T.S. BONNIWELL “Close” (Capitol, 1969)

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Sé que ya deben estar cansados, siempre estoy con la misma cantinela. Pero, ¿dónde sino en su propia esquina puede un loco, o un tonto, o ambas cosas a la vez, hablar consigo mismo?. Hace unos meses recuperé “Close”. Lo tenía, como tengo a tantos otros, -mal- aparcado. Hoy también creo que inmerecidamente olvidado. Uno da para lo que da. Fue colocarlo en el plato, escuchar el piano, casi una caja de música, de “She is” (Sí, comencé por su cara B, no sé bien por qué) y recordé de inmediato todo aquello por lo que me fascinó en su momento. Pero curiosamente, sobre todo, vi claros los motivos por los que tan pronto lo olvidé. Creí darme cuenta de que, salvo que uno sea un monstruo o un impostor,  era lo natural. Que no tenía porque haberlo sabido ver entonces. Veintipico años, ustedes ya me entienden. Había llegado hasta él obsesionado por toda la furia y la chulería de “Talk talk”, por su misterio y también por su liturgia. Y aquello era otra cosa. Era intimidad y ensoñación, era romanticismo y melancolía. Era … casi cualquier cosa. 

Ay, disculpen. Estoy hablando de Thomas Harvey Sean Bonniwell, el líder de los Music Machine, y de su Lp en solitario. De “Close”. Tras no sé cuántos años por fin creo haber descubierto el sendero que me permite hoy poder apreciar sus errores -que los tuvo- pero, sobre todo, su grandeza. Es un disco que habla de nosotros. Sí, esta también el tono acústico (aunque contase con los arreglos orquestales de Vic Briggs), la evocación de las cuerdas, la voz implorante, tantas y tantas cosas: Pero, sobre todo, nos esta describiendo.  La necesidad de recordar y el dolor provocado por ello, con los coros espectrales de “Who remembres”, el folk y la música medieval surcando la ilusión y el desamparo en “Something to be” evocación de su infancia, de cualquier infancia en realidad. El tono nigromántico, desesperado, casi más propio de una película de terror, unido a la celebración de la soledad  de “Black snow”. La música étnica -sí, étnica- en “Continue” con su poética tosca y gélida, esa que narra las vicisitudes del último hombre vivo. Un disco ambicioso y también fallido, sin pies ni cabeza y que, precisamente por ello, tiene todo el sentido del mundo. Ya saben, la música muta y nosotros con ella.

De entrada les pediré un pequeño favor a la hora de sumergirse en él. Les suplico que se olviden del cuero, los cisnes y guantes negros de la máquina de música. Que ignoren al fuzz y el arrebato casi adolescente. Pero también les pediré que dejen, eso sí, todo lo turbio, el melodrama, la grandilocuencia y no, no se rían, la pretensión de ser un crooner psicodélico. ¿El resultado? algo abracadabrante, estupendo, bizarro en el sentido apropiado, extraño, raro. También decadente. Imagínense a una especie de Scott Walker rústico, bastante menos sofisticado, sin la maceración intensiva en Brel ni lecturas de poesía romántica. Quédense con el gótico rural americano, la canción standard popular (gloriosamente) mal entendida de alguien cuyo concepto de eso es algo con un punto enfermizo, demente, ampuloso, gozosamente imaginado e inventado. Unan a esta torpe definición algún eco del psico drama interior del P.J.Proby más exagerado y esbozos, aquí y allá y según sus propias palabras, “De Neil Diamond imitando a Johnny Mathis. Pero claro, háganlo desde el prisma de alguien que sueña, pretende triunfar con todo eso. Bendita locura.

 

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