Indignación y condescendencia.

Se han exaltado en los últimos días sobremanera esos entes abstractos tan propensos a la exaltación que son las redes sociales. El motivo, al parecer, la futura actuación, en uno de esos festivales buffet de varios días de duración, de Los Chichos. O lo que queda de ellos.

De inmediato se ha sucedido una carrera -me da mi la impresión, aunque a lo mejor estoy equivocado- no tanto motivada por el hecho en sí como por ver quién es el primero que atina con la pedrada. Invectivas, chanzas, burlas, ajustes de cuentas y, por supuesto, indignación -que ya hay que tener querencia a ella para indignarse por la programación de un festival al que nadie obliga a asistir- motivada por las más peregrinas razones. Desde luego actitudes propias de los savonarolas de turno, aquellos cuya manera de proceder, acaso lo único que les redima un tanto, venga más enraizada en éso tan español que es el desprecio hacía aquello que no se conoce más que en el rigor estético.

Ha leído uno con atención todos los prospectos. Los unos, redactados apresuradamente, le han achacado a los programadores un interés meramente propagandístico, publicitario de su evento. Debo yo andar muy despistado, pero siempre había pensado que anunciar una programación tiene precisamente ése como primer propósito. Luego, si acaso, y tras haber asistido a la actuación, será el momento de emitir parecer. Pero se ve que no.

Otros, más solemnes, se han explayado con serias razones. Invectivas de sólida raigambre aleccionadora y, me temo que su pesar, de eminente carácter religioso. Han tenido la deferencia de ilustrarnos con razones y argumentos de peso, aunque para mi gusto no tanto por su enjundia como por su lastre. Han dictaminado, decía, el carácter impostor y su no procede categórico. Al parecer Los Chichos, es bien cierto, grababan para una multinacional (Philips) y por tanto es esa una razón que cierra cualquier debate de posible recuperación. De lo cual se desprende que todos los que grababan para las multinacionales (en una época en las que estas lucían lozanas y recogían en su seno a un abanico de grupos y solistas mucho más ecléctico de lo que hoy sucede) tienen cumplida por decreto su cuota de revisión y, si así se considerase, su consiguiente (nueva) puesta en valor, ya sean estos Bambino, Rodrigo Garcia, Manuel Gas o Los Amaya. Ah, que era eso. Vale.

También se incide en el presunto elitismo de los programadores y que la elección de Los Chichos no es más que la selección de un triste mono de feria del que reírse -cuando se apuesta por el cinismo- o la inclinación por el típico epater le bourgeois cuando de hipsterismo -reducido aquí a un todo aquello que no venga en las sagradas escrituras del buen gusto- se trata. También se presupone la evidencia de una sensación de paternalismo -cuando no una especie de racismo a la inversa- similar a aquel Berlanguiano, vía Plácido, que decía ponga un pobre en su mesa. No sé, es mucho presuponer ¿no les parece?.

Lo que si les envidio es su capacidad enorme como zapadores a la hora de cortar todas las vías de escape posibles, no sea que salga alguien con vida. A lo mejor ando equivocado, pero tiene uno la impresión de que todo este manojo de mandamientos denota aún mayor condescendencia. Que presupone una especie de conocimiento omnisciente de cualquier forma de pensar, gusto o parecer, un poco a la manera Rappeliana. Desde luego con mayor prestancia aunque con mucho menos humor. Porque al final esta muy bien eso de quererse uno a la manera de Dios -tiremos de modestia-, pero es aconsejable, y sobre todo elegante, el intentar disimularlo.

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ANA D Satélite 99 and beyond

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En 1997  Ana Diaz acarrea ya un pasado a cuestas que daría para escribir un -interantísimo- libro. Aparecida en Madrid a principio de los ochenta tras los pasos de su banda favorita, Alaska y Los Pegamoides -de la que llegaría a formar parte durante un breve espacio de tiempo- ha sido dueña, junto con su entonces pareja, Ignacio Cubillas “Pito”, de la agencia de management más boyante de España y ha vivido de primerísima mano todos los avatares de la Movida.

Rozando los cuarenta y espoleada por su nueva pareja, Javier Corcobado, más la impagable colaboración de Ibon Errazkin, una de las cabezas más lúcidas de la música española, decide dar cuerpo a un disco que será principio y fin. Forma parte de Los Chatarreros de sangre y cielo, la banda que acompaña a Corcobado, junto a otros francotiradores como Nacho Colis, Justo Bagüeste, Susana Cancer, Nacho Laguna o Javier Arnal, procedentes algunos de ellos del grupo embrionario Demonios tus ojos. Pese a su escasa ambición y desconfiar de su voz Ana Diaz se atreve a publicar sus canciones y nos regalará “Satélite 99”. Producido por ella misma junto a Javier Corcobado e Ibon Errazkin y tocado todo el disco por ellos tres con la ayuda al hammond y al piano de Susana Cáncer y del ex Manta Ray Frank Rudow  con las percusiones, bongos y shaker,  entre los meses de mayo y julio de 1997 se encierran en Madrid para dar forma definitiva a lo que será “Satélite 99”.

Envuelto en una hermosísima portada hecha por su amigo Javier Aramburu, un dibujo a lápiz sobre papel que nos muestra su rostro envuelto en un gorro de piel apareciendo entre motivos florales, el disco se abre y se cierra con dos miniaturas de Frederic Chopin (“1,2,3,4″ y “Polonesa”) y todo en él es un inspirado -y arriesgado- viaje a través de un universo en teoría propenso al descalabro y que sin embargo logra permanecer incólume. Cuatro versiones lo jalonan, a cada cual más sugerente, dejando claro desde el primer instante que estamos ante un disco que he elegido ir por derecho en busca de su rumbo sin someterse a designios clásicos ni consignas modernas, un poco a contracorriente y por tanto libre; Una adaptación del “More” de Ortolani/Oliviero/Ciorciolini -que va en el exploito “Mondo cane”- hecha en castellano a partir de la adaptación que haría el inmenso (e infravalorado, todavía hoy) Armando Manzanero. El “Me quedo contigo” de Los Chunguitos, poniendo en lugar, muchos años antes de su vindicación, a la rumba y en particular al Sonido Caño Roto. La tercera será una canción de Julio Pericón que popularizaría Betty Missiego en su lp eurovisivo, la lasciva, perezosa y sugerente “Todo comenzó”. Por último -y no por ello la última- esa mórbida y melancólica “Lo mismo que tú” de José Solano Pedrero y Alejandro León Montoro, imagino que tomada a partir de la versión de Leonardo Flavio.

El resto del disco es algo serio. Algo a lo que el paso del tiempo -circunstancia que conlleva riesgos insoslayables cuando se juega a la impostura- ha hecho crecer y crecer. Precisamente por no estar en absoluto aquejado de postureo o falsedad sino más bien por caminar por ese fino alambre que dilucida la osadía del ridículo y que, tal vez por no ejercer cálculos ni mediciones, logra permanecer ergüido y orgulloso. “Los amantes” es una breve y hermoso relato gótico de tintes fantásticos regido por una acústica y el theremin. “Selenio 2034” y “Selenio 2035”, dos caras de una misma moneda, juegan a ser el Kristof Komeda de “Rosemary’s baby”, el Lalo Schifrin de “Amytville Horror”, con casi toda seguridad el Waldo de los Ríos de “¿Quién puede matar a un niño?“. “Galaxia” es un trip electrónico en su inicio que deviene coda sobre la soledad y la separación  mientras que “Carnaval” no es nada más -ni nada menos- que un pasodoble chatarrero que hace apología del hastío.

“Satélite 99” abre la segunda cara, para mi gusto la peor del disco. En cambió “Naufragio” es una gélida torch song plagada de efectos, spoken words y desoladora progresión emparedada entre textos que navegan a mitad de camino de lo chirriante y lo cercano. Para el final queda la guinda del pastel, una de las joyas del disco, “Va el amor”, nana extravagante y clarividente acerca de la futilidad de los sentimientos, de lo incontrolable de su seducción y también de su inevitable fecha de caducidad.

El año siguiente a “Satélite 99” todavía nos depararía un sencillo con dos pequeñas joyas; “Recordando”, mefistotélico viaje lleno de referencias al cristianismo y los peajes de la vida, con un hammond que ribetea a una  reflexión desde el más allá sobre los avatares del amor. En su cara B “Velero lleno de estrellas y bahías” balada/cuento de triste trasfondo que se sume en la fantasía una vez aceptada esta como único parapeto emocional.

Junto a sus discos publicados he incluido en el mixcloud algunas colaboraciones con Javier Corcobado y los Chatarreros de sangre y fuego. Dos canciones de “Arco iris de lágrimas” (Dro/Easwest, 1995), las hermosas “Flores de lágrimas” y “Si tu no me quieres” y dos versiones; el “Parole, parole” de Ferrio/Chiosso/Del Re tomada, imagino, a partir de la versión francesa de Dalida y Alain Delon y “Hoy daría yo la vida” de Martinha, ambas publicadas en un cd single ese mismo año.

También una sorprendente “Apelo”, cancióde Baden Powell y Vinicius de Moraes incluido en “Corcobator” (Caroline, 2009) junto a su aportación (con Sergio Fernandez como Kamamuri) para el disco de homenaje a Family  y que no es otra que la formidable “La noche inventada” de Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea.

Y yo ya no supe más…

PAUL KING in Spain

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Misterioso y escurridizo personaje, Paul King (al que algunos le atribuyen ser el mismo Paul King miembro de Mungo Jerry, algo en mi opinión erróneo, basta para ello comparar las fotografías de ambos) fue uno más de los miembros de la legión extranjera (sección UK) que aterrizarían en España en la década de los sesenta; The End, Dave da Costa, Angie Cat, Glyn Johns, Dave Allen & The Exotics, The Spectrum, The Tomcats

 Intérprete de tres estupendos –y raros- sencillos para el sello Columbia, debuta en 1967 con “Mabrouk/Todo es igual, Dominique partió”. La primera (que significa felicidades en árabe) es un medio tiempo de barroca progresión e indisimulable aroma oriental, casi sicodélico. La segunda, una versión de “Dominique is gone” de Gregg Shiverly, continua la senda iniciada por la primera. Ambas son cantadas en un delicioso y macarronico castellano.

Pasan dos años sin que nada sepamos de nuestro hombre. Pero en 1969, ¡Boom!, no sorprenderá con una doble y estruendosa andanada. Ha cambiado su imagen (pelo largo, al estilo paje, pantalones pitillo y cisne amarillo) y también ha endurecido su sonido. “So right/Walk on and on” (Columbia, MO639) es algo formidable. “So right” se abre con un riff de fuzz salvaje que ya no abandonará la canción, mientras que unos coros y vientos sincopados acompañan a una voz casi speedica. En su cara b, para desempalagar, está “Walk on and on”,un medio tiempo extraño y sinuoso, a medio camino entre el mainstream y la resaca, con hermosos arreglos y sinuosa resolución. El tercero y último sencillo “Confussion/Around and around” (Columbia, MO702) parece querer repetir la jugada. “Confussion” es puro freak soul, de acelerada progresión e infecciosa guitarra en su parte final, mientras que “Around and around” es psych drama de morosa, casi narcótica, resolución.

Nada pues se sabe a ciencia cierta de Paul King. He conseguido localizar en la hemeroteca del ABC, una nota -de la que adjunto foto- y en cuyo pie únicamente reza lo siguiente: “…Paul King es un gran cantante inglés, afincado en nuestra patria. Con un buen conjunto de acompañamiento y dos guapas go-go girls recorre la geografía española en busca del éxito, que ahora puede lograr con su reciente estrenado single “So right” y “Walk on and on”…”

Y en los tres sencillos una figura capital, Pepe Nieto, a la sazón arreglista y productor del sello Columbia. Miembro fundador de los Pekenikes, creador con su hermano de las matinales del Price, talentoso e inquieto músico, siempre curioso en la exploración de nuevas formas musicales. Había llegado allí procedente de Novola, sello para el que lo había fichado Mariní Callejo tras haberlo esta visto actuar con su orquesta en las tardes de la sala Imperator y por las noches en el Bourbon club, junto a figuras como Vlady Bass, Juan Carklos Calderón, Joe Moro o José Chenoll.

Es allí donde pone en práctica, un poco a la manera de campo de pruebas, todo lo que había aprendido en sus estudios de armonía, composición y orquestación, sus años de clubs, sus múltiples colaboraciónes y su curiosidad sin fin. Aunque esa es otra historia…

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