JESS & JAMES Revolución, evolución, cambio.

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 Aunque hace unos años, en la época de las vacas gordas (sí, también hubo una burbuja, enorme, en el mundo del disco de vinilo de colección ) se les intentó incluir en ese epígrafe tan rentable denominado psicodelia, lo de Jess & James (née Antonio y Fernando Lameirinhas) era, al menos de cara al gran público, calificado como robusto -incluso a veces como rupestre- soul de reminiscencias Stax. Una sólida base instrumental, de sudoroso ritmo y antagónica resolución vocal, unas veces con ortopédico encanto y otras orgullosamente expansivo, pero siempre, a mi modesto entender, más refinado de lo convenido. 

Nacidos en Oporto y emigrados en su adolescencia, a finales de los años 50, a Charleroi junto con su familia, huyendo de la dictadura de Salazar, pronto muestran una indisimulable destreza musical. Con el nom de guerre de Wando y Tony Lam, en 1964 graban su primer sencillo como The Modes y de inmediato saltan a Inglaterra como músicos de sesión. Inoculado allí el virús soul al año siguiente retornan a Bélgica y bautizados ya definitivamente como Jess & James captán la atención de Jacques Kluger, capo del sello Palette, con el que firman contrato y les edita su primer disco, el ep que contiene “The end of me”. No será hasta su tercero, “Move”, cuando la cosa pete de verdad. Mientras tanto las formaciones van variando. Originalmente los dos hermanos cuentan con el saxofonista Ralph Benatar (responsable de los deliciosos -y cotizados- exploitos o discos de estudio Chakachas y el Chicles y pronto sustituido por un tal Titinne), el baterista Stu Martin (quién los abandona tempranamente siendo sustituido por Garcia Morales, aunque volvería a colaborar con ellos más tarde en ese ovni soberbio bautizado The Free Pop Electronic Concept, proyecto que merece post propio, una melangé de riffs poderosos, fuzz ululante, efectos de estudio a cascoporro -phasing, reverb, eco, etecé-, electrónica, baterías tribales y cualquier cosa que se les ocurriese) más el organista Guido y el trompetista Douglas Lucas. Hasta finales de 1968 esta formación es más o menos estable. Será a partir de ese año, con el éxito y las obligaciones, cuando la banda se rompe incorporándose numerosos músicos, sin mantener formación estable, hasta acabar conviertiéndose en un quinteto más o menos definitivo a principios de 1969; Ellos dos, el órganista Scott Bradford, la vuelta del batería Stu Martin y la incorporación del guitarrista Phil Rosenberg.

Cantan en inglés (aunque en España, distribuidos por Belter, publicarán en sencillo versiones en castellano de alguno de sus éxitos) y el sonido, con la banda de acompañamiento, los impecables J&Js como una especie de trasunto de los JBs de James Brown, o, por qué no, de nuestros Pekenikes, llega a ser espectacular. Una máquina de soul perfectamente ajustada, capaz no ya de reproducir sino de trascender a su modelo.

Tras dos años de locura finalmente se separan y Wando y Tony Lam se establecen en España como una especie de retiro dorado. Mantienen su éxito y giran a menudo, llegando, en 1972, a formar parte de los Canarios como bajista y guitarrista.

Este “Revolution, evolution, change” (Belter, B 7217, 1969) es un disco con sorpresas. Sorpresas al menos para todo aquel que haya categorizado a Jess & James dentro de aquello que hicieron tan bien y por lo que fueron populares. Porque sí, tiene robusto Soul a-lá-Stax (“I want to be free”) boogaloo hammond soul (“Hey baby listen”) y el hit pertinente (“Change”) pero tambien muchas más cosas. Divertidas y elegantes veleidades northern (“You can’t cry everyday”), lustroso blue eyed soul en “Is there anything you love?” o bossa de perfecta delicadeza en “Wonder”, con sus arreglos de piano y sus vientos contenidos. Hay también Popsike sicodélico deconstruido con innovadora y atrevida producción. Una producción plagada de phasing y efectos de voces en “Julie’s doll” o ya directamente psicodelia circa “Strawberry fields forever” en “The Question”, una canción en verdad imponente, de polisémica lectura; Evocadoras cuerdas tejiendo capas, combinadas con la tenue flauta, una batería perezosa simplemente dedicada a mantener el beat y el arpegio de guitarra acompañando. Los coros tratados, espectrales, implorantes, aunados con los vientos que sujetan como si fuese un marco abrigando a un rostro desamparado…. y vuelta a empezar, hasta terminar con la maravillosa coda “…Is it me, is it you, is it me, is it you….”.

Sumémosle accesible y etereo soul pop con un laid back Costa Oeste en “I’ll quit you”, homenajes a su folklore natal en “Fado”, donde tratan la tradición de una manera similar a la que los Pekenikes pudieron hacer con el acervo hispano; un pie aquí y otro allí, melancolía y saudade entremezclados con la modernidad, todo ello sin hacer de menos a ninguno de las dos caras de la misma moneda.

Una, otra más de las cosas que uno aprende y conoce día tras día. Uno, otro más de los motivos por los que quién escribe, en su ingenuidad, lamenta no tener varias vidas. Conocer, disfrutar, compartir.

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