Pulp a la española (II) JOSÉ ANTONIO “Perdóname” (Euterpe, 1972)

Escanear 1394

Cuando cruzó la puerta de su despacho de la calle Jorge Juan, lo hizo de una manera tan silenciosa que nadie lo advirtió. Salió a la calle con la misma sensación de asfixia y sentimiento de culpa que sentía cada mañana siguiente. Quería pensar, cerciorarse, que él no era como los demás. Bañado por un sudor frío y pegajoso, acaso por la gomina, tal vez por el alcohol acumulado, se subió al Citroen Palas CX que estaba aparcado junto al portal de la Dirección Superior de Policia y le dijo al chófer que le llevase al Chalet.

Hacía ya doce años que José Antonio había vuelto de Deusto. Marchó allí sin preocupaciones de futuro, como un marciano, completamente ajeno a una realidad que no conocía y que por lo tanto tampoco podía comprender. Era ya entonces un muchacho ungido por la seguridad que daba la pertenencia a una clase. Una seguridad que acaso le permitía disimular sin mácula alguna su displicente afán, esa inocencia mal entendida que le hacía tomar por natural lo que otros catalogaban como depravado o, en el mejor de los casos, como una enfermedad. Jamás había entendido por qué aquel placer que le proporcionaba la carne y el cuchillo era tan pleno. Terminaba por abrir los brazos cuando llegaba -porque siempre llegaba- dando carta blanca a sus pulsiones, a su ansia infinita en lograr el éxtasis.

Fue un estudiante decente, discreto, de color gris claro. Cumplidor en sus mínimos, sin más. Carente de cualquier curiosidad intelectual que no estuviese impresa en aquellos libros de texto y que manejaba por mera rutina, del mismo modo rutinario en que se cepillaba los dientes o se duchaba cada mañana. Porque José Antonio era muy limpio, de un modo enfermizo, patológico. Todavía recordaba esos cinco años en el norte como los más felices de su vida. Para cuando volvió de allí, pese a en apariencia seguir siendo el mismo, ya era otro. Quizás más libre y menos torturado de puertas hacia afuera, aunque más, bastante más candescentes sus obsesiones, sus inconfesos placeres. En cualquier caso sus gestos y su concepto de clase mantenían el hermetismo aprehendido. Un hermetismo que en algunas ocasiones parecía querer camuflar un miedo rayano con el pánico. Había perfeccionado sus habilidades. Todas. Aquello que en su adolescencia latió oculto y encerrado, a duras penas controlado, pese a sus denodados esfuerzos por mantenerlo sujetado, manaba ahora fluido, con una naturalidad que a veces le asustaba pero que siempre le provocaba placer; El cuchillo y la carne. El miedo y la dominación.

Conforme fueron pasando los meses aquel pánico desapareció. Ya no se sorprendía preocupándose en darle una pátina de impecable grisura a su doble -o triple- vida, sino que el pánico, cuando surgía, acababa por convertirle en un artista excelso. Como el bailarín principal de un ballet tétrico y carmesí, como un Serge Lifar igual de triste y distante. Dominaba el tempo y también los nervios de una manera impecable. Además, todo aquello que en su otra vida era aburrido y cansino, en ese momento de climax devenía en un sueño olvidado, en una paz irreversible. No le costó nada en absoluto vestir a la rutina con la preceptiva convención; Mujer, un hijo en camino, un puestito en el ministerio de ayudante del subsecretario para comenzar. Las posibilidades de prosperar en aquel mal sueño, si cumplía todos y cada uno de los pasos requeridos, cuyo último fin era mantener la ficción que posibilitase su verdadera realidad. Y así prosperó hasta ser el segundo en el ministerio. Mientras tanto el arte se perfeccionaba; el del cuchillo y el de la carne.

Únicamente Doña Rosario, su madre, fue la que pareció atisbar algo nada más regresar el muchacho. Acaso un rasgo diferente que enmascaraba una querencia que sabía peligrosísima. Lo borró inmediatamente de su subconsciente, asustada y atónita por lo que se reflejaba en el fondo, cumpliendo a rajatabla aquello que decía “De lo que no se habla no existe”. Prefirió pues continuar con la farsa largo tiempo en marcha, pues le procuraba tranquilidad, cierto orgullo y una envidia pacata entre sus amigas del barrio de Salamanca. A la única hija de un notario, educada en los principios del movimiento, de misa diaria, persona de bien, no iba a estropearle su placidez la tristeza en la mirada de alguien que ya recordaba así desde la primera vez que lo sostuvo en su regazo. Decidió, ya que le resultaba mucho más cómodo y sencillo, negarse a ver todo aquello que pudiese cercenar su seguridad. Ni siquiera iba a contemplar la posibilidad de certificar algo que le aterrorizaba con tan solo imaginarlo. La liturgia le iba bien. Ya casi ni recordaba cuando, años atrás, le observaba dándose aquellos baños de jovial camaradería en la playa de Santander, siempre con muchachos. O la sorpresa que le provocó el descubrimiento de aquellos dibujos de varones atléticos, desnudos, de proporciones desmesuradas y extasiantes, descubiertos entre sus libros del Preu. Hasta ese momento había olvidado por completo las continuas quejas de Maria Auxilio sobre el extravio de ciertas prendas de ropa interior.

A su padre, Don Rodrigo Sáez de Urrutia, apenas lo veía. De hecho no recordaba haber hablado nunca con él de nada que le importase lo más mínimo. Arengas, soliloquios, mítines, reprimendas. Aquello no era más que adoctrinamiento barato. Peroratas marciales, de muy baja estofa, sin ningún sustrato, ni siquiera repulsivo, que encendiese su curiosidad. Tenía grandes planes para él -una boda, un cargo, la perpetuación de una saga- y ni siquiera contemplaba anacronismos o impensables salidas de tiesto.

Subió las escaleras del Chalet de dos en dos y saludó con un gesto a los dos números de la Guardia Civil que vigilaban la puerta. Se detuvo en el umbral y notó cierto temblor en las piernas. Sacó el botecillo guardado en el bolsillo de su americana y engulló tres píldoras de una vez. Cuando entró en el salón lo que quedaba de aquel robusto y hermoso hombre que una vez conoció no era más que un despojo sanguinoliento y derrotado que imploraba a gemidos que terminasen de una vez. En su mano derecha, atada a la silla con hilo de alambre, tan soló quedaba la uña del dedo meñique. De una de las cuencas de sus ojos pendía y se balanceaba un globo ocular que semejaba un yoyó, blanco y lilaceo, justo a la altura de lo que una vez recordó fue un espeso bigote.

Ninguno de los dos bigardos de la secreta que sostenían los puños americanos se dieron cuenta de la mirada ciclopéica que les dirigió aquel pobre saco de golpes motivo de sus jadeos. La creyeron otra más de la obra en marcha y achacaron sus renovados gemidos al delirio y al dolor, o tal vez a que no le quedaba más que una pieza dental en sus mandíbulas rotas. Era imposibe articular palabra en tales condiciones. Cuando José Antonio les miró supieron que tenían que salir por la puerta que daba a la terraza con vistas a la Sierra.

 

Hijo de procurador a cortes, hasta su marcha a las provincias vascongadas, lo más irreverente que creía Don Rodrigo haberle visto hacer a Jose Antonio fue sorprenderle leyendo un ejemplar de Triunfo a hurtadillas –“En esta casa no se lee” dijo ufano, sin puntualizar que tipo de lecturas- y sobar desganado en un par de ocasiones las prietas nalgas de María Auxilio. Lo hacía de una manera robótica, impelido por su padre, casi cubriendo el expediente, más que verdaderamente interesado, mientras ella reía y se desabrochaba el botón de la blusa mostrándole el sendero que tantas veces había recorrido la lengua de su progenitor.

Tenía la muchacha unos pechos firmes, grandes, que todavía olían a campo pese a que ya llevaba casi dos años en Madrid. A él no le divertía especialmente, de hecho le asqueaban esas turgencias, pero era algo que pensó que debía hacerse. Lo tuvo claro desde aquella mañana en que al volver a casa temprano, sorprendió a su padre, presuntamente enfermo, aquejado de ciática, fornicando con la asistenta. Se sintió irritado, tenso. Violento. No tanto por la contemplación del fornicio en sí -feo, sucio, risible, patético, carente de toda estética- como por la visión lamentable de su padre sin el bisoñé cubriendo un craneo oviforme, mientras lucia la camiseta imperio que siempre portaba debajo de su guayabera y montaba a la grupa de la muchacha como un trasunto del Claudio Carudel, asiendo una fusta cuya hermosa empuñadura era un aguila nacarada. Pero acaso lo que más le molestase de toda aquella estampa fuese la manera tan poco elegante en que ella portaba la silla de montar sobre las lorzas de su ancho lomo y, sobre todas las cosas, certificar que su progenitor no tenía ni por asomo la elegancia del jockey, siquiera la de un mozo del hipódromo. La estética comenzaba a ganar terreno en él  a pasos agigantados, hasta acabar siendo, en un futuro próximo, principio irrenunciable.

Casi desvanecido en la silla, boqueando desesperadamente en busca de una brizna de aire que le diese un par de minutos más, Markel movió la mano. José Antonio se la acarició mientras comenzaba a recordar. Al principio en silencio, después en voz alta. Recordó las noches de juerga en viril camaradería con aquel gigante, el posterior desubrimiento del amor verdadero, el sabor de los recovecos del cuerpo deseado sin tener que dar explicaciones. Comenzó a llorar. Lloraban ambos. Heridos y con una rara felicidad.

Billy el niño era menudo, con los ojos saltones, feo hasta decir basta y coronado con una permanente dantesca. El enano también se llamaba José Antonio pero todos en el cuerpo lo conocían como Billy el niño. No tenía muchas luces pero sí en cambio una determinación psicopática y un deleite pornográfico en su menester torquemadesco. Cuando vio a los dos números en la terraza imaginó algo extraño. Pero por mucho que su mermada capacidad de imaginación lo intentase no podía siquiera aproximarse a la realidad. Cuando entró en la sala su mirada ya era acuosa, su saliva abundante y una tenue erección comenzaba a asomar. El momento de la venganza había llegado por fín. Lo había soñado desde los tiempos de su madre en la porteria del edificio de los Sáez de Urrutia. Cientos de burlas y miles de desprecios habían aquilatado en él un volcán iracundo y vengativo. Enano y poca cosa, los pilló por sorpresa, aunque quién sabe si estaban esperándolo. Uno ya estaba cruzando la linea con el más alla, el otro lo deseaba ardientemente. La navaja que llevaba en la mano no se detuvo en horadar los cuerpos, hasta que ya no tuvo fuerzas para  sujetarla más. Ahora el poder era suyo. Un poder tan sólo sostenido en la capacidad de “poder hacerlo”, sin justificaciones ni explicación alguna. Un poder cubierto por el vínculo que otorga la oligofrenia y el sadismo, parapetado tras una placa. Un poder que emanaba un hedor asqueroso  pero que cada vez le proporcionaba más placer.
Cuando bajó las escaleras que daban al jardín y salió a la calle la puerta trasera del Mercedes Benz granate oscuro se abrió. Oculto tras unas enormes gafas de sol con montura negra, con el sempiterno bigotito fino apenas dibujado, canoso ya, mucho más mayor que en los años en que montaba al servicio, Don Rodrigo le dio los papeles y las gracias. No le dijo palabra salvo que  el próximo lunes por la mañana sería comisario del cuerpo. El enano intentó acceder al vehículo pero un gesto del bigardo que sujetaba la puerta le conminó a dirigirse al Citrôen Palas que estaba aparcado unos metros más adelante. “Es suyo” le dijo.

Subió al coche. Bajó la ventanilla, encendió un pitillo y aspiró hondo. Puso en marcha el ocho pistas. Comenzó a sonar una canción …

Quiero decirte que sueño en tu querer,
y repetirte que pienso en el ayer.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

Eres mi vida, recuerda nuestro amor,
aquellas tardes de dudas y rencor.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname

Quiero ser tu amor, ven, quiero ya volver

Eres mi vida, recuerda nuestro amor
aquellas tardes de dudas y rencor
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

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