ALCY AGÜERO Y FAUSTO PAPETTI Quiero bailar un sabato notte

 

 

 

 

Cree uno no ser especialmente fetichista con los discos. Bueno, a ver como lo explico, tal vez sí. Tengo, para algunos, una cifra totalmente  desorbitada. Y no pasa un día de mi vida, desde hace ya no sé cuanto tiempo, sin que me dedique a buscar, comprar o cambiar. Pocas cosas hay que me gusten más que buscar mi dosis habitual. No quiero contarles lo que sucede cuando la encuentro. Así que todo depende de los ojos con que se mire, por supuesto.

Lo que quiero decir es que ninguno de los que descansan en el estudiodelsonidoesnob lo está por otro motivo que no sea el que me gusten. De un modo que oscila entre bastante y mucho, con la contadas excepciones que confirman la regla. Cada vez tengo más clara la vigencia de esa frase que dice que la música muta y nosotros con ella, frase que además tiene la cualidad de la propiedad conmutativa. 

No tengo tampoco especial interés en jugar en el mercado del disco y su bolsa de cotización variable. No es que tenga nada en contra del que a ello se dedique, muy al contrario. Sostengo que cada uno se busca la vida como mejor sabe y no seré yo el que los juzgue. Asi que no se me ocurrirá nunca tachar de especulador a alguien que ha perdido su tiempo, que se ha dedicado a buscar y chequear donde la mayoría, bien por comodidad bien por exquisitez, jamás pondrían su ojos y sus manos. 

Hace ya unos años me hice por fin con este ep de Alcy Agüero de 1976 en el sello Fase. Contenía cuatro estupendas canciones; “Trópico”, una pieza de Exótica groove con coros arrebatados entre percusiones y un piano, junto a elegantes combinaciones de pedal fuzz y wah wah. “Obá Obá” iba por una senda parecida, quizás más pausada pero igualmente sinuosa y atrayente, una pieza digna de cualquier banda sonora de Blaxploitation. la tercera de ellas, “Sao Paulo”, era -¿qué otra cosa podía ser?- sugerente bossa planeadora, trufada de esos dabadás que te alegran un mal día, mientras se debatía entre un piano juguetón y un saxo esquelético, algo, ya ven que cosas, para uno verdaderamente inspirador. Pero la canción clave, para mi gusto, era -y es- “Quiero bailar” (minuto 2:49 del mixcloud que les enlazo): Arrebatada desde su inicio, un llenapistas apoteósico de Latin groove, con todas las cualidades -mal- descritas en las otras tres, además un punto absolutamente desenfrenado.

 El cómo había llegado ese disco a un sello tan menor y el saber quién era el tal Alcy Agüero me obsesionó durante un tiempo. También quién diablos seria la portentosa Orquesta pop que le acompañaba, quienes eran sus miembros. Investigando por ahí supe que Alciviades Agüero fue un pianista cubano escapado de la Cuba castrista que aterrizaría en España a mediados de los años sesenta. Lo hizo acompañando a Mara Lasso y según cuenta Yolanda Farr era un pianista excelso, capaz de destacar en todos los registros, siempre resguardado en un segundo plano. Ella misma contaba en su blog que “…Su facilidad para transportar cualquier canción a cualquiera que fuese la tesitura de la persona que la solicitaba era sorprendente…”. Contaba también que lo había conocido en el Centro Cubano de Madrid que había en la calle Claudio Coello. En él se inauguró un Bar con coctelería y cocina cubana al que acudían todos aquellos quienes, como él mismo, formaban parte de la diáspora cubana en Madrid; Eduardo Davison, Las hermanas Benitez, Luisa María Guell

 Alciviades había sido -todavía lo era- un pianista de fuste en su Cuba natal y, junto a colaboraciones aquí y allá, se convertiría en algo parecido a lo que sería el pianista residente del centro cubano. Había tocado con las mejores – Olga Guillot, Celia Cruz, Xiomara Alfaro– y era reverenciado por todo el mundo. Al parecer, y según la Farr, junto a sus cualidades artísticas le adornaba también una bonhomía y modestia notables.

 Poco más puedo contarles. Absolutamente nada de los miembros de la tal Orquesta Pop (desde aquí agradecería infinito cualquier aportación). Únicamente que algún tiempo después di con un sencillo de Fausto Papetti (sí, aquel de las portadas sicalípticas que, para los que tengamos ya una cierta edad, fueron poco menos que una bendición en tiempos de carestía e imaginación desbordada) del año 1973 y de título “Il primo apuntamiento”. Como es más que conveniente hacer, uno le dio la vuelta y allí estaba “Sabato notte”. Vaya canción, amigos. Formidable, se me iban los pies con ella, me era tan familiar… Pues claro que lo era, ya que  no era otra que la misma canción. Quiero decir que era “Quiero bailar” pero sin coros, completamente instrumental. Enlazo ambas para que juzguen ustedes. Quiero creer -de hecho estoy prácticamente seguro- que no hubo ninguna malicia por parte de Alcy, en todo caso del sello y tal vez ni eso. Venia firmada por Agüero (los textos, incluidos en esta nueva versión, aunque escasos, debía de ser suyos) y ni rastro de Papetti. La verdad es que  tampoco es que se fuese a hacer de oro  -aunque al precio en que se cotiza hoy en día dicho Ep igual un pico si que sacaba- o equilibrar su economía. De hecho, todas las copias que he visto en mi vida (no más de tres o cuatro) vienen con el sello “Obsequio” en la contraportada.

 

MOMENTOS MUSICALES: Steal & Stream

STEAL & STREAM

 

INTRO Inside this box / SALAMANDER Steal / PIERO UMILIANI Stream / BELTRAN MONER Training Sound / THE KHÜN BROTHERS Funny Road / INTERLUDIO Algo inaudito / THE MOTHERHOOD Back In the Grass / TRUCK Earth Song / ORNELLA VANONI Casa forte / ROGER BUNN Road To The Sun / CATHARSIS 32 Mars / KRYSTOF KOMEDA Musical Moment / HEIDI BRÜHL Berlin / H.P. LOVECRAFT Gloria Mundi / PIERRE CAVALLI Une Soir Chez Norris / NINO DI LUCA Obsessione Psychodelica / PARI ZANGENEH Bouroum Bourumeh / DON SEBESKY Guru Vin / GUY PEDERSEN Indian Pop Bass / INTERLUDIO II Attente Musicale / DUNCAN BROWNE The Death Of Neil / PAUL ST JOHN Spaceship Lovers / ANNA D Va el amor

 

Ay, si uno supiese articular y expresar de manera adecuada sus pensamientos. Supongo que si así fuese, estos remedos -a menudo sin sentido- que son las listas que elaboro no hubiesen tenido lugar. O serían otros, quién sabe. Acabo de rescatar, como acompañamiento musical en mis quehaceres, una lista que elaboré hace dos años. Perfectamente podría tener diez. O dos meses. O estar hecha dentro de unos años. Esa es su -pequeña, ínfima- importancia (en caso de tener alguna) y también su -mi- maldición, en todo caso asunto que les corresponde a ustedes juzgarlo.

 Porque no se me ocurre ningún discurso sólido que sustente el trayecto que va del rock psicodélico progresivo de los británicos Salamanderrepleto de órgano hammond y orquestaciones suntuosas, en medio de un disco conceptual dedicado a los diez pecados capitales (Steal es el que en este caso me apetece incluir) al folk pop espectral de la asturiana Ana D en esa nana extravagante y desolada que atiende por Va el amor. No esperen pues nada más que una sucesión de canciones, elaborada con tanto mimo como discutible tino. Retazos de la memoria, instantes que recogen el júbilo del momento tanto como la parálisis que provoca la sorpresa del hallazgo. Insisto, uno es lo que es (cualquier cosa menos coherente, advierto) y ha intentado reunir aquí momentos que van desde la modesta librería española que ilustraba programas televisivos (Beltran Moner y los programas de automovilismo de la TVE de los años 70) hasta algunos híbridos panorámicos que navegan entre la devoción y el desamparo como, por ejemplo, la etérea Casa Bianca a cargo de la inmensa Ornella Vanoni.

A muchas de ellas, en la medida de mis posibilidades, les he dedicado espacio en esta modesta bitácora. A otras tengo pensado dedicárselo. Algunas, imagino, quedarán en el olvido. De hecho, repasando el listado de canciones, me da la impresión de que esta lista -y otras de las que a lo mejor algún día hablamos- han sido el punto de partida a partir del cual comentarles lo que para mi han supuesto (por nombrar a unos cuantos) Piero Umiliani, T.S. Bonniwell o Ana D. Otras, en cambio, son simples balizas de la memoria a las que a menudo recurro, sirviéndome tanto de lenitivo como de esparcimiento: Back in the grass de The Motherhood  (el proyecto psicodélico de Paul Nero) es puro soul groove de vigorosa complexión, 32 mars de los franceses Catharsis, un híbrido de Kraut alsaciano de progresión alucinógena. Los malayos Truck con Earth song y sus voces tratadas en medio de un pop psicodélico -más lo primero que lo segundo- es otra más de mis debilidades.

Sigo aburriéndoles, espero sepan disculparme: Con Roger Bunn y su Road To The Sun, lisérgico y adictivo hasta casi el paroxismootro de los escalones que jalonan este anárquico recorrido. Un mantra -nada aburrido pese a lo que la palabra de marras les sugiera- delicioso, con tabla, flauta, vibráfono y demás cachivaches. Un tipo que pasea su idiosincrasia en el disco del mismo modo que circuló por la vida, rechazando un cómodo futuro en las filas de Roxy Music por negarse a acicalarse según las instrucciones dandy de Brian Ferry.

La alemana Heidi Brühl, actriz y cantante juvenil de dilatada carrera (llegaría a representar a Alemania en el festival de Eurovision de 1963) haría de su capa un sayo en el año del señor de 1969 y se marcaría un medio tiempo de rechupete, puro swinging London, aunque con cierto retraso (digamos que de un par de años) con la formidable Berlin. Algo así, para entendernos, como lo que haría Miss Julie London en su Lp Yummy Yummy del mismo año.

¿Momentos para la desconexión? Por supuesto, tengo de todo. Momentos musicales ya en Hollywood a cargo del polaco Krysztof Komeda, amigo y colaborador de Roman Polanski, intérvalos sacros a cargo de H.P. Lovecraft -los americanos- y su Gloria Mundi o el Boroum Boroumeh de la diosa iraní Pari Zangeneh. Sí, la broma de Dimitri from Paris es eso, una broma, un interludio que en mi osadía llegué a pensar que quedaba simpático, que desatascaba un poco, que… ¿Aló?

Cambiando de tercio, rumboso y haciendo bandera de mi endeble discurso, paso a presentarles la sintonia de un folletín televisivo francés a cargo del suizo Pierre Cavalli, guitarrista notable que nos regala Une soir chez Norris, un instrumental de epiléptica progresión, más propio para ilustrar un giallo que una serie televisiva. O al americano Don Sebesky con su música ambiental propia de la época psicodélica, en este fragmento titulado Guru Vin. O al francés Guy Pedersen y su clásico Indian pop brass, otorgándole a su contrabajo un amplitud ácida, un laid back narcótico irresistible. O…

Vale, lo pillo, ya deben estar hasta las narices. ¿No?, ¿En serio?. Perfecto, sigamos entonces. El primer disco de Duncan Browne para Inmediate, el sello de Andrew Loog Oldham es una cosa de no dar crédito. Elegante, sutil, repleto de canciones soberbias, valga The Death of Neil como escueto -y hermosísimo- ejemplo. Give me take you, el Lp íntegro merece sin duda alguna un post propio. ¿Ven?, ¿Recuerdan lo que les dije acerca de una de las misiones de estas listas?…

Ah, se me olvidaba, dos cositas: Obssessione psychodelica de Nino di Luca para la banda sonora de La ragazza con la pistola, estupenda película del maestro Monicelli que no puedo recomendarles más, al igual que la música que la ilustra. Un tal Paul St. John, del que nada sé., excepto que cuenta con un sencillo de creciente cotización y espacial temática; Flying Saucers have landed / Spaceships lovers. Año 1972 y tierra de nadie, post-psych y pre-glam, Bowie acechando. Me he decidido por su cara B, por los amantes de las naves espaciales . ¿El motivo? Ninguno en concreto, simplemente porque me gusta. Muchísimo.

¿Saben una cosa? Me lo he pasado bien escribiendo mientras escuchaba la lista. Igual tomo esto como pauta. Aunque conociéndome, de aquí en un rato probablemente cambie de idea. Sigan bien.

THE NEON PHILHARMONIC Tauper Saussy featuring Don Gant

The Neon

Le gustaría a uno tener la facilidad de palabra necesaria para poder contar -apropiadamente y en unos pocos párrafos- la novelesca y azarosa vida de Tupper Saussy. Como estoy seguro de no contar con ese don, intentaré resumirlo sucintamente para ponerles en situación y pasar, posteriormente, a hablarles de los dos -marcianos, adictivos, decadentes, fallidos, formidables- discos de The Neon Philharmonic.

 Fue nuestro hombre una especie de caballero sureño, dandy elegante, demente y lúcido a la vez, descendiente de una familia de franceses hugonotes afincados en Savannah. Devorador compulsivo de cualquier manifestación artística con la que se topase, fue también compositor, músico, pintor y escritor entre otras muchas cosas. Ácrata conservador genético, apologista de diversas teorías conspirativas, mosca cojonera sin parangón, cristiano de la vieja escuela (más como asunto enraizado en la tradición que en la creencia, para entendernos), prófugo de la justicia por su oposición a las leyes de impuestos federales y la política económica del gobierno y profundo defensor de la libertad a la manera americana (esa que prima al individuo por encima de todas las cosas y que casi desprecia al colectivo cuando presuntamente colisiona con cualquier hipotético derecho individual) Tupper Saussy, con ese estupendo nombre propio del villano de la película, no podía ser nada menos que todo eso.

 Aparte de estas lineas maestras, grosso modo referidas, fue también músico de jazz en su juventud, fundador y dueño de la agencia de publicidad McDonald & Saussy, propietario de restaurantes, enamorado de la literatura, teólogo sui generis, pintor con obra dentro de la colección permanente del Museo de Tennessee y biógrafo de James Earl Ray, asesino confeso de Martin Luther King, con quién trabaría amistad tras su estancia en la prisión de Atlanta.

  Podría seguir pero tampoco quisiera aburrirles, imagino que ya se hacen una idea del personaje. Con todos estos mimbres en la mochila, en 1969 nuestro hombre grabaría para la Warner, junto con Don Gant, dos discos formidables bajo el nombre de The Neon Philharmonic, “The Moth confesses: A phonograph Opera” y “The Neon Philharmonic; Dedicated to the Baroness d’A”. Supongo que lo que voy a decir no significa nada (sobre todo en una época en la que se tiende a exagerar el pasado y mitificar la nostalgia como método de autodefensa ante la apología del instante y la liturgia de lo moderno), pero son dos de los discos más extraños que he escuchado jamás. Por supuesto que ese bizarrismo, por sí solo, tiene escaso valor más allá de mi fijación por lo atónito y el deleite en lo extravagante. Así que no me estoy refiriendo tanto a lo formal, no, ni a su a priori atractivo envoltorio bajo el manto de un pop orquestal teóricamente tradicional, un marco que desprende un no sé qué malsano, melancólico y a menudo indescifrable, sino sobre todo y principalmente al fondo. Una espina dorsal atiborrada de referencias en principio inconexas y que provocan, por este orden, sorpresa, molestia y finalmente placer. Borges, Francis Scott Fitzgerald, Mary Shelley o Tolkien, distopías naïves a tutiplén, la obsesión por la música sinfónica y los musicales clásicos, la infancia como reducto idealizado -y también turbio- de la memoria, la Europa de entre guerras como panacea de la fantasía, decadente hasta decir basta, pese a ser descrita como poco menos que una arcadia feliz… Una mezcolanza indescriptible que cuenta, en teoría, con todos los números para ser algo de lo que huir pies en polvorosa y que, sin embargo, logra convertirse en una especie de sueño psicodélico Carrolliano antes que en la pesadilla que podríamos presuponer.

El primero de ellos, “The Moth Confesses (A Phonograph Opera)” quizás sea el más -relativamente- popular, pues incluye la hermosa “Morning girl”, la cual lograría entrar en el Top 40 americano. De apariencia accesible, comienza con un moog semejante a un pellizco para dar paso a la cálida voz de Don Gant y, a continuación, irrumpir una montaña rusa de cuerdas, primero ténues, más tarde robustas, ayudadas por los vientos que acarician. Todo en él es melancolía, tan delicada como potente. No tanto nostalgia, vista esta como el dolor de una vieja herida, sino, sobre todo, una especie de punzada en lo más profundo del corazón, más poderosa -y perdurable- que la memoria. Como leí no recuerdo ahora donde No es una nave espacial, es una máquina del tiempo.

Creado a partir de la aspiración de Saussy de escribir una ópera, el hombre, como con casi todo lo que hace, se sumerge en su elaboración a tumba abierta. Viaja a Nueva York con el único propósito de asistir a la representación de “Marco Antonio y Cleopatra” de Samuel Barber ya qué, atención, ha leído que es espantosa y quiere comprobar de primera mano cuan espantosa es. Ese es el tenor del personaje. Queda, en cualquier caso, encantado con algunas de la Arias y atrapado por la grandilocuente orquestación en general. Nada le parece suficiente ni tampoco nada le deja frio. Aprende que la ópera necesita de complejidad y una cierta morosidad y que sin embargo la audiencia –y los tiempos- ha construido la comunicación sustentada entre la simplicidad y la inmediatez. Tendrá pues que buscar la alquimia exacta. Escribe; “Una acertada visión de la opera viene de la afirmación de McLuhan acerca de que el canto es el habla ralentizada y la música el habla acelerada. Para mi la representación operística es una manera superior de comunicación al drama clásico, pues se comunica a partir de una infinidad de contextos”.

“The Moth confess”, una ópera pues, aunque condensada, tiene un tema central; la desesperación. “Hay mucha tensión y movimiento en la desesperación. El estar desesperado implica una elección entre varias alternativas, y mientras vemos al protagonista debatirse entre esas varias elecciones, el suspense se mantiene”. El protagonista de la opera es una especie de trasunto de una polilla, siempre tras la búsqueda de la luz. Emerge de su capullo en “Brilliant colors”, la canción que abre el disco y anda fascinado ante el mundo nuevo que se abre ante sus ojos, deseando aparearse y hacer el amor como modo de relacionarse. El resto de las canciones casi podría decirse que tienen que ver con el recuerdo y la recreación de ese deseo primario.

El segundo “The Neon Philharmonic: Dedicated to the baroness d’A”, es más de lo mismo, aunque con más graduación tanto en lo bizarro como en su demente libertad. Como en el primero, con él a cargo de cualquier cosa que tenga teclado, le acompaña la Sinfónica de Nashville junto al mismo elenco de músicos ; el bajo de Norbert Puttnam, Chip Young a la guitarra, Kenny Butrey y Jerry Carrigan a la batería, Dennis Good y Don Sheffield con trompeta, trombón y saxofón…

 En ambos discos acompañado por Don Gant (escritor, productor, descubridor de cantantes)  tiene éste una voz no destacable técnicamente pero cercana, carnal y con un punto de desesperación muy adecuado para la representación, convincente en el trayecto que le lleva a la asunción de su dolorosa y finita autoconsciencia. Ambos discos tienen mucho que ver, a mis ojos –y sobre todo a mis atascados oídos- con una época ya pretérita, un tiempo que ya pasó; Con el Richard Harris que tan bien representó los miedos y el júbilo de Jimmy Webb, con la chanson francesa asimilada desde la distancia y por tanto otra, no necesariamente peor (un poco a la manera de Rod McKuen), con el diletantismo tarambana y sin embargo en ocasiones hondo de Noel Harrison, con el Scott Walker que pudo haber sido y no quiso, con el  Micky Newbury de “Harlequin memories”… y también se intuye ciertas cosas que están por venir; “The Phantom of the Opera”, los primeros Queen … un milagro, en definitiva.

Un milagro, además, hecho desde el mainstream, en una época en la que casi cualquier experimento podría darse desde la industria, todavía falta ésta del virtuosismo y la pericia necesaria en el manejo de lo artero, del cálculo y la castración artística. También una época en la qué -por parte de los artistas y de la audiencia- la ingenuidad, la falta de miedo al ridículo y el afán por experimentar sumaba más que restaba. Una aproximación que jugaba con los textos y la música de una manera similar a como Welles definía su relación con la cámara y el micrófono, el uno pensamiento y el otro emoción.