Pulp a la española (I) GOYO “talk it over in the morning” (Spiral, 1972)

Escanear 1307

 

 

Gregorio Penagos sólo tenía ojos para Deborah. Su angustia y su malestar desparecía cada vez que ella le sonreía y le pedía otro cuba libre. Se sorprendía a menudo temblando cuando su mirada perdida, escondida entre su larga melena y el hombro de cualquier empresario textil del Baix Llobregat de visita a la capital, volvía, por un instante, a ser la de Piedad Pons. Era entonces cuando de sus ojos tristes se desprendía la veladura opiácea, cuando estos volvían, tan sólo por unos pocos segundos, a ser los de la muchacha de la que siempre había estado enamorado.

Gregorio trabajaba de lunes a jueves en el matadero. Despiezaba animales del mismo modo en que servía combinados. Rutinariamente, rápido, limpio, preciso. Era paticorto, de complexión ancha, cabezón y tenía una fuerza descomunal. Su barbilla partida y sus pómulos prominentes le conferían un aspecto de extraña ternura, casi infantil. Su acicalado mullet y las enormes patillas acaso pretendiesen disimular un aspecto con el que jamás se sintió a gusto. Se pasaba toda la jornada en silencio, sin hablarle a nadie. Pero cuando terminaba, bajo el agua caliente, en la ducha de los vestuarios, a Gregorio le gustaba cantar. Siempre la misma canción.

Gregorio Penagos también acudía a trabajar, todas las noches, de miércoles a sábado desde hacía ocho meses, al club Ursula. Cuando entraba saludaba a Germinal, el encargado, haciendo un leve gesto con la cabeza. Evitaba mirar a las chicas a los ojos y se ponía a ordenar la barra. Su pulso se mantenía acelerado hasta que llegaba ella. Era entonces cuando se calmaba, le invadía una rara placidez y algo parecido a una sonrisa surcaba su rostro. No trabajaba allí por el dinero, no lo necesitaba. Vivía sólo, gastaba poco y le disgustaba la compañía humana. Prefería estar callado, sólo, observar. Lo escrutaba todo. Y allí, en el club Ursula, podía observarla. Sin dar explicaciones. Durante toda la noche. Y siempre con la misma canción en su interior.

Gregorio era disciplinado y puntual. Acudía al club nada más salir del gimnasio infecto del Noi Lalaguna. Eulalio Lalaguna era un viejo escuálido, con apariencia de tísico y una mala hostia famosa en la comarca. Había sido campeón catalán del peso welter después de la guerra. Los viejos decían que tenía maneras; rapidísimo, violento, sin miedo a nada. Con tendencia al ensañamiento aunque él pensaba que eso no era malo per se. Habitar en la jungla las veinticuatro horas del día lo requería. Jamás contemporizaba. O era el otro o era él. Y tenía claro el orden. No se podía permitir vacilar. En su hábitat no podía. Nunca. El día que mató a aquel prometedor joven, Ramón Verdú, de un crochet cuando ya estaba derrumbándose, decidió que ya era suficiente. Y montó el gimnasio. La mañana siguiente apareció por la puerta aquel enano desproporcionado. A Lalaguna le gustó desde el primer momento la manera en que peleaba. Siempre hacia delante, irreductible, como un bulldozer presto a derruir lo que tuviese por delante. Pero Lalaguna sabía, desde el primer día que le vio boxear, que en su interior había algo más, algo incontrolable, algo que no sabía definir. Tras su hieratismo, su inteligencia fronteriza y su aspecto de Quasimodo había algo latente presto a explotar. Y eso le asustaba, aunque procuraba no pensar demasiado en ello. Sobre todo cuando susurraba aquella canción.

Goyo estaba nervioso aquella noche. Eran ya casi las doce y Deborah todavía no había aparecido. El tipo de más de uno ochenta que tenía frente a él, bronceado y de labia pastosa le estaba tocando los cojones. Hablaba con el viejo y con otro bigardo de frondoso mostacho, al que surcaba una cicatriz en la mejilla izquierda, en plan amigos. Pero bastaba verle mover las manos y escuchar el tono de su voz para saber quién llevaba la voz cantante. Preguntó por ella de nuevo, en voz alta, y soltó una carcajada. Gritó a todo quién quisiese oírle que cada vez follaba peor, que estaba muy pillada por el caballo y que ya ni siquiera le resultaba rentable pagarle el vicio a cambio de los dividendos que le proporcionaba. Que la iba a poner a hacer la calle. Que la bajaba de división.

Nadie se dio cuenta del leve cambio en la mirada de Goyo excepto Lalaguna. Nadie imaginó siquiera el súbito tránsito de su natural autismo a la furia desatada. El viejo Lalaguna sólo necesitó dos segundos para ser consciente de lo que se avecinaba. Para entonces la barra de hierro ya había reventado el cráneo del chulo. Al de la cicatriz en cambio no le dio tiempo a ver nada. Su pescuezo rebanado, la barbilla caída, le impedía girar la cabeza. Tampoco podía ver la mano de Gregorio sosteniendo el vaso de tubo roto y ensangrentado. Únicamente podía mirar hacia abajo y constatar como su traje, antaño de color beis, era ahora granate, mientras caía al suelo y todo se volvía borroso y difuminado. Fue entonces cuando la puerta se abrió y apareció Deborah. No pareció sorprenderse cuando a su acompañante le despareció un trozo de pecho, ni molestarse por el ruido atronador y el olor a pólvora que disimulaba el del ambientador meloso. No temía nada, de hecho casi se sintió liberada. El resto de la clientela huyó despavorida pero no Lalaguna. Cuando lo vio frente a él supo que ya no habrían más combates. Agachó la cabeza para facilitarle la tarea.

Goyo se acercó a la sinfonola. Estaba más tranquilo que nunca. Introdujo una moneda en la ranura y pulsó la tecla G14. La letra inicial de su nombre y los años que tenía cuando la conoció. Amartilló la recortada y la puso sobre su estómago. Le acarició la mejilla, sonrió y disparó. Media hora más tarde, cuando la policía nacional irrumpió en el Ursula, Goyo estaba sentado, con Deborah entre sus brazos. La Piedad entre un charco de sangre, mientras le acariciaba el pelo y le canturreaba al oído…

 

…Yo te decepcioné,
te dije cosas que jamás sentí.
Si el tiempo lo borró
¿Por qué tu quieres terminar así?

Olvida ya lo que pasó
pues lo que importa es nuestro amor.
Descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual,
todo será gris, no habrá colores

Hoy pude ver la luz,
hoy con claridad me equivoqué.
Tu lo has de comprender
vivamos y olvidemos el ayer

Hay algo mágico en tu amor,
contigo puedo ser mejor,
descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual
todo será gris, no habrá colores…

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