Yo quiero bailar en La Costa Fleming

Costa Fleming

 

Mil gracias una vez más a todos esos amigos que se empeñan en que intente borrar en mi los molestos prejuicios y que me permiten ver las cosas tal y como son. Existen intérpretes con escasa voz que cantan como los ángeles y otros, dotados técnicamente de manera soberbia, que jamás sabrán cantar. Cualquier profesional se echará las manos a la cabeza, probablemente con razón, ante mis argumentos, pero yo sé lo que me digo. Cantar bien es ajustar las notas, encajar la melodía… pero también mucho más; Llegar sin pasarse, darle sitio y tono a la canción, transmitir.

————————————————————-

Tal vez todo esto les parezca algo sin pies ni cabeza y es muy probable que estén en lo cierto. Casi estoy por asegurarles que harán lo correcto si dejan de leer. Cada uno tiene su concepto del asunto que nos ocupa. No es éste otra cosa que un post en torno a una fijación insana, sobre algo difuso, tan borroso e idealizado como algo pienso necesitado de una cierta puesta en valor. Algo generalmente tratado, a lo sumo, con desprecio tal vez no sea lo más apropiado para labrarse un cierto nombre entre los popes de la crónica aunque no me puede importar menos. Divagar casi de oídas sobre algo que ocurrío hace cuarenta años, en un país, al igual que hoy, anquilosado y endogámico, se me antoja un desbarre de proporciones mayúsculas. Aunque no sé si tan absurdo como haberlo visto pasar ante tus ojos, no haberse enterado de nada y, lo que es peor, permanecer en sus trece.

Es este un texto humilde ante el cual la postura más saludable sea aquella que combine el hedonismo y un cierto distanciamiento, la justa aprensión y una indesmayable curiosidad como todo lo relacionado con el pop, a la manera del que apura las copas nocturnas -y noctámbulas- sin pensar por un segundo por la segura resaca. En definitiva, mantener la distancia conveniente que, en cambio, uno jamás supo ni sabrá fijar y, lo que es peor, tampoco tiene ninguna intención de hacerlo. En cualquier caso una sentida recomendación esencialmente basada en la canciones -pues es de eso de lo que trata el asunto- y un relato que lo adorne.

Paloma Cecilia San Basilio Martinez tenía -aún lo tiene- un chorro de voz. No desafinaba nunca y su belleza de porcelana hacía, muchas veces, tenerla por lo que no era. En contra de lo que algunos piensan, la dificultad no está en la sencillez. Lo verdaderamente difícil es que, estando dotada de una gran voz, tendiendo a lo grandilocuente y a la exhibición, siendo icono gay y gozando de todo ese estatus, seguir siendo algo íntimo, escapar del exceso como norma. Eso lo logran las verdaderas divas. Hablo de Mina, de Nina Simone, de Ornella Vanoni y…de muy pocas más. Paloma San Basilio no entraría en este Olimpo ni queriendo… salvo con esa maravilla que responde por “Contigo”.

Compuesta por el argentino afincado en Madrid Bebu Silvetti y publicada originalmente un año antes (en su Lp “El mundo sin palabras de Bebu Silvetti”) sería retomada, añadiéndole una hermosa letra y todo el empaque de la factoría del Sonido Torrelaguna,  en 1975. Con el factótum artístico del sello Hispavox, el milanés Rafael Trabuchelli a los controles, ordenando, colocando cada pieza en su lugar, estirando las bridas de una yegüa todavía por desbocar, logrando dar cuerpo a una hermosísima simbiosis entre el modern soul y la canción pop que, de haber surgido en otro ámbito, menos satanizado, hubiese sido epítome de la clase y la sutileza más elegante.

Mi interés por el Sonido Costa Fleming surgió de manera difusa, espontánea, poco razonada y por supuesto sin el menor asomo de rigor ni de lo que para mi iba a suponer. Un poco de casualidad, sucedió motivado por la contemplación extasiada de programas televisivos de variedades donde pululaban las más hermosas mujeres. Desinhibición de fotonovela y voluptuosa modernidad a partes iguales; Agata Lys, Ingrid Garbo, Barbara Rey, Marcia Bell, Nadiuska, Isabel Patton, entonces Diosas y hoy señoras maduras en el mejor de los casos, cuando no olvidadas o simplemente ajadas, cuando no todo ello a la vez. Apareció yendo a sesiones de reestreno en los cines de pueblo, (en programa doble, faltaría más), donde un leve roce, un intermitente vaho de perfume dulzón se mitificaba como bacanal inolvidable. Donde, también, por qué no decirlo, iniciales miradas furtivas daban pie a tórridos ejemplos de desaforado bizarrismo. Otras cosas ayudaron, claro. La sobredosis de un cine pretendidamente moderno pero de indudables ribetes pacatos, ése que todavía hoy en día continua sin constar en la enciclopedías -atiborradas de dramas acerca de la guerra civil y divagaciones sociológicas- para otra cosa que no sea la mofa, pero frente al cual cualquier cronista honesto no podrá sino asentir ante su realismo incómodo y molesto, ante su capacidad para fijar la fotografía de una época. Estupefacción y asentimiento ante aventuras que a fuerza de disfrazarse de astracanadas o ir insufladas de ternura y moralina falsaria no podía, a su pesar, dejar de tener sus dosis de verdad.

 

“Madrid, Costa Fleming” (José María Forqué, 1976), adaptación cinematográfica de la novela de Ángel Palomino, sin ser el más afortunado -ni de lejos- de los intentos, sí que al menos permanecerá por haberle dado carta de presentación al asunto, por haber servido su título como bautismo. Crearía involuntariamente una marca indeleble con sustrato costumbrista y modernidad de pegolete en impúdica combinación y de la que, esporádicamente, surgirían retazos hirientes, risibles episodios, sobre un mundo también nuestro y a menudo cruelmente reconocible. Estallidos intermitentes que cuando atinaban provocaban vergüenza ajena o frenesí nostálgico, sí, pero también capaces de mostrarnos reflejados en un espejo que todavía intentamos mantener oculto. Lecturas combinadas que mezclaban sin criterio aperturismo y doctrina, curiosidad miope y excitación sin guía. Educadores infames, cicerones del atavismo, con quienes las divergencias, todas en realidad, no hacían otra cosa que cargarnos despreocupada y alegremente de razón. Padres que pensaban haber parido un monstruo y a los que hoy, siéndolo también nosotros, les concederemos al menos el beneficio de la duda y cariñosa comprensión. Sueltos en los periódicos, comentarios radiofónicos que semejaban jeroglíficos indescifrables. Ansiadas expectativas ante las cuales tan sólo unos pocos tuvieron el valor -y la fortuna- de vivirlas en su totalidad. Bonvivantismo a medio camino de la Bôite despendolada y el despacho profesional.

Si nos centramos en lo sociológico podríamos decir que no fue más que una concatenación de agradables coincidencias, cuya trascendencia (no podía ser de otra manera) iba a ser nula en una sociedad que estaba por un lado -el ortodoxo- hipnotizada ante los primeros logros del confort y el desarrollo y por el otro -el contestatario- supeditada a la política de una manera enfermiza, casi religiosa. Jóvenes idealistas con complejo de culpa ante el placer que se les presentaba frente a jóvenes oportunistas sorbiendo la vida a tragos largos, literalmente. Sin término medio salvo aquellos en los que la sospecha era su estado natural. Para bien y para mal, una serie de espabilados oportunistas con talento y arrojo, desfachatez e ingenio, disfrutarían de esa casualidad feliz. Tuvieron además la fortuna de que el tiempo jugaba a su favor; Un régimen es sus últimos estertores, una situación económica relativamente oreada, la plena normalización de ese maná llamado turismo y la -ahora sí, mezcla de los nativos con los foráneos en vez del sometimiento servil de antaño-, posibilitó a una serie de cachorros acomodados (familiares de cargos provinciales, tecnócratas con cartera, procuradores a cortes, empresarios del desarrollismo salvaje y un puñado de aventureros con menos posibles en el bolsillo pero repletos de olfato) alternar como si no hubiese un mañana con secretarias aspirantes a artistas, misses de diverso pelaje, dependientas de boutique ávidas de experiencias y jovencitas atrevidas, hijas, e incluso a veces esposas, de la cuadra masculina, luchando por tenter una visibilidad más allá de su supeditación al macho. Gentes en definitiva sedientas de una vida europea. De la misma manera, ese tiempo tan inmarcesible entonces, sería poco después implacable ante lo efímero del instante. Una inconsciente alegría de vivir que resultaba imposible acotar y a la que, antes de permitir su propagación definitiva, el régimen prefirió mantener en una especie de zona cero, sita entre Recoletos y la calle Doctor Fleming, a la derecha de la Castellana. Un lugar donde si cerrabas los ojos y te dejabas llevar se diría, al caer la noche, que era la más cosmopolita de las urbes imaginadas.

Ver, escuchar, al menos soñar. Aunque, por supuesto, mucho mejor sumergirse, vivir, disfrutar. Siempre tras la búsqueda del instante de placer, ese que si resultaba inaccesible se imaginaba, o, por qué no, se creaba. Las hostias debieron ser muchas y grandes. La sensación de ser otro, un bicho raro, cada día mayor, enorme. De haber estado allí digamos que esa sería la causa o piedra angular en la que se sustenta un cierto solipsismo agnóstico, en absoluto militante, en todo caso atónito.

Pero, ¿Saben?; Uno hubiese dado lo que no tenía por trasladarse, aunque sólo fuese por una noche, a esa arcadia soñada. Agata Lys y Joselé Román dándole al licor 43 o al Pilé en medio de la gala de los premios Mayte, o mejor aún, Naranja y limón. La primera ahuyentando a pretendientes moscones y sin cartera, la segunda pugnando por divisar el punto débil, palpitando ante el tamaño de los escotes, ajena a las entrepiernas por serle de escaso o ningún interés. Alfonso Santisteban y Juan Carlos Calderón sacando pecho como pavos reales pero saludando solícitos al gran Augusto Algueró en cuanto asomase por las escaleras de Tartufo’s, cada día del brazo de una imponente vicetiple; Ora una go-go de Alicante llamada Ingrid, ora una voluptuosa azafata holandesa de la KTM, todas en definitiva musas de la cadena Reyzabal. Un estajanovista del arte -el del pentagrama y el de la carne- que se comía la vida a bocados ante lo escueto de su dieta casera. Porque debe ser insoportable tener en tu nevera el mejor manjar y que este no se deje tocar.

———————————————————–

Julio Iglesias

Exploito local firmado por Phil Coddy y Ray Blum (o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico) con la inestimable ayuda de Rafael Ferro. Más tarde caería en las manos de Phil Trim y ya como colofón supremo, en las del Julio Iglesias más irresistible…

 

————————————————————

Lord of marbella

A estas alturas no voy a confesar ni mis filias y ni mis fobias. Son evidentes, imagino que ya se habrán hecho una idea. Acabo de recordar que tenía por ahí grabada una playlist de cuando la primera fiebre costaflemingera me atacó. Si claro, venía cogida de la mano de aquel trip -para mi gozoso- que ya subí titulado “Lord of Marbella”. Ya hace de eso unos años, pero todos los veranos vuelvo a ellas. No me pregunten por qué. Ni yo mismo lo sé.

Por supuesto aquí no hay mezclas ingeniosas ni el timing apropiado. No tengo esa virtud. Lo que si creo que hay es el mismo aire febril, chapucero, desprejuiciado -y en mi opinión- libre que por aquel entonces reinaba y que uno alimenta con esmero.

Una última recomendación. Esto, sobra decirlo, es ya la enajenación Costa Fleming. Quiero decir con ello que es algo así como inmersión a pleno pulmón, un descenso sin paracaídas. Ténganlo claro antes que nada. Y si así lo decidieran, espero que disculpen mi poca pericia a los platos y que lo disfruten. Mucho.

————————————————————-

 

Es curioso lo del mundo de la cultura en nuestro país. Se le baila el agua sin pudor alguno a escritores o cineastas que, en el mejor de los casos, dieron alguna vez en la diana. En cambio a músicos que -si, concedámoslo- hace un tiempo que perdieron el norte (pero que también tienen algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado) se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denotan por nuestra parte es una cortedad de miras y una ausencia de curiosidad casi obscena. Amén, claro está, de la falta de respeto más elemental. Esa paradoja que consiste en pretender vestirse con el condescendiente traje de lo herético e incorrecto para no ser otra cosa que la triste apoteosis de lo políticamente correcto. Tontería, impostura… asuntos subsanables con el paso del tiempo. Estupidez, cretinismo … ya no sabría uno que decir. 

 

Y es que esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día y se transmite socialmente. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces en busca del ansiando qué dirán como forma de sentirse considerados. El epítome de la paradoja. Cuando más se quiere ocultar, más rauda y silenciosamente se propaga, implacablemente. Una fina línea delimita sus fronteras. Ahora mismo diría que es – a veces por separado, en su apogeo, todo junto- un compendio formado por el deseo de pertenencia al grupo, la falta de rigor y comprensión de uno mismo (y por ende en lo que uno es) y un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, al que honestamente cree tener algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje. Siempre fue agradable navegar a favor del viento pero acaso lo sea más el buscar la perspectiva, ejercitar un cierto rigor y mantener -siempre que seamos capaces- una mirada humilde y curiosa.
1972 es el año de la implosión Camilo. Con una sólida y larga trayectoria a cuestas (Los Dayson, Los Botines) en la que fue parte principal, tanto de cara al público -una belleza apabullante para la época, de una estética proto glam– como en lo esencial -componía la mayor parte de sus temas, era autor y estaba empeñado en controlar su carrera- todo parecía presto, allá por 1970, a la ignición. Bajo el nombre de Camilo Sexto ficha por Movieplay y lanza un sencillo (“Llegará el verano / Sin dirección”) que pasa sin pena ni gloria, aunque la segunda es una buena canción. Decepcionado aunque constante, no desiste y bajo el manto musical de Juan Pardo persevera. Curiosamente la conexión surge vía su amistad con Junior a quién conoce durante su servicio militar en Almeria. Ficha por Ariola y tras cuatro sencillos “Algo de mí” es, finalmente, número 1 en toda España. El lp que les sigue (“Algo de mi”) prende una mecha que durará una década. Trabajador infatigable, “Solo un hombre” en pos de su sueño, publica un segundo álbum a finales de ese mismo año. Giras por Sudamérica, apariciones televisivas, participaciones en festivales, aparte de rodaje y experiencia, le han servido para convertirse en un ídolo de masas, algo desconocido por estos lares con esa magnitud. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia viene a ayudarle.

Camilo no le hace ascos a nada. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y su banda, a la que suma un equipo de profesionales británicos de nivel. En los arreglos un viejo conocido, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero efectivo, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops y que, como curiosidad, cabe señalar que fue el responsable de los arreglos de esa barbaridad que responde por “Stoned out of it” de John Fitch and Associates y también el tipo tras el exploito mega hit llamado Mr.Bloel. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oreja en el mainstream y otra que demuestra estar al tanto en las tendencias del momento. Recupera “Fresa salvaje”, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuando menos, malicioso. “To be a man”, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas. “Fuego” con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca. La guitarra fuzz inicial, su base ritmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. “Sara” desprende sexo y sudor lascivo. “Piedra sobre piedra” diríase salida de la pluma de Gamble & Huff. A tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, consistente, competente y engrasada (Alfredo Pareja a la guitarra, Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería), la ya mencionada producción, poderosa en sus arreglos y orquestaciones (guitarras vigorosas, algun fuzz despistado, baterías milimétricas, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y poso. Algo muy, pero muy serio, por tan solo cinco euros. Palabrita de esnob.

¿Recuerdan aquello de lo que una vez hablé, aquello acerca del valor y el precio?

Compren…

————————————————————-

 

Cada uno, por supuesto, es muy libre de pensar lo que quiera. Aplaudir, celebrar, maldecir o simplemente seguir con su vida, sin duda siempre la mejor opción. Y sin querer que ésto sirva de nada, solo puntualizar que uno vive la música como la vida, hambriento, con cierta obsesión e indesmayable pasión. Tara o  dicha, merma o gozo, quizás todas esas cosas a la vez. Y un cierto afán por comprender. Esa y no otra cosa es lo que he querido transmitir. Torpe y vehementemente, de la única manera que sé. 

Ah!, solo una cosa más. Estamos navegando en aguas del mainstream, de lo comercial como meta, de la búsqueda del éxito y la fama. No hay trampa ni cartón, tampoco falsas coartadas ni justificaciones. Ahora compárenlo con la manera en que se procuran esos objetivos hoy en día, tanto estilística como éticamente…

Abróchense los cinturones y prepárense para despegar…

Un TITÁN extraordinario. Un animal musical todo terreno (y cuando digo eso me refiero a que lo hacia todo y todo bien) que igual ideaba un score formidable que poblaba los proyectos de las discográficas con sus arreglos. Que por la mañana -bueno, tampoco nos pasemos, más bien después de comer- componía en serie para su señora o amantes y que por la noche se enfrascaba en musicales para TVE (“El irreal Madrid”), cortinillas y sintonías, alimenticias si se quiere, pero siempre con ese toque de clase que distingue a la imaginación de la rutina. Que aparecía profesional, casi ufano con smoking y pajarita, allá donde se celebrase el festival de eurovisión. Un tipo que no mostraba reparo en adecentar infames y amaneradas (y en este caso me refiero estrictamente a lo musical) revistas escritas por gañanes como Antonio Gala, protagonizadas por su señora, a la vez que realizaba arreglos casi avant garde para las incursiones más internacionales y cosmopolitas de los grupos hispanos con más aspiraciones (“World, devil & Blood” de Los Brincos). Un hombre que estaba en misa fabricando clásicos superventas para Nino Bravo o Serrat, y repicando (dominaba en el arte del crapulismo, titanísimo de la noche y sus distintos sucedáneos) sin ningún problema de conciencia artística. Es más, elevando el rigor a categoría, dándole prestancia y caché incluso a los más funcionariales menesteres. Ahí es ná.

Un genio a la carta en definitiva. El hombre música por antonomasia, en mal momento y peor país, con unas pintas de señor de derechas, gris y aburrido, pero que si hubiese nacido inglés o americano estaría en el imaginario colectivo a la altura de un John Barry o un Quincy Jones de la vida. Con la gorra además. Algún día se le hará justicia.

Si han tenido el valor de llegar hasta aquí mis comentarios ya deberían sobrar. He dicho bien, deberían, pero no me pidan eso, por favor, permítanme que me explaye. Gracias. Allá voy con un puñadito de ejemplos. Desde aceitosas (el “Alone again or” de Love por Los Albas) hasta MA-RA-VI-LLO-SAS versiones (Julio Iglesias  y el “Love’s theme” de Barry White, me lo imagino en versión super45, ocho minutos largos o así, mataría por encontrarlo), pasando por el gran Alfonso Santisteban adoptando una de sus múltiples personalidades, en esta ocasión la de un estilizado y elegante Janko Nilovic cualquiera. Los Tres Sudamericanos dando una vuelta de tuerca más a lo -generalmente en ellos- pasado de rosca. Encarnita Polo y su marido, Adolfo Waitzman, reconvirtiendo un clásico judío en una bomba para Bôites irresistible. Lia Uya, andrógina, habitual de musicales y revistas (sustituta de Angela Carrasco en la gira por provincias del mega-éxito “Jesucristo superstar”) retomando a Joe South según Elvis Presley.

Waitzman

Elsa def

Y más. Una madura Elsa Baeza progreseando con la ayuda de Juan Marquez en “La verdad”, Ray Blum y Phil Coddy, o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico, buceando por enésima vez (Magic carpet, Barbara, Backgammon, Sirarcusa) en el mainstream discotheque, una forma como otra cualquiera de experimentar. Profesionales de la canción del verano (Los Puntos) practicando Hard rock, cabezón, glamófilo, ¡Y competente!. Las últimas bocanadas de Rock stars como el gran Bruno Lomas, recluido en su torre de marfil, un minúsculo apartamento en la playa de Canet de Berenguer. Karina refulgiendo, de los brazos de Tony Luz a los de Rodrigo García, en una época en que su bondad e ingenuidad todavía bonificaba, cuando eso aun no le había convertido en el saco de los golpes para canallas y estúpidos.

Podría seguir y este post ser interminable; Manolo Otero, Set 96, Decibels a go-go, Sara Montiel, The Friends Co., Alcy Aguero, Nena Catherine, Pepe Solá, Marisa Medina, Jou Cogra, Julio Mengod, Greg Segura, Ray Jordana, Key-Hano, etc, etc. Algunos ya han pasado por aquí. Otros pueden encontrarlos en los dos fantásticos volúmenes de Psicotrónica. Hagan, claro, lo que les venga en gana…

 

 

Notas interiores que escribí para la reedición de “Sabor a Fresa” (Vampisoul, 2009)

Se supone que es éste un país hosco en lo cultural, casi de honda raigambre analfabeta. Uno no sabría qué decir, es el único que conoce un tanto y por el que siente un cierto vínculo, aunque si afirmaría sin dudarlo que es bastión de la mala leche, obscenamente exhibicionista en el desprecio a todo aquello que no entiende ni tiene la menor intención de conocer, del mismo modo que sorprendente vivero de francotiradores espontáneos.

Es por lo que uno piensa que somos hoy, lo fuimos ayer y me temo que lo seremos mañana, profesionales en hacer glamour del fracaso. Y lo siento, lo único que vislumbro en el fracaso, que no es poco, es dignidad y, en algunas y contadas ocasiones, grandeza. Ni oropeles ni leyenda.

Madrileño de 1943, amamantado en la copla y la canción española, de sólida formación clásica, iniciado en las veleidades jazzisticas y enamorado de la música brasileña, Alfonso Santisteban es, entre otras muchas cosas, distinto, egocéntrico, curioso, poco glamouroso, vividor, adalid de la mala leche, digno y, digámoslo ya, grande, muy grande.

Con todos esos ingredientes, Santisteban creó un sonido propio que comenzó a gestarse con la explosión atómica que fueron los 60 y tomó carta de naturaleza en los albores de los 70, cuando toda esa mezcla de conocimientos, inquietudes y deseos adquirió consistencia, unida a un devenir vital sorprendente y a su inmersión total en la música brasileña.

Poliédrico y estajanovista, entendió a la fuerza cuál era el único camino hacia el conocimiento y la destreza profesional, andamiaje obligatorio del talento; el hambre por conocer. O dicho más finamente, transitó todos los palos, unas veces voluntariamente, otras por necesidad, sabiendo, tal vez no aceptándolo, que el viaje siempre es el camino. Fue músico de sesión profesional y compositor por encargo desde principios de los 60 para estrellas del flamenco pop – tan buscado hoy por los diggers como entonces denostado – tales como Chacho, Bambino, La Polaca, etcétera y creó, junto a Rafael Ferro, el esencial Lp “Flamenco pop” (Sintonía, 1969).

No me resisto a darle de comer aparte al sorprendente sencillo de Ellas “Sola en la ciudad/Llovió” (CEM, 1968). Ambos temas fueron compuestos por Santisteban y la cara B (con probable colaboracción de nuestro hombre en la producción) es un claro antecedente de este “Sabor a fresa”. Una melodía que ya grabaría en “Flamenco pop”, que luego haria Chacho con el título de “Bum bum” y que en esencia es un formidable bastardeo. De cómo a partir de la melodía de Morton Stevens para “Hawai 5-0” se puede construir algo nuevo, propio e intransferible, mostrando un talento humilde pero, estoy casi seguro, orgulloso en su osadía.

Autor de infinidad de bandas sonoras, muchas descabalgadas, algunas notables (“Juegos de amor prohibido”, “Necrophagus”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “Cebo para adolescente”), Santisteban también compuso innumerables cortinillas y sintonías para las incipientes emisiones de una TVE ahíta de modernidad aperturista (Palmarés, Bla bla bla, Sobremesa, el Tren), decidiendo pagar gustoso ese placentero peaje para procurarse momentos de libertad creativa total.

Vayamos pues al objeto en cuestión, el maravilloso e inencontrable “Sabor a fresa” (Belter, 1971), cuya primera reedición respetando el listado de canciones original, y añadiendo estas humildemente desmadejadas notas, es la que tiene usted en sus manos. Ya desde el inicio, el tema homónimo es la conjunción del canon Santisteban: Dabadás femeninos, reminiscencias a la copla, aromas de banda sonora del spaghetti-western, la devoción al jazz y su fijación con Brasil. “Brincadeira” nos sumerge directamente en las playas de Ipanema, con esa cadencia inconfundible de la bossa nova. “Nuestro ayer” y su guitara à la “Concierto de Aranjuez” casa de una manera casi obscena su obsesión y su realidad: Copacabana y el Manzanares, la caipiriña y el cóctel San Francisco. “Limón y sal” y “Zorongo”, ambas editadas en single, son dos bombas que no tienen nada que envidiar a los holy grails del euro groove que pululan por la red. La primera está cosida con una guitarra infecciosa mecida por vientos souleros, la segunda con un beat que aún hoy suena nuevo, sorprendente. Ambas están ornadas por los espectaculares coros femeninos marca de la casa a cargo del Trío La la la, con Merche Valimañá al frente. Serían himnos oficiales del llamado sonido Costa Fleming, centro neurálgico de la cultura de clubs y lugar de alterne – social o de cualquier otro tipo – por excelencia en el Madrid de los primeros 70. Clubs como Bocaccio, Lord Black, Octopus, J&J, dónde transcurría la vida de todo aquel que fuese proyecto o realidad de la escena artística, homónimo capitalino de la Gauche divine barcelonesa, que entonces miraba tan por encima del hombro y que hoy no les duraría ni un asalto.

“No te acuerdas de mí”, con el majestuoso riff de guitarra de Martín Carretero, la batería incisiva y poderosa del gran Pepe Sánchez, su linea de trompeta y flauta a cargo de Pedro Iturralde y ese estribillo cantado es sencillamente … increíble. Qué decir de “Manias de María”, juguetona e infantil, con ecos al “If i had a hammer”, o de la crepuscular “Vuelve a tu ciudad”, o…

Y dejaremos para el final esa maravilla que atiende por “Persecucción”, también incluida en la banda sonora de “Enseñar a un sinvergüenza” y editada en un rarísimo y cotizadísimo sencillo con una carnal Carmen Sevilla en la portada. Es un elenco de músicos en su apogeo; scat vocals, jazz a go go, ritmos sincopados…una de las piezas capitales del jazz europeo.

Autor y obra, deambulando errantes por los paseos del olvido. Alfonso Carlos Santisteban no supo, o supo demasiado tarde, que había capturado el angst de una época. Tal vez se viesen en el futuro que hoy ya es las costuras del personaje, como su espectacular americana de piel de leopardo, pero me temo que todavía están por descubrirse sus logros y hallazgos.

 

 

Anuncios

Variaciones sobre “Metti, una sera a cena”

 

 

 

La otra noche, intentando responder a un amigo -lo mejor que supe- acerca de unas preguntas sobre ese genio que responde por Ennio Morricone (y también de ese otro, su mano derecha, llamado Bruno Nicolai), se me ocurrió, de repente, que sería interesante agrupar en un sólo post las distintas versiones que conozco de una de sus canciones más perfectas; “Metti una sera a cena”. Miren si en mi opinión será perfecta que ni siquiera su uso -abusivo- como sintonía de un spot televisivo ha conseguido desgastarla.

A ver que les parece…

Deliciosa versión a cargo de la protagonista de la película, la brasileña Florinda Bolkan. Aterrizada en Italia en 1969, donde haría carrera tras ser descubierta por Luchino Visconti e intervenir en “Los Malditos”. Alta, escultural y exótica, de sensualidad y facciones un tanto andróginas, trabajaría con muchos de los grandes directores italianos del momento; Elio Petri, Lucio Fulci, De Sica, Guerrieri, Enrico Maria Salerno, Michelle Lupo… Los de mi quinta tal vez la recuerden como la Condesa Olga Camastra en la serie “La piovra”.

… Quando noi per caso in un solo istante
ci guardiamo indifferentemente e
pensiamo in fondo a cosa siamo

Quando improvvisamente ritroviamo
tutte quei momenti che dobbiamo ricordare
per poterci amare

Noi comprenderiemo cosa vuole dire
veramente starsene per ore nel silenzo
stretti da morire

E ci accorgeremo allora che il passato
il passato è stato quel che è stato
mai il domani cosa mai sarà

Metti una sera
come ogni sera
che siamo a cena
noi due soltanto

Ma apriamo gli occhi
all’improviso
coi nostri visi
non c’è piu niente

Cuando, por casualidad, en un instante
nos miremos indiferentemente y
pensemos lo que en el fondo somos

Cuando de repente encontremos
todos aquellos momentos que debemos recordar
para ser capaces de amar

Comprenderemos lo que quiere decir
realmente sentarse durante horas en silencio
próximos a morir

y entonces nos daremos cuenta que el pasado,
el pasado ha sido el que ha sido
y el mañana nunca será

Digamos una noche,
una noche cualquiera
en la que estemos cenando
sólo nosotros dos

Abramos los ojos,
de repente
nuestros rostros,
no hay nada más…

Disculpen la tentativa de traducción. Es de tentetieso. Si alguien la puede mejorar (casa sencillísima) estaría más que agradecido.

Gloria “Quizas cenando alguna noche” (7″ Movieplay)

Evocadores Dabadabadás hispanos a cargo de Gloria Tomás Canals. Desde sus inicios en la Nova canço hasta esta fragil delicatessen pasaron unas cuantas cosas; un éxito nunca alcanzado, su amistad con Serrat, la lánguida sensualidad con la que dotaba a sus canciones, candidaturas al festival de Eurovisión nunca logradas, problemas psíquicos derivados de la pérdida, revelaciones de carácter místico … Su aproximación a “Metti una sera a cena” tiene en parte alguna de estas cualidades y, sobre todo, una elegante ligereza que parece querer hacerla levitar.

Una mirada desde el Sunshine pop a cargo de los Sandpipers. Es curioso, los grupos que, de una forma u otra, formaron parte de nuestra educación sentimental suelen ser aparcados en un cajón cerrado cuya llave echamos al mar. Más curioso todavía es cuando, por azar o involuntariamente, abrimos dicha cerradura y de allí surge algo que, ejem, sí, nos emociona. ¿El paso del tiempo? Probablemente. ¿Soltar ese lastre repleto de prejuicios y falsa impostura? También.

BOB MITCHELL “Metti, una sera a cena” (7″, PDU, 1975)

Una toma insólita. Casi una jam session, hasta cierto punto abigarrada, barroca, entre el groove y el clasicismo, a cargo de Bob Mitchell e la sua orchestra (quién no era otro que el gran Augusto Martelli). Ralentizada y densa, con una batería en primer término y el trombón casi como batuta, se me antoja una especie de quaalud mix por el sopor que desprende y, sobre todo, por el insondable punto narcótico que parece sujetarla. Anárquica, libre y sin embargo acogedora. Para quedarse a vivir en ella.

Herbert Pagani “Voyage des noces” (7″, Pathé, 1976)

Su versión francesa, a cargo de Herbert Pagani es… exacto, muy francesa. Lo más curioso es que la historia de Pagani tiene poco de francesa. O tanto como de italiana. A ver si me explico. En realidad libio de origen judio, de nombre Herbert Avraham Haggiag Pagani, su vida transcurrió a caballo entre Italia, Alemania y Francia. Despuntó como artista plástico y le vendió obra a Olivetti y Fellini entre otros. El poeta Jean Rousselot le presentó como el abanderado del realismo fantástico pictórico y a partir de 1969 comenzo a editar discos, cuyas portadas, obviamente, estaban diseñadas por él.. Autor de documentales e incluso óperas, siempre anclados en lo pictórico, lo musical y lo más in del momento, su punto oportunista y vendealfombras es, en mi opinión, indiscutible. “Voyage a noces” iba incluida en la banda sonora de la versión francesa de “Metti una sera a cena”, “Disons un soir a diner” (1976) y aunque distinta (en mi opinión más campagne, más francesa, resulta para este que escribe distinta, otra, pero igualmente adictiva.

Y por último su versión original, la perfección hecha canción. LA versión definitiva,(lírica, evocadora, frágil, con un vuelo espectacular), con Edda dell Orso dibujando frágiles arabescos, un tobogán sentimental pleno de sutileza y evocación. Compuesta ex-profeso para la película homónima de Giuseppe Patroni Griffi. Con Tony Musante, Florinda Bolkan, Jean Louis Trintignant y Lino Capolicchio.

Insisto. La perfeccción más absoluta hecha música.

BERGEN WHITE For women only (SSS, 1970)

IMG_0684

 

Dentro de las inútiles clasificaciones que de la música y de los discos solemos hacer -por comodidad, por seguridad, por simpleza- existe una, relativamente reciente, a la que podríamos llamar Wilsoniana y que vendría a ser aquella conformada por los discos cobijados bajo el manto protector y la influencia de Brian Wilson. Obras dotadas de tentáculos interminables, de aristas muchas veces desapercibidas, que parecen querer aspirar a la cuadratura del círculo. Son discos realizados como un totum revolutum, por lo general entre la genialidad y la demencia, aunque a veces también desde la casualidad y la inspiración, a menudo orillados por el tiempo al ser considerados otra cosa, distinta y menor. Son discos llenos de ideas, de hallazgos y defectos, también de obsesiones. Discos que partiendo de la melodía se muestran indesmayables en la búsqueda de un perfeccionismo que se nos antoja imposible de lograr. Pop clásico, multiforme, de orquestal y esmerada producción, que navega con dificultad entre lo confidencial y lo grandilocuente, en un constante y peligroso equilibrio. Y que en las ocasiones en que consigue mantenerse erguido, sustentado por la pureza y lo anacrónico, subvierte lo peyorativo de este último estado para alcanzar una categoría propia, la de estrella errante de perenne luminosidad.

Música arrebatadora cosida por arreglos delicados; Cuerdas que sostienen el tempo, órganos, clavecines, pianos de cadencia clásica, guitarras elegantes empeñadas en dotar de cuerpo a la composición. Vientos evocadores sosteniendo a coros celestiales, voces que surgen de esa marea tranquila para recitarnos su novela y que pese a parecernos insólitas e incluso inadecuadas en un primer momento acaban por encajar como un guante de terciopelo en ésa su aspiración de componer la perfecta sinfonía adolescente.

Son también, en su aspecto narrativo, esbozos fuera de tiempo -acaso aparentemente ñoños tras una apresurada escucha, acaso de ardorosa urgencia cuando nos vemos reflejados en ellos- que pretenden ilustrar vidas, miedos, anhelos, de una forma humilde y un tanto idealizada. Una inmersión absoluta a nivel personal que evita -que hace imposible en realidad- el riesgo de cualquier ambiciosa o petulante pretensión generacional. Historias sobre la fascinación del hechizo, sobre el vacío de la soledad, sobre la pérdida en definitiva. Narraciones y melodías construidas por una tan endeble como infalible arquitectura, ya que en las ocasiones en que ésta logra mantenerse incólume termina por ser fiel retrato de una obsesión que nos consume, del sentido de la vida. Historias, en definitiva, tan alejadas del menor interés en sumar adeptos a su causa como empeñadas en luchar contra todo aquello en lo que, en su fuero interno, son plenamente conscientes; de su irremisibilidad.

Y es ahí donde el único disco que conozco de Bergen White, “For women only”, entra por derecho. Le aguanta el pulso orgulloso y retador a cualquiera de las obras que cada uno de nosotros (“Pet sounds”, “Present tense”, “The further adventures of Charles Westover”, “Oddysey and oracle”, “Someday man”, “A midsummer daydream”, etc) estimemos como imperecederas, canónicas. No estoy hablando únicamente del estilo -que también- si no de su grandeza. Por derecho.

Bergen White entra muy joven a trabajar para Hit récords (sello de producciones baratas cuyas ediciones se vendían en supermercados) especializado en lanzar singles de consumo rápido con versiones de los éxitos del momento. Apenas observa la mínima posibilidad de meter la cabeza donde siempre había querido, deja su empleo como profesor de matemáticas y se zambulle sin pensarlo. Hit records tenía la costumbre de permitir que en las caras B de esos sencillos sus colaboradores incluyesen alguna composición propia. Es allí donde conoce a Bill Justis (sí, ese Bill Justis), el arreglista jefe del sello, quién seducido por su talento le sugiere que comience a realizar orquestaciones e incluso permite que incluya, con seudónimo, alguna de sus composiciones.

Por aquella época Ronny and the Daytonas -la respuesta desde Nashville a los Beach Boys– alcanzan el # 4 en las listas con “GTO”. En muy poco tiempo tienen que tener a punto un Lp y además hay que girar. Invitado por sus amigos de infancia Bobby Russell -quién cantaba en “GTO”– y Buzz Cason (con quienes había tenido un grupillo adolescente llamado The Todds) y conociendo también a John “Bucky” Wilkins, lider de la banda junto a  Cason, entra a formar parte de los Daytonas como músico y cantante ocasional. Es durante esa gira cuando conoce a Brian Wilson, ya de viaje a ninguna parte, hastiado de la poderosa máquina de surf, la sonrisa perenne y las odas al cuerpo -y a la mente- sana que el ya nunca tendría y en cuya cabeza comienzan a gestarse lo que serían esas dos obras maestras, lacerantes y hermosísimas, que responden por “Pet sounds” y “Smile”.

Motivado y seducido, casi impelido por un alma gemela indicándole el camino, Bergen White comienza a dar rienda suelta a sus dotes y habilidades. Un primer sencillo en Monument (“If it’s not asking too much”) es su pistoletazo de salida. No pasa nada con él, aunque eso no parece desanimarle. Su carrera como arreglista ha comenzado a emerger tras el éxito de su trabajo para Tony Joe White en “Polk salad Annie”. El mismísimo Rey requiere de sus servicios y eso ya son palabras mayores. Colaborará con Wanda Jackson, con Glen Campbell, con Margo Smith, con Duane Eddy, con Dottie West. Ya tiene un status profesional. Ha entrado en las grandes ligas. Pero en su mente sigue bullendo una obsesión; su disco. Finalmente, en 1970, se pone manos a la obra. Grabado en Tennesse, con la creme de la creme de los músicos de Nashville (Charlie McCoy, Norbet Putnam, David Briggs, Mac Gayden, Wayne Moss, etc) “For women only” es el resultado de una alquimia única; El romancero del american gothic, torch songs cosidas por imaginativas orquestaciones y sustentadas en la melodía. Pop de la costa oeste, reminiscencias del brill building, country & western solapón, american music. Técnica, pericia y sensibilidad. Distinción y elegancia. Portentosos arreglos de sutil, frágil belleza y un estilo vocal que ora remite al doliente Del Shannon -acaso tres escalones por debajo de su vituosismo- ora a un Richard Carpenter maduro, consciente de lo que se trae entre manos.

Lastrado por una portada cuanto menos poco afortunada, que remitía a las series económicas, a esos exploitos oportunistas (“Todo el mundo me preguntaba sobre ella. Todos me preguntaban si eran Ted Kennedy y Mary Jo Kopechne. Yo les respondía que claro que no. No tengo ni idea de donde vino la portada. El tipo obviamente no era yo, aunque la mujer era bastante guapa”) y con una estrategia a cargo del sello de Shelby Singleton cuanto menos discutible: Edictar inemediátamente después de su lanzamiento un sencillo –“Spread the world”– no incluido en el Lp y con un sonido que no tenía nada que ver con el grueso del corpus, no parecía la mejor idea posible. Como no podía ser de otra manera, el disco acabó ubicado definitivamente en el cajón de saldos, en las cubetas del soft-pop más peyorativo y las del hilo musical. Era el tal Shelby Singleton uno de esos corsarios prestos a desvalijar cualquier navio con problemas, uno de esos buscavidas prestos en hacer caja sin importarles las bajas. Ya venía maleado y ducho, perro viejo en definitiva tras sido un capitoste en Mercury y su subsidiaria Smash. A “For women only” no le cupo otra, desde el mismo momento en que se publicó, que formar parte de esa extraña -y amplia- categoría de discos que pierden la carrera antes de comenzarla.

Y es una lástima. El disco lo tiene todo. De sobra. Composiciones soberbias; las propias (“It’s over now”, “The bird song”,“On and on”) más las de su amigo David Gates (“Look at me”, “Gone again”). También de Mickey Newbury (“Let me stay awhile”), de Barry Mann (“She is today”, “Lisa was”) o incluso de Townes Van Zandt (“Second lover’s song”). La orquestación es delicada y firme, tiene vuelo y melancolía, plena de la elegancia y el tono necesario,. Muy precisa en ese difícil arte que consiste en huir de lo sentimental y quedarse en lo evocador, lo etéreo. Las melodías son todo un carrusel de matices: clásicas, inventivas, ricas. Imaginativos los arreglos; flautas y cuerdas, fuzz y clavicordios… todo casa con armoniosa, sorprendente perfección. Lo que en un principio podría ponernos a la defensiva -la obra de un arreglista dispuesto a mostrarnos todo su abanico de trucos- se convierte en un disco que aún dando carta blanca a las pretensiones de un profesional del estudio (por lo general habituado a darle al cliente lo que se espera de él y no lo que pretenda en su fuero interno o considere más apropiado) obtiene por resultado un trabajo mágico, ajustado, evocador. Si además los textos huyen de lo melifluo, adquieren un trasfondo confesional y sincero, permitiéndonos varias lecturas, lo que obtendremos será un disco que es tónico y cauterizador, un disco que narra los itinerarios de la obsesión, sus precipicios y sus cimas. Un disco al que querremos volver tantas veces como nos sea posible, en los momentos de desolación y también en los de esperanza.

 

El disco fue reeditado por Revola en cd en el año 2004, incluyendo además del tracklist del lp original tres singles no incluidos en él, unas notas exhaustivas a cargo de Steve Stanley (que me han servido para documentarme, tomando datos históricos) y declaraciones en exclusiva de Bergen White acerca de cada una de las canciones.

FANTÁSTICAS PORTADAS Juanjo Andaní (Editorial Milenio, 2015)

IMG_2204

La verdad es que no sabe uno muy bien por donde comenzar, abrumado por todo lo que FANTASTICAS PORTADAS nos regala. Acabo de pasar unos días de vacaciones y he de confesar que me he llevado como único equipaje, más allá de lo que la intendencia y la higiene demandan, el libro del amigo Juanjo Andaní. Con él la oportunidad de disfrutar tanto de la asombrosa colección de imágenes –portadas de singles y eps concretamente- como de los textos que le acompañan. Textos informativos, esclarecedores, divertidos y que, sobre todo, muestran palmariamente lo que uno le pide, junto al necesario rigor, a este tipo de trabajos; una mirada y un tono propios. La capacidad del autor en atisbar y advertir asuntos que siempre han estado ante nuestros ojos y que nos habían pasado despercibidos.

Junto a todo esto, algo crucial en mi opinión, también se desprenden ciertas cosas en la que no sé si estaremos de acuerdo. Veamos:

La primera y principal es la nula puesta en valor de los ilustradores y diseñadores gráficos (o portadistas o como quieran llamarlos) que llevaron a cabo tales prodigios. La desidia en el mejor de los casos, cuando no el desprecio, es lo que desde entonces les ha rodeado. No creo que eso sorprenda a nadie de los que aquí estamos. Si esa fue la tónica habitual respecto a la mayoría de la obra de los autores, músicos e interpretes, pues fueron tratados de aquella manera, cómo no iban a ser tratados los artesanos, dibujantes e ilustradores que se encargaron de crear el envoltorio y la imagen gráfica.

La segunda –y no menos sintomática- es la extraña unanimidad en la minusvaloración de su obra ¡por los mismos autores que la realizaron!. Unos cuantos calificándola de pecados de juventud y otros, directamente, dejándola en la veladura del olvido, reticentes incluso a recordarla. Contribuyendo involuntariamente, en definitiva, a ese menosprecio casi inmemorial que Juanjo Andaní (y la editorial Milenio) ha venido a intentar remediar.

Por último y en tercer lugar al constatación –una vez leído y visto FANTASTICAS PORTADAS en su totalidad- que pese a mutilaciones por parte de las compañías, desdoros de sus mismos autores y una cierta indiferencia general, el nivel artístico era considerable. Muy considerable.

Y es aquí cuando aparece –bueno, la verdad es que está presente desde el prólogo hasta el epílogo- la figura de Juanjo Andaní. Su rigor, su dedicación, su perspicacia y su sensibilidad. También, claro, su sarcasmo, su crítica y su indeleble personalidad.

Porque uno puede llegar a estar de acuerdo en que cada uno de los que gustamos de este negociado y que ,vamos a suponer, nos hubiésemos atrevido a acometer un libro de este calado –que ya es mucho suponer- hubiese hecho uno distinto, sí. Pero pocos –yo no conozco ahora mismo a nadie- hubiese trasladado apropiadamente todo lo que en cuanto a datos e información Juanjo nos cuenta, caso de querer hacerlo rigurosamente, claro. Además con el agravante –y no es asunto menor, en absoluto- de que nos sería imposible trasladar su referida mirada, tan propia y sagaz.

En el libro Juanjo nos muestra una relación, sucinta pero adecuadísima, de grandes diseñadores e ilustradores gráficos, tanto europeos como americanos, junto a unos necesarios capítulos introductorios. Pero es el corpus que constituye el libro, aquel dedicado a una extensísima relación de ilustradores españoles -De Aguirre a Ivan Zulueta van pasando dibujantes de tebeos (Ambros, Perís), Cartelistas de cine (Montalban/Jano), Actores (Jacinto Molina/Paul Naschy), músicos (Julito Andreu, Pau Riba) e incluso futuros ejecutivos discográficos como Carlos Juan Casado – y de discográficas españolas, tanto las grandes (Belter, Hispavox, Discophon) como hasta el más underground de los sellos. Recuerdo ahora mismo mi modestísima y única contribución a este libro, el préstamo del single de Juan Muro en el sello Nube. No sobra nada, muy al contrario.

Ya termino. Habrá algunos, me temo, que se referirán a FANTASTICAS PORTADAS casi como si de un asunto filatélico se tratase; cromos y estampitas para acumular. Nostalgia huera. Otros en cambio, más escépticos hablarán de él como una tara ciclopéica más relacionada con asuntos de la psique, con nuestras manías y obsesiones, con algo en definitiva que solo la psiquiatría podría explicar adecuadamente. Quiere uno pensar que también existirán algunos, quizás tan solo unos pocos, que lo vea como lo que uno piensa que es; la cartografía y codificación de algo relacionado con el arte, la crónica y por qué no, la sociología. Todos ellos, probablemente tengan razón. Tan solo piensa uno que tal vez estos últimos, más soñadores y por tanto más generosos, además de razón y entendimiento del asunto en cuestión, tendrán también comprensión. La misma comprensión –tambien creo que cariño y admiración- que muestra Juanjo Andaní hacia la interacción entre el arte de las portadas y el diseño gráfico (el cartelismo, el comic, los cromos, las portadas pulp) con la publicidad. Todo ello  en una época donde la necesidad y el aislamiento no podía cerrar tan herméticamente como pretendía los nuevos –viejos- tiempos. Juanjo comprende aquello que entiende, ha hecho el esfuerzo para que así fuese y, sobre todo, tiene la capacidad y la humildad para haberlo visto. FANTASTICAS PORTADAS insisto, es la prueba fehaciente. No dejo de maravillarme por todo ello, y por tanto, desde aquí, públicamente, lo mínimo que puedo hacer es agradecérselo.

Fantásticas portadasJuanjo Andaní. 390 páginas. Editorial Milenio, 2015

 

Siete joyas ocultas en las películas españolas

319Climax_1977

Podrían ser más, sin duda. Pero en aras de no cansarles más de lo conveniente -y de paso guardando balas en la recámara para futuros posts- enlazo aquí siete pequeñas joyas, ocultas en las bobinas de películas muy menores, que considero merecerían una adecuada edición discográfica.

¡Cómo está el servicio!” (Mariano Ozores, 1968)
Boris y Los Shakers “Spirits”

Los Shakers fueron el grupo mod español de los sesenta por excelencia. Modernos, con la imagen adecuada, el pertinente background y de tan escasa como importante obra. Para qué más. Con tan solo dos epes oficiales publicados, y colaboraciones en otros de Lorella y una niña Ana Belen, su memoria se agranda con el paso del tiempo. Hijos del director de cine José Luis Sáenz de Heredia, los hermanos Ricardo y José Luis, junto a su primo Fernando el Chino” y Paco Ruiz y Vicente Martinez se unen en esta performance  titulada Spirits a Boris Benzo, todo un personaje. Ex Buitres y Ex Continentales, (y más tarde propietario del sello Benzo) es este  “Spirits” -sí, jamas publicado- uno de los números más flipantes de action painting que recuerde, puro desfase narcótico. Incluida en la película de Mariano ozores “¡Cómó está el servicio!”, desgraciadamente no podemos escucharla de otra manera que con las voces de Gracita Morales y Pepe Sacristán sobre ella.

“En un mundo diferente” (Pedro Olea, 1970)
Juan y Junior “Say you’ll gonna give me nothing but love”

Una de las películas malditas de la cinematografía española. Rodada para mayor gloria de un dúo ya en desbandada antes de su estreno, con solo una semana de duración en su exhibición en los cines y tan odiada y vilipendiada por su director como olvidada por el duó. Una extraña mezcla, tan inofensiva como tierna, de ciencia ficción y morriña bucólica, en la que dos extraterrestres con la apariencia de Juan y Junior son enviados a la tierra para sustituirlos y iniciar una futura colonización. Vista la película no logro saber de dónde procede tamaña agresividad hacia ella por parte de su director. En cualquier caso, lo dicho.Nunca más se supo de ella.

En teoría vehículo publicitario de los ex Brincos, junto a una serie de canciones ya editadas por Juan y Junior, (“Tus ojos”, “Tiempo de amor”, “Anduriña” y “Todo lo que el viento se llevó”), iban también incluidas dos joyas inéditas. “Another world”, puro Uk swinging London, muy capaz de mirar a los ojos a cualquier producción europea del momento y del que circula una actuación en playback en el programa “Galas del sábado” y esta “Say you’ll gonna give me nothing but love”. Un cañonazo freakbeat que suena junto a los títulos de crédito iniciales (Algún alma caritativa que desvele quién fue el titán que los realizó, se lo ruego), deudores un tanto del pop art y la ilustración publicitaria como, sobre todo, del trabajo de Guy Pellaert en Pravda. Joyaza.

“Último deseo” (Leon Klimovsky, 1976)
Música de Miguel Asins Arbó.

Un grupo de acaudalados hombres de negocios y militares, se reúne para pasar un fin de semana en un burdel, sito en los sótanos de una mansión campestre. Un repoker de suripantas, encabezadas por esas diosas que responden al nombre de Nadiuska y Teresa Gimpera, serán las encargadas de satisfacer y dar rienda suelta a todo el repertorio de sus  depravaciones.  Mientras tanto, en el exterior se esta produciendo una catástrofe nuclear que deja a todo quisqui ciego y desfigurado. Apocalipsis de la que ellos -y ellas- son completamente ajenos.

Película financiada por unos productores americanos y rodada en inglés para su posterior distribución en los USA. “Último deseo” tiene una novela tras ella. Los americanos envían al futuro director de “Viernes 13”, Sean S. Cunningham, como delegado o emisario. Este se pondrá en contacto con el productor español José Luis Ranedo, quien a su vez le ofrecerá un guión escrito por Joaquím Jordá, Gabriel Burgos y Vicente Aranda, con la idea de que sea este último quién la dirija. Finalmente se encargará de ello el melifluo Leon Klimovsky por motivos largos de espaciar aquí.

La película, una chapucera mezcla de “Saló o los 120 días de Sodoma” y “El día de los trífidos” bebe claramente de las tan en boga películas de temática apocalíptica o post-nuclear.

Pero lo que aquí cuenta es su música. O al menos esta parte que les enlazo en el vídeo. Musica compuesta por el Maestro Miguel Asins Arbó, desgraciadamente nunca editada en formato 7″ o Lp. Sonidos de Librería y groove, instrumentales libérrimos trufados de órgano hammond y licks de guitarra con pedal wah wah mientras una serie de orgiásticos coros femeninos jadeantes le otorgan un status que navega entre la adictivo y lo atónito. Tremendo.

“El asesino de muñecas”Michael Skaife a.k.a.Miguel Madrid,1976)
Grupo Amores.

Palabras mayores. Serie B gozosísima, turbia, malrollera y con tan innumerables e ingeniosas ideas como ortopédicas resoluciones. Transexualidad, complejo de Edipo, homosexualidad latente, fetichismo y psicopatía severa recorren una película que, siendo fallida, nos permite imaginar en que podría haberse convertido caso de haberse pensado un poco mejor. La banda sonora, propiamente dicha, corre a cargo de Alfonso Santisteban y se puede conseguir en formato Lp. En realidad no por haber sido compuesta ex profeso sino contratados los servicios del sello italiano de Librería, CAM, para el que Santisteban grabaría varios discos y de uno de los cuales se tomarían unas cuantas canciones.

Pero de lo que. ¡ay!, desafortunadamente no quedó registro fonográfico, fue de esta despendolada e hipnótica gimcana nocturna a cargo del Grupo Amores y que no me resisto a enlazar. Vean, escuchen, y ya me dirán. Secantes a go-go.

“… Siento que tienes corazón por el compás de tu latir,
es el mecanismo del reloj del interior de tu armazón.
Al hacer tu cuerpo de papel, en el troquel de mi taller,
por no tener barro ni cincel, es de cartón todo tu ser.

Tu mirada azul es de cristal, pero al temblar tu parpadear
me siento arrastrado por tu piel y adónde voy yo no lo sé

Aunque me emborrache con tu ser, vuelvo a empezar a recordar
que nunca sabrás lo que es amor, lo que es besar, lo que es llorar

Tu sonreir es de cartón, es de cartón tu corazón
aunque seas muñeca de cartón eres mi luz, eres mi amor…”

 

“Hamelin” (Luis María Delgado, 1967)
Los Botines “No me importan tus miradas”

Traslación al género musical del clásico cuento “El Flautista de Hamelin”. Película olvidable a no ser por sus números musicales a cargo de Miguel Rios o Los Impala con Chico Gordillo, de los que si hubo un ep y un sencillo  publicado por Sonoplay.

Peeero, sigamos con lo inédito, unos jovencísimos Los Botines (el grupo en el que estaría Camilo Sesto tras los Dayson justo antes de emprender carrera en solitario) nos regalan una debilidad personal, una deslumbrabte joya de garage beat titulada “No me importan las miradas”. Interpretada en la plaza de la villa, con sus ropajes de época, casi un trasunto de Paul Revere & The Raiders, es imposible no caer atrapado. Denle al play, a ver que opinan.

Climax a.k.a. Amenaza en las aulas” (Francisco Lara Polop, 1977)
Vainica Doble “Feel so sad”

En pleno apogeo del destape, con la transición abriendo puertas anquilosadas y mostrando, sin orden ni concierto -ni mucho menos discurso- una serie de atropelladas carencias, “Climax” (o “Amenaza en las aulas”) fue uno más de los abundantes exploitation que mezclaban sexo, drogas y presunta modernidad. Al menos, el carecer de discurso, hacen hoy más soportable este tipo de películas a aquellas otras que pretendían ser educativas.

En cualquier caso sensacionalismo a destajo. En este caso corrupción de menores, (con Silvia Tortosa como maitresse), malévolas lolitas de perfil ingenuo (Annie Belle) y conexiones políticas más la habitual serie de inveterados complejos manando caudalosamente. Nada nuevo bajo el sol

Eso sí, en una de sus escenas, esta joyita oculta. Una voz que nos es familiar, queridísima, aunque aquí cantando en inglés. Sí, Gloria Van Aerssen, Vainica Doble… i feel so scared, i feel so tired… en plena iniciación.

A 45 revoluciones por minuto” (Pedro Lazaga, 1969)
Waldo de Los Rios “Títulos de crédito”

Go-go beat, ramalazos souleros y una presentación fastuosa para los títulos de créditos de la película de Pedro Lazaga “A 45 revoluciones por minuto”, a más gloria de Juan Pardo y la hoy olvidada Ivana, más la presentación en pantalla de Los Angeles y Formula V. Instrumental compuesto por Waldo de los Rios, delicioso, de tan sorprendente modernidad visual como vigoroso punch musical.

 

 

 

Enormes agradecimientos a Lesbiana Canibal, quién quiera que sea. Que el destino colme de huríes y/o bigardos, a su elección y discrección, por ese canal de youtube que no tiene precio. Gracias también al ilustrísimo caballero Don Juan Noguerol (a.k.a.Choffdiscotheque) arqueólogo de tan exquisito gusto como preclara sagacidad.

CATERINA CASELLI “L’esistenza” (CGD, 1970)

 

 

 

El último single de Caterina “Casco d’Oro2 Caselli antes de su matrimonio con Piero Sugar, hijo de Ladislao Sugar, el dueño de discos CDG. “Re di cuori” fue un relativo fracaso pese a participar con ella (y llegar a la final en 1970, junto a Nino Ferrer) en el festival de San Remo. Marcará el inicio de un retiro voluntario que aprovecha para tener a su hijo. Ya nada volvería a ser igual y aunque su carrera continuará un par de años después, sería otra cosa, necesariamente distinta. De cualquier modo, no se me ocurre como despedida nada más rotundo que “L’esistenza” (firmada por Luciano Beretta e Ivo Callegari), canción alojada en la cara b y cuyo título ya resulta una premonición de que las cosas iban a ir con más calma.

Si perdo te, la vita mia non vale più…

La Casa de Cristal

IMG_2081

Hace ya unos cuantos años, me hice con una recopilación que sin duda muchos de ustedes conocerán, en formato doble Lp y editada por Rhino, titulada “My Mind goes High”. Como casi todas las recopilaciones de varios artistas era irregular, pero he de admitir que en ella ganaban, y por bastante diferencia, los aciertos. Recogía dicho disco, según el criterio del recopilador, algunas escondidas perlas de la psicodelia pop americana (John Wonderling, MC2, Brass Buttons, Baker Knight & the Hallucinations, Tom Northcott…) junto a otras, tal vez por obvias, poco o nada valoradas: The Association, Music Machine, Noel Harrison, The Electric Prunes o The Holy Mackerel). Eran canciones que estaban escondidas en los archivos de Warner y en los de sus múltiples divisiones y subsidiarias; Reprise, Loma, Valiant, Atlantic, Cotillion, Elektra.

Siendo como soy un obseso de esos artefactos de siete pulgadas denominados singles, intenté hacerme con las que desconocía hasta entonces o tan solo tenía en Lp. Con paciencia y tiempo completé la tarea. Pero hubo una que se me resistía constantemente. Tal vez por ello era también la más anhelada. Revisando las notas de ese disco vi que, al contrario que en el resto de temas, solo hablaba del Lp donde iba incluida y tras intentar contrastarlo en webs, el Goldmine USA 45 price guide, el Fuzz, Acid & Flowers, etc. acabé por aceptar que nunca se había publicado en single y que por tanto me tenía que conformar con el, por otra parte, estupendo Lp.

La canción de marras a la que me refiero era “House of glass” de THE GLASS FAMILY. Algo espectacular a mi juicio. Tenía ya de ellos, en formato 7″, su primer single para Sidewalk (“Teenage rebelión”) y tambien un segundo (“Agorn ,elements of complex variables”), ya en Warner, incluido en su LP. Este “Agorn” discurría un poco en la estela de los Silver Applesspeedico, un remedo avant la lettre de furioso y mántrico punk rock hecho con maquinas). También me parece recordar que una canción suya iba incluida en la Banda sonora de “Freakout USA”.

The Glass Family fueron un trío formado por Ralph Parrett, David Copiluto y Gary Green. Californianos, giraron con los Doors y Grateful Dead. Su primer y único Lp –“The glass family electric band”(Warner, 1968)- estaba producido por Ritchie Podolor y según sus propias palabras, ese mágico “House of glass” que lo abría (con un vigoroso órgano in crescendo, ribeteado por una elegante y contundente guitarra más una voz solista alucinada ayudada por unos coros femeninos fantasmagóricos y una producción muy avant garde) “… Es auto biográfico. Habla sobre nosotros, de nuestros misterios y aventuras durante un año y medio…”. Vale. Como usted diga. La canción, eso sí, era un tiro.

Volviendo a las vicisitudes de la búsqueda. Hacía años que había abandonado. Una vez más, de nuevo, me queda claro que no hay que hacerlo. Nunca. Así que hoy puedo contarles a ustedes que SI existe en 7 pulgadas. Concretamente un ep francés, promo y sin portada. Me explico. Hace un tiempo, de vacaciones con mi mujer y unos amigos en Francia, y habiéndome jurado dejar los discos de lado, no pude resistirme a darle un vistazo a un par de cajitas que tenía un bouquiniste, uno de esos tipos que venden libros junto al Sena. Allí estaba, esperándome. Un ep promo, con galleta blanca, en un sello llamado Parapsyche del que había oído hablar alguna vez. Una especie de sello para productos especiales de la Warner francesa. A partir de ahí, las elucubraciones; ¿Un proyecto promocional de la esa compañía, -que agrupaba producción propia y distribuciones de otros sellos-, con el que enviar a periodistas y radios avances de los próximos lanzamientos de rock psicodélico con el fin de testear la idoneidad o no del lanzamiento de sus Lps?. He de decir, por experiencia, que las alianzas dentro del mundo editorial discográfico deja en un juego de niños a cualquier otra entente que nos imaginemos. Este artefacto es claro ejemplo. Un mismo ep que incluye la tanto tiempo buscada “House of glass” junto con el “Oh No” de CONDELLO (incluido en su lp “Phase 1”, quienes grababan para Scepter), el “What kind of life” de GROWING CONCERN ( de su lp homónimo, editado por Mainstream) y el “Crazy woman” de DRAGONFLY (originalmente en Magaphone).

Tras varios días dándole vueltas, preguntando aquí y allá, al final pude solucionar el misterio. Según me contó un dealer francés fue editado promo para incluirlo como obsequio en la primera edición del libro “Le rock psychedelique. Vol.1” publicado en Francia en 1991. Por cierto, una edición revisada de “Fuzz, acid and flowers”, distinta a la mía,  lo corrobora.

¿Conclusión? Nunca digas nunca jamás. Siempre es mejor acabar con un No lo sé.

 

Lp completo

 

T.S. BONNIWELL “Close” (Capitol, 1969)

IMG_2071

Sé que ya deben estar cansados, siempre estoy con la misma cantinela. Pero, ¿dónde sino en su propia esquina puede un loco, o un tonto, o ambas cosas a la vez, hablar consigo mismo?. Hace unos meses recuperé “Close”. Lo tenía, como tengo a tantos otros, -mal- aparcado. Hoy también creo que inmerecidamente olvidado. Uno da para lo que da. Fue colocarlo en el plato, escuchar el piano, casi una caja de música, de “She is” (Sí, comencé por su cara B, no sé bien por qué) y recordé de inmediato todo aquello por lo que me fascinó en su momento. Pero curiosamente, sobre todo, vi claros los motivos por los que tan pronto lo olvidé. Creí darme cuenta de que, salvo que uno sea un monstruo o un impostor,  era lo natural. Que no tenía porque haberlo sabido ver entonces. Veintipico años, ustedes ya me entienden. Había llegado hasta él obsesionado por toda la furia y la chulería de “Talk talk”, por su misterio y también por su liturgia. Y aquello era otra cosa. Era intimidad y ensoñación, era romanticismo y melancolía. Era … casi cualquier cosa. 

Ay, disculpen. Estoy hablando de Thomas Harvey Sean Bonniwell, el líder de los Music Machine, y de su Lp en solitario. De “Close”. Tras no sé cuántos años por fin creo haber descubierto el sendero que me permite hoy poder apreciar sus errores -que los tuvo- pero, sobre todo, su grandeza. Es un disco que habla de nosotros. Sí, esta también el tono acústico (aunque contase con los arreglos orquestales de Vic Briggs), la evocación de las cuerdas, la voz implorante, tantas y tantas cosas: Pero, sobre todo, nos esta describiendo.  La necesidad de recordar y el dolor provocado por ello, con los coros espectrales de “Who remembres”, el folk y la música medieval surcando la ilusión y el desamparo en “Something to be” evocación de su infancia, de cualquier infancia en realidad. El tono nigromántico, desesperado, casi más propio de una película de terror, unido a la celebración de la soledad  de “Black snow”. La música étnica -sí, étnica- en “Continue” con su poética tosca y gélida, esa que narra las vicisitudes del último hombre vivo. Un disco ambicioso y también fallido, sin pies ni cabeza y que, precisamente por ello, tiene todo el sentido del mundo. Ya saben, la música muta y nosotros con ella.

De entrada les pediré un pequeño favor a la hora de sumergirse en él. Les suplico que se olviden del cuero, los cisnes y guantes negros de la máquina de música. Que ignoren al fuzz y el arrebato casi adolescente. Pero también les pediré que dejen, eso sí, todo lo turbio, el melodrama, la grandilocuencia y no, no se rían, la pretensión de ser un crooner psicodélico. ¿El resultado? algo abracadabrante, estupendo, bizarro en el sentido apropiado, extraño, raro. También decadente. Imagínense a una especie de Scott Walker rústico, bastante menos sofisticado, sin la maceración intensiva en Brel ni lecturas de poesía romántica. Quédense con el gótico rural americano, la canción standard popular (gloriosamente) mal entendida de alguien cuyo concepto de eso es algo con un punto enfermizo, demente, ampuloso, gozosamente imaginado e inventado. Unan a esta torpe definición algún eco del psico drama interior del P.J.Proby más exagerado y esbozos, aquí y allá y según sus propias palabras, “De Neil Diamond imitando a Johnny Mathis. Pero claro, háganlo desde el prisma de alguien que sueña, pretende triunfar con todo eso. Bendita locura.

 

Pulp a la española (II) JOSÉ ANTONIO “Perdóname” (Euterpe, 1972)

Escanear 1394

Cuando cruzó la puerta de su despacho de la calle Jorge Juan, lo hizo de una manera tan silenciosa que nadie lo advirtió. Salió a la calle con la misma sensación de asfixia y sentimiento de culpa que sentía cada mañana siguiente. Quería pensar, cerciorarse, que él no era como los demás. Bañado por un sudor frío y pegajoso, acaso por la gomina, tal vez por el alcohol acumulado, se subió al Citroen Palas CX que estaba aparcado junto al portal de la Dirección Superior de Policia y le dijo al chófer que le llevase al Chalet.

Hacía ya doce años que José Antonio había vuelto de Deusto. Marchó allí sin preocupaciones de futuro, como un marciano, completamente ajeno a una realidad que no conocía y que por lo tanto tampoco podía comprender. Era ya entonces un muchacho ungido por la seguridad que daba la pertenencia a una clase. Una seguridad que acaso le permitía disimular sin mácula alguna su displicente afán, esa inocencia mal entendida que le hacía tomar por natural lo que otros catalogaban como depravado o, en el mejor de los casos, como una enfermedad. Jamás había entendido por qué aquel placer que le proporcionaba la carne y el cuchillo era tan pleno. Terminaba por abrir los brazos cuando llegaba -porque siempre llegaba- dando carta blanca a sus pulsiones, a su ansia infinita en lograr el éxtasis.

Fue un estudiante decente, discreto, de color gris claro. Cumplidor en sus mínimos, sin más. Carente de cualquier curiosidad intelectual que no estuviese impresa en aquellos libros de texto y que manejaba por mera rutina, del mismo modo rutinario en que se cepillaba los dientes o se duchaba cada mañana. Porque José Antonio era muy limpio, de un modo enfermizo, patológico. Todavía recordaba esos cinco años en el norte como los más felices de su vida. Para cuando volvió de allí, pese a en apariencia seguir siendo el mismo, ya era otro. Quizás más libre y menos torturado de puertas hacia afuera, aunque más, bastante más candescentes sus obsesiones, sus inconfesos placeres. En cualquier caso sus gestos y su concepto de clase mantenían el hermetismo aprehendido. Un hermetismo que en algunas ocasiones parecía querer camuflar un miedo rayano con el pánico. Había perfeccionado sus habilidades. Todas. Aquello que en su adolescencia latió oculto y encerrado, a duras penas controlado, pese a sus denodados esfuerzos por mantenerlo sujetado, manaba ahora fluido, con una naturalidad que a veces le asustaba pero que siempre le provocaba placer; El cuchillo y la carne. El miedo y la dominación.

Conforme fueron pasando los meses aquel pánico desapareció. Ya no se sorprendía preocupándose en darle una pátina de impecable grisura a su doble -o triple- vida, sino que el pánico, cuando surgía, acababa por convertirle en un artista excelso. Como el bailarín principal de un ballet tétrico y carmesí, como un Serge Lifar igual de triste y distante. Dominaba el tempo y también los nervios de una manera impecable. Además, todo aquello que en su otra vida era aburrido y cansino, en ese momento de climax devenía en un sueño olvidado, en una paz irreversible. No le costó nada en absoluto vestir a la rutina con la preceptiva convención; Mujer, un hijo en camino, un puestito en el ministerio de ayudante del subsecretario para comenzar. Las posibilidades de prosperar en aquel mal sueño, si cumplía todos y cada uno de los pasos requeridos, cuyo último fin era mantener la ficción que posibilitase su verdadera realidad. Y así prosperó hasta ser el segundo en el ministerio. Mientras tanto el arte se perfeccionaba; el del cuchillo y el de la carne.

Únicamente Doña Rosario, su madre, fue la que pareció atisbar algo nada más regresar el muchacho. Acaso un rasgo diferente que enmascaraba una querencia que sabía peligrosísima. Lo borró inmediatamente de su subconsciente, asustada y atónita por lo que se reflejaba en el fondo, cumpliendo a rajatabla aquello que decía “De lo que no se habla no existe”. Prefirió pues continuar con la farsa largo tiempo en marcha, pues le procuraba tranquilidad, cierto orgullo y una envidia pacata entre sus amigas del barrio de Salamanca. A la única hija de un notario, educada en los principios del movimiento, de misa diaria, persona de bien, no iba a estropearle su placidez la tristeza en la mirada de alguien que ya recordaba así desde la primera vez que lo sostuvo en su regazo. Decidió, ya que le resultaba mucho más cómodo y sencillo, negarse a ver todo aquello que pudiese cercenar su seguridad. Ni siquiera iba a contemplar la posibilidad de certificar algo que le aterrorizaba con tan solo imaginarlo. La liturgia le iba bien. Ya casi ni recordaba cuando, años atrás, le observaba dándose aquellos baños de jovial camaradería en la playa de Santander, siempre con muchachos. O la sorpresa que le provocó el descubrimiento de aquellos dibujos de varones atléticos, desnudos, de proporciones desmesuradas y extasiantes, descubiertos entre sus libros del Preu. Hasta ese momento había olvidado por completo las continuas quejas de Maria Auxilio sobre el extravio de ciertas prendas de ropa interior.

A su padre, Don Rodrigo Sáez de Urrutia, apenas lo veía. De hecho no recordaba haber hablado nunca con él de nada que le importase lo más mínimo. Arengas, soliloquios, mítines, reprimendas. Aquello no era más que adoctrinamiento barato. Peroratas marciales, de muy baja estofa, sin ningún sustrato, ni siquiera repulsivo, que encendiese su curiosidad. Tenía grandes planes para él -una boda, un cargo, la perpetuación de una saga- y ni siquiera contemplaba anacronismos o impensables salidas de tiesto.

Subió las escaleras del Chalet de dos en dos y saludó con un gesto a los dos números de la Guardia Civil que vigilaban la puerta. Se detuvo en el umbral y notó cierto temblor en las piernas. Sacó el botecillo guardado en el bolsillo de su americana y engulló tres píldoras de una vez. Cuando entró en el salón lo que quedaba de aquel robusto y hermoso hombre que una vez conoció no era más que un despojo sanguinoliento y derrotado que imploraba a gemidos que terminasen de una vez. En su mano derecha, atada a la silla con hilo de alambre, tan soló quedaba la uña del dedo meñique. De una de las cuencas de sus ojos pendía y se balanceaba un globo ocular que semejaba un yoyó, blanco y lilaceo, justo a la altura de lo que una vez recordó fue un espeso bigote.

Ninguno de los dos bigardos de la secreta que sostenían los puños americanos se dieron cuenta de la mirada ciclopéica que les dirigió aquel pobre saco de golpes motivo de sus jadeos. La creyeron otra más de la obra en marcha y achacaron sus renovados gemidos al delirio y al dolor, o tal vez a que no le quedaba más que una pieza dental en sus mandíbulas rotas. Era imposibe articular palabra en tales condiciones. Cuando José Antonio les miró supieron que tenían que salir por la puerta que daba a la terraza con vistas a la Sierra.

 

Hijo de procurador a cortes, hasta su marcha a las provincias vascongadas, lo más irreverente que creía Don Rodrigo haberle visto hacer a Jose Antonio fue sorprenderle leyendo un ejemplar de Triunfo a hurtadillas –“En esta casa no se lee” dijo ufano, sin puntualizar que tipo de lecturas- y sobar desganado en un par de ocasiones las prietas nalgas de María Auxilio. Lo hacía de una manera robótica, impelido por su padre, casi cubriendo el expediente, más que verdaderamente interesado, mientras ella reía y se desabrochaba el botón de la blusa mostrándole el sendero que tantas veces había recorrido la lengua de su progenitor.

Tenía la muchacha unos pechos firmes, grandes, que todavía olían a campo pese a que ya llevaba casi dos años en Madrid. A él no le divertía especialmente, de hecho le asqueaban esas turgencias, pero era algo que pensó que debía hacerse. Lo tuvo claro desde aquella mañana en que al volver a casa temprano, sorprendió a su padre, presuntamente enfermo, aquejado de ciática, fornicando con la asistenta. Se sintió irritado, tenso. Violento. No tanto por la contemplación del fornicio en sí -feo, sucio, risible, patético, carente de toda estética- como por la visión lamentable de su padre sin el bisoñé cubriendo un craneo oviforme, mientras lucia la camiseta imperio que siempre portaba debajo de su guayabera y montaba a la grupa de la muchacha como un trasunto del Claudio Carudel, asiendo una fusta cuya hermosa empuñadura era un aguila nacarada. Pero acaso lo que más le molestase de toda aquella estampa fuese la manera tan poco elegante en que ella portaba la silla de montar sobre las lorzas de su ancho lomo y, sobre todas las cosas, certificar que su progenitor no tenía ni por asomo la elegancia del jockey, siquiera la de un mozo del hipódromo. La estética comenzaba a ganar terreno en él  a pasos agigantados, hasta acabar siendo, en un futuro próximo, principio irrenunciable.

Casi desvanecido en la silla, boqueando desesperadamente en busca de una brizna de aire que le diese un par de minutos más, Markel movió la mano. José Antonio se la acarició mientras comenzaba a recordar. Al principio en silencio, después en voz alta. Recordó las noches de juerga en viril camaradería con aquel gigante, el posterior desubrimiento del amor verdadero, el sabor de los recovecos del cuerpo deseado sin tener que dar explicaciones. Comenzó a llorar. Lloraban ambos. Heridos y con una rara felicidad.

Billy el niño era menudo, con los ojos saltones, feo hasta decir basta y coronado con una permanente dantesca. El enano también se llamaba José Antonio pero todos en el cuerpo lo conocían como Billy el niño. No tenía muchas luces pero sí en cambio una determinación psicopática y un deleite pornográfico en su menester torquemadesco. Cuando vio a los dos números en la terraza imaginó algo extraño. Pero por mucho que su mermada capacidad de imaginación lo intentase no podía siquiera aproximarse a la realidad. Cuando entró en la sala su mirada ya era acuosa, su saliva abundante y una tenue erección comenzaba a asomar. El momento de la venganza había llegado por fín. Lo había soñado desde los tiempos de su madre en la porteria del edificio de los Sáez de Urrutia. Cientos de burlas y miles de desprecios habían aquilatado en él un volcán iracundo y vengativo. Enano y poca cosa, los pilló por sorpresa, aunque quién sabe si estaban esperándolo. Uno ya estaba cruzando la linea con el más alla, el otro lo deseaba ardientemente. La navaja que llevaba en la mano no se detuvo en horadar los cuerpos, hasta que ya no tuvo fuerzas para  sujetarla más. Ahora el poder era suyo. Un poder tan sólo sostenido en la capacidad de “poder hacerlo”, sin justificaciones ni explicación alguna. Un poder cubierto por el vínculo que otorga la oligofrenia y el sadismo, parapetado tras una placa. Un poder que emanaba un hedor asqueroso  pero que cada vez le proporcionaba más placer.
Cuando bajó las escaleras que daban al jardín y salió a la calle la puerta trasera del Mercedes Benz granate oscuro se abrió. Oculto tras unas enormes gafas de sol con montura negra, con el sempiterno bigotito fino apenas dibujado, canoso ya, mucho más mayor que en los años en que montaba al servicio, Don Rodrigo le dio los papeles y las gracias. No le dijo palabra salvo que  el próximo lunes por la mañana sería comisario del cuerpo. El enano intentó acceder al vehículo pero un gesto del bigardo que sujetaba la puerta le conminó a dirigirse al Citrôen Palas que estaba aparcado unos metros más adelante. “Es suyo” le dijo.

Subió al coche. Bajó la ventanilla, encendió un pitillo y aspiró hondo. Puso en marcha el ocho pistas. Comenzó a sonar una canción …

Quiero decirte que sueño en tu querer,
y repetirte que pienso en el ayer.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

Eres mi vida, recuerda nuestro amor,
aquellas tardes de dudas y rencor.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname

Quiero ser tu amor, ven, quiero ya volver

Eres mi vida, recuerda nuestro amor
aquellas tardes de dudas y rencor
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

Pulp a la española (I) GOYO “talk it over in the morning” (Spiral, 1972)

Escanear 1307

 

 

Gregorio Penagos sólo tenía ojos para Deborah. Su angustia y su malestar desparecía cada vez que ella le sonreía y le pedía otro cuba libre. Se sorprendía a menudo temblando cuando su mirada perdida, escondida entre su larga melena y el hombro de cualquier empresario textil del Baix Llobregat de visita a la capital, volvía, por un instante, a ser la de Piedad Pons. Era entonces cuando de sus ojos tristes se desprendía la veladura opiácea, cuando estos volvían, tan sólo por unos pocos segundos, a ser los de la muchacha de la que siempre había estado enamorado.

Gregorio trabajaba de lunes a jueves en el matadero. Despiezaba animales del mismo modo en que servía combinados. Rutinariamente, rápido, limpio, preciso. Era paticorto, de complexión ancha, cabezón y tenía una fuerza descomunal. Su barbilla partida y sus pómulos prominentes le conferían un aspecto de extraña ternura, casi infantil. Su acicalado mullet y las enormes patillas acaso pretendiesen disimular un aspecto con el que jamás se sintió a gusto. Se pasaba toda la jornada en silencio, sin hablarle a nadie. Pero cuando terminaba, bajo el agua caliente, en la ducha de los vestuarios, a Gregorio le gustaba cantar. Siempre la misma canción.

Gregorio Penagos también acudía a trabajar, todas las noches, de miércoles a sábado desde hacía ocho meses, al club Ursula. Cuando entraba saludaba a Germinal, el encargado, haciendo un leve gesto con la cabeza. Evitaba mirar a las chicas a los ojos y se ponía a ordenar la barra. Su pulso se mantenía acelerado hasta que llegaba ella. Era entonces cuando se calmaba, le invadía una rara placidez y algo parecido a una sonrisa surcaba su rostro. No trabajaba allí por el dinero, no lo necesitaba. Vivía sólo, gastaba poco y le disgustaba la compañía humana. Prefería estar callado, sólo, observar. Lo escrutaba todo. Y allí, en el club Ursula, podía observarla. Sin dar explicaciones. Durante toda la noche. Y siempre con la misma canción en su interior.

Gregorio era disciplinado y puntual. Acudía al club nada más salir del gimnasio infecto del Noi Lalaguna. Eulalio Lalaguna era un viejo escuálido, con apariencia de tísico y una mala hostia famosa en la comarca. Había sido campeón catalán del peso welter después de la guerra. Los viejos decían que tenía maneras; rapidísimo, violento, sin miedo a nada. Con tendencia al ensañamiento aunque él pensaba que eso no era malo per se. Habitar en la jungla las veinticuatro horas del día lo requería. Jamás contemporizaba. O era el otro o era él. Y tenía claro el orden. No se podía permitir vacilar. En su hábitat no podía. Nunca. El día que mató a aquel prometedor joven, Ramón Verdú, de un crochet cuando ya estaba derrumbándose, decidió que ya era suficiente. Y montó el gimnasio. La mañana siguiente apareció por la puerta aquel enano desproporcionado. A Lalaguna le gustó desde el primer momento la manera en que peleaba. Siempre hacia delante, irreductible, como un bulldozer presto a derruir lo que tuviese por delante. Pero Lalaguna sabía, desde el primer día que le vio boxear, que en su interior había algo más, algo incontrolable, algo que no sabía definir. Tras su hieratismo, su inteligencia fronteriza y su aspecto de Quasimodo había algo latente presto a explotar. Y eso le asustaba, aunque procuraba no pensar demasiado en ello. Sobre todo cuando susurraba aquella canción.

Goyo estaba nervioso aquella noche. Eran ya casi las doce y Deborah todavía no había aparecido. El tipo de más de uno ochenta que tenía frente a él, bronceado y de labia pastosa le estaba tocando los cojones. Hablaba con el viejo y con otro bigardo de frondoso mostacho, al que surcaba una cicatriz en la mejilla izquierda, en plan amigos. Pero bastaba verle mover las manos y escuchar el tono de su voz para saber quién llevaba la voz cantante. Preguntó por ella de nuevo, en voz alta, y soltó una carcajada. Gritó a todo quién quisiese oírle que cada vez follaba peor, que estaba muy pillada por el caballo y que ya ni siquiera le resultaba rentable pagarle el vicio a cambio de los dividendos que le proporcionaba. Que la iba a poner a hacer la calle. Que la bajaba de división.

Nadie se dio cuenta del leve cambio en la mirada de Goyo excepto Lalaguna. Nadie imaginó siquiera el súbito tránsito de su natural autismo a la furia desatada. El viejo Lalaguna sólo necesitó dos segundos para ser consciente de lo que se avecinaba. Para entonces la barra de hierro ya había reventado el cráneo del chulo. Al de la cicatriz en cambio no le dio tiempo a ver nada. Su pescuezo rebanado, la barbilla caída, le impedía girar la cabeza. Tampoco podía ver la mano de Gregorio sosteniendo el vaso de tubo roto y ensangrentado. Únicamente podía mirar hacia abajo y constatar como su traje, antaño de color beis, era ahora granate, mientras caía al suelo y todo se volvía borroso y difuminado. Fue entonces cuando la puerta se abrió y apareció Deborah. No pareció sorprenderse cuando a su acompañante le despareció un trozo de pecho, ni molestarse por el ruido atronador y el olor a pólvora que disimulaba el del ambientador meloso. No temía nada, de hecho casi se sintió liberada. El resto de la clientela huyó despavorida pero no Lalaguna. Cuando lo vio frente a él supo que ya no habrían más combates. Agachó la cabeza para facilitarle la tarea.

Goyo se acercó a la sinfonola. Estaba más tranquilo que nunca. Introdujo una moneda en la ranura y pulsó la tecla G14. La letra inicial de su nombre y los años que tenía cuando la conoció. Amartilló la recortada y la puso sobre su estómago. Le acarició la mejilla, sonrió y disparó. Media hora más tarde, cuando la policía nacional irrumpió en el Ursula, Goyo estaba sentado, con Deborah entre sus brazos. La Piedad entre un charco de sangre, mientras le acariciaba el pelo y le canturreaba al oído…

 

…Yo te decepcioné,
te dije cosas que jamás sentí.
Si el tiempo lo borró
¿Por qué tu quieres terminar así?

Olvida ya lo que pasó
pues lo que importa es nuestro amor.
Descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual,
todo será gris, no habrá colores

Hoy pude ver la luz,
hoy con claridad me equivoqué.
Tu lo has de comprender
vivamos y olvidemos el ayer

Hay algo mágico en tu amor,
contigo puedo ser mejor,
descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual
todo será gris, no habrá colores…