Discos, discos: Diggin’ a Pigalle

 

 

 

Nunca, jamás, los planes salen como se preveén. Y piensa uno que es mejor así. Esa tal vez sea una de las reglas elementales con las que aquel que, como en mi caso, busca discos en cualquiera de sus formatos, debe apechugar más pronto que tarde. Otra que también es conveniente tener clara, acaso aún más importante, es que, en contra de lo habitualmente convenido, son los discos los que nos encuentran a nosotros y no nosotros a ellos.

Me explico. Ayer dediqué el día completo a dicho menester. Por la mañana estuve en los Brocantes del Marché d’Aligre (tarea desalentadora, ver un par de miles de discos de saldo, a euro la pieza, y no encontrar nada ya es castigo, se lo puedo asegurar). De allí pasé a un par de tiendas en la Rue Trousseau , la Rue Faidherbre y aledaños, con parecido éxito. Tras detenerme a tomar un pequeño refrigerio, decidí cambiar de caladero e irme al 9ème, por la zona de Pigalle. Mi primera parada fue en una tienda de la que tenia referencias no muy fiables, Paris Vinyles se llama, en la Rue Gérando, casi al lado de la parada de metro de Anvers. No tenía mala pinta, al menos durante los primeros treinta segundos. En el segundo treinta y uno, cuando el tendero me preguntó que buscaba ya se me torció el morro, ¿Están tontos estos fenómenos o qué?. Boniatos, estuve a punto de contestarle. Jamás he entendido que te espeten, así de entrada, preguntas de ese calado. Una de las tareas del tendero, al igual que del comprador, es mirar, estudiar -bien sea el campo de batalla  o al pardillo, dependiendo del lugar que cada uno ocupe en la obra de teatro-  y esperar. De mala gana farfullé dos o tres lugares comunes, no del todo convencido y le dejé que se luciera. Una vez sucedido eso, ya con la mosca tras la oreja, realice dos de las acciones con las que suelo calibrar el temple del que está frente a mi. Por supuesto, todo ello mientras fotografiaba con la mirada, en la medida de mis posibilidades, cubetas y paredes. Tomé un disco de los que tenia expuestos en la pared. Con sumo cuidado, ejerciendo del modo más elegante mi postura de veterano esgrimista disquero: De manera firme y delicada a la vez, haciendo correr el disco por la guía muy suavemente -éso sí, sin rozarla, suspendido- y no arrancándolo de la pared, y esperé a su reacción: Si le hubiese escupido a la cara no creo que su mirada hubiese sido menos aviesa. Malo. Deje pasar un par de minutos e hice la segunda prueba: Le pedí precio por una copia original en Atlantic del “Rock and soul” de Solomon Burke. “Cent cinquante euros” me respondió, sin mirarme siquiera a la cara. Jodido figura. Ya me marchaba cuando junto a él, en el mostrador (la tienda era pequeña y rectangular) observé que tenía dos cubetas con el letrero Nouvelle arrivées. Eran cubetas de la tienda, no se vayan ustedes a pensar. Quiero decir con ello que no estaban a sus pies o apartados, pendientes de clasificar, sino que como el resto de los demás discos estaban, aparentemente, a disposición del publico. Aún estaba haciendo el gesto de poner mis manos sobre ellos cuando me dijo que no, que no se podían ver. Obviamente ya no hice más preguntas señoría.

Desalentado y hastiado, decidí emprender camino hacía Plus de Bruit. Hacía años que no me pasaba por allí, y durante un instante me perdí. Quiero decir que no tomé la calle apropiada y dí con mis huesos en otra, paralela o perpendicular, no recuerdo bien. Casi me alegré. Me gusta ejercer de flaneur cuando tengo tiempo y el clima acompaña, y siempre puedes disfrutar  fachadas, gentes o incluso tiendas nuevas. ¿Tiendes nuevas? Joder, estoy enfermo.

Un poco más abajo, en la calle, junto a la entrada de una tienda de cachivaches, de esas tan propias del lugar, vi un par de cajas con discos. Mientras metódicamente los repasaba, advertí que en el interior parecía haber más. Entré y un tipo más o menos de mi edad, greñudo, con un cigarrillo apagado entre los labios, me dijo buenas tardes mientras arreglaba lo que parecía ser un amplificador. Frente a él había siete u ocho cubetas con discos, nada especial. Aún así cogí un Lonnie Liston Smith, un lp de M.B.T. Soul (el proyecto disco de Yan Tregger) y el “Voodoo Party” de James Last. Le pedí precios y fueron sumamente atractivos. Mientras me acercaba adonde estaba Michel (así se llamaba, se presentó de inmediato) observé que en realidad la tienda tenía forma de L y que a su derecha todo el cubil estaba lleno de discos. Sólo con mirarlo -desorganizado, con cajas de singles desperdigadas, Lps por el suelo y uno disco de Bernard Estardy para Montparnasse2000 a la vista, supe que aquello iba a ser como mi casa. Le pregunté si podía pasar y sonriendo me contestó que por supuesto, a la vez que me señalaba un plato en su interior con unos auriculares y que podía escuchar lo que quisiese. Joder, así SÍ. Empecé a mirar, cubeta a cubeta, estante a estante y me vino un ligero mareo. Tele-Music, MP2000, KPM, Bruton Music, Chapell… a unos precios en absoluto parisinos. Allí pasaba algo, no podía ser.. El tipo era amable, simpático y no quería clavar especialmente. No, no podía ser parisino. Efectivamente, al rato, conversando, me dijo que la tienda estaba allí desde hacía menos de un año, que el procedía del norte de Francia, donde durante veinte años había tenido su negocio. No conseguí saber exactamente dónde, aunque tampoco insistí en ello.

Ya habían pasado casi tres horas, cuando me puso delante tres cajitas de singles. Nada especialmente espectacular, y de aquello que tenía interés (no quiero resultar vanidoso, se lo prometo) ya tenía uno ejemplares. Peeero, en la segunda caja aparecieron, seguidas, dos cositas que me turbaron; el single promo con la música de Michel Colombier para “Safari” y algo con lo jamás piensas que te vas a cruzar, el ep de Eddy Louis que llevaba “Mazurka Cocadou” en Barclay, Mint, a estrenar. Procedimos a ajustar precios del total de un lote de impresión ( Janko Nilovic, Jerry Mengo, Jack Arel, Jean Claude Petit, Daniel J. White, Keith Mansfield, Brian Bennett) y no pude quedar más contento.

Lo que les decía más arriba, son los discos los que nos encuentran a nosotros y no al contrario, no me cabe ninguna duda.

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Un comentario sobre “Discos, discos: Diggin’ a Pigalle

  1. Me parece increíble como describes ese momento especial q es encontrar una joya vinílica. Es Tal cual lo comentas, me sigue pareciendo increíble q después de tantos años todavía se encuentren joyas escondidas entre cajones perdidos y olvidados con olor a polvo y humedad. Buen articulo

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