CATERINA CASELLI “L’esistenza” (CGD, 1970)

 

 

Re di cuori, el último single de Caterina Casco d’Oro Caselli antes de su matrimonio con Piero Sugar, hijo de Ladislao Sugar, el dueño de discos CDG fue un relativo fracaso. Pese a participar con esa canción en el Festival de San Remo (y llegar a la final en 1970, junto a Nino Ferrer), marcará el inicio de un retiro voluntario que aprovecha para tener a su hijo.

Ya nada volvería a ser igual a partir de entonces y aunque su carrera continuará un par de años, será otra cosa, necesariamente distinta. En cualquier caso, no se me ocurre como despedida nada más rotundo que “L’esistenza” (firmada por Luciano Beretta e Ivo Callegari), la canción alojada en la cara b y cuyo título ya resulta una premonición de que las cosas iban a ir con más calma.

Si perdo te, la vita mia non vale più…

La Casa de Cristal

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Hace ya unos cuantos años, me hice con una recopilación que sin duda muchos de ustedes conocerán, en formato doble Lp y editada por Rhino, titulada “My Mind goes High”. Como casi todas las recopilaciones de varios artistas era irregular, pero he de admitir que en ella ganaban, y por bastante diferencia, los aciertos. Recogía dicho disco, según el criterio del recopilador, algunas escondidas perlas de la psicodelia pop americana (John Wonderling, MC2, Brass Buttons, Baker Knight & the Hallucinations, Tom Northcott…) junto a otras, tal vez por obvias, poco o nada valoradas: The Association, Music Machine, Noel Harrison, The Electric Prunes o The Holy Mackerel). Eran canciones que estaban escondidas en los archivos de Warner y en los de sus múltiples divisiones y subsidiarias; Reprise, Loma, Valiant, Atlantic, Cotillion, Elektra.

Siendo como soy un obseso de esos artefactos de siete pulgadas denominados singles, intenté hacerme con las que desconocía hasta entonces o tan solo tenía en Lp. Con paciencia y tiempo completé la tarea. Pero hubo una que se me resistía constantemente. Tal vez por ello era también la más anhelada. Revisando las notas de ese disco vi que, al contrario que en el resto de temas, solo hablaba del Lp donde iba incluida y tras intentar contrastarlo en webs, el Goldmine USA 45 price guide, el Fuzz, Acid & Flowers, etc. acabé por aceptar que nunca se había publicado en single y que por tanto me tenía que conformar con el, por otra parte, estupendo Lp.

La canción de marras a la que me refiero era “House of glass” de THE GLASS FAMILY. Algo espectacular a mi juicio. Tenía ya de ellos, en formato 7″, su primer single para Sidewalk (“Teenage rebelión”) y tambien un segundo (“Agorn ,elements of complex variables”), ya en Warner, incluido en su LP. Este “Agorn” discurría un poco en la estela de los Silver Applesspeedico, un remedo avant la lettre de furioso y mántrico punk rock hecho con maquinas). También me parece recordar que una canción suya iba incluida en la Banda sonora de “Freakout USA”.

The Glass Family fueron un trío formado por Ralph Parrett, David Copiluto y Gary Green. Californianos, giraron con los Doors y Grateful Dead. Su primer y único Lp –“The glass family electric band”(Warner, 1968)- estaba producido por Ritchie Podolor y según sus propias palabras, ese mágico “House of glass” que lo abría (con un vigoroso órgano in crescendo, ribeteado por una elegante y contundente guitarra más una voz solista alucinada ayudada por unos coros femeninos fantasmagóricos y una producción muy avant garde) “… Es auto biográfico. Habla sobre nosotros, de nuestros misterios y aventuras durante un año y medio…”. Vale. Como usted diga. La canción, eso sí, era un tiro.

Volviendo a las vicisitudes de la búsqueda. Hacía años que había abandonado. Una vez más, de nuevo, me queda claro que no hay que hacerlo. Nunca. Así que hoy puedo contarles a ustedes que SI existe en 7 pulgadas. Concretamente un ep francés, promo y sin portada. Me explico. Hace un tiempo, de vacaciones con mi mujer y unos amigos en Francia, y habiéndome jurado dejar los discos de lado, no pude resistirme a darle un vistazo a un par de cajitas que tenía un bouquiniste, uno de esos tipos que venden libros junto al Sena. Allí estaba, esperándome. Un ep promo, con galleta blanca, en un sello llamado Parapsyche del que había oído hablar alguna vez. Una especie de sello para productos especiales de la Warner francesa. A partir de ahí, las elucubraciones; ¿Un proyecto promocional de la esa compañía, -que agrupaba producción propia y distribuciones de otros sellos-, con el que enviar a periodistas y radios avances de los próximos lanzamientos de rock psicodélico con el fin de testear la idoneidad o no del lanzamiento de sus Lps?. He de decir, por experiencia, que las alianzas dentro del mundo editorial discográfico deja en un juego de niños a cualquier otra entente que nos imaginemos. Este artefacto es claro ejemplo. Un mismo ep que incluye la tanto tiempo buscada “House of glass” junto con el “Oh No” de CONDELLO (incluido en su lp “Phase 1”, quienes grababan para Scepter), el “What kind of life” de GROWING CONCERN ( de su lp homónimo, editado por Mainstream) y el “Crazy woman” de DRAGONFLY (originalmente en Magaphone).

Tras varios días dándole vueltas, preguntando aquí y allá, al final pude solucionar el misterio. Según me contó un dealer francés fue editado promo para incluirlo como obsequio en la primera edición del libro “Le rock psychedelique. Vol.1” publicado en Francia en 1991. Por cierto, una edición revisada de “Fuzz, acid and flowers”, distinta a la mía,  lo corrobora.

¿Conclusión? Nunca digas nunca jamás. Siempre es mejor acabar con un No lo sé.

 

Lp completo

 

T.S. BONNIWELL “Close” (Capitol, 1969)

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Imagino que ya deberán estar cansados, anda uno siempre con la misma cantinela. Pero, ¿dónde sino en su propia esquina puede un loco, o un tonto, o ambas cosas a la vez, hablar consigo mismo?. Hace unos meses recuperé Close. Lo tenía, como tengo a tantos otros, injustamente olvidado. Uno da para lo que da, tengo que reconocerlo. Fue colocarlo en el plato, escuchar el piano, casi una caja de música, de She is (Sí, comencé por su cara B, no sé bien por qué) y recordé de inmediato todo aquello por lo que me fascinó en su momento. Más que eso, curiosamente advertí de inmediato los motivos por los que tan pronto lo olvidé. Y es que,  salvo que uno sea un monstruo o un impostor,  aquello era lo natural. Era imposible, insisto, salvo tara o demencia, haberlo sabido ver entonces, a los veintipico años, ustedes ya me entienden.

 Había llegado hasta él, hambriento de sensaciones, obsesionado por toda la furia y la chulería de Talk talk, por su misterio y también por su liturgia. Y aquello era otra cosa. Era íntima ensoñación, evanescente melancolía. Un Fin de siècle opresivo, derrotado y también irreversible. Era … casi cualquier cosa que nos asustase.

Ay, disculpen. Qué mal escribo. Dos párrafos y ni mención al sujeto en cuestión. Estoy hablando de Thomas Harvey Sean Bonniwell, el líder de los Music Machine, y de su Lp en solitario. De Close , principio y fin de la odisea.  Tras un puñado de años por fin creo haber descubierto el resquicio que me permite hoy poder apreciar tanto sus errores -que los tuvo- como, sobre todo, su grandeza. Close es uno de esos discos que habla, a menudo sin advertirlo en primera instancia, de nosotros. Junto al oleaje acústico (apenas mecido por los arreglos orquestales de Vic Briggs) y la evocación de las cuerdas restalla esa voz implorante, resuenan tantas y tantas cosas: Porque describiéndose nos describe, como una veladura fotográfica apenas perceptible cuando insistimos en fijarnos y sin embargo más y más cristalina conforme nos alejamos; La necesidad de recordar y el dolor provocado por ello mientras  los coros espectrales rematan el final de Who remembers. El Folk y la música medieval surcando la ilusión y celebrando impúdicamente el desamparo en Something to be , evocación de su infancia, de cualquier infancia en realidad. El tono nigromántico, desesperado, casi más propio de una película de terror, unido a la celebración de la soledad que emanaba de Black snow, una especie de lamento nativo trufado de spoken words y pasado por el filtro de Tourneur. La música étnica -sí, étnica- en Continue, su poética tosca y gélida, una especie de narración acerca de las andanzas del último hombre vivo. Un disco tan ambicioso como fallido, tan libre como extraño y que, precisamente por ello, acaba cobrando, como por arte de magia, todo el sentido del mundo. Ya saben, la música muta y nosotros con ella.

 De entrada les pediré un pequeño favor a la hora de sumergirse en él. Les suplico que se olviden del cuero, los cisnes y guantes negros de la máquina de música. Que ignoren al fuzz y el arrebato casi adolescente. Pero también les pediré que conserven lo turbio, el melodrama, la grandilocuencia y no, no se rían, la pretensión de ser un crooner psicodélico. ¿El resultado? algo abracadabrante, estupendo, bizarro en el sentido apropiado del término, esto es, extraño, raro. También decadente. Hagan un pequeño esfuerzo e imagínense a una especie de Scott Walker rústico, bastante menos sofisticado, sin la maceración intensiva en Brel ni lecturas de poesía romántica. Quédense con el gótico rural americano, la canción standard popular (gloriosamente) mal entendida de alguien cuyo concepto de eso es algo con un punto enfermizo, demente, ampuloso, gozosamente imaginado e inventado. Unan a esta torpe definición algún eco del psico drama interior del P.J.Proby más exagerado y esbozos, aquí y allá y según sus propias palabras, “De Neil Diamond imitando a Johnny Mathis. Pero claro, háganlo desde el prisma de alguien que sueña, pretende triunfar con todo eso. Bendita locura.

 

Pulp a la española (II) JOSÉ ANTONIO “Perdóname” (Euterpe, 1972)

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Cuando cruzó la puerta de su despacho en la calle Jorge Juan, lo hizo de una manera tan silenciosa que nadie pareció advertirlo. Salió a la calle con la misma sensación de asfixia y sentimiento de culpa que sentía cada mañana siguiente. Quería pensar, cerciorarse, estar seguro de que él no era como los demás. Bañado por un sudor frío y pegajoso, acaso por la gomina, tal vez por el alcohol acumulado, se subió al Citroen Palas CX que estaba aparcado junto al portal de la Dirección Superior de Policia y le dijo al chófer que le llevase al Chalet.

Hacía ya doce años que José Antonio había regresado de Deusto. Marchó allí sin preocupaciones de futuro, como un automata, no, como un súcubo, completamente ajeno a una realidad que no conocía y que por lo tanto tampoco podía comprender. Era ya entonces un muchacho ungido por la seguridad que le otorgaba el conocer la pertenencia a una clase. Una seguridad que acaso le permitía disimular sin mácula alguna su displicente afán, esa extraña inocencia en la perseveración del mal que le hacía tomar por natural lo que otros catalogaban como depravado o, siendo benevolentes, como una enfermedad. Jamás había entendido por qué aquel placer que le proporcionaba la carne y el cuchillo era tan pleno. Terminaba por abrir los brazos agradecido cuando llegaba -porque éste siempre llegaba- dando carta blanca a su pulsión, a su ansia infinita en lograr el éxtasis.

   Fue un estudiante discreto, de color gris claro. Cumplidor en sus mínimos, sin más. Carente de cualquier curiosidad intelectual que no estuviese impresa en aquellos libros de texto y que manejaba por mera y obligada rutina, del mismo modo rutinario en que se cepillaba los dientes o se duchaba cada mañana. Porque José Antonio era muy limpio, de un modo enfermizo, patológico. Alguna mañana todavía recordaba esos cinco años en el norte como los más felices de su vida. Cuando volvió de allí, pese a en apariencia seguir siendo el mismo, ya era otro. Aparentemente más libre y menos torturado de puertas hacia afuera, aunque más, bastante más candescente su obsesión, sus inconfesos placeres. En cualquier caso su manera de comportarse y su arraigado concepto de clase mantenían un hermetismo aprehendido, diríase que forjado a fuego. Un hermetismo que en algunas ocasiones parecía querer camuflar un miedo rayano con el pánico. No cabía duda que había perfeccionado sus habilidades. Todas y cada una de ellas. Aquello que en su adolescencia latió oculto y encerrado, a duras penas controlado, pese a sus denodados esfuerzos por mantenerlo sujetado, manaba ahora fluido, con una naturalidad que a veces le asustaba pero que siempre le provocaba placer: El cuchillo y la carne. El miedo y la dominación.

   Conforme fueron pasando los meses aquel pánico desapareció. Ya no se sorprendía preocupándose en darle una pátina de impecable grisura a su doble -o triple- vida, sino que el pánico, cuando surgía, se sublimaba, acabando por convertirle en un artista excelso, como el bailarín principal de un ballet tétrico y carmesí, como un Serge Lifar igual de triste y distante. Dominaba el tempo y también los nervios de una manera impecable. Además, todo aquello que en su otra vida era aburrido y cansino, en ese momento de climax devenía en un sueño llevado a término, en una paz irreversiblemente erótica. No le costó nada en absoluto vestir a la rutina con la preceptiva convención; Mujer, un hijo en camino, un puestito en el ministerio de ayudante del subsecretario para comenzar. El afianzamiento de las posibilidades de prosperar en aquel mal sueño, si cumplía todos y cada uno de los pasos requeridos, cuyo último fin era mantener la ficción que posibilitase su verdadera realidad. Y así prosperó hasta ser el segundo en el ministerio. Mientras tanto el arte se perfeccionaba; el del cuchillo y el de la carne.

   Únicamente Doña Rosario, su madre, fue la que pareció atisbar algo nada más regresar el muchacho. Acaso un rasgo diferente que enmascaraba una querencia que sabía peligrosísima. Lo borró inmediatamente de su subconsciente, asustada y atónita por lo que veía reflejado en el fondo, cumpliendo a rajatabla aquello que decía “De lo que no se habla no existe”. Prefirió también ella continuar con la farsa largo tiempo en marcha, pues le procuraba tranquilidad, cierto orgullo y una envidia pacata entre sus amigas del barrio de Salamanca. A la única hija de un notario, educada en los principios del movimiento, de misa diaria, persona de bien, no iba a estropearle su placidez la tristeza en la mirada de alguien que ya recordaba así desde la primera vez que lo sostuvo en su regazo. Decidió, ya que le resultaba mucho más cómodo y sencillo, negarse a ver todo aquello que pudiese cercenar su seguridad. Ni siquiera iba a contemplar la posibilidad de certificar algo que le aterrorizaba con tan solo imaginarlo. La liturgia le iba bien. Ya casi ni recordaba cuando, años atrás, le observaba dándose aquellos baños de jovial camaradería en la playa de Santander, siempre con muchachos. O la sorpresa que le provocó el descubrimiento de aquellos dibujos de varones atléticos, desnudos, de proporciones desmesuradas y extasiantes, descubiertos entre sus libros del Preu. Hasta ese momento había olvidado por completo las continuas quejas de Maria Auxilio sobre el extravio de ciertas prendas de ropa interior.

 A su padre, Don Rodrigo Sáez de Urrutia, apenas lo veía. De hecho no recordaba haber hablado nunca con él de nada que le importase lo más mínimo. Arengas, soliloquios, mítines, reprimendas … de esos todos los que quisiese. Aquello no era más que adoctrinamiento barato. Peroratas marciales, de muy baja estofa, sin ningún sustrato, ni siquiera repulsivo, que encendiese su curiosidad. Tenía grandes planes para él -una boda, un cargo, la perpetuación de una saga- y ni siquiera contemplaba anacronismos o impensables salidas de tiesto.

  Subió las escaleras del Chalet de dos en dos y saludó con un gesto a los dos números de la Guardia Civil que vigilaban la puerta. Se detuvo en el umbral y notó cierto temblor en las piernas. Sacó el botecillo guardado en el bolsillo de su americana y engulló tres píldoras de una vez. Cuando entró en el salón lo que quedaba de aquel robusto y hermoso hombre que una vez conoció no era más que un despojo sanguinoliento y derrotado que imploraba a gemidos que terminasen de una vez. En su mano derecha, atada a la silla con hilo de alambre, tan soló quedaba la uña del dedo meñique. De una de las cuencas de sus ojos pendía y se balanceaba un globo ocular que semejaba un yoyó, blanco y lilaceo, justo a la altura de lo que una vez recordó fue un espeso bigote.

  Ninguno de los dos bigardos de la secreta que sostenían los puños americanos se dieron cuenta de la mirada ciclopéica que les dirigió aquel pobre saco de golpes motivo de sus jadeos. La creyeron otra más de la obra en marcha y achacaron sus renovados gemidos al delirio y al dolor, o tal vez a que no le quedaba más que una pieza dental en sus mandíbulas rotas. Era imposibe articular palabra en tales condiciones. Cuando José Antonio les miró supieron que tenían que salir por la puerta que daba a la terraza con vistas a la Sierra.

 

Hijo de procurador a cortes, hasta su marcha a las provincias vascongadas, lo más irreverente que creía Don Rodrigo haberle visto hacer a Jose Antonio fue sorprenderle leyendo un ejemplar de Triunfo a hurtadillas –“En esta casa no se lee” dijo ufano, sin puntualizar que tipo de lecturas- y sobar desganado en un par de ocasiones las prietas nalgas de María Auxilio. Lo hacía de una manera robótica, impelido por su padre y cubriendo el expediente, más que verdaderamente interesado, mientras ella reía y se desabrochaba el botón de la blusa mostrándole el sendero que tantas veces había recorrido la lengua de su progenitor.

   Tenía la muchacha unos pechos firmes, grandes, que todavía olían a campo pese a que ya llevaba casi dos años en Madrid. A él no le divertía especialmente, de hecho le asqueaban esas turgencias, pero era algo que pensó que debía hacerse. Lo tuvo claro desde aquella mañana en que al volver a casa temprano, sorprendió a su padre, presuntamente enfermo, aquejado de ciática, fornicando con la asistenta. Se sintió irritado, tenso. Violento. No tanto por la contemplación del fornicio en sí -feo, sucio, risible, patético, carente de toda estética- como por la visión lamentable de su padre sin el bisoñé cubriendo un craneo oviforme, mientras lucia la camiseta imperio que siempre portaba debajo de su guayabera y montaba a la grupa de la muchacha como un trasunto del Claudio Carudel, asiendo una fusta cuya hermosa empuñadura era un aguila nacarada. Pero acaso lo que más le molestase de toda aquella estampa fuese la manera tan poco elegante en que ella portaba la silla de montar sobre las lorzas de su ancho lomo y, sobre todas las cosas, certificar que su progenitor no tenía ni por asomo la elegancia del jockey, siquiera la de un mozo del hipódromo. La estética comenzaba a ganar terreno en él  a pasos agigantados, hasta acabar siendo, en un futuro próximo, principio irrenunciable.

  Casi desvanecido en la silla, boqueando desesperadamente en busca de una brizna de aire que le diese un par de minutos más, Markel movió la mano. José Antonio se la acarició mientras comenzaba a recordar. Al principio en silencio, después en voz alta. Recordó las noches de juerga en viril camaradería con aquel gigante, el posterior desubrimiento del amor verdadero, el sabor de los recovecos del cuerpo deseado sin tener que dar explicaciones. Comenzó a llorar. Lloraban ambos. Heridos y con una rara felicidad.

    Antonio González era menudo, de ojos saltones y feo hasta decir basta, coronado con una permanente dantesca. El enano también se llamaba José Antonio pero todos en el cuerpo lo conocían como Billy el niño. No tenía muchas luces pero sí en cambio una determinación psicopática y un deleite pornográfico en su menester torquemadesco. Cuando vio a los dos números en la terraza imaginó algo extraño. Pero por mucho que su mermada capacidad de imaginación lo intentase no podía siquiera aproximarse a la realidad. Cuando entró en la sala su mirada ya era acuosa, su saliva abundante y una tenue erección comenzaba a asomar. El momento de la venganza había llegado por fín. Lo había soñado desde los tiempos de su madre en la porteria del edificio de los Sáez de Urrutia. Cientos de burlas y miles de desprecios habían aquilatado en él un volcán iracundo y vengativo. Enano y poca cosa, los pilló por sorpresa, aunque quién sabe si estaban esperándolo. Uno ya estaba cruzando la linea con el más alla, el otro lo deseaba ardientemente. La navaja que llevaba en la mano no se detuvo en dibujar sobre sus cuerpos hasta que ya no tuvo fuerzas para un trazo más. Ahora el poder era suyo. Un poder tan sólo sostenido en la capacidad de poder hacerlo, sin justificaciones ni explicación alguna. Un poder cubierto por el vínculo que otorgaba la combinación de oligofrenia y sadismo, unido a la determinación, parapetado tras una placa. Un poder que emanaba un hedor asqueroso pero que cada vez le proporcionaba más placer.
   Cuando bajó las escaleras que daban al jardín y salió a la calle la puerta trasera del Mercedes Benz granate oscuro se abrió. Oculto tras unas enormes gafas de sol con montura negra, con el sempiterno bigotito fino apenas dibujado, canoso ya, mucho más mayor que en los años en que montaba al servicio, Don Rodrigo le dio los papeles y las gracias. No le dijo palabra alguna, salvo que el próximo lunes por la mañana sería comisario del cuerpo. El enano intentó acceder al vehículo pero un gesto del bigardo que sujetaba la puerta le conminó a dirigirse al Renault 12 que estaba aparcado unos metros más adelante. Todavía había clases.

  Subió al coche. Bajó la ventanilla, encendió un pitillo y aspiró hondo. Puso en marcha el ocho pistas. Comenzó a sonar una canción …

Quiero decirte que sueño en tu querer,
y repetirte que pienso en el ayer.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

Eres mi vida, recuerda nuestro amor,
aquellas tardes de dudas y rencor.
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname

Quiero ser tu amor, ven, quiero ya volver

Eres mi vida, recuerda nuestro amor
aquellas tardes de dudas y rencor
Y no olvidar que sin ti muero,
Te quiero de verdad,
perdóname…

Pulp a la española (I) GOYO “talk it over in the morning” (Spiral, 1972)

Escanear 1307

 

 

Gregorio Penagos sólo tenía ojos para Deborah. Su angustia y su malestar desparecía cada vez que ella le sonreía y le pedía otro cuba libre. Se sorprendía a menudo temblando cuando su mirada perdida, escondida entre su larga melena y el hombro de cualquier empresario textil del Baix Llobregat de visita a la capital, volvía, por un instante, a ser la de María Luisa Pons. Era entonces cuando de sus ojos tristes se desprendía la veladura opiácea, cuando estos volvían, tan sólo por unos pocos segundos, a ser los de la muchacha de la que siempre había estado enamorado.

Gregorio trabajaba de lunes a jueves en el matadero. Despiezaba animales del mismo modo en que servía combinados. Rutinariamente, rápido, limpio, preciso. Era paticorto, de complexión ancha, cabezón y tenía una fuerza descomunal. Su barbilla partida y sus pómulos prominentes le conferían un aspecto de extraña ternura, casi infantil. Aunque las ojeras violetas y su mirada acuosa aplacaban cualquier inclinación a la empatía. Su acicalado mullet y las enormes patillas acaso pretendiesen disimular un aspecto con el que jamás se sintió a gusto. Se pasaba toda la jornada en silencio, sin hablarle a nadie. Pero cuando terminaba, bajo el agua caliente, en la ducha de los vestuarios, a Gregorio le gustaba cantar. Siempre la misma canción.

Gregorio Penagos también acudía a trabajar, todas las noches, de miércoles a sábado desde hacía ocho meses, al club Ursula. Cuando entraba saludaba a Germinal, el encargado, haciendo un leve gesto con la cabeza. Evitaba mirar a las chicas a los ojos y se ponía a ordenar la barra. Su pulso se mantenía acelerado hasta que llegaba ella. Era entonces cuando se calmaba, le invadía una rara placidez y algo parecido a una sonrisa surcaba su rostro. No trabajaba allí por el dinero, no lo necesitaba. Vivía sólo, gastaba poco y le disgustaba la compañía humana. Prefería estar callado, sólo, observar. Lo escrutaba todo. Y allí, en el club Ursula, podía observarla. Sin dar explicaciones. Durante toda la noche. Y siempre  la misma canción resonando en su interior.

Gregorio era disciplinado y puntual. Acudía al club nada más salir del gimnasio infecto del Noi Lalaguna. Eulalio Lalaguna era un viejo escuálido, con apariencia de tísico y una mala hostia famosa en la comarca. Había sido campeón catalán del peso welter después de la guerra. Los viejos decían que tenía maneras; rapidísimo, violento, sin miedo a nada. Con tendencia al ensañamiento aunque él pensaba que eso no era malo per se. Habitar en la jungla las veinticuatro horas del día lo requería. Jamás contemporizaba. O era el otro o era él. Y tenía claro el orden. No se podía permitir vacilar. En su hábitat no podía. Nunca. El día que mató a aquel prometedor joven, Ramón Verdú, de un crochet cuando ya estaba derrumbándose, decidió que ya era suficiente. Y montó el gimnasio. La mañana siguiente apareció por la puerta aquel enano desproporcionado. A Lalaguna le gustó desde el primer momento la manera en que peleaba. Siempre hacia delante, irreductible, como un bulldozer presto a derruir lo que tuviese por delante. Pero Lalaguna sabía, desde el primer día que le vio boxear, que en su interior había algo más, algo incontrolable, algo que no sabía definir. Tras su hieratismo, su inteligencia fronteriza y su aspecto de Quasimodo había algo latente presto a explotar. Y eso le asustaba, aunque procuraba no pensar demasiado en ello. Sobre todo cuando le escuchaba susurrar aquella cancioncilla.

Goyo estaba nervioso aquella noche. Eran ya casi las doce y Deborah todavía no había aparecido. El tipo de más de uno ochenta que tenía frente a él, bronceado y de labia pastosa le estaba tocando los cojones. Hablaba con el viejo y con otro bigardo de frondoso mostacho, al que surcaba una cicatriz en la mejilla izquierda, en plan amigos, con una presunta camaradería que no era tal. Bastaba verle mover las manos y escuchar el tono de su voz para saber quién llevaba la voz cantante. Preguntó por ella de nuevo, en voz alta, y soltó una carcajada. Gritó a todo quién quisiese oírle que cada vez follaba peor, que estaba muy pillada por el caballo y que ya ni siquiera le resultaba rentable pagarle el vicio a cambio de los dividendos que le proporcionaba. Que la iba a poner a hacer la calle. Que la bajaba de división.

Nadie se dio cuenta del leve cambio en la mirada de Goyo excepto Lalaguna. Nadie imaginó siquiera el súbito tránsito de su natural autismo a la furia desatada. El viejo Lalaguna sólo necesitó dos segundos para ser consciente de lo que se avecinaba. Para entonces la barra de hierro ya había reventado el cráneo del chulo. Al de la cicatriz en cambio no le dio tiempo a ver nada. Su pescuezo rebanado, la barbilla caída, le impedía girar la cabeza. Tampoco podía ver la mano de Gregorio sosteniendo el vaso de tubo roto y ensangrentado. Únicamente podía mirar hacia abajo y constatar como su traje, de color beis cuando lo compro en Varon’s, era ahora granate, mientras caía al suelo y todo se volvía borroso y difuminado. Fue entonces cuando la puerta se abrió y apareció Deborah. No pareció sorprenderse cuando a su acompañante le despareció un trozo de pecho, ni molestarse por el ruido atronador y el olor a pólvora que apagaba el del ambientador meloso. No temía nada, de hecho casi se sintió liberada. El resto de la clientela huyó despavorida pero no Lalaguna. Cuando lo vio frente a él supo que ya no habrían más combates. Agachó la cabeza para facilitarle la tarea.

Goyo se acercó a la sinfonola. Estaba más tranquilo que nunca. Introdujo una moneda en la ranura y pulsó la tecla G14. La letra inicial de su nombre y los años que tenía cuando la conoció. Amartilló la recortada y la puso sobre su estómago. Le acarició la mejilla, sonrió y disparó. Media hora más tarde, cuando la policía nacional irrumpió en el Ursula, Goyo estaba sentado, con Deborah entre sus brazos. María Luisa entre un charco de sangre, mientras le acariciaba el pelo y le canturreaba al oído…

 

…Yo te decepcioné,
te dije cosas que jamás sentí.
Si el tiempo lo borró
¿Por qué tu quieres terminar así?

Olvida ya lo que pasó
pues lo que importa es nuestro amor.
Descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual,
todo será gris, no habrá colores

Hoy pude ver la luz,
hoy con claridad me equivoqué.
Tu lo has de comprender
vivamos y olvidemos el ayer

Hay algo mágico en tu amor,
contigo puedo ser mejor,
descansa y duerme en paz
podemos continuar por la mañana

Si tu no estás aquí
el sol no ha de brillar
y quizás los pájaros no vuelen

El mundo sin tu amor
no habrá de ser igual
todo será gris, no habrá colores…