos afro americanos para grabar como diversión, y allá en su tierra, hacérselo escuchar a sus amigos. Todo pasó muy rápido, creo que cantamos las nueve canciones del Lp en siete horas. Serge saltaba y bailaba cuando quería describir algo…”

Para la portada, fotografiado por el también cineasta William Klein, con quién ya había trabajado en “Mister Freedom”, se maquilla y pinta como una madura y ajada madame travelo. Los labios rojo carmesí, uñas y pestañas postizas y un fino cigarrillo humeante. Una especie de Gloria Swanson circa “Sunset Boulevard” pero con el pelo corto. Deja de beber durante quince días para ocultar las ojeras y se hace pegar las orejas con el fin de disimularlas.

El disco, más que un tratado Gainsbourgiano acerca del ideal homosexual, es un canto a la decrepitud, al paso del tiempo. Nuevos caminos para los viejos deseos. Desde luego lo que se espera de él. En estado permanente de provocación, adopta a Bacon y su pintura atormentada como Mcguffin icónico. Se imagina atrapado en un limbo etéreo entre el bien y el mal, entre la abyección promiscua y la pureza clásica homosexual.

Construye un personaje, otro más, en el que refugiarse. Sutiles juegos bilingües, bisexuales, ambivalentes. Y el humor siempre como escudo ante sus propios miedos.“Kiss me Hardy” son las apócrifas últimas palabras del almirante Nelson, mortalmente herido de bala en el pecho, al oído de su fiel teniente y amante, en plena batalla de Trafalgar, con música no acreditada de Rachmaninov. “I’m the boy” es una elegía al cuarto oscuro, al sexo puro y duro, ángeles de cuero negro. “No comment” y “Hmm, Hmm, Hmm” podrían ser perfectas reescrituras de sus clásicos, lanceadas por esa producción ochentera tan artificial, metalica y desafortunada. Pero hasta sus defectos casan con el espíritu del experimento. Su sonido frío y distante, en contraposición con la minuciosa descripción de su ocaso, consiguen una extraña sensación de deriva muy similar a la descrita en –y de la que se me ocurre hubiese sido una perfecta banda sonora- “Hardcore, un mundo oculto” del cineasta Paul Schraeder.

Para cerrar, su canto de cisne. Otro más de esos episodios malévolos de los que tanto gustaba; “Lemon incest”, El juego y la necesidad vital, una vez más, de la provocación. En realidad una declaración del amor incondicional paterno-filial, bajo la melodía del estudio nº 3 en mi mayor de su amado Chopin, con su pequeña Charlotte. Las palabras escupidas como balas, los juegos semánticos apuntando a los biempensantes y a los hipócritas. La pureza, el candor incluso, de los sentimientos. La honestidad de un tipo tan peculiar que de tan honesto, escandalizaba.

Todos los entrecomillados extraídos de la biografia “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000).

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