Sapore di Sale

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En 1965 Stefania Sandrelli –quién ya ha trabajado con Jean Pierre Melville, Ducio Tessari o Pietro Germi entre otros- interpreta a Adriana en “Io la conoscevo bene” (Antonio Pietrangeli), una muchacha frágil y sumisa, incapaz de sobrevivir en el mundo del espectáculo, ese lugar en el que conseguir los sueños tiene un alto precio.

 Ese papel, la verdad, no tiene mucho en común con ella. Cuatro años antes, con tan solo dieciséis años, ha conocido a Gino Paoli, quién, junto a una mutua atracción irresistible, le procurará una hija, Amanda, y una canción imperecedera, “Sapore di sale”.

 Se encuentran por primera vez  en Bussola di Viareggio, en la Toscana, donde él actúa y de donde ella es originaria. Stefanía se muere por conocerlo. Ya lo había visto en televisión y se mostraba dispuesta casi a cualquier cosa con tal de que la invitase a bailar. No sería tarea difícil; esa muchacha en flor, vestida de verde aguamarina con un vestido de flecos que le nace justo bajo el pecho, hechiza de inmediato al cantante. La diferencia de edad, casi treinta años, hace que Paoli intente escabullirse en un primer momento, pero finalmente no se detendrá, una fuerza sobrenatural se lo impide.

 Comienzan entonces las escapadas secretas, los encuentros y citas clandestinas. La despreocupada menor, que ha crecido en el deseo de ser bailarina clásica y con el sueño de ser actriz, se escapa de su casa todas las noches, con la complicidad de la criada, saliendo y entrando por la ventana de su habitación. Una noche tras otra disfrutan de su amor. Paseos en el descapotable del cantante, conciertos de jazz, besos y sexo en medio de la pinada. Cualquier cosa con tal de estar juntos, desafiando las prohibiciones y divirtiéndose sin pensar en nada más. En un primer momento Paoli le oculta que es un hombre casado, Sandrelli, por su parte, intenta no ser sólo una más de las conquistas de un músico mujeriego.

 Poco a poco la noche sella el hechizo. Sobre la arena de la playa en la que se deja caer en sus brazos, lejos de todo y de todos. “Lontano da noi, dove il mondo è diverso, diverso da qui”. Sí, “Sapore di sale”, hablando de todos los enamorados, habla solo de ellos.

 En 1961 Gino Paoli ya le había dedicado la inmensa “Senza fine” a Ornella Vanoni. Ésta había declarado reconocerse en ella y aún más en “Che cosa c’è”. Pese a todo ni las canciones ni la Vanoni llegarían a provocar en él la ola incontrolable de deseo, el anhelo amoroso más absoluto, que sí lograría una de las cimas de la canción italiana. Inspirada en la nostalgia, tanto como en la asunción del autor de que el tiempo y sus circunstancias (en este caso la carrera cinematográfica de Stefania) acabaría por separarlos definitivamente, “Sapore di sale” será, casi desde su gestación, un poema imperecedero, eterno. La carrera de Stefania progresa, y eso,  tal y como ya sabía Paoli, les distanciará definitivamente. Él vive en Milán mientras que ella, ya convertida en una estrella, lo hace en Roma.

 Bajo el sol del verano de 1963, mientras “Sapore di sale” se convierte en un gran éxito, la Sandrelli rueda “Sedotta e abbandonata” (seducida y abandonada, ¿premonitorio?, ¿O será al revés?) de Pietro Germi. La distancia reconcome a Paoli. No para de llamar a la casa familiar y la madre acaba mintiéndole, asegurando que Stefania no está allí. Tras varios días logra hablar con ella. Entonces, por supuesto, vuelan los reproches, las acusaciones, incluso los insultos. Los argumentos del miedo, aquellos que surgidos desde la distancia se hallán prestos a romperlo todo.

  Al final Gino Paoli no puede más. Sumido en una nebulosa de desesperación y con la mente ofuscada, impelido por un romanticismo exagerado, toma una pistola y se dispara un tiro en el pecho. Sorprendentemente sobrevive, aunque la bala se quedará definitivamente alojada en su pericardio. Poco después declarará; “… El suicidio es eñ único acto de verdadera libertad que un hombre puede hacer por si sólo. Sin embargo, yo soy la prueba de que ni aún así se puede decidir del todo…”. Stefania recibe la noticia en el set de rodaje. Parte inmediatamente hacia el hospital. Cuando llega intenta desdramatizar el acontecimiento apelando a la lógica, recordando lo que decía uno de sus personajes, leve, desencantado, inocente solo en apariencia: “… Si me quieres tanto, ¿Por qué quieres morir? Si uno ama, la amada quiere que se lo demuestren…”

  Gino no puede, pese a su estado, reprimir la risa. Una risa que aparece de entre la oscuridad en la que se halla sumido, volviendo a creer que ese amor que pensaba perdido se había vuelto a fraguar. Un año más tarde, en octubre de 1964, nacerá Amanda. Pero pese a todo, el equilibrio en la relación entre el cantautor genial y la talentosa actriz es prácticamente imposible. Paoli no aprueba ciertas decisiones de Stefania (no quiere que actúe en “Io la conoscevo bene”) pero ésta no le escucha. De su amor, aunque resten los rescoldos, no puede construirse el futuro. En 1968 lo dejan definitivamente. Pero el recuerdo de la pasión permanecerá intacto para siempre, al menos en “Sapore di sale”, en el gusto un poco amargo de las cosas perdidas.

Fulvia Caprara para “la Stampa”

Un viaje sonoro a través del placer (Sexopolis, Sexorama, Sexologie, Sexophilia & Sexsation)

 

Bacanal sicalíptica. Un viaje sonoro a través del placer. Cinco capítulos (Sexopolis, Sexologie, Sexophilia, Sexorama, Sexsation) de grooves lascivos alrededor del sonido con Euro Exploitos, Spanish B divas, Cosmic disco, Munich sound, Sex Library, French lolitissimo, German sex grooves, Japanese bizarre,  Italian soft porns and beyond…

 

Jean Pierre Mireuze, Rolf Kühn, Ant Sue, Orchester Werner Müller, Kenssuke Shina, GianFranco Plenizio, De Giafferi, The Primeval Rhythm of Life, Bill Lawrence, The Background Studio Groupies, Karl Heinz Schäffer, Serge Gainsbourg & Jane Birkin, Nick Wilson, Philippe Nicaud, GianPiero Reveribieri, Annie Germain, Franco Micalizzi, Lara Saint Paul, Franco Campanino, Oliver Despaix, Rita, Nathaniel Merryweather, Herve Roy, Peter Thomas, Armando Trovajoli, Gianni Marchetti, Steffi Vijnak, Staff’s Carpenborg, Danyel Gerard, Gerhard Heinz, Brigitte et Lummi, Backgammon, Magic Carpet, Sirarcusa, Orchestra King Zerand, Nico Fidenco, Piero Umiliani, Rolf Wilheim, Fantastic Plastic Machine, Patchwork, Atomic Circus, Max Berlin, George Garvarentz, La Orquesta de Adolfo Waitzman, Love TKO, Albert Peter, Alan Hawkshaw, Jack Hendrix, Gregorio García Segura, Sara Montiel, Saga, Jane Birkin, Pepe Llobell’s Enterprise, Chari Chari, Tony Valor Orchestra, Albatross, Alberto Baldan Bembo, Susana Estrada, Amanda Lear, Lola Martinez, Charo Baeza, Manuel Gas, Benitez, El Chiclés, Larry Black, Bruno Battisti D’Amario, Chloe et Poupougne, Key Hano, stefano Torissi, Bobby Trafalgar, Alex Puddu, Pop Concerto Orchestra, Patsy Gallant, Mike Rethford, The Peter Thomas Sex Orchester, Soul Vibrations, Gianni Oddio, Chakachas, Stefan Schwab, Nathalie et Christine, Bernard Pretty Purdie, The Ladies, Afrikaanders…

MOMENTOS MUSICALES Molicie y esparcimiento

Momentos

 

 

Molicie y esparcimiento en el Estudiodelsonidoesnob. Alrededor de una hora en la que uno ejecuta chapuceramente otra de sus listas. Del Modern Soul reparador con Willie Hutch, The Reflections o Virginia Vee hasta la Bossa pop franco española de Chiquita o italiana (vía Tunez y Umiliani) de Zeudi Araya. Entre ambos extremos entrelazados episodios de baterístico groove a cargo de Tulio De Piscopo, el Al Rose Trio o los Spaghetti Head recreando a Cozy Cole. El clásico “Take Five” sublimado en un aquelarre de triple vertiente: Jazz latino de Tino Contreras, Impresionismo vocal por Carmen McRae o juguetón virtuosismo andante por el guitarrista Elek Bacsik.

El fastuoso Sonido Calandria y la trompeta loca del Conjunto EstiffSoul, de todo tipo; Místico (Rotary Connection y su visión de The Band),  Northern (Joe Simon), cinemático (Virginia Vee) y Free (Elaine del Mar). Alegrías (Elia y Elizabeth) y lágrimas (Scott Fagan). La banda de cámara de la RCA mexicana y su arrebatador “Tema de los adolescentes”, la elegancia y sutileza de Ike Quebec y su saxofón junto a experimentos en los aledaños de lo extravagante con la adictiva “Viva Tirado”, aquí por The Duke Of Burligton, y fragmentos de las voces (Heston, Leigh & Welles entre otros) de “Touch of evil”.

 

 

The Man Form O.R.G.A.N. The Electric Eclectics of DICK HYMAN

 

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En la segunda mitad de la década de los sesenta el neoyorquino Richard “Dick” Hyman lleva ya bastante matu a cuestas. Hijo del concertista de piano Anton Rovinsky desde muy pequeño estudia y absorbe como una esponja una amplia formación clásica. Desde allí, por influencia de su hermano mayor, pasa al jazz, a los musicales de Broadway y la música para películas. Lo que se dice un músico todoterreno.

En 1969, tras llevar ya varios años en Command, el sello experimental de Enoch Light (lo pop estaba reservado para la etiqueta Project 3) completará su tour de force definitivoHyman ha formado parte de la escudería Command, junto a Doc Sverinsen, Bob Haggart, Mel Davis o Tony Mottola, entre otros, baqueteándose en aquella serie de discos que llegaría a publicarse en nuestro país y que no sé si recordarán (Provocative Percusion, Persuasive percussion…). Estos y otros serán quienes en un futuro le acompañaran en sus discos en solitario.

 Antes de realizarlo ha participado de manera estajanovista casi todos los palos; recrea la moda de la bossanova en “Brasilian impressions” con versiones de Bonfa, Jobim, De Moraes o Roberto Menescal, reinterpreta los éxitos del momento en “Mirrors; Reflections of today”, recopila temas centrales de spy-movies en “The man from O.r.g.a.n.” y ha dado con un aliado inseparable, el órgano Lowrey, una especie de super computadora fabricada por él, que será parte esencial en sus discos formativos (“Electrodynamics”, “Keyboard Kaleidoscope”, “Provocative piano”, etecé).

Ya conoce el bendito reverso tenebroso. En 1963 publica en MGM la abracadabrante maravilla titulada “Mary Mayo / Moon gas”, una especie de refugio de libertad donde dar rienda suelta a los sonidos que bullen en su imaginación. Pronto tiene que volver al redil en busca de réditos con los que subsistir. Pero en 1969 el mundo es otro. Más receptivo y atento a la experimentación. También menos asfixiante, aunque sólo lo fuese por un breve lapso de tiempo.

Abducido por los sintetizadores y especialmente por el Moog, se abre ante él una paleta nueva conformada por una serie de nuevos colores, con una nueva decoración y un aislado paradigma de libertad. Lo extravagante y lo raro se torna normal y cualquier cosa que antaño estuvo vedada tiene ahora colgado el cartel de free entry. El suyo, en concreto, da acceso a “The electric eclectics of Dick Hyman”, la apoteosis del Moog.

El disco se abre con una adaptación sui generis de la música griega. No hay que hacerle mucho caso pero según confesión propia, junto al folklore nativo americano, es una de las bases de su música. Utilizando dos moogs (ya que este solo puede emitir una nota cada vez) y con la base rítmica grabada en directo, tira del overdub en estudio para poder armonizar la melodía. Utiliza efectos que reproducen el trino de los pájaros y consigue una extraña mezcla entre música folklórica, la electrónica y la bossa-nova. Y siempre, siempre, con un groove diríase de característica tan involuntaria como fidedigna fotografía de los tiempos.

“Con un piano o con un órgano pueden suceder cosas divertidas. Si estás tocando un staccato y aguantas la nota durante un segundo ésta ira desvaneciéndose. Pero en cambio, si tocas una nota de la misma manera en un sintetizador, crece”

Desde muy joven Dick Hyman era un whistler consumado, de hecho su versión de “Mack the knife” registrada en 1956 con el Dick Hyman Trio (Del que existe una hermosa edición española en formato EP), adornada por el silbido y el carillón, le otorga una nueva dimensión; exótica, nocturna, urbana, de una soledad conmovedora. La formidable “The Moog and me”, según sus propias palabras “es el intento definitivo por dotar de humanidad al Moog”. De hecho el timbre del silbido cambia con respecto al que consigue con el sintetizador del mismo modo que lo hace Jimi Hendrix con el uso del pedal wah wah en su guitarra. Ayudado por la Rhythm Unit , una especie de caja de ritmos o sintetizador análogico que reproduce el sonido de la batería, utilizado especialmente por los organistas de música ambiental, consigue un sonido especial, que modifica con un pedal de pie que crea una serie de rupturas en el ritmo. Jocosamente Hyman comentaba que “aunque tiene inconvenientes, también tiene la ventaja de que no te habla y no te pide tocar solos”

“The minotaur” fue lo más parecido a un hit que saldría de este disco. De hecho se publicó en single (obviamente en una versión abreviada y no en los más de ocho minutos que dura en el Lp) y llegó a entrar, no me pregunten cómo, en el top 40 del Billboard. Cosas de 1969. La verdad es que es pura experimentación, avant garde de vocación pop, una sinfonia que nada más comenzar a sonar nos muestra un paisaje de tantas y tantas cosas que hemos escuchado después. Una improvisación perfecta sustentada en la Rhythm Unit, que en vez de ser programado para un único ritmo lo es para dos; Bossanova y vals. A ésto se le añade un efecto de drone, un zumbido similar al sonido de la tamboura, interpretado con el sintetizador. Junto a todo esto, otro sintetizador produce la linea melódica. Es una mezcla de influencias hindúes claramente evidentes con la progresión del mantra y también con un etéreo aire helénico. De hecho, según Hyman, la idea de la melodía provenía de un disco de música griega de su colección personal. Para evitar que el mantra del sintetizador derive en monótono Dick Hyman añade una linea de bajo interpretada a la manera moderna permitiendo que la batería improvise a partir de ella. De hecho la linea de bajo suena antes que la batería. Cuando lo tuvo todo listo Hyman añadió los efectos de cinta que juegan con el estéreo yendo de canal a canal. El resultado produce un efecto hipnótico, casi carnal, en absoluto artificial, pese a ser interpretada toda ella con máquinas.

Hay más sorpresas: El uso del órgano Lowrey a modo de sintetizador otorgándole un efecto bitonal con la sección rítmica y jugando con el efecto xilofón en “The legend of Johnny pot”, improvisación pura y dura en “Top dance of memory banks” con arreglos de metal, filtros y un aroma antiguo, Efectos de cascada con la cinta echoplex mezclados con clarinete en “Total Bells and Tony”

La continuación de este espléndido “The electric eclectics of Dick Hyman” llegará al año siguiente con “The age of electronicus”. Menos innovador y más complaciente, todo versiones de canciones del momento excepto “Kolumbo”, composición propia, pero, atención, con esa cumbre que responde por “Give it up or turn it lose”, versión del clásico de James Brown que uno considera cima de la electrónica pop.

La mayoría de sus discos adolecerán del defecto del estajanovista; la dispersión, la conexión del piloto automático debido a la premura del instante, el predominio de la forma sobre cualquier otra cosa… Pero tanto en algunos de los anteriores como de los posteriores de vez en cuando hay algo que nos sorprende, que nos conmueve o que nos atrapa; la formidable versión del “Más que nada”, incluida en el agradable -y a cada escucha mejor- “Brasilian Impressions” , las versiones de los clásicos soul (“Mercy, Mercy” o “Respect”) en el deslavazado pero interesante “Mirrors”, la increíble reconstrucción que hace con “The windmills of your mind” en “Electric latin love” o casi la totalidad del misterioso y sugerente “Moon gas”. He incluido, como suelo, una playlist con momentos escogidos de todos sus proyectos que espero les resulten igual de satisfactorios que a mi.

ALGO SALVAJE Vol. 2 Untamed 60s Beat & Garage Nuggets from Spain

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El próximo 4 de marzo sale a la venta el Vol. 2 de “Algo Salvaje. Untamed 60s Beat & Garage Nuggets from Spain” en Munster Records, formidable segundo capítulo de la recopilación, que se intuye antológica, del Beat y Garaje hecho en nuestro país. Enfundado en una estupenda portada (una foto de los Gritos) y con textos de Vicente Fabuel, que, como en él es norma, lo son de tan ajustada concreción como didáctico magisterio, además de enormemente ilustrativos e informativos. El disco recoge 28 canciones hechas en nuestro país que, como cuenta el antologista, es “…Un festival de beat crudo, directo y agresivo, más las lógicas digresiones estilísticas de acuerdo al psicodélico devenir de los tiempos…”.

 Editado en formato de doble Lp y cd, el disco recoge arrebatos juveniles, audacias (más de las convenidas) e inspiración tan libre como a menudo aislada.  Sirve también para trazar una cartografía, un tanto anárquica si quieren, del estado de un país baqueteado pero curioso en su subsuelo y de una escena incipiente. Junto a bandas y solistas capitales en dicho ámbito, como Los Salvajes, Smash o Bruno Lomas, asistimos a los embriones de Tino Casal, Daniel Velázquez o Lorenzo Santamaría (como Los Archiduques, Cefe y los gigantes y los Z-66, respectivamente) junto a episodios esporádicos -carreras de un único sencillo para entendernos- como lo fueron las de Don y Su Banda Club, las Aguilas Reales o Los Flechas. Versiones de canciones clásicas, tan atrevidas como de sorprendente efectividad (entre otras, de los Mar-Keys, The Animals, Gary Walker & The Rain, Vince Taylor, The Castaways o el Dúo dinámico). También repleto de  un variado anecdotario; apariciones del grupo de un futuro ministro de Justicia (Los Cirros), el germen de los que se convertirían en Evolution (The Vampires) o la banda beat del gran Ramón Farrán (Ramón-5). En definitiva la necesaria y justa puesta en valor de algo que, en mi humilde opinión, lo merece sin ningún género de dudas.

Así pues no me queda nada más que agradecer tanto al recopilador como al sello el formidable proyecto. Por cierto, anuncian futuros capítulos. Sin mas dilación y si aceptan un humilde consejo, compren. Incluyo un pequeño sampler con fragmentos de las canciones que espero les sirva para hacerse una idea.

Repertorio;

LAS AGUILAS REALES La ruina

LOS ANGELES NEGROS Me equivoqué

LOS ARCHIDUQUES Lamento de gaitas

LOS BRISKS Si mañana será así

BRUNO LOMAS Vendrás conmigo

CEFE Y LOS GIGANTES Sin rencor

DON Y SU BANDA Acción

LOS FLECHAS Diciendo no

LOS TONKS Escapada

LOS ZINKOS No te puedo amar

GRUPO 15 El Olé

LOS POPS Te esperaba

LOS GATOS NEGROS Cadillac

LOS RELAMPAGOS El baile del bufón

LOS SALVAJES Soy así

RAMON-5 Amor perdido

LOS SIMUNS You don’t love me

LOS SOÑADORES Sin saber por que

THE VAMPIRES New love

Z-66 Carrera con el diablo

LOS GRITOS Veo visiones

DIABLOS NEGROS Last night

JUAN Y JUNIOR Nothing

SMASH Well you know

LOS CIRROS Lack a day

LOS CRICH I can’t stand it

LOS IBEROS Liar Liar

LOS INDONESIOS I can tell

 

Por cierto, como todos ustedes ya sabrán, veníamos de aquí…

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ALCY AGÜERO Y FAUSTO PAPETTI Quiero bailar un sabato notte

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Cree uno no ser especialmente fetichista con los discos. Bueno, a ver como lo explico, tal vez sí. Tengo varios miles, para algunos una cifra totalmente  desorbitada. Y no pasa un día de mi vida, desde hace ya no sé cuanto tiempo, sin que me dedique a buscar, comprar o cambiar. Pocas cosas hay que me gusten más que buscar mi dosis habitual. No quiero contarles lo que sucede cuando la encuentro. Así que todo depende de los ojos con que se mire, por supuesto.

Lo que quiero decir es que ninguno de los que descansan en el estudiodelsonidoesnob lo está por otro motivo que no sea el que me gusten. De un modo que oscila entre bastante y mucho, con la contadas excepciones que confirman la regla. Cada vez tengo más clara la vigencia de esa frase que dice que la música muta y nosotros con ella, frase que además tiene la cualidad de la propiedad conmutativa. 

No tengo tampoco especial interés en jugar en el mercado del disco y su bolsa de cotización variable. No es que tenga nada en contra del que a ello se dedique, muy al contrario. Sostengo que cada uno se busca la vida como mejor sabe y no seré yo el que los juzgue. Asi que no se me ocurrirá nunca tachar de especulador a alguien que ha perdido su tiempo, que se ha dedicado a buscar y chequear donde la mayoría, bien por comodidad bien por exquisitez, jamás pondrían su ojos y sus manos. 

Hace ya unos años me hice por fin con este ep de Alcy Agüero de 1976 en el sello Fase. Contenía cuatro estupendas canciones; “Trópico”, una pieza de Exótica groove con coros arrebatados entre percusiones y un piano, junto a elegantes combinaciones de pedal fuzz y wah wah. “Obá Obá” iba por una senda parecida, quizás más pausada pero igualmente sinuosa y atrayente, una pieza digna de cualquier banda sonora de Blaxploitation. la tercera de ellas, “Sao Paulo”, era -¿qué otra cosa podía ser?- sugerente bossa planeadora, trufada de esos dabadás que te alegran un mal día, mientras se debatía entre un piano juguetón y un saxo esquelético,  algo verdaderamente inspirador. Pero la canción clave, para mi gusto, era -y es- “Quiero bailar” (minuto 2:49 del mixcloud que les enlazo): Arrebatada desde su inicio, un llenapistas apoteósico de Latin groove, con todas las cualidades -mal- descritas en las otras tres, además un punto absolutamente desenfrenado.

 El cómo había llegado ese disco a un sello tan menor y saber quién era el tal Alcy Agüero me obsesionó durante un tiempo. También quién diablos seria la portentosa Orquesta pop que le acompañaba, quienes eran sus miembros. Investigando por ahí supe que Alciviades Agüero fue un pianista cubano escapado de la Cuba castrista que aterrizaría en España a mediados de los años sesenta. Lo hizo acompañando a Mara Lasso y según cuenta Yolanda Farr  era un pianista excelso, capaz de destacar en todos los registros, siempre permaneciendo en un segundo plano. Ella misma contaba en su blog que “…Su facilidad para transportar cualquier canción a cualquiera que fuese la tesitura de la persona que la solicitaba era sorprendente…”. Contaba también que lo había conocido en el Centro Cubano de Madrid que había en la calle Claudio Coello. En él se inauguró un Bar con coctelería y cocina cubana al que acudían todos aquellos que, como él mismo, formaban parte de la diáspora cubana en Madrid; Eduardo Davison, Las hermanas Benitez, Luisa María Guell

 Alciviades había sido -todavía lo era- un pianista de fuste en su Cuba natal y era, junto a colaboraciones aquí y allá, como algo parecido a lo que sería el pianista residente del centro cubano. Había tocado con las mejores – Olga Guillot, Celia Cruz, Xiomara Alfaro– y era reverenciado por todo el mundo. Al parecer, y según la Farr, junto a sus cualidades artísticas le adornaba también una bonhomía y modestia notables.

 Poco más puedo contarles. Absolutamente nada de los miembros de la tal Orquesta Pop (desde aquí agradecería infinito cualquier aportación). Únicamente que algún tiempo después di con un sencillo de Fausto Papetti (sí, aquel de las portadas sicalípticas que, para los que tengamos ya una cierta edad, fueron poco menos que una bendición en tiempos de carestía e imaginación desbordada) del año 1973 y de título “Il primo apuntamiento”. Como se suele hacer, uno le dio la vuelta y allí estaba “Sabato notte”. Vaya canción, amigos. Formidable, se me iban los pies con ella, me era tan familiar… Pues claro que lo era, ya que  no era otra que la misma canción. Quiero decir que era “Quiero bailar” pero sin coros, completamente instrumental. Enlazo ambas para que juzguen ustedes. Quiero creer -de hecho estoy prácticamente seguro- que no hubo ninguna malicia por parte de Alcy, en todo caso del sello y tal vez ni eso. Venia firmada por Agüero (los textos, incluidos en esta nueva versión, aunque escasos, debía de ser suyos) y ni rastro de Papetti. La verdad es que  tampoco es que se fuese a hacer de oro  -aunque al precio en que se cotiza hoy en día dicho Ep igual un pico si que sacaba- o equilibrar su economía. De hecho, todas las copias que he visto en mi vida (no más de tres o cuatro) vienen con el sello “Obsequio” en la contraportada.

 

MOMENTOS MUSICALES: Steal & Stream

STEAL & STREAM

 

Ay, si uno supiese articular y expresar de manera adecuada sus pensamientos… supongo que estos remedos, a menudo sin sentido, que son las listas que elaboro, no tendrían lugar. O serían otras, quién sabe. Acabo de rescatar, como acompañamiento musical en el despacho, una lista que elaboré hace dos años. Perfectamente podría tener diez. O dos meses. Esa es su -pequeña-grandeza y también su -mi- maldición, ustedes juzgarán.

Porque el camino que va del rock psicodélico progresivo de los británicos Salamander, repleto de órgano hammond y orquestaciones suntuosas, en medio de un disco conceptual dedicado a los diez pecados capitales (“Steal” es el que me apetece incluir) al folk pop espectral de la asturiana Ana D en esa nana extravagante y desolada que atiende por “Va el amor” es, cuanto menos y siendo generoso, proceloso. No esperen pues nada más que una sucesión de canciones, elaborada con tanto mimo como discutible tino. Retazos de la memoria, instantes tanto del júbilo del hallazgo como de la parálisis que provoca la sorpresa. Uno es lo que es (cualquier cosa menos coherente, advierto) y ha intentado reunir aquí momentos que oscilan desde la modesta librería española que ilustraba programas televisivos (Beltran Moner) hasta algunos híbridos panorámicos que navegan entre la devoción y el desamparo como, por ejemplo, la etérea “Casa Bianca” a cargo de la inmensa Ornella Vanoni.

A muchas de ellas, en la medida de mis posibilidades, les he dedicado espacio en mi modesta bitácora. A otras pienso dedicárselo. De hecho, repasando el listado de canciones, me da la impresión de que esta lista -y otras de las que a lo mejor algún día hablamos- han sido el punto de partida a partir del cual comentarles lo que para mi han supuesto (por nombrar a unos cuantos) Piero Umiliani, T.S. Bonniwell o Ana D. Otras, en cambio, son simples balizas de la memoria a las que a menudo recurro, sirviéndome tanto de lenitivo como de esparcimiento; “Back in the grass” de The Motherhood, el grupo de Paul Nero, es puro soul groove de vigorosa complexión, “32 mars” de los franceses Catharsis, kraut alsaciano de alucinógena progresión. Los malayos Truck con “Earth song” y sus voces tratadas en medio de un pop psicodélico de accesible digestión son una -otra más- debilidad personal.

Sigo aburriéndoles, espero sepan disculparme; Con Roger Bunn y su lisérgico y adictivo hasta casi el paroxismo “Road to the sun”, otro de los escalones que jalonan este anárquico recorrido. Un mantra -nada aburrido pese a lo que la palabra de marras les sugiera- delicioso, con tabla, flauta, vibráfono y demás cachivaches. Un tipo que pasea su idiosincrasia en el disco del mismo modo que circuló por la vida, rechazando un cómodo futuro en las filas de Roxy Music por negarse a acicalarse según las instrucciones dandy de Brian Ferry.

La alemana Heidi Brühl, actriz y cantante juvenil de dilatada carrera (llegaría a representar a Alemania en el festival de Eurovision de 1963) haría de su capa un sayo en el año del señor de 1969 y se marcaría un medio tiempo de rechupete, puro swinging London, aunque con cierto retraso (digamos que de un par de años) con la formidable “Berlin”. Algo así, para entendernos, como lo que haría Miss Julie London en su Lp “Yummy Yummy” del mismo año.

¿Momentos para la desconexión? Por supuesto, tengo de todo, también momentos musicales como los del polaco Krystof Komeda, amigo y colaborador de Roman Polanski, intérvalos sacros a cargo de H.P. Lovecraft -los americanos- y su “Gloria patria” o el “Boroum Boroumeh” de la diosa iraní Pari Zangeneh. Sí, la broma de Dimitri from Paris es eso, una broma, un interludio que en mi osadía llegué a pensar que quedaba simpático, que desatascaba un poco, que… ¿Aló?

Cambiando de tercio, así, rumboso y haciendo bandera de mi endeble discurso, paso a presentarles la sintonia de un folletín televisivo francés a cargo del suizo Pierre Cavalli, guitarrista notable que nos regala  “Une soir chez Norris”, un instrumental de epiléptica progresión, más propio para ilustrar un giallo que una serie televisiva. O al americano Don Sebesky, con su música ambiental propia de la época psicodélica, en este fragmento titulado “Guru Vin”. O al francés Guy Pedersen y su clásico “Indian pop brass”, otorgándole a su contrabajo un amplitud ácida, un laid back narcótico irresistible. O…

Vale, lo pillo, ya deben estar hasta las narices. ¿No?, ¿En serio?. Perfecto, sigamos entonces. El primer disco de Duncan Browne para Inmediate, el sello de Andrew Loog Oldham es una cosa de no dar crédito. Elegante, sutil, repleto de canciones soberbias, valga “The Death of Neil” de escueto -y hermosísimo- ejemplo. “Give me take you” merece, sin duda alguna, un post propio. ¿Ven?, ¿Recuerdan lo que les dije acerca de una de las misiones de estas listas?…

Ah, se me olvidaba, dos cositas: “Ossessione psychodelica” de Nino di Luca, para la banda sonora de “La ragazza con la pistola”, estupenda película del maestro Monicelli que no puedo recomendarles más, al igual que la música que la ilustra, y un tal Paul St. John, del que nada sé. Tan solo que cuenta con un sencillo de creciente cotización y espacial temática; “Flying Saucers have landed/ Spaceships lovers”. 1972, tierra de nadie, post-psych y pre-glam, Bowie acechando. Me he decidido por su cara B, por los amantes de las naves espaciales . ¿El motivo? Ninguno en concreto, simplemente porque me gusta. Muchísimo.

¿Saben una cosa? Me lo he pasado bien escribiendo mientras escuchaba la lista. Igual tomo esto como pauta. Aunque conociéndome, de aquí un rato probablemente cambie de idea. Sigan bien.

THE NEON PHILHARMONIC Tauper Saussy featuring Don Gant

The Neon

Le gustaría a uno tener la facilidad de palabra necesaria para poder contar,  apropiadamente y en unos pocos párrafos, la novelesca y azarosa vida de Tauper Saussy. Como estoy seguro de no contar con ese don, intentaré resumirlo sucintamente para ponerles en situación y pasar, posteriormente, a hablarles de los dos -marcianos, adictivos, decadentes, fallidos, formidables- discos de The Neon Philharmonic.

 Fue nuestro hombre una especie de caballero sureño, dandy elegante, demente y lúcido a la vez, descendiente de una familia de franceses hugonotes afincados en Savannah. Devorador compulsivo de cualquier manifestación artística con la que se topase, fue también compositor, músico, pintor y escritor entre otras muchas cosas. Ácrata genético, apologista de diversas teorías conspirativas, mosca cojonera sin parangón, cristiano de la vieja escuela (más como asunto enraizado en la tradición que en la militancia, para entendernos), prófugo de la justicia por su oposición a las leyes de impuestos federales y la política económica del gobierno y profundo defensor de la libertad a la manera americana (esa que prima al individuo por encima de todas las cosas y que casi desprecia al colectivo cuando colisiona con cualquier hipotético derecho individual) Tauper Saussy, con ese estupendo nombre propio del villano de la película, no podía ser nada menos.

 Aparte de estas lineas maestras, grosso modo referidas, fue también músico de jazz en su juventud, fundador y dueño de la agencia de publicidad McDonald & Saussy, propietario de restaurantes, enamorado de la literatura, teólogo sui generis, pintor con obra dentro de la colección permanente del Museo de Tennessee y biógrafo de James Earl Ray, asesino confeso de Martin Luther King, con quién trabaría amistad tras su estancia en la prisión de Atlanta.

  Podría seguir pero tampoco quisiera aburrirles, imagino que ya se hacen una idea del tamaño del personaje. Con todos estos mimbres en la mochila, en 1969 nuestro hombre grabaría para la Warner, junto con Don Gant, dos discos formidables bajo el nombre de The Neon Philharmonic, “The Moth confesses: A phonograoh Opera” y “The Neon Philharmonic; Dedicated to the Baroness d’A”. Supongo que lo que voy a decir no significa nada (sobre todo en una época en la que se tiende a exagerar el pasado y mitificar la nostalgia como método de autodefensa ante la apología del instante y la liturgia de lo moderno), pero son dos de los discos más extraños que he escuchado jamás. Por supuesto que ese bizarrismo, por sí solo, tiene escaso valor más allá de mi fijación por lo atónito y el deleite en lo extravagante. Así que no me estoy refiriendo tanto a lo formal, no, ni a su a priori atractivo envoltorio bajo el manto de un pop orquestal teóricamente tradicional, un marco que desprende un no sé qué malsano, melancólico y a menudo indescifrable, sino sobre todo y principalmente al fondo. Una espina dorsal atiborrada de referencias en principio inconexas y que provocan, por este orden, sorpresa, molestia y finalmente placer. Borges, Francis Scott Fitzgerald, Mary Shelley o Tolkien, distopías naïves a tutiplén, la obsesión por la música sinfónica y los musicales clásicos, la infancia como reducto idealizado -y también turbio- de la memoria, la Europa de entre guerras como panacea de la fantasía, decadente hasta decir basta, pese a ser descrita como poco menos que una arcadia feliz… Una mezcolanza indescriptible que cuenta, en teoría, con todos los números para ser algo de lo que huir pies en polvorosa y que, sin embargo, logra convertirse en una especie de sueño psicodélico Carrolliano antes que en la pesadilla que podríamos presuponer.

El primero de ellos, “The Moth Confesses (A Phonograph Opera)” quizás sea el más -relativamente- popular, pues incluye la hermosa “Morning girl”, la cual lograría entrar en el Top 40 americano. De apariencia accesible, comienza con un moog semejante a un pellizco para dar paso a la cálida voz de Don Gant y, a continuación, irrumpir una montaña rusa de cuerdas, primero ténues, más tarde robustas, ayudadas por los vientos que acarician. Todo en él es melancolía, tan delicada como potente. No tanto nostalgia, vista esta como el dolor de una vieja herida, sino, sobre todo, una especie de punzada en lo más profundo del corazón, más poderosa -y perdurable- que la memoria. Como leí no recuerdo ahora donde No es una nave espacial, es una máquina del tiempo.

Creado a partir de la aspiración de Saussy de escribir una ópera, el hombre, como con casi todo lo que hace, se sumerge en su elaboración a tumba abierta. Viaja a Nueva York con el único propósito de asistir a la representación de “Marco Antonio y Cleopatra” de Samuel Barber ya qué, atención, ha leído que es espantosa y quiere comprobar de primera mano cuan espantosa es. Ese es el tenor del personaje. Queda, en cualquier caso, encantado con algunas de la Arias y atrapado por la grandilocuente orquestación en general. Nada le parece suficiente ni tampoco nada le deja frio. Aprende que la ópera necesita de complejidad y una cierta morosidad y que sin embargo la audiencia –y los tiempos- ha construido la comunicación sustentada entre la simplicidad y la inmediatez. Tendrá pues que buscar la alquimia exacta. Escribe; “Una acertada visión de la opera viene de la afirmación de McLuhan acerca de que el canto es el habla ralentizada y la música el habla acelerada. Para mi la representación operística es una manera superior de comunicación al drama clásico, pues se comunica a partir de una infinidad de contextos”.

“The Moth confess”, una ópera pues, aunque condensada, tiene un tema central; la desesperación. “Hay mucha tensión y movimiento en la desesperación. El estar desesperado implica una elección entre varias alternativas, y mientras vemos al protagonista debatirse entre esas varias elecciones, el suspense se mantiene”. El protagonista de la opera es una especie de trasunto de una polilla, siempre tras la búsqueda de la luz. Emerge de su capullo en “Brilliant colors”, la canción que abre el disco y anda fascinado ante el mundo nuevo que se abre ante sus ojos, deseando aparearse y hacer el amor como modo de relacionarse. El resto de las canciones casi podría decirse que tienen que ver con el recuerdo y la recreación de ese deseo primario.

El segundo “The Neon Philharmonic: Dedicated to the baroness d’A”, es más de lo mismo, aunque con más graduación tanto en lo bizarro como en su demente libertad. Como en el primero, con él a cargo de cualquier cosa que tenga teclado, le acompaña la Sinfónica de Nashville junto al mismo elenco de músicos ; el bajo de Norbert Puttnam, Chip Young a la guitarra, Kenny Butrey y Jerry Carrigan a la batería, Dennis Good y Don Sheffield con trompeta, trombón y saxofón…

 En ambos discos acompañado por Don Gant (escritor, productor, descubridor de cantantes)  tiene éste una voz no destacable técnicamente pero cercana, carnal y con un punto de desesperación muy adecuado para la representación, convincente en el trayecto que le lleva a la asunción de su dolorosa y finita autoconsciencia. Ambos discos tienen mucho que ver, a mis ojos –y sobre todo a mis atascados oídos- con una época ya pretérita, un tiempo que ya pasó; Con el Richard Harris que tan bien representó los miedos y el júbilo de Jimmy Webb, con la chanson francesa asimilada desde la distancia y por tanto otra, no necesariamente peor (un poco a la manera de Rod McKuen), con el diletantismo tarambana y sin embargo en ocasiones hondo de Noel Harrison, con el Scott Walker que pudo haber sido y no quiso, con el  Micky Newbury de “Harlequin memories”… y también se intuye ciertas cosas que están por venir; “The Phantom of the Opera”, los primeros Queen … un milagro, en definitiva.

Un milagro, además, hecho desde el mainstream, en una época en la que casi cualquier experimento podría darse desde la industria, todavía falta ésta del virtuosismo y la pericia necesaria en el manejo de lo artero, del cálculo y la castración artística. También una época en la qué -por parte de los artistas y de la audiencia- la ingenuidad, la falta de miedo al ridículo y el afán por experimentar sumaba más que restaba. Una aproximación que jugaba con los textos y la música de una manera similar a como Welles definía su relación con la cámara y el micrófono, el uno pensamiento y el otro emoción.